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EL DIARIO

Viernes 12 de Enero de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, diciembre 15.

 

El senado francés ha votado, al fin, una ley mal hecha, sabiéndolo, ha rehusado corregirla y mejorarla. ¿Por qué? Para continuar mañana la guerra religiosa. Y, he ahí lo que es menester que el país sepa antes de las elecciones[1].

Entre los ciento y pico de enmiendas que le habían sido sometidas no ha aceptado una siquiera.

Somos 179 contra 106 era el estribillo en antesalas, para qué perder tiempo. ______[2] que el mundo no se ha de acabar y el número resolvió votando en ____bo, sin querer atender observaciones, entre otras, los argumentos de todos _______ Meliné[3]; y el número votó la separación y rompió el concordato por mano de los intransigentes, pues es de notar que los liberales de todos los matices han hecho constar bien alto que no compartían la responsabilidad de la mayoría opresora.

Me he acercado a hombres competentes y me han asegurado que la separación podrá ser aplicada en el mes de enero de 1906. Falta poco, entonces, para que la iglesia nada tenga que hacer con el estado, aunque es seguro que éste la molestará. La guerra sectaria es contra el catolicismo. Mi respetable amigo el canónigo Duprat tiene mi correspondencia de hace más de tres años. No lo dude, le he repetido, van a la separación. Ahora afirmo lo otro. ¿Qué vendrá? Es muy arduo anticipar sucesos en casos tan graves. Me inclino a pensar que la iglesia vivirá de la vida que tiene en Estados Unidos, y así mi consejo sería a los que deban mirarse en tal espejo si no quieren precipitar los acontecimientos movidos por ocultas causas y manos; católicos no os ocupéis de política ni en grande ni en pequeña escala; predicad la caridad, la confraternidad, el amor del prójimo como Jesucristo.


Se reunió ayer lo que llamamos aquí la gente literaria, la academia de los diez (ya se sabe que en un café es la práctica generalmente para deliberar con mejor humor) y le discernieron el premio de este año al señor Claudio Farrére[4], que acaba de hacer publicar el romance «Les Civilisés» por la casa Ollendorff[5].

Claude Farrére es el pseudónimo de un joven guarda marina actualmente en Tolon y que ha publicado ya «Fumées d’opium[6]», colección muy animada de recuerdos del Oriente o mejor dicho de cuentos.

«Les Civilisés» tiene también como teatro el Extremo Oriente: Saigon y Hanoï.

Es la historia de un oficial de marina y de dos amigos suyos, que bajo la influencia del clima, del opio y sobre todo de una educación perfectamente nihilista, han llegado a persuadirse que no hay ni moral, ni leyes, nada, sino el placer y la fuerza y que, por consiguiente en país conquistado todo les es permitido a los «civilizados». Sigue un cuadro en extremo animado de la vida colonial, de acuerdo con la concepción de los susodichos principios.

De repente he aquí que el héroe, un señor Fierce, se enamora seriamente (¿apasionadamente no le parece mejor al lector?), y que comienza a caer en cuenta de que sería mejor no hacer consistir el orgullo en no creer en nada.

Sus amigos le reprochan tal debilidad y le acusan de decaer; y él les contesta que hay errores y preocupaciones útiles; la esencial, les arguye, no es la verdad, es la felicidad.

Mas un pasado como el suyo no desaparece en un día. El enamorado conserva de las costumbres, una reputación que asusta a su prometida y acarrea una ruptura.

En ese momento la guerra estalla y el señor Fierce que manda una torpedera halla una muerte heroica atacando un acorazado.

La descripción de esta página, son contestes las opiniones, es soberbia, la más bella del libro, que contiene muchas escritas generalmente en estilo tendido que era el que los Goncourt, fundadores de esta minúscula academia, preferían.


Ya está constituido el nuevo gabinete inglés, como Vds. lo sabrán por el telégrafo.

No daña lo que abunda en materia de información, tratándose de la vida política de un gran pueblo ejemplar como la Inglaterra, tierra clásica del parlamentarismo.

La lista es:

Sir Henry Campbell Bannerman, presidente del consejo y primer lord de la tesorería.

Sir Robert Reid, lord canciller.

Sir Edward Grey (amigo íntimo de lord Rosebery) que no ha querido ser lugarteniente de Campbell Bannerman, negocios extranjeros.

Mr. Herbert Gladstone, interior.

Mr. Asquith (orador de nota), finanzas.

Lord Tweedmouth, marina.

Mr. Haldane, guerra.

Lord Elgin, colonias.

Mr. Morley, Indias.

Mr. Lloyd, George, comercio.

Lord Carrington, agricultura.

Mr. Birrel, instrucción pública.

Mr. Sidney Buxton, correos y telégrafos.

Mr. John Burns, consejo del gobierno local.

Mr. John Sinclair, Escocia.

Mr. Brice, Irlanda.

Lord Crewe, presidente del consejo privado.

Sir Henry Fowler, canciller del ducado de Lancaster.

Tal es el gabinete completo. Los personajes que siguen hacen parte de la nueva administración, pero no tienen voz en el consejo de ministros: Lord Aberdeen, virrey de Irlanda; lord Justice Walker, lord canciller de Irlanda; Mr. L. V. Harcourt, ministro de obras públicas.

Tiene por consiguiente el gabinete diez y nueve miembros: el de lord Salisbury contaba veinte; Mr. Balfour redujo el número a diez y siete.

Les afirmaba a ustedes en mis anteriores renglones que el gabinete inglés había renunciado, no por falta de mayoría en el parlamento sino por falta de cohesión, es decir, dividido por cuestiones fiscales.

Para precisar el sentido de la crisis, Mr. Balfour, que guardaba silencio desde hace días (estos políticos ingleses viven perorando para que el pueblo sepa siempre cómo piensan), Mr. Balfour, decía, acaba de recordar en un gran discurso, trazando las grandes líneas del programa conservador, «que la mayoría numérica de los unionistas en la cámara de los Comunes les permitía bastar a todas sus tareas; pero que a causa de divisiones intestinas el partido había perdido el vigor que resulta de la unanimidad».

La prensa, en general, halla buena la composición del gabinete, conteniendo, en efecto, varios hombres de mérito por su saber, su experiencia y su moralidad: pero encuentra lo que todo observador imparcial descubre: que el programa de los conservadores que en breve apelarán al sufragio del pueblo, es más preciso, más claro que el liberal.

La diferencia entre los dos programas, curioso, se encarna simbolizando dos tipos opuestos en dos hombres divergentes representantes genuinos de las tendencias distintas del pueblo inglés; no diré celtas y sajones, ni lirismo y acción; diré sencillamente la calma prudente en reformar y la impaciencia activa en modificar.


El hombre civilizado debe tratar su cuerpo como se cuida un caballo de raza fina, mucha agua, mucho jabón, mucha escobilla.


Dime lo que comes y te diré lo que eres, es menos cierto, menos exacto, que dime lo que comes y te diré como estás y más o menos cuándo debes morir.


Muy femenil: no tengo la memoria de las cosas pasadas, lo único que sé sobre lo que he hecho o dicho, es que he sido sincera.


Combatir el egoísmo premeditado es ser humano, o lo que tanto vale ir contra el «nitzscheismo», cuyas teorías son un estado virtualmente criminal.

El premio Nobel, me refiero «al literario». Se habló primero del poeta italiano Josué Carducci[7]; después del autor de «Quo Vadis?», Enrique Sienkiewicz[8].

Hoy día parece seguro que le será acordado a este último.

En efecto, de un lado la academia sueca parece asustada de ver la obra magistral no obstante– del viejo maestro de Bolonia, y que se titula «El Himno a Satanás»[9].

De otro lado, escriben de Berlín que Sienkiewicz acaba de pasar por allí yendo de Viena a donde había ido de Cracovia. De ahí se ha ido a Copenhague, lo cual parece indicar que él será el laureado escogido. Le acompaña su excelente traductor, Kosakiewiez, cuyas traducciones –––––.


«Castigat ridendo mores[10]», lo cual implica que estuve las otras noches en el «Grand Guignol»[11], o lo que tanto vale, en uno de los teatros más chicos, más caros y menos limpios de París (¡qué diferencia con los de Londres!).

Las piezas que se daban, por cómicos muy buenos, como lo son generalmente los franceses, valiendo poco, no merecen ser mentados, excepto una, «Le chirurgien de service»[12] que ha hecho avería en el mundo médico, y que va a conseguir que se realice una de las reformas más reclamadas y en vano esperadas de la Asistencia Pública.

Hace ya veinte años, escribía últimamente en el «Journal[13]» el señor Andrés Lefevre[14], distinguido concejero municipal, que todos, médicos, profesores, cirujanos, publicistas protestamos contra la existencia de «un solo» cirujano de servicio (cirujano, no médico) y para los treinta y seis hospitales de París y sus suburbios… y ha bastado que el «Grand Guignol» representara esta pieza, tan a lo vivo, cuya veracidad no ha sido posible poner en duda, para que al fin la Asistencia, herida en lo vivo, se haya conmovido hablando al fin de reformar los reglamentos vetustos e inhumanos que no hay idea de lo que son.

Sale uno del «Grand Guignol» y después de ver esta pequeña pieza en un acto, conmovido: y pensando cada cual en su tierra se dice: me parece imposible que anden allí las cosas tan mal como en la «ville lumière» para que se vea que en todas partes se cuecen habas.


Hay críticos que mezclan en sus elogios tantas reticencias que el principiante acaba por no saber, anhelando estímulos, si debe reconocerse agradecido o imaginarse que la envidia suele tener aguijones inverosímiles inesperados.


El siempre instructivo Boileau ha escrito este verso en su «Arte poético»[15]:

«Avant donc que d’écrire apprenez á penser[16]».

Me lo trae a la memoria un libro que acabo de recibir, que he leído con gusto y del que me voy a ocupar con gusto también; primero porque siempre me ocupo con gusto de los libros con que me favorecen (como regla los otros los ignoro), segundo porque el autor es hijo aprovechado, es un mi viejo amigo, médico de saber, con prestigio social por sus bellas cualidades y por añadidura hombre de salón que conversa con facilidad amable y escribe así mismo con elegancia.

Me estoy refiriendo al doctor Manuel Blancas, de modo que no se requiere ser un lince para caer en cuenta de que el tal libro debe ser de Alberto Blancas, el cual está en Roma de encargado de negocios cerca de la Santa Sede teniendo talla intelectual, servicios, edad y estado (es casado con una dama interesante), ayuda mucho esto, es casi esencial para ser ministro, talla á la que me he referido al decir «teniendo».

Alberto Blancas no ha producido otro libro que yo conozca al menos. Este ha sido editado en Chile en 1900. Se titula “Un viaje a Bolivia”[17]. Está escrito corrientemente, como se habla, sin afectación y en una lengua asaz castiza, confirmando así el dicho de Boileau: «antes de escribir aprende a pensar». O lo que tanto vale: he ahí un libro pensado sobre un gran pedazo de rica tierra sud-americana, libro lleno de información útil, plagado de referencias anecdóticas, eso que con linterna buscan tanto los que escriben sobre historia y viajes –en una palabra– libro que consagra un escritor de mérito y cuyo título es «Un viaje a Bolivia».

Supongo que a ustedes les pasa lo que a mí, que gustan más de reír que de llorar cuando van al teatro o cuando leen. En este caso les recomiendo el viaje de Alberto Blancas. El capítulo «Tiendas» es de chuparse los dedos. Me he reído como un niño y me he instruido. ¡Y qué ingenio el de los tenderos bolivianos para hacerles pagar a los deudores morosos poniéndolos en la picota de la publicidad! Lean, lean ustedes desde el principio hasta el fin este «Viaje a Bolivia» y apuesto que a nadie se le ocurre poner en duda la imparcialidad de mis elogios.


Digesto de las novedades más notables del día en que cierro estas páginas. Escritas las palabras antecedentes, leo los diarios, mucho y nada. Un hombre de mérito que se fue en este hemisferio a los 85 años, Paul Meurice[18], mientras otro, que amamos y respetamos, ahí lucha todavía contra la ardua sentencia, Mitre[19].

Y Rusia absorbe toda la atención del mundo, y cuando parece que es el arco iris de la calma lo que viene, óyese solo el rugir de la tormenta popular y hay que repetir una vez más con Tito Livio, como lo recuerda Guglielmo Ferrero[20], «nec vitia nee remedia pati possumus»[21]; no podemos tolerar ni los males que sufrimos ni los remedios para curarlos.


  1. La ley de separación de la Iglesia y el Estado (Loi du 9 décembre 1905 concemant la séparation des Églises et de l’État) se debatió a lo largo de 1905: primero en la Cámara de Diputados y luego en el Senado. El 9 de diciembre de 1905 fue sancionada por el presidente de la república, Émile Loubet, quien estaba a punto de terminar su mandato (finalizado en enero de 1906). Dos días después de la sanción, el 11 de diciembre, la ley fue publicada en el diario oficial. Dicha Ley de laicidad formalizaba un proceso de secularización que se había iniciado en 1871 en la llamada Comuna de París y que había tenido, a partir del Affair Dreyfus en 1898, una creciente demanda popular. Aunque las religiones oficiales en Francia durante aquella Tercera República eran cuatro (catolicismo, calvinismo, luteranismo y judaísmo), la cultura dominante era –como lo reveló el caso Dreyfus y lo denunció el famoso J´accuse de Emile Zola en 1898– claramente pro-católica y antisemita. La ley estaba basada en tres principios: 1. la neutralidad del Estado, 2. la libertad en el ejercicio religioso, 3. los poderes públicos relacionados con la Iglesia. Su sanción dividió al pueblo francés y acarreó una crisis política que duraría varios años. Las principales figuras en la creación de la ley fueron cuatro políticos e intelectuales de corte socialista izquierdista, algunos de origen judío: Aristide Briand, Émile Combes, Jean Jaurès y Francis de Pressensé. Los tres primeros aparecen mencionados varias veces a lo largo de estas páginas breves.
  2. Este ejemplar se encuentra en muy mal estado. Hemos indicado con rayas las palabras ilegibles.
  3. Jules Méline (París, 1838 – París, 1925) fue un político francés de corte conservador, principal opositor de Emile Loubet. Ocupó el cargo de Primer Ministro de Francia, entre 1896 y 1898. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/7486608).
  4. Claude Farrère, seudónimo de Frédéric-Charles Bargone (Lyon, 1876-París, 1957) fue un prolífico autor francés de novelas, ambientadas mayormente en lugares considerados exóticos por el lectorado europeo de la época, tales como Estambul, Saigón, y Nagasaki. En 1935, fue elegido para ocupar un sillón en la Academia Francesa. La novela que menciona aquí Mansilla, Les Civilisés, ganó el Premio Goncourt en 1905. Entre sus más de cincuenta obras, citamos aquí las que fueron escritas durante los años de las páginas breves: Les Civilisés (1905), L’homme qui assassina (1906), Pour vaincre la mer (1906), Mademoiselle Dax, jeune fille (1907), Trois hommes et deux femmes (1909), La Bataille (1909), Les Petites Alliées (1910), Thomas l’Agnelet (1911), La maison des hommes vivants (1911). Muchas de sus novelas –como las dos que cita aquí Mansilla–se consideran testimonios literarios de la decadencia del imperialismo francés en las colonias africanas. (Fragmentos extractados y traducidos de Aldrich, Robert. Vestiges of the Colonial Empire in France. Monuments, Museums and Colonial Memories. New York: Palgrave Macmillan, 2005). Para Francois Poubillon, Claude Farrère es uno de los escritores franceses orientalistas y «japonophile» (Dictionnaire des orientalistes de langue française. Paris: Karthala, 2012. En línea: https://bit.ly/3ij3k6u).
  5. Farrére, Claude. Les Civilisés. Paris: Librairie Paul Ollendorff, 1905.
  6. Fumée d’opium (Paris: Librairie Paul Ollendorff, 1904) es una colección de relatos ambientados en una China de fantasía, ordenados cronológicamente, que narran sueños y experiencias de alusiones desatados por efecto del opio. Se lo ha comparado con Thomas de Quincey y con Herbert Hiles. Su literatura contribuyó al despertar del afán de viajes europeos hacia Oriente. (Extractado y traducido de Bush, Laurence C. Asian Horror Encyclopedia: Asian Horror Culture in Literature, Manga, and Folklore. New York: Writers Club Press, 2001).
  7. Giosuè Carducci (Toscana, 1835–Bolonia, 1907) fue un poeta y político italiano marcadamente anticlerical. Ejerció cargos de senador y diputado en su país (entre 1874 y 1880) y produjo una obra poética revolucionaria en términos de métrica. Entre sus libros se cuentan: Juvenilia (1860), Levia Gravia (1871), Giambi ed epodi (1879), Rime nuove (1871), Odi barbare (1877–1889), Rime e ritmi (1897), Intermezzo (1886), La canzone di Legnano (1879), Ça ira (1883) y Primizie e reliquie, publicada póstumamente en 1928. (Extractado y traducido de la Enciclopedia Italiana de las ciencias, las letras y las artes, más conocida como Enciclopedia Treccani. En línea: https://bit.ly/3bHHHKi).
  8. Henryk Sienkiewicz (1846–1916) fue un escritor polaco de corte realista, gran defensor de la causa polaca (es decir, opositor del proyecto de germanización de dicho país), autor de una trilogía sobre la lucha polaca frente a las invasiones del siglo XVII: A sangre y fuego (1884), El diluvio (1886) y El señor Wolodyjowski (1888) narran una epopeya moderna de amor y de guerra. De los dos candidatos que menciona Mansilla, fue Sienkiewicz el galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1905 (al año siguiente, lo recibiría el escritor italiano). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/24608122).
  9. Publicado el 8 de diciembre de 1869 en el periódico de Bolonia, Il popolo, este extenso poema fue en su época una suerte de manifiesto de anticlericalismo.
  10. Del latín: “Castigad riendo más”.
  11. Este edificio fue construido a comienzos del siglo XIX. Originalmente funcionaba como una capilla donde Didion, un sacerdote parisino famoso y polémico por sus discursos repletos de fanatismo, sus descripciones sobre el infierno y el suplicio de las almas, le daba al púlpito un sentido teatral que lograba acarrear multitudes de fieles. Un día la capilla se incendió y no se realizaron esfuerzos para restaurarla. Algunos años después, el lugar fue rentado por el pintor Georges Antoine Rochegrasse, cuya obra Andromaque provocó sensación durante su exposición, a causa de la brutalidad tan gráfica que presentaba. El agente teatral Méténier adquirió el edificio después que Rochegrasse se fuera asegurando que las ruinas estaban embrujadas. La arquitectura gótica del lugar acentuaba el efecto tétrico de los antecedentes del edificio. Se representaban versiones libres de textos de Edgar Allan Poe y de otros autores clásicos del terror. Otras piezas fueron escritas de forma exclusiva para el Grand Guignol. En “Marca de la bestia”, una de ellas, se escenificaba la tortura con antorchas a un enfermo de lepra. En “Horrible experimento” se abordaban los sorpresivos contratiempos de una cirugía cerebral. En “El guardián del faro” un hombre enfermo de rabia terminaba ahorcando a su propio hijo. (Extractado de “Grand Guignol: el teatro de los horrores”. En línea: https://bit.ly/3m9H54W).
  12. Gravier, Johannès Gravier, A. Lebert. Le Chirurgien De Service; Pièce En Un Acte. Paris: Librairie Theatrale, 1906.
  13. Le Journal fue un periódico conservador publicado semanalmente en formato tabloide, con cuatro páginas a colores, entre 1892 y 1944. Fundado por Fernand Arthur Pierre Xau –y dirigido por él hasta 1899–   fue luego comprado por la familia de Henri Letellier y devino el diario parisino de mayor tirada y, según algunos autores, con más literatura de la época. Se encuentra digitalizado en Gallica: https://bit.ly/2ZEhM1F.
  14. Creemos que se refiere a André Paul Emile Lefèvre (Provins, 1834-París, 1904): filósofo, lingüista, antropólogo, historiador y escritor francés. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/95973573).
  15. Nicolas Boileau (París, 1636–París, 1711) fue un poeta y crítico francés. Se conocen de él cuatro poemarios –Les Satires (1660), Épîtres (1674), L’Art poétique (1674) y Le Lutrin (1674)– y cuatro ensayos –Traité du sublime (1674), Dialogue sur les héros de roman (1688), Réflexions critiques sur Longin (1694) y Lettres à Charles Perrault (1700)–. (Extractado y resumido de http://www.academie-française .fr/). La obra que menciona Mansilla, Arte Poética, se encuentra en línea: https://bit.ly/3k16o7r). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/299253454).
  16. “Entonces, antes de escribir, aprende a pensar”.
  17. Blancas, Alberto. Un viaje a Bolivia. Santiago de Chile: Imprenta Barcelona, 1900. Hay un ejemplar en la Biblioteca Nacional.
  18. Paul Meurice (1818 – 1905). Novelista y dramaturgo francés, amigo de Victor Hugo, produjo el grueso de su obra entre 1850 y 1880. Escribió algunas obras en colaboración con Alexandre Dumas. Entre sus piezas teatrales más destacadas se cuentan: Benvenuto Cellini (1852), Paris (1855), L’Avocat des pauvres (1856), Fanfan la Tulipe (1859), Le Roi de Bohème et ses sept châteaux (1859), La Brésilienne (1878), y Quatre-vingt-treize, basada en la novela de Victor Hugo y estrenada en París en 1881. (Extractado y traducido de la Bibliothèque Hugo 31, 104. En línea: https://bit.ly/2FhbayK).
  19. Bartolomé Mitre fallece el 19 de enero de 1906, una semana después de la publicación de este artículo. El Diario saca una edición especial en su homenaje.
  20. Guglielmo Ferrero (Nápoles, 1871–Bologna, 1942) fue un historiador y novelista italiano de ideología liberal. Coescribió con Cesare Lombroso La mujer criminal y la prostituta (1898). Su obra más importante fueron los cinco volúmenes de Grandezza e decadenza di Roma (1901-1907). (Extractado y traducido de la Enciclopedia Treccani. En línea: https://bit.ly/35z21wL).
  21. Del latín: “Ni los vicios ni su cura podemos sufrir”.


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