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EL DIARIO

Lunes 2 de Julio de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, junio 7.

 

La muerte de Ibsen[1] en su casa de Cristiania no ha sorprendido a nadie.

Si alguna vez puede repetirse apropiadamente el sublime movimiento oratorio de Bossuet[2],

Madame se meurt!

Madame est morte,

es en esta hora de tristeza universal para el mundo de las bellas letras.

En efecto, hace cinco años que Ibsen se moría…

Ha muerto, pues.

Él, el hombre físico, la materia con forma humana, que en cuanto a lo que llamaremos las irradiaciones de su cerebro vigoroso esas no pueden extinguirse y no se extinguen, cuando el cuerpo mortal pasa de una existencia a otra.

Son como efluvios permanentes alrededor de la tumba, tumba ante la que se inclinan hasta aquellos mismos ingenios que no compartieron sus modos de ser románticos o filosóficos, ni sus ideas políticas, ni vieron claramente en sus simbolismos nebulosos.

Su espíritu pasó por muchas crisis; de ahí lo heteróclito de su mentalidad, cuyo rasgo característico más acentuado, a mi entender, no pensando como él, absolutamente no –ustedes conocen mi optimismo encarnizado, mi fe en la humanidad tomada en conjunto, todo lo contrario de Ibsen– cuyo rasgo más acentuado, decía, es: que Ibsen piensa como él, que dice lo que él piensa, que no es un predicador, ni un conferenciante sino un dramaturgo, un poeta, un hombre de imaginación, y hasta un reformador del teatro sin querer, pues no creo que tuvo plan cuando suprimía de sus composiciones el sentimentalismo y los incidentes “ad nauseam”.

Tiene pocos imitadores, sin embargo. Me parece muy temprano para juzgarlo definitivamente. No deja escuela.

En cuanto al paralelo que entre él y Shakespeare se establece –no hay como morirse para crecer en talla intelectual– dificulto que dentro de doscientos años lo hallen adecuado.

Para mí el uno es la humanidad de todos los momentos; el otro la de un tiempo dado; el uno es el hombre de un país, el otro el de todas partes. El uno pasa desapercibido en su época, el otro suena desde que nace, por decirlo así, a la vida intelectual. Aquel crece, se inmortaliza corriendo el tiempo, ¿y este? No conocemos, a Dios gracias, la clave del porvenir, y así me expreso, porque si de antemano conociéramos nuestro destino, vivir sería una desesperación ante la implacable verdad.


Monsieur Berthelemy[3], profesor de derecho administrativo en la Universidad de París, acaba de publicar un estudio sobre la organización de las asociaciones cultuales –que tanto que hablar han dado, están dando y darán– del cual estudio extracto un pedazo; porque pienso que él da una idea neta de cierto aspecto muy delicado de la cuestión y hasta cierto punto nebuloso para muchos de los que siguen con emoción e inquietud esta nueva crisis del catolicismo en Francia.

Comprendemos, dice, y sin esfuerzo disculpamos el descontento con que los católicos han acogido una reforma votada manifiestamente por “odio” de la Iglesia y del clero.

Empero, es menester que el despecho no los ciegue y que los resultados enojosos de la separación les hagan olvidar las ventajas incontestables e inesperadas que pueden esperar, suceda lo que suceda, del nuevo estado de cosas.

Sería en verdad extraño que algunos detalles mezquinos de la ley, que algunas exigencias sin alcance, que algunas precauciones inevitables, y, por otra parte, menos molestas que algunas de aquellas a las que antes estaban sometidos los seminaristas y los mayordomos pudieran velar este efecto capital y colosal de la reforma, este acontecimiento político sin ejemplo en el mundo y sin precedente en la historia: los curas y los miembros del clero subalterno recibirán su autoridad del Papa; la liberación absoluta de la Iglesia en un gran país católico.

En lo futuro, los obispos franceses solo recibirán sus poderes para desempeñar sus funciones sino de los obispos: dependerá del Papa y de los obispos que en tal o cual lugar de Francia, el culto sea o no sea celebrado; dependerá de los obispos que la influencia moral, social, tanto política como religiosa de los curas se ejerza en tal o cual sentido, puesto que en adelante los curas están a la discreción de los obispos, y dependerá del Papa que los obispos orienten a los católicos de Francia en esta o aquella dirección puesto que los obispos están en adelante a la discreción del soberano pontífice.

Los reyes de Francia no han aceptado nunca que semejante poder moral pudiera alzarse ante su soberanía. Los papas no han pedido nunca tanto poder y el máximum de sus pretensiones consistía en dividir su autoridad con los jefes políticos. Sus esfuerzos han tendido sin cesar en el sentido de que ningún obispo pudiera ser nombrado sin su intervención, pero nunca han reclamado para ellos la libre elección de los obispos sin la intervención o asentimiento de los reyes.

Siguen algunas consideraciones sobre lo que implica “exequátur” y, finalmente, concluye con esta reflexión:

No sabemos, nadie lo sabe todavía, cuál será el procedimiento que el soberano pontífice adopte para la designación de los obispos franceses. Sea cual sea esa decisión ella consagrará el triunfo del “ultramontanismo” en un grado que los más clericales entre los católicos nunca jamás esperaron ni desearon.

No nos toca examinar si la Francia y la República deben felicitarse de este resultado. Hacemos solo constar que no son los católicos los que pueden quejarse.


Unas cuantas plumadas cariñosas e históricamente verídicas sobre un escritor que amé y que me amó, me han valido una carta anónima (habría preferido una filípica a la luz del día), carta temeraria y molesta, lo confieso, que, a sospechar el contenido habría dejad intacta la nenia, arrojando estrujado el continente a la canasta.

El tal anónimo me recuerda una máxima: los criados son los espías de la familia y sus calumniadores, lo que no significa que no los haya fieles.

Ahora comparemos la psicología de acá con la de allá. Estos paralelos pueden contener educación. Porque al fin y al cabo si en otras cosas tanto imitamos a la vieja Europa, ¿por qué no hemos de seguir su ejemplo en algo que se refiere a la longanimidad literaria, vale decir, a tener tolerancia respecto de los modos de pensar que no concuerden con los que pueden afectar nuestros sentimientos o nuestras preocupaciones?

Conozco, verbigracia, a Monsieur Emile Ollivier[4], con quien el gran editor Garnier[5] me hizo el favor de ponerme en contacto dándonos un almuerzo opíparo. Como ustedes saben este académico de grandes antecedentes políticos-imperiales es un escritor de primo cartelo. Todo lo suyo es nuevo, atrayente, inesperado.

Últimamente acaba de publicar en la “Revue des Deux Mondes[6]” un artículo de largo aliento sobre “L’Affaire Baudin” (1868)[7].

Pinta en él con mano maestra a Gambetta[8] físico, con uno de sus ojos saltados casi escapándose de las orbitas, algo horroroso, y después de hacer merecidos elogios a su talento, dice textualmente que:

“Era de una ignorancia casi completa, que apenas conocía los artículos del Código Civil y que de la historia y de la política sabía lo que se lee en los diarios, consistiendo su principal bagaje en lo que de memoria sabía de Royer Collard[9] y Rabelais… que era, en fin, como todo verdadero orador él y no otro.

Hablando con Mr. Ollivier le he preguntado si su juicio sobre Gambetta le había valido algo por el estilo de lo mío y su contestación ha sido: “ni aplauso ni censura, no se estila eso aquí”.

¡Vean ustedes, paisanos míos, lo que es habitar otro hemisferio terráqueo! Y si creen bueno corregirse cúrense de todo furor proveniente de no pensar como el vecino.


Hay libros malos que son una tentación. Pero ¿en qué consiste un mal libro? Podría citar varios. Mas entonces lo que resultaría es que el lector aficionado a la fruta vedada, se echaría en busca de ellos, no siendo la regla resistir como San Antonio. A todo esto, no he dicho cuál es la substancia de un mal libro. Hela aquí: es todo aquel que nos induce en el sentido carnal corrompiendo también el gusto.

Y una joven, por ejemplo, ¿cómo sabrá… si no lee? Es muy sencillo. Preguntándole antes de lanzarse en ello a alguien que sea sincero y que conozca la vida si debe o no leer tal o cual cosa. Confieso que algunas veces no he comprendido cómo es que, en casas de buenas costumbres, ostensibles al menos, sobre la mesa de la pieza de recibo se veía tal cual volumen de Zola. Ustedes estarán rumiando: ¿a qué viene esta moraleja? A causa de que acabo de leer, muy ensalzado, un nuevo libro, –género epiléptico– que no nombraré, limitándome a decirles a ustedes que es una trilogía que comienza con estos versos de Lamartine:

« Et mon ame que veut vivre et souffrir encor

Repirend vers la lumiére un genereux essor[10] ».


Ahora un poco de ruido de armas.

La prensa militar italiana nos hace saber que acaba de ser adoptado un revólver automático para el uso de los oficiales, llamado revólver automático Glisenti.

Al mismo tiempo que la nueva arma, se ha adoptado un nuevo almacén que contiene ocho cartuchos.


En el momento en que el telégrafo hace maravillas, viene muy bien un Ómnibus o sea “código telegráfico de bolsillo económico y secreto.”

Este libro para el uso de todos (exploradores, marinos, militares destacados a grandes distancias, comerciantes, etc.), contiene cerca de seis mil (6.000) frases telegráficas, las más usadas en las diferentes circunstancias de la vida, cada frase pudiendo trasmitirse mediante una sola palabra convencional. Combinaciones además fáciles permiten hacer veinte mil frases.

Está precedido de un índice, lo que es sumamente práctico, índice “ideológico para facilitar la redacción de los despachos”, y seguido de la lista de las palabras del código puestas por orden alfabético conforme a su terminación.

Este arreglo permite hallar, tomándolas por el fin, las palabras cuyo comienzo ha sido mutilado.

Aquí, en París, se vende a la rústica por diez francos en casa de Boyveau et Chevillet.

No tengo parte en estas Islas Malvinas, como diría nuestro Balbastro, así es que mi recomendación aconsejando comprarlo es desinteresada.

¡Si no hago más que pensar en ustedes!

¡Como no me ataque firme la nostalgia y tengan ustedes que volver a hacerme ahí un lugarcito!

Bueno, comprar el “Ómnibus[11]”, que al paso que vamos la correspondencia epistolar acabará por ser puramente telegráfica eliminando la carta, lenta y expuesta a tantas indiscreciones, amén del fastidio de las malas letras.


Por si ustedes no sabían algo que yo acabo de saber les diré que “Duma” significa en ruso “pensamiento colectivo”.


Creo que todavía no se ha hecho entre nosotros la misma averiguación. Seguro estoy, en caso de que así sea, que Alberto Martínez, el incansable y minucioso investigador en ella está pensando. Mientras no llegamos a saberlo positivamente aquí tienen un dato sobre lo mismo muy interesante.

Es Mr. Mallet uno de los miembros de los llamados en Inglaterra “Inland Revenue[12]” (producto o renta de la tierra), el que lo suministra.

El capital del Reino Unido es de libras esterlinas 8.500.000.000, doble del de Francia y cuatro veces más que el de Italia.

Comparando la “incometax” británica con otros países, Mr. Mallet dice que mientras un inglés con una renta de mil libras esterlinas paga 50, un prusiano paga 42 y 10 chelines, en caso de ser la renta obtenida sin trabajar, y 30 en el caso de obtenerla trabajando. Empero si la renta pasa de 320 libras el prusiano es el más recargado de los dos.


Entre ser amado, o admirado, o temido, sírvase meditar el lector lo que más le convendría, y no vaya a imaginarse que las alternativas enunciadas en el pensamiento son ajenas, que en nada me parezco a Bourdaloue, el cual habiendo observado que uno de sus preceptos producía mucha impresión en sus oyentes se apresuró a decir: este pensamiento no es mío sino de San Jerónimo.


Shakespeare afirmaba que somos de la misma urdimbre que nuestros sueños y de su misma substancia. Los padres sueñan a los hijos y un siglo al que sobreviene.

Y a esto observa, como conclusión lógica, un escritor español, que tenemos un terrible deber con el porvenir.

He pensado en ello anoche leyendo un libro en verso, “Les Penitents Noirs”[13] (Los Penitentes Negros), que su autor se ha servido consignarme con amabilísima dedicatoria, que agradezco infinito.

Es argentino por la noble matrona que lo llevó en su seno, y francés por su progenitor, hombre remarcable de saber y de talento, abogado allá y acá y que en ambas lenguas escribe con envidiable facilidad y cultura.

Max Daireaux[14], es por consiguiente, digno y feliz producto de dos sangres a cual más rica, o un ideal realizado en la selección.

Todos hemos hecho alguna vez versos. El desengaño no se ha demorado en notificarnos la sentencia: “el poeta nace”, y entonces nos hemos refugiado en la prosa y sus dificultades escabrosas, puesto que la tentación de escribir era invencible.

Max Daireaux no está en el último caso. Ha nacido poeta, vivirá poeta y se irá a otras regiones soñando siempre como poeta, o cantando:

«Car ce qui fait souffrir, hélas! et ce qui brise

C’est d’apprendre un matin,

Qu’hier eut suffi d’un souffle de la brise

Pour gue tout fut éteint[15]».

Sus estrofas son, como la expresión de su rostro, algo melancólico y tienen, permítaseme la comparación, el ritmo de su andar meditabundo.

Su dicción es natural, sencilla, inteligible, diáfana, es ya, como diría Joubert, maestro en palabras, que no sabe abusar sino usar de ellas.

Si persevera, como lo deseo y lo espero, marcará una nota altísima en el gran concierto de la armonía universal y será en las bellas letras franco-argentinas una florescencia estimulante de ricos colores y perfume exquisito.

¡Adelante! Que el porvenir en medio de sus sombras negras tiene también colores rientes, sonrosados cual la luz de la aurora.


  1. El dramaturgo noruego murió el 23 de mayo de 1906.
  2. Jacques-Bénigne Lignel Bossuet (Dijon, 1627–París, 1704) fue un destacado clérigo, predicador e intelectual francés. A partir de 1670 pronuncia sus doce Oraisons funèbres, en las que hace sentir con potencia y musicalidad la futilidad de las grandezas humanas. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/2467099).
  3. Louis Jean Baptiste Henry Berthélemy (Loir-et-Cher, 1857 – Paris, 1943) fue un jurisconsulto francés, profesor universitario y miembro de la Academia de Ciencias Políticas y Morales. (Extractado de la BN de Francia, https://bit.ly/3bKAUQc, y de VIAF: http://viaf.org/viaf/59126583).
  4. Ver nota al pie de PB.01.02.06 o índice onomástico.
  5. Los hermanos Garnier fueron un prestigioso sello editor francés, especializado en la publicación de obras hispanas en París. Publicaron los últimos cuatro libros de Mansilla: Rozas. Ensayo histórico-psicológico (1898), Mis memorias (1904), En vísperas (1903) y Un país sin ciudadanos (1907). Para más información sobre ellos, véase el texto Pura Fernández “La editorial Garnier de París y la difusión del patrimonio bibliográfico en castellano en el siglo XIX”. (En línea: http://digital.csic.es/handle/10261/12490?locale=en). (También en VIAF: http://viaf.org/viaf/125063151).
  6. Ver nota al pie de PB.22.05.06 o índice onomástico.
  7. Puede consultarse en https://bit.ly/2GLxG3r.
  8. Léon Michel Gambetta (Cahors, 1838 – Ville-d’Avray, 1882) fue un político republicano francés muy influyente durante la Tercera República Francesa. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/61559644).
  9. Pierre-Paul Royer-Collard fue un político y filósofo francés, miembro del Consejo de la Ciudad desde 1790 hasta 1792. Cooperó con la Revolución francesa. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/9956643).
  10. “Y mi alma que todavía quiere vivir y sufrir / repite hacia la luz un estallido generoso”.
  11. No hemos hallado aún información sobre este libro.
  12. “Agencia tributaria”.
  13. Ver nota de PB.10.01.06 o índice onomástico.
  14. Ídem.
  15. “Porque lo que hace sufrir, ¡ay! y lo que duele es aprender una mañana, que ayer solo había tenido un soplo de brisa porque todo estaba apagado”.


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