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EL DIARIO

Jueves 6 de Diciembre de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, noviembre 8 de 1906.

 

Como ustedes saben, todos los años el 25 de octubre las cinco clases del Instituto[1] se reúnen, aquí, para inaugurar el año académico.

Dijo muy bien el interesante y querido Gebhart[2], que presidió el acto: “es esta una ceremonia amable, símbolo de confraternidad”.

Se leyeron varios discursos en memoria de sabios y eruditos que han dejado el recuerdo ejemplar de una existencia honesta y de una inmensa labor.

Mr. Gebhart, hablando del cardenal Perraud[3], trazó de él un retrato que siento tener que traducir imperfectamente, al recomendar a ustedes su lectura.

Solo los amigos que penetraron en su comercio íntimo han comprendido bien a la vez la extensión de su inteligencia, el calor de su alma, la fecundidad de su acción.

Viviendo de una vida interior muy profunda, ha escrito nuestro cofrade Georges Picot[4], temiéndoles a los que no conocía, teniendo con los que acaba de conocer ese género de intimidar que el vulgo toma por altivez, no era él mismo, sino para un pequeño número de amigos. Y, en efecto, cuanto mayor era su frialdad en público tanto más tocantes eran sus arranques en la intimidad.

Vivía recordando a los grandes cristianos que había amado, el P. Graty[5], el abate Perreyve[6], Montalambert[7], Agustin Cochin[8]; pero su celo apostólico acompañaba a la iglesia en todas sus necesidades y en todas sus angustias.

Vigilaba la sociedad fundada para combatir la esclavitud, perpetuando así la obra del cardenal Lavigerie y de Wallon, se preparaba y preparaba su clero a los deberes, a los dolores, a los sacrificios de la crisis religiosa cuyos comienzos vio, cuyos peligros intentó conjurar. Esta labor suprema agotó sus fuerzas. Sus últimos momentos, cuyo ceremonial él mismo había arreglado, fueron de una incomparable grandeza.

En tanto que los agentes del fisco inventariaban la catedral rodeada por un regimiento, y discutían –escribe el P. Baudrillart[9]– el valor del trono episcopal en que ya nunca jamás volvería a sentarse, el cardenal recibía los últimos, después, con voz fuerte, exhortaba a sus padres y a sus fieles, que le rodeaban, decía adiós a sus criados, daba las gracias a sus médicos, pedía perdón a los que involuntariamente hubiera contristado, bendecía a sus diocesanos arrodillados en el arzobispado y, por intervalos, después de un gran silencio, volvía a sus caros recuerdos, al monte Cassin, al desierto sagrado de San Benito. “Crux morientis cathedra proedicantis[10]”.

A las ocho de la noche se hizo levantar para tomar un poco de alimento, y este rey de las almas tuvo el honor de morir de pie. (Eso se llama morir, ¿no es verdad?).


Un hombre de estudio, observador, modesto, muy modesto –lo que no es “fruta de dos pies”, como diría Sarmiento– acaba de publicar en Madrid un opúsculo sumamente interesante.

Se intitula: “La vacuna antituberculosa”, está firmado por Felix Buxareo Oribe[11], y resume las conferencias que dio en París a algunos ganaderos del Río de la Plata el profesor de la escuela veterinaria de Alfort, el señor Vallée.

El señor Felix Buxareo Oribe, entra en materia así:

“Debido a la iniciativa de algunos ganaderos del Río de la Plata, que deseosos de conocer el estado en que se encontraban los trabajos emprendidos para combatir la tuberculosis bovina y si podría hacerse algo para preservar sus numerosos rodeos, se hicieron trabajos para que el doctor Vallée, profesor de la escuela de Alfort, autoridad no discutida en la materia, nos diese algunas conferencias sobre tan interesante materia.

“Estos trabajos dieron el resultado apetecido y dicho profesor dio cuatro conferencias cuyo resumen me permito remitirle (por si cree que puede interesarle, agrega)”.

Me apresuro a confesar que leyendo estas páginas, tan instructivas, he experimentado una emoción indecible de profunda tristeza pensando que fue el contacto (como siempre lo pensé por instinto científico, lo hay), la causa primera y única que se llevó tísicas al cielo a mis dos hijas, María Luisa primero, Esperanza después[12].

Sí, –repetiré con el señor Felix Buxareo Oribe– si según estos descubrimientos estaba probado que la tuberculosis era “contagiosa” y “trasmisible” de una especie animal a otra, aun no estaba probado que la enfermedad era como el carbunclo, por ejemplo, que todos conocéis y que diezma vuestros ganados, una enfermedad debida a lo que se llama un microbio. Sin embargo, no fue sino en 1882 que un médico alemán, el doctor Koch, demostró por la primera vez la existencia en las lesiones tuberculosas de un microbio particular, de un bacilo de forma especial, posible de colorar, de un microbio que parecía, al decir de su autor, ser la verdadera causa de la tuberculosis.

El bacilo de Koch, encontrado en los animales tuberculosos, se halla en todos los casos de tuberculosis.

Esto es una constatación muy importante que tiende a probar que el microbio en cuestión es la causa de la enfermedad, puesto que se le encuentra en todos los animales tuberculosos.

No solamente se encuentra este bacilo en el hombre tuberculoso, sino que se le encuentra también en el buey atacado de tuberculosis.

Siguen páginas todas, todas, llenas de información referentes al maldito mal que tanto me afligió. La tisis de mis hijas (algún día verán ustedes páginas que han de arrancar lágrimas sobre estos luctuosos recuerdos) y páginas llenas al mismo tiempo de instrucción moral confirmando que no es una palabra vana la que dice: pagan justos por pecadores.

El señor Felix Buxareo Oribe continúa así:

La primera pregunta que hay que hacerse en materia de tuberculosis es la siguiente: esta enfermedad ¿es hereditaria o no lo es?

Si la tuberculosis es hereditaria, la lucha se hace particularmente difícil; si, por el contrario, la herencia no influye en su propagación, si el hijo o la hija de un animal tuberculoso no se hará tuberculoso, hay mucho que hacer contra la enfermedad.

Hoy todos los sabios están de acuerdo en que la tuberculosis no es hereditaria.

Los ascendientes tuberculosos, el padre y la madre, cuando los dos son tuberculosos, legan quizás a sus hijos una constitución, un terreno malo, que será más favorable que el de aquel que es hijo de parientes sanos; pero lo que la herencia puede dar no es la enfermedad, es solamente un terreno desfavorable.

Adquieran pues ustedes el folleto de que apenas he dado una ligera idea, léanlo, léanlo con atención, hallarán en él no una coraza impenetrable; pero sí indicaciones en extremo útiles, y que el cielo quiera preservarlos de ese flagelo que tan dolorosos estragos hace en el hogar dejando vacíos insondables de perenne congoja.


La esencia de la originalidad no es la novedad. Johnson creía en cosas viejas, él que tanto sabía. Los escritores noveles deben meditar lo anotado.


Persuadido de que lo antecedente ha sido leído con interés, me decido a hablarles a ustedes, por boca ajena, nada menos que del papel o de la sal.

El que escribe soy yo, las reflexiones las hace un sabio –miembro de la academia de ciencias– el señor Dastre[13].

Si fuese al revés saldrían ustedes perdiendo su tiempo.

Voy a abreviar, más todavía, voy a condensar reduciendo el estudio del renombrado académico a la menor expresión de palabras.

Casi todos los actos fisiológicos son automáticos, no interviene en ellos la razón. Los determina la ley del Placer y del Dolor o la tiranía del hábito ancestral. Es por motivos de ese género que disponemos o arreglamos nuestra alimentación: comemos lo que nos gusta, con tal que sea lo que ha gustado a nuestros parientes lejanos.

Esa es la tesis. En otros términos, lo dicho se aplica al uso de la sal.

Como regla casi absoluta, no podemos vivir sin ella. Físicamente la necesitamos. Moralmente, lo que no tiene sal nos carga, nos fastidia, nos aburre.

A la mayor parte de los alimentos salados de suyo todavía les agregamos un suplemento.

Para saber algo más sobre este particular pueden ustedes dirigirse a algún fisiólogo o a un médico.

Así, la cuestión sobre la restricción o la dieta de la sal (la que se come), es negocio terapéutico que la Academia de Ciencias vuelve a ofrecer un premio al que presente un trabajo completo sobre la materia: restricción o dieta de la sal.

Muchos progresos se han hecho mediante la química, que en tantos secretos de la naturaleza penetra.

Lo que el otro día nomás se ignoraba hoy día se sabe. Por ejemplo: se sabe por qué la mujer es “hidrópica”. (Lo que no se sabe es por qué no siempre gusta de quien de ella gusta por muy salado que se sea, que si es tonto con razón ha de huirle).

Pues bien, el remedio contra la hidropesía es de lo más sencillo. Lean ustedes bien: basta excluir la sal de los alimentos. La abstinencia o la restricción de los cloruros harán desaparecer la hidropesía como por encanto.

El tratamiento es bien simple, en efecto, ¿no es así? Pero para tener la idea de la cosa era menester saber lo que hace muy pocos años ignoraban los mejores y más afamados médicos. Ahora curar la hidropesía es el huevo de Colón. Ya lo saben, y si he acertado a fijar la atención de ustedes, “pardon s’il vous plait”.


Ruego a ustedes que mastiquen y digieran este pensamiento:

Algunos tienen en sí mismos una especie de realidad y pueden pertenecer a una edad lo mismo que a otra. Algunos son como reflejos; parecen existir solo porque otras cosas y otras personas existen.


El joven escritor uruguayo, cuyo último libro mencioné en mis plumadas anteriores, me ha puesto en un aprieto.

¿Cómo así, siendo notoria la consideración y estima que por Ud. tiene?, pensará el lector.

Es muy sencillo. Por los términos con que me ha consignado su último libro “Nuevos ensayos de crítica”[14].

Dice así: “Al cariñoso amigo cuyo recuerdo estará siempre ligado a los primeros encantos del debut de mi espíritu en las letras”.

Así, pues, aun creyendo deber ser severo en la crítica, de lo que ya lo es, no podría serlo. Me reata, y no poco, la simpatía afectuosa. A lo cual tengo que agregar que en buena conciencia literaria, hallo, que Alberto Nin Frías ha realizado su ideal.

Pensó “llegar o no llegar”, como si dijéramos “ser o no ser”. Ha llegado y es. Y lo es habiéndose apartado de los literatos pluscuam-modernistas para bien.

Hacer la crítica de una crítica se me figura una albarda. De manera que a la tarea minuciosa de señalar perfecciones o imperfecciones, prefiero declarar redondamente que este escritor americano del Sur posee lo que se necesita para escribir bien, “una facilidad natural y una dificultad adquirida”.

Según mi sentir, hay en él abismos de sensibilidad, de donde manan recursos purísimos, que solo pueden engrandecer el alma del escritor.

Dice él, que mucho de lo que ha encontrado aprobación en sus escritos es el fruto del amor fraternal.

Luego ya tiene trazado el rumbo. Siga esa senda. Está perfumada. No puede faltarle el estímulo constante que es aplauso.

Agregaré un consejo: no se prodigue tanto. Es decir, modere sus transportes.

Y si, como dice el hombre de la calle, no puede consigo mismo, por aquello de genio y figura hasta la sepultura, tiempo tendrá para declarar, y no en el monólogo silencioso, íntimo del retiro en la soledad, sino “doram populo” como el conde Robert de Montesquieu, en el prefacio de la nueva edición revista y corregida de sus numerosas y selectas producciones, tan llenas de su ecléctica y peculiar personalidad.

Cuando yo era joven, escribe él, he escrito muchas piezas que componen estos poemas. La mirada con que los reveo gana en claridad lo que ha perdido en amenidad. Del error, que es a la vez un mérito en la juventud, proviene la prodigalidad de sus dones, de sus cualidades y de sus defectos mezclados. Si los míos fueron la exuberancia y la complicación natural, en estos libros han hallado vasto campo. Era menester poner remedio en ello, sin privar la obra de su carácter. Espero haberlo conseguido.

Hago mía una palabra final suya: le choix n’est que de l’áge mure”, y aquí pongo punto redondo a este brevísimo mensaje de un espíritu cordial.


Dos obras maestras; he ahí el calificativo que cuadra emplear al decirles a Uds. que he visto los bustos de Quintana y de Roca en el estudio de Leopoldo Bernstamm[15], vasto como un museo por la infinidad de maquettes que lo embellecen.

Siento en el alma no tener la admirable facultad que poseía el famoso arqueólogo Winckelman, autor de la célebre “Historia del arte entre los antiguos[16], del cual se ha dicho: “nuevo Prometeo anima las estatuas que describe”.

Sí, lo siento mucho, pues estos debiendo ponerse en viaje dentro de pocos días quisiera anticiparles a Uds. algo así como un “avant gout” de la grata emoción que a no dudarlo, van a experimentar al recibir ambos ausentes, el uno por siempre; el otro hasta que la nostalgia aguda de la tierra le haga encontrar monótona la existencia aquí, donde si hay mucho a que lo nuestro se parece falta ese no sé qué del patrio ambiente.

Me valdré entonces de la frase consagrada para expresar estas sensaciones: están hablando.

Tengo en materia de arte mi teoría, que también aplico a otras impresiones. No creo que valga poco ni mucho. Mas, hela aquí.

Hay que ver tres veces. La primera es la de la observación; la segunda es la de la comparación; la tercera es la del fallo.

Tres veces he estado así frente al mármol inerte mirando, remirando, escrutando, y, lo repito: habla.

Curioso fenómeno, cuya explicación no alcanzo. Quintana, tomado de un reflejo fotográfico, a primera vista, parece semejarse más al que fue, que Roca al que es. Pero Roca tiene más animación de perfil y Quintana más expresión de frente.

Un observador que los ignore no podrá dejar de pensar: he aquí dos naturalezas, dos almas que solo se parecen en cuanto ambas son humanas; la frente de ambos es característica. La de este encierra gran elevación; la de aquél, muchas cosas, en las que puede haber de todo, hasta un ideal de soñador.

Pero hasta dónde también estoy influido por el conocimiento a priori que de las dos entidades tengo, ustedes lo dirán, viendo. Anticipo las fotografías.

Hay aquí entre los argentinos la idea ya en práctica de reunir fondos para costear lo que valga un busto de Pellegrini. A Bernstamm debiera serle encomendado. La reputación ya universal, que ha conquistado en Europa, aumentada por obras considerables geniales, comenzando por Flaubert y acabando por León XIII, como si dijéramos los extremos opuestos de este mundo, si no tuviéramos ya esta reciente manifestación de su diestro cincel, bastaría y sobraría para constituir una promesa segura de éxito; de que tendrán Uds. un Pellegrini en mármol tan expresivo y tan vigoroso casi tal cual lo era en carne y huesos.

No sé si saben Uds. de dónde es Bernstamm. Quizá no. Diré entonces, para concluir, que es ruso, establecido en París hace veintinueve años. Tiene apenas cincuenta y es un hombre de mediana estatura no como hay muchos sino como son todos aquellos cuyos ojos penetrantes, luminosos, van diciendo: yo poseo un secreto artístico admirable; golpeo, golpeo y golpeando con acerado martillo transformo la dura y tosca piedra, después de haberle dado a la blanda e informe arcilla, perfiles que traducen todo mi pensamiento en una imagen casi parlante, semiviva.


Se abrieron las cámaras francesas. El señor Clemenceau[17] tiene la prensa que era de esperarse. Su discurso-programa satisface a estos, no da satisfacción a aquellos, y los que no están con unos ni con otros, hallan que el documento contiene promesas tantas que dos vidas muy largas no alcanzarían a verlas realizadas, en la hipótesis que fueren realizables. Por ahí va el hilo.

Ya lo he dicho; lo repito en otra forma; para ver claro en este país, que no es como Inglaterra, tierra clásica de tradiciones, y cuyos estadistas hasta los más avanzados, parecen tener la divisa “chi va piano va sano e va lontano”, se necesita tener un anteojo de larga vista maravilloso.

Lo que yo veo con alguna claridad dentro y fuera de la Francia oficial que piensa “vivamos”, que habla por los diarios, por el parlamento, que ensalza, o deprime, que aplaude o insulta, que se divierte o trabaja, es una inquietud molesta, parecida a una aflicción permanente, a un gran cansancio de sudar la gota gorda para pagar impuestos, que crecen y crecen año por año, sin que pueda divisarse la hora del equilibrio siquiera (lo que se ve es el déficit), y, sobre todo fatigada de ver las mismas cosas, repitiendo las mismas promesas en medio de una corrupción de accidentes repetidos, chicos y grandes, que para unos apenas son un denario y para otros son un millón, sin que la criminalidad disminuya ni decaiga el número de los dramas de familia, ni el lujo desenfrenado, la fiebre de la seda, de las pieles y de las perlas.

Puede ser que esta república (la americana de Lafayette no anda muy derecho) dure un siglo, como la de Estados Unidos. Ya han visto Vds. las lindezas que se han dicho los dos candidatos a la presidencia, luciéndose como portavoz del presidente Mr. Root[18] el que ahí estuvo (confío que no lo imitarán Uds.). Me parece moralmente imposible. El francés es un precursor en todo. Pero se alucina fácilmente. Ya dijo una vez Mr. Guizot[19] y nadie lo contradijo: “todas las reformas ya están hechas, conquistadas; todos los grandes intereses están satisfechos”. Exactamente lo mismo que ahora en lo que se refiere a una Francia de otro modo. La desean, y porque la desean creen tenerla. Hay en esto una fatalidad que conduce a las catástrofes inesperadas, que los mismos pesimistas creen lejanas, y que bien pueden sorprender a todo el mundo mañana.


  1. Creemos que se refiere al Institut Catholique de Paris.
  2. Émile Gebhart (1839, Moselle–1908, Paris) fue un académico y escritor francés, incorporado como miembro de a la Académie française en 1905. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/14867427).
  3. Ver nota al pie de PB.30.04.06 o índice onomástico.
  4. Georges Marie René Picot (1838–1909) fue un abogado e historiador francés. Su obra principal fue Histoire des États généraux por la cual obtuvo el premio de la Academia Francesa en 1873 y 1874. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/32057435).
  5. Ver nota al pie de PB.18.12.06 o índice onomástico.
  6. Henri Perreyve (París, 1831 – París, 1865) fue un cura y orador francés liberal. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/27501562).
  7. Charles Forbes René de Montalembert (Londres, 1810-París, 1870), político, periodista, historiador y publicista francés. Fue un destacado exponente del catolicismo liberal. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/9867710).
  8. Augustin Denis Marie Cochin (París, 1876–París, 1916) fue un historiador francés, muerto en el frente durante la primera guerra mundial. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/100162195).
  9. Creemos que se refiere al presbítero Alfred-Henri-Marie Baudrillart (1859–1942), quien fue rector del Institut Catholique de Paris desde hasta su muerte.
  10. “La cruz para morir, la cátedra para predicar”.
  11. Félix Buxareo Oribe fue un científico uruguayo especializado en estudios bovinos, autor del libro Ganado lanar (Montevideo: Encuadernación de A Barreiro y Ramos, 1900), entre otros. No hemos podido hallar el texto “La vacuna antituberculosa” pero sí consignamos que en la Biblioteca Nacional se halla un catálogo con las donaciones que este autor realizó a dicha institución.
  12. Según el sitio https://bit.ly/3hkmfwn, en su primer matrimonio, contraído con Catalina Ortiz de Rosas y Almada, Mansilla tuvo seis hijos: María Luisa (1860-1885), Eduarda Esperanza (1867-1892), León Carlos Tomás (1872-?), Consuelo (sin fechas) y Andrés (sin fechas). Según la biografía de Popolizio, el primogénito fue Andrés Pío (1854-1871), fallecido, como su abuelo paterno Lucio Norberto, en Buenos Aires durante la peste de fiebre amarilla. María Luisa y Esperanza murieron de tuberculosis.
  13. Albert Dastre (1844 –1917) fue un fisiólogo parisino, miembros de la Academia de Ciencias. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/39516494).
  14. Se trata del libro del escritor uruguayo Alberto Nin Frías, Nuevos ensayos de crítica: literaria y filosófica. Montevideo: Dornaleche y Reyes, 1907.
  15. Léopold Bernhard Bernstamm (1859-1939), fue un escultor ruso residente en París. Fue uno de los escultores oficiales del Musée Grévin. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/308698957).
  16. Winckelmann, Johann Joachim. Geschichte der Kunst des Altertums. Driesde, 1764.
  17. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  18. Elihu Root (Nueva York, 1845–Nueva York, 1937) fue un político estadounidense del partido republicano que ocupó los cargos de Secretario de Guerra (de 1899 a 1903, siendo presidente William McKinley) y Secretario de Estado (de 1905 a 1909, siendo presidente Theodore Roosevelt). Llegó a negociar 75 tratados en torno a comercio entre su país y América Latina y a navegabilidad de los ríos. Fue Senador republicano por el Estado de Nueva York entre 1909 y 1915. En 1906 hizo una gira por América del Sur y, entre otros destinos, visitó Buenos Aires. Varios artículos publicados entre junio y agosto de ese año (en La Nación, por ejemplo), dan cuenta de su visita. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/32065073).
  19. François Pierre Guillaume Guizot (Nîmes, 1787–Saint-Ouen-le-Pin, 1874) fue un historiador y político francés. Participó en el gobierno durante la monarquía de Luis Felipe de Orleans. Entre sus numerosas obras, se cuentan: Histoire parlementaire de France, recueil de discours (1863, en 5 volúmenes), Mélanges politiques et historiques (1869) y L’histoire de France depuis les temps les plus reculés jusqu’en 1789 (1870-1875). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/29600143).


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