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EL DIARIO

Miércoles 6 de Junio de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, mayo 8.

 

Caminamos de sorpresa en sorpresa.

Agotada la polémica sobre si fue Bacon el autor de Shakespeare, es decir, triunfante éste hasta imponerles perpetuo silencio a los baconianos, cuya cuna fueron los Estados Unidos; victorioso, finalmente, en toda la línea de las investigaciones el sabio cuanto original Emerson, hemos asistido después a una serie curiosísima de descubrimientos históricos más o menos problemáticos.

Nerón no era, ni Agripina tampoco, tan antipáticos como nos decían.

Lucrecia Borgia[1] había sido calumniada, siendo una mujerzuela de cascos a la jineta, nada más, como había muchas en su época.

Ana Bolena, ha resultado fiel esposa.

Lutero no tuvo tocamientos deshonestos con Catalina Boré.

Y el mismo Julio César que, nos aseguraban, debía ser tenido por un gran capitán, no cuela ya, según las investigaciones sapientísimas de algunos críticos de arte.

Ahora les toca el turno a otros personajes, algunos de los cuales creíamos conocer muy bien, verbigracia, Voltaire, o su moral.

Monsieur Gustave Lanson[2], profesor en la Sorbonne, acaba de dar dos conferencias en Lausanne sobre Voltaire moralista. Un auditorio numeroso había concurrido a la cita, aguijoneado por la curiosidad.

La tesis sostenida por el orador es que, contrariamente a la opinión corriente y profesada en Suiza misma por Vinel, Voltaire no ha sido solamente un espíritu negativo, un demoledor. Ha tenido una moral (¡buen provecho!), que se puede discutir (¡ya lo creo!), pero real y conforme en su conjunto a las calidades requeridas por toda moral.

Un cierto tono bromista e irónico, aplicado a las mismas cosas serias, y que él consideraba como tales, es lo que ha inducido en error, y esa particularidad, ese defecto puede decirse muy francés, ha hecho creer que Voltaire era superficial (¿con que no lo era? Renan[3] lo creía).

Su apologista dice que carecía sin duda de vida interior, siendo un impulsivo, y refiriendo la moral en acción a la especulación. Pero puede decirse, prosigue, que la justicia y la beneficencia (todo puede decirse), que pertenecen al número de las calidades esenciales de la moral cristiana, están en la base de la moral volteriana.

Hablando en verdad, no le hace mucho lugar al sentimiento o a la imaginación; es indiferente a la altura de una concepción; considera solamente su utilidad para regular las relaciones de los hombres entre ellos.

Dice solamente que la moral viene de Dios, en cuanto el sentimiento moral es una fuerza natural, y la religión le parece ser sobre todo la aceptación de las leyes preestablecidas, una especie de resignación estoica.

La moral, como se ve, es sobre todo para Voltaire un negocio humano, el reconocimiento de las leyes necesarias a la vida en sociedad.

En este sentido ha insistido mucho el orador, recordando que Voltaire defendía a los protestantes en tanto que Rousseau se estaba quedo, ¡el egoísta!

Sigo, ha dado que hablar el tal Monsieur de Voltaire.

Entre los papeles de Renan, “Cahiers de jeunesse[4]”, que constituyen dos volúmenes (1845-1846), escritos primero en el seminario de San Sulpicio, después en la pensión Crouzet, donde fue repetidor, se han hallado cosas muy curiosas e inesperadas. Por ejemplo, dice Renan: “hay dos literaturas; la una tradicional, popular, colectiva, poética que expresa el ideal de una nación o de una época; la otra, individual, reflexionada, compuesta, tendiente a la crítica”.

Sus preferencias se dirigen a la primera, que es la de Homero y la de los romances caballerescos franceses.

“El pueblo, dice, hace los miembros de la epopeya, el poeta los ordena poniéndolos en cuerpo”.

“La Francia no ha tenido ese poeta que tenía en Rolando, en Carlo Magno, en Juana de Arco admirables asuntos a épicos. En el tiempo en que fueron creadas esas leyendas, el lenguaje no se había formado; cuando lo estuvo, menospreciábamos nuestras tradiciones nacionales”.

Aquí viene lo bueno, traslado al conferenciante de Ginebra.

Cuando Voltaire (es Renan el que habla), quiso tratar el más puro de estos asuntos (se refiere a la “Pucelle[5]”) no hizo más que humedecerlo con su baba. ¡Ah!, ¡qué infame! Sin eso hubiéramos tenido un poema que no se había parecido a ninguno otro, que hubiera cantado una heroína, etc., etc.

Unas plumadas más para concluir con los “apuntes” estos.

Uno solo de nuestros poetas, dice Renan, se liga por el fondo y por la forma a la verdadera tradición francesa, es La Fontaine, “le fils du vieux Renard[6]“. No obtuvo nada de Luis XIV y Boileau no lo menciona. “No era de su especie”.

Las cosas se encadenan, ya lo he observado otras veces, sin que pensemos en ello. Luis XIV acabo de escribir, y aquí tienen ustedes algo que con su tiempo se relaciona.

El lº de Mayo, mientras una parte de París temblaba de miedo esperando por momentos el cataclismo revolucionario obrero, en la Sorbonne se disertaba (se puede decir en español, Sorbona).

Con argumentos más o menos contundentes, Louvois ha quedado casi como un trapo.

Monsieur Louis André, profesor de historia en Montpellier, ha demostrado brillantemente que Michel Le Tellier fue quien creó el ejército de la monarquía, tan mentado, y no Louvois. El padre había creado el instrumento, el hijo no hizo sino utilizarlo.

Ya ven ustedes cómo se escribe la historia (así exclamó alguna vez el moralista Voltaire), y es de advertir que la facultad estaba representada por los señores Bourgeois[7], Denis, Gazier, Seignobos y Pfister, y que la tesis de Monsieur Louis André fue coronada.

Yo he conocido, en nuestra tierra argentina, un personaje, veremos qué dice la historia dentro de trescientos años, lo que yo diga en mis Memorias se sabrá antes, el cual sostenía, formalmente, que no fue Urquiza sino él quien venció a Rozas.

He dicho al comenzar que caminamos de sorpresa en sorpresa.

Según “Le Gil Blas[8]“, en el que escribe la vizcondesa de Clairval[9], Napoleón hacía versos, componía fábulas, y a él le atribuye, autenticándolo con algunos documentos que tienen cierta fuerza, una intitulada: “el perro, el conejo y el cazador”. Es un poco larga, por eso me quedo con ella. Dice la del hallazgo que el estilo está cantando “Napoleón”, que es demasiado perfecta para ser obra de la infancia; y que es más bien una composición de la juventud, del tiempo en que el gran guerrero optaba al premio de la Academia de Lyon”.

Una nota más interesante que las que anteceden, como que se trata de algo dantesco.

Ustedes saben que en diferentes épocas los investigadores se han preguntado: ¿a quién designaba el autor divino de la “Divina Comedia” con esta frase: “Colui che fece il gran rifiuto” (literalmente: el que hizo la gran negación)? La interrogación acaba de ser repetida.

Véase cómo. Es muy bonito.

El señor Giovanni Pascoli[10] reflexionaba, en alta voz, sobre el problema, cuando su hermana, que estaba cerca de él, le dijo de repente:

–El que hizo la gran negación, pero fue Pilatos.

–¡Pilatos! –repuso el señor Pascoli. Pero, ¿cómo lo sabes tú?

–Pero yo lo he sabido siempre.

–Entonces, ¿es en el convento donde te lo han dicho?

–En el convento todas lo sabíamos.

El señor Pascoli reflexionó, halló concordancias, concluyó que el verso hablaba en efecto de Pilatos e hizo en el “Marzocco[11]” un artículo erudito, en pro de la hipótesis.

Leído el artículo por uno de los amigos del autor, el señor Martinozzi, éste se lo leyó a su mujer, que después de haberlo escuchado, dijo:

–¿Pero Dante conocía entonces personalmente a Pilatos?

–¿Por qué?

–Pero si reconoce su sombra; si lo dice; es menester pues que le haya conocido.

Conmovida así la hipótesis del señor Pascoli, el señor Martinozzi le escribió exponiéndole amablemente la objeción y excusándose con la autoridad de su mujer, de la misma manera que el señor Pascoli lo había hecho con la de su hermana.

Ahora bien, como ustedes saben, en el personaje designado por Dante los unos han reconocido un Papa, los otros a Gian della Bella[12].

Elijan pues. Yo, lo confieso, el alma de Alighieri, que tantas bellas cosas me inspira, en este caso me deja perplejo.


Completemos, si les parece a ustedes bien, el capítulo hipótesis históricas contradictorias con algo inesperado.

Acabo de saber por cartas cambiadas con un sacerdote francés (el sapientísimo abate Mourret de San Sulpicio[13]), aunque hablando con verdad verdadera, lo que debiera haber sido es que he tenido un intermediario, mediante el cual pongo en conocimiento de ustedes que monseñor Duchesne ha escrito un libro para probar que los “soit disant” santos Alejo, Josafat y Barlaam no han existido, siendo nada más que personajes de leyenda indiana budista.

Para que el lector no se quede con curiosidad respecto del intermediario, completaré estas como noticias agregando que es mi sobrino Eduardo García Mansilla, muy versado en estas materias y en otras, como lo prueba su reciente libro “Tolstoi y el comunismo”.

El origen de la cosa ha sido una discusión sobre si Carlo Magno había sıdo santo o no, discusión que para terminar ha quedado zanjada así.

El martirologio no consigna San Charlemagne, y en realidad no ha sido canonizado; pero resulta, según el profesor Mourret, citado, que “on a le droit de considérer Charlemagne comme un saint, mais on n’a pas le devoir…”[14].

¿Por qué?

Porque Pio IX aprobó el culto, mejor dicho, la devoción a San Carlo Magno en Aix-la-Chapelle, donde había nacido.

Los que quieran entrar más al fondo, yo tengo bastante con lo dicho, pueden leer la vida del antipapa Pascal III[15], bajo Federico Barbaroja.


Las recientes elecciones del 6 no modifican mayormente la situación parlamentaria. Lo único que ponen en transparencia es que Francia padece, gravemente, del espantoso escrutinio uninominal, “de barrio” por “arrondissement”, ese “espejo roto”, según la expresión de Gambetta, en el que este hermoso país no reconoce su imagen. Es debido a él que la corrupción de las costumbres públicas se ha agravado en toda su redondez; es debido á él que el nivel intelectual de las asambleas, en todo orden político o municipal, se ha ido deprimiendo cada vez más; es debido á él que la intriga electoral predomina sobre las ideas.

Como será de seria esta pestilencia cuando el mismo monsieur Millerand[16], socialista de gran copete, decía no hace quince días en vísperas de las elecciones, estas palabras significativas:

“El cambio de nuestro régimen electoral es, a mis ojos, la más necesaria de las reformas. Ella es, por lo menos, la condición de todas las otras reformas… el régimen del escrutinio por “arrondissenment” con las costumbres que ha desarrollado (venta más fácil del voto), nos hace morir… no tardaremos así en entonar el último canto del cisne… pidiendo volver al escrutinio de lista, con lo que antes no tenía la representación proporcional”.

Es un espejo en el que conviene mirarse, paisanos y amigos míos.

Sea lo que fuere si, como se ha dicho, París es el microcosmo de Francia, lo que resulta de estas elecciones netamente helo aquí: victoria de los extremos contra los “radicales oportunistas”. Pero en provincia las cosas no han pasado así; allí la acción oficial tiene más tela en que cortar.


  1. Ver nota al pie de PB.20.04.06 o índice onomástico.
  2. Gustave Lanson (1857-1934): historiador y crítico literario francés. Enseñó en la Universidad de la Sorbona, autor de una treintena de obras sobre literatura francesa. Entre ellas, la que refiere a Voltaire se publicó en 1924: Voltaire: lettres philosophiques, 2 vols. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/4991227).
  3. Joseph Ernest Renan (Tréguier, 1823–París, 1892) fue un escritor, filólogo, filósofo, arqueólogo e historiador francés. Produjo controvertidas obras sobre Jesús de Nazaret y el cristianismo primitivo, y tuvo grandes polémicas en torno a los pueblos semitas y al islam, los tipos de razas y el concepto «espiritual» de nación. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/100170528).
  4. Renan, Ernest. Cahiers de jeunesse. Paris, Calmann-Lévy, 1906.
  5. Esta obra de Voltaire, también conocida como La doncella de Orleans, de 1730, es un poema satírico burlesco en versos decasílabos con el que el autor pretendía reírse de la sagrada virginidad del mito más arraigado en la Francia de su época, Juana de Arco. (Extractado de https://bit.ly/33g9lKJ).
  6. “Hijos del viejo zorro”.
  7. Emile Bourgeois fue un historiador y académico parisino (1857-1934), nombrado maître de conférence en el École Normale Supérieure y profesor en la Sorbona. Se especializó en historia europea del siglo XVII. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/54210056).
  8. Gil Blas fue un periódico literario parisino fundado en 1879 y vigente hasta 1938. Su título rememora la novela homónima del escritor fránces Alain-René Lesage. En las páginas de Gil Blas se publicaron como folletín novelas de Émile Zola, Guy de Maupassant, Villiers de L’Isle-Adam y escritos de muchos de los intelectuales que menciona Mansilla a lo largo de sus Páginas breves, tales como Paul Bourget, Catulle Mendès, Henri Rochefort, entre otros.
  9. No hemos hallado aún información asociada a este nombre.
  10. Giovanni Pascoli (Forlí, 1855–Bolonia, 1912) fue un poeta italiano de finales del siglo XIX. Su poesía está caracterizada por una métrica formal en endecasílabos, sonetos y tercetos encadenados de gran simplicidad. Entre sus obras, se destacan: Minerva oscura (Estudios sobre Dante, 1898), Cantos de Castelvecchio (1903), Mis escritos sobre la variada humanidad (1904), Primeros poemillas (1904), Poemas de la convivencia (1906). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/39397405).
  11. Debe tratarse de un periódico literario, semejante al Gil Blas. No hemos hallado información sobre él aún.
  12. Gian della Bella fue un político italiano del siglo XII, perteneciente a una familia de alcurnia. (Extractado de la Enciclopedia Treccani. En línea: https://bit.ly/2GOfh6e.
  13. La Compagnie des Prêtres de Saint-Sulpice es una sociedad de vida apostólica de la Iglesia católica llamada así por la Iglesia de Saint-Sulpice, en París, a su vez, lleva el nombre de Sulpicio Pío , donde fueron fundadas. Su página oficial es: www .sulpiciens.org.
  14. “Tenemos el derecho de considerar a Carlomango como un santo, pero no tenemos el deber”.
  15. Pascual III (Crema, 1100 – Roma, 1168) fue antipapa de la Iglesia católica de Roma entre 1164 y 1168. De nombre Guido, nació en Cremona. Fue designado reemplazante de Víctor IV, con el apoyo de Federico I Barbarroja, para oponerse al papa Alejandro III, falleció tras cuatro años de pontificado y fue sucedido por el antipapa Calixto III. Por orden de Federico I Barbarroja, llegó a canonizar a Carlomagno, dado el fervor que le profesaba el emperador, que se consideraba su sucesor. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/257467882).
  16. Alexandre Millerand (París, 1859–Versalles, 1943) fue un abogado y político francés, presidente de Francia entre 1920 y 1924. Empezó su carrera política en el Partido Radical de Georges Clemenceau, pero después se acercó al socialismo. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/4933893).


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