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isaacson

EL DIARIO

Viernes 20 de Abril de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, marzo 22.

 

El oficial alemán Roda Roda[1] acaba de publicar un interesante estudio sobre el ejército de su tierra, demasiado largo entrar en estas páginas, pero del que extractamos algunas ligeras observaciones.

Según Roda Roda el ejército alemán goza del mayor “confort”. Es decir que no es bastante rústico, que no está suficientemente acostumbrado a las privaciones y que, por lo tanto, y en ese sentido, es inferior al ejército ruso.

No lo cree capaz de un esfuerzo semejante al que hizo, por ejemplo, el cuerpo de Gourko en su “raid” a través de los Balcanes durante la campaña de 1877-78.

Corrige, es cierto, esta afirmación poniendo de manifiesto las privaciones y fatigas que está soportando con éxito en la guerra contra los Hereros del Sur África.

Finalmente, concluye, este ejército es demasiado rico.

Es un magnífico ejército, glorioso, el más poderoso de la tierra. Es militarmente inteligente, fiel a su deber, abnegado hasta la muerte; su armamento es notable; tiene conciencia de lo que vale y de su entusiasmo.

Pero lo han y está “mimado” demasiado.


A fuerza de remover el pasado acabaremos por no saber dónde tenemos las narices, históricamente hablando.

El otro día les hablé a ustedes de Lucrecia Borgia[2], que según recientes averiguaciones documentadas (hay documentos con los que se prueba el pro y el contra), resulta ahora mucho menos desagradable de lo que la creíamos.

Ahora le toca el turno a Nerón. El mozo no era tal cual nos habían dicho.

Hay un error judicial en el asunto.

No fue Nerón el que para gozar con el espectáculo de la ciudad en llamas le pegó fuego a Roma.

Desde el año 64 se buscaba al culpable. La policía de los investigadores incrédulos sobre las maldades humanas, acaba de descubrirlo.

Un artículo de la revista inglesa “Nineteenth Century[3]” nos saca del gran error de siglos.

Más o menos dice así: la mayor parte de los autores le imputaban a Nerón odioso diletantismo, de haberle pegado fuego a la ciudad por la vana voluptuosidad de mirar las llamas a través de un monóculo (no como el mío) de esmeralda y las cuerdas de una lira.

Otros tímidamente acusaban a los cristianos; a unos pocos.

M. Tarer, el autor del descubrimiento se pronuncia en este sentido, es decir, que no acusa a todos los cristianos sino a algunos de ellos.

Reconoce que los exaltados (lo que aquí en Francia se llama la extrema izquierda), fueron los únicos que tomaron parte en el crimen, los únicos que encendieron el fuego.

Pero lo sabe, dice, a no dejar duda; y así afirma perentoriamente: fueron los cristianos los autores de la catástrofe.

Primero, el testimonio de Tácito que acusa a los discípulos de Cristo y que no tenía ningún interés en disculpar a Nerón puesto que le detestaba.

En segundo, el de San Pablo. En la “epístola los romanos”, el apóstol les describe en términos muy expresos la obediencia a la autoridad.

¿Qué necesidad había –exclama M. Tarer– de hacerles a los cristianos semejante recomendación si no los hubieran creído capaces de sublevarse?

Finalmente, el testimonio del Apocalipsis. Este libro que profetiza con una alegría abominable la ruina inminente de Babilonia ha debido tener, según M. Tarer, una influencia grandísima en los cristianos avanzados. A sus ojos la ciudad de Baltasar no era sino el símbolo de la de Nerón, y la pintura de la corrupción babilónica una débil imagen de los defensores de Roma.

¿Cómo no habían de haberle pegado fuego a Roma para que la profecía se cumpliera?

Tales son las pruebas de la “Nineteenth Century” que estima resuelta la cuestión.

Como ustedes ven, cuanto más se alejada la historia de los hechos más agigantados son los pasos.

Lo que me llama la atención, y no conozco ningún filósofo o historiador que sobre ella haya discurrido, es esto: tratándose del mal se buscan con ingenio atenuaciones. Pero tratándose del bien no se inquiere si ha de acordársele toda la gloria a los que la crónica, la leyenda, la tradición, la historia exterioriza como los únicos autores; y así quedan en la penumbra, qué digo, en las tinieblas, los que sugirieron la acción, y así se cumple el “sic vos non vobis[4]


Flaquezas de Víctor Hugo.

De otra manera no puedo llamar las opiniones del gran poeta romántico sobre algunos de sus contemporáneos.

Entre paréntesis, su casa en la que le visitaba hace años, en esta misma avenida Víctor Hugo, a cortísima distancia de la mía, ya desapareció totalmente reemplazando al viejo edificio otro de moderna fachada.

M. Paul Stapfer[5] es el investigador de lo que Víctor Hugo decía de algunos de sus contemporáneos.

“Yo soy fanático, declaraba. Yo no soy de los que dicen: “Quando que bonus dormitat Homerus[6]“… yo admiro todo en Homero, Shakespeare y en la Biblia.

También admiraba todo en sus propios escritos y desafiaba la crítica, diciendo: “que me muestren en todas mis obras una sola palabra inútil”.

Pero su fanatismo no paraba ahí.

¡Qué mezcla de grandeza y de pequeñez!, y aun cierto es que la vanidad nos disminuye.

Sobre sus demás entusiasmos transigía fácilmente.

Elogiaba mucho a Musset[7], mas no gustaba que le llamaran “gran poeta”.

Poeta encantador, ligero, delicado como el buen La Fontaine sí, todo eso que se quiera, decía, grande no, ni uno ni otro.

Musset es muy inferior a Lamartine, y con razón le han llamado “Miss” Byron.

A Cousin[8] no lo podía sufrir. Es un “infâme gueux[9]” exclamaba hablando de él. Cousin un pillastre, ¡un infame! Es el colmo de la pasión.

Chateaubriand está lleno de cosas magníficas, pero es una naturaleza odiosa.

De Racine decía, curioso juicio, que era sobresaliente en el estilo epistolar. En sus tragedias hay composición, psicología, pero es escritor detestable; está lleno de necedades y de faltas de francés.

Mon aret, mes javelots, mon char, tout n’importune[10].

Es grotesco, agrega, otro dijo antes que él lo mismo, Pradon[11], pero lo dijo en francés.

Aquí me detengo, y como he mencionado a Lamartine les diré a Uds. que la otra noche le han robado, a su estatua en bronce, la corona de laurel. Prueba clásica de que la necesidad tiene cara de hereje y de que no respeta ni la gloria inmortal.


¿Quieren ustedes meditar sobre esto que está en un libro muy curioso e instructivo de William Morris[12], “Utopía”[13], es decir, las misiones Jesuíticas en el Paraguay?

“…Todas las, enfermedades humanas desaparecerían desapareciendo la moneda, el dinero. Solo los celos existirán mientras el amor exista”.


Esto no es de él, es mío. Valga lo que valiera ahí va:

El escepticismo es la droga más perniciosa de los tiempos que alcanzamos… en mi tierra es prematuro teniendo en cuenta su edad; todo allí es prematuro, precoz… hasta el socialismo.


Les hice leer a ustedes los otros días unas palabras de Chamberlain[14].

Quiero que ahora lean otras de Redmond[15], en Manchester. Nada iguala la franqueza de estos hombres políticos ingleses.

“Es mejor tener un gobierno malo de uno mismo (léase amigos), que un gobierno bueno de otros” (léase adversarios). Se refería al ministerio liberal cumpliendo sus promesas en lo venidero.

Veremos.


“Glatigny”[16], pieza en verso en cinco actos y seis cuadros, de Catulle Mendés[17], es el acontecimiento literario de día.

La está dando el Odeón (uno de los poquísimos teatros de París donde pueden concurrir oídos juveniles), con éxito creciente y el coro de alabanzas de la crítica no decae.

“Glatigny” era, como ustedes sabrán, un pobre poeta, dicen que no podía escribir bien en prosa, que todo le salía verso. Un bohemio, un “itinerante”, un metapomano” sentimental, una especie de Paul Verlaine inquieto, cuya existencia corta fue un gemido de dolor, entre privaciones de todo género.

Fue mi amigo. Pocos días, muy pocos, antes de morir comió conmigo y otros mis comensales, en el restaurant de Porgot (he escrito Odeón, queda cerca, y de ahí la evocación de Paul Verlaine). En esa comida, uno de los que rodeaban la mesa me dijo (era mi sobrino Eduardo García Mansilla): mi tío; ¿se ha fijado usted en el ojo de Verlaine? no es el de un vivo, es un ojo muerto”. ¡Extraordinaria visión! Aquel hombre que comía con tan buen apetito a las pocas horas no existía, lo enterrábamos.

Pero como el espacio, siguiendo mi propósito, tiene que faltarme y como al escribir “Glatigny” no he tenido la idea de describir la pieza, sino únicamente el presentar a ustedes un ejemplar raro de mujer que admira a su marido, he aquí lo que madame Catulle Mendés escribe sobre el suyo haciendo la crónica de “Glatigny”:

“No experimento ninguna molesta dificultad en hablar aquí de una obra que amo por su belleza radiante y melancólica, cuyo brillo, cuyo encanto exaltado, cuya tierna tristeza también producen todas las emociones múltiples e infinitas del corazón y del espíritu, y agréguese a ello el nombre del autor. Evidentemente yo tengo por el genio inspirado de mi marido, por su potente voluntad de artista una admiración soberana… de modo, que puedo decir sin reticencias lo que pienso de su admirable producción, esperando que no seré censurada…”.

¿Censurada?

Como decía nuestro diputado el excelente Cabral: “cuestión de apreciaciones”.

La pieza es buena y el amor es ciego.

Madame Catulle Mendés es un mirlo blanco de mujer nada banal.


  1. Alexander Roda Roda (1872 –1945) (versión germanizada del nombre de origen: Šandor Rosenfeld) fue un escritor austro-húngaro, de origen judío, que se desempeñó durante muchos años como militar y a partir de 1902 se dedicó por entero al periodismo. Colaborador asíduo de la revista alemana satírica Simplicissimus, corresponsal de guerra durante la Primera Guerra Mundial, en 1938 emigró a Estados Unidos, donde falleció. Autor de varias comedias (Der König von Crucina, 1892; Bubi, 1912), relatos y novelas (Soldatengeschichten, 1904; Der Ehegarten, 1913, Der Schnaps, der Rauchtabak und die verfluchte Liebe, 1908; Die Panduren, 1935), y de libros autobiográficos. La única obra que, al parecer, publicó en 1906 lleva por título Los pómulos del asno (Eines Esels Kinnbacken), presumiblemente satírica, así que difícilmente se trate de la que refiere aquí Mansilla, de temática militar. (Extractado y adaptado de VIAF: http://viaf.org/viaf/61674079).
  2. Lucrecia Borgia (Subiaco, 1480–Ferrara, 1519), fue la hija de Vannozza Cattanei y de Rodrigo Borgia, el renacentista valenciano y luego papa Alejandro VI. Su familia es famosa en la historia por sus relaciones maquiavélicas y sus complejos entramados pasionales, donde fueron frecuentes las traiciones, los asesinatos y las alianzas de todo tipo. Una lectura histórica sugiere que Lucrecia tuvo de amante a su propio hermano César, de quien supuestamente quedó embarazada. Fue objeto de múltiples recreaciones artísticas, desde las novelas clásicas Lucrecia Borgia de Víctor Hugo y Los Borgia (1839) de Alejandro Dumas, entre otras, hasta películas, óperas y series de televisión. (Extractado y traducido de Barba, Rick «Historical Characters». Assassin’s Creed: A Walk Through History (1189-1868).
  3. The Nineteenth Century fue una revista literaria mensual fundada en 1877 por Sir James Knowles. A partir de 1901 y hasta 1950, el nombre de la revista fue The Nineteenth Century and After. A partir de 1951 pasó a llamarse The Twentieth Century. Se publicó hasta 1972. Sus archivos pueden consultarse en The Britsh Newspaper Archive: https://bit.ly/35kNiFg).
  4. Del latín: “Tú también”.
  5. Paul Stapfer (París, 1840 – Burdeos, 1917) fue un escritor y crítico literario francés, autor de más de cuarenta libros sobre autores clásicos. Citaremos aquí los textos referidos a Victor Hugo: las ponencias académicas “Victor Hugo y el asunto Dreyfus” (pronunciada en Pessac-sur-Dordogne el 24 de junio de 1900. París, Ollendorff, 1901), “Victor Hugo y la gran poesía satírica en Francia” (pronunciado en París, Ollendorff, 1901), el libro Victor Hugo en Guernsey, recuerdos personales (París, Sociedad Francesa de Imprentas y Librerías, 1905) y los artículos “Los últimos trabajos de Victor Hugo” (Biblioteca Universal y Revista Suiza, Lausana, 1884, pp. 225-243), “Sobre un punto de vista parecido entre Rabelais y Victor Hugo” (Anales de la Facultad de Artes de Burdeos y la Universidad del Sur, 6, 1884, p. 84-88), “Victor Hugo” (Biblioteca Universal y Revista Suiza, Lausana, 1886, n ° 30 y nº 31, pp. 225-246, y pp. 514-540 respectivamente), “Dos grandes poetas enemigos: Victor Hugo y Racine” (Blue Rebue, 15 de mayo de 1886, pp. 641-651).
  6. Del latín: “De vez en cuando incluso el gran Homero se despista”.
  7. Ver nota al pie de PB.27.03.06 o índice onomástico.
  8. Cousin, Victor (1792 –1867) fue un filósofo espiritualista y escritor francés del siglo XIX; considerado el padre de la Escuela ecléctica, en su filosofía elaboró una síntesis del pensamiento de Descartes, Kant y la escuela escocesa. Dentro de su prolífica producción, sus obras más importantes son: Histoire de la philosophie au XVIIIe siècle [Historia de la filosofía en el siglo XVIII, 1829], Du Vrai, du Beau et du Bien [Sobre lo verdadero, lo bello y el bien, 1853]. (Extractos de José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Barcelona: Ariel, 2004, t. I). 
  9. “Mendigo infame”.
  10. “Mi arco, mis jabalinas, mi carro, todo no importa”.
  11. Jacques o Nicolas Pradon (1632–1698) fue un dramaturgo francés hoy conocido por haber competido fervientemente con Racine. Compuso la pieza teatral Phèdre et Hippolyte (1677). (Extractado y traducido de The New Oxford Companion to Literature in French, en línea: https://bit.ly/2Fd5hCU).
  12. William Morris (Walthamstow, 1834–Londres, 1896) fue un arquitecto, traductor, poeta, novelista y activista socialista inglés. Asociado con el movimiento británico Arts and Crafts, fue un gran defensor de la conservación del patrimonio arquitectónico religioso y civil. Sus obras literarias son mayormente del género moderno de la fantasía. Su novela utópica News from Nowhere or An Epoch of Rest (1890) [traducida como: Noticias de ninguna parte] alcanzó gran popularidad, en ella narra el paso del capitalismo al socialismo. Otras novelas de su autoría: The House of the Wolfings (1888), The Roots of the Mountains (1889), The Story of the Glittering Plain (1890), The Well at the World’s End (1892), The Wood Beyond the World (1892). (Extractado de VIAF  http://viaf.org/viaf/22146194).
  13. No hemos hallado este libro aún.
  14. Ver nota al pie de la PB.10.01.06 o índice onomástico.
  15. John Edward Redmond (Wexford, Irlanda, 1856-Londres, 1918) fue un político irlandés, líder del Partido Parlamentario Irlandés entre 1900 y 1918. Se opuso a la política nacionalista violenta y defendió el llamado Home Rule, una forma de autogobierno para Irlanda propuesta por el Reino Unido, que sería el antecedente de su independencia, conseguida recién en 1922. Presidente del Partido Parlamentario Irlandés desde 1900, luchó por la descolonización de Irlanda. Extractado y adaptado de VIAF: http://viaf.org/viaf/42621549).
  16. Glatigny es el título de un drama funambulesco en verso en cinco actos y seis cuadros. Se estrenó en el Teatro Odeón de París el 17 de marzo de 1906, con música de Olivier Métra, hermanos Lyonnet y Louis Ganne.
  17. Ver nota al pie de la PB.10.01.06 o índice onomástico.


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