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EL DIARIO

Martes 13 de Marzo de 1906[1]

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, febrero 12 de 1906

 

En un sentido el viejo dicho «il n’y a qu’un Paris au monde» es verdad.

En otro sentido no es exacto.

Por qué «solo hay un París en el mundo» lo dejaremos para otra ocasión, con el permiso de ustedes.

Hoy día nos ocuparemos en ver cómo es que la verdad puede ser inexacta.

O hablando de otro modo, hoy día nos detendremos a examinar, para demostrarlo, cómo es que no hay un París en el mundo sino varios París.

Para empezar, hay el París de los extranjeros, de los «tourist», París que a su vez se descompone en varios otros París.

No es como entre nosotros, en nuestro Buenos Aires, con sus calles trazadas a cordel, con sus cuadriláteros, o manzanas, tan monótonos, a causa de su igualdad, tan uniformes a pesar de sus diferencias en la edificación más o menos lujosa.

No es como entre nosotros con sus tranvías en todas direcciones, cómodos, limpios, elegantes, accesibles, a tal extremo que, así como a Calcuta le llaman la ciudad de los palacios a Buenos Aires debieran llamarla la ciudad de los tranvías.

Aquí no faltan los medios de locomoción. Pero son más variados que ahí. Aquí hay los ómnibus a vapor, los eléctricos, los con caballos (estos se van), los ferrocarriles de cintura y el subterráneo metropolitano.

Más variados también que ahí son los fiacres[2] y aunque no son tan limpios, ni tan elegantes como nuestras victorias de alquiler con los que solo pueden competir los de Viena donde es escasa la “voiture de maître”[3].

En cuanto a los caballos, nuestros criollos más o menos mestizos les sacan la oreja a estos matungos, que a veces dan ganas de llorar.

Hasta los coches particulares son aquí más variados que ahí, lo que no implica que ahí no los tengamos irreprochablemente bien enjaezados con troncos magníficos.

Hay entre nosotros una tendencia a imitarse los unos a los otros, estos a aquellos, a uniformar la moda. Aquí es otro el estilo. La tendencia es a singularizarse dentro de cierto modelo arquetipo. No hay dos casas iguales, no hay dos avenidas iguales, no hay dos veredas del mismo ancho, no hay dos plazas iguales, no hay dos boulevares iguales. Se parecen; pero se distinguen. No hay, puede decirse, dos mujeres iguales, ni dos hombres vestidos de idéntica manera. Si una señora lleva perro lanudo otra lo lleva pelado. Las hay que en vez de perro llevan un cordero. Lo que no deja de llevar un parisiense es “manchón”, sombrilla o paraguas.

El paraguas, sobre todo, es un utensilio que casi integra a la parisiense. ¡Sirve para tantas cosas! Sirve para no mojarse, desde luego, sirve para ocultar el rostro, sirve hasta para entrar en materia con el que va detrás dejándolo caer al descuido para que se apresure a recogerlo, de cuyo ardid puede resultar un diálogo.

Mucho habría que escribir sobre el paraguas en Europa, particularmente aquí en París donde el tiempo es tan traicionero.

Federico Soulié[4], que ya estaba rico, vio un día yendo en su coche al pobre Alejandro Dumas[5] que caminaba de prisa sin paraguas, llovía a cántaros.

Se detiene, lo hace subir a su amigo y lo deja donde iba.

Al bajar Alejandro le dice a Federico:

–Gracias, ahora préstame el paraguas…

–¡Mi paraguas! “jamais de la vie[6]“, prefiero dejarte el coche.

La explicación de esta preferencia es muy sencilla: el coche es un delator, si llega a esperar a la puerta de donde se va; a veces no puede entrar en una de estas callejuelas estrechas del viejo París.

El manchón es como un antifaz, sirviendo también para calentar la nariz, tan fea cuando se pone colorada.

Esta variedad en todo es uno de los muchos encantos que tiene París; de ahí que el que ha pensado en suicidarse lo apunte en el libro del olvido una vez que está en la calle.

El parisiense si no piensa en ello arregla su vida instintivamente como si su divisa fuera el verso.

“L’ennui naquit un jour de l’uniformité[7]“.

En los paseos, en las calles, en los teatros todo es diversidad, en los templos, en las tiendas, en los mercados todo es diversidad. Las clases se mezclan, no se confunden.

El sombrero, el guante, el calzado las distingue. Particularmente el calzado. La mujer que mejor se calza en el mundo es la parisiense. Y es la que con donaire camina más y más ligero. No camina, vuela. Camina mucho porque las distancias son largas, porque no es ociosa, y por higiene tiene horror a la gordura. Y caminando siempre a prisa ve, no mira al hombre, que pasa o que la sigue; así como nunca se da vuelta. La que lo hace, ya se sabe, no es una dama, aunque lleve perrito de valor, pretexto, a veces para mirar atrás.

A la verdadera y legítima dama no hay cómo confundirla si se sabe observar un poco. Va sencillamente vestida. Al contrario de las extranjeras americanas del Norte y sudamericanas. Pecan un poco por este lado nuestras argentinas. Su hermosura, su gracia natural, la echan perder, un poco, yendo como dicen los ingleses “over-dressed”, es decir, demasiado vestidas. Es claro que estoy hablando de las señoras que ve uno por la calle, señoras que, cuando son conocidas o amigas, aquí en París se atreven a hacer lo que les está vedado en Buenos Aires. Pues no faltaba más, detenerse a conversar, o caminar, por la calle Florida con alguien que no sea marido, hermano o cosa muy allegada.

Eso es natural aquí. Nadie lo nota. Nadie lo censura. Verdad que ahí, con nuestras veredas tan angostas no es muy poco holgado el desfilar. Cuando la municipalidad gaste doscientos millones de pesos (oro) en embellecer a Buenos Aires poniendo árboles y árboles, y haciendo veredas más anchas y avenidas más amplias también que la de Mayo, rotundamente lo digo: la ciudad de los tranvías será como para no desear tanto venir a este París, tan anhelado, que si bien reconozco que tiene no un imán sino muchos imanes, según más adelante espero endilgarlo a ras, a la hora de ahora, en el mes de Enero del año del Señor 1906, no es más limpio que Buenos Aires, ni está mejor alumbrado, ni tiene mejor policía de seguridad.

Para entonces, para cuando esos milloncejos se hayan empleado como es debido, me hago la ilusión de esperar que habrá llegado el momento de que las señoras que anden por la calle solas sean tan consideradas como acá. Así las pobres –que me perdonen el modo de hablar– no estarán esperando la hora del crepúsculo para apurando el paso llegar a su casa, sanas y salvas de algún encontrón intencionado o de alguna patochada de mal gusto.

He dicho más arriba que “las clases se mezclan, no se confunden…”. Esto requiere una aclaración, puesto que la clase pobre, la que usa “silencieuses” (zapatos de paño sin taco) o “sabots” (zuecos) o un calzado muy ordinario no calza guante, ni lleva más sombrero, aunque esté diluviando, que su cabello abundante, levantado con moña natural, excepto cuando van endomingadas.

La francesa[8], en general, tiene mucho menos cabello y buenos dientes y un gran arte en simular la señora, en cuanto la fregona toma la calle para disfrutar a su guisa de las horas de libertad que le dejan sus patrones.

¿Qué diré de ese otro matiz con su relente peculiar que no es burgués ni deja de serlo, que es nodriza, institutriz, señorita de compañía, lectora de “vieille dame”[9] o de viejo achacoso, estudianta, repórter, portera, ¡la mar!, cuya vida no es irregular ni deja de serlo? ¿Qué diré, repito, cuando a cada momento suelen ser tomadas por lo que no son, a tal extremo llega su “virtuosidad” para con cuatro reales pagarse una “toilette” como aquí dicen, “chic” por la sencillez? ¡Eh! Me contentaré con lo dicho.

Un párrafo más y concluiré por hoy.

Filosofando, no, no tanto, reflexionando sobre la democracia francesa, la única que real y efectivamente existe en Europa, me he preguntado: ¿de dónde proviene?, ¿cuál es su origen? Precisamente no está en sus instituciones. La república conserva todavía los títulos de nobleza. Proviene de la índole cortés de los franceses. Es su cualidad congénita. La lengua francesa en su evolución social ha transformado el sustantivo “Madame”, que implicaba dignidad en cierto orden, lo mismo que ha transformado “Monsieur” en idéntico sentido. Pues señor y señora antiguamente, lo mismo que en español, se referían a la posesión de un estado cualquiera. Un cualquiera no podía, como ahora, ser llamado señor. De esa evolución igualitaria resulta que en Francia el carnicero o su mujer –y así por el estilo– son “Monsieur” o “Madame”. Resulta más, que en Francia es el único país de Europa donde “Monsieur”, “Madame”, “Mademoiselle” (señorita, aunque sea eterna), se aplican a todo el mundo. Es una igualdad perfecta en este orden de ideas. Y cuidado con omitirlo. Es falta de educación.

Por ende que toda francesa cree tener la talla de una duquesa y todo francés la de un emperador. El que entre al despacho del verdulero y de rondón le pregunte (omitiendo el “Monsieur”) si tiene berenjenas se expone a un no seco. “Politesse oblige[10]“. Y así lo que en otros pueblos parece ridículo aquí es cortesía.

En páginas subsiguientes hemos de ver que no sin razón París ha sido llamado la “Ville Lumière[11]“, pues, efectivamente si hay para el ocioso, para el vanidoso, para el rico, y para el mismo vicio insaciable, en una palabra, para todas las clases y condiciones, en ninguna otra ciudad del mundo se halla tanto pasto para el estudio, el arte, la ciencia y la caridad anónima.


Según mi libro yankee el dinero no debe ser la cuestión para casarse, pero tiene que ser una cuestión después.


El vencedor no debe discutir con los que se empeñan en probar que debió ser derrotado, y el vencido es mejor que se calle.


  1. Esta página breve es reproducida completa por Sandra Contreras en su antología El excursionista del planeta. Escritos de viaje (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2012, pp.440-446). De las restantes seis incluidas en su libro solo reproduce fragmentos.
  2. “Vehículos” en francés.
  3. La traducción literal es “coche de propietario”. Refiere a los carruajes tirados por caballos y manejados por un chofer.
  4. Frédéric Soulié (Foix, Francia, 1800 – Paris, Francia, 1847) fue un novelista y dramaturgo, de corte sensacionalista. Entre sus obras, se destaca la célebre Mémoires du diable (1837-8). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/17229691).
  5. Dumas Davy de la Pailleterie (Villers-Cotterêts, 1802-Puys, 1870), más conocido como Alexandre Dumas, fue un novelista y dramaturgo francés que compuso más de cien novelas. Su hijo Alejandro Dumas fue también un escritor conocido. Las obras de Dumas padre han sido traducidas a casi cien idiomas y es uno de los franceses más leídos. Varias de sus novelas históricas de aventuras se publicaron en formato de series, como El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne. Sus novelas han sido adaptadas al cine desde principios del siglo xx. (Extractado y traducido de https://rb.gy/6ia2bu). Para más información de Dumas, ver VIAF: 1802-1870.
  6. “Jamás en la vida”.
  7. “El aburrimiento nació un día de uniformidad”. Como bien señala Sandra Contreras en su nota al pie de esta página breve, la cita proviene de “Antoine Houdar de la Motte. Les amis trop d´accord. Fables [1719]. París: Prault L´Ainé, 1754” (Contreras: 443).
  8. Hemos corregido una errata (“princesa” por “francesa”), tal cual lo solicita Mansilla en su “Página breve” del 13 de agosto de 1906, en donde leemos: “El autor suele pensar que van a juzgar de su poca o mucha sapiencia, –por lo que algún lince literario saque en limpio, y esto me lleva a subsanar algo que leo en mis páginas del 12 de febrero, “El Diario” del 13 de marzo, páginas que estereotipadas tengo ya a la vista. Yo escribí: “La francesa” en general tiene mucho cabello y buenos dientes y un gran arte en simular la señora, en cuanto la fregona toma la calle para disfrutar a su guisa de las horas de libertad que le dejan sus patrones”.
    Pues me han hecho decir “princesas” en vez de francesas”.
  9. “Dama antigua” en francés.
  10. “La lentitud obliga”.
  11. “Ciudad de la luz”.


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