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Memoria zoológica, o un bicho salido de la gramática

Hipótesis sobre lo animal y el devenir incierto en tres cuentos de Daniel Moyano

Nicolás Jozami (Universidad Nacional de Córdoba,
Universidad Nacional de La Rioja)

Quiero y debo partir de un error. Una enmienda. Algo que viene al caso en estos espacios sobre todo porque mi trabajo original (original por primera versión, no por novedoso), mutó bastante en el lapso de estos últimos 15 días. Y ese cambio surgió a raíz de mi incipiente comentario de este o aquél trabajo en mi equipo de investigación en Córdoba, donde, a medida que iba compartiéndolo, surgió un lindo debate sobre los límites de aquello que se le puede hacer decir o no a un texto literario.

La cuestión fue que –y para cerrar esta brevísima introducción–, mi lectura compartida del presente trabajo tenía unos hilos descosidos, la trama de la tela estaba un tanto forzada, rasgada. Y eso precisamente me lo dilucidó el debate en el equipo. Una pifiada productiva le llamo. Este trabajo parte –al mismo tiempo– de la inquietud y temática de otro equipo de investigación del que participo, y donde estudiamos a Daniel Moyano, específicamente las mujeres en la obra de Daniel Moyano. Hete aquí que mi perspectiva y lectura de los cuentos fue por caminos estrechos. En vez de trabajar desde un cierto dispositivo de enunciación femenino, tal como aclaraba el enunciado del título de la ponencia que mandé, viró hacia el dispositivo de enunciación de lo animal y el posible devenir incierto ¿femenino? en la textura ficcional moyanesca. No se le puede hacer decir cualquier cosa a uno o varios textos literarios, pero sí se pueden argumentar interrogaciones delirantes, en una hermenéutica del devenir.

Los cuentos seleccionados de Daniel Moyano participan y bucean en una configuración que va de la opacidad a la figuración animal (el habitante, luego el Tiermusik, y finalmente el hombre animalizado) y que permite repensar de algún modo el derrotero del devenir nominativo, donde esa misma mirada se interroga por aquello que no es, y que la interpela. Tomé así los textos ficcionales de Moyano, con el fin de matizar e inestabilizar una perspectiva sobre las instancias de subjetivación del cuerpo nominativo y destacar –por otro lado– el estatuto al que puede llegar la ficción, en el cuestionamiento de las relaciones humanas (varón-mujer) unidas en este caso a la animalidad como puerta en agenciamiento o enlace entre cuerpo y subjetividad.

Primero, una coda: parto de esa literatura que suministra lo que denomino “bichos salidos de la gramática” (tomado de aquellos Tadeys de Lamborghini), bichos que Daniel Moyano ha remedado para algunas de sus narraciones. Para poner un eje, y pivotear desde allí, pasaré revista a algunos de los animales de Franz Kafka, de aquellos relatos donde el autor checo problematiza la narración y hace epistemología de enunciación (yo digo que supura perspectiva) a partir de la creación de ese “entre” o “intermediario” “incierto” entre lo humano y lo animal, o “no humano”. Cuentos como “Informe para una Academia”, “Una cruza”, “Josefina la cantora o el pueblo de los ratones” entre otros, ofrecen una línea de análisis que nutre –y aquí arriesgo– las reescrituras moyanescas en parte kafkianas de tres relatos publicados en Un sudaca en la corte (2012), El trino del diablo y otras modulaciones (1988), y Papeles sueltos (2017), respectivamente. Porque es la ficción, la literatura, la que suspende la inteligibilidad de lo humano desde el trabajo con la sintaxis y la gramática. Dice Judith Butler:

Cuando se pregunta cuáles son las condiciones de inteligibilidad mediante las cuales surge lo humano y se lo reconoce como tal, mediante las cuales algún sujeto se convierte en el sujeto del amor humano, se pregunta acerca de las condiciones de inteligibilidad que componen las normas, las prácticas, las condiciones que se han convertido en presuposiciones, y sin las cuales no podemos ni pensar sobre lo humano. Así que propongo debatir la relación entre los órdenes variables de inteligibilidad y la génesis y la posibilidad de conocer lo humano. Y no sólo porque hay leyes que rigen nuestra inteligibilidad, sino porque tenemos modos de conocimiento, modos de verdad que definen la inteligibilidad a la fuerza. (2006: 89)

En un ensayo titulado “Leer a Thomas Bernhard”, Moyano detalla su recorrido de lecturas por Bernhard y el propio Kafka; de éste último dice que

Su mirada es metafísica. Son las situaciones que hoy llamamos kafkianas, intermedias, a mitad de camino entre la realidad y el deseo, entre el sueño y la vigilia, entre lo dado y lo posible. Las criaturas kafkianas pueden ser monos en trance de hombre u hombres convertidos en insectos, en busca de una trascendencia en cualquier sentido. (Moyano 2012: 1. El subrayado es mío.)

En un trabajo de Julieta Yelin, publicado en revista Anclajes, del año 2011, titulado “Kafka y el ocaso de la metáfora animal. Notas sobre la voz narradora en ‘Investigaciones de un perro’”, la autora dice que ya no puede verse al animal como carente y al humano como no carente, sino un juego de zonas inmóviles e “inciertas” entre animal y humano; es decir, como el surgimiento de existencias de subjetividades no humanas, donde la inteligibilidad, retomando a Butler, se opaca. Cito:

(…) la paradoja de la despotenciación es que no hay que desearla ni realizarla, la misma “acontece”. Como señala Deleuze, si la literatura comienza cuando surge en nosotros una tercera persona que nos despoja del poder de decir “Yo”, no podemos realizar un ejercicio yoico para alcanzar el no-poder (así como el devenir animal no puede ser el objeto de un propósito) (Yelin 2011: 86).

La noción inicial es que en los cuentos elegidos de Moyano, hay una figuración del devenir, que va de la existencia opaca a la construcción animalizada del sujeto. El primer cuento es “El habitante, de Un sudaca en la corte. Aquí, la narración se centra en algo que se desdibuja plenamente y pasa a ser además una cosa. El narrador no puede más que rodear o sentirse rodeado por ese “animal” que habita la casa desde hace un tiempo, y que le permite una memoria zoológica que busca restablecer un parentesco. Una hipótesis es que ese “habitante” (con e, ni o ni a), es un espécimen en devenir incierto, pero al mismo tiempo es ese “algo” en agenciamiento femenino. El propio narrador, va sucumbiendo a la nomenclatura, y el “bicho salido de la gramática” exige un auxilio de definición. Lee libros de zoología, quiere entender a ese habitante difuso: “digamos que son casi una zoología paralela” (Moyano 2017: 518). Y en otro momento: “Ni su actitud ni su posición eran de un cuadrúpedo normal. Sin duda estaba erguido (o erguida), apoyando dos patas en la pared para adaptarse al poco espacio existente detrás de la puerta” (2017: 519). El narrador va dudando en los rasgos comunes que puede tener con él o ella, y estudia su propio cuerpo: “He empezado a estudiar mi propia forma buscando ese rasgo mío que alimenta su esperanza”. (2017: 519) Es biopolíticamente enternecedor el momento en el que el narrador, busca afeitarse sin navaja para observar qué gestos nuevos surgen, si hay algún momento, alguna nomenclatura corporal, casi una danza del rostro, que no haya tenido asignación todavía (ese devenir es lo kafkiano, que estudiaron Deleuze y Guattari). Butler aclara:

Desde mi punto de vista, la performatividad no trata sólo de los actos del habla. También trata sobre los actos corporales. La relación entre los dos es complicada y yo la llamé “quíasmo” en Cuerpos que importan. Siempre existe una dimensión de la vida corporal que no puede ser totalmente representada, aunque funcione como la condición por excelencia y, en concreto, como la condición activadora del lenguaje. En términos generales, (…) el cuerpo da lugar al lenguaje y que el lenguaje conlleva propósitos corporales y performa actos corporales que no siempre pueden ser comprendidos por aquellos que utilizan el lenguaje para lograr ciertos objetivos conscientes. (2006: 281).

El cuento llega a la introspección íntima; es el aún no entendimiento de ese contorno subjetivo, zoológico, que pugna por salir, el nuevo habitante en devenir que instala un arco comprensivo que aún no se establece. Ese o “esa” habitante deslizada, esa cosa paralela que vulnera día a día.

Ya en el cuento “Tiermusik”, de El trino del diablo y otras modulaciones, la memoria zoológica, y en mi hipótesis en devenir incierto, buscando un nuevo anclaje (¿femenino?), es trocada por otra; aquí ya se aceptó a aquél “habitante”: “…por qué acepté tan fácil la inserción de ese animal en mi vida particular…” (Moyano 2017: 589). El narrador se ve rodeado, abrumado por esa “presencia” que no entiende. Pero en este relato, la animalidad en enlace con lo humano, tiende un puente estético: la música, otra de las aficiones y destrezas del propio Moyano. “Los individuos de su especie son escasos y se distinguen por su afición a la música”. (2017: 589). Ese Tiermusik (en alemán, animal musical) lleva directamente al relato kafkiano “Josefina la cantora o el pueblo de los ratones”, donde se problematiza el lugar del artista en la sociedad. El narrador, al hablar de esos bichos musicales, dice: “Pienso que acaso la transformen, mediante alguna glándula, en impulsos o energía, en representaciones plásticas, en visiones que van más allá de sus sentidos, en algún atributo de sus memorias zoológicas, en multiplicación del tiempo, vaya uno a saberlo” (Moyano 2017: 590). La naturaleza provisional –deleuziana– y esa transformación, hacen de Tiermusik un sin clasificación, un odradek, ya que el propio narrador dice que el nombre del bicho puede ser “sin nombre”, “Mientras”, “Alrededor”, “Peligro”, “Daño”. Y ese bicho salido aquí del pentagrama (no de la gramática, a pesar de su evidente homofonía) provee nuevas posibilidades de subjetivación.

El animal o devenir animal prohibido vive en la guitarra. Cuando el narrador da uno de sus conciertos, el temor que genera Tiermusik es que si sale, pueden enviar a su portador y a su familia al destierro. Es la propia madre del narrador, la que en algún momento, hablará de esos bichos como de una “basura biológica”. Devenir música desde la animalidad del Tiermusik, animal con contorno, que ya vive en la guitarra, ya expresa.

El último texto de Papeles sueltos es “Exilio cortado de raíz”. Aquí hallo un movimiento; el cuento transita el devenir en la animalización cierta del hombre, y es la mujer-esposa quien lo dictamina, desde el aparato científico médico que convierte, subvierte. Una esposa lleva al hospital a su marido, llamado Juan, por una dolencia menor, pero luego queda allí y deben operarlo hasta “reducirlo” literalmente. “Lo raro en él, precisamente, era sobre todo cierta manera de mirar, de quedarse quieto en los rincones adoptando posiciones muy extrañas, a veces zoológicas, a veces vegetales” (Moyano 2017: 603). En “Exilio cortado de raíz”, se lo reduce a Juan; aparecen comadrejas y gallos que espían, se asoman, como intrusos en la operación que transforma, y que aún no sabemos que son seres humanos devenidos animales. Al final a Juan lo meten en una jaula, luego de la operación, del empequeñecimiento. La memoria zoológica, y la gramática del bicho es evidente. ¿Qué texto kafkiano habla acá? El “Informe para una Academia”, donde el mono explica académicamente, cómo debe comportarse el hombre, ya que él ha aprendido, solo con la imitación, (una brusca ruptura a la valencia mimética aristotélica) sus modos, mejor que sus captores.

Filtraré un aspecto menos conocido del periplo estético de Moyano; allí logra “integrar” el paisaje del interior, de su interior riojano, con los animales que conviven y la propia gente que el autor supo retratar tan vívidamente en sus cuentos y novelas. Me refiero al trabajo de fotógrafo en sus recorridos por los pueblos de su provincia. En el trabajo de Diego Vigna “De mulas, burros y perros. Lo animal y el registro del entorno en la prosa y las fotografías del escritor argentino Daniel Moyano”, leemos que el autor trabajaba fotográficamente

poniendo siempre de relieve la integridad no sólo de todo ser vivo, sino especialmente de algunos animales que, en el ambiente riojano, se destacaban por sus silencios y por su persistencia frente a las inclemencias (humanas y naturales). Desde los testimonios de sus familiares, y desde el análisis de algunas voces que se han dedicado a pensar, desde la fotografía y la literatura, los reflejos muchas veces miserables de los seres humanos en ciertos animales, ha sido posible entrever que Moyano ha mirado y admirado la presencia de animales sobre todo cuando se ofrecían en su desvalimiento, humillados por el hombre o por el clima y la falta de recursos. Esa admiración también se ha vuelto recurrente en sus tramas, como elementos de composición de sus relatos. (Vigna 2014: 6).

Y luego, Vigna continúa con algo que traduce como una inclinación al “denso lodo de los parentescos” (2014: 15); esa búsqueda a partir del agenciamiento del animal es, según el texto del crítico, la forma de salida; el pensamiento-bestia en enlace con la memoria riojana como memoria zoológica.

Del libro de Gabriel Giorgi Formas comunes. Animalidad, cultura, biopolítica (2014), me interesó particularmente su trabajo con la liminalidad literaria en los que la animalidad ha buceado formas nuevas de politización en interpelación social para pensar los propios vínculos humanos. El devenir incierto en los cuentos moyanescos, expone el “bicho salido de la gramática” como signo político.

La distinción entre humano y animal, que durante mucho tiempo había funcionado como un mecanismo ordenador de cuerpos y de sentidos, se tornará cada vez más precaria, menos sostenible en sus formas, y dejará lugar a una vida animal sin forma precisa, contagiosa, que ya no se deja someter a las prescripciones de la metáfora y, en general, del lenguaje figurativo, sino que empieza a funcionar en un continuum orgánico, afectivo, material y político con lo humano (Giorgi 2014: 12).

Una hipótesis del libro del investigador es la apuesta por vulnerar los llamados invariantes de la especie.

El afuera de lo “natural”, lo “instintivo”, lo “biológico”, lo “genético”, lo “heredado” por vía biológica, o lo que algunos pensadores llaman “las invariantes de la especie”: ese umbral donde se traza el exterior de nuestras subjetividades políticas retrocede constantemente, y se vuelve, al contrario, terreno de decisión, de reflexión, de subjetivación y de politización; esa es una de las premisas del pensamiento biopolítico (2014: 20).

En el primer capítulo del textoBios/Zoe/Persona/No persona/, Humano, Animal”, Giorgi afirma:

El animal pierde la nitidez de su forma; pierde, se diría, contorno; fundamentalmente, el animal deja de ser la instancia de una “figura” disponible retóricamente, de un tropo (tal fue su “función” cultural o estética fundamental) para volverse un cuerpo no figurativo, y no-figurable, un borde que nunca termina de formarse: el animal remite menos a una forma, a un cuerpo formado, que a una interrogación insistente sobre la forma como tal, sobre la figurabilidad de los cuerpos (2014: 21).

Interrogación delirante, agrego yo.

La crisis de la forma-animal es así una crisis de lógicas de representación y de ordenamiento de especies y cuerpos. Ese animal que pierde nitidez y que se esboza en una forma permeable, Tiermusik, Juan empequeñecido hasta algo que no sabemos si es un pájaro, pero que está enjaulado, el habitante, pueden enlazarse con los de constitución de nuevas subjetividades, y que pone en el tapete el rol de dominación de cuerpos. Butler (me reta) e indica:

Después de todo, ¿hay un género que preexista a su regulación?, o el caso es más bien que, al estar sometido a la regulación, ¿el sujeto del género emerge al ser producido en, y a través de, esta forma específica de sujeción? Al tratar de la sujeción y de la regulación es importante tener en cuenta al menos dos advertencias derivadas del pensamiento de Foucault: 1) el poder regulador no sólo actúa sobre un sujeto preexistente, sino que también labra y forma al sujeto; además, cada forma jurídica de poder tiene su efecto productivo; y 2) estar sujeto a un reglamento es también estar subjetivado por él, es decir, devenir como sujeto precisamente a través de la reglamentación. Este segundo punto se desprende del primero en la medida en que los discursos reguladores que forman al sujeto del género son precisamente aquellos que requieren e inducen al sujeto en cuestión. (2006: 68).

Yo, en mi primera lectura y trabajo, hice preexistir regulando la enunciación femenina en estos personajes moyanescos.

Finalmente, trazo un arco con el trabajo de Cinthia Francica (2018), sobre la muestra audiovisual y performática de la artista chilena Gabriela Rivera. Los cuentos escogidos de Moyano dialogan con esa muestra perfomática y fotográfica del bestiario de Gabriela Rivera, artista nacida en 1977, quien, en algunas de sus obras, según Alejandra Castillo, exhibe imágenes intolerables de la realidad del cuerpo de las mujeres: “La carne como la causa ausente que organiza, una y otra vez, el cuerpo de las mujeres en relación a un significante rígido: lo femenino”. (Castillo 2014: 108).

La vida animal en Bestiario (2012-2015), de Rivera, es tomada como un continuum orgánico. Y el interrogante sería otra vez ¿qué configuraciones surgen a partir del encuentro entre lo femenino y lo animal?; bien, el programa de la artista es hacer esa basura biológica, de la que hablaba la madre del narrador en Tiermusik, ya que lo que hace es coser y tramar –con vísceras de animales o simulando pieles– cuerpos repulsivos y vísceras en movimiento sobre las mujeres, operando máscaras disidentes que se colocan sobre su propio cuerpo y sobre los de quienes participan de las muestras. Estos cuentos de Moyano narran una lucha para devenir el “bicho salido de la gramática”; mientras que el trabajo performativo de Rivera cuenta otra lucha: “Su lucha resulta productiva: mediante su gesto anti-estético, la obra desdibuja los bordes del cuerpo femenino y el animal, de la materia viva y el cadáver”. (Francica 2018: 81).

¿Qué pueden ser el habitante, el Tiermusik y Juan?; una resignificación de cuerpos ilegibles, inestables. Se recurre a la animalización para traspasar las fronteras de lo humano (normativo, impuesto). Lo abyecto como basura, como no-cosa. Moyano tematiza, desde un narrador problematizado, estos dilemas. Tales ficciones, instan a seguir pensado nuevas constituciones subjetivas porosas a cualquier tipo de nominación. La gramática, crea bichos, cimenta nuevas realidades; la ficción, los pone a funcionar, las hace proliferar y convivir con nosotros.

Bibliografía

Butler, J. Deshacer el género. Barcelona, Paidós, 2006.

Castillo, A. Ars Disyecta. Figuras para una corpo-política. Santiago de Chile, Palinodia, 2014.

Deleuze, G. y Guattari, F. Kafka. Por una literatura menor. México, Ediciones ERA, 1978.

Francica, C. “Feminismo, duelo y animalidad: comunidades no humanas en el bestiario de Gabriela Rivera”. Revista de Estudios Avanzados, 2018, N°28, Universidad Nacional de Chile, 2018, pp. 73-88. Bit.ly/3e23zjc.

Giorgi, G. Formas comunes. Animalidad, cultura, biopolítica. Buenos Aires, Eterna cadencia, 2014.

Kafka, F. Relatos completos I y II. Buenos Aires, Losada, 1981.

Moyano, D. Mi música para esta gente. Cuentos completos. Córdoba, Caballo negro editora, 2017.

— “Un sudaca en la corte”. Mi música para esta gente. Cuentos completos. Córdoba, Caballo negro editora, 2017.

— “El trino del diablo y otras modulaciones”. Mi música para esta gente. Cuentos completos. Córdoba, Caballo negro editora, 2017.

— “Papeles sueltos”. Mi música para esta gente. Cuentos completos. Córdoba, Caballo negro editora, 2017.

— “Leer a Thomas Bernhard”. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2012. Bit.ly/2ZzvOke.

Vigna, D. “De mulas, burros y perros. Lo animal y el registro del entorno en la prosa y las fotografías del escritor argentino Daniel Moyano”. Amerika, 11, 2014. Bit.ly/3dXgByx.

Yelin, J. “Kafka y el ocaso de la metáfora animal. Notas sobre la voz narradora en ‘Investigaciones de un perro’”. Anclajes XV.1, 2011, pp. 81-93.



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