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EL DIARIO

Jueves 30 de Agosto de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, agosto 2 de 1906

 

Como ustedes lo saben por experiencia propia, que es uno de los modos mejores conocidos de saber regularmente las cosas, o por haberlo oído decir, que es también otro modo de medio saberlas, no se puede repicar y andar en la procesión.

Significa este introito que estoy tentado, casi resuelto a ausentarme de mi casa de París (que está a la disposición de ustedes), para ir a pasar un par de meses, agosto y septiembre, en donde no vea lo que aquí veo, estando el gusto en la variedad, y que he elegido un sitio tranquilo, higiénico, pintoresco y con alrededores amenos; es decir, que me voy a la Bourbonne.

¡Señores tipógrafos! no vayan ustedes a hacerme decir Barcelona como doña Brígida Castellanos, que en su sencillez proverbial decía, contestando a esta pregunta: ¿Y este año donde pasará Ud. el verano?[1] “Pero si no sé si nos iremos a la estancia o a Barcelona” (lo cual en 1840 era, como el lector se lo figurará, negocio serio, no habiendo ferrocarriles ni vapores).

La Bourbonne es un lugar de aguas termales a cinco horas y pico de París, menos bullicioso que Aix-les-Bains, que Vichy, a donde van a curarse, o no, los enfermos; y los sanos, como yo, a cambiar de perspectiva y a traspirar un poco menos en la montaña, de lo que es el caso aquí, de donde huyen, mucho más por moda que por otra razón los que pueden, por imitación, a costa de cualquier sacrificio. Por supuesto que en esta última categoría están los que no se mueven para parte alguna, teniendo empero el “concierge” esta consigna: “madame est a la campagne”… y cuando vuelva el invierno ya hablarán de lo que han visto en los baños o en los chateaux, leyendo las crónicas de los diarios.

Por consiguiente, creo, nada afirmo, es asunto vidrioso hablar del porvenir, que no será difícil que durante algunas semanas dejemos de conversar por medio de estas páginas, cuyo mérito único, exclusivo, para mí, consiste en que al trazarlas se me figura que estoy entre ustedes, casi yendo por la calle Florida en dirección a la plaza de la Victoria, o a Palermo, viendo a este, saludando aquel, alegre, con esa alegría fácil que es la de la tierra nativa; alegría muy diferente de la de extranjeras playas, donde, salvo excepciones, no hay ninguna cara simpática, conocida de años, que le diga a uno: ¡adiós señor! ¿cómo está? O: ¡buenos días, amigo! o esto dicho por algún pardo o moreno, de esos que van quedando pocos, que nos han visto casi nacer: ¡cómo le va niño! Y donde me dejan ustedes como motivo de emoción un milico de Pavón y de la guerra del Paraguay, medio “chupao”, que se cuadra como movido automáticamente.

Soy capaz de llorar si con esta nota sigo de manera que paso a otro capítulo.


Todo lo que vale la pena debe hacerse; pero a condición de hacerlo bien.

¿Para qué hacer la estatua o escribir la vida de un hombre eminente si el arte ha de estremecerse?


¿Quiénes tienen razón?

¿Los monometalistas o los bimetalistas?

En una obra recientemente publicada en Alemania con el título “Teoría de la moneda” se resuelve la cuestión así, según “El Imparcial”[2] de Madrid:

“¿Quiénes tienen razón? ¿Los monometalistas o los bimetalistas? Ni unos ni otros.

¿Por qué?

Por esto: la moneda puede ser hylogénica o autogénica. Si es hylogénica, puede ser orthotípica o no orthotípica. Si es autogénica, puede ser metaloplática o no metaloplática.

Es de notar, por otra parte, que los medios de pago pueden ser, ya pensatóricos, ya proclamatóricos. En este último caso, no pueden ser sino mórficos, y se subdividirán en hylogénicos y autogénicos, como acabamos de ver. En el primer caso, podrán ser mórficos o amórficos, siendo esta última subdivisión la del autometalista.

Fuera de esto, no hay que olvidar que los pagos pueden ser ya céntricos, ya paracéntricos. Los primeros se subdividen en epicéntricos y en apocéntricos, los cuales, reunidos a los paracéntricos, forman la clase de los anepicéntricos. Debe hacerse mención, igualmente, de los metacéntrico y de los epitrapézicos”.

En efecto, después de leer la clarísima demostración que antecede ¿se atreverá algún lector, sea monometalista o sea bimetalista, a sostener que tiene razón?


Dice muy bien Alberto Nin Frías[3], el galano escritor uruguayo prologuista de “Claridades[4]”, que “en toda sociedad existe, a semejanza del cerebro en el cuerpo humano, un grupo selecto que juzga, que piensa, que siente las cosas bellas” y que “esta clase es tanto más pequeña cuanto más diminuto el país, escasa su población; pero que en el suyo, donde tantas leyes sociológicas hacen excepción, esa aristocracia del buen gusto y de la cultura forma una legión, sobrepasando en mucho el promedio de intelectuales al que le correspondería por su escaso millón de habitantes”.

¿El hecho es tal cual lo esbozan las frases trascritas o es una ilusión con fuertes apariencias de realidad?

Mientras una estadística ingeniosa no salga a la palestra pretendiendo demostrar que el hecho no es “tal cual”, me complaceré mucho en seguir acariciando la ilusión, que al fin y al cabo el día en que esta vida imaginativa desapareciera, más que cosa con alma seríamos plantas con estambres en vez de seres con sensibilidad.

¿Pero, cuál será la razón, la causa, el porqué del fenómeno social apuntado por el escritor uruguayo?

Líbreme la indulgencia del lector de entrar en una discusión, si afirmo, como lo hago, que el hecho tiene dos orígenes, uno antropológico y otro etnológico; es decir, por un lado nuestra idealidad latina, por otro nuestra población cosmopolita, en la que predomina el mismo elemento aglomerándose de modo aluvial.

Dicho esto, voy a las “Claridades” que me han sido enderezadas con extrema cortesanía, la agradezco, y hago constar que son bonitas páginas, promesas de otras muchas que serán nuevas flores que agregar a la corona literaria rica ya del Uruguay.

No me placen los versos sabios, eruditos, esmaltado, de vocablos arcaicos, que a cada estrofa me obligan a tomar el diccionario para salir de dudas como si estuviera leyendo un tratado de histología normal. Admiro esos versos; pero no me cautivan un instante, y si pecan de gorgorismo Dios me depare otro ejercicio cualquiera a manera de castigo por mis pecados capitales y veniales literarios.

Entre estos versos de alta entonación histórica, aplastadores:

¡Salve, bruma de Alfeo y de Cefiso!

¡Venid, auras del Lacio!

Un justador sumiso

¡dulce Maron, inimitable Horacio!

evocaos de improviso.

Colmenas bienhechoras:

¿dareisme vuestra copa? el ambrosia

de la abeja de Himeto

que liba en Panopea,

y esculpe en Selenea,

aureo epinicio coronando el reto.

Entre estos versos, decía, y los que siguen, aunque se ofenda el clasicismo de la madre patria (son de un autor español moderno sapiente), prefiero, confieso mi debilidad o mi mal gusto, lo que así canta tristemente, llorando a su hermano, Leandro Arrarte Victoria:

Tras de fúnebre carro, a paso lento,

Desfila el regimiento

Como jamás sombrío;

Lanzando los tambores enlutados,

Acentos apagados

¡Que me llenan de frío!

Siga…y ya que el destino no ha querido que se realice su sueño de soldado, en vez de derramar sangre de hermanos a “contre cœur”, combatirá con las Musas, cuya conquista es un ideal tentador, siendo algunas de ellas no poco crueles.


En el periodismo se necesita más coraje para ser moderado que violento, es la opinión del célebre y popular caricaturista inglés Gould, hecho “sir” últimamente.


Ya han leído ustedes que tan al corriente están de muchas cosas, el descubrimiento del señor Luweg Pollack[5], sobre que el brazo derecho de Laocoon en vez de alzarse hacia el cielo se echa hacia atrás torcido por el color (lo que por otra parte parece más natural pues ese movimiento al mismo tiempo hermoso pinta con más expresión el dolor de la víctima en su rostro).

Nadie se atreverá a modificar el mármol del Vaticano. Pero hay la idea de poner al lado de este otro Laocoon en yeso para que resalte visiblemente la diferencia entre el grupo restaurado y el original verdadero.

Este lapsus hace reflexionar sobre tantas inexactitudes históricas, en que incurren los que se dicen bien informados; es de deplorar que con los hechos no se pueda hacer lo que con los mármoles, y que, en gran parte de los casos la historia continúe así siendo “una conspiración contra la verdad”.


  1. Dona Brígida Castellanos es un personaje también mencionado por Carrasquilla, en su célebre libro Las beldades de mi tiempo: “Y quizá nuestro amigo hubiera sido bien correspondido, si se hubiera arremangado, como decía, para ciertos casos, la señora doña Brígida Castellanos; pues la hermosa y arrogante señora doña Mercedes murió soltera” (Calzadilla, Santiago. Las beldades de mi tiempo. Buenos Aires: Imprenta del Siglo, 1891. p.186; en línea: https://bit.ly/3mahyJe).
  2. El Imparcial es considerado uno de los periódicos más influyentes en España en el último tercio del siglo diecinueve y primeros años del veinte. Fundado por Eduardo Gasset y Artime (1832-1884), aparece su primer número el 16 de marzo de 1867. Sus archivos pueden consultarse en https://bit.ly/3hjyxVu. Actualmente, se puede leer en línea en https://www.elimparcial.es/.
  3. Alberto Teodoro Antonino Augusto Nin Frías (Montevideo, 1878-Suardi, Santa Fe, 1937) fue un escritor, profesor y periodista uruguayo. Como diplomático de su país residió en Estados Unidos, Brasil, Chile y Argentina, en donde se radicaría en Santa Fe hasta sus últimos días. Entre sus obras, se cuentan: Ensayos de crítica e historia (dos tomos, 1904, 1906), El cristianismo del punto de mira intelectual (1908), Estudios religiosos (1909), Carta a un amigo escéptico (1910). A casi seis décadas de su muerte, su vida y su obra literaria, particularmente relacionada con el homoerotismo, ha comenzado a ser objeto de estudio y análisis, siendo referenciada en obras como Historias de la vida privada en el Uruguay de Hugo Achugar (1998), Amor y transgresión de José Pedro Barrán (2001), La degeneración del 900 de Carla Giaudrone (2005), la obra de ficción Diario de un demócrata moribundo de Fernando Loustaunau (2006), y un estudio sobre su amistad y correspondencia con Gabriela Mistral, editada en 2017 por Elizabeth Horan. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/51328905).
  4. No hemos podido hallar aún referencias de editorial y lugar de publicación de este libro, que no figura entre la lista de sus publicaciones, consultables aquí: https://bit.ly/2ZroQOL.
  5. Ludwig Pollak (1868, Praga–1943, Auschwitz, campo de concentración) fue un arqueólogo austro checo dedicado a la arqueología clásica y director del Museo Barracco di Scultura Antica en Roma. En 1906 encontró en la excavación en Roma el brazo derecho que le faltaba a la estatua clásica romana Laocoön y sus hijos. La estatua había sido descubierta en 1506, con algunas partes faltantes, que fuero reconstruidas en yeso. El brazo descubierto por Pollak reveló que la posición del brazo era flexionado y no extendido, como ofrecía la reconstrucción en yeso. Actualmente, pueden verse las dos versiones: la reconstrucción y la estatua con el brazo original. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/39488480).


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