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EL DIARIO

Sábado 3 de Febrero de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, enero 1º de 1906.

 

Con motivo de los rumores persistentes de guerra que han circulado y circulan –que así va rodando el mundo entre pesimistas y optimistas– el coronel retirado Gaedke, del ejército alemán, comentando el libro que acaba de aparecer bajo el título de «Sind wir Kriegsbereit», o sea «Estamos preparados para la guerra», se expresa así: Reconozco desde luego la competencia del autor anónimo de este vasto folleto; sobre todo en lo que se refiere a movilización.

Él estima que la Alemania, para estar verdaderamente pronta para la guerra, necesitaría todavía 72.000 hombres que se repartirían así:

33 batallones de infantería con 12 divisiones de ametralladoras.

30 escuadrones de caballería.

24 baterías de artillería de campaña.

51 compañías de artillería a pie con secciones montadas.

20 batallones de ingeniería con 20 secciones montadas.

4 medios batallones de ingeniería para los ferrocarriles con 2 secciones montadas.

23 batallones del tren de equipajes.

Este aumento de los efectivos ocasionaría un gasto de 300 millones por el primer año y un gasto anual de 30 millones.

El coronel Gaedke opina que estos aumentos de los efectivos no son necesarios, y que sería preferible, según su sentir, tratar de mejorar las formaciones y no dejarse arrastrar por «la rabia del número».

Más vale, añade, consagrar esas sumas a aumentar la flota alemana, que el ejército nada tiene que temer.

Las opiniones, como siempre, están divididas. Yo creo que el ejército alemán tiene lo suficiente para resistir a una invasión, no así para efectuarla agrediendo. Y al creer así comparto opiniones alemanas mismas.

Por lo demás no creo en una guerra próxima, insisto en ello. ¿Me equivocaré? Quizá no, así como preví y predije que la guerra con el Japón era lo inevitable y que sus efectos y consecuencias serían los que hemos visto y estamos viendo, apoyando mi tesis, en una hipótesis principalmente, que es algo así como una ley histórica, a saber, el fenómeno es constante, que son los pueblos pequeños homogéneos los que vencen a los grandes; a lo que en la pasada guerra yo agregaba otros diversos factores por cierto conocimiento que tenía del misterioso pueblo ruso, de su alma y de su gobierno y de su singular administración.


«People will not look forward to posterity who never look backward to their ancestors…», ha dicho el gran orador inglés, tan elocuente cuanto vehemente enemigo de la Revolución francesa.

Es claro que me estoy refiriendo a Burke[1], cuya frase libremente traducida puede leerse así: no vivirán en la posteridad las gentes que no honren a sus antepasados.

Sin el culto de los grandes hombres, de los fuertes que se distinguen, por el pensamiento, por la acción, brillando en el firmamento luminoso de la historia con luces diversas, no habría estímulos.

Fiel a mi propósito de ser brevísimo les diré a ustedes, lectores míos, que los renglones antecedentes me han sido sugeridos por un voluminoso cuaderno (¿por qué no haberle dado la forma manuable de libro?), que ha tenido la bondad de remitirme, junto con carta amable, el que ya va dejando de tener aire infantil, o sea Moisés A. Arévalo[2].

Tiene este paisano, entre otras cualidades, la admiración que persiste por el que prematuramente partió para el otro mundo, dejándonos el recuerdo luctuoso de su memoria de escritor galano, de orador vigoroso, de estadista de nota, en una palabra, de pensador intenso que reclama un homenaje excelso en bronce, con este sencillo epitafio, y basta: «Nicolás Avellaneda».

Contiene esta monografía políglota (está escrita en varias lenguas), la misma nota concordante desde el principio hasta el fin, pulsada por la mayor parte de los que en nuestro país piensan, observan y escriben con lucidez, y en homenaje sintético, constituye la filiación de las ideas, sentimientos y aspiraciones generosas que incesantemente, febrilmente, agitaron la corta vida fecunda del selecto ingenio, con el que en contacto íntimo vivimos, pudiendo así juzgarlo, quilatarlo, amarlo, aunque no siempre fuimos de la misma opinión; un vínculo moral e intelectual nos unía sin embargo: el espiritualismo trascendental; él leía más que yo a San Agustín, yo más que él a Pascal.

Pero en las páginas de la referencia falta un perfil en extremo interesante siempre que se trata de una personalidad que, sin exageración, puede decirse que es representativa de un momento histórico. Me refiero al hombre íntimo, que se afeita él mismo, que al mismo tiempo se mira en el espejo jabonado el rostro, tiene en frente sobre el tocador una taza de chocolate, en la que sopa un pedazo de bizcochuelo, ya dejando la navaja que tiene en la diestra, ya las Odas de Horacio; hombre de mundo, al hombre espiritual que era una mezcla de un Vélez Sarsfield pulido y de un Sarmiento sin (esperanzas) asperezas[3], en una palabra, a Nicolás Avellaneda anecdótico, ignorante del vocabulario desvergonzado.

Yo tengo mi cartera de apuntes llena de esta materia amena: de sus distracciones, de sus púas, salidas y escapadas por la tangente.

He aquí una de estas:

Era en Belgrano, cuando los sucesos del 80.

Antonino Cambaceres[4] quería que lo hicieran coronel al comandante Belisle[5]; Avellaneda oía, no decía sí, ni no.

Un día, el presidente y Cambaceres departían en un ángulo de la plaza de Belgrano; de repente aparece por una bocacalle Belisle, que era muy de a caballo en un flete de mi flor.

–Presidente, allí viene Belisle, vea qué hermoso hombre, y tan valiente…

–Sí, pero Pacheco es muy cobarde…

Y ahí quedaron.

¡Pobre Pacheco[6]!, que dominó como pocos, pero que no anduvo acertado en algunas leyes que reglamentó, firmando decretos por debilidad; decretos, en cuya eficacia absolutamente no creía.

Y aquí acabo con este párrafo, dejando para otra coyuntura el contarles a ustedes quizá y prolijamente, cómo aconteció que Nicolás Avellaneda[7] fuera profesor de economía política en vez de este muy atento servidor de ustedes que en el día de la fecha vuelve a desearles feliz año nuevo.


  1. Edmund Burke (Dublín, 1729–Beaconsfield, 1797), fue un político británico que ejerció como diputado en la Cámara de los Comunes representando al partido de los Old Whigs, que a diferencia de los New Whigs (nuevos liberales, de ideas más progresistas) criticaron duramente la Revolución francesa. En este sentido, su obra Reflections sur la Revolution Française (1790) despliega una rotunda oposición a la revolución. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/100173535).
  2. No hemos hallado información asociada a este nombre.
  3. En la “Página breve” publicada el 22 de mayo de 1906 se lee la siguiente postdata: “Ruego a Vds. si han leído mi carta de fecha 10 de enero, que al final donde los tipos me han hecho decir “un Sarmiento sin esperanzas lean “sin asperezas”. La “carta” es esta: la fechada el 1º de enero de 1906 (y no el 10, probablemente otro error tipográfico) publicada el 3 de febrero del mismo año.
  4. Ciriaco Antonino Cambaceres (Buenos Aires, 1832 – Glew, Buenos Aires, 1888) fue un comerciante, estanciero, político y funcionario argentino, hermano mayor del escritor Eugenio Cambaceres. Perteneció al Partido Autonomista Nacional (PAN), fue diputado, senador y Presidente de la Unión Industrial Argentina. (Extraído de Cutolo, Vicente. Nuevo diccionario biográfico argentino. Buenos Aires: Elche, 1968-1985).
  5. Pablo C. Belisle Güemes (Córdoba, 1850 – Buenos Aires, 1906). Participó en la Guerra del Paraguay, en el combate en Paso de la Patria, en Estero Bellaco, Tuyutí, Curupaití y otras batallas. En 1879 formó parte de la II División en la Pampa Central, a orillas del río Negro. Estableció la comandancia en el Pueblo General Roca. (En: https://bit.ly/3k0k4zI).
  6. Probablemente se refiera a Ángel Pacheco (Buenos Aires, 1793 – Buenos Aires, 1869), militar argentino, educado como oficial por José de San Martín y uno de los principales comandantes de las tropas de la Confederación Argentina durante los gobiernos de Juan Manuel de Rosas. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/53179291).
  7. Nicolás Remigio Aurelio Avellaneda (San Miguel de Tucumán, 1837-alta mar, 1885) fue un abogado, periodista, político y estadista argentino; ministro de Justicia e Instrucción Pública entre 1868 y 1873, senador nacional por la Provincia de Tucumán. En su juventud, fue periodista de El Nacional y de El Comercio del Plata. Tras completar sus estudios de Derecho, conoció a Sarmiento, con quien mantuvo una estrecha amistad. Fue el sanjuanino quien lo ayudó a obtener el cargo de profesor en la cátedra universitaria de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (hecho al que parece hacer referencia aquí Mansilla), cátedra desde cual iniciará su carrera política. En 1865 publicó una de sus obras más importantes: Estudio sobre las leyes de tierras públicas, donde propone, basándose en el ejemplo norteamericano, la entrega de propiedades a los verdaderos productores, abreviando trámites y eliminando obstáculos. En 1874 fue elegido presidente de la Nación por el Partido Autonomista Nacional. En 1882 fue nuevamente senador nacional por su provincia natal, hasta su fallecimiento. Se lo recuerda como el gran promotor de la inmigración, la universidad pública y la federalización de Buenos Aires.
    (Extractado de: https://bit.ly/3bOQzxV).


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