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Isidro Velázquez… de Roberto Carri (1968): entre el poder popular y el estatal

Una lectura que evoca la resistencia montonera del siglo XIX

Analisa López (Universidad Nacional de La Pampa)

Introducción

Durante las décadas del 60 y 70 del siglo XX en la Argentina se publicaron una serie de escritos que acompañaron el proceso revolucionario de entonces. Revistas como Fichas, La Rosa Blindada, Envido, Los Libros, Crisis –que combinaban literatura y política– y autores como Roberto Carri y Francisco Urondo recuperaron la tradición de la montonera de un siglo atrás para resignificarlas en el nuevo contexto de lucha revolucionaria. De esta forma, se colocó a la montonera gaucha como parte de la historia de los levantamientos antisistema. Esta perspectiva teórica de la historia que considera que existe un “instante de peligro” en el que se concentran todos los tiempos y los oprimidos, en particular, redimen las luchas pasadas derrotadas, es la que Walter Benjamin expone en Sobre el concepto de la Historia.

Una de las obras testimonio de esto es Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia (1968) de Roberto Carri, un ensayo de tipo sociológico escrito a partir de la recopilación de entrevistas y documentos (artículos periodísticos en su mayoría), que tiene como punto de partida el asesinato de Isidro Velázquez en manos de la policía chaqueña, ocurrido en 1967. La obra consta de cuatro partes en las que el autor desarrolla el caso de Velázquez  –un peón correntino que en 1961 es detenido por la policía de Colonia Elisa acusado de robo– al tiempo que hace un análisis de la historia del Chaco vinculada a la violencia ejercida por el capitalismo imperialista.

El objetivo de este trabajo es analizar cómo aparece revitalizada la montonera del siglo XIX en la obra mencionada de Roberto Carri. Para ello se establecerá una comparación entre esta y otras obras de mediados del XIX que involucran la figura del gaucho desde una construcción discursiva particular: El chacho, último caudillo de la montonera de los llanos (1868) de Domingo F. Sarmiento, La vida del Chacho (1863) y El gaucho Martín Fierro (1872-1879) de José Hernández. En el primero de los textos mencionados se niega el carácter político al accionar del gaucho, mientras que en el resto de los textos de Hernández –a excepción de la segunda parte de El gaucho Martín Fierro– se lo reconoce. Para este análisis se considerarán las categorías de lo “legal”, “ilegal” y “legítimo” desarrolladas por Josefina Ludmer en El género gauchesco. Un tratado sobre la patria.

Roberto Carri fue sociólogo y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, también conocido como referente e impulsor de las Cátedras Nacionales vigentes entre los años1968 y 1971-72. Carri, siempre cercano al marxismo, militó también en el Peronismo y luego se incorporó como oficial en Montoneros. En febrero de 1977 Carri y su esposa Ana María Carusso fueron secuestrados en su domicilio por un grupo de tareas de las FFAA y al día de hoy continúan desaparecidos. Carri y Carusso tuvieron tres hijas: Andrea, Paula y Albertina. Esta última dirigió y guionó el documental Los rubios a partir de entrevistas, fotos y documentos que recuerdan a sus padres, su militancia y su desaparición forzada.

Carri nos dejó tres libros escritos: Sindicatos y poder en la Argentina (1968), Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia (1968) y Poder imperialista y liberación nacional. Las luchas del peronismo contra la dependencia (1973).

Estos escritos y otros publicados en las revistas El Obrero, Envido y Antropología del Tercer Mundo tienen un fuerte carácter antiimperialista.El autor asume un compromiso intelectual al sostener que la liberación nacional no puede darse a través de reformas en el sistema capitalista (para él no es posible el capitalismo sin imperialismo) sino con la abolición de este y la destrucción de la propiedad privada a través de un “socialismo nacional”.

Su concepción de la historia se vincula con una reivindicación de la lucha de los pueblos oprimidos, dado que considera al presente como un producto de una lucha de clases y como respuesta de estos pueblos ante quienes buscaban someterlos.

Carri escribió en un contexto de agitación popular y política, en medio de manifestaciones contra el régimen de Onganía y en la antesala de insurrecciones como el Cordobazo o Rosariazo, un momento de ascenso de la lucha revolucionaria. El libro Los condenados de la tierra de F. Fanon, que circulaba masivamente entre la intelectualidad revolucionaria de la época, es uno de sus sustentos teóricos fundamentales.

Velázquez o la transgresión

El autor comienza la primera parte del libro refiriéndose al caso de Isidro Velázquez, un peón correntino que en 1961 es detenido por la policía de Colonia Elisa, donde vivía con su esposa y sus cuatro hijas, acusado de robo. Pero, como dice Carri, “versiones de buena fuente afirman que, por razones no establecidas [Velázquez] fue objeto de una injusta persecución y hostigamiento constante por parte de la policía local” (1968: 37).Velázquez protagonizó algunos hurtos a estancieros adinerados por lo que se convirtió en una especie de Robin Hood chaqueño junto con su hermano Claudio y con Vicente Gauna, pero rápidamente la policía local comenzó a atribuirles responsabilidad en distintos delitos a los que no les encontraban culpable.

Velázquez se fugó y permaneció prófugo durante 6 años en los que fue perseguido y hostigado por la policía, hasta el momento en que le tendieron una emboscada y lo mataron, al igual que a su compañero Gauna.

El caso de Velázquez le permite a Carri exponer la violencia que ha sufrido históricamente el campesinado de Corrientes y Chaco. De acuerdo con el autor, la“colonización de fines del siglo XIX” creó una estructura latifundista en estas provincias a partir del desplazamiento y la subordinación de los sectores populares (trabajadores rurales del norte, desposeídos, indígenas) explotados como mano de obra barata y también por medio de los instrumentos de dominación y control del coloniaje como son la iglesia, la policía y el aparato burocrático. Carri explica que esta violencia colonialista e imperialista a su vez produjo la explotación forestal y el agotamiento de los bosques para satisfacer a los mercados extranjeros.

Al huir de la ley, Velázquez rechaza esa sumisión y transgrede la ley con todo el sistema social. Los sectores populares simpatizan con él porque se sienten identificados con esa transgresión, porque escapa a un orden social que los excluye, persigue, oprime y domina a través de sus organismos de control.

Carri explica que desde ese orden social, con su aparato estatal y policial, se consideró a Velázquez un delincuente, un “bandido”que debía ser derrotado. A su vez, discute con las teorías sociológicas de tradición sarmientinas que consideran a Velázquez como tal. Desde esta sociología se le da carácter de criminal, bandido y “bárbaro” para desprestigiar su levantamiento y transgresión. El correntino representa una amenaza para el poder estatal, por ello se lo criminaliza y pretende borrarse su valor político. Por el gran apoyo que recibe, Velázquez se convierte en un “líder de masas” y entonces es necesario acabar con él. En este punto es cuando se vuelve más explícito el accionar del aparato represivo y la violencia policial. Pero ante la represión, las masas no cesan en ese apoyo, al contrario, este se multiplica y se genera todo una imagen mítica en torno a este sujeto: se cree que su sapucay y su mirada tienen un “poder inmovilizante”, poderes que le permiten sortear la persecución policial.

Una reivindicación a la montonera gaucha

La figura de Velázquez y su sentido político pueden compararse con algunos discursos en torno a la figura del gaucho y la resistencia montonera del siglo XIX. Uno de los caudillos de la montonera que podemos comparar con Velázquez es Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza. Existen dos escritos que refieren a la vida del caudillo y, como en la obra de Carri, parten de su muerte (ocurrida en 1863), aunque desde dos puntos de vista bien distintos: La vida del Chacho (1863) de José Hernández y El Chacho, último caudillo de la montonera de los llanos (1868) de Domingo F. Sarmiento. El primer texto tiene carácter de denuncia política y de revelamiento de los culpables. Para Hernández la muerte del Chacho fue un crimen político y los responsables directos del asesinato de “uno de los caudillos más prestigiosos, más generosos y valientes que ha tenido la República Argentina” (1999: 11) son los unitarios. Peñaloza fue degollado en su casa y su cabeza entregada a Sarmiento, el “bárbaro”. Hernández reivindica al Chacho como la figura más humana y valiente que ha tenido la patria a su servicio. El pueblo, por su parte, está indignado por el asesinato y necesita justicia, venganza.

“Chacho” fue un caudillo del federalismo de la provincia de La Rioja, proveniente del sector popular. Perteneció a una familia de las más antiguas y notables de esa provincia. Siendo joven, Chacho entró al servicio de las armas como cadete. Por su participación en distintas batallas Peñaloza adquiere renombre y se convierte en un oficial distinguido, luego es nombrado teniente coronel y más tarde, en La Rioja, comandante del Departamento de la Costa del Medio de los Llanos. Esto acrecienta su fama por su aporte en los campos de batalla y le confiere cierto poder en La Rioja. El gobierno de la Confederación Argentina lo nombró general de la Nación y el Ejército Argentino le dio el puesto de segundo jefe del Ejército de Cuyo. El Chacho fue asesinado el 8 de noviembre de 1863 de parte del liberalismo y el presidente Mitre, crimen instigado, a su vez, por D. F. Sarmiento, en ese momento gobernador de la provincia de San Juan.

Como Jefe revolucionario, impulsó las movilizaciones o guerrillas denominadas montoneras, encabezadas por caudillos –entre ellos el Chacho– y conformadas fundamentalmente por indígenas y gauchos o “habitantes pobres de la campaña” (De la Fuente, 1998:271).

De la Fuente (1998) explica que el término hacía referencia a quienes se rebelaban contra la autoridad nacional en la década de 1860. La mayoría provenía de la provincia de La Rioja (grupo de los llanistos, del valle de Famatina y los departamentos de Arauco, Vinchina y Guandacol), San Juan, Córdoba y Chile. Eran labradores, artesanos, peones y jornales, arrieros, puesteros, entre otros. No eran criminales, como la historiografía liberal los presenta, por el contrario, tenían una ocupación definida. Muchos tenían entre 21 y 30 años de edad y eran analfabetos. Más allá del vínculo con el caudillo, la identificación cultural y partidaria con él, los gauchos tenían ciertas motivaciones materiales para seguirlos; entre ellas: acceder al consumo de carne vacuna, proveerse de calzado, ropa y remuneración en dinero.

La montonera comandada por Peñaloza, junto con la de los caudillos López Jordán y Varela, constituyó la última resistencia federal.

En el apartado que titula “Revelación de un crimen”, Hernández se dispone a demostrar cómo los unitarios han mentido y ocultado la verdad del crimen dado que Peñaloza no murió el 12 de noviembre 1863, como ellos lo hacen parecer en sus notas oficiales, sino antes; y tampoco fue apresado, ni perseguido, ni fusilado; fue asesinado mientras dormía en su propia casa. Para probarlo analiza una serie de documentos que se enviaron en los que aparecen distintas versiones del hecho. Hernández descubre que el día 8 ya Chacho había fallecido y mientras tanto Sarmiento pensaba cómo dar la noticia sin mencionar la idea de asesinato por lo que las notas enviadas posteriormente eran todas falsas.

Hernández relata, además, cómo el Chacho sirvió a la patria en campos de batalla en distintas ocasiones y destaca, entonces, su figura de hombre sencillo, heroico, modesto, bondadoso, insultado y burlado por sus enemigos. En este caso nos encontramos ante una defensa de la figura del caudillo y de su accionar político en una necesidad de ajusticiarlo.

Sarmiento, en cambio, busca darle carácter de necesidad histórica a la muerte del Chacho y por ello opta por descalificarlo y ubicarlo en el terreno del delito, desde el lugar político y estatal que ocupa. Así, se encarga de ocultar su responsabilidad en la muerte de Chacho por medio de una serie de documentos.

D. F. Sarmiento llama al Chacho “paisano semibárbaro” (Sarmiento 1999:51) a causa de su falta de disciplina y de capacidad de razonar, acento riojano y semejanza con el gaucho, analfabetismo y rudeza, vocabulario grotesco; su comportamiento va contra todo lo civilizado porque tiene malos hábitos, se viste mal, es fumador y bebedor, es insensible e ignorante. Aunque no acusa al caudillo de manera directa de asesinar, sí lo hace indirectamente: “A pocos ha hecho morir por orden o venganza suya, aunque millares hayan perecido en los desórdenes que fomentó” (1999: 51).

A diferencia de la imagen de héroe y de sujeto honorable que da Hernández, Sarmiento cuestiona la fama que tiene el Chacho, de un lado por esa barbarie que lo caracteriza y del otro porque menciona que en todas las batallas en las que participó siempre fue derrotado y, aun así, no disminuyó “su prestigio con los que le seguían, ni su importancia para los gobiernos que lo toleraban” (1999: 53), como si sus seguidores también fueran irracionales.

Para Sarmiento, además, los caudillos se mueven anárquicamente y hacen su propia revolución. Sin embargo, De la fuente (1998) señala que las montoneras se organizaban jerárquicamente, como las guardias nacionales; no eran estallidos de violencia rural ni hordas descontroladas.

Para esta época, Sarmiento ya había escrito su obra más famosa, Facundo civilización o barbarie (1845), en la que nos encontramos con la misma construcción discursiva del terreno de lo popular que introduce en la biografía del Chacho. En la Introducción de Facundo o civilización y barbarie (1845) caracteriza al caudillo Quiroga como de “naturaleza bárbara”, viva aún en las tradiciones populares y en Rosas, que llevan impresa la naturaleza salvaje del territorio Argentino. La operación sarmientina que recorre toda la obra consiste en descalificar a las poblaciones mestizas, gauchas e indias y construirlas como sujetos deleznables, violentos, delincuentes e irracionales para justificar su eliminación como una necesidad política en pos del progreso y la civilización. Sarmiento plantea así un modelo para el que es necesario terminar con el orden contrario: la barbarie (Rodríguez Pérsico, 1989).

Es importante destacar que desde el gobierno nacional mitrista existía la orden de quitar el carácter de guerra civil a las montoneras, tarea que se cumple y culmina con el asesinato de Peñaloza ajusticiado como bandido.

Se transforma, con este fin, a los enemigos políticos en delincuentes: Chacho, como jefe notorio de bandas de salteadores, y como “guerrilla”, haciendo la guerra por su propia cuenta, murió en guerra de policía en donde fue aprehendido y su cabeza puesta en un poste en el teatro de sus fechorías. Esta es la ley y la forma tradicional de la ejecución del salteador (1999: 162)

Así debía ser, según el gobierno, para que los levantamientos que llevaba adelante se aquietaran. Sarmiento nunca menciona la palabra “crimen”, ni se refiere al descontento del pueblo; por el contrario, resalta que fueron varias las provincias que aprobaron este hecho.

Con la misma lógica, un siglo después, la sociología e historiografía liberal y la oligarquía chaqueña se encarga de criminalizar a Isidro Velásquez. Frente a esta caracterización, la de Hernández y la montonera de Chacho puede asimilarse a la reivindicación que Carri hace del peón correntino y de la admiración, fama y apoyo popular que continúa hasta una vez muerto. Así como se intentó difamar al caudillo Peñaloza, también se lo hace a Velázquez, a quien se construyó desde la prensa y el aparato estatal como un criminal y un bárbaro. Incluso se pide por la cabeza de estos sujetos y la muerte de ambos es motivo de celebración. La muerte del Chacho Peñaloza, festejada por el mitrismo, es convertida en un espectáculo, tal como explica Rodríguez Pérsico: “La cabeza del Chacho expuesta en la plaza pública significa la humillación del condenado y un espectáculo ejemplar para el pueblo […] la pena disuade y pulveriza el origen del disturbio” (1989: 51).

De hecho, Sarmiento finaliza El Chacho… aludiendo que “[…] se ha visto cómo un bárbaro que no sabe leer, un salteador de caminos basta para poner en peligro nuestra frágil organización”. Sin embargo, con su muerte el obstáculo fue superado y está convencido de que el ferrocarril llegará para destruir el desierto y estas historias de caudillos de montoneras quedarán atrás.

De la misma manera, para la oligarquía chaqueña el aniversario de la muerte de Velázquez y Gauna es condecorado como el “Día de la policía de la provincia del Chaco”, es un triunfo de la ley, de lo “civilizado”, una necesidad para restablecer el orden. A su vez, se prohíbe el chamamé de Oscar Valles “El último sapucay”, que hace referencia a su muerte, y también la posibilidadde rendir culto a su figura; ya antes inclusive se perseguía y hostigaba a quienes le brindaban apoyo.

Existe, entonces, un borramiento y una construcción discursiva descalificadora de estos sujetos incluso trassu muerte.

Si para la tradición sociológica argentina del 60 Velázquez es un “bandido” –como el Chacho lo es para Sarmiento y el mitrismo– para Carri es un “rebelde” con un gran potencial revolucionario.Su accionar no debe considerarse “prepolítico” – el evolucionismo histórico es el que pretende colocar unas formas europeas o estadounidenses como “modernas y políticas” y como “prepolíticas” las de las clases explotadas, de los países colonizados o dependientes–, como se lo intentó catalogar, sino político, porque su accionar tiene un sentido como tal en tanto produce un despertar de la conciencia en las clases populares ante la explotación que estas sufren. Carri tampoco acuerda con la división entre “honestos” y “delincuentes” pues considera que también obedece a las lógicas del sistema capitalista.

En este sentido, vale destacar los aportes que realiza Josefina Ludmer en su obra El género gauchesco. Un tratado sobre la patria acerca de las categorías de lo “legal”, “ilegal” y “legítimo” presentes en el género gauchesco. Ludmer explica que existe una ley central, escrita, como sistema de creencias y prohibiciones –implican no robar, aunque no hay “propiedad privada” en el código consuetudinario del gaucho– que otorga dos sentidos del gaucho: el bueno y legal, o el que se integra al sistema; el malo e ilegal, que deserta y recae en la ilegalidad. Se construye, así, toda una “red de legalidades” en la gauchesca. El gaucho es categorizado como “delincuente” para ser utilizado como mano de obra y como soldado de guerra, por ello se queja y lamenta por las desigualdades ante la ley y el poder estatal que él mismo sufre. (1988: 246).

El asunto está en que lo que para el poder estatal es legal resulta “ilegítimo” para un sujeto como Velázquez. La ley y el sistema político no significan lo mismo para él, no lo amparan si no que, por el contrario, lo persiguen y excluyen constantemente por ser un desposeído. El gaucho resulta ser, desde la ley, el “vago” y el ilegal o delincuente. Pero Velázquez no se rinde ante el veredicto de la ley sino que se fuga y en su huída manifiesta ese descontento con el poder estatal al tiempo que lo transgrede. Esa “denuncia” al abuso de poder o manifiesto del descontento también se refleja en el apoyo popular a Velázquez.

En La ida de El gaucho Martín Fierro (1872) Hernández retrata al “tipo original de nuestras pampas”, al gaucho y sus costumbres y le da voz a su denuncia de los abusos sufridos contra el aparato estatal que lo persigue, criminaliza, castiga y lo lleva a la frontera para someterlo a duros trabajos y a la guerra. Inclusive Fierro dice que “el ser gaucho es un delito”. Siguiendo la misma línea, Facundo Quiroga deserta del regimiento de Arribeños y el Chacho Peñaloza se levanta contra el gobierno nacional: todos ellos transgreden la “ley central”, desde la perspectiva Sarmientina. Desde esta última la única vía de progreso para este sujeto gaucho es el acatamiento al sistema. Si no se subordina para convertirse en peón rural, el caudillo o el gaucho deben desaparecer, perspectiva que aparece claramente en La vuelta de Martín Fierro (1879) de José Hernández y que puede compararse al caso de Velázquez. Siete años más tarde de la primera parte de la obra y durante el Gobierno de Avellaneda, el autor propone una integración social del gaucho como peón. No cree que deba ser eliminado pues él y la campaña son fuente de riqueza y posibilidad de progreso por lo que se debe cuidar de la población criolla. Se dirige a los gauchos para que respeten al patrón y se adapten a la estructura social: “enseñando que el trabajo honrado es la fuente principal de toda mejora y bienestar” y aconseja la “resignación en los trabajos”. Ya no reivindica al gauchaje como lo hace en La ida y con los ejércitos de la montonera en La vida del Chacho. Propone, en cambio, una adaptación a las costumbres, un acatamiento del orden social. Asimismo, se le quita potencia política en un momento en el que el federalismo ha sido derrotado.

Resulta necesario comprender que la forma de construcción de los protagonistas en cada una de las obras responde a la ideología del autor. José Hernández cuando escribe La ida es defensor del federalismo, la autonomía provincial y del caudillaje, por eso denunciaba los atropellos de los que eran víctimas los gauchos. Por eso también enaltece la figura de Chacho a quien considera un luchador de la verdadera patria y considera su muerte como un crimen perpetrado por el Estado unitario. También Carri reivindica el accionar de Isidro Velázquez en medio de un contexto de revitalización de la lucha revolucionaria. El caso Velázquez constituye algo más que la mera exposición de otra de las múltiples formas de opresión del capitalismo e imperialismo: demuestra que el peón representa un sentimiento colectivo y la posibilidad de romper ese sistema en el nuevo panorama nacional de agitación política.

Del otro lado, Sarmiento construye una imagen negativa del enemigo bárbaro con el fin de justificar su muerte como un paso necesario para forjar una nación “moderna” y “civilizada”. Su construcción discursiva se fundamenta a partir del expansionismo europeo, colonial y neocolonial, en tanto propone la necesidad de avanzar sobre poblaciones consideradas “inferiores”, “incivilizadas”, “salvajes” para ocupar sus territorios y sembrar lo “blanco/ europeo” allí. Es por esto que puede verse como un anticipo del genocidio indígena que perpetraría el incipiente Estado Nacional entre 1878-1885 para la apropiación de tierras llamado “Conquista del Desierto”. Hernández, asimismo, en La vuelta… celebra este acontecimiento pues postula la necesidad del exterminio de poblaciones indígenas y la conservación del gaucho como peón de esas tierras que obtendría la clase oligárquica nacional.

En la historia de Velázquez reaparece esa caracterización que busca desprestigiar a los desposeídos, trabajadores rurales y a su accionar político con el fin de eliminarlos, como veíamos también con el Chacho Peñaloza.Velázquez a nivel particular muestra la violencia, hostigamiento y persecución que un sujeto de su clase ha sufrido de parte de un sistema de dominación y sus aparatos represivos que busca mantener un orden históricamente violento en el Chaco.

Algunas consideraciones finales

Si bien Velázquez no participó de espacios políticos estructurados como tales ni expuso una postura política explícitamente (lo que Carri considera como falta de “conciencia política”) y tampoco se tienen datos certeros de que haya alentado a sus seguidores a levantarse contra el Estado chaqueño, sí protagonizó en la década del 60 una resistencia y transgresión del orden social con una gran repercusión de la que se hicieron eco los sectores rurales empobrecidos en quienes logró generar una desconfianza en el poder policial, principalmente. Por esto es que fue considerado una amenaza para el poder político que lo asesinó. Su muerte adquiere, entonces, valor político, es un crimen político. En este contexto se hace presente un doble poder: el estatal y el de los sectores populares, desposeídos y oprimidos por un sistema que no los identifica. El aparato estatal busca mantener un control social de las masas al mismo tiempo que las explota económicamente y las excluye de la “sociedad oficial”. Habría que considerar, además, que Velázquez huía de la justicia y eso implica una urgencia que tampoco le permitía tender más lazosque con unos pocos que lo ayudaban.

Como se señaló anteriormente, Carri, frente a la denominación de bandido que la sociología de su tiempo, el Estado y los medios hegemónicos utilizan para el peón correntino, opta por llamarlo rebelde aunque no revolucionario. Si bien hay un accionar político, no se logra concretar en una rebelión social. No hay una organicidad de esta fuerza solidaria, Velázquez actúa mayormente de manera individual (sólo se acompaña primero con su hermano, a quien la policía finalmente atrapa y luego se une a Gauna), aunque evoca ese sentimiento comunal. Sin embargo, esa falta de unidad en estos sectores podría tratarse de otra consecuencia del genocidio y la expulsión de las tierras que han sufrido.

La revitalización de la montonera, entonces, aparece en el rechazo a la sumisión del orden social (aparato burocrático, religioso y policial) y el consecuente levantamiento contra este. Velázquez, como el gaucho de la montera, representa una amenaza para el poder estatal, por ello se lo criminaliza y pretende borrarse su valor político; es la misma línea de tradición sarmientina fundada un siglo antes, aunque adquiere los matices propios de otro contexto histórico. Y su movimiento, como ya se ha expuesto, tiene sentido político. Aparece como una respuesta de estas clases oprimidas ante la violencia sufrida. El “rebelde” encarna un sentimiento colectivo de rechazo a ese modelo social. Se trata de una solidaridad colectiva que, claramente, el imperialismo intenta acabar. No hay posibilidad, para ellos, de liberarse de esa opresión en esos marcos sociales, por eso sienten la necesidad de transgredirlos y negarlos para terminar con ello. En la montonera, en cambio, sí existe una conciencia política y colectiva de levantamientocontra el poder político nacional,así como también cuentan con una organización del grupobien establecida.

La figura de Velázquez es comparable con la del caudillo Peñaloza, además, no sólo porque se trata de dos “rebeldes” perseguidos por la “ley central” sino también porque las circunstancias histórico-sociales son semejantes pues ambos ocurren en contextos de lucha revolucionaria armada (fines de la década del 60 del siglo XX y en la misma década pero del siglo XIX, respectivamente) y de opresión estatal de la clase a la que estos sujetos pertenecen. La diferencia es que el Chacho aparece en un momento de declinación de la lucha montonera y Velázquez en un punto de ascenso de la lucha revolucionaria.

El presente de la obra evoca las luchas armadas de un siglo antes que se ven resignificadas en distintos momentos históricos hasta la actualidad y que nos permiten repensar la necesidad de rescatar estos discursos aun silenciados por la historiografía liberal.

Bibliografía

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