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Juan Bautista Vairoleto: representación de un cuerpo vigilado

Claudio Daniel Montecino (Universidad Nacional de La Pampa)

La figura del bandido rural ha sido partícipe de diferentes interpretaciones artísticas a lo largo del siglo XX, popularizándose en la Argentina bajo el influjo de un público lector que pugnó por el consumo de “hazañas rebeldes”. Los diferentes medios de difusión se nutrieron de informes policiales, discursos historiográficos y relatos testimoniales que permitieron la socialización de diversos personajes, entre ellos: Billy The Kid, Juan Murieta, José Pío Romero Rojas, Juan Cuello y Juan Moreira; todos ellos con un común denominador indómito, pero identificados con un sector social empobrecido y afianzado política e ideológicamente.

A inicios del siglo XX la llanura pampeana engendró a un hombre que se convertiría rápidamente en leyenda urbana, así la figura de Juan Bautista Vairoleto comenzó a tomar relieve en las diferentes comisarías, pulperías y hogares de familia a partir de 1919. En este marco es interesante analizar, desde la perspectiva conceptual de Eric Hobsbawm (1917-2012), la construcción socio-cultural del “bandolero social”, enfrentado a la expansión y la opresión de un Estado moderno-capitalista nacional. En este sentido, se consolidó rápidamente la imagen legendaria de un Robín Hood pampero, que defendía los intereses y las injusticias de los campesinos más desahuciados. En este marco, también es importante remarcar la labor del filósofo francés Michel Foucault (1926-1984), al plantear su impronta teórica acerca de la “vigilancia” de los cuerpos en un sistema de “relaciones de poder” altamente hegemónicas, en Vigilar y castigar (1975). Así, es posible establecer un paralelismo con las instituciones jurídicas de la región que impartieron el poder punitivo en nuestro país durante la primera parte del siglo XX, al propiciar una sujeción arbitraria y una constante persecución, en ocasiones represiva, sobre la humanidad de Juan Bautista Vairoleto.

Sin embargo, desde los años cincuenta en adelante, la construcción romántica de la figura de Vairoleto fue motivo de diversas interpretaciones artísticas: teatro, cine, música, literatura, radiofonía, historietas, etc. De forma que adquiere vital importancia el tratamiento que ha recibido la figura del bandido, representada por diversos géneros y contemplada desde diferentes perspectivas ideológicas, culturales y sociales.

Finalmente, desde la disciplina fotográfica se profundizará acerca de la manera en que la imagen de Vairoleto fue representada por diversos medios de comunicación masiva de la zona, articulada con perspectivas teóricas. De esta manera, la figura de Juan Bautista se construyó en torno a una “vigilancia” decodificada desde diferentes puntos de observación: la literatura, la historia, el periodismo, entre otros.

A lo largo de la historia referente a la construcción del Estado Moderno Nacional, se ha perpetrado un avance que se enfocó en eliminar una tradición para volcar una mirada hacia un futuro progresista, de manera que las comunidades indígenas, los grupos extranjeros marcados por la heterogeneidad y lo que quedó de la población gaucha fueron reducidos a los márgenes de una Nación emergente, que los excluía de su modelo capitalista. En este marco, surge la figura del “Bandolero”, como marca Hugo Chumbita en Jinetes rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina (2013):

Las crónicas, narraciones y papeles de archivo sobre gauchos y bandidos, releídos a la luz de las teorías sobre la resistencia campesina, permiten trazar un itinerario de las imbricaciones de sus andanzas con los conflictos de intereses y las disputas políticas en el desarrollo de las etapas en que se fue conformando esta sociedad (8).

La actitud de resistencia por parte del sector rural en los años veinte estuvo justificada por un sistema de arrendamiento explotador por parte de los grandes terratenientes, en el que las familias, generalmente de origen europeo, que trabajaban las tierras argentinas no recibían el mínimo para subsistir. Sin embargo, durante esas décadas las trilladoras y los peones se fueron multiplicando hasta alcanzar altos niveles de producción agrícola. En este punto, las migraciones internas comenzaron a repetirse con más frecuencia entre las familias trabajadoras. Las tierras casi inexploradas de la llanura pampeana se popularizaron rápidamente, las caravanas se abrieron paso hacia el centro del país. Hacia fines del siglo XIX Vittorio Vairoleto y Teresa Mondino, una pareja de origen Piamontés, arribaron a América con las esperanzas de vivir y trabajar la tierra. En 1903 se afincaron en una chacra de Italó (provincia de Córdoba), junto con sus nueve hijos, para producir trigo. Juan Bautista, quinto hijo de la pareja, nació un 11 de noviembre de 1894, en esa localidad dio sus primeros pasos en el ámbito campestre. Los Vairoleto no solo no conseguían obtener las tierras que les habían prometido, sino que apenas les alcanzaba para canjear insumos y así cumplir con la producción anual mínima. Esto, junto con la muerte de Teresa en 1907, llevó que la familia se trasladase más hacia el sur: “A poco de estar en Castex, Vittorio estableció los contactos precisos que le permitieron arrendar 400 hectáreas del lote 19, unos 18 km al norte de la localidad mencionada, y en dirección exacta a lo que más tarde sería la localidad de Arata” (Rubiano 2018: 44).

Por su parte, E. Hobsbawm en Bandidos (1969) propone el concepto de “bandolerismo social”, entendido como un fenómeno de masas producto de las injusticias políticas y socio-económicas de un determinado territorio (20). Más aún, el autor británico diferencia tres partes de la historia social del bandolerismo: una primera, se da cuando las sociedades anteriores al bandido pasan a formar parte del Estado; una segunda, se produce con el auge del Capitalismo y una tercera, emerge cuando se sucede definitivamente y sin retorno la expansión capitalista sobre las sociedades. Desde esta perspectiva, la respuesta de las sociedades afectadas se refleja en la toma de armas y el apoyo masivo a un/unos representantes individuales. A lo largo de la historia, diferentes personajes han sido identificados como “Buenos Bandidos”, es decir aquellos que protegen y, a su vez, son protegidos por un pueblo oprimido, con quienes la muchedumbre se identifica y rescata como “héroes del pueblo”. En este sentido, se produce una ambivalencia moral interesante, debido a que cuando un sujeto trasgrede la ley se lo considera un delincuente o malhechor, mientras que cuando una determinada comunidad celebra esa trasgresión, se lo considera un “defensor”, y es justamente ahí cuando la ley –y aquellos que cumplen la función de hacerla cumplir– entran en crisis. Finalmente, Hobsbawm esboza un esquema en el que la figura del “bandido bueno”, con todas sus trasgresiones, ataca al sector social minoritario que se enriquece con la pobreza de la mayoría, beneficiando al sector hostigado; de esta manera, se reitera el lema del arquetípico héroe del folclore inglés: “Se le roba a los ricos, para darle a los pobres” . Con base en esto, la figura de Juan Bautista Vairoleto adquirió un relieve trascendental en las fronteras internas del país. En un primer acercamiento a las interpretaciones vairoletianas, existen investigadores que recolectan información del bandolero de forma oral. El autor pampeano, Néstor A. Rubiano[1] en diferentes obras ha recopilado una serie de testimonios que dan cuenta del comportamiento de Juan Bautista. De hecho Más allá de la frontera… Vairoleto. Historia y leyenda de un bandolero (2018), recoge datos provenientes del imaginario popular, retrotrayéndose a las costumbres y las actitudes de Vairoleto reconocidas por sus amigos y conocidos:

Minutos después, el hombre solitario, terminó de comer y se levantó a pagar. Fue entonces, junto al mostrador, que le dijo a Don Recaredo: –Después que me retire, hágame el favor de decirle a esos milicos, que el que estaba en comiendo al lado de ellos, era Juan Bautista Vairoleto[2]. (p. 119).

Esta visión “heroica” del “buen bandido” –en términos hobsbawmianos– es evidente en la mayoría de los argumentos expuestos en los libros de Rubiano, pues legitima una imagen positiva del bandolero enfrentado a la opresión de un sistema injusto.

Por su parte, la literatura lírica nos muestra la imagen poética de un héroe que es asediado por las partidas policiales de forma injusta. Esta construcción romántica corresponde a los textos de autores como Juan Ricardo Nervi (1983), que lo representa en el poema “Bairoleto” como un fugitivo: “Suele cruzar como un espectro. / La noche se detiene en las calles del pueblo (…) Recuerda que en su huida / a caballo, / un niño remontaba su barrilete, / y el cielo era un baldío / con olor a pasto”. Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1977), en “Tercera palabra” lo recupera a través de su familiar policíaco Antonio Bustriazo: “Dónde errarás, Antonio tan Bustriazo? / Dónde, fatal espectro. Comisario / de Territorios Nacionales? Calmo, / te pienso calmo en tu gran paz, callado, / tu gesto así, de labios apretados. / Y Juan Bautista y su caballodiablo? / Lo buscarás?, se buscarán airados?”.

Finalmente, Edgar Morisoli (1984-1986), retoma la imagen de Vairoleto a través de la elegía “El último”: “Él sobrevive / casi por el capricho de la suerte, / por una burla triste, / desmemoria de un tiempo que el tiempo degolló: / ¡montes de nadie, medanadas hondas, / trillo perdido de los bandoleros”. Y en materia narrativa, material que se trabajará en otra ocasión, encontramos textos como los de José Gaillardou (1986): “Juan libre” y “Veinte años”, en Luna matrera; Hugo Martín Redondo (1983) con: “Yo maté al Bautista”, y Walter Cazenave (1972) con “Oración a Vairoleto” (anónimo), recogido por el autor, entre otros.

Por otro lado, Michel Foucault (1975) en Vigilar y castigar plantea una relación dual entre dos dispositivos que se articulan y complementan entre sí para garantizar la seguridad social: la “vigilancia” de cuerpos no solo a nivel carcelario, sino civil, y el “castigo” como una función compleja propia del Estado, para someter y asegurar el patrimonio de una nación. Todo esto está pensado para consolidar y mantener “relaciones de poder” convenientes a ciertos sectores sociales. En este sentido, Foucault sostiene: “El cuerpo solo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido” (1975: 35). De modo que, desde esta perspectiva, Vairoleto se haya entre estos mecanismos de dominación, sobre todo cuando –en 1915– es llamado a participar del Ejército Nacional, allí produce fuerza humana y, a su vez, responde de forma “dócil” a los requerimientos y los mandatos que imparte el Estado Argentino. Sin embargo, dicha participación fue esporádica debido a que fue dado de baja en octubre de ese mismo año.

Desde otra perspectiva teórica, la interpretación visual de Juan Bautista Vairoleto es interesante. John Berger (1972) en Modos de ver explica que la vista, como comportamiento se encuentra antes que el habla (inherente para algunos investigadores), por lo tanto, las palabras nunca reemplazarán la función de la vista; y aquí hace una distinción entre ver y mirar: la primera es sin intención del sujeto, mientras que la segunda requiere de una acción voluntaria del observador. Desde este punto de vista, Berger plantea que una imagen fotográfica específica es definida como una visión que ha sido recreada o reproducida, es una apariencia o un conjunto de apariencias separada de un lugar y un instante en que apareció por primera vez (16). Al poner el foco en las escasas imágenes fotográficas que se conservan sobre Juan Bautista, podemos subdividir dos grandes grupos, uno denominado “Milicia”: en diciembre de 1914 Vairoleto recibió la notificación para integrarse en la sección de Caballería del Regimiento 2 de Línea “Lanceros General Paz” del Ejército Nacional Argentino. En el centésimo quinto aniversario de la Patria, Juan integró un escuadrón que desfiló en Plaza de Mayo, frente al entonces Presidente Victorino de la Plaza. En relación a esto, es interesante tener en cuenta la imagen que ostentaba Vairoleto, es decir que nos encontramos frente a un joven de veintiún años con aspiraciones irregulares y un carisma vital, eclipsado por un uniforme que lo oprime y somete a un sistema que, a su vez, lo margina desde diversas perspectivas: como analfabeto y como hijo de inmigrantes. En una de las fotografías (imagen 1) [3] se observa a Juan con ropa de fajina, en un descanso de juegos militares, con un trozo de pan en su mano izquierda y una taza de lata enlozada en su mano derecha, mientras que su sombrero descansa en su muslo izquierdo. Esta imagen no es casual, pues propone propagar el buen trato y la camaradería entre los soldados del Ejército Nacional. Vairoleto esboza una sonrisa cómplice que augura un buen momento. Tal como propone Barthes (1980) en La cámara lúcida. Notas sobre la fotografía: “La aptitud para percibir el sentido, sea político o moral, de un rostro, ¿no es esa misma desviación de clase?”. Barthes no duda del carácter ideológico en la imagen fotográfica, de hecho y, en términos foucaultianos, se “vigila” un cuerpo desde su lenguaje corporal, atravesado por relaciones de poder. Una segunda imagen (imagen 2) lo muestra a Juan posando con un “uniforme de salida”, en la que se lo observa con una clásica pose militar, con una mirada rígida y un sable entre sus manos. Bosquejando una postura rígida e imponente, como lo demandaba la imagen del Ejército. Finalmente, una última fotografía (imagen 3) lo encuentra posando con el escuadrón y su vestimenta de gala con el que desfiló (tercero de abajo para arriba, quinto de izquierda a derecha), sometido a las prácticas autoritarias y arcaicas de la formación militar. Todas estas imágenes responden a la sumisión del sujeto bajo los designios del poder.

El segundo grupo se denomina “Prontuario” (imagen 4) debido a que, como una de las imágenes más icónicas de Vairoleto, se pueden observar sus facciones de frente y su perfil derecho, tomada en la cárcel de Santa Rosa, en 1925, acompañada de un pedido de captura. Un pañuelo blanco y una mirada sostenida son parte de una fotografía que recorrería la pampa durante décadas. En este marco, Juan Bautista se encuentra en un período delictivo que comprendió veintidós años, hasta su muerte en 1941. Siguiendo esta línea de pensamiento, Foucault en el capítulo “Lo carcelario” acopla aspectos referidos al control y al cumplimiento de la sanción de los “cuerpos condenados”. Esto quiere decir que los conceptos centrales de “vigilar” y “castigar”, apuntan a desglosar el comportamiento del cuerpo en las instituciones funcionales a una estructura de poder, que privilegia el encierro de aquellos que atentan contra un orden preestablecido. En relación con esto, la prisión es entendida por Foucault como: “la forma disciplinaria en su estado más intenso, el modelo en el que se concentran todas las tecnologías coercitivas del comportamiento” (343). En este sentido, Vairoleto formó parte del sistema carcelario pampeano, de hecho fue encarcelado en repetidas ocasiones entre los años 1919 (ingresando al Destacamento Policial del pueblo de Eduardo Castex de manera injusta, por capricho del gendarme Elías Farache[4]), y el 22 de junio de 1925, último ingreso (acusado –entre otras causas– de robo, atentado a la autoridad, homicidio culposo y portación ilegal de armas). Desde esta lógica, parece incomprensible que la imagen más famosa de Vairoleto sea la de su prontuario. Sin embargo, ello no se debe al acoso policial o al movimiento judicial encargado de aplicar el rigor del poder punitivo sobre el condenado, sino a la fama autoinfligida de Juan Bautista. Es muy probable que, por decisión propia, el bandido se autoreconozca “bandido”, para separarse de un Estado que oprimió por decenas de años a los más convalecientes.

Una objeción final propone que una última fotografía sea inclasificable dentro de estos dos grupos, debido a que en septiembre de 1941 periodistas del diario Crítica y Noticias gráficas se encargaron de fotografiar el cuerpo muerto del bandolero (imagen 5 y 6), donde yace dentro del féretro con un disparo en el pómulo izquierdo (tema que se trabajará en una futura investigación).

Conclusión

El rastreo de diferentes interpretaciones artísticas que pugnaron por representar la imagen de una figura tan popular como la de Juan Bautista Vairoleto, se presenta como un camino complejo y sinuoso, de hecho cada medio de difusión o expresión artística se ha valido de una imagen propia y auténtica validada por sus propios imaginarios. Por ejemplo, en cuanto a los soportes de representación audiovisual, es necesario aclarar que la construcción simbólica de Vairoleto estuvo atada a diversas interpretaciones artísticas. En el cine se rodaron diferentes largometrajes, uno de los más populares proponía la figura del bandido de forma romántica, es decir como un héroe más apegado a sus pasiones carnales, que a su función social, tal es el caso de “Bairoletto, la aventura de un rebelde” (1985), dirigida por Atilio Polverini y protagonizada por Arturo Bonín y Luisina Brando. El 15 de junio de 2019 se estrenó una última versión: “Vairoletto barro de sangre”, en la que el póster de la película muestra una figura de Juan Bautista diferente, con ojos, piel y cabello más oscuro, contrapuesta a la que se conoce de las fotografías y dibujos populares.

La persecución policial, los límites entre lo legal y lo ilegal, los episodios de violencia, la fugacidad de sus apariciones, la rapidez con el Winchester y su habilidad para eludir cualquier rastro de autoridad construyeron una leyenda, que se forjó de boca en boca entre los pobladores de La Pampa y otras provincias aledañas. Las diversas representaciones artísticas y no artísticas, se encargaron de reproducir una imagen vinculada al heroísmo, la valentía y las hazañas rebeldes de un bandolero que se supo enfrentar a un sistema que legitimó la diferencia de clases y la exclusión social. Sin embargo, cada persona que conoció la historia de un tal Vairoleto esbozó una imagen, una figura que permaneció en el imaginario popular de las tierras pampeanas.

Bibliografía

Barthes, R. La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Buenos Aires, Paidós, 2012.

Berger, J. Modos de ver. Barcelona, Ed. Gustavo Gili, 2013.

Bustriazo Ortíz, J. C. Libro del Ghenpín. 1977. Santa Rosa, Cámara de Diputados de la provincia de La Pampa, 2004.

Cazenave, W. “Oración a Vairoleto” (anónimo), recogido por el autor, 1972.

Chumbita, H. Bairoletto: prontuario y leyenda, Buenos Aires, Marlona SRL, 1974.

Jinetes Rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina. Buenos Aires, Colihue, 2013.

Última frontera. Vida y leyenda de Juan Vairoleto. Santa Rosa, La Pampa, Ed. Amerindia, 2012.

Erreguerena, F. “Bandidos sociales. Juan Buatista Vairoleto. Mito y resistencia cultural”. Revista Confluencia, año 1, n. 1, 2003, pp. 1-19.

Fernández Acevedo, P. Crímenes de Bairoletto. El asalto a Juan Giovanini y otros. Santa Rosa, La Pampa, Ed. Gobierno propio, 1941.

Foucault, M. Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. 1975. Buenos Aires, Ed. Siglo XXI, 2014.

Gaillardou, J. “Juan libre” y “Veinte años”. Luna matrera. Santa Rosa, 1986.

Hobsbawm, E. Bandidos. Barcelona, Crítica, Barcelona, 2001.

Rebeldes primitivos. Barcelona, Ariel, Barcelona, 1983.

Morisoli, E. “El águila sin pena”. Obra callada, 1984/86.

Nervi, J. R. Aldea gringa. Buenos Aires, Plus Ultra, 1983.

Redondo, H. M. “Yo maté al Bautista”. Durango, N. y D. Gonzalo (Comp.). Textos literarios de autores pampeanos. Santa Rosa, La Pampa, 1995.

Rubiano, N. A. Más allá de la frontera… Vairoleto. Historia y leyenda de un bandolero. 2004. Buenos Aires, Corregidor, 2018.

Tras el rastro de Vairoleto. General Pico, Impresora Argentina, 1998.

Anexo

Imagen 1

Vairoleto

Imagen 2

Vairoleto

Imagen 3

Vairoleto

Imagen 4

Vairoleto

Imágenes 5 y 6

imagen 5 y 6


  1. N. A. Rubiano nació en Alta Italia, una localidad del norte pampeano. Su investigación acerca del estudio de las andanzas y la historia de Juan Bautista Vairoleto, lo han posicionado en uno de sus biógrafos más relevantes. Se desenvuelve como historiador e investigador, estudió en Huinca Renancó (Córdoba) y más tarde fijó su residencia en Ingeniero Luiggi. Desde hace algunos años reside en Santa Rosa, La Pampa.
  2. Relato Raúl de Emir Álvarez y Norma María Ferrando. El Diario. Santa Rosa. 23-1-98. Pág. 12.
  3. Los archivos fotográficos se adjuntan al final del trabajo, en Anexo.
  4. Asesinado por J. B. Vairoleto el 4 de noviembre de 1919, con un disparo de Colt calibre 44 en el cuello.


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