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EL DIARIO

Martes 27 de Marzo de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, febrero 26.

 

Como voy a ocuparme, siempre a la ligera (es lo convenido), de algunas ojeadas por el mapa de Max Nordau[1], confieso a ustedes que no sé, a derechas, por dónde empezar, aunque, según sospecho, lo mismo que en el soneto de Violante[2],

Mas si me veo en el primer terceto

No hay cosa en los cuartos que me espante.

Mi perplejidad del momento se explica fácilmente, tratándose de un hombre de letras tan conocido ahí por cierta clase de lectores, más conocido ahí que mentado aquí.

Max Nordau no es Robinson Crusoe. En un caso apurado no exclamaría como él, “Jesús hijo de David, príncipe y salvador… invócame en el día de tu aflicción y yo te libertaré y tú me glorificarás”.

Verdad que Robinson era un pobre náufrago y que Max Nordau es un escritor sapiente, que sabe muchas cosas, que ignora algunas, que cree en estas, que duda de aquellas, entre ellas y al parecer de la existencia de Dios; lo cual hay ejemplos en la historia, no será un inconveniente para que, como tantos otros que como él discurrieron, no se acuerde de Santa Bárbara si truena mucho.

Sea lo que sea, el hecho es que ahí donde la casi universalidad, y por la ley, a más de otras circunstancias históricas, múltiples, nace, vive y muere católicamente, el hecho es que en ese país, que es el mío, Max Nordau hace propaganda sistemática, de tendencia irreligiosa.

Estoy, pues, en mi perfecto derecho moral, de pensador como Max Nordau, no mirando las cosas de este mundo, ni las del otro como él, siendo como soy cristiano al decirle: ¡alto ahí profesor!

Antes de entrar en lo principal, me detendré un instante, muy sumariamente, en lo accesorio.

No discutiré entonces si es un bien o es un mal que la Noruega se haya separado de Suecia. ¿Quién puede decir si sería un bien o sería un mal que la Irlanda se separara de la Inglaterra? La tendencia moderna, “et pour cause” de conservación, es a constituir nacionalidades fuertes. Eso significa del punto de vista filosófico, expansión, penetración, imperialismo. Para qué hablar del derecho de gentes, todos los días enmendado por las necesidades de los fuertes, que necesitan desahogo para su población, mercado para los productos de su industria creciente día a día.

Max Nordau encara lo primero, la separación de Suecia y Noruega, como una solución feliz. Al examinar el suceso no disimula sus simpatías por Noruega. Lo creo parcial, muy parcial. Suecia, cuna de Swedenborg, de Puffendorf, de tantos otros, con su famosa universidad de Upsala, es un foco de luz científico del que se ha beneficiado Noruega, tierra curiosa, interesante, de psicología a lo Ibsen; y, en puridad afirmativa, la solución pacífica del conflicto hace honor a la prudencia de los estadistas suecos, que, al fin y al cabo, han cedido para evitar la efusión de sangre.

Divagando llega Max Nordau, en sus correspondencias a “La Nación”, a hacer una comparación. Las comparaciones son casi siempre odiosas, y los paralelos escabrosos. Max Nordau compara la Prusia a la Rusia, corrigiéndole la plana a Bebel[3] que en sus exageraciones de socialista habló de una Alemania reaccionaria. ¡Oh, no!, el mundo no camina para atrás.

Tiene Max Nordau unos modos sofísticos muy personales de ver los fenómenos sociales y unos modos de decir que no les van en zaga.

Es un erudito que me hace el efecto de estar mirando la sociedad por el ojo de una cámara oscura sin nunca tomar contacto con el movimiento, ¿cómo diré?, diré psíquico de las personas en su complicada evolución. A la manera de otros temperamentos de su índole mental suele con frecuencia olvidar en sus disquisiciones trascendentales que por encima de lo escrito está lo vívido y que hay más ciencias que en las bibliotecas en la plaza pública.

Dice que “con la abolición del Concordato (ruptura de un contrato bilateral, sin oír a una de las partes interesadas en el litigio) se restablece en Francia la libertad de conciencia”.

Y agrega: “la primera república persiguió la religión con el deseo de suprimirla. La tercera no ha tenido nunca semejante pensamiento”.

Yo vivo en Francia, veo, oigo, leo, y he gozado antes de la “abolición del Concordato” de plena libertad de conciencia, lo mismo que infinidad de extranjeros y la gran mayoría del pueblo francés, que nadie ha forzado a ser, como lo es, católica.

Yo vivo en Francia y he leído y oído (en conferencias) montones de diarios, de revistas, de libros, de crónicas parlamentarias, preconizando el ateísmo, la irreligión, oponiéndole al cristianismo caritativo, altruista, un racionalismo cualquiera (lo hay de todos colores paganos), con su “soit disant” moral eminentemente laica.

Pero Max Nordau ¿dónde tiene su covacha de observador y con qué linterna de Diógenes busca la verdad verdadera de lo que acontece en el planeta que habitamos, verdad cuyos derechos yo revindico?

Puede ser, todo cabe en lo posible, que los fines del legislador realicen en este trance histórico un ideal; hay enseñanzas en contrario desde que el hombre dicta leyes. Nosotros, por ejemplo, apartándonos del criterio norteamericano, hemos dictado códigos nacionales. Dentro de cincuenta años, antes quizá, veremos si hemos hecho bien o mal en seguir ese sesgo unitario.

Nosotros apartándonos también del gran modelo no le hemos puesto trabas a la ilimitada franquicia de que goza el extranjero para continuar siéndolo, mientras le convenga, es decir, siendo eternamente “residente”, lo que implica ahí, no aquí, en este hemisferio, ni en Estados Unidos, dobles garantías[4].

Veremos con el tiempo antes de poco si ha sido un bien o ha sido un mal. Por lo pronto salta a la vista ya, que, moderativamente hablando, somos un país sin ciudadanos. Otra cosa no resulta de este hecho curioso: nuestra población se compone de casi una mitad de extranjeros; la otra, destarando los viejos, las mujeres, ¿qué cociente cívico deja?, teniendo en cuenta la cifra total, y no se olvide que hay todavía que destarar los niños.

Lo dicho hasta aquí me conduce a afirmar que los que están empeñados como Max Nordau en destruir el cristianismo y en extirpar de la enseñanza toda religión, para dar en cambio que “nihil”, solo harán la confusión, la anarquía, la desesperación.

Decía días pasados, un orador al inaugurar el monumento en memoria de Alfredo de Musset[5], que fue “víctima de un mal del que no pudo curarse, la duda y el desencanto; que no podía ya creer en el pasado que veía agitarse impotente entre ruinas y que no se atrevía a adherirse a un porvenir del que apenas entreveía las primeras claridades”.

“Tout ce qui était n’est plus, tout ce qui sera n’est pas encore; ne cherchez pas ailleurs le secret de los máux” dijo en alguna parte, y todavía agrega: “prit, c’est leur indifference”.

“Le mal des gens de coeur, leur inutilité”.

Sufrió, pues, por no haber podido dominar esa indiferencia.

Por más que como Monsieur Bienvenu Martin, ministro de instrucción pública, los nuevos apóstoles exclamen: “que el soplo vivificante de esta nueva fe (nueva fe, nótese bien), ha rejuvenecido nuestro viejo mundo” que:

“Nous serrous dans nos bras la vie et l’esperance,”

La hora presente, la actualidad, es otra en Francia.

Lean Vds. lo que hoy domingo 25 de febrero escribe monsieur Melchior de Vogüe[6], en “Le Figaro[7]“.

Baste aquí esta frase, que es todo un lamento:

“No, es menester que esto no continúe, en un país que se vanagloria de marchar a la vanguardia de la civilización, de la delicadeza y del honor”.

Efectos de la “fe nueva”, del socialismo pirrónico, y del antimilitarismo, destructor del sentimiento patriótico, concepción, cómo diré, vaya científica de cuyo laso está también Max Nordau.

Contra esas incertidumbres que atormentaron el alma de Alfredo de Musset, incertidumbres de ahora, de antes, de todos los tiempos, en el afán de querer para todo, sea físico o espiritual, demostraciones geométricas, el remedio es uno y único. Pero no es Max Nordau el que posee el filtro maravilloso. En sus insomnios pesimistas él no discurre como el gran idealista: “la certidumbre es la imposibilidad de dudar”. Sí, Max Nordau no duda de nada. Lo que él no concibe no existe.

A principios del otro siglo era estilo en los intelectuales comulgar con Monsieur de Voltaire y con Volney. Salvaron a pocos. Ahora hay otros a la moda, Schopenhauer, Nietzsche entre los más notables. Han enloquecido a varios. No han salvado a nadie. Al contrario, libramos en Berlín batallas en que me pareció haber quedado vencedor, Schopenhauer le puso en la mano a un valiente soldado el revólver del suicida, y hoy lamentamos todos hondamente la catástrofe que nos privó prematuramente de tal hombre selecto. Pobre Alberto Capdevila, ¡tan viril! Ni Massillon[8], ni Wiseman[9] han hecho que nadie se mate.

Que el aire y el agua son absolutamente necesarias para la vida de un ser organizado cualquiera; que la atmósfera ambiente, lo mismo que la atracción centrípeta, impide que seamos triturados, aniquilados, dispersados como polvo impalpable en el espacio infinito son cosas que no vemos con los ojos, como vemos con el telescopio la luna la misma distancia que de Ginebra divisamos el Monte Blanco. (Muchos de Uds lo han visto). Son hechos demostrados indiscutibles, ¿no es así? Creemos en ellos. El sabio por sus razones científicas, el indocto porque sí, creyendo en lo que el sabio afirma. La necesidad de creer parece así ser en el ente moral consubstancial con su esencia material, exactamente lo mismo que para la vida física es indispensable la atmósfera. Fluctuamos, dudamos, nos detenemos, afirmamos o negamos. Creemos o no creemos. Es la fórmula, diré, en otro sentido de “to be or not to be”. Sí, pues, creer o no creer. Es decir, hay fe o no hay fe. ¿Creo? afirmo lo que es o lo que no es, lo que puede ser o lo que no puede ser. ¿No creo? niego todo eso que acabo de afirmar. También es creer, pero en nada. Luego el hombre es un animal creyente

En tal virtud sostengo que el pasado no muere jamás completamente para el hombre, como dice Foustel de Coulange[10]. El hombre puede olvidarlo, pero lo conserva siempre con él. Porque tal cual es en cada época es el producto y el resumen de todas las épocas anteriores. Si desciende en su alma puede hallar en ella y distinguir esas diferentes épocas según lo que cada una de ellas ha dejado en él.

No me parece, entonces, obra tan fácil, ¿qué digo?, me parece empresa vana la de Max Nordau empeñado en infiltrar en el alma argentina sus (para mí) doctrinas disolventes… derrotero de Sion.

Por otra parte, entre la teología negativa y la otra, estoy por la que afirma. Es la que por decirlo así me enseñaron en la escuela. “Optium est signe majore, recte si proecesserint”. Justamente: “el mejor partido es seguir a nuestros ante pasados si nos han abierto el camino recto”. ¿Y quién puede negar que ese camino es recto, cuando en él hay esta enseña: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”?

Necesito concluir. Siendo corto Uds. me leerán. Siendo largo me dejarán para más tarde, es decir, para nunca.

El obispo Philips Brooks, un hombre de experiencia cosmopolita, de gran cultura, respetable y respetado, hombre en una palabra de prestigio en Estados Unidos, le escribía en 1902 a Mr. Charles Stubes, su íntimo amigo, inglés, a propósito del “Education Bill[11]” (ley de educación), entre otras cosas interesantísimas, lo siguiente, que recomiendo con encarecimiento a la meditación de los que leen las especulaciones de Max Nordau:

“A nuestros niños les falta y conspicuamente el sentimiento, “temper”, de la obediencia y del respeto a la ley. Manifiestan también cierta indiferencia por lo que es fundamentalmente bueno o malo (“right and wrong”) lo cual solo puedo explicármelo por el hecho de que no reciben instrucción religiosa, careciendo por tanto de su preciosa pequeña influencia”.

Baste con esto.


Ha muerto Paul Laurence Dunbar[12], el poeta negro norteamericano, precisamente cuando acababa de ser nombrado bibliotecario de una importante institución, en prenda de su incontestable genio literario. Sus poemas que él mismo recitaba con maestría en Londres, eran melancólicamente patéticos, aunque algo monótonos; su voz era timbrada como un instrumento de los más delicados en sonoridad.


  1. Max Nordau (seudónimo de Simon Maximilian Südfeld), (Pest, 1849-París, 1923), fue un crítico, escritor y publicista francés, líder del movimiento sionista y cofundador de la Organización Sionista Mundial. Tras un período de fascinación con el marxismo y de militancia en el comunismo, bajo esta influencia ideológica Nordau escribió su obra Entartung (1892), una crítica de las diversas corrientes artísticas y culturales del fin-de-siècle, a las que consideraba degeneradas y decadentes. Aunque en un principio defendió posturas de asimilación para el pueblo judío, más adelante, desencantado ante las escasas posibilidades de unión que su época le ofrecía, pasó a defender el sionismo. Fue, junto con Theodor Herzl, cofundador de la Organización Sionista Mundial, presidente y vicepresidente de varios congresos sionistas y pieza fundamental en el desarrollo del llamado «Plan Uganda», en el cual una serie de intelectuales judíos planteaban la instalación del pueblo judío en tierras de Uganda, por aquella época propiedad del Imperio Británico. Fue, además, como se lee en esta página breve, corresponsal del diario La Nación. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/64037479).
  2. Referencia al famoso poema de Lope de Vega, “Un soneto me manda hacer Violante”.
  3. Bebel, August (Colonia, 1840- Berlín, 1913) fue un dirigente socialdemócrata alemán y miembro del Reichstag. Fue un ferviente opositor a la política de Bismarck y al posterior imperialismo. En 1869 participó en la fundación del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/97092470).
  4. Esta cuestión de la “libertad” de cada extranjero para residir en Argentina sin verse obligado a nacionalizarse –tal como lo plantea Mansilla– es el tema central de su ensayo Un país sin ciudadanos, que escribió seguramente por estas fechas y que publicó a través del editor Garnier en París en 1907.
  5. Louis-Charles-Alfred de Musset (París, 1810 – París, 1857) fue un escritor y dramaturgo francés del romanticismo, miembro de la Academia Francesa desde 1852, autor de una veintena de obras, entre las cuales hay de poesía, de dramaturgia y una novela de contenido aparentemente autobiográfico, La confesión de un hijo del siglo, dedicada a George Sand. Su drama La coupe et les lèvres fue la base de la ópera de Giacomo Puccini titulada Edgar (1889). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/54151927).
  6. Vogué, Eugène Melchior. Vizconde de (1848-1910). Político y literato francés. Para más información, ver VIAF: http://viaf.org/viaf/21271).
  7. Ver notal al pie de PB.16.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  8. Jean Baptiste Massillon (Hyères en Provence, 1663-Beauregard-l’Évêque, 1742) fue un obispo y predicador francés, célebre en su época por sus sermones religiosos. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/120690221).
  9. No hemos hallado aún referencias para este nombre, ni así escrito ni variando la ortografía a partir de duplicar sus consonantes.
  10. Numa Denys Fustel de Coulanges (París, 1830-Massy, 1889) fue un historiador francés. Dentro de sus obras, cabe mencionar: La cité Antique. (París: Hachette, 1864). [La ciudad antigua]; La Monarchie Franque (París: Hachette, 1888). [La monarquía franca]; Questions contemporaines (París: Hachette, 1919). [Cuestiones contemporáneas], Histoire des institutions politiques de l’ancienne France (1885). Recherches sur quelques problèmes d’histoire y Nouvelles recherches sur quelques problèmes d’histoire (1891), fueron editadas por Camille Jullian tras su muerte. Su influencia como historiador se centra en la interpretación del papel fundamental que las religiones juegan en la estructuración de las sociedades: quizás este es el punto que más interesa a Mansilla. El sociólogo Émile Durkheim dedicará su tesis universitaria a la memoria de Fustel de Coulanges. (Extractado y adaptado de VIAF: http://viaf.org/viaf/107536240).
  11. La Ley de Educación de 1902 (Education Bill o Educaction Act, también conocida como Balfour Act) fue una ley muy controversial dentro del Parlamento inglés, impulsada por los conservadores (y que les costó, en parte, su fracaso político en las elecciones de 1906) que estableció básicamente financiación por parte del Estado para la educación religiosa católica. Tanto los no conformistas como el partido liberal y las religiones no católicas se opusieron. La ley prevé fondos para la enseñanza confesional en las escuelas primarias voluntarias, la mayoría de las cuales eran propiedad de la Iglesia de Inglaterra y los católicos romanos.
  12. Paul Laurence Dunbar (Ohio, 1872–Ohio 1906) fue un poeta, novelista y dramaturgo estadounidense afroamericano de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Hijo de esclavos de Kentucky antes de la Guerra de Secesión, Dunbar comenzó a escribir en Inglés Vernacular Negro (IVN), asociado al sur de preguerra. Fue uno de los primeros escritores afroamericanos de reputación nacional. Escribió las letras para la comedia musical In Dahomey (1903), el primer musical totalmente afroamericano producido en el Broadway. Autor de otras obras en inglés convencional, tales como: los relatos compilados en El corazón de Happy Hollow (1898), La fuerza de Gideón y otros cuentos (1900), El innombrado (1898) y la novela El deporte de los Dioses (1902). Aquejado por la tuberculosis, Dunbar murió a la edad de 33 años. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/76335432).


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