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EL DIARIO

Miércoles 12 de Diciembre de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, noviembre 14.

 

No promete alivio ni mudanza, hoy por hoy, la situación interna de este país, sobre todo en lo que se refiere a lo que se llama la crisis religiosa.

El señor Viviani[1], titular del nuevo “Ministerio del trabajo”, pronunció días pasados un largo discurso, con algunos movimientos de elocuencia, no hay para qué negarlo. Se mandó fijarlo en carteles públicos, para que se supiera que su partido si no había “arrancado el rayo a los cielos y el cetro a los tiranos, como se dijo de Franklin, había (textual) “arrancado (con la ley de separación de las iglesias y el estado) las conciencias humanas a la creencia”. “Al mismo tiempo”, agregó con un gesto magnífico, “hemos apagado en el cielo luces que no volverán a ser encendidas nunca más”.

Como se ve, nunca tampoco declaración de guerra semejante había sido lanzada, en forma tan brutal, no ya al clericalismo sino a la religión y al espiritualismo.

Completando su pensamiento el señor Viviani plantea la cuestión siguiente (!): “¿Qué le contestareis al hombre a quien le hemos dicho que el cielo estaba vacío de justicia, cuando busca la justicia en la tierra?”

Y he aquí su respuesta:

“Nosotros crearemos en la tierra una acumulación tal de riquezas humanas para que se extienda sin límites el doble patrimonio de la patria y de la humanidad”.

Frases huecas, como ustedes ven, y peligrosas y tan claras como cínicas.

Este llamamiento a los apetitos más bajos y esa negación de todo ideal, es lo que la mayoría creyó de su deber mandar “afficher”.

El señor Briand[2], autor de la ley de separación, actualmente ministro de instrucción pública, creyó prudente a los dos días pasar una esponja oratoria sobre tamañas declaraciones. Lo hizo con habilidad y elocuencia. Pero el resultado ha sido solo esto: dos discursos fijados en carteles en vez de uno y la Francia cristiana resuelta a defender su Dios único, impertérrita sobre el pedestal de su fe.

¿Qué vendrá? “Qui vivra verra[3]”. Intertanto vean ustedes un modelo de cómo se están liquidando los bienes de las congregaciones:

Convento de las Hermanas del Verbo Encarnado, en Limoges:

Los bienes vendidos han producido 5320 francos; los gastos de liquidación se han elevado a 2707 francos; el liquidador se ha hecho acordar como retribución por su trabajo (soins et peines) 2600 francos; las hermanas tienen para repartirse 13 francos; total igual, 13.

Es una liquidación a la manera del Gran Capitán, y lo que hay que liquidar ha sido valuado en “un millar y 71 millones”.

Leon Daudet[4] exclama así en “La Libre Parole[5]”: Tales son los terribles hombres sencillos que se aprestan a “fructidorizarnos”.


Si el autor de “Alma nativa”[6] es sincero cuando en la portada de su libro me pone estas letras: “Al general Mansilla con mi mayor aprecio intelectual”, tiene que permitirme que a mi vez le diga, no al final, según la regla, sino al entrar en materia: “que su volumen no es más instructivo que divertido lo cual sería ambiguo, y quizás poco verdadero, conteniendo algo de ambas cosas en dosis moderadas”.

El prefacio es sustancial. Las anécdotas se hacen leer. Ya me ocuparé de alguna de ellas. Me parece que no es poco, como aliento, si el señor Martiniano Leguizamón[7] necesita que se lo infundan, y no es el caso.

Confieso que nunca he abarcado bien el significado trascendental de lo que en estos términos consigna el autor de “Alma nativa”.

“Con la sensación profunda de nuestra tierra –me decía Miguel Cané– y el instrumento creado ya, tenemos que adquirir nuestra autonomía y nuestra independencia literaria, como hemos adquirido, con esfuerzo viril, nuestra independencia política y como vamos adquiriendo, no sin trabajo y sin mérito, la industrial” (Juicio crítico sobre “Recuerdos de la tierra[8]).

La autonomía de la lengua es cosa tan distinta de la autonomía que nos dio independencia, como la autonomía industrial lo es de ésta.

El triple parangón me hace el efecto de una frase fofa, más floreada y metafórica que inteligible y conceptuosa.

Libres e independientes políticamente son muchos pueblos. Industrialmente todos son solidarios. No hay tal autonomía. Y no quiero encarar la cuestión bajo otro aspecto, tiene muchos, en cuanto todo proteccionismo engendra socialismo. La autonomía de la lengua es una quimera. La lengua la heredamos, de ella no podemos emanciparnos, está por decirlo así en la sangre, y no hay qué hacer. Morirá cuando ya no seamos de este mundo.

Martín Leguizamón entiende lo que yo he alcanzado.

No solo lo entiende sino que lamenta que no nos orientemos en la dirección de una literatura especial teniendo (es lo que él cree) más elementos que “el escritor europeo actual”.

Estamos en las antípodas. Y lo que lamento sin seguir a los puristas irreductibles es que se bastardee la hermosa herencia. Así lo que ponderativamente hablando se va no es el alma argentina (como Martín Leguizamón lo cree), sino la lengua; lo que solo es un modo de decir metafórico, puesto que real y efectivamente no se va sino que se disfraza; de donde resulta que a veces no la reconocemos; y es lástima.

La lengua es el arma más segura para establecer una dominación durable y los grandes escritores son los verdaderos conquistadores, ha escrito alguien.

Es menester cuidar con atención y empeño que no se corrompa. La escoria vulgar tiende siempre a subir de los bajos fondos a la superficie. Enriquecerla, pues, a medida que los progresos científicos introducen nuevos vocablos, he ahí lo que corresponde, teniendo el mayor cuidado posible en observar los principios morfológicos, las leyes generales de la sintaxis, las reglas de las elegantes construcciones que constituyen la integridad de la fraseología española; fraseología incomparable a punto que español es casi sinónimo de orador.

Lo repetiré en otra forma. Esta como discusión no es nueva, ni puramente argentina, o sudamericana. Es de todos los pueblos cuya literatura no se ha cristalizado. Admito la introducción de voces nuevas en nuestra lengua vernacular siempre que ésta carezca de ellas en absoluto; la admito también cuando el neologismo (bombón por confite verbigracia) no implica exactamente la misma idéntica cosa; la admito todavía cuando el término invasor tiene más o menos relieve, o un colorido más o menos acentuado que el nativo –no acierto a expresarme de otro modo–, por ejemplo, cuando en vez de decir “coquetea” decimos tiene un “flirt”, “entrainement” por resistencia, o “maquette” por modelo. Voy más lejos. Lo admito cuando por decirlo así está protocolizado en las cancillerías, en las cortes, en los salones, entre la gente elegante, que frecuenta los círculos (clubs) donde se habla de juegos a la moda (y algo más), atléticos, de destreza, de protección a la industria, como las carreras.

Es el procedimiento que han seguido los norteamericanos, los cuales, y con razón, se precian de escribir el inglés con tanta corrección como los mejores artistas de la madre patria. Tanto han renunciado en esto a la autonomía que Webster[9], en su magistral introducción al Diccionario que le ha hecho celebérrimo, habla de esta necesidad: “It is not only important, but in a degree necessary that the people of this country should have an American Dictionary of the English Language[10]”.

Como si dijéramos, conviene que los americanos descendientes de españoles tengan un diccionario sudamericano de la lengua española, o castellana. De modo que aquí casi viene bien este sinécdoque: el inglés es el continente y el americano el contenido. Prácticos en todo, los americanos del norte, así que avanzaron al sur (la doctrina Monroe estaba encarpetada), y se encontraron con lo que había sido español, con el “rancho”, por ejemplo: rancho dijeron y lo pusieron en su diccionario; lo mismo que pusieron “lazo” con dos eses, porque no sonaría como en nuestra lengua. Cito estos dos ejemplos que bastan y sobran, “ab uno disce omnes”.

Nuestra lengua, la lengua en que elevamos el alma hacia las alturas inaccesibles de lo infinito, la lengua del corazón, en que cantamos el himno nacional y en que contamos para estar seguros de que no hay error, por sus orígenes, por todos sus antecedentes históricos (que ya España fue la primera en el mundo), por la variedad y riqueza de sus producciones en prosa y en verso, tiene que ser, y en efecto lo es, tan bella y tan sonora, como elástica y expresiva.

Rivarol[11], que era juez en la materia, conociendo como conocía varios idiomas (cito exprofeso un francés), después de haber explicado la diversidad de las lenguas por la naturaleza misma de las cosas y fundado la unión del carácter de un pueblo y del genio de su lengua sobre la base de la palabra y del pensamiento, no vacila en calificarla de “majestuosa”. Carlos Quinto, que hablaba varias lenguas, reservaba el español para los días de solemnidad y para sus oraciones.

Grande es, pues, nuestro tesoro lingüístico hereditario. Tenemos, por consiguiente, que conservarlo, y algo más, que aumentar tan precioso caudal. Se mezclará algo, cómo evitarlo. Las lenguas son como los pueblos. Para ello sería menester ponerles una muralla tártara, y ni aun así, la ubicuidad moral no se proscribe. Las lenguas se agitan y se compenetran. No hay para comprenderlo perfectamente sino comparar a Cervantes con un moderno o a Feijó con Ramón y Cajal, en cuya gran obra sobre “histología normal” no se descubre ni con linterna un galicismo. Es tan fértil su terminología que la versión en cualquier otra lengua erudita, el alemán verbigracia, que tiene la palma, por hoy, ha de poner en serios aprietos al traductor.

No y no. Que el gaucho servil, que el compadrito, que el matrero, que el pilluelo, se queden con sus modos de decir, por pintorescos que sean (la clave del alma nativa, si la hay, no está en ellas).

Hay en todas partes una jerigonza de los malandrines, de los rufianes y de las cárceles. Pero la cultura lucha contra toda invasión de la “lengua verde”.

Entre nosotros he notado, de algunos años a esta parte, desde que apareció en el teatro Juan Moreira[12], una cierta tendencia, es una aberración como cualquier otra, en ese sentido.

La prensa diaria (hablamos por experiencia propia), escrita al galope, en medio del tumulto de las discusiones, por no decir disputas, contribuye en parte a estos desperfectos del idioma.

En España mismo no todas son flores de retórica. Vean ustedes qué español este, parece escrito por un gabacho. Lo he leído el otro día revisando diarios de Madrid. Dice así: Corrida, aceptable. El matador Temerario hizo su trabajo con el toro más grande, resultando la faena “¡emocionante!” y siendo el artista “¡¡ovacionadísimo!!”

No se deduzca, no, de lo apuntado hasta aquí que Leguizamón y yo estamos tanto en las antípodas. No. Bien digerido lo que se contiene en su prefacio podría, parafraseándolo, sintetizarse como diría Gregorio Mayans y Sicar[13]: “Si yo hubiera de explicar lo que siento de la lengua española, solo diría una cosa: que no es la lengua española la que nos hace falta para hablar con perfección, sino que somos nosotros los que por falta de habilidad faltamos a ella”.

Y entonces, ¿qué es lo que nos separa alejándonos? Sencillamente una tendencia, lo que al parecer es poco, y en realidad es mucho. Él se inclina a introducir en nuestra incipiente literatura los modos y hablas de la gente que no escribe creyendo que así se puede exteriorizar el “alma nativa”, y yo no voy en esa dirección, por lo dicho, por mucho que callo recatado por el propósito de ser lacónico, y, por último y finalmente, porque para mí el “yo” humano es uno e idéntico, aunque sus modos sean múltiples; es idéntico y siempre el mismo aunque sus modos sean variables. Todos somos iguales, sea cual sea el color, todos obedecemos a nuestra propia polaridad antropológica, no hay dos modos de sentir hambre y sed; lo que nos diferencia a unos de otros no es metafísico ni es fisiológico; todo se reduce a una cuestión de intensidad en la manera de vivir: modificada, cambiada, alterada por la educación que implica civilización en su más alto significado, el hombre de ayer no es el hombre de hoy. Por eso Carlyle ha escrito: “today is not yesterday”. Y el alma inglesa continúa siendo la de un hombre que solo ha cambiado de costumbres lentamente y de métodos en la acción, alimentado físicamente, moralmente, intelectualmente de otro modo. Los primeros hombres comían tierra y la hallaban excelente, dice la leyenda indiana.

Sin querer me estoy extralimitando. Debo concluir. Ya dije bien, muy bien de otro modo al abordar este libro de médula “criolla”. Y ya también en una de mis pretéritas letras anticipé mi juicio sobre el grito doliente de Leguizamón: el alma argentina se va; el alma vieja agoniza (grito que viene en apoyo de esto, origen de tantos errores de apreciación: hay que distinguir entre el fenómeno objetivo concreto y la forma bajo la cual nuestro espíritu lo percibe, forma que constituye otro fenómeno, que puede llamarse subjetivo).

No, el argentino ni se va, ni el alma vieja agoniza. En la transformación étnica que prepara la evolución, buscando con cuidado no es difícil descubrir al gaucho con botines de charol en vez de bota de potro comiendo con tenedor en vez de hacerlo con los dedos.

A ese grito doliente agrega Leguizamón otro que él mismo califica de “más doloroso”, este: “ni siquiera se respeta el pasado” (en lo cual también me parece que hay una visión falaz de la realidad, como canta, y alto, la lista de pensiones y jubilaciones, de pensiones sobre todo, que son ley de la nación, y los huesos de argentinos ilustres que trasportamos a la tierra y las estatuas erigidas y proyectadas y las calles y plazas denominadas “in memoriam”).

Y para probar que el gaucho de antaño si “sanguinario y brutal cuando la pasión lo enardecía” era “honrado e hidalgo” cuenta una anécdota que según él “lo retrata de cuerpo y alma”.

No discutiré –¿cómo diremos? – digamos la tesis histórica, sociológica. Pero el autor aborda la anécdota con un entuerto literario que debo enderezar.

No me mueve, no, un sentimiento, que por otra parte sería natural, legítimo, tratándose de mi padre. Muéveme la gramática razonada, la concordancia del concepto.

En la página 177 bajo el título “De mi tierra”, que es una de las más sentimentales y animadas de “Alma nativa”, se lee:

A la muerte del caudillo Francisco Ramírez, el supremo entrerriano del año XX, se apoderó violentamente de la situación uno de sus oficiales, el comandante Lucio Mansilla[14], jefe bravo, ilustrado y lleno de bríos, pero un tanto “fanfarrón”, que tenía además el pecado de ser porteño, es decir, enemigo, según los sentimientos localistas de aquella época de rudo federalismo”.

“Su gobierno”, continúa, “no podía, pues ser popular, como no lo fue. Algunos jefes se alzaron en armas para derrocar al intruso; fueron delatados y la conspiración terminó ahogada en sangre, con un espectáculo bárbaro, una horca levantada en la plaza del Paraná, donde se colgó para escarmiento uno de los cabecillas”.

Estos dos párrafos requieren ser tratados por partes.

Al primero tengo que objetarle: Si mi padre (yo nada afirmo) era “bravo, ilustrado y lleno de bríos”, ¿cómo podía ser “algo fanfarrón”? (El “algo” si algo atenúa la triple afirmación, no la desvirtúa, no la destruye). Lo repito: si esas tres cualidades tenía, ¿cómo podía parecerse al tipo creado por Terencio en los “Eunucos”?; porque “fanfarrón” que es sinónimo de “poltrón” (Trasón, el soldado de Terencio), en nuestra lengua y en otras que también lo tienen significa: el que se precia y hace alarde de lo que no es.

Concluyo con el segundo párrafo que he reproducido haciendo acto de imparcialidad. Así como antes dije “yo nada afirmo”, ahora digo: yo nada niego. ¿Qué no era posible en aquellos tiempos de lanza y cuchillo (¡la constitución los ha fulminado!)? Pero tengo que completar el cuadro luctuoso de Leguizamón agregando (véase para mayores detalles la Historia Argentina de Saldías): que si mi padre no fue popular por las causas señaladas, mucho debió contribuir a ello también el hecho de que la primer constitución argentina que se dictó en esa tierra fue la que mi padre le dio a Entre Ríos, ayudado, aconsejado por hombres idóneos, de vasta ilustración y otras bellas condiciones, como el doctor Agrelo, el general Vedia y el señor don Domingo de Oro (el amigo íntimo de Sarmiento, de Mitre, de Tejedor, de Agote, una especie de Catón) que era su secretario, su confidente, el alma de su alma. Él redactó, estoy casi seguro de ello, el célebre documento único en su género, en el que Mansilla declara que agradece, no aceptando, como no aceptó, la reelección que se le brindaba por considerarla un mal ejemplo democrático.


La discusión sobre los baños fríos y el aire fresco continúa con creciente interés en la columna: “Cartas” del “New York Herald[15]”.

Los bañistas en agua fría afirman que están más fuertes, que gozan de mejor salud y tienen vida más larga que los otros, mientras que algunos de los corresponsales dicen que conocen personas de gran edad que no se han bañado sino una vez en 15 años.

Un resultado interesante de la discusión es la revelación del poder extraordinario del bello sexo para aguantar el frío.

Un corresponsal dice esta mañana que el primero que pasa envuelto en ropa interior abrigada, sin contar un traje grueso y el sobretodo, mira con envidia a las mujeres que se ven todos los días en Broadway y Fifth Avenue, caminando ligeramente con blusas trasparentes, medias finas caladas y zapatos bajos.

¿Qué hombre, pregunta el corresponsal, podría hacer esto sin tomar una neumonía?

Cuestión de costumbre.

Cuando estuve entre los indios Ranqueles, era invierno, un indio muy viejo acurrucado, sin más vestidos que los del padre Adán en el paraíso, tiritaba y echando vapor de la boca en las manos formando cazoleta, trataba de calentarse.

–¿Tenés mucho frío? –le pregunté.

–Y vos, teniendo frío en la cara –fue su lacónica respuesta.


  1. René Viviani (Argel, 1862–París, 1925) fue un abogado y político argelino (nacido, de padre italiano, en la entonces colonia francesa) de orientación socialista y sindicalista, elegido Primer ministro de Francia durante los meses previos al estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. De corte pacifista, Viviani fue muy cercano a Alexandre Millerand, Jean Jaurès y Aristide Briand, con quienes fundó el diario L’Humanité en 1904. Cuando Briand accede a la jefatura del gobierno en 1906, Viviani es nombrado para el recién creado cargo de Ministro de Trabajo, el cual mantiene hasta 1910 y desde donde impulsa leyes a favor de los obreros. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/34491827).
  2. Aristide Briand (Nantes, 1862–París, 1932) fue un político socialista francés, primer ministro durante la Tercera República Francesa, considerado uno de los precursores de la unidad europea. En 1926 obtuvo el Premio Nobel de la Paz, junto al ministro de relaciones exteriores alemán Gustav Stresemann, por figurar ambos entre los impulsores de los Tratados de Locarno. Fue un propulsor del pan-europeísmo, en pos de la unión europea, planteado en su discurso de 1930, titulado Memorando sobre la organización de un sistema de Unión Federal Europea. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/49268606).
  3. “El tiempo lo dirá”.
  4. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  5. La Libre Parole fue un periódico político francés de orientación socialista y popular, iniciado en 1892 por Édouard Drumont y vigente hasta 1924. Sus archivos se encuentran disponibles en la Biblioteca Nacional de Francia, en Gallica: https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/cb32687206n/date).
  6. Leguizamón, Martiniano. Alma nativa. Buenos Aires: Arnoldo Moen y Hno, 1906.
  7. Ver nota al pie PB.27.11.06 o índice onomástico.
  8. Leguizamón, Martiniano. Recuerdos de la tierra. Prólogo de Joaquín V. González. Buenos Aires: Félix Lajouane Editor, 1896.
  9. En 1828, el filólogo estadounidense Noah Webster publica el primer diccionario de inglés americano: American Dictionary of the English Language, en dos volúmenes y en una edición muy económica y de gran tirada para la época. Noah Webster (17581843) fue un lexicógrafo, editor, escritor estadounidense, reconocido como el padre de la escolaridad y educación en ese país. Sus libros de primeras letras de tapa azul ayudaron a aprender a leer a cinco generaciones en Estados Unidos. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/34505175).
  10. “No sólo es importante sino, en cierto grado, necesario que la gente de este país tenga un Diccionario Americano de la Lengua Inglesa”.
  11. Antoine de Rivarol (1753-1801), también conocido como Rivarol o conde de Rivarol, fue un prolífico y controversial escritor y periodista francés, autor de una treintena de obras, entre ellas el Discours sur l’universalité de la langue française, de 1785. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/7396321).
  12. Juan Moreira es una novela escrita por Eduardo Gutiérrez y publicada en la sección folletín del diario La Patria Argentina entre 1878 y 1880. A partir de 1886, gracias a una adaptación de José Podestá, la obra empezó a representarse como pieza teatral, con gran éxito. En 1948, Luis José Moglia Barth hizo una adaptación fílmica; y en 1973 Leonardo Favio produjo la segunda película.
  13. Gregorio Mayans y Siscar (Valencia, 1699-Valencia, 1781) fue un erudito, jurista, historiador, lingüista español, autor, entre otras obras, de Vida de Miguel de Cervantes Saavedra (Londres: J. y R. Tonson, 1737) y del manual de Rhetórica (Valencia, Herederos de Gerónimo Conejos, 1752, 2 vols.). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/34477965).
  14. Ver nota al pie 29 de la PB.23.05.06 o índice onomástico.
  15. El New York Herald fue un periódico de orientación demócrata y de gran circulación en la ciudad de Nueva York entre 1835 y 1924. El primer ejemplar apareció el 6 de mayo de 1835, publicado por James Gordon Bennett. (Extractado de VIAF: https://viaf.org/viaf/186438588/).


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