Otras publicaciones:

9789871354894_frontcover-224x344

Book cover

Otras publicaciones:

9789871867332_frontcover2

9789871867721_frontcover

EL DIARIO

Miércoles 27 de Junio de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, junio 1° de 1906.

 

Hoy nos ocuparemos, caro lector argentino, de libros que no son criollos.

Vale decir que sincopando detalles voy a examinar un libro, que desde luego recomiendo a ustedes.

Alejandro Hamilton es el título (el subtítulo, un Ensayo sobre la Unión Americana[1]), y F. S. Oliver[2] el nombre del autor.

M. Oliver ha elegido el personaje, su héroe, muy bien y lo trata con entusiasmo y convicción.

Yo he escrito algo, no una vez sino varias, sobre las doctrinas de Hamilton[3]. Era cuando en el Paraná dirigía y escribía “El Nacional Argentino”. Ya hace fecha, como ustedes ven.

El señor doctor don Salvador María del Carril, vice-presidente –le debo mucho intelectualmente–, me hacía leer, comentar y aplicar a la situación tan delicada de entonces algunas de las opiniones de Hamilton.

Conocía pues superficialmente “El Federalista”. De Hamilton; de su origen, de su vida accidentada, dramática, de su fin trágico poco sabía. Verbigracia, ignoraba lo que quizá ustedes saben, que Alejandro Hamilton había nacido en Inglaterra, de padre y madre ingleses, cuyo enlace tuvo todos los perfiles de una novela sentimental.

Nació Alejandro Hamilton el 11 de Enero de 1757, en la Isla de Nevis, en el Leeward Group, donde su padre ejercía con éxito la profesión del comercio.

A los 11 años el hijo era ya dependiente del padre y se distinguía por su precocidad en todo, por su vehemencia, por su altivez, por su inteligencia, que contrastaban con su tan pequeña estatura, algo así como nuestro Avellaneda[4] o nuestro Alberdi.

Mr. Oliver observa que solo fue niño hasta los once años. Sería quizá más exacto decir que durante toda su maravillosa carrera fue siempre niño. Juventud era la nota que distinguía su carrera. Su triunfo fue el triunfo de la juventud; su error, el error de la juventud.

A los diez y seis años dirigía con aplomo y con éxito negocios considerables.

Naufragó yendo a Nueva York, y escribí una descripción muy animada de la borrasca, descripción que reprodujeron varios periódicos. Como consecuencia de este suceso fue a dar a Boston, meses antes de estallar la revolución.

Durante esos meses Hamilton se puso él mismo en “King´s College”, trazándose un plan de estudios suyo propio, para abreviar y ganar tiempo.

Se hizo a poco andar ciudadano de los Estados Unidos, y en Nueva York continuó sus estudios durante tres años.

A los diez y siete años lo vemos a Hamilton presidiendo con fuego y elocuencia un gran meeting, y el historiador dice que llamaba la atención por lo donoso de su figurita.

Su vida agitada comienza; es atacado y calumniado en los primeros albores, lo califican de loco (crazy), nada, nada lo desanima, sigue su camino como una bala de cañón.

Hay muchos que creen que la guerra de la independencia norteamericana pasó como un turbión. Técnicamente duró siete años, y las tropas de Washington todavía permanecieron dos años más sobre las armas, tanto se temía una reacción.

Pues si nosotros los argentinos tuvimos los desalientos, las traiciones, todo, todo cuanto preparó la guerra civil, cuyas consecuencias fueron los gobiernos dictatoriales, grandes y chicos, los americanos del norte también tuvieron en sus “trece colonias” todo género de facciones, agitadas hasta el furor por diversos sentimientos o intereses.

Fue la guerra la que puso en contacto las dos grandes figuras de Washington y Hamilton.

Fue éste secretario militar de aquel. Eran dos almas movidas por nobles pensamientos, llamados a entenderse, a identificarse. Cinco años seguidos estuvieron en estrecha comunión, cual dos hermanos siameses de la idea y de la acción, siendo Hamilton el que escribió, sino todos, la mayor parte de los mensajes de Washington al congreso.

Tenía Hamilton justamente veinticinco años cuando la guerra concluyó. Pensó en casarse y lo hizo con una mujer de mérito.

No teniendo fortuna, consagró todas sus energías y todo su tiempo a la abogacía, sin por eso dejar de ocuparse y preocuparse de la cosa pública.

El congreso lo reclamaba y fue electo.

El país estaba (como nosotros, los argentinos), mas destruido que desintegrado, si es posible eso durante el período de la guerra.

Como en nuestra América del Sur, muchos de los que más habían querido la independencia, tendían afligidos la vista hacia la Europa monárquica buscando cómo entenderse con la nueva patria.

Era aquello un semillero de querellas, de intrigas, de amargas iniquidades, de inacabables disputas, una lucha de lodo acusándose todos de las mismas bajezas, miserias, defectos, delitos, y hasta acciones y cobardías.

Cuando Washington, que tuvo que luchar contra todas las malas pasiones y, a veces que ser maquiavélico, fue electo presidente en 1789 (el mismo año de la toma de la Bastilla), en el acto le pidió a Hamilton que abandonara los negocios, que dejara a Nueva York y aceptara el puesto de ministro de Hacienda; es decir el más difícil; el más penoso de todos los puestos de la administración, y, por supuesto el más impopular.

Al año siguiente, con el proyecto de un Banco Nacional, apareció la grande y tenaz oposición de Madison y Jefferson.

Nuestras disputas argentinas para organizarnos son pálidos reflejos de las que se leen en los anales históricos de la hermana mayor del norte de América.

¡Cuánto que aprender hay en esa lectura!

Ni el rastro siquiera de nuestro sentimentalismo doctrinario es posible hallar en ella.

Todo, todo está estrictamente subordinado a lo mismo que ahora constituye la política esencial de los Estados Unidos, sean cuales sean sus declaraciones, subordinado a un interés material positivo, entre las personas rivales, y a un interés comercial ávido, afanado en asegurar salidas y mercados para sus productos.

Eso es lo que prima, y es inútil teorizar; hay que ser algebraico en las demostraciones; el que sea más demostrativo, ese obtendrá la palma.

Así se ha hecho ese país estupendo, insaciable (¡cave!), que en la época a que me refiero tenía solo cuatro millones escasos y que en el año 1906 del Señor cuenta más de ochenta, recibiendo todavía corrientes de inmigración.

Sí, así se ha hecho ese país cuya alma, si no ha cambiado políticamente padece, tanto es así que a la hora en que escribo me cae a las manos este despacho telegráfico: Nueva York, 22 de Mayo. El negocio de las compañías de seguros se desenvuelve poniendo cada día en evidencia más inmundicia. El diputado Goulden ha hecho esta declaración: el título de senador de Nueva York es sinónimo de corrupción. Es un hecho comprobado que las funciones de senador de Albany valen 250.000 francos por año y que ese dinero proviene en gran parte de las compañías de seguros.

¡Cuán lejos estamos de las buenas costumbres del tiempo de Washington! Aunque en otro sentido todo, todo esté subordinado en los consejos de gobierno de sus sucesores a estas mismas palabras suyas: “las naciones se conducen por su interés, no por sus sentimientos”, palabras que fueron su contestación cuando Lafayette invocaba la gratitud para inducir los Estados Unidos en contra de Inglaterra.

La actividad de Hamilton era prodigiosa y sus vistas clarividentes penetraban en el porvenir más remoto. Sus principios, sus teorías, sus reglas, sus procedimientos, cuanto él sostenía en el “Federalista”, que como se ha dicho con exactitud tiene mucho de “L’Esprit des Lois[5]“ y de “El Príncipe” (una mezcla de Montesquieu y de Maquiavelo), es lo que ahora, cien años después, inspira, induce, aconseja y guía con admirable “esprit de suite” a los estadistas norteamericanos.

A Hamilton le deben lo que tienen: un poder federal fuerte. A Hamilton le deben la llamada doctrina Monroe, tan debatida, tan elástica, tan acomodaticia. Porque Hamilton fue, no sea echado en olvido, el que como estadista estableció el principio de que “the nation and not the world is to be regarded as the unit”, léase, que la nación y no el mundo debe ser mirada como la unidad. Monroe no hizo después sino darle forma al apotegma que se contenía en las palabras de Hamilton.

Pues bien, este hombre, para que se vea lo que son las pasiones políticas, íntegro, desinteresado, que nunca tuvo un sueldo mayor de 3500 dólares anuales, fue acusado de corrupción, de venalidad, de lo más odioso, implicándolo en todo ello al mismo ídolo del pueblo, a Washington.

Nadie alcanzó a quebrantar su energía, no había fuerza moral superior a ella. Era menester suprimirlo. Hay aquí tela para un drama didascálico con perfiles medievales. Se organizó pues un “club de conjurados” para poner fin a la molesta existencia de Hamilton.

Hoy era uno, mañana era otro el insultador.

Por fin en 1804, groseramente y repetidamente insultado por Aaron Burr, y teniendo en cuenta muchos motivos políticos, tuvo que batirse a duelo con él y que morir a los cuarenta y siete años.

Tal es en resumen del libro de Mr. Oliver, libro repleto de informaciones, de observaciones y comentarios a los que ya he agregado algunos de mi cosecha, sobre este “inglés americanizado” hasta la vehemencia patriótica, y cuya divisa puede decirse que fue esta: “the well-being of the nation rather than the welfare of the world[6], o la caridad bien entendida empieza por casa, parafraseando así el concepto en nuestra lengua.

 

***

 

P. D. He hablado más arriba de torrentes de inmigración. He aquí los últimos datos estadísticos. En el mes de abril los Estados Unidos han recibido 150.000 inmigrantes. En los tres primeros meses del año recibieron 526.985. Entre ellos, 30.000 rusos.

L. V. M.

Página brevísima

 

Al cerrar esta recibo una de esa fecha 3 de Mayo.


  1. Oliver, Frederic Scott. Alexander Hamilton: An essay on American Union. New York: Constable, 1906.
  2. Oliver, Frederic Scott (1864–1934), fue un escritor y político escocés que luchó en favor de los derechos de las colonias británicas de principios del siglo XX (entre las cuales se hallaban Escocia e Irlanda). Fue uno de los miembros de la llamada Round Table Home Rule: la mesa de negociaciones en torno de las reformas tarifarias para dichas colonias. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/381526).
  3. Alexander Hamilton (Charlestown, 1757–Nueva York, 1804) fue un economista, político, escritor, abogado, y el primer secretario del Tesoro de los Estados Unidos. Influyente intérprete y promotor de la Constitución de los Estados Unidos, es considerado uno de los padres fundadores de ese país, así como de su sistema financiero del Partido Federalista, de la Guardia Costera y del periódico The New York Post. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/66496514).
  4. Ver nota al pie de PB.03.02.06 o índice onomástico.
  5. El titulo correcto es De l’esprit des loix. Este tratado de teoría política de 1748 fue escrito por Charles-Louis de Secondat, Baron de La Brède et de Montesquieu pero publicado anónimamente. Fue el fundamento teórico para la división de todo gobierno en tres poderes, base para la redacción de varias constituciones de los estados modernos.
  6. “El bienestar de la nación en vez del bienestar del mundo”.


Deja un comentario