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¿Cuál es el vínculo entre la memoria y las palabras?

Maira S. Betig (Escuela Superior de Comercio Nº 43, Santa Fe)

El porvenir no habrá de juzgarnos por olvidar,

sino por recordarlo todo y, aun así, no actuar

en concordancia con esos recuerdos.

 

Andreas Huyssen, En busca del futuro perdido

La pregunta que origina este escrito obliga a realizar algunas precisiones, en principio porque así formulada supone que sí existe un vínculo entre la memoria y las palabras. Esta es la hipótesis que guía este escrito, interesa saber aquí cómo se muestra esa relación en la novela Monte de Silencios de la escritora santafecina Alicia Barberis y qué efectos tiene tal vinculación.

A diferencia del discurso político monológico que, como señala Beatriz Sarlo, se atiene a “conceptualizaciones sumarias y fórmulas tradicionales”, y también del discurso de la memoria, que lucha por un significado que unifique la interpretación, la literatura se presenta como versiones de una realidad que, por su complejidad, imposibilita toda lectura monolítica. El texto que se analiza se caracteriza por un diálogo dinámico entre interpretaciones de un mismo acontecimiento histórico. La literatura funciona aquí como un testimonio ficcional en el que se tramita el pasado operando sobre la memoria colectiva del presente. La literatura se postula como otra versión de la Historia oficial (de la historia que nos dejó La Forestal), como reparación del olvido, y como el principio de un resarcimiento frente a la impunidad.

Monte de silencios es una novela que parte de una historia real que ha permanecido invisibilizada, de memorias que nunca fueron puestas en palabras. La escritora descorre un velo sobre la historia de la compañía inglesa que destruyó quebrachales y vidas de obreros en el Chaco Austral, y que había quedado en cierto sentido común como un “patrón bueno” que trajo progreso.

Desde una ficción bien trazada, entramada y puesta en ritmo, todas las voces de los sobrevivientes aparecen en su complejidad, con dolor y desolación. Son ficcionales, aunque aparezcan también personajes reales, pero hablan desde un pasado y de un presente que ocurrió. Son testimonios, memorias que apelan a historias silenciadas. Son, en suma, cuatro generaciones de mujeres que quieren construir la memoria con la verdad pero también quieren cambiar las energías del presente.

Monte de silencios es la historia de La Forestal, la compañía inglesa iniciada a partir de un préstamo ruinoso que la Argentina pidió en el siglo pasado[1], que destruyó un millón y medio de quebrachales, para extraer el tanino y la madera. Y que, como un Estado dentro del Estado, durante medio siglo hizo y deshizo sobre las vidas de sus obreros, pagándoles muchas veces con vales que canjeaba la misma compañía, reprimiéndolos y matando a más de seiscientos de ellos cuando en 1921 osaron organizarse para cambiar sus míseras condiciones de trabajo. La empresa tuvo su propia bandera, su policía brava, sus ciudades, puertos y ferrocarriles, moneda propia y más de 20 mil trabajadores, entre los que no se contabilizaron los diputados, comisarios, jueces de paz y otros influyentes funcionarios que recibían distintos favores de la empresa.

A mediados de los 60 la empresa ya no fue rentable y se retiró del país, dejando los pueblos literalmente incomunicados (los silencios del monte a los que alude el título de la novela), con graves consecuencias, económicas, ecológicas y humanas. Donde puso el pie La Forestal, quedó tierra arrasada, pueblos fantasmas, ecosistema degradado. Miles de personas tuvieron que abandonar sus pueblos, dejando atrás ruinas fantasmales de edificios y fábricas, que hoy son los testimonios de esta triste parte de nuestra historia que mereció ser puesta en palabras para descascarar el muro de silencio que acompañó a las depredaciones y la indiferencia de los gobiernos provinciales y nacionales.

Villa Ana, La Gallareta, Villa Guillermina, Tartagal son algunos de los escenarios por donde la novela nos lleva a hacer un recorrido histórico: las primeras huelgas, la creación de los sindicatos, las luchas políticas de los 40 y los 70, desnudando las marcas que eso dejó. De un rincón a otro de aquel mundo forestal, atravesando todos los tiempos, puede sentirse a la gente real y ver, como si espiáramos por un recoveco, una larga historia de miles de vidas que vienen a nuestros días a interpelar a la memoria con palabras, creando en sus actores un único vínculo: el testimonio real y certero.

En la narración de Barberis, por un lado, la causa de la memoria y el deseo de conocer el destino de los pueblos forestales surge como una forma de resistencia ante la acción despiadada del gobierno y de La Forestal y tiene por finalidad el desmantelamiento de los discursos del poder en torno a esa experiencia. Como advierte Elizabeth Jelin:

Las memorias de quienes fueron oprimidos y marginalizados […] surgen con una doble pretensión, la de dar la versión “verdadera” de la historia a partir de su memoria, y la de reclamar justicia. En esos momentos, memoria, verdad y justicia parecen confundirse y fusionarse, porque el sentido del pasado sobre el que se está luchando es, en realidad, parte de la demanda de justicia en el presente (Jelin 2005: 23).

Por otro lado, se intenta aprehender la experiencia de los años de La Forestal centrando la atención en actores, roles y sucesos que hasta entonces la política conmemorativa / historia oficial había relegado a un segundo plano. La ficción se vuelve, de este modo, sobre los olvidos de la memoria colectiva, olvidos que, como especifica Paul Ricoeur, pueden ser de índole evasiva, selectiva, producto del paso del tiempo o la represión. Repone discursos, valores y figuras que desestabilizan las creencias y recuerdos a los que la sociedad se había acostumbrado.

En suma, es una novela que intenta cercar ese “más acá” del que habla Giorgio Agamben en su emblemático Lo que queda de Auschwitz, precisamente para trazar los puntos de contacto entre ese período y el presente. El conflicto interpela e incomoda porque el texto lo presenta de un modo más cercano, familiar y cotidiano de como hasta ahora nos habíamos habituado a pensarlo: este es el efecto de la vinculación entre la memoria y las palabras que construyen la historia reciente de los montes del norte del país.

Hugo Vezzetti distingue dos componentes en el cruce entre historia y memoria del que parece hacerse eco la novela aquí considerada:

Por una parte, un componente intelectual de la memoria, que arrastra una voluntad de conocimiento y se propone no sólo repudiar, denunciar, sino entender. Por otra, un componente ético que convierte a ese saber en un interrogante que vuelve sobre la propia sociedad, sobre el propio sujeto o grupo involucrados: este es el compromiso de la memoria con las tareas y las responsabilidades del presente (Vezzetti 2002: 35)[2].

En toda la narración de Alicia Barberis se lleva a cabo un tratamiento particular del conflicto que implica asumir este doble compromiso al que se refiere Vezzetti.

No obstante, tanto Tzvetan Todorov como Paul Ricoeur advierten ciertos usos abusivos de la memoria en el presente que insisten en la reproducción acrítica del pasado en lugar de privilegiar un uso de la memoria del cual sea posible extraer alguna enseñanza para el futuro. En este sentido y en concordancia con la cita de Andreas Huyssen que dio origen a este escrito, tenemos los recuerdos, tenemos la realidad pero no actuamos para que algo cambie: en casi todas las ciudades santafesinas hay una calle con el nombre de Enrique Mosca, gobernador que dio una guardia uniformada a la empresa para que ningún obrero osara luchar por sus derechos. En cambio, en ningún lado se lee ni siquiera una placa en recuerdo a Teófilo Lafuente, el digno luchador por los derechos humanos en esa tierra rojiza.

Los abusos de la memoria se relacionan precisamente con la manipulación del recuerdo que se ejerce por medio de una política conmemorativa que se obstina en la defensa de una selección de hechos, en detrimento de otros que permanecen en el olvido. Ya en la página 53, Monte de silencios revisita la experiencia vivida, personal, evitando los lugares comunes de la ahora Historia oficial, para encontrar en ella nuevas verdades:

–La Empresa les daba la oportunidad de aprender, con premio si cumplían. (…) Era otra forma de manipularlos.
–Usted dice eso –interrumpe alguien–, pero mi abuela repite siempre que con La Forestal vivían re bien.
–Los que vivían bien eran pocos –responde la voz–. Los obreros y, sobre todo los hacheros, tenían una vida durísima. Es cierto que la Empresa trajo un bienestar que no era común en esa época. Imagínense, agua corriente, luz eléctrica, cloacas, clubes sociales, cine. Pero no podemos olvidar que explotó a la mayoría de los trabajadores, terminó con el monte y se llevó una riqueza incalculable, casi sin pagar impuestos. Y encima, cuando dejó de convenirles, se fueron del país y los dejaron a todos en bolas.
Se oyen unas risas y vuelve a oírse la voz.
–Los gobiernos de turno también tuvieron la culpa. Todo estuvo planeado. Nada fue por azar. Y esos adelantos que todos recuerdan, los hicieron después de masacrar a más de seiscientos obreros, en las huelgas del 21, porque necesitaban lavar la cara de la Compañía. ¿Me explico? (Barberis 2018: 53-54)

Lo anterior es una clase que escucha Emi, la protagonista de la última generación de mujeres que reúne la novela. Esto significa que no se ancla a las protagonistas en determinados papeles: la del héroe/heroína, la víctima o el moralizador, no se congela la experiencia de la violencia en una imagen estática del pasado (Todorov 2002: 211). Sino que las historias de Dominga, Amanda, Elena y Emi, su memoria, tienen como finalidad mantener la identidad tanto colectiva como individual a lo largo del tiempo, conservar las huellas de los acontecimientos pasados y también honrar a las víctimas de la historia.

En este mismo sentido, Beatriz Sarlo, admite que el discurso testimonial es una forma de procesar un duelo postergado y contribuye a la reconciliación de la sociedad civil. Por su parte, Michael Pollak las define como memorias subterráneas: “memorias que emergen como oposición a las colectivas y oficiales, y logran sobrevivir a la opresión y a la censura, sosteniéndose entre sombras durante años, gracias a la transmisión oral” (Pollak 1989: 2).

Sin embargo, junto con el aspecto moral y político, no habría que olvidar el problema epistemológico que subyace en el anhelo de veracidad que también persigue la memoria. Frente a un “deber de memoria”, Paul Ricoeur propone el “trabajo de rememoración”, que instaura una distancia con respecto al pasado y abre el camino para que éste pueda ser sometido a análisis. Desde esta perspectiva, memoria (puesta en palabras) e historia ya no se contraponen sino que se complementan en una relación dialéctica:

Y una historia introducida de nuevo por la memoria en el movimiento de la dialéctica de la retrospección y del proyecto, tampoco puede separar la verdad de la fidelidad vinculada después de todo a las promesas incumplidas del pasado, pues tenemos primordialmente una deuda que saldar con ellas (Ricoeur 1999: 52).

A cincuenta y cuatro años del cierre de las últimas fábricas de tanino de La Forestal, los números oficiales de los censos forestales hablan del desierto que siguió a la empresa. Solamente si la provincia oficiara de representante del pueblo santafesino tendría la posibilidad de demandar a los herederos de la firma en millones de dólares por exclusivamente el costo ecológico. Lo social, lo humano, lo cultural, lo perdido por los impuestos mal cobrados, sumaría otra cifra sideral que por ahora ni siquiera puede ser mensurada.

En este sentido, Monte de silencios nos hace tomar conciencia de que las víctimas también vivieron su tiempo como presente y que tenían expectativas, promesas, miedos y proyectos (Dominga con la idea que su hija no fuera como ella: la triste mujer de un hachero que vive en un rancho de barro en el monte; Amanda persiguiendo amores imposibles y trabajando de costurera en La Forestal; Elena en la intensa búsqueda de una Argentina mejor; y Emi, conociendo su pasado para sanar y vivir su presente). Esto no sólo supone construir un recuerdo justo de ellas sino también valorar el deber de la memoria nombrado precedentemente, que se origina en la deuda contraída con los que nos precedieron, aquellos de los cuales somos herederos: “Debemos a los que nos precedieron una parte de lo que somos”. (Ricoeur 2004: 120).

Se trata, en suma, de un particular trabajo de la memoria que se vuelve sobre problemáticas del pasado todavía irresueltas y hace una apertura hacia el deseo de comprensión, a la búsqueda de verdad implícita, al vínculo intrínseco entre las palabras y la memoria; y deja en claro que la revisión de lo acontecido resultará productiva sólo si se restablecen en un sentido eminentemente político desde el cual poder empezar a visualizar la posibilidad de transformación a futuro.

Bibliografía

Agamben, G. Lo que queda de Auschwitz. Valencia, Pre-Textos, 2000.

Barberis, A. Monte de silencios. Buenos Aires, Colihue, 2018.

Gori, G. La Forestal. La tragedia del quebracho colorado. Buenos Aires, Ameghino, 1999.

Huyssen, A. En busca del futuro perdido. México, Fondo de Cultura Económica, 2002.

Jelin, E. “Las luchas por las memorias”. Telar. Revista del Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos (IIELA), año II, n°. 2 y 3,2005, pp. 17-40.

Pollak, M. Memoria, olvido, silencio. Revista Estudios Históricos. Rio de Janeiro, Vol. 2, nº 3, 1989, pp. 3-15.

Ricoeur, P. La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido. Madrid, Arrecife, 1999.

La historia, la memoria, el olvido. México, FCE, 2004.

Sarlo, B. Política, ideología y figuración literaria. AA.VV. Ficción y política. La narrativa argentina durante el proceso militar. Buenos Aires, Alianza, 1987.

Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires, Siglo XXI, 2005.

Todorov, T. Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX. Barcelona, Península, 2002.

Vezzetti, H. Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina. Buenos Aires, Siglo XXI, 2002.


  1. Treinta y siete cajas de hierro partieron del puerto de Liverpool el 10 de marzo de 1874, embarcadas en el buque “Gassendi”. El destino era Santa Fe, traían 180.187 libras esterlinas. Era el total de un empréstito celebrado por la firma londinense Murrieta & Compañía y el gobierno de la provincia con el objetivo de conformar el capital inicial del Banco Provincial de Santa Fe.
  2. En bastardilla el original.


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