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EL DIARIO

Lunes 13 de Agosto de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, julio 21.

 

J. H. Rosny[1] es para mí un escritor que marca tan alto como el más pintado. Pero ahí en el Río de la Plata, donde el buen gusto no es cosa rara, me pregunto por qué no tiene más lectores.

Acaba de dar a luz una novela con el título de “Le Testament”[2].

Las producciones de esta época suelen ser generalmente tan espinosas que es un poco aventurado decir: he aquí un romance que todo el mundo puede leer.

En esta coyuntura yo lo digo, aunque la escena de amor (un amor como un idilio) tenga por teatro París, este París que con tanta facilidad enardece y calcina el cerebro más frío y resistente a las sugestiones –o tentaciones, si ustedes prefieren esto a lo otro– de una civilización y cultura tan refinada y tan complicada también; tanto que a veces, viendo el empeño ahincado en copiarla me digo: ¿a dónde vamos?

Es la lucha entre la vida intensa y la vida simple.

¿Cuál vencerá?

¡Ay de mí!, mejor es dejar eso para otro momento y tomar el hilo del principio que breves son estas líneas.

Lo repito pues: “Le Testament” puede estar sobre la mesa de cualquier sala “comme il faut”; es un libro con moralidad.

Agrego, “obiter dictum”, no me ciega el que Rosny sea muy amigo de mis amigos literatos, que su estilo tiene algo del de Balzac más castigado, siendo vigoroso colorido como un lienzo de arte moderno, trasunto de la “joie de vivre” tal cual la pinta el gran cuadro del último Salón.

Escatimarle el elogio sería harpagonismo de hombre de letras. Con que así, lo dicho, dicho, y lean ustedes “Le Testament”. No se dormirán en el empeño de concluirlo, meditarán… hay tela en este párrafo:

“En verdad, repuso ella con sarcasmo… Es justo decir que tenéis el candor en la sangre. Creéis en la virtud adquirida, en las modificaciones del carácter. Yo, yo he aprendido por mi largo comercio con las cosas del arte, que hay en todo ser un carácter dominante del que no se corrige, lo mismo que un lobo no se corrige de ser lobo, y he aprendido también por un largo comercio con los hombres que coleccionan “bibelots” y curiosidades que es siempre por el mismo lado flaco por donde a cada uno de ellos se deja atrapar…”.


Hay amistades que es mejor cultivarlas de lejos; el contacto nos revela defectos de carácter, o de conducta, que la proximidad y el roce frecuente ponen en evidencia.


Así como en la filosofía de Aristóteles hay muchas categorías, así también los papeles públicos tienen muchas clases de lectores, inclusive los que comulgan con ruedas de carreta, o si ustedes prefieren, los que no tienen más evangelio que su papel de la mañana o de la tarde.

Para estos, lo mismo da Chana que Juana; quiero decir que si hay un error tipográfico lo subsanan a su manera, o, como dicen en Córdoba, no lo caen en cuenta.

El autor es otra cosa. Este suele estremecerse ante algunas erratas, “coquilles”, como dicen los franceses.

El autor suele pensar que van a juzgar de su poca o mucha sapiencia, –por lo que algún lince literario saque en limpio–, y esto me lleva a subsanar algo que leo en mis páginas del 12 de febrero, “El Diario” del 13 de marzo, páginas que estereotipadas tengo ya a la vista.

Yo escribí: “La francesa” en general tiene mucho cabello y buenos dientes y un gran arte en simular la señora, en cuanto la fregona toma la calle para disfrutar a su guisa de las horas de libertad que le dejan sus patrones”.

Pues me han hecho decir “princesas” en vez de francesas[3].

Y esto me trae a la memoria una anécdota.

Era el señor don Mariano Sarratea[4], residente en París, corresponsal de mi padre. Se quejaba éste de la letra de aquel y quejándose le escribía:

–Pero hombre, ¿qué maestro le enseñó a Vd. a escribir?

El señor don Mariano replicaba:

–Mi amigo, el mismo que le enseñó a Vd. a leer.

Por lo demás, y en la hipótesis de que estas líneas no fueran publicadas, por extraviarse, o por cualquier otro motivo, toda pluma que se exterioriza por la prensa debe reflexionar sobre una disposición del lector, amable en general, modesto, nada pedante, el cual antes de dudar del autor duda de sí mismo, diciéndose no, no es un galimatías, soy yo el que no entiendo, como puede fulano escribir eso… es demasiado sublime para que yo lo comprenda, nada más.

¡Oh, prestigio de la letra de molde! Si no fuera irreverencia, ¡qué pruebas al canto no les ofrecería a Vds., lectores míos, de prestigios literarios muertos y vivos a los que podría dirigírseles este mensaje: “sírvase Vd. rever en una segunda edición lo anotado, que nadie da en bola con su significado, entendiéndola cada cual a su manera como los traductores del Dante este su verso famoso: “Amor, che a null amata amar perdona”.

(Y para qué hablar de las energías del estilo, y de la técnica, mecanismo como telaraña, finísima que hace de “Salambo” un libro admirable, por ejemplo, pero que tiene adormidera ni más ni menos que infolio estadístico.)


¡Estadística! he dicho y la palabra no es mágica pero al escribirla he tendido la vista hacia un grueso libro que por ser argentino, se me figura que me dice: ábreme, hojéame que para eso he cruzado el vasto y proceloso mar; para que vean los ausentes como su tierra desierta antes (“e ainda todavía”), se va llenando poco a poco de gentes de todos colores en busca de pan y libertad.

No hay qué hacer, tengo que habérmelas un buen rato con mi amigo Alberto B. Martínez[5] que no necesita por cierto (¡fresco estaba!) de mis estímulos, ni de mis encomios para ser lo que ya es, una autoridad mundial en el arte científico de ordenar columnas de números; tal cual un general tomando sus medidas para librar la gran batalla que asegure sus combinaciones.

Los números tienen secretos cabalísticos por más que parezcan tan inocentes, y no soy yo quien lo dice, son otros, también tienen sus fascinaciones, sus mirajes, sus imposturas (parece increíble, dos y dos haciendo cuatro), de modo que no esperen Vds. que me ponga a discutir los de mi amigo.

Que lo hagan otros si hallan tela en que cortar.

Yo me detengo, digamos así, en el porche del monumento, reflexionando sobre si me resolveré o no, a entrar después en el laberinto donde tanto notable hay que examinar, y al ver la masa acumulada por tan paciente labor, resuelvo dejar eso para otro día.


Si hace solo veinte años alguien hubiera dicho, “el Japón tendrá pronto fuerzas militares suficientemente bien organizadas para poder luchar con éxito contra un ejército europeo cualquiera”, la contestación habría sido una carcajada homérica.

Y sin embargo las tropas japonesas han batido a las tan famosas del zar.

En treinta años, sin hacer ruido, al contrario, y como hábil jugador ocultando los triunfos, de modo que solo se vieran sus cartas débiles, el Japón, país admirable, halló tiempo bastante para militarizarse a la europea.

Y lo curioso es que su guerra contra la China no despertara siquiera sospechas (excepto en Inglaterra), de lo que a poco andar podría acontecer.

Diríase, para valerme de una comparación algo trivial, que la medida de las cosas grandes que un pueblo puede realizar era el cartabón de sus hombres de poca estatura, y que de aberración en aberración se llegaba a esta conclusión a parecer lógica: demasiada empresa para tan poco sujeto.

Ahora bien, si el Japón ha podido realizar brillantemente lo que hemos visto, movilizando contra los rusos más de un millón de combatientes[6], ¿por qué la China a su vez, no llegaría a militarizarse a punto de poder, en un lapso de tiempo más o menos próximo, luchar también con armas iguales contra cualquier potencia europea?

Lo que ha podido hacer el Japón no le está vedado ideológicamente ni materialmente. Y el día en que el Celeste Imperio, que cuenta no menos de cuatrocientos millones de habitantes, esté completamente militarizado a la europea, no es un millón lo que podrá movilizar sino “ocho” millones de hombres.

Llegado que sea ese momento, la expresión “el peligro amarillo” no será solo una frase sino la posibilidad de un cataclismo terrible. La China podrá dictar sus voluntades al mundo entero.

La obra de esa militarización (precipitada por la misma Europa contra su interés), ha comenzado hace cuatro años, y todos los grandes centros de civilización moderna están ahora plagados de chinos, que no son como en África y otras regiones, humildes obreros asalariados sino observadores inteligentes, instruidos, laboriosos a los que no se les escapa ni el volido de una mosca, y que, con su traje inequívoco, o con la trenza cortada, se meten en todos los vericuetos donde algo hay que anotar útil para su país.

Ya en una de mis letras anteriores les di a Vds. algunas noticias curiosas sobre el modo como se está reclutando el ejército chino a la moderna; ahora les diré que en la actualidad consta de 6 divisiones de 2 brigadas de infantería (de 2 regimientos de 3 batallones), un regimiento de caballería, un regimiento de artillería, un batallón de zapadores y un batallón de tren.

Los hombres son elegidos (si habrá tela en que cortar entre 400 millones) y según lo dije en mis precitadas letras, el chino, en general, es muy robusto.

Lo que pasa en el ejército de tierra se reproduce en el de mar; la marina crece, se organiza, se perfecciona y no son marineros los que faltan, siendo una región vastísima de la gran China anfibia, literalmente.

En cuanto a los estadistas chinos, ninguno de ellos pretende tapar el cielo con un harnero; al contrario, cuando se les interroga su lenguaje es sencillo, explícito como lo ha sido el del embajador Iin-tschang en Berlín, que, reportado por el “Berliner Tageblatt[7]” ha resumido sus informes en esta fórmula: nos armamos a la europea, porque nos parece mejor su armamento que el nuestro, y no nos armamos contra nadie sino por nuestra propia seguridad; tenemos como lo hacemos.


La apendicitis está a la moda (¡no lo tengo, a Dios gracias!). En tal virtud, mi calidad de lego en la materia no es causal suficiente para que no les dé a Vds. noticias sobre las peripecias que le acompañan.

El doctor Blanchard[8] continuando ayer la discusión al respecto, –los falsos apendicitis ha dicho: “en mi opinión la apendicitis es de origen gusanoso o gusamiento…”.

Últimamente se decía: hay mucho apendicitis (no discuto el mucho, ni el poco) en el Río de la Plata.

Ahora el doctor Blanchard afirma que “los tales parásitos son transmitidos por el agua (mala) que bebemos y por algunas legumbres cultivadas en terrenos malsanos…”.

Del comer mucha carne ni jota. Sigan comiendo no más.

En cuanto al tratamiento (su curación) agrega: “hay que emplear, lo que ya ha hecho sus pruebas, el “antihelminthique y que deberá variar según la naturaleza del parásito”, finalmente concluye aconsejando el “thynol” que no ofrece peligro ni para los adultos ni para los niños.

¡Quéjense Vds. ahora si la apendicitis los lleva a la difuntería!


Se murió Manuel García, el célebre maestro de canto, español, hermano de la Malibran, y se murió, en Londres, de buena edad, me parece y ¡de ciento y un años!

Así va la vida. Los unos se eternizan. Los otros se extinguen a lo mejor. Es lo que ha pasado con el poeta Jean Lorrain[9]. Más así como el fin de Manuel García estaba previsto, hace fecha, por sus muchos inviernos, así también estaba previsto el fin de Jean Lorrain, por sus muchos excesos. Era lo inevitable en el paralelo siendo como fue Manuel García moderado, sobrio, metódico, y aquel un compendio activo y pasivo de la depravación. Hizo lindos versos excitantes. Hizo crónicas teatrales con maestría. Escribió cuentos picantes, que no son como fábulas, cuentos muy leídos, de gusto parisiense, que reflejaban su existencia agitada.

Deja, para terminar, un recuerdo amable entre los que le conocieron. ¿Y en las bellas letras? (“Réponse s´il vous plait”, en vez de a secas las cuatro iniciales R. S. V. P.).

Sobre ese particular contesto: fue un astro errante que en su carrera miscelánea por las altas esferas del pensamiento apenas iluminó los espacios de la idea, y que en la lucha por la vida no esparcía el polen fructífero que puede hacerla apetecible.


  1. J. H. Rosny es el pseudónimo que compartieron los escritores y hermanos belgas Joseph-Henry-Honoré Boex (1856-1940) y Séraphin-Justin-François Boex (1859-1948). Luego de co-escribir varias obras, el hermano mayor pasó a firmar sus novelas como J. H. Rosny aîné (el mayor) y el menor como J. H. Rosny jeune (el joven). La más famosa de sus novelas conjuntas fue La Guerre du feu (La guerra del fuego), de 1911. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/17228936).
  2. La novela a la que se refiere Mansilla aquí se titula Le Testament volé y fue escrita por J. H. Rosny aîné (el mayor), publicada en París en 1906 a través del editor Albert Fontemoing.
  3. Hemos hecho la corrección correspondiente en el artículo del 13 de marzo de 1906.
  4. Sarratea, Mariano Eleuterio de (1814-1886), fue un cónsul argentino y estuvo a cargo, entre otras tareas, de los tratados limítrofes con Chile.
  5. En su “página breve” del 3 de noviembre de 1908, Mansilla resumirá muy elogiosamente el libro Les valeurs mobiliers de la Republique Argentine, de su amigo Alberto Martínez. En este apartado, pareciera estar refiriéndose a algún folleto o texto relativo a la estadística que le ha sido remitido por Martínez y del cual no quiere aún escribir un comentario.
  6. Ver nota al pie de la PB.08.03.06 o “Guerra ruso-japonesa” en el índice de eventos históricos.
  7. Ver nota al pie de PB.30.05.06 o el índice de publicaciones periódicas.
  8. Raphaël Anatole É. Blanchard (1857-1919) fue un médico e investigador francés considerado el fundador de la parasitología médica. (Extractado de https://bit.ly/32hGneb). (En VIAF: http://viaf.org/viaf/24679403).
  9. Jean Lorrain es el seudónimo de Paul Alexandre Martin Duval (Fécamp, 1855 – París, 1906), escritor francés del movimiento simbolista, autor de múltiples obras en varios géneros (poesía, teatro, novelas, cuentos, relatos cortos, crónicas de viajes). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/31999544).


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