Otras publicaciones:

DT_Descola_Tola_lomo_3.5mm

9789877230123-frontcover

Otras publicaciones:

DT_Chartier_Burucua_13x20_OK-final

12-4260t

Introducción

Lucio V. Mansilla es uno de los escritores más importantes de la literatura argentina del siglo XIX. Autor de una obra prolífica, cultivó con soltura diversos géneros discursivos: desde minuciosos y aburridos tratados militares[1] y obras de dramaturgia[2] durante su juventud, hasta diarios y deslumbrantes relatos de viaje[3], causeries[4], narraciones psico-sociológicas de memorias familiares[5] y ensayos que podríamos considerar histórico-socio-políticos[6].

Cuatro de sus textos se publicaron directamente como libros –Rozas. Ensayo histórico-psicológico (1898), En vísperas (1903), Mis memorias (1904), Un país sin ciudadanos (1907)– mientras que otros aparecieron como artículos en diversos diarios y revistas del país. Dentro de este segundo grupo, algunos fueron posteriormente “levantados” de la prensa y compilados en volúmenes, como la célebre Una excursión a los indios ranqueles (1870) y las Causeries del jueves (1889-1890), obras aparecidas primero por entregas en el diario La Tribuna y en el Sud-América, respectivamente, y hoy con varias reediciones en formato libro. Sin embargo, existen otros nunca hasta hoy reunidos en libros ni reeditados en ningún otro formato, ni físico ni digital. Se trata de un amplio y valioso patrimonio cultural que aún permanece disperso en las hemerotecas nacionales, a merced de hongos y humedad: este era el caso de las Páginas breves (1906-1911) hasta antes de mis investigaciones y sigue siendo el caso de una amplísima cantidad de textos aún a la espera de ser “rescatados” de los archivos.

Como han señalado ya varios críticos (David Viñas, Noé Jitrik, Cristina Iglesia, Silvia Molloy, Sandra Contreras, entre otros) casi todos los textos de L.V.M. comparten ciertos rasgos de estilo y de composición que hacen que su escritura sea fácilmente reconocible: un tono conversacional y desacartonado, a veces irreverente, la recurrencia al detalle más o menos íntimo, a lo digresivo y fragmentario, la exhibición de erudición nunca exenta de humor –ni tampoco de soberbia ni de excentricidad–[7]. Asimismo, ciertas obsesiones permiten reconocer la pluma mansillana: la defensa de Rosas –o Rozas, como elegía escribir el sobrino predilecto del dictador–, la saña contra Sarmiento (y el consecuente escepticismo hacia la separación tajante del par civilización-barbarie), cierto dandismo, frivolidad u orgullo de su alcurnia y de su prosapia familiar, la fascinación por la diversidad cultural (su jactancia de haber cenado tanto en las tolderías ranqueles como en los más selectos salones parisinos), la pasión política (ejercida, según varios autores, con irremediable torpeza).

A esta coherencia temática y formal a lo largo de su carrera literaria se contrapone la suerte dispar (¿y la calidad?) de sus diversos escritos. De la célebre Una excursión a los indios ranqueles (1870) se han hecho hasta ahora más de veinte reediciones, de Rozas. Ensayo histórico-psicológico existen más de doce y de las Causeries del jueves más de ocho. Sin embargo, sus últimos artículos periodísticos, sus textos “de la vejez”, aquellos que produjo en París ya entrado el siglo XX, mientras su salud física se lo permitió, nunca hasta ahora han sido compilados.

A tono con el carácter inasible de Mansilla (Iglesia, 545), las Páginas breves no siguen un ritmo regular de publicación. Lejos de la relativa prolijidad de las causeries, estos artículos podían aparecer cualquier día de la semana y con una frecuencia imposible de formalizar[8]: a meses de gran productividad (en marzo de 1906, por ejemplo, se publicaron ocho cartas, los días 5, 8, 12, 13, 16, 23, 27 y 28; en mayo del mismo año, siete: los días 3, 8, 10, 18, 22, 23 y 30) les siguen meses de completo silencio (septiembre y octubre de 1906, o los largos ocho meses que fueron desde la Página breve del 29 de abril de 1907 hasta el 28 de enero de 1908). Esta frecuencia caótica –sumada a la ubicación aleatoria: las Páginas breves podían aparecer en cualquier parte del diario– hicieron aún más difícil la búsqueda de cada artículo.

Escritas con el encanto y la destreza propios de la prosa mansillana, las Páginas breves dejan ver la pervivencia de la voz del autor en el campo cultural porteño de principios del siglo XX y, de este modo, permiten ubicarlo como contemporáneo –no ya sólo de Sarmiento y de Hernández, como ha sido pensado a partir de sus obras de los años ´70 y ´80– sino también en sintonía o controversia con intelectuales como Ricardo Rojas, José Ramos Mejía, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez, o como antecedente inmediato de las Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, de los Papeles de Recienvenido, del joven Macedonio Fernández. En palabras de su biógrafo: “Las Páginas breves dan cabal fe de su insaciable curiosidad intelectual, de la vastedad de sus lecturas, de la multiplicidad de problemas y cuestiones que atraían su interés. Política, teatro, novelas, ensayos, asuntos militares, navales y aeronáuticos, invenciones científicas, sociología y mil temas más comenta en su sección” (Popolizio, 354).

Tan lejos de la frivolidad como de la mentada torpeza política, el Mansilla de estas Páginas breves tiene ciertas preocupaciones recurrentes: el clima político tenso entre las potencias de Europa –que el autor no vacila e interpretar ya en 1906 como signo de la inminencia de una guerra–, la obsesión militar por la contabilidad y el perfeccionamiento de los recursos armamentísticos –en tensión con un discurso pacifista de corte cristiano humanista–, un resquemor furibundo hacia el socialismo y hacia el anarquismo, la religión como supuesta garantía de espiritualidad, la vida cultural parisina con sus fascinantes museos, exposiciones y conferencias de la Sorbonne, la prensa europea, las novedades bibliográficas (de Argentina y Francia, principalmente), por nombrar sólo algunas de estas recurrencias[9].

Valga una honesta aclaración –que quizás sirva también como hipótesis de por qué hasta ahora no se habían rescatado de los archivos estas Páginas breves–: el encanto y la destreza típicos de la prosa mansillana no son lo único que hay en estos artículos. Muchos pasajes encontramos en donde Mansilla da cuenta, con aburridor lujo de detalles, de datos tan alejados de lo literario como: los sueldos de ciertos políticos, el presupuesto armamentístico de determinado país, las múltiples quejas lacrimógenas en defensa de la Iglesia, de la educación religiosa y de los sacerdotes. De modo que, además de la ubicación y frecuencia periodísticas variables, además de la gran extensión de esta columna, otro desafío para apropiarse de este patrimonio cultural ha sido –y es ahora para ustedes, queridas y queridos lectores– tener la paciencia necesaria para separar la paja del trigo: hallar las perlas escondidas tras algunas malezas de obsesivos números, referencias menores, detalles a veces cansadores o cuitas de alcurnia venida a menos.

1. El Diario de Manuel Láinez

El Diario, fundado en 1881 y dirigido hasta su muerte por Manuel Láinez Cané[10], tenía una frecuencia diaria, edición vespertina y formato sábana (de 71 cms de largo por 41 cms de ancho), en blanco y negro, aunque a veces ofrecía una tapa a color (como en la foto que sigue, que corresponde a la portada del 12 de marzo de 1906). Allí vemos una caricatura de la asunción presidencial de José Figueroa Alcorta, en representación del Partido Autonomista Nacional, al cual Láinez, broma mediante, apoyaba pero con ciertas reticencias.

Descripción: C:UsersnataliaDesktopLIBRO PB 1906IMG-4031.jpg

En general, El Diario presentaba la siguiente estructura: en la primera página, noticias políticas y económicas, tanto nacionales como informadas por “Telegramas” recibidos del extranjero; en la segunda página los Edictos Judiciales, las noticias policiales y culturales, con llamativa presencia de noticias bibliográficas europeas. La sección Folletín solía iniciarse en la segunda o tercera página y en ella se publicaban tanto novelas nacionales como traducciones de obras extranjeras[11]. De la página 4 en adelante, se hallaban: la sección “Noticias varias”, avisos clasificados, publicidades, obituarios, miscelánea. Entre sus colaboradores más frecuentes, cabe mencionar, además de Mansilla, a Leopoldo Lugones, Osvaldo Magnasco, Carlos Olivera, Francisco Barroetaveña, Martín García Mérou y Paul Groussac.

A golpe de vista para quien busca, como en mi caso, una columna específica y no un análisis del periódico en general, llaman la atención de El Diario tres recurrencias: la proliferación de caricaturas políticas (recordemos que el editor fundaría, en 1909, la revista Tit Bitz, de fuerte impronta humorística y con las primeras historietas del país), la inclusión de fotografías (algunas de ellas, un tanto amarillistas, como las de Bartolomé Mitre en su lecho de muerte, y luego, las de sus funerales los días sucesivos al 19 de enero de 1906, fecha de su muerte) y la cantidad de avisos publicitando remedios o lociones para modificar el cuerpo. Entre estos últimos avisos se hallan desde los más convencionales que apuntan a combatir malestares físicos –pociones para las hemorroides, para la hipertensión, jarabes para la tos o el famoso y muy publicitado “Digestivo TOT que hace milagros con los estómagos enfermos”–, otros más cosméticos (lociones para oscurecer el cabello, polvos para aclarar la tez del rostro o aumentar de peso) e incluso remedios “mágicos”, como la loción que, tras atribuir cierta “natural irritabilidad femenina” a un igualmente “natural” desorden hormonal, promete combatirla con una píldora muy efectiva, o como el libro que según reza el anuncio, hará más alto/a a quien lo lea.

Descripción: C:UsersnataliaDesktopLIBRO PB 1906IMG-3983.jpg

Pero como todo proceso de archivo supone una tarea de eliminación, selección y montaje (Arnoux, 2006; Glozman, 2015), olvidemos los otros textos del diario y hagamos foco en las Páginas breves del General Lucio V. Mansilla. Se trata de un material inmenso en el que vemos recurrencias de estilo, obsesiones, temas predilectos que nos permiten identificar al Mansilla anterior, al de siempre, y también nuevos temas, nuevos rechazos o miedos más exacerbados, convicciones y fanatismos. Una primera pregunta para ingresar a esta masa textual podría ser entonces: ¿en qué se parecen y en qué se distinguen las Páginas breves del resto de la obra de Mansilla?, ¿qué es lo nuevo de esta escritura final y qué aquello que insiste desde siempre en su obra? Otras puntas de partida podrían ser: ¿a quiénes lee Mansilla? O, más puntualmente: dentro de la cantidad enorme de bibliografía que lee y comenta, ¿a quiénes admira, a quiénes critica y a quiénes desprecia?, ¿con quiénes dialoga o se hermana, se distancia o se pelea? Respecto de su público, ¿quiénes –cree él– lo leen?, ¿para quiénes escribe? También, teniendo en cuenta la cantidad de cambios –sociales, políticos, tecnológicos– que signaron el proceso de modernización de la primera década del siglo XX, podemos entrar a este corpus preguntando: ¿Qué aspectos del nuevo siglo fascinan a Mansilla?, ¿cuáles le resultan incomprensibles, intimidantes, aborrecibles? En el autoexilio parisino desde el cual escribe, ¿qué Argentina textual se arma en estas páginas? ¿Cómo inciden en ese armado la nostalgia, la vejez, los muchos duelos que le deparó la vida (sus cuatro hijos murieron antes que él)? Teniendo en cuenta su origen familiar, ¿qué limitaciones y qué aperturas en la mirada hacia los otros le impuso su clase social? En definitiva, ¿a qué se aferra el Mansilla anciano de esta columna?, ¿cuál es el motor de su escritura, cuál su disfrute y cuál su revancha?, ¿Cuál la razón de ser de las Páginas breves y qué quería comunicar, más allá de las “novedades” políticas, sociales, literarias?

La ilusión de completitud que me ha guiado –con la obsesión propia de la hormiga laboriosa– en el camino de búsqueda, digitalización y re-edición de las más de dos mil fotografías que ocupan en El Diario las Páginas breves no me guiará –te prometo, lectora, lector– a la hora de responder estas preguntas. No al menos en esta introducción, que se pretende panorámica. Compartiré sólo algunas reflexiones generales[12] –con la alegría de la cigarra cantora– y el resto les tocará a ustedes, pues ese es el deseo principal que tuve a lo largo de todo este rescate hemerográfico: que los seis libros que componen las Páginas breves funcionen como semillero de nuevas investigaciones, miradas y preguntas.

2. Esa voz inconfundible

El fragmento, la digresión, el tono conversacional, la complicidad con los lectores, el gesto cómico e irreverente, el cultivo de un yo excéntrico, narcisista[13] y dandy son quizás, como mencionamos, los rasgos más persistentes –y más señalados por la crítica[14]– en la obra de Mansilla. Todos ellos están presentes en las Páginas breves pero adaptados a un timbre de voz menos estridente, más temeroso y conservador.

Lo fragmentario salta a la vista desde la misma disposición gráfica de los artículos: todos están divididos en secciones, separadas entre sí por una raya de un centímetro, y en cada sección se aborda un tema diferente. No hay un orden predecible ni criterio subyacente: los temas producen el efecto de un collage: son fragmentos de noticias comentadas de lecturas de diarios, reflexiones, novedades bibliográficas, recuerdos, como una prosa regida por la asociación libre y al correr de la pluma. Por algunas referencias a la escena de escritura, podemos sospechar que –a diferencia de otras ocasiones– Mansilla no tuvo aquí asistencia de secretario alguno[15]. Es frecuente –quizás por analogía con el orden en que El Diario dispone sus propias secciones a lo largo de sus páginas– que los artículos se abran con una noticia política. Casi siempre se trata de novedades preocupantes del entorno europeo, situaciones que dan cuenta del clima de pre-guerra entre las potencias.

Además de las rayas separadoras de fragmentos, lo fragmentario también se verbaliza, junto con el siempre buscado efecto de oralidad y cercanía:

No sé si Vds. hallarán que hablo de demasiadas cosas a la vez en estas páginas hilvanadas sin conexión. Es probable que sí. No puedo expedirme de otra manera.

¿Por qué?

Porque así se me figura que estoy charlando con Vds. en una boca-calle, a cada paso interrumpido por algún amigo que pasa.

Es una ilusión. Ya lo sé. Pero si Vds. reflexionan un momento, verán que en este mundo (es el único del que puedo hablar con algún conocimiento) verán que más vivimos de ilusiones que de realidades. Por consiguiente, aumentar las ilusiones es embellecer la existencia en lo posible, esta existencia, hecha para nuestra felicidad, fuego fatuo dirá alguno ¡Ay de mí! Si tuviéramos más cabeza, o nos contuviéramos a tiempo, quizá lo alcanzaríamos.
En cuanto a Vds., los que me saben de memoria, cuántas veces no dirán: ¡si me parece que lo estoy oyendo! (PB.17.06.08)[16].

El gesto conversacional y el guiño empático se dejan leer en varios pasajes, a veces, a través de exclamaciones y gestos cómplices. “¡Buenos días, paisanos y amigos! y que estas letras les hallen con la cabal salud de que yo disfruto para servir a ustedes y contentos del gobierno, lo cual no es general”, leemos al comienzo de la PB.13.11.06. “Como ustedes ven”, escribe en la PB.13.11.06, “ya estoy de regreso en mi nido de la Avenida Víctor Hugo 184, empleando la expresión que tanto le gustaba al Dante inmortal. Con que así platiquemos a puerta abierta, que lo que diga no ha de ofender a bicho viviente”. El uso de verbos del decir, las interpelaciones a un “ustedes” –que Mansilla siempre construye como porteño, familiar, “la tibieza exclusiva del pequeño círculo”, como leímos en Viñas– son otros recursos para lograr el efecto de cercanía y de espontaneidad:

No recuerdo si alguna vez hemos hablado de esto: ¿en qué consiste una indiscreción?

¿Han meditado ustedes sobre la materia?

¿Han arribado ustedes a una conclusión cualquiera?

Es posible.

Tendrán ustedes por consiguiente su definición.

Yo tengo la mía. Hela aquí: una indiscreción consiste no tanto en lo que se dice, o en lo que se hace, cuanto en que elegimos mal el interlocutor (el confidente) o el sitio de la acción.

Este mismo concepto, en otra forma más elíptica, está en mis “Estudios Morales”.

Dice así: La Sociedad perdona lo que sabe, no perdona lo que ve, no le gusta que le falten el respeto.

No me placen las nebulosas, ni a ustedes tampoco, sospecho, en estos casos.

Me explicaré entonces un poco más.

Si le hacemos una confidencia a un amigo poco reservado, el secreto será el Calderón a voces; lo mismo que si en ciertas ocasiones no nos ocupamos, sino a medias, nos pasará lo que al avestruz que, porque ante el peligro esconde la cabeza en el pastizal, supone que su perseguidor no lo ve.

Hechas estas salvedades, con sus ribetes filosóficos, para mí al menos, paso a decir a ustedes algo muy entre nos, confidencialmente.

Tengo tanta confianza en el criterio colectivo y hasta en la indulgencia popular, cuando no los inducen mal, que de antemano cuento con que no tomarán ustedes a mal estas como expansiones, diré, así, sin mayor ceremonia, casi en medio de la calle.

Es quizá una chifladura, una manía que los años alelándonos agravan, esto de creer en el público. Pero, qué quieren ustedes, cada loco con su tema. (PB.27.07.08).

También buscada es la intimidad que se genera entre autor y lectorado: “Una confidencia ahora que he tenido tiempo de reflexionar”, leemos en la página breve del 23 de octubre de 1908, a propósito de su libro Estudios morales o Diario de mi vida: “Hay en esas mis páginas sapos y culebras que querría suprimir. ¿Cómo? Verba volant scripta manent[17]“. Imposible. Lo escrito es indestructible”. En otra ocasión, también escribiendo de sí mismo íntimamente, nos hace partícipes de sus hábitos de lectura:

En lo que llamaré mis lecturas policromas, con el lápiz de dos colores en la mano (azul y rojo, ya saben ustedes para qué uso diverso), suelo dar con algunas frases que siempre pensando en lo mismo me hacen discutir de aquesta manera (¡qué acicate el recuerdo de la patria!): no, esto no lo dejaré pasar inapercibido, es preciso que lo comunique a mis lectores de por allá, son los que me preocupan, para que mediten… (PB.10.07.06)[18].

Este tono conversacional, familiar, íntimo, que intenta con la escritura remedar la gran sociabilidad de esta elite, es quizás el rasgo más permanente y característico de Mansilla, puntualizado ya varias veces por la crítica. En palabras de Jitrik:

Es el estilo de la conversación, cuyo cetro se atribuye con justicia a Mansilla, y que parece haber sido una dimensión muy característica de los hombres del 80, favorecida por la vida de club, por la importancia del Parlamento (el conversatorio más trascendente), por la vida rumbosa y evidente que era la regla. Conversación que es intercambio y que, al convertirse en un estilo, muestra que es una categoría, un plano de la realidad social que ha logrado tomar forma expresiva (83).

Me interesa rescatar la idea del tono charlado como categoría, como cristalización literaria de la sensibilidad de una época. En Mansilla, lo conversado conlleva siempre un rechazo de la formalidad, refrescante en la prosa a veces pacata y acartonada o de tono solemne del siglo XIX. Crea complicidad, genera idea de grupo cerrado (un “nosotros” que delimita y excluye), pero a veces también es un pie para la provocación. “La crítica literaria alambicada a la violeta me ha tildado alguna vez de ser demasiado anecdótico”, plantea como primera frase en la Página breve del 30 de abril de 1906: “Confieso que sí lo soy y que si el serlo es un defecto, lo tengo, aunque la palabra “anícdota” venga del griego “anekdotos”, es decir, no publicado”. En tono de confesional desafío –si cabe el oxímoron– sube la apuesta:

Confieso algo más: que me siento incorregible, con una debilidad senil en esa dirección. Sigo en esto primero porque está en mi naturaleza, segundo por prurito de imitación a ciertos profesores de historia e historiadores siempre a la caza de historietas o referencias picantes.

Alegan ellos que un dicho, un rasgo, pinta con palabras un temperamento, carácter, o una situación. Y a veces mejor: y más netamente que alargo capítulo muy desleído.

Será que, así como lo que el pueblo necesita son verdades usuales, la generalidad de los lectores lo que con más gusto paladea son los decires corrientes, los resúmenes.

Al grano, eso significa, es decir, vamos a ello, a la sustancia. (PB.30.04.06).

Detrás de la pretendida sencillez, de la falsa modestia de declaración de igualdad respecto de sí mismo y los lectores se esconde –lo hemos visto ya en otras zonas de su obra– la certeza de distinción y de talento, la autopercepción de sí como alguien “especial”[19] y muy famoso (“me parezco a la pirámide de la plaza de la Victoria, que ¡quién no la conoce!”, PB.13.11.06). Aquella excentricidad puede verse en la construcción narcisista y extravagante que hace de sí cuando relata anécdotas personales. Veamos un ejemplo entre varios posibles[20]. Como ya sabemos por Rojas, Mansilla era un habitué del Louvre[21], entre otras caminatas y paseos diarios que hacía por París:

Era un día de perros, llovía, llovía mucho, como llueve en este París de Francia cuando se pone a llover; como debía llover en los días caóticos de las habitaciones lacustres.

Yo había ido, según mi costumbre, a renovar impresiones y a caminar, por higiene, bajo el techo templado, artificialmente, de los vastos museos del Louvre.

No acaba uno de conocerlos bien por más que los visite. […]

Deambulaba yo sin rumbo, haciendo zigzags corporales y mentales, distraído al parecer; en realidad un punto me atraía con irresistible imán.

Me saludan. Absorto; en mi contemplación interior pienso: ¿quiénes son?

¡Ah! me digo, ya caigo (una hermosa pareja de lo más sencilla y simpática), Juan Esteban Anchorena y la interesante Carolina.

¡Qué agradable sorpresa!

–¿Cómo están ustedes?

–Muy bien, ¿y usted general?

–Perfectamente; ¿buscan ustedes algo especial?

–No, nada, pasamos revista.

–Yo sí.

–¿Qué?

–¿Quieren ustedes tomarse la molestia de seguirme?

–Con mucho gusto.

–Pues han de saber ustedes que estoy apasionado.

–¿Es posible?

–¡Y por qué no!, el corazón no envejece.

–Así dicen, ¿y…?

–No se alarmen. No es un “coup de foudre”. No. Mi estado es plácido. Un sueño de verano. Atravieso “esa faz feliz en la que el amor se alimenta de su propia sustancia, en la que uno saborea íntimamente la alegría de amar sin experimentar la necesidad de decirlo (sino así, muy en reserva). Ella ignora mi secreto. Sus ojos se miran en los míos. Pero no hablan. Solo emiten efluvios imponderables. ¡Cómo han de hablar! Así el éxtasis es solo mío. El del “hachich”; una languidez inexplicable. Ella es insensible. Ahí está…

Ya habíamos llegado.

–Ven ustedes. Está entre San Mateo, inspirado por el ángel, y Betzabé… la culpable, pobre Urías, “felix culpa”…sin tamaño desvío no habríamos tenido un Salomón.

Cuando ustedes vengan a París no dejen de verla. Queda, antes de entrar a la sala Van Dyck, donde está el gran cuadro de Rubens: Jesús en la Cruz.

No es linda ni fea; es una cara como hay muchas. Pero suponiendo que fuera fea, contrahecha, ¿son acaso los defectos físicos infalible antídoto contra ese misterio del alma llamado por definición amor?

Su nombre por más señas es… lo dejaremos para más adelante, a ver si así pico un tantico la curiosidad de ustedes. (PB.27.07.08).

Dentro de la construcción de su yo excéntrico, hiper-sociable, conversador, Mansilla no escatima en comentarios sobre su propia obra. Entre muchos otros pasajes de auto-referencias literarias, rescato uno que nos recuerda cuán de avanzada fue su mirada sobre los ranqueles, en 1870, comparada al menos con las posturas tan en boga en la época, en pos del etnocidio. A propósito de una nota del periodista francés Jean Finot en torno al carácter innato de la bondad, Mansilla aprovecha para ponderar, en un mismo gesto, su obra y la humanidad o igualación de calidad ética entre los blancos y los ranqueles:

No sé si Jean Finot ha vivido como yo entre los salvajes. Si ha vivido como yo en contacto con ellos, no puede haber dejado de observar lo que yo observé entre los indios Ranqueles: que los había buenos y malos, humanos e inhumanos conforme a su concepción primitiva de las relaciones entre los hombres, y asimismo conforme a lo que nosotros y otros que no son bárbaros entendemos por humanidad.

En mis “Indios Ranqueles” hay una palabra del cacique principal Mariano Rozas (cito de memoria, no tengo a la vista el libro para reproducir el texto):

“No lo saque a ese hombre, que si es malo acá, cómo será entre los cristianos”.

Se trataba de un refugiado, cautivo precisamente no era, lo saqué, el indio tenía razón, se portó conmigo, su benefactor, como un bellaco.

No discutiré con Jean Finot sobre lo que son sentimientos innatos; sería cuento largo, parecido a lo que conocemos de las discusiones referentes al valor de las cosas, a la generación espontánea, a la doctrina del principio vital, etc., etc.

Pero así como innato se opone a empírico, lo mismo que a “a priori” a “posteriori”, y únicamente para hacerme entender un poco mejor diré: antes de ponerme en contacto físico-psíquico con los indios, yo pensaba como Jean Finot.
Después vi, observé y arribé a esta conclusión: los indios de ambos sexos nacen con ciertos instintos buenos o malos más o menos caracterizados. (PB. 16.05.08).

Otro rasgo en la construcción de la imagen de sí es la tensión entre la semejanza y la diferencia entre su figura y la de otras celebridades. En palabras de Iglesia: “En sus propios relatos, su imagen se construye cuidadosamente con la compleja simultaneidad del parecido y de la diferencia. O, mejor aún, el parecido se trabaja como diferencia fundante de su personaje” (544). La siguiente narración da cuenta de esta idea:

Hará cosa de dos años que andando por el sur de Francia me acontecieron equivocaciones y encuentros curiosos, banales estos, extrañas, misteriosas aquellas.

El uno fue yendo de la histórica Carcasona (vale la pena de ir a ver el castillo) a la Tolosa, la erudita.

El otro, de Lourdes la milagrosa a Bayona, la clásica en otro sentido.

Viajaba con mi mujer y mi sirviente Peña.

Subimos en un compartimento, no había comodidad para tres, ni para dos juntos.

Nos dislocamos.

Yo entré donde me parecía que no iría muy mal. Miré a derecha e izquierda, dos viajeros que ocupaban dos esquinas se pusieron de pie y me saludaron sacándose el sombrero significativamente.

Toda cortesía obliga. Contesté con política, intrigado, jamás los había visto, diciendo para mis adentros: ¿quiénes serán?

Tenían ambos ese aspecto que se llama decente.

Seguí inspeccionando la topografía y como viera que cerca de sus asientos había un sitio vacío, traté de sentarme en él.

Dos voces al unísono articularon:

–Ici, echer Maître.

Había oído bien; pero no entendiendo jota y no pudiendo dudar de que conmigo hablaban, repuse:

–Plait-il?

Insistieron ambos endilgándome que ocupara uno de los asientos.

–Merci, je serai ici très bien.

–Mais non cher maitre.

–Messieurs, il y a erreur.

–Mistral?

–Mais non, Je suis soldat, non pas poète.

El tren llegaba a la estación de su destino, se detuvo, ellos bajaron haciéndome una reverencia, y murmurando: c’est frappant.

Todo, o casi todo porque algo había de semejanza remota, era efecto de mi chambergo, que Mistral, el gran poeta meridional, usa como yo terciado, o yo como él, aunque lo primero me parece más en su lugar siendo yo mayor en edad que el eminente «felibre».

Y aquí se rompió el hilo, ellos diciéndose seguramente ¿quién será? Y yo pensando: ¿por quién me habrán tomado?

Una fotografía me sacó de dudas después, que personalmente no he tenido nunca la satisfacción de encontrar y darle la mano a este mi insigne «alter ego» (por fuera).

Si pues más propio y exacto sería decir con el caballero provenzal al que me le parezco en un detalle externo: la inclinación artística a la colocación pintoresca del sombrero.
Es una debilidad más frecuente de lo que se confiesa y de ella han padecido muchos personajes históricos europeos y americanos. (PB. 05.03.06).

Mansilla no vacila en ubicarse como uno de estos “personajes históricos europeos y americanos”, no sólo porque trabaja en la construcción de su yo sino porque su relación con lo europeo es de una gran familiaridad y admiración. Aunque no exenta de cierta crítica, su mirada hacia lo francés, lo inglés e incluso lo estadounidense suele estar signada por la admiración. “¡Qué país extraordinario los Estados Unidos del Norte de América!”, exclama al abrir su Página breve del 5 de mayo de 1908. Tres meses más tarde, en la columna del 5 de agosto de 1908, exclama sobre Estados Unidos: “¡Estupendo progreso! Yo admiro este país, lo he de repetir como un estribillo”. “Ingleses, pueblo admirable!”, escribe el 2 de febrero de 1909. También sobre Inglaterra, en la PB.12.01.06, leemos: “Gran pueblo ejemplar como la Inglaterra, tierra clásica del parlamentarismo”. Esa admiración genuflexa, tan propia de la elite criolla decimonónica –tan colonizada– se acompaña de una gran erudición y de una abrumadora información actualizada sobre los problemas de geopolítica internacional. También estas páginas breves dan cuenta –para contrarrestar quizás la fama de torpeza política y ante el “fracaso” en su búsqueda de un cargo ministerial– de su pasión no ya por la gestión sino por la política en tanto materia a analizar, como lucha de fuerzas en tensión, con sus marchas y contramarchas. Es decir, si bien no pudo concretar su ambición de obtener un cargo político importante (sólo tuvo nombramientos menores), lo que queda claro leyendo sus últimos escritos es su gran pasión por el análisis de las dinámicas de los poderes (los políticos y también los militares) de todas partes del mundo. Veamos un poco esta pasión.

3. Mansilla en el siglo XX

3.1. La política del hemisferio norte

Son muchos los temas de su actualidad que Mansilla maneja con una solvencia ganada a fuerza de lecturas cotidianas de la prensa mundial. Comenta notas de diarios franceses, ingleses, argentinos, estadounidenses, italianos, alemanes, incluso rusos, por no mencionar las novedades bibliográficas –literarias pero también de otras materias– que parece devorar omnívoramente. Como dijimos, varias páginas breves se abren con un apartado sobre alguna cuestión política. Dentro de las cuestiones que suele comentar, se hallan: 1. los conflictos internos a la Cámara de los Lores y a la Cámara de los Comunes en Inglaterra (el ascenso de los partidos de izquierda y la creciente pérdida de poder de los conservadores afligen profundamente a Mansilla, rotundo defensor del conservadurismo); 2. La Ley de Laicidad o separación de la Iglesia y el Estado, sancionada en Francia en diciembre de 1905 –cuando Mansilla inicia la escritura de esta columna–. Como ferviente católico, Mansilla no ahorra tinta en describir el tremendo deterioro que acarrearía la nueva laicidad sancionada por los liberales franceses. Para él, esta ley tiene espantosas consecuencias: la educación ahora secular es la fuente de la crisis moral y la causa del aumento de la criminalidad y de la delincuencia. Es por culpa de esta ley que el Estado “expropia” los bienes de la Iglesia y deja en la calle, desprotegidos y pauperizados, a miles de sacerdotes, ya no se financian las sociedades de culto ni las ceremonias, actividades ni salarios de los religiosos. 3. Un tercer tema político –quizás menos recurrente que los dos primeros– es la enemistad creciente de Alemania hacia Francia e Inglaterra: su actitud agresiva, su pretensión de germanización del mundo, su intención latente de guerra. También, los conflictos imperialistas entre las potencias: la disputa por las colonias en África, Asia y América y el provisorio reparto decidido en la Entente Cordiale firmada entre dichas potencias. 4. La doctrina Monroe y la política expansionista de Estados Unidos sobre Panamá, primero, y como amenaza sobre el resto de América del Sur después, deja ver un Mansilla en estado de alerta, defensor de la soberanía nacional y anticolonialista que sorprende[22], pues estaba camuflado tras la bruma de elogios que citamos un poco más arriba. 5. La política argentina del presente de escritura aparece raras veces: más frecuentes son las reminiscencias y recuerdos del período rosista –y, por supuesto, la defensa del gobierno de su tío Juan Manuel de Rosas… aunque no se trata de una defensa acrítica– o las rectificaciones sobre batallas y eventos militares en los que él o su padre (Lucio Norberto Mansilla) participaron y cuyos relatos en pluma ajena raras veces lo satisfacen[23]. 6. El Affair Dreyfus muestra un Mansilla antisemita que, sumado al Mansilla ultracatólico y machista[24], deja muy atrás en el tiempo y en la ideología aquella valoración de la diversidad cultural que hemos disfrutado en Una excursión a los indios ranqueles. 7. En último lugar podríamos ubicar las menciones a la guerra ruso-japonesa y a la bibliografía surgida en torno a ella.

Del fragmento político Mansilla puede saltar, sin estructura ni orden predecible, a una crítica teatral, a un comentario literario, a una nota sobre algún evento de la vida cultural parisina, a un obituario, a una noticia policial, al resumen de algún diario europeo, a la reseña de un libro sobre cualquier tema, de prácticamente cualquier parte del mundo: sus Páginas breves tienen tanto don de ubicuidad (Iglesia, 546) como el mismo Mansilla.

3.2. “El socialismo es como los ratones”: las cuitas de un cristiano

Con un conservadurismo macerado en el almíbar de su alcurnia, su senilidad, su catolicismo y sus duelos, podríamos decir que, con excepción de las novedades literarias, son pocos los cambios e innovaciones de la sociedad moderna ante los cuales Mansilla no se pone en guardia. La secularización, como vimos, le parece la causa de la decadencia moral de la sociedad. De un profundo catolicismo –quizás hasta ahora subestimado por la crítica– al Mansilla de las Páginas breves bien le cuadran las reflexiones que sobre los católicos del ´80 ya en 1982 ha hecho Noé Jitrik: “En virtud del antilaicismo se hacen tradicionalistas y esencialistas, están en contra del liberalismo porque sostienen que conmueve y fractura los ámbitos más sagrados, la persona humana, la familia, la educación, porque favorece el descreimiento y todos los vicios y aberraciones de un mundo sin Dios” (38).

Menos miedo que el laicismo le despiertan a Mansilla las noticias que lee en la prensa sobre las luchas por el voto femenino y las uniones de mujeres en Inglaterra: junto con la mueca burlona suele deslizar un gesto de seducción condescendiente, a veces un tibio apoyo. Pero lo que sin duda le genera el mayor de los rechazos, una reacción casi física, es el avance del socialismo en el senado francés, en la política argentina y en el mundo en general. El socialismo es para él una fuerza eminentemente “anti-cristiana”. El 17 de junio de 1908 comenta, escéptico: “El socialismo es una doctrina que pretende reorganizar la sociedad. No es nuevo. Es viejo como la sociedad misma” (PB.17.06.08). Unos meses más tarde, recibe un regalo por demás incómodo: dentro de los muchos libros que le envían sus admiradores desde Argentina, le llega uno de “tapa encarnada”: “es voluminoso, se titula Ultimo año parlamentario del diputado doctor Alfredo L. Palacios”. Como buen dandy, su devolución se inicia haciendo gala de elegancia patriótica: “Viniendo de la tierra, lo he leído con atención. La materia así lo exige, por una parte, y, por otra, es buena regla, me parece, en estos casos, tener siempre presente que á tout seigneur tout honneur”. Pero junto con las referencias a la figura personal y a la buena vida social, comienza a asomar la discordia ideológica:

Lo que se piense es otra cosa. Conozco poco al doctor Palacios. Una que otra vez nos hemos encontrado en casa de amigos comunes, invitados a comer. Hablaba como por compromiso, confinando su palabra mesurada casi con el silencio. Es decir que fue para mí una cifra. ¿Y yo para él? Habiéndome mostrado tal cual soy y teniendo lo que él no tiene todavía, un pasado, se me ocurre pensar, y creo que no pienso mal, que nada de lo que dije, repitiéndolo quizá, fue para él una novedad. (PB.22.09.08).

La escalada es rápida: de la refinada displicencia se llega en pocos renglones a la clausura tajante de todo futuro intercambio: “Personalmente le deseo salud y prosperidad al doctor Palacios; sus doctrinas, he de darle a ello un nombre cualquiera, me parecen detestables”. (PB.22.09.08). Si el socialismo argentino le parece algo irreal, “una copia, no diré grotesca, pero sí diré traída por los cabellos, del socialismo francés”[25] (PB.22.09.08), su original europeo le resulta más detestable aún. Así expresa su rechazo hacia la doctrina de Marx:

El socialismo es como los ratones. No tiene nacionalidad. Es internacional. No se sabe de dónde viene. Ni a dónde va. Viaja. Se escurre por todas partes. Mina, destruye. No hay región rica o pobre donde una vez introducido no comience la sociedad a sentir inquietudes. Luego, hay que combatirlo. No como a una sombra. No es una quimera. Es una realidad teórica y práctica. ¿Qué es? Es muchas cosas. Cada uno de sus profetas usa un lenguaje diferente. En el fondo es el mismo. Conviene conocer sus versículos. (PB.19.05.08).

Pero la intervención más contundente en torno al socialismo –dentro de las muchas que se hallan en estas páginas breves[26]– es quizás aquella que leemos en el diario del 12 de septiembre de 1908, en donde les advierte a sus lectores: “¡Arre! anden ustedes con cuidado. El socialismo es planta como la cicuta; no necesita cultivo, todo terreno es bueno para su crecimiento, teniendo el extraordinario vigor de desalojar las yerbas sanas que crecen a su alrededor” (PB.12.09.08).

3.3. “No veo caballos”: innovaciones tecnológicas del nuevo siglo

Los avances tecnológicos, por lo general, despiertan su curiosidad: los nuevos rifles, los primeros aviones, las exposiciones de automóviles suelen dar lugar a ciertos elogios, a veces retaceados por el miedo o la sensación de que aquel mundo que vive en el París de 1906-1911 es abismalmente distinto a su mundo de la infancia[27]. Así, por ejemplo, la exposición de automóviles de París de 1906 lo lleva a concluir que estos nuevos vehículos podrán ser muy útiles pero presentan varias desventajas:

El caso es que en mi calidad de visitante desocupado, fui días pasados a ver la exposición de automóviles. Entre paréntesis les diré a ustedes que, sin dejar de reconocer la utilidad del nuevo vehículo, no me place andar tan de prisa, ni que me arrastre una máquina como carruaje en la que no veo caballos. Si siquiera hubiera unos artificiales que, al fin y al cabo, cuando no tenemos la cosa, ¡nos conformamos con la ilusión! ¿Y quién puede decir, resolviendo el gran problema definitivamente, que los más dichosos son los que poseen y no los que anhelan? (PB.10.02.06).

Mansilla, nostálgico del estilo de vida de tiempos pasados, saca cuentas y augura que el automóvil no prosperará: de seguro no en Argentina, tierra “de a caballos”:

Cuando se vieron los primeros automóviles, hace unos diez años, se predijo generalmente que el caballo se iba… viendo aumentar el número de aquellos se decía: se acaban…

Por consiguiente, es algo sorprendente el caso.

En 1897 el número de caballos en la Gran Bretaña era de 2.070.000, es decir, apenas un poco menos que en 1903.

A despecho, pues, de los miles de vehículos que se mueven automáticamente, el útil y simpático animal de cuatro patas solo ha disminuido en 56.

¡Bravo!

Nos hemos criado entre ellos. Les debemos nuestra fortuna. (PB.14.11.06).

Otros avances tecnológicos que lo deslumbran son: el nuevo cañón Rimailho (PB.16.04.07); el posible uso de globos en guerras venideras (23.01.09),  los progresos de la aviación (PB.19.08.08). En la PB.12.11.08, hace un comentario que sintetiza estos avances:

No hace tanto, apenas diez años, que los automóviles eran una rareza.

Ahora, en todas partes pululan.

Los globos, los aeroplanos, lo más pesado y lo más liviano que el aire son cosas que ocupan y preocupan. Pero nadie dice al contemplarlas “nunca”. Al contrario. No tardaremos en ir “volando” a Nueva York, a Río Janeiro, a Buenos Aires, es lo que se dice. Con que así estén ustedes atentos, que el día menos pensado les cae ahí como un aerolito algún aeroplano.

En cuanto a las maravillas que del “frío” deben esperarse, ya verán ustedes los primeros resultados el día menos pensado.

Hasta aquí se ha canalizado el gas, productor de calor, y la electricidad, fuente de energía, e indirectamente de calor.

Poco hemos de esperar para ver el calórico mismo “vehiculado” al domicilio de los particulares.

Y, ¿por qué no ha de suceder lo mismo con el frío?

Quiere decir entonces que estamos en vísperas de ver que un verano nos refresquen las casas, así como un invierno las calentamos.

No es solo la alimentación la que tiene que ganar con las aplicaciones del frío. Se habla ya de una sociedad anónima que se propone cristalizar los cadáveres. (PB.12.11.08).

4. La crisis moral de la laicidad

Como mencionamos, la Ley de separación del Estado y la Iglesia, sancionada en diciembre de 1905 en Francia –y el avance de la secularización en el mundo en general, como causa y efecto de dicha ley– le sirve a Mansilla para explicar muchos de los cambios que ve a su alrededor. Así, la falta de educación religiosa se convierte en una mono-explicación de varios fenómenos dispares: habría para él una “crisis moral” originada por la falta de catecismo en las escuelas que acarrea, por igual: la delincuencia y la criminología, el anarquismo y el socialismo, las obras teatrales y literarias “inmorales”. Con un autoritarismo paternal y cálido, advierte a sus lectores argentinos:

Lo que en mi intención está es prevenirles a ustedes contra una cierta semilla fina y sutil como polen venenoso que, impelida por los vientos o encarnada, hace su obra mefítica moralmente y que una propaganda sórdida esparce.

La planta se hace árbol, el niño se hace hombre. Estar prevenidos contra ciertas enfermedades que pueden viciarlos, para atacarlas con tiempo es ya algo en un país de libertad donde una legislación sagaz y profiláctica tiene necesariamente que producir sus beneficios.

Repito con Eugene Rostand (horrorizado): “La contraprueba por la faz negativa da el mismo resultado que la observación por el lado negativo: la vida moral del país, a medida que el estado trabaja en extraerle las concepciones religiosas: 1º no ha ganado nada; 2º ha perdido mucho, sobre todo en los contingentes humanos que han crecido paralelamente con ese trabajo”.

¿Qué resta? Sacar de los hechos que constan, hechos experimentales no para los creyentes en la religión, sino para los filósofos sociales y los políticos, las conclusiones que en ellos se contienen, sin forzar nada, precisando.

Y téngase en cuenta que el niño se ve, se trata y roza más ahí entre nosotros que acá con los desheredados, pobres, que se llaman muchachos de la calle cuya savia es tan vigorosa cuanto escasa la educación que reciben, y a qué hablar de los ejemplos en una ciudad como Buenos Aires (representativa del ideal nacional) ya clásica por los tranvías que la cruzan (mejores que aquí y más baratos), y donde pululan las casas de inquilinato, fermento de vicios. (PB.27.02.07).

La referencia a las “casas de inquilinato” remite aquí a su rechazo hacia los inmigrantes. Sin embargo, no sólo de rechazo está armada la trama textual con la que nombra a los recién llegados. Hay una tensión irresuelta entre, por un lado, la xenofobia que le dicta su idiosincrasia clasista de gentleman conservador y, por otro lado, la mirada humanitaria y de fascinación por la diferencia cultural que ya le conocimos en Una excursión. El tema excede la presentación panorámica que me propongo en esta introducción: señalaré simplemente que en estos artículos se lee una ambivalencia hacia los inmigrantes semejante a la que podemos ver en su último libro, Un país sin ciudadanos (1907), escrito en la misma época que muchas de las Páginas breves. La alarma con la que detalla las cifras de los extranjeros llegados al país, el asco con que refiere las descripciones de los conventillos son claras marcas de su negatividad hacia el tema. Sin embargo, la solución política que sugiere –tanto aquí como en su último libro– es favorable a aquellos que estigmatiza: nacionalizar a todos (mismo pedido, paradójicamente, que reclamaban los socialistas argentinos para los obreros extranjeros). Una contradicción similar se produce cuando reclama –podemos imaginarle la nariz fruncida ante los olores– mejores condiciones de salubridad para los conventillos. “Concluyo. Ahí está el espejo. No hay más que mirarse en él, y pensar que el tiempo vuela”, escribe en la Página breve del 29 de abril de 1908, tras traducir la reseña de un periodista estadounidense en el “Times” sobre una exposición de conventillos en Nueva York:

No estará de más que la lean los que de higiene se ocupan y los que tienen el deber de velar por la salud pública. Buenos Aires crece y crece. Pronto tendrá dos millones de habitantes, quizá más, caminando como camina a pasos agigantados. ¿Y el Rosario y La Plata y Córdoba? Tenemos, pues, en lo que sigue, un gran espejo en que mirarnos. La ajena experiencia pudiendo servir de ejemplo facilita las medidas de previsión. […].

¿Saben ustedes cuál era la población de Buenos Aires en 1835? (Me refiero a la provincia y a la capital federal). Según las buenas fuentes que he consultado, y a lo que se reclutó, preparándonos para la guerra con el Brasil, esa población apenas alcanzaba a doscientas mil almas. ¿Y ahora? La capital federal solamente cuenta mucho más de un millón. No, no cabe duda, nos movemos mucho. Vamos a celebrar el centenario de 1810 con unos siete millones quizá. Pues que sea, no es mucho pedir, con conventillos salubres. Se ha dicho que somos un país de “doctores” (no es un mal tan grande). Trabajemos sin embargo para que digan que somos un país de higienistas, donde el pobre vive en las mejores condiciones conocidas. (PB.29.04.08).

A la hora de hablar de creaciones artísticas la ambivalencia es menor y puede percibirse una constante: su rechazo hacia todas las obras que hablen de divorcios, adulterios, laicidad, revoluciones, feminismos, socialismo o cualquier otro evento humano que cuestione el orden tradicional de monogamia, matrimonio, religión y patria. Veamos algunos ejemplos de esta fuerte moralización. Extractando una nota del diario londinense “The Guardian” sobre una determinación de la American Bookseller’s Association, Mansilla traduce y hace suyas una serie de frases con las que, sin duda, está de acuerdo:

El año pasado ha visto la luz pública una masa enorme de publicaciones indecentes.

¡Qué plaga!

Lo que hace veinte años nadie se habría atrevido a poner en las vidrieras de una librería, ahí está tentando.

¡Vade retro!

Estoy extractando. He aquí la conclusión: es humillante, no podemos dejar de hacer la reflexión, que a medida que las novelas francesas se han ido “limpiando”, las inglesas se hayan ido “ensuciando”. (PB.03.11.08).

En otra ocasión comenta con horror la proliferación de la “lengua verde” en la vida cultural parisina, que interpreta como claro signo de deterioro moral, efecto indudable de la ley sancionada en 1905:

Ya otra vez llamé la atención de ustedes hacia una tendencia francesa: la invasión de la lengua verde (langue verte) en los dominios del arte de bien hablar. Ahora insinuaré que el teatro –y la crónica policial escandalosa– son otro elemento deletéreo, me parece, pues así como a fuerza de ver acaba uno por familiarizarse con ciertos actos feos; así a fuerza de oír acabamos por incorporar, sin querer, los modismos plebeyos a la conversación que llamaremos de salón. De tal manera que “abájanse los estrados y álzanse los establos”.

Todavía tengo algo más que hacer notar, al fin de ver si damos en el “quid”. ¿No estará una parte de la esencia de las cosas en la legislación que radicalmente transforma poco a poco las costumbres? En nuestra sociedad argentina, por ejemplo (no digo por esto que sea más moral que otra), no se habla de divorcio, de adulterio, sátiras, de “amant”, de “maitresse”, de “demi-mondaine”, de “cocotte” etc., como en esta; ni se discuten los temas de piezas teatrales como las que constituyen la generalidad de los espectáculos aquí, todo lo cual con contadísimas excepciones es regla general que pase de castaño oscuro. (PB.23.04.08).

El naturalismo de Zola[28] (PB.15.04.08), las novelas de George Sand (PB.23.04.08), muchas de las obras de teatro en cartel en París por esos años: la inmoralidad prolifera, para Mansilla, y puede detectarse en cualquier manifestación del lenguaje que “pase de castaño oscuro”: que tematice alguna de las cuestiones anti-cristianas mencionadas: el divorcio, el adulterio, el aborto, el socialismo, la lengua verde.

5. El consultorio de literomanía

“[T]engo consultorio de literomanía” (PB.13.03.08) escribe Mansilla mirando la pila de libros que, desde la Argentina, le han remitido tanto autores jóvenes, como Carlos A. Aldao y Jorge Lavalle Cobo, como mayores –su admirado Paul Groussac– por mencionar sólo los que aparecen en esta Página breve. Sin secretario a la vista, hay pasajes en los que el General da cuenta de las lecturas que esperan su prestigiosa y prestigiante opinión, como en este:

De regreso me he hallado con mi biblioteca y mi escritorio llenos de pilas de diarios, de folletos, de opúsculos, de revistas, de libros chicos y grandes, a la rústica y empastados. ¡Me han asustado! ¡Cuánto que revisar, que leer, que apreciar, que juzgar! Poco a poco he de ir saldando cuentas con aquello que las dedicatorias me endilgan con cortés sutileza. Hoy por hoy reciban todos los remitentes mis más cordiales agradecimientos por haberse acordado de un ausente. (PB.13.11.06).

¿A quiénes admira y elogia, a quiénes critica o desprecia este erudito y antojadizo consultor? Empecemos por algunos ejemplos de críticas no lapidarias. “Las emociones intensas de Mis montañas[29], evocativas del terruño, nos conmueven; pero nos dejan una decepción lírica”, escribe en la Página breve publicada el 27 de noviembre de 1906, a propósito de la célebre obra de Joaquín V. González. Subiendo un poco el tono de la crítica, hallamos el comentario hacia Cardos de Vicente Rossi: “me reduciré a una fórmula, no siendo mi cuerda buscarle tres pies al gato (…). [S]i Cardos se hacen leer (son solo cien páginas), reza con ellos el dicho de Boileau: todos los géneros son buenos menos el género fastidioso” (PB.23.05.06). Y, por si a Rossi le quedara alguna duda sobre las ironías mansillanas, el General agrega:

En otro tiempo los que escribían eran selección; ahora son colección, de ahí que lo que tenemos en cantidad deje que desear en calidad. Y escribir bien continúa siendo lo que siempre será: un arte excelso por excelencia, que producirá no obstante más albañiles que arquitectos. Así hemos llegado en el “processus” a confundir hasta hacerlas sinónimas dos palabras, escritor y literato[30]. (PB.23.05.06).

La reflexión continúa: Mansilla despliega y ejemplifica la distinción entre literatos y escritores. Pero aún más ácida que la opinión hacia Rossi es la reseña de un libro de Julio Victorica:

Falta esta vez el aforismo que en otras ocasiones he empleado: los libros se hacen con libros.

El señor don Julio Victorica ha hecho uno, Urquiza y Mitre[31], título adecuado a su objeto histórico, consistiendo, como consiste, en un parangón entre dos personajes eminentes, de índole, de servicios y de reputación diferentes.

Lo ha hecho sin desempolvar manuscritos, sin revolver infolios, ni consultar las historias a la rústica o empastadas que enriquecen las bibliotecas públicas y privadas. Es desde luego un mérito o, si les parece a ustedes mejor, un “tour de force”. (PB.18.12.06).

Pero también tiene, por supuesto, sus autores predilectos. “Hoy es día de echar una mirada introspectiva hacia cosas literarias de mi tierra y de esta, donde ahora estoy esperando ¿qué? lo que ustedes quieran”, anticipa al abrir su artículo del 27 de noviembre de 1906. “No bajaremos muy a lo hondo”, avisa, “[t]engo que contentarme, y ustedes también, con andar por las ramas, muy por encima de la materia, desflorándola apenas” (PB.27.11.06). Los cuatro inspeccionados ese día le caen en gracia. Se trata de dos franceses –Auguste Angellier, al que llama “el poeta filósofo”, y Robert de Montesquiou– que reciben parejos elogios. De la otra orilla, la del Plata, José María Niño y Rafael Obligado también salen bien parados: al primero, autor del libro Mitre: su vida íntima, histórica, hechos, reminiscencias, episodios y anécdotas militares y civiles, le toca el siguiente dictamen: “Que José M. Niño no se precia de ser literato sino un trabajador no quita, que este su producto intelectual carezca de mérito intrínseco; de manera que agregado esto a lo dicho, su aporte enriquece considerablemente el caudal de las bellas letras argentinas” (PB.27.11.06). Niño admira al recién fallecido “Bartolo” (Mitre), a quien Mansilla dice amar[32]. “Que José M. Niño no se precia de ser literato sino un trabajador no quita, que este su producto intelectual carezca de mérito intrínseco; de manera que agregado esto a lo dicho, su aporte enriquece considerablemente el caudal de las bellas letras argentinas” (PB.27.11.06). A Obligado, por su parte, le cae este veredicto: “he ahí un libro de versos llenos de gracia, de nobleza y sencillez, que constituyen un riquísimo venero literario, reflejando con suavísimos rayos de luz americana, una naturaleza en extremo simpática, espontánea, amable, henchida de inspiración patriótica”. Y concluye en un saludo que suena a coronación: “[B]ien puedo yo, que si no sé hacer versos sé gozar con ellos, saludar de rondón al poeta exquisito Rafael Obligado” (PB.27.11.06).

También recibirán elogios, en la página breve del 12 de septiembre de 1908, Emile Ollivier y el periodista Henri Rochefort, a quien Mansilla dice admirar y querer imitar en su escritura. De Alberto Martínez, autor de Les valeurs mobiliers de la Republique Argentine, comenta: su “labor fecunda no agota, ni agotará, según parece, sus bríos de ordenador de números parlantes hasta la más demostrativa conclusión” (PB.03.11.08). Anatole France está dentro de sus preferidos: “… es un prestigio. Tiene que encaminarlos a la librería. ¡Y qué buenos y qué provechosos ratos van a pasar!” (PB.25.11.08). Georges Valois –como otros autores católicos– y Maurice Donnay, por pertenecer a la Académie Française, reciben también aplausos (PB.20.03.07). De fogosa podría calificarse la apreciación que tiene para con el novelista italiano Fogazzaro. Tras haber escuchado una de sus conferencias, concluye: “No se escribe mejor que Fogazzaro, cuya paleta tiene combinaciones de colorido de mano maestra. Lo deficiente en él (no se puede ser excelente en todo), es la dicción francesa, que arranca empero el aplauso, produciendo emociones inesperadas hasta en los más refractarios a los sacudimientos de la conciencia” (27.02.07).

En el ámbito nacional, continúan los autores que reciben palabras de aliento. El libro Transfusión, de Enrique de Vedia, le parece “escrito con facilidad, el diálogo se encadena, corre, fluye, y las páginas se siguen sin monotonía, pintando escenas animadas que solo se prestan a tal cual tilde” (PB.23.10.08). De En el reino de las cosas, de José María Soisa Reilly, Mansilla critica el tono pomposo y grave de algunas figuras pero rescata que “hay páginas muy bien hechas, fáciles, naturales, que me dejan esta sensación: he ahí un observador, si sabe insistir y persistir y no tenerle mucho miedo a la crítica de mala voluntad, llevará su piedra hasta lo más alto sin los martirios de Sísifo” (PB.11.06.06). Respecto de Las cuestiones de enseñanza superior, el libro de Antonio Dellepiane, comenta: “No es grueso el volumen. Pero contiene mucho pensamiento condensado”. “Oportunas y atendibles” le parecen las observaciones de Juan A. Alsina sobre la policía en la PB.05.05.08, que se cierra con un comentario especialmente atractivo porque pone en escena el escritorio de Mansilla, sus hábitos de lectura, su ironía lúdica (Korn, 61), su egolatría, su consultorio de literomanía:

Ya he concluido con casi todo lo que últimamente traje del Río de la Plata. Ya he dado sobre ello mi parecer. Si alguno se ha sentido hincado, que me dispense. No me inclino a eso. Salvo hasta donde es posible, mis escrúpulos de conciencia literaria y estímulo.

Ahora estoy frente a dos “Quiroga”. El de David Peña[33] y el de Carlos M. Urien[34]. Los estoy leyendo con atención, estudiándolos. Antes no había tenido tiempo moral para hacerlo. Me hallo en un conflicto. Los dos historiadores se miran, como “bull-dogs” de porcelana. Cada cual gruñe según sus preferencias y su criterio filosófico de la verdad.

Procuraré colocarme entre ellos, y hasta donde sea posible ponerlos de acuerdo, aunque tan expuesto sea meterse a redentor. (PB.05.05.08).

La prensa no queda exenta de los juicios siempre ideológicos y a veces arbitrarios del General: las Páginas breves del 15 y del 14 de abril de 1907 están dedicadas a armar un mapa de los periódicos franceses: aquellos que admira, respeta, critica o, derecho viejo, detesta.

6. Las Páginas breves como semillero de futuras investigaciones

Una de las recurrencias de estas cartas es la nostalgia por el país. Tras su última visita en julio-agosto de 1907, las Páginas breves siguientes dejan ver una mirada hacia Argentina cada vez más empañada de melancólica y constante comparación entre su “aquí” y su “ahí”. Así, al observar con ojo de flâneur el París que tanto camina, el General la coteja y concluye:

No es como entre nosotros con sus tranvías en todas direcciones, cómodos, limpios, elegantes, accesibles, a tal extremo que, así como a Calcuta le llaman la ciudad de los palacios a Buenos Aires debieran llamarla la ciudad de los tranvías.

Aquí no faltan los medios de locomoción. Pero son más variados que ahí. Aquí hay los ómnibus a vapor, los eléctricos, los con caballos (estos se van), los ferrocarriles de cintura y el subterráneo metropolitano.

Más variados también que ahí son los fiacres y aunque no son tan limpios, ni tan elegantes como nuestras victorias de alquiler con los que solo pueden competir los de Viena donde es escasa la “voiture de maître”.

En cuanto a los caballos, nuestros criollos más o menos mestizos les sacan la oreja a estos matungos, que a veces dan ganas de llorar.

Hasta los coches particulares son aquí más variados que ahí, lo que no implica que ahí no los tengamos irreprochablemente bien enjaezados con troncos magníficos. (PB.13.03.06).

El deseo de volver al país durante sus últimos años de vida –deseo que, como explica Popolizio, Mansilla no pudo realizar– no fue la única frustración de los años de la vejez. Tampoco vio concretado en vida el anhelo ególatra de ver reunidos todos sus escritos, a modo de “Obras Completas”: claro modelo de consagración literaria para la mirada de la época. Aunque estamos lejos aún de cumplirle el sueño, sí podemos emprender nuevas investigaciones a partir de la reacomodación que quizás se genere con la incorporación de las Páginas breves a la obra que hasta hoy conocíamos.

Hemos brindado un pantallazo de los temas que consideramos más importantes de este “nuevo” corpus. Dentro de la tela que aún queda por cortar, algunos hilos pueden ser: cómo se piensan a lo largo de las Páginas breves las otredades (los franceses, los ingleses, los alemanes, los estadounidenses), cómo se piensa la añorada Argentina (¿idealizada?, ¿tergiversada por la mirada de clase?), cómo se construye el Mansilla político, el estratega militar, el crítico literario, el traductor, cómo se representan (¿con miedo, con deslumbramiento, con incredulidad?) los “avances” del “progreso”, cómo se procesan las nostalgias del pasado de la “madre tierra”, qué usos se hacen del humor y de la ironía, qué figura del lector queda dicha en estas páginas. Estos son sólo algunos de los interrogantes con los que puede ingresarse a este apasionante corpus que –creemos– desestabiliza y renueva la imagen del Mansilla hasta hoy prevalente.

¿Cómo leeremos, a partir de la experiencia mundial del Corona virus, las referencias a las pestes, las enfermedades, los miedos al contagio y la fobia a la mugre, tan presentes en la literatura del S.XIX?, ¿Seguiremos pensando esos temores como exagerados –una mueca de ironía doblándonos la boca–, aquel fulgor higienista como algo propio del discurso funcional al Estado liberal? “En todo drama hay un lado joco-serio”, nos recuerda Mansilla en su página breve del 25 de noviembre de 1908. Como propone Lila Caimiri, el archivo cambia según las preguntas con las que entremos a él. Variable como el mar, el archivo es el mismo y otro cada vez, con otros tonos y otra temperatura, aunque siempre allí, siempre reconocible. Quiero cerrar con unos pasajes que, en este fatídico año de pandemia, pueden darnos una idea de la vigencia o de la universalidad de las Páginas breves:

Kiss me not!

¡No me bese Vd.!

Preocupadas las mamás en Inglaterra de la salud de sus hijos, han puesto a la moda, para sus bebes, un sombrero cuya ancha cinta lleva bordadas estas tres palabras: “No me bese Vd.”.

Aquí en Francia, se armó un toletole general cuando los médicos señalaron el peligro del besuqueo, y eso que por estos pagos no son tan extremosos sobre el particular como en nuestras tierras de origen latino.

¡Caramba! decían, nada de vino, nada de aperitivos, nada de tabaco: agua y legumbres, y todavía nada de besarse. Pronto no podrá uno mirarse sino mirarse de muy lejos con anteojo de larga vista. ¡Qué tiranía la de la higiene! (PB.01.06.08).

Bibliografía

Amante, Adriana, et. al. “Todo prohibido, menos hablar”. Mosaico. Charlas inéditas. Lucio V. Mansilla. Buenos Aires: Biblos, 1997. 9-17.

Caimari, Lila. La vida en el archivo. Goces, tedios y desvíos en el oficio de la historia. Buenos Aires: Siglo XXI, 2017.

Contreras, Sandra. “El genio de los buenos viajes”. El excursionista del planeta. Escritos de viaje. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2012. 9-50.

–. “Lucio V. Mansilla. Cuestiones de método”. En Noé Jitrik (dir. gral). Historia crítica de la literatura argentina. Vol. III. El brote de los géneros. Alejandra Laera (dir. vol.). Buenos Aires: Emecé, 2010. 199-229.

–. “Lucio V. Mansilla, ¿literato?”. Anclajes XXIII, 1, enero-abril 2019. 1-17.

Colombi, Pablo; Crespo, Natalia. “Homenaje a Lucio Victorio Mansilla (1831-1913), en el centenario de su fallecimiento. MANSILLA, LUCIO VICTORIO. “Ensayo sobre la novela en la Democracia”. Revista de Literaturas Modernas 43.2 (julio-diciembre 2013): 117-151.

Glozman, M. “Lengua, política, saber: aproximaciones al archivo”. Lengua y peronismo Políticas y saberes lingüísticos en la Argentina, 1943-1956. Archivo documental. Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2015. pp. 11-80.

Iglesia, Cristina. “Mansilla, la aventura del relato”. Historia crítica de la literatura argentina. Dir. Noé Jitrik. Vol. II: La lucha de los lenguajes. Dir. vol. Julio Schvartzman. Buenos Aires: Emecé, 2003. 541-562.

Iglesia, Cristina; Schvartzman, Julio. “Entre-nos: folletín de la memoria”. Horror al vacío y otras charlas. Ed. Cristina Iglesia, Julio Schvartzman y colab. Buenos Aires: Biblos, 1995.

Jitrik, Noé. El mundo del Ochenta. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1982.

Korn, Guillermo. “Mansillescas”. Desierto y Nación. Guillermo Korn, Matías Farías. Buenos Aires: Caterva, 2018.

Kruchowski, Raúl Armando. “Las charlas de Mansilla”. Lucio V. Mansilla. Charlas inéditas. Buenos Aires: Eudeba, 1966.

Lojo, María Rosa. “Introducción”. Diario de viaje a Oriente (1850-51) y otras crónicas del viaje oriental. Buenos Aires: Corregidor, 2012. 13-94.

Molloy, Sylvia. “Imagen de Mansilla”. La Argentina del Ochenta al Centenario. Buenos Aires: Sudamericana, 1980.

–. Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica. México: Fondo de Cultura Económica, 1996.

Narvaja de Arnoux, Elvira. “El análisis del discurso como campo interdisciplinario”. Análisis del discurso. Modos de abordar materiales de archivo. Buenos Aires: Santiago Arcos, 2006. 13-29.

Popolizio, Enrique. Vida de Lucio V. Mansilla. Buenos Aires: Pomaire, 1985.

Prieto, Adolfo. La literatura autobiográfica argentina. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1982.

Rojas, Ricardo. “Los prosistas fragmentarios”. Historia de la literatura argentina. Los modernos. Vol. VIII. Buenos Aires: Guillermo Kraft, 1957.

Viñas, David. Literatura argentina y política. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista. Buenos Aires: Sudamericana, 1995.


  1. Del Ejército Argentino y Bases para el establecimiento de una escuela militar nacional (1863), Bases para la organización del ejército argentino (1871), Reglamento para el ejercicio y maniobras de la infantería de Ejército Argentino (1875), Ordenanzas para el Ejército de la República Argentina (1876).
  2. Atar Gull o Una venganza africana y Una tía, ambas publicadas en 1864, re-editadas por el Instituto de Literatura Argentina de la Universidad de Buenos Aires en 1926 y nuevamente en 2015 a través del sello Eduvim, en la edición de Axel Gasquet.
  3. De Adén a Suez (publicado en El Plata Científico y literario –enero de 1855, T.IV– y reproducido por Lojo, 2012); Recuerdos de Egipto (publicado en La Revista de Buenos Aires, T.III, 1864, también reproducido por Lojo, 2012). Una excursión a los indios ranqueles (1870); El excursionista del planeta (2012), a cargo de Contreras.
  4. Me refiero a las célebres Causeries del jueves, publicadas en el diario Sud-América entre el 16 de agosto de 1888 hasta el 28 de agosto de 1890. Mansilla no llegó a ver todas las causeries reunidas en libros. Algunas de ellas fueron reeditadas por Juan A. Alsina en cinco volúmenes. A pesar de sus deseos –la lista de “Obras del autor” incluida al final de su último libro, Un país sin ciudadanos (1907), hecha con criterio aspiracional más que de realidad, detalla nueve volúmenes para las Causeries del jueves– las causeries que irían en el tomos 6  fueron recopiladas recién en 1966 por Raúl Armando Kruchowski bajo el título Charlas inéditas (y editadas por el EUDEBA). En la década de 1990, Cristina Iglesia y Julio Schvartzman compilarían las restantes (las que hubieran ido en los volúmenes 7 a 9 de Alsina) en dos libros, que titularon Horror al vacío y otras charlas (1995) y Mosaicos (1997). Respecto de lo aspirado de aquella lista por sobre lo real, caben las palabras de Adriana Amante: “Todavía en 1907, cuando aparece en París Un país sin ciudadanos, Mansilla no sólo no abandona la promesa sino que, inexplicablemente, la da por hecha, al incluir en el catálogo de “Diversas obras del autor” nueve volúmenes de las Causeries del jueves” (9).
  5. Recuerdos y retratos (1894) –compilación de artículos aparecidos originalmente en El Diario— re-editado a través del sello Paradiso en 2005; Estudios morales, o sea el diario de mi vida (1896) con prefacio de Maurice Barrès, re-editado tres veces; Mis memorias. Infancia Adolescencia (1904), con más de seis reediciones (la última: a través de la Secretaria de Cultura de la Nación, con prólogo de Alberto Mario Perrone).
  6. Rozas. Ensayo histórico psicológico (1898); En vísperas (1903); Un país sin ciudadanos (1907), los tres libros editados por los hermanos Garnier en París. En vísperas y Un país sin ciudadanos, nunca hasta ahora fueron re-editados. Por su parte, Rozas cuenta ya con más de catorce re-ediciones, la primera en 1913 a cargo de los mismos editores de la edición príncipe, los hermanos Garnier, y la más reciente, en 2014 dentro de las ediciones de la Biblioteca Nacional.
  7. En palabras de Viñas: “[E]l estilo de Mansilla como suma de confidencias, sobreentendidos y claves, también remite a esta pauta: las interrogaciones que abre como narrador, “¿No lo creen ustedes?”; “Convendrá usted conmigo, doctor Pellegrini (y el lector también)?”, suenan a procedimientos retóricos, son pautas que no abren el diálogo porque en realidad no esperan respuesta, sino que le dan tiempo para corroborar si la alusión que tiende, el recuerdo o el detalle a que aluden o el guiño apenas insinuado causan efecto. La ratificación de un mutuo acuerdo (“…a pesar del ingenio que ustedes me reconocen”), una incidental (“el Sarmiento cuya glorificación acabamos de presenciar”) o cierta manera de urgir recubierta de una solemnidad familiar que apunta a lograr una cabal comprensión (“y todavía sentid y ved….y tendréis la vera efigie del hombre que más poder ha tenido en América”) coadyuvan en la tibieza exclusiva del pequeño círculo” (135).
  8. Lo que sí es regular es la distancia que media entre la fecha de escritura que figura en cada “carta” y la fecha de su publicación: generalmente de alrededor de treinta días.
  9. Contreras, por su parte, sintetiza así la diversidad de cuestiones que aborda Mansilla en sus Páginas breves: “Sus temas son variadísimos: las contiendas electorales y parlamentarias, los vaivenes de la política internacional, de la doctrina Monroe y del panamericanismo, la cuestión obrera, el socialismo demagógico y el comunismo, la americanización y la germanización del mundo, los avances tecnológicos, en especial los referidos a la aeronavegación y el telégrafo, el aumento de la población y los problemas del higienismo, novedades literarias y teatrales. Entre sus materias se destacan las reseñas bibliográficas que hace de los libros argentinos que sus autores le envían regularmente desde Buenos Aires y los comentarios sobre obras y escritores europeos así como las reseñas de las conferencias a las que asiste (por ejemplo, las de Jules Lemaître sobre Rousseau y sobre Racine)” (47).
  10. Manuel Láinez Cané (Buenos Aires, 1854–Buenos Aires, 1924) fue un periodista y hombre público de larga trayectoria, procedente de una familia de prosapia dentro de la intelectualidad y la sociabilidad de la época. Primo de los hermanos Varela (los hijos del matrimonio de Justa Cané y de Florencio Varela y dos de ellos, fundadores y directores del diario La Tribuna), sobrino de Miguel Cané hijo, el autor de Juvenilia, y padre del escritor Manuel Mujica LáinezLáinez fue, además de editor de El Diario y fundador de la editorial que lleva su nombre, una figura destacada en el ámbito político. Se desempeñó como embajador en Italia y en Francia, como Director General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires y como diputado y senador nacionales. En este último cargo, se destacó por la creación de la ley –conocida hoy como Ley Láinez–que establece la obligatoriedad del Estado Nacional a fundar escuelas en zonas rurales donde no las hubiera. Así, gracias a sus gestiones, se crearon una serie de establecimientos educativos conocidos como las “Escuelas Normales” o “Escuelas Láinez”. Como editor, fue una figura clave no sólo en el periodismo sino en el fomento de la literatura popular: en 1909 lanzó, como primer título de su editorial, la revista Tit Bits, cuyo subtítulo rezaba jocosamente: “Revista argentina ilustrada de todo lo más interesante, útil y ameno de los libros, periódicos y colaboradores del mundo”. En Tit Bitz aparecieron por primera vez una serie de novelas policiales y de aventuras, curiosidades y noticias varias de todo tipo.
  11. Por ejemplo, en el último trimestre de 1907 se publicaron como folletín una reedición de La novia del hereje o la Inquisición de Lima (1870) de Vicente Fidel López y La Cacolitia: Ensayo sobre anti-estética moderna, de Leopoldo Lugones.
  12. Si bien las preguntas pueden ser llaves de ingreso –entre muchas otras posibles– al corpus total de las Páginas breves, trataré de usar todas las veces que pueda ejemplos de artículos de 1906, que son los que el lectorado tiene a la mano en este volumen.
  13. En su capítulo sobre Mis memorias y la construcción del propio pasado que despliega allí Mansilla, Adolfo Prieto escribe: “Junto con Sarmiento, Mansilla es tal vez el hombre que ha hablado más de sí mismo en nuestro país (…) Mansilla, al igual que Sarmiento, dispersó a lo largo de su producción literaria una abundantísima fuente de datos autobiográficos” (127). Pero quien más expresamente se queja del narcisismo de Mansilla es Ricardo Rojas en su fundacional Historia de la literatura argentina: “Todas las obras hasta aquí mencionadas”, dice en las primeras páginas de presentación de Mansilla, “cuentan la vida y describen el carácter de su autor. Podrían las seis reducirse a una sola por su asunto y por su estilo” (429).
  14. En “Mansilla: la aventura del relato”, Cristina Iglesia da cuenta de estos rasgos, percibidos –aunque con signo negativo en un principio– por los lectores de Mansilla de todos los tiempos: desde sus contemporáneos Santiago de Estrada y Miguel Ángel Cárcano, hasta Ricardo Rojas y más tarde Rodolfo Vinacua en la Historia de la literatura argentina dirigida por Adolfo Prieto (editada por el CEAL en 1967-1968). Miradas más recientes encontraron en estos mismos rasgos –fragmentariedad, tono conversacional, digresiones, auto-referencialidad y construcción de la figura de autor– el aspecto más atractivo e innovador de Mansilla.
  15. Una de varias escenas que nos pueden dar la pauta de que Mansilla escribía él mismo –y no dictaba a un secretario, como a Trinidad Sbarbi Osuna en sus causeries– estas columnas es la siguiente. A propósito de una crítica que le hace a Rafael Obligado por usar, supuestamente, el aparatoso adjetivo “tumusgoso”, leemos: “Al terminar, mi mujer, que suele revisar lo que escribo, para aclararlo, me dice: Pero Lucio, ¿no serán dos palabras y musgoso? Me pego en la frente y exclamo: ¡malhayan en tal caso los tipos! ¡y viva Obligado!, que por más que lo he rastreado solo me deja dos impresiones literarias molestas en vez de tres; nada, cuando pienso en las fruiciones de esta lectura” (PB.27.11.06). Los “tipos” a los que se refiere son los tipógrafos, sobre quienes se queja en varios de estos artículos.
  16. En lo sucesivo utilizaremos esta forma de citar: “PB” para “Página breve” y a continuación la fecha de publicación, según el orden “día.mes.año”. En este caso, la abreviatura condensa la siguiente información: “Página breve publicada el 17 de junio de 1908”.
  17. “Las palabras vuelan, los escritos permanecen”.
  18. Cabe aquí el recuerdo de Miguel Ángel Cárcano, contado en El estilo de vida argentino, y referido por Iglesia en “Mansilla, la aventura del relato”: “En el recuerdo juvenil de Cárcano, Mansilla aconseja leer y escribir todos los días, leer con dos lápices en la mano, uno rojo y otro azul, leer para escribir lo que la lectura sugiera” (547).
  19. Al respecto, ver “Imagen de Mansilla” y “Acto de presencia”, ambos de Sylvia Molloy.
  20. Mansilla narra anécdotas personales en varias ocasiones. Un paseo por París le recuerda un breve intercambio con Anatole France (PB.25.08.08); en la PB.22.12.08 narra cómo eran las elecciones en tiempos de su tío Rosas y, en otro fragmento, hace un breve relato de un diálogo que tuvo con un mendigo de su barrio. En PB.05.08.08 da cuenta de un encuentro casual con la pintora Ana Carrié, esposa de Julián Carrié, en el Museo Louvre. En la PB.05.03.06 narra con deleite cómo, durante un viaje en tren, fue confundido con el poeta francés Frédéric Mistral. Otros recuerdos personales pueden hallarse en las siguientes páginas breves: 05.03.06; 16.03.06; 30.04.06; 11.06.06; 14.11.06; 12.12.06; 18.12.06; 20.02.07; 14.03.07; 20.03.07; 15.04.08; 05.05.08; 16.05.08; 17.06.08; 27.07.08; 25.11.08; 02.12.08; 11.01.09.
  21. “Casualidad significativa”, escribe Rojas en una nota al pie de su sección “Lucio Mansilla”, dentro del capítulo “Prosistas fragmentarios”: “yo conocí a Mansilla en el Museo del Louvre (1907). Vivía yo entonces frente a las Tullerías y cruzaba el parque todas las tardes, después del almuerzo, para volver a ver La Victoria de Samotracia y otras maravillas. (…). Era personaje ya familiar en el Museo” (Rojas, 433).
  22. En la PB.20.11.06 escribe, a propósito de la intervención de Estados Unidos en Cuba (a la que considera “peligrosa”): “Ya he demostrado en otro lugar que la doctrina Monroe no es sino una política y que, como toda la política, es elástica y empleada según conviene”.
  23. Referencias al padre de Mansilla, Lucio Norberto Mansilla, pueden hallarse en las páginas breves 23.05.06; 12.12.06; 05.05.08.
  24. Veamos un ejemplo entre varios posibles: “¿Por qué la mujer, casi siempre incapaz, debido a esa debilidad que es su encanto, de un dibujo sostenido y nervioso, se empeña con tanta irreflexión como entusiasmo en cultivar precisamente las formas de arte en las que, salvo excepciones, no le es permitido mostrarse personal?” (PB.18.03.08). Otros comentarios discriminatorios de género –sobre la Women´s Union de Inglaterra, por ejemplo, y/o sobre el voto femenino pueden hallarse en las páginas breves: 25.08.08; 25.11.08; 14.01.07.
  25. En contraste con esta mirada peyorativa y reduccionista de Mansilla, la realidad cotidiana de la Argentina durante aquella primera década revela nuevos protagonismos: “En los primeros años del siglo XX la lucha de clases es ascendente. Las huelgas se suceden: las hay de herradores, ebanistas, escoberos, sastres, panaderos, costureras, cortadores de calzado. El 1º de mayo [de 1904], dos manifestaciones rearman la cartografía de Buenos Aires: los socialistas marchan desde Constitución, para hacerse visibles en Avenida de Mayo, mientras los anarquistas se reúnen en Plaza Manzini, en el Bajo. Refriegas con la policía y obreros muertos. Ambos grupos coinciden en convocar a una huelga general, la primera a nivel nacional” (Korn, 67).
  26. Otras referencias al socialismo pueden hallarse en: PB.29.04.08; PB.26.03.07; PB. 15.03.07 y PB.12.11.08.
  27. El contrapeso de estos relatos tecnológicos lo dan las anécdotas personales: hay pasajes en los que, en vez de narrar aquel presente que le es cada vez más ajeno, Mansilla opta por rememorar recuerdos de su infancia.
  28. En la PB.20.03.07 refiere una cita de Ernest Judet sobre la “literature estercolar” de Zola. Está claro que Mansilla comparte esa mirada.
  29. González, Joaquín V. Mis montañas. Buenos Aires: Félix Lajouane, 1893.
  30. Sandra Contreras, en su reciente artículo “Lucio V. Mansilla, ¿literato?” (Anclajes, vol. XXIII, n.° 1, enero-abril 2019, 1-17), comenta esta reflexión de Mansilla en torno a los literatos y los escritores: “En ´Páginas breves´, la columna con la que colabora semanalmente en El Diario entre 1906 y 1911, un Mansilla que comienza a registrar –tardíamente– los efectos de la democratización en la escritura y que señala –aunque sin mayor alarma– que “vivimos en una época” en la que “son raros los que no se consideran aptos para escribir sobre cualquier cosa en cualquier forma”, se vuelve proclive también a distinguir entre “escritor y literato”. El literato, dice Mansilla en la columna del 23 de mayo de 1906, siempre es escritor, mientras que el escritor no siempre es literato”. Tras una cita que sigue a esta breve mención, Contreras continúa su artículo centrándose en las causeries.
  31. Victorica, Julio. Urquiza y Mitre. Contribución al estudio histórico de la organización nacional. Buenos Aires: J. Lajouane, 1906.
  32. En la página breve del 12 de enero de 1906, fechada el 15 de diciembre de 1905, en momentos en que Mitre está agónico, Mansilla se refiere a él como a ese hombre que “amamos y respetamos” y que “ahí lucha todavía contra la ardua sentencia, Mitre”.
  33. Peña, David. Juan Facundo Quiroga conferencias en la Facultad de Filosofía y Letras. Buenos Aires: Coni Hnos, 1906. Cuenta con cuatro reediciones hasta ahora, todas consultables en la BNMM.
  34. Urien, Carlos María. Quiroga: estudio histórico constitucional. Buenos Aires: Compañía General de Fósforos. Talleres Gráficos, 1907. Nunca reeditada, esta obra está disponible en la BNMM. Urien (Buenos Aires, 1855 –Buenos Aires, 1921).


Deja un comentario