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EL DIARIO

Martes 18 de Diciembre de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, noviembre 22.

 

Falta esta vez el aforismo que en otras ocasiones he empleado: los libros se hacen con libros.

El señor don Julio Victorica[1] ha hecho uno, “Urquiza y Mitre[2], título adecuado a su objeto histórico, consistiendo, como consiste, en un parangón entre dos personajes eminentes, de índole, de servicios y de reputación diferentes.

Lo ha hecho sin desempolvar manuscritos, sin revolver infolios, ni consultar las historias a la rústica o empastadas que enriquecen las bibliotecas públicas y privadas. Es desde luego un mérito o, si les parece a ustedes mejor, un “tour de force”.

Si es cierto que todo paralelo ofende al hombre (la vanidad lo hace creerse único), es más que probable también, seguro, que este libro ha de herir la memoria de alguno de los próceres en discusión.

Y digo exprofeso en discusión, porque el señor Victorica, queriendo hacer un libro de verdad documentada, un libro sin pretensiones, ha hecho un grueso folleto político, un gran “panfleto” retrospectivo, nutrido de referencias en las que hay tanta ganga como materia preciosa para un análisis minucioso y reflexivo.

Sus elementos literarios se componen, en efecto, de reminiscencias juveniles, de recuerdos de actor y espectador, de apreciaciones de contemporáneo, de piezas sueltas más o menos justificativas de algunas de sus afirmaciones y alusiones; todo ello envuelto en una película de prevención, casi tradicional, contra algunos de los prohombres en tela de juicio extintos. Así mismo contra algunas otras altas personalidades, que aún viven, sin que falten las enmiendas, o rectifiquen a lo que otros han afirmado con más o menos autoridad y recto criterio. Luego la obra, aportando un caudal de provecho para los que más adelante escriban sobre la misma materia escabrosa sin preocupaciones inveteradas carece sin intención trascendental de espíritu de justicia distributiva.

¡Cuán cierto es que la historia de un hombre suele ser la de la injusticia de muchos!

Y no cabe agregar la de la envidia, porque el señor Victorica no es más que un modesto y honorable ciudadano, casi nadie comparado con las eminencias que de sus páginas se destacan; páginas llenas de movimiento dramático muchas de ellas y algunas hasta de omisiones casuales, o intencionales.

Verbigracia, al hablar de Troncoso y Badía[3], fusilados después de haberse servido de ellos durante la revolución de Lagos[4], se calla el nombre de otra víctima, que a mí no me corresponde nombrar; víctima que estuvo con los de “adentro”, como entonces se decía, creyendo que así serían perdonadas sus culpas, habiendo sido como fue instrumento de los de afuera”, es decir, de los que antes del 3 de Febrero[5] fueron brazo fuerte de Rozas.

También olvida el que esto escribe (falta en su lista), al que fue diputado al congreso del Paraná. Tengo sobre ello una anécdota parlamentaria con su sal y pimienta, que más adelante referiré.

Con todas estas que llamaremos deficiencias, el trabajo del señor Victorica, cronológico, autenticado en buena parte (no en pro de su tesis siempre, sino en contra), tiene que ser, debe ser leído por cuantos al ocuparse de historia argentina admitan que el error (error digo) no disminuye la talla de los grandes hombres; por todos los que saben más cosas viejas que nuevas y que esto no obstante suelen hablar ex-cátedra de lo que no han visto.

Ya he dicho otra vez: no hay libro que algo no enseñe y lo que no significa que todos deban ser leídos. A veces puede convenir ignorar. Aplico lo primero al del señor Victorica, repitiendo: hay que leerlo, tiene levadura. La trama histórica se compone de estos y otros materiales, siendo en algo cual tela de Penélope.


Urquiza y Mitre son, a cuál de ellos más, dignos de un monumento literario. Ambos esperan el Mommsen, el Macaullay, el Duruy[6] argentinos. Completándose ellos pondrán de manifiesto, sin pasión, las dos figuras, encerradas en el cuadro tan interesante de la obra contradictoria de los hombres del Paraná y de Buenos Aires. Unos y otros querían fundar el estado nacional. Pero eran dos fuerzas que electrizadas en el mismo sentido se repelían. Es decir, que disentían diametralmente en cuanto a los medios. Esto los alejaba del fin, y creaba y hacía crecer un peligro gravísimo: la dislocación de la patria, en la lucha por la supremacía de hombres e intereses, base en el conflicto entre la hegemonía porteña y la hegemonía patria.

La gestación orgánica fue lenta, difícil, trágica. La nación “casi se deshizo”. Negarlo sería negar la luz. De uno y otro lado se cometieron “faltas”, lo que en política, como decía Talleyrand, son más que “crímenes”.

Urquiza, hombres de principios lo hicieron, lo que en Roma mismo era excepcional cónsul y procónsul, o sea presidente de la república y gobernador, mediante la federalización de Entre Ríos. Y los principistas de Buenos Aires quisieron después hacer lo mismo para Mitre. De ahí los “cocidos” y los “crudos”. De estos nacieron los autonomistas con Alsina.

La nación se salvó en Pavón. Esto es lo que no ve el señor Victorica, ni muchos otros. Y no lo ven porque no alcanzan a columbrar, ofuscados por preocupaciones hereditarias, que Derqui era un reaccionario inconsciente. Su ilustración de abogado no valía el notable instinto de caudillo de Urquiza. Por eso no hizo la guerra civil después de aquella gran batalla.

La filosofía de la historia enseña, y otra cosa no puede enseñar si se medita con gravedad, que Urquiza inició una obra: derrocar a Rozas, y que Mitre la completó, extinguiendo el caudillaje de horca y cuchillo, del que fue víctima el mismo Urquiza, uno de sus más conspicuos y genuinos generadores.

Urquiza fue así pensamiento y acción física y Mitre influencia moral y material. Pertenecía a la generación y a la categoría de hombres que le insuflaron a Urquiza que mucho le sería perdonado si cooperaba en el sentido de derrocar a Rozas, cuya larga dictadura irresponsable resultaba estéril e insoportable para adversarios y partidarios; en cuanto ni se le veía el fin ni nadie podía decir: “Don Juan Manuel quiere esto”. Todas eran conjeturas si es que algo meditaba.

Rozas por su parte, al tratarlo de “loco” a Urquiza, no estaba del todo cuerdo. Su visión era incompleta. En un sentido veía claro, en otro estaba perturbado. El aislamiento en que vivía haciendo de la noche día, lleno de manías, no le permitía “sentir” que el país estaba harto de él y de sus luchas, que anhelaba cualquier cosa menos la continuación de lo mismo.

Veía claro si cuando el Brasil lo inquietaba, aunque no viera claro del todo. ¿Cuál era su pensamiento? Hay que desentrañarlo de la conversación que tuve con él en Southampton en 1853. Era yo muy joven; pero la recuerdo perfectamente.

“No, me decía tomándome las dos solapas de la levita, no, no fue “el loco” el que me echó abajo, ¡qué me había de echar solo! fueron los macacos”.

Y no se diga “locuras de Rozas”, porque si mentalmente se suprime del drama la acción múltiple del Brasil solo Dios sabe lo que ahora estaría pasando en el Río de la Plata. Razón de más para estrechar nuestros vínculos de confraternidad con aquel gran país, rico en productos de todas las zonas, rico en hombres de saber y de talento, inmenso, al que, por otra parte, le pagamos su cooperación con usura declarando libre la navegación de los ríos.

Y digo “con usura” adrede, puesto que sin la tal declaración en la forma y modo que se hizo él, el Paraguay y Bolivia serían en gran parte nuestros tributarios, amén de otras ventajas, que no cabe detenerme aquí a considerar y explicar. Ya he esbozado el asunto en alguno de mis escritos de hace años.


Sea lo que sea de las anteriores reflexiones mi criterio histórico es: que con el Brasil y sin él, que con Urquiza y sin él, Rozas habría caído día más día menos tumbado por una fuerza popular compleja anónima; lo mismo que con Mitre, o sin Mitre, con Urquiza y contra él, con Derqui y contra él, con los hombres del Paraná y contra ellos, con los hombres de Buenos Aires y contra ellos, la nación se habría salvado.

No es esto negar la acción individual, su influencia, su eficacia; es sencillamente creer más en la elasticidad de la fuerza colectiva de las tendencias y anhelos populares. Un hombre se reemplaza, un pueblo no.

El señor Victorica no piensa como yo, de ahí su especie de adoración por Urquiza y sus ofuscaciones en otros rumbos. Y en algunos casos su inconciencia de las causas, como cuando Urquiza se va al Paraguay, sin permiso del congreso, a arreglar el pleito de López con los yankees, (otra vez, como en 1845 cuando la intervención anglo-francesa, habían encarpetado éstos una parte de la doctrina Monroe).

Como todo se repite con más o menos disonancias históricas, Urquiza fue a verse con López buscando su alianza contra Buenos Aires. No lo consiguió. El Brasil estaba de por medio por sus motivos. Dejamos así solo el rastro secreto de lo que nos hizo perder una gran parte del Chaco; rastro que se acentuó una segunda vez cuando el doctor don Luis José de la Peña, un ingenuo, fue a negociar varios tratados (comercio y navegación, extradición, “alianza”, límites). Por este último se le reconocería al Paraguay como límite sur la margen izquierda del río Bermejo.

Otra vez la cancillería del Paraná olvidaba el “non bis in idem”. Para qué seguir. No es el momento, ni el lugar, ni tengo humor de suscitar quizá una discusión que seguramente me obligaría a entrar en el escabroso terreno de las confidencias. Fue una suerte que el viejo López dijera “non decet”. Si le hubiera convenido habríamos visto legiones paraguayas con batallones argentinos a las puertas de Buenos Aires como ya habíamos visto un ejército brasilero. Tuve mi parte en que no se viera. Es una de mis satisfacciones de joven. Pero la hora de revelar el secreto aún no ha sonado.


Unas plumadas más y remato lo esencial.

Lo haré refiriendo la anécdota parlamentaria a que he hecho alusión más arriba.

Yo era a la sazón diputado “suplente” por Santiago del Estero. Mi colega era Du Graty[7] (barón belga, que llegó a coronel en el ejército de la Confederación). Fuimos también socios, es decir, empresarios y redactores del diario oficial “El Nacional Argentino”.

Eso de diputado “suplente” desapareció con la reforma de la constitución. En el momento a que me refiero yo estaba en la oposición. Es decir, pertenecía a lo que se denominaba los liberales (no eran estos propiamente hablando anti-urquizistas, eran anti-derquistas, o sea carrilistas).

Los principales del grupo lo constituían Rawson, Laspiur, Cáceres, Justiniano Posse, Lucas González, etc.

Algún ruido hice en la cámara.

Los sucesos que debían llevar los partidos a Cepeda se precipitaban.

Había exaltación. Anuncié que quería interpelar al ministro del Interior, Derqui.

Se fijó día y abierta la sesión se presentó el poderoso ministro.

Tomé la palabra entrando en materia con tal vehemencia (de recluta parlamentario), que el ministro me la cortó abandonando el recinto, después de haber dicho poco más o menos con voz firme y aspecto airado: “Yo he venido a contestar a una interpelación, no a escuchar inusitados propósitos invectivos y desafueros…”.

La barra que era derquista aplaudió con gran entusiasmo a su hombre; a mí me zahirió de lo lindo, y hasta me amenazó con instrumentos archi-significativos, tocándome algunos exaltados que estaban detrás de mí. El más furioso era un primo hermano mío, ¡pobre! ya murió, fue bueno y desgraciado. A la sazón era ayudante de Urquiza.

Al salir de la sesión Ricardo López Jordán, con el que nos tuteábamos, por simpatía, oigo su voz, me dijo: “No tengás cuidao salvaje, yo te he de salvar en ancas bajo el poncho”.

“Tocándome” he dicho y esto requiere una explicación. Hela aquí: La cámara era un vasto salón. Diputados y asistentes a la barra, separados apenas por una baranda de madera, quedaban todos al mismo nivel.

No puedo ni debo atribuir la afasia histórica del señor Victorica, por lo de más de poca importancia, a la mínima falta de cortesía hacia mi persona; puesto que en su libro me cita con aprecio, reconociéndome autor de la candidatura Sarmiento, nota que acentúa la atenta carta con que ha tenido la amabilidad de enviármelo.

Pero en las actas del congreso, aunque imperfectas, tienen que estar los antecedentes. No son muy completos, porque en la cámara de diputados no había más taquígrafo que el inolvidable secretario Carlos M. Saravia, memorista asombroso (fuimos colegas en la convención de Santa Fe, reformadora de la constitución). Pero, lo repito, en esas actas debe estar el rastro de lo dicho.

Por vía de información sumaria agregaré que en el senado sí había taquígrafo: Hernández, alias “Martin Fierro”, cuya actuación era por otra parte irregular e inesperada como todo en él, hombre genial.

Ahora la anécdota.

Los actores fueron dos hombres, amigos intermitentes, según los vientos que soplaban. Se llaman: Benjamín Victorica y Lucio V. Mansilla (ambos generales, doctor el uno y el otro ni siquiera bachiller).

Victorica estaba en la cámara de diputados, siendo, me parece, representante por Entre Ríos.

Yo acababa de ser elegido diputado suplente según lo dejo dicho, por Santiago del Estero.

Presento mis diplomas.

La comisión de poderes informa favorablemente.

No hay oposición.

Se va a votar, Victorica pide la palabra y observa: todo está en regla; pero el señor diputado, no hay más que mirarle a la cara, no tiene la edad.

Arguyo qué sí, que hasta soy meses mayor que él, que nos habíamos criado juntos.

Nada. Se aplaza el negocio hasta que presente mi fe de bautismo que había que pedir a Buenos Aires, la vida perdurable entonces.

Pero mi espiritual amigo personal (con intermitencias) había eliminado un voto en contra, y una palabra molesta a veces, todo lo cual, en política, no tiene mucho que hacer que digamos con la conciencia.


Hay dos categorías de personajes: los vanidosos que están arriba y los adulones que están abajo, sus parásitos.

El patriotismo es una amenaza contra la concordia, acabo de leer en una revista inglesa. He ahí un bocado para digerir que ofrezco a ustedes.


Cuando el discurso de un hombre político, de un primer ministro digamos, no es muy discutido, no hay qué hacer; consiste en que tiene muy poca médula. No se halla en este caso el del príncipe de Bulow. Pero sus efectos no han sido tranquilizadores ni en el orden interno ni en el externo. Insisto, pues, en lo que les decía a Vds. en mis páginas precedentes: la paz europea es un enigma.

Los pesimistas hacen notar toda una serie de hechos que son como para preocupar. Aquí en Francia el ministro de la guerra ha prohibido terminantemente que se concedan licencias temporales.

El Banco de Francia, el encaje oro que constituye el tesoro de guerra francés, está, por decirlo así, guardado con doble cerrojo y vigilancia, tanto que los grandes establecimientos de crédito mismos no pueden obtener que esas arcas les sean abiertas.

Inútil enumerar otros hechos, algunos de los cuales pueden sin embargo ser más fantásticos que reales, en la inquietud que produce el pangermanismo.

Los espíritus más avisados en lo cierto opinan que bastará una chispa en cualquier punto de Europa para producir un incendio general: la muerte del sultán, la de Francisco José; y hasta una calaverada de cualquier caudillo de Marruecos.

De buen origen tengo que dada la situación, no tardará en reunirse la “junta superior de la defensa nacional” convocada por el señor Clemenceau y el ministro de la guerra.


El teatro del futuro será nuevo en la forma y en el pensamiento. Tendrá menos de la novela y más del poema… Será un teatro de visiones, no un teatro de sermones (de tesis, digo yo) ni un teatro de epigramas (alusiones). Tal es la opinión de Gordon Craig[8], en la “Saturday Review”[9].


El partido socialista se disloca, tironeado por cuatro tendencias, que pueden concretarse así:

La tendencia profesional y revolucionaria con la confederación general del trabajo.

La agrupación ortodoxa de los Unificados cuyo pontífice es el señor Julio Guede.

Los heterodoxos de la Unidad, que con el señor Jaurés no han conquistado aun definitivamente su independencia; pero que no siguen ya las indicaciones del comité.

Finalmente los socialistas parlamentarios que solo son el ala izquierda del partido radical.

Los socialistas parlamentarios tienen el viento en popa con los ministros Viviani[10] y Briand[11]. Con ellos comulga el señor Millerand, sin entregarse del todo (fue maestro de Viviani), de ahí está su declaración reciente en un banquete de aquellos: el socialismo ha llegado a ser inseparable de la República, siendo la República misma.

De todos ellos el más interesante es Jaurés cuya elocuencia algo declamatoria tiene mucho de pontificia, tanto que un crítico ha observado que en el púlpito estaría mejor que en la tribuna.

También es el más inesperado de los oradores de su escuela. Así el otro día ha conciliado a la Iglesia con la ciencia moderna; diciendo: “Nada es más sencillo, porque si la Iglesia no va todavía a la ciencia, la ciencia va manifiestamente a la Iglesia”.

“La ciencia”, ha agregado, “apoyaba el mundo en la brutalidad opaca y compacta de la materia, y, de aquí que esa misma ciencia demuestra hoy en día que la materia se va desvaneciendo e idealizándose; y que la antigua oposición del éter imponderable y de la materia pesante se resuelve en la unidad de la energía universal”.

Basta y feliz año nuevo.


  1. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  2. Victorica, Julio. Urquiza y Mitre. Contribución al estudio histórico de la organización nacional. Buenos Aires: J. Lajouane, 1906.
  3. Manuel Troncoso y Silverio Badía fueron dos de los ocho rosistas asesinados, tras la victoria urquicista de la revuelta de Lagos, en el llamado “juicio a los mazorqueros”. Según Alberto Lettieri, dicho juicio significó la “legalización de la violencia por parte del estado” (102). (Lettieri, Alberto. La república de la opinión. Política y opinión pública en Buenos Aires entre 1852 y 1862. Buenos Aires: Biblos 1999).
  4. Así se llamó a la revolución ocurrida el 11 de septiembre de 1852 en Buenos Aires como reacción por parte de los porteños ante las condiciones exigidas por Justo José de Urquiza tras triunfar en la batalla de Caseros.
  5. El 3 de febrero de 1852 tuvo lugar la batalla de Caseros, en la cual las tropas del Ejército Grande al mando de Justo José de Urquiza (y conformadas por fuerzas de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, por algunos unitarios exiliados y fuerzas de apoyo de Brasil y Uruguay) vencieron al ejército de la Confederación Argentina, al mando de Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. El triunfo de Urquiza tuvo como consecuencia la renuncia inmediata de Rosas al gobierno y su exilio en Southampton, Gran Bretaña, donde falleció en 1877.
  6. Se trata de tres historiadores europeos célebres. Christian Matthias Theodor Mommsen (Garding, Alemania, 1817–Berlín, 1903) fue un jurista, filólogo e historiador alemán, premio Nobel de Literatura en 1902. Entre sus obras literarias, se hallan: Historia de Roma (1854-56), Las provincias romanas (1884) y Derecho Penal Romano (1899). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/7402506). Thomas Babington Macaulay (Leicestershire, 1800–Londres, 1859) fue un poeta, historiador y político del partido liberal británico. Entre sus obras, cabe mencionar: History of England (1848) y Critical and Historical Essays. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/56618365). Victor Duruy (París, 1811–París, 1894) es autor de una obra historiográfica prolífica y renombrada en Francia. Entre ellas, se destacan: Histoire des Romains depuis les temps les plus reculés jusqu’à la mort de Théodose (1879-1885), en cinco volúmenes; Histoire des Grecs, en 3 volúmenes (1886-1891). Duruy fue también editor, desde sus comienzos en 1846, de la Histoire universelle, publiée par une société de professeurs et de savants, para la cual él mismo escribió varios volúmenes. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/66562025).
  7. Se trata de Alfred Marbais Du Graty, redactor del periódico oficial del gobierno de la Confederación en Paraná, por dos períodos. En 1856 es electo diputado de las provincias de Tucumán y Santiago del Estero pero su candidatura es cuestionada y resistida dado que se trata de un extranjero sin carta de ciudadanía argentina. Para una historia más completa del desempeño de este inmigrante polaco en nuestro país, ver En los deltas de la memoria: Bélgica y Argentina en los siglos XIX y XX. Eds. Bart de Groof, Patricio Geli, Eddy Stols, Guy Van Beeck. Lovaina: Leuven University Press, 1998. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/58295101).
  8. Edward Henry Gordon Craig (1872-1966) fue un actor, productor, director y escenógrafo inglés. Debutó en Londres con la ópera de George F. Handel Acis y Galatea y, poco más tarde, con Los vikingos de Henrik Ibsen. Ya desde aquellas primeras representaciones Gordon Craig mostró su renovación formal del género a partir de crear escenas de estética minimalista, con gran énfasis en la iluminación y en la gestualidad de los actores. A partir de 1904 se radicó en Alemania, donde escribió su ensayo On the Art of the Theatre (Chicago: Brownes Bookstore, 1911). [Del arte del teatro]. Extractado y traducido de The Edward Gordon Craig Theatre Society: https://bit.ly/3kbzT6V. (En VIAF: http://viaf.org/viaf/100201551).
  9. The Saturday Review of Politics, Literature, Science, and Art fue un periódico semanal londinense creado por A. J. B. Beresford Hope en 1855 y publicado hasta 1938. Su primer equipo editorial estuvo compuesto por periodistas que habían trabajado en el diario conservador Morning Chronicle, con John Douglas Cook (1808–1868) como editor responsable. El nuevo periódico adscribía al partido político de los Peelite, es decir, un grupo originalmente surgido en el partido conservador y devenido relativamente liberal. Desde sus inicios, la Saturday Review se declaró opositora del famoso The Times. (Extractado y traducido de Fielding, K. J. “Trollope and the Saturday Review”, Nineteenth-Century Fiction, 37. 3 (1982): 430–442. Sus archivos pueden consultarse en The British Newspaper Archive: https://bit.ly/33eBulv).
  10. Ver nota al pie de la PB.12.12.06 o índice onomástico.
  11. Ver nota al pie de la PB.12.12.06 o índice onomástico.


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