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EL DIARIO

Lunes 31 de Diciembre de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, diciembre 7.

 

Todo fenómeno obedece a una ley, dentro de lo que se llama causa por sí, causa solitaria, causa eficiente, y la causa es física o es moral y hasta puede ser una combinación.

Ahora bien, yo me digo: un partido socialista donde faltan brazos, donde los salarios son altos, donde la vida material (la carne y el pan) es barata, tiene algo de inexplicable.

Varias veces me he preguntado por qué hay ya en la República Argentina, mi tierra, un partido socialista, y después de meditar con la gravedad que semejante asunto exige, me he dicho: no entiendo jota.

Es posible que ustedes entiendan más que yo.

En tal caso los felicito: “Felix qui potuit serum cognoscere causas[1]”.

Pero que debe haber una causa es indiscutible; en todo caso yo no la discierno bien, escapa a mi comprensión de observador.

Quizá la razón del hecho es: que no es imaginario sino real y concreto, proviene sin que sea exclusivamente la “vera causa” baconiana, de cierta inclinación sudamericana a remedar sistemas inadecuados, anticipándose a los tiempos y a la magia de ciertas palabras que la generalidad repite creyendo que porque dice entiende. Y también ha de provenir de la imprevisión en el gobierno de las cosas temporales y en el de las otras, las espirituales, porque ni uno ni otro sabe o no acierta, o no se resuelve a emplear las armas de su doctrina, en oportunidad, contra el adversario osado; de donde resulta que corriendo la bola impunemente, por allí por donde pasa todo lo aplana, y que sin estorbo puede inscribir a manera de aviso en la piedra de las veredas: Nuestra doctrina puede resumirse en esta proposición: abolición de la propiedad individual.

Efectivamente el socialismo en eso consiste y en algo más, y toda la cuestión queda entonces reducida al método que se empleará para hacerlo efectivo, con el estado comunista o colectivista o así por el estilo, hasta llegar a la destrucción también de la familia.

Pues el señor Mermeix[2] acaba de publicar un libro poco voluminoso, unas 350 páginas, en el que pone al alcance de todo el que sabe leer las definiciones, explicaciones y objeciones, el pro y el contra del socialismo[3]; y cuyo libro editado ya varias veces me tomo la libertad (con permiso de los intransigentes) de recomendar a la atención de ustedes.

El señor Mermeix, advierte, que su trabajo está dividido en tres partes, como si dijéramos: 1º. La exposición puramente objetiva de la doctrina socialista. 2º. Explicación de cómo esta doctrina penetró en Francia (¿entiendes Fabio lo que te voy diciendo?); de cómo su propaganda fue resistida al principio por los obreros franceses; de cómo Jules Guesde[4] y algunos otros propagandistas consiguieron primero penosamente formar los cuadros de un partido socialista; de cómo, en fin, al cabo de quince años Jaurés[5] y otros burgueses, aliados al socialismo, lo hicieron salir de los comités y de los pequeños cenáculos de adeptos, para esparcirlo en la nación.

En la tercera parte se contienen las objeciones que los economistas y los publicistas conservadores (ahí en el Plata guardan silencio), opuestos a las críticas del socialismo, no cesan de difundir; y así mismo se contienen comentarios de los escritores revolucionarios, con algunas conjeturas sobre la organización del futuro régimen socialista.

No pretende el autor decir cosas nuevas; su principal objeto es dar cuenta imparcial del estado de tan magno problema. En una palabra, a la vez que un libro de información es una labor metódica y cronológica de síntesis.

En el decurso instructivo de sus páginas hay retratos muy interesantes de algunos utopistas, en medio de todo simpáticos, que fueron ricos y pobres, realistas y revolucionarios, como Saint-Simon, el cual cuando ya no tuvo nada sostuvo que la propiedad “no era” intangible. El engendró a Prud´hon[6], más radical estando a su célebre fórmula: “la propieté c’est le vol[7].

En cuanto a Karl Marx, del cual he citado al principio el aforismo “abolición de la propiedad” y otros alemanes materialistas –a todos los pasa en revista– poniendo de manifiesto la exageración de sus tesis respectivas; y a la sociedad moderna basada en la división de los bienes y de la propiedad la pone en guardia, si es que lo necesita, contra los terribles omnívoros.

Bien sé yo y los economistas, los juristas y los filósofos lo saben mejor todavía que yo, que la propiedad individual se defiende a sí misma, que se defiende porque es un hecho, en tanto que su adversario, la propiedad colectiva, no existe aún sino en el estado teórico. Pero precisamente por eso, porque para los unos es una esperanza y para los otros una amenaza es que hay que velar, ¿con qué armas? Desgraciadamente con unas que debieran llamarse los gobiernos buenos en tanto que lo que vemos son los gobiernos malos, por incapacidad, por indolencia, por falta de energía, por lo que se quiera, y a remolque de ellos, desacreditándose así, las clases conservadoras.

Y digo clases conservadoras porque aunque de ello se haya hablado algunas veces, no tenemos todavía ahí un partido conservador.

Conservadores son, se me ocurre, todos los que teniendo algo que perder, sea cual sea su filiación, no quieren revoluciones ni bochinches.

Piensan ellos y piensan bien, que pasos atrás, con otras apariencias, en el camino del progreso, de la civilización y de la cultura implican atentados; puesto que dentro del radio de las instituciones que nos hemos dado hay vastísimo campo de acción para discutir y dirimir todas nuestras diferencias de concepto político, de intereses encontrados, de tendencias divergentes, sin entretenimientos convulsivos.

Una sociedad que evolucionando se transforma sorprendentemente mediante la libertad en el derecho y el respeto a la dignidad humana no puede ignorar que todos tienen igual derecho al bienestar básico bajo el sol. Teniendo esto presente y uniendo fragmentos, poco a poco ha de irse organizando un verdadero partido conservador, que modere y pondere, que contenga y detenga a los impacientes, y a cuantos de buena fe crean que se gobierna con decretos, o que los parlamentos pueden curar todos los males de que el pueblo padece (por no dar en bola al elegir sus hombres, y si no quieren Vds. que sea el pueblo los partidos). Aquí necesito decir más claramente qué entiendo por partido conservador, siendo frecuente el error de significado que a dicha denominación se le atribuye.

Tengo la sensación de algo que he leído días pasados dicho por un gran orador de España.

Voy a traerlo en mi apoyo. (Pero, ¿dónde lo he puesto?, ¿lo hallaré? un momento; voy a buscarlo… ya lo hallé).

Dice así explicando que conservadores y liberales son términos relativos, que unos y otros persiguen un fin común: “…la amenaza de la guerra civil, el odioso fantasma, la revolución, entonces ¿para qué hablamos de seguir en el parlamento? El partido conservador no es una afirmación cerrada, no es una imposibilidad puesta delante de los acontecimientos, no es una negación de todo progreso. Los partidos conservadores son como un muelle, que cuando es fuerte el empuje, se retira, y poco a poco cede a la presión, pero cuando vuelve a salir, en virtud de su elasticidad, restablece el equilibrio sin destruir el efecto realizado. Así el partido conservador se hace cargo de los progresos realizados por los liberales, los recoge, los hace suyos, y los defiende, como un ejército que ha ganado una nueva posición, y en ella se parapeta. Los conservadores son realmente conservadores; siguen las huellas de los partidos liberales, afianzan sus conquistas, y cuando los liberales no han podido alcanzarlas, los propios hombres de Estado conservadores, dignos de este nombre, y que son gloria de la historia de sus pueblos, como Pitt y Wellington, avanzan hasta donde no llegaron los liberales, y hacen un día la emancipación de los católicos, otro día, la derogación de las leyes relativas a los cereales, y arrostrando hasta la impopularidad de quien combate a sus propios amigos, salvan la paz de su pueblo, hacen el más grande de los progresos, y la humanidad por eso los saluda como redentores”.

Y concluyó el elocuentísimo español, diciendo entre otras cosas esta, con lo que doy fin a la página que ojalá les haga a ustedes buen provecho:

“Partiendo de esa base, yo entiendo a mi vez que debe haber una línea divisoria entre los dos partidos, la cual es indispensable, porque si no la hubiera, en las cuestiones que pudiéramos llamar contenciosas, perdonadme el vocablo, que tomo de la tecnología inglesa, no seríamos dos partidos, ni habría aquí dos series de hombres, ni habría dos fórmulas de legislación”.


Después de cosas tan formales vaya una que, por ser irlandesa, puede tener su chiste; pero que, en todo caso, es interesante para los que crían gallinas ahí.

Dice el “Irish Homestead[8]” que si los huevos irlandeses llevaran una marca en muy poco tiempo su precio subiría más de la tercera parte.


A propósito de huevos (estamos en un momento histórico de rectificaciones sin cuento).

Un historiador inglés de estilo lo más alambicado y de esos cuyo flanco suele ser no estar de acuerdo con nadie, dice en su último libro “Christopher Columbus”, que el tal Colón era un tantico mentiroso, lleno de envidias y que lo del “huevo de Colón” es una pura broma; que el navegante no hizo tal demostración como argumento de una cosa sencilla después que la sabemos.

Mr. Filson Young[9] se llama el autor de las susodichas rectificaciones.


Según una estadística ingeniosa que publica “L’Illustration[10]” de París, hay en el mundo 228.234 doctores en medicina. De estos hay en Europa 162.333, repartidos como sigue: en Inglaterra 34.967; en Alemania 22.518; en Rusia 21.489; en Francia 20.348; en Italia 18.245. En Inglaterra la proporción de doctores es de 78 por 100.000 de la población. En Francia es de 51 y en Turquía de 18. En Bruselas la proporción es de 241 por 100.000 de la población; en Madrid de 209; en Budapest de 198; en Cristianía de 181; en Viena 140; en Berlín 132; en Londres 128; en Atenas 123; en París 111; en Nueva York 74; y en Constantinopla 36.

Hasta aquí “L’Illustration”.

Lo que ustedes y yo querríamos saber, ¿no es verdad?, es esto: ¿cuál es la proporción sanitaria?, ¿cuántas son las defunciones combinando las cifras?, es decir, ¿dónde hay más sanos que enfermos?, ¿dónde se muere más gente?, ¿dónde hay muchos o pocos médicos (en los que yo creo por otra parte)?

Se dice, no corre estadística, que donde hay muchos abogados (en los que también creo), hay también muchos pleitos. La preocupación es añeja. El rey de España llegó a prohibir que los letrados del continente fueran a América, y la llamada sabiduría popular inventó el refrán “buen abogado mal vecino”.

Lo cierto es que en los apuros todos dicen “voy a consultar con mi abogado” o “llamen al médico… siquiera para que me consuele”, como me dijo en el Paraguay el soldado de mi anécdota cuando el cólera de Tuyu Cué.


El que no sepa hacer antesalas no conseguirá lo que pretende.


Ustedes están bastante bien informados. El diario argentino es esencialmente noticioso. Pero por muy linces que sean los investigadores, algo tiene que pasárseles por alto, y se les pasa en efecto.

Por eso es que yo, de vez en cuando, les hago a ustedes tal o cual indicación. Si el asunto les interesa procurarán ocurrir a fuentes más copiosas.

En este orden tenemos entre otras novedades que Napoleón, el grande, era fabulista a estar a lo que el vizconde de Clairval[11] le atribuye. Es decir, que lo da por autor de una fábula intitulada “El perro, el conejo y el cazador”.

Es un poco larga y he aquí por qué no la cito por entero, reduciéndome a consignar los versos finales. Dicen así, después de explicar cómo el pobre conejo prefirió huir a rendirse, de donde resultó herido el perro: « Aide toi, le ciel t’ aidera. J’approuve cette morale-lá[12] ».

Ahora bien, ¿es de Napoleón esta fábula?

El caballero de Beauterne lo testifica en estos términos: esta fábula es indubitablemente de Napoleón; es su estilo, es su carácter; por otra parte, el autógrafo existía en la colección del duque de Saxe-Weimar[13]; pero dudamos de que lo haya compuesto en Brienne o en la escuela militar. Es demasiado perfecta para ser la obra de un niño. Es más bien una composición de su juventud, del tiempo en que aspiraba al premio de la academia Lyon.

Por mi parte tengo opinión y barrunto que a ustedes les pasará idéntica cosa.


Lo que se ha llamado, con relación a Shakespeare, la teoría Baconiana, ha hallado, como ya halló en Estados Unidos, sus adherentes en Alemania.

Herr Edwin Bormann[14] acaba de publicar una obra titulada “El secreto de Shakespeare[15]”, que prueba tan concluyentemente (de su punto de vista), como antes lo pretendieron Pott y Donnelly, que fue Bacon y no Shakespeare quien escribió los poemas y dramas que han llegado hasta nuestros días, con sello tan original.

Herr Bormann no está solo; están con él otros, aunque no del todo. Quiero decir que así como los unos pretenden que donde se lee Shakespeare debe leerse Bacon, los otros sostienen que ni la una cosa ni la otra debe leerse sino “Roger, conde de Rutland[16]”, que nació el 6 de octubre de 1576, y para que no falten pelos ni señales, dice que el tal conde fue hijo político de sir Phillip Sidney.

Entre otros argumentos en contra del autor de Hamlet se hace este: no puede ser, cómo puede ser cuando es sabido que William Shakespeare era un “borrachón” que se lo pasaba en la taberna Mermaid. Semejante hombre no podía tener ni tan vasta erudición ni haber viajado tanto, particularmente en Italia, Francia y Dinamarca, ni haber vivido en Verona, en Venecia, en Mantua, en Roma, en Milán. Como si esto no bastara, se hace notar que para escribir “La Tempestad” se necesitaba haber visto la mar encrespada en alta mar. O de otro modo que Shakespeare nunca navegó; en tanto que uno de los que dicen que él estuvo en las islas Azores y otros en Holanda, donde pelearon en guerras intestinas, y en Dinamarca.

Para darles a ustedes una idea más completa del pleito literario este, tendría que escribir unas cuantas columnas y no menos de doscientos nombres y apellidos en lenguas que para los de origen latino, son un tormento escribir, conteniendo vocales por excepción.

De modo que no haciéndolo lector y escritor nos ahorramos un fastidio. El que sepa inglés o alemán (la obra ya está traducida al inglés que algo sé), que ocurra a ella, la cual, como todos estos trabajos alemanes, tiene algo de benedictina y bastante de soporífera.

Yo me quedo con lo que he pensado hasta antes y después de leer a Emerson, en sus “Hombres representativos[17]”; me quedo creyendo en lo primero que creí, en lo que me enseñaron a creer los que me iniciaron en las bellezas del admirable dramaturgo. Digo en este conflicto como Pascual en otro: “Más miedo tendría de equivocarme y de hallar que la religión cristiana sea verdadera, que no de equivocarme creyéndola verdadera”.

En cuanto a eso de que el poeta era “aficionado” a la bebida, no es un argumento perentorio.

¿No tendría envidiosos que esa voz hicieran correr? ¿No la han hecho correr respecto de Edgardo Poe? Pero, admitiendo que lo fuera, ¿acaso sería el primer hombre de genio alcoholista que ha brillado con fulgores elocuentes o que ha penetrado el alma humana hablando o filosofando? ¡Eh! tenemos que convenir en que a veces cuesta tanto adquirir renombre como mantenerlo; y al mismo tiempo que no deja de contener mucha verdad el cría buena fama y échate a dormir.


No he cambiado de impresiones después de una de mis anteriores: paz es la palabra que está en los labios; pero no en los corazones. Los que pueden aumentan así sus armamentos, los que no pueden cuidan con gran atención que no se les moje la pólvora.

En el orden interno Francia está agitada hondamente por la cuestión religiosa. El problema puede plantearse así: quién matará a quién. Los adversarios no se escatiman epítetos. Con todas las letras estos les llaman a los católicos “corrompidos y los católicos a los que gobiernan “voleurs[18]” (sic).


  1. “Feliz el que ha podido aprender las causas”.
  2. Gabriel Terrail, seudónimo: Mermeix, (Basse-Terre, 1859–París, 1930) fue un periodista, ensayista y político francés, del partido de Boulanger o boulangismo (de extrema derecha, para más datos ver nota al pie 5 de la PB.23.03.06). Colaboró ​​con el periódico La Cocarde y con Le Figaro. Fue diputado boulangista por el Sena desde 1889 hasta 1893. Luego reanudó sus actividades como periodista y escritor hasta la guerra de 1914-1918. Entre sus obras, se cuentan: la que refiere aquí Mansilla, Socialismo (declaración de pros y contras), El sindicalismo contra el socialismo, El Transvaal y Chartered, entre otras. Algunas de ellas están disponibles en Gallica, el repositorio de la Biblioteca Nacional de Francia. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/14868757).
  3. El título de la obra es Le socialisme, définitions, explications, objections: exposé du pour et du contre. (Paris: Soc. d’Éditions Littéraires et Artistiques, 1906).
  4. Jules Guesde (París, 1845 – Saint-Mandé, 1922) fue un político socialista francés. Se desempeñó como columnista del periódico L’Égalité (1877-1883), lo cual le permitió difundir las ideas marxistas en Francia. En 1882, fundó junto con Paul Lafargue el Partido Obrero Francés. Se vinculó con el colectivismo, el internacionalismo y la revolución. En 1899, se opuso a Jean Jaurès a raíz de su participación en el gobierno burgués de Waldeck-Rousseau. En 1902, su partido junto con otros de similitud ideológica, se fusionaron dando lugar al Partido Socialista de Francia. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/230285656).
  5. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  6. Pierre Prud’hon (Cluny, 1758–París, 1823) fue un dibujante y pintor romántico francés, conocido principalmente por sus retratos y sus pinturas alegóricas. Entre sus pinturas más famosas, se cuentan: Crucifixión (1822), que pintó para la catedral de San Esteban en Metz (ahora expuesto en el Museo Louvre), El rapto de Psique y la alegoría La Justicia y la Venganza divina persiguen el Crimen (1808), también en el Louvre. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/49234795).
  7. “La propiedad es el robo”.
  8. El Irish Homestead era una publicación semanal de la Irish Agricultural Organization Society (IAOS). Diario fundado en 1895 por Horace Plunkett. (Extractado de: https://bit.ly/3k3Z6A0).
  9. Filson Young Alexander Bell (1876–1938) fue un periodista británico, autor de varios libros de diversas temáticas y periodista de la BBC. Fue el primero en escribir sobre el hundimiento del Titanic, en 1912, apenas 35 días después de la tragedia. Entre sus obras, se cuentan: The Joy of the Road (1907), The Sands of Pleasure (1905, obra en su momento escandalosa pues narraba experiencias de prostitución en París), Venus and Cupid: an impression... after Velasquez (1906), Christopher Columbus and the New World (la que menciona aquí Mansilla, también de 1906), Mastersingers: appreciations (1907), y el poemario The Lover’s Hours (1908). (Extractado de la página web Filson Young, en: https://bit.ly/2RcyBf8). (En VIAF:
    http://viaf.org/viaf/44578148).
  10. L’Illustration (La Ilustración), originalmente publicada como L’Illustration. Journal universel, fue un semanario francés que se publicó entre 1843 y 1944. Sus archivos se encuentran digitalizados en: https://bit.ly/2RawJno.
  11. Hay una abadía bajo ese nombre, ubicada en Flavigny-sur-Ozerain, Francia. El sitio web: https://www.clairval.com/index.es.html.
  12. “Ayúdate y el cielo te ayudará. Apruebo esta moraleja”.
  13. Carlos Alejandro Augusto Juan, Gran Duque de Sajonia-Weimar-Eisenach (en alemán: Carl Alexander August Johann; Weimar, 1818 – ibídem, 1901) fue el soberano del ducado alemán de Sajonia-Weimar-Eisenach desde 1853 hasta su muerte. Para más datos de su genealogía, puede consultarse en: https://bit.ly/35oVW5D.
  14. Edwin Bormann (Dresde, 1867–Berlin, 1918) fue un escritor y crítico literario alemán. En varias de sus publicaciones abogó en favor de la llamada Teoría de Shakespeare Bacon, según la cual se considera a Francis Bacon el autor de muchos de los trabajos publicados bajo el nombre del actor William Shakespeare. (Extractado y traducido de VIAF: http://viaf.org/viaf/45049860).
  15. Bormann, Edwin. Das Shakespeare-Geheimniss. Berlin: s/e, 1894. [Shakespeare´s Secret. London: Brett, 1895].
  16. Roger Manners, quinto conde de Rutland (1576–1612) fue el hijo mayor de John Manners, cuarto conde de Rutland y su esposa, Elizabeth Charleton. A principios del siglo XX, Roger Manners fue propuesto como autor de varias piezas de Shakespeare. La idea fue sugerida por primera vez por Burkhard Herrmann (bajo el seudónimo de “Peter Alvor”) en 1906, quien argumentó que Rutland colaboró con Shakespeare para crear las obras. Según esta teoría, Rutland habría escrito las comedias, los poemas narrativos y los sonetos. La idea fue adoptada con mayor vigor por el crítico alemán Karl Bleibtreu (1907), por Lewis Frederick Bostelmann (1909), Célestin Demblon (1912) y por los escritores rusos Piotr Sergeivitch Porokhovshchikov (1940) e Ilya Gililov (2003). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/41104969).
  17. Representative Men (1850) es una compilación de ensayos sobre hombres notables, entre ellos, Shakespeare.
  18. “Ladrones”.


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