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EL DIARIO

Lunes 11 de Junio de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, mayo 18

 

Lo mismo que a cualquier hijo de vecino, apuntando sus impresiones diarias, el atolondramiento les hace (nos hace) cometer zambardas a los que escriben a la luz del día. El hecho es universal, antiguo, constante como el andar a pie. Parece innecesario enumerar ejemplos. Empero, no están de más.

Julio Verne, en el “Viaje alrededor del mundo en ochenta días”[1], hace llegar su héroe al club justamente cuando las campanas de Londres dan las doce menos diez.

Shakespeare (entre otros), hace que Héctor lo cite a Aristóteles y pone mesa de billar en la casa de Cleopatra.

Thackeray mata a la madre de lord Farintosh en el capítulo VI de “The Newcomes” y en el capítulo IIX la hace resucitar. En “Vanity Fair” hay varios otros como Missis Osborn, sin reloj primero y después con reloj a las cien páginas[2].

Nuestro Sarmiento, a la “mayonnaise” le llama “bayonesa”, y así resulta la salsa tan conocida inventada en Bayona como la bayoneta.

Hasta el impecable Cervantes hace que Don Quijote en un capítulo lamente la pérdida de su asno y, a poco andar, que lo monte.

Balzac, ya lo dije a ustedes los otros días ponderando su potencia mnemónica, en la “Comedie humaine”, le cambia el color de los ojos a uno de sus personajes, ni más ni menos que si se tratara de bigotes teñidos.

¿Qué tiene entonces de particular que yo, que no soy ninguno de los mentados, incurra en una aberración amnésica como esta: no me acuerdo, y eso que mi retentiva es regular, de haber discurrido ya a propósito de lo que un poco más adelante se verá.

Si vamos por la calle, distraídos y no contestamos un saludo, el que ha tenido la atención piensa: “no me ha visto”; a no ser que sea uno de esos tipos quisquillosos que todo lo toman en mala parte resintiéndose sin fundamento, a veces por una eternidad.

Pero si no contestamos una carta, o no acusamos recibo de un libro, que con cortés dedicatoria se nos manda, el caso es distinto; incurrimos en una omisión que, aunque pueda imputarse a olvido, se presta y con razón a un sinnúmero de juicios y suposiciones molestos.

Me hallo en la segunda hipótesis.

He recibido un librito, lo mismo diera que fuese un librazo; que éste puede representar más cantidad y el otro, más calidad.

Pero yendo a cuentas: ¿acusé ya recibo?, ¿dije qué me parecía?

Poniendo esta mañana materia impresa en orden, di con él. Voy quizá a incurrir en una albarda. Mas entre el silencio y una superfetación literaria, han de permitirme ustedes que, invocando su paciencia, opte por lo segundo.

Con que así, si no lo dije antes lo digo ahora, y si antes lo dije, lo repito, antojándose que al interesado directamente no ha de saberle tan mal el da capo.

Cual en modesto pegujal, bien cultivado, hay en estas páginas minúsculas entre abundantes florecillas de bonitos matices algunas, no muchas, incómodas malezas.

Citaré una de estas. Dice (Don Juan José Loira Reilly[3], que él es el autor):

“Así es como, sin siquiera moverme de esta esquina, he logrado descender al fondo del proceloso y fosco mar que late junto a mí todos los días: el hombre”…

Figura de retórica se llama eso. Me parece demasiado grave y pomposa para una plática callejera, y eso de latir el mar me suena tan mal como el calificativo “fosco”.

Hablando en verso lo admitiría, como cuando leo en Núñez de Arce[4]:

Hosco don Juan y arrastrado

su incorregible instinto

Cruza el gótico recinto

Convulso y acelerado[5].

Fuera de una que otra por el estilo, que tildar “En el reino de las cosas” (título del librito), hay páginas muy bien hechas, fáciles, naturales, que me dejan esta sensación: he ahí un observador, si sabe insistir y persistir y no tenerle mucho miedo a la crítica de mala voluntad, llevará su piedra hasta lo más alto sin los martirios de Sísifo.

“La almohada”, dice el autor, “lo puede todo”. No tanto. Sobre lo filosófico estamos de acuerdo. Pero hay algo que puede más que la almohada: la constancia.

Con que así perseverancia, la almohada no quita el hambre.


Como se los dije a ustedes en una de mis anteriores, el “bloc” no ha triunfado en las elecciones del 6.

Pero tampoco han triunfado los reaccionarios abigarrados.

Lo ha triunfado son los radicales socialistas y los socialistas, los cuales, es cierto, van a constituir otro “bloc”.

Como entre brumas parece dibujarse un nuevo programa de mayor tolerancia. Sean lo que sean sus líneas principales, diferirá mucho del que tuvo, y tiene aún fuera del gobierno, a M. Combes, su genio director.


Ya tiene Rusia una Constitución. Como ustedes saben, las hay de varios colores.

La nuestra, la Argentina, es de color simpático, y su práctica con una fría y otra caliente, no tan mala.

Los utopistas pedían y porque pedían a gritos se imaginaban que la utopía lucharía victoriosamente contra el hecho concreto, consecuencia de usos y costumbres hondamente arraigados en la masa popular.

La tal Constitución, como no reposa en ningún pacto entre el soberano y una asamblea, ni en asamblea, ni en ningún plebiscito, es así, ni más ni menos, un favor del soberano de derecho divino.

Por eso comienza, es el preámbulo, declarando desde su altura olímpica su “poder supremo y autocrático” y ese poder en su pensamiento es anterior y superior a la Constitución que de él mismo no emana, para que no quepa error.

Por eso, ni el Consejo del Imperio, ni la Douma (lean ustedes para entender mejor lo que sería muy largo detallar, Senado y Cámara de los diputados), por eso ni uno ni otro podrán modificar las leyes fundamentales del imperio si así no cuadra a la iniciativa del soberano, que puede disolverlos.

Quedan por tanto en pie las prerrogativas consabidas de este: derecho de mando supremo de las fuerzas de tierra y de mar, derecho de paz y de guerra, derecho de gracia, derecho de elegir sus ministros que no son responsables ante las Cámaras, de las que pueden formar parte sin embargo.

La Constitución consigna algunas garantías, como estas novedades: ningún súbdito ruso podrá ser perseguido ni arrestado sino según las formas establecidas por la ley; las leyes penales no podrán tener efecto retroactivo salvo en los casos en que estén en favor de la persona incriminada; el domicilio es inviolable, salvo las excepciones legalmente previstas; la libertad de la prensa, de reunión, de asociación, de elegir profesión, religión, residencia, y “hasta de salir” del imperio; la garantía de la propiedad privada contra toda confiscación, etc.

Finalmente, el poder ejecutivo queda autorizado a dictar leyes (durante el receso del parlamento) siempre que lo estimase conveniente, dejándoles a los legisladores esta ficha de consolación: las leyes así promulgadas por el zar caducan si a los dos meses de reunidas ambas Cámaras no han sido ratificadas.

¿Y bien?

Algo es algo, ¿no es así?, peor habría sido nada; lo demás vendrá con el tiempo y será la obra de la firmeza, del talento, de la sinceridad de los hombres encargados de poner en movimiento, completándola, una máquina tan sencilla en apariencia, complicadísima en realidad, como toda ley fundamental en la que el ideal realizado apenas son promesas virtuales.

¡Qué quieren ustedes! Lo de siempre en la lenta evolución de la humanidad que padece:

Une immense espérance a traversé la terre. Malgré nous, vers le ciel il faut lever les yeux[6].

Y así es en efecto. Porque, cosa ignorada por no pocos, no es la primera vez que Rusia ha tenido parlamento otorgado por el soberano. Ya lo tuvo bajo el reinado extraordinario de Catalina II, sensual y filósofa, inclinada a las ideas de Diderot y D’Alambert, por diletantismo. Pomposamente lo inauguró como ahora acaba de acontecer. ¿Durará esto? El pueblo ruso no es una familia normal según nuestras ideas. No es complicada su alma. Es casi ininteligible a fuerza de ser sencilla. De ahí lo difícil del problema social.

Volvamos a la materia papel impreso argentino. Tengo mucho ahí. Es un verdadero bombardeo. Pero no, reflexiono que si entro en esas huellas, se hará muy larga; y ya conocen ustedes mi sentir sobre las correspondencias muy largas. El autor las confecciona para el mayor número. Se chasquea. Solo es leído, de corrido por una minoría, a veces simplemente recorrido.

A fin de no exponerme a haber trabajado para el rey de Prusia, deseando como deseo que mis paisanos me lean, me decido a cortar estas letras aquí. Mas no más rondón, no. Lo haré consignando algunas frases, las últimas que en mis lecturas recientes me han llamado la atención.


Puntos de vista.

Esto es de Rudyard Kipling[7]:

El artículo de utilidad más barato que conocemos es la vida humana.

Otro.

Este es de una revista inglesa.

Lean ustedes, amables argentinas, con atención y mediten.

Si no fuera por la inconstancia del hombre, cada mujer sería un “mamarracho” (un cache, como dicen ahí), un mamarracho incorregible, y si no fuera por la veleidad reprensible de algunas damas inconsecuentes acá y allá, cada hombre degeneraría en un “payaso” irremediable.

Sobre este final no sé qué dirán mis viejos y constantes amigos del “Standard”.

Tiene el mismo origen de lo anterior.

La constancia, siendo más o menos una cuestión de falta de imaginación, es esencialmente una virtud femenina, y esencialmente una virtud también inglesa…

Los irlandeses, cuya inconstancia y veleidad se han hecho proverbiales, son por eso el pueblo más romántico y más imaginativo del mundo.


¡Tolstoi! y lo inesperado, su autobiografía, cuya publicación comienza hoy la “Revue[8]”, es la novedad del día. El escritor ruso declara que esta autobiografía, tal cual quiera hacerla, será más útil que las “charlas artísticas que llenan doce volúmenes de sus obras y a las que los hombres de nuestro tiempo atribuyen una influencia inmerecida”.

Se propone decir toda la verdad (¡muy espinoso!) sin callar lo que él llama la cobardía de la criminalidad su vida. (Veremos la utilidad.)

Semejante biografía tiene vergüenza de escribirla; pero piensa que así le interesará al lector (y que le enseñará).

En cuanto al plan de estas confesiones, a grandes rasgos, helo aquí: rememorando así mi vida, es decir, examinándola desde el punto de vista del bien y del mal que he hecho, me he apercibido de que toda mi larga vida se dividía en cuatro períodos. Primero, ese período maravilloso, sobre todo en comparación con el siguiente: inocencia, alegría, poética, el período de la infancia. Después, un período terrible de veinte años, período de depravación grosera, del servicio, de la ambición, de los honores, y, principalmente, del lucro. En seguida, un período de diez y ocho años, desde mi casamiento hasta mi resurrección espiritual, período que desde el punto de vista social o mundano podría llamarse moral. Es decir, que, durante esos diez y ocho años he vivido una vida de familia honrada, regular, sin entregarme a ninguno de esos vicios condenados por la opinión pública. Pero todos mis intereses se limitaban a los cuidados egoístas de la familia, al aumento de mi fortuna, a los éxitos literarios y a los placeres de toda suerte. Finalmente, el cuarto período, que dura desde hace veinte años, en el que vivo ahora, en el que espero morir, y del que veo toda la importancia de la vida pasada, período que no me permite desear otro, salvo para esos hábitos del mal que se han incorporado en mi ser durante los períodos precedentes.

¿Caerá Tolstoi en las debilidades, por no decir otra cosa, de Juan Jacobo[9]?


  1. Le Tour du monde en quatre-vingts jours es el título original de esta célebre novela del escritor francés Julio Verne publicada por entregas en Les Temps desde el 7 de noviembre (número 4225) hasta el 22 de diciembre (número 4271) de 1872. Al año siguiente, fue publicada como libro. La traducción al español no es como la cita Mansilla –quien debe haberla leído en francés– sino La vuelta al mundo en ochenta días.
  2. Ambas novelas pertenecen al escritor inglés William Makepeace Thackeray. Vanity Fair: A Novel without a Hero, [La feria de las vanidades: una novela sin héroe] fue publicada en 1847–48. Se trata de una sátira –como casi todas las obras de este escritor a la sociedad inglesa de principios del siglo XIX. The Newcomes: Memoirs of a Most Respectable Family [Los recién llegados: Memorias de una familia de lo más respetable] se publicó unos años más tarde (London: Bradbury and Evans, 1854-55). Thackeray fue quien acuñó el término “snob”, en su novela The Book of Snobs, by One of Themselves [El libro de los esnobs, por uno de ellos], de 1848. (En VIAF: http://viaf.org/viaf/95208604).
  3. Hay un error en el primer apellido de este autor, cuyo nombre correcto es Juan José de Soiza Reilly. Periodista y escritor argentino (Concordia, Entre Ríos, 1880–Buenos Aires, 1959), autor de varias novelas en torno a temas populares: El reino de las cosas, Cien hombres célebres, El alma de los perros, Las timberas, Bajos fondos de la aristocracia, La muerte blanca, Pecadoras y Amor y cocaína. También fue autor de la obra La República Argentina vista por los argentinos. El asunto del petróleo (Buenos Aires, s/d, 1935) y del estudio sobre la inmigración Hombres y mujeres de Italia (Buenos Aires: Sempere, 1910). Algunas de sus obras se han reeditado recientemente: La ciudad de los locos se re-editó en 2007 a través del sello Adriana Hidalgo y en 2008 la colección Los raros, de la Biblioteca Nacional re-editó las Crónicas del Centenario. Entre muchos otros trabajos periodísticos, fue corresponsal de la revista Caras y Caretas en París, en donde seguramente frecuentó a Mansilla. (En VIAF: http://viaf.org/viaf/50698915).
  4. Gaspar Núñez de Arce (Valladolid, 1832–Madrid, 1903) fue un poeta y político español que comenzó cultivando un estilo romántico y luego evolucionó hacia el realismo. Fue gobernador de Barcelona, diputado de Valladolid en 1865 y ministro de Ultramar, Interior y Educación. Fue nombrado académico de la RAE en 1874. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/32232312).
  5. Estos versos forman parte de El vértigo (1899) poema en décimas de Gaspar Núñez de Arce. El poema completo está disponible en línea en: tps://biblioteca.org.ar/libros/6665.pdf.
  6. “Una inmensa esperanza cruzó la tierra. A pesar nuestro, hacia el cielo hay que elevar los ojos”.
  7. Joseph Rudyard Kipling (Bombay, India Británica, 1865-Londres, Reino Unido, 1936) fue un escritor y poeta británico, autor de relatos de viaje, libros militares, cuentos infantiles, novelas y poesía. Entre sus obras más famosas, se encuentran: The Jungle Book (El libro de la selva, 1894), Kim (1901), el relato «The Man Who Would Be King» («El hombre que habría sido rey», 1888), los poemas «Gunga Din» (1892) e «If»– (traducido al castellano como «Si…», 1895). Varias de sus obras han sido llevadas al cine. En 1907 recibió el Premio Nobel de Literatura. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/7524679).
  8. Seguramente Mansilla se refiere a la Revue de Deux Mondes, en donde el escritor ruso publicaba asiduamente. No hemos podido hallar el ejemplar con fecha de Mayo 18 de 1906 (fecha de escritura de esta página breve), pero otros números de la revista –muchos de ellos con textos de Tolstoiestán disponibles en Gallica: https://bit.ly/32iQpvA.
  9. Creemos que se refiere a las debilidades que Jean Jacques Rousseau plantea en su libro Emilio o De la educación.


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