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EL DIARIO

Miércoles 14 de Noviembre de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, noviembre 20.

 

Me acuerdo de una ocasión, era en el campamento de Tuyutí[1]; discutiendo el intrépido general Hornos[2] con mi estimado amigo el coronel Balza[3] (¿mayor entonces? no entiendo cómo no es general), le decía: ¡Eh! no embrome amigo, qué me viene a mí con esas, a mí tan luego que me he criado entre ellos. (La discusión versaba sobre caballos y el general, como se sabe, si era un paladín y un centauro no brillaba por el lado de la ilustración).

Luego digo bien que la República Argentina es un país de caballos y de caballeros y que tiene que interesarle el saber lo que está pasando en Inglaterra desde la invención de los inestéticos automóviles a la fecha.

Habla un “aficionado a caballos”.

Cuando se vieron los primeros automóviles, hace unos diez años, se predijo generalmente que el caballo se iba… viendo aumentar el número de aquellos se decía: se acaban…

Por consiguiente, es algo sorprendente el caso.

En 1897 el número de caballos en la Gran Bretaña era de 2.070.000, es decir, apenas un poco menos en 1903.

A despecho, pues, de los miles de vehículos que se mueven automáticamente, el útil y simpático animal de cuatro patas solo ha disminuido en 56.

¡Bravo!

Nos hemos criado entre ellos. Les debemos nuestra fortuna.


Comparando la vida a un círculo cuyo centro seamos nosotros, sus radios nuestros deseos múltiples y la circunferencia el término ideal, el éxito dependerá de la elección del radio que se siga para llegar a la circunferencia. Seguir dos radios a la vez es un imposible. Cambiar de dirección, tiempo perdido. Sabía pues mucho aconsejando prudentemente Emerson cuando escribía: Fíjate en un solo negocio, joven. Firme a tu cervecería (hablaba al joven Buxton) y serás el gran cervecero de Londres. Pero si eres cervecero, y banquero, y comerciante y manufacturero, pronto te verás en las “gacetas”.


Hay recuerdos que me hacen el efecto de una resurrección rejuvenecido. Vale esto decir que he recibido con gusto y leído con atento interés “Las cuestiones de enseñanza superior” que amablemente me ha remitido Antonio Dellepiane[4]. No es grueso el volumen. Pero contiene mucho pensamiento condensado.

De mamera que por una razón que llamaré técnica resulta considerable valiéndome de la fórmula de un autor amigo que suele sacarme de aprietos.

Dellepiane, que escribe como discurre, bien, muy bien, su frase tiene la transparencia de su concepto elevado, sencillo y neto, previene en el prefacio que “reúne el presente volumen varios trabajos sobre materias afines que se relacionan con la enseñanza superior en general y en especial de las ciencias sociales”.

Agrega que: “casi todos ellos han visto la luz pública en las épocas en que fueron escritos… y que la reedición, en todo caso, está explicada por el momento en que se la efectúa… momento en que se pretende renovar el litigio sobre la superfluidad de la facultad de filosofía y letras”…

Me apresuro a declarar que en tesis general estoy de acuerdo con Dellepiane. Nuestra tradición es universitaria. La madre patria que ya en el siglo XIII tenía la universidad de Valencia y la más famosa de Salamanca, “madre de las virtudes y de las ciencias”, no olvidó sus colonias. En este sentido hizo lo que ni pensó hacer Inglaterra. Así, lo que después han hecho los Estados Unidos no tiene absolutamente el tipo de las grandes universidades de Oxford y Cambridge, siendo colegios en los que no hay enseñanza superior, tal cual se entiende en Europa. Lo que en ellos se enseña aquí se llama enseñanza secundaria.

Es asunto por otra parte local, con excepción de West Point, que es a la vez escuela politécnica y militar. Cierto que de algunos años a esta parte los estudios clásicos han tomado mucho vuelo, en aquel país extraordinario, donde la instrucción primaria está tan difundida al mismo tiempo.

No discuto el plan; cito el hecho.

Nuestro punto de partida es otro, como es otra nuestra tendencia, estando la razón de ello en nuestra organización nacional, que habiendo decretado la federación pugna en el sentido de la centralización unitaria.

Pienso que lo que conviene no es destruir lo viejo, ni lo nuevo creado, sino bregar y bregar hasta conseguir la modificación de lo vetusto y la corrección de lo improvisado, copiando sin criterio. EI “doctorismo” nos ha hecho mal, porque ha engendrado el “diletantismo”; es decir, el pedante con borlas, como las que suelen conceder las universidades yanquis de Michigan y otras, o sean doctores hechos a dedo, según se decía en otro tiempo de los que llevaban galones sin haber siquiera olido pólvora.

Mas al hacer las reformas o modificaciones, debemos tener presente que “la educación” abrazada en su conjunto es ante todo una obra moral, que por el espíritu debe llegar al corazón, y, por otra parte, que el tiempo y el esfuerzo son al respecto elementos necesarios y condiciones indispensables”.

Si pues, “la inteligencia de los jóvenes no es un vaso que hay que llenar, sino un foco que hay que calentar”. Si pues, “menos cataratas de programas sin tregua, sin razón, sin misericordia”, y menos catedráticos que vayan a aprender dando, por no decir tomando la lección de los que saliendo de la clase o se reirán o pensarán: si nosotros sabemos tanto como él.

Sobre este punto coincidimos por completo con Dellepiane. O yo no entiendo lo que él quiere decir cuando parafrasea el dicho del filósofo antiguo: “nada de lo que es humano puede serle indiferente”, filósofo que no era griego sino latino, nacido en Cartago, permítaseme la rectificación de este error de pluma. Al fin y al cabo, solo los que no tienen razón nunca se equivocan, ¡si viven equivocados!

En una palabra, si hay que reformar (y lo hay), bueno es tener presente una observación de Herbert Spencer, en su crítica sobre la manía legislativa de dictar leyes inadecuadas o intempestivas.

Olvidamos que las leyes, antes de ser abolidas, han causado males más o menos serios: las unas durante pocos años, las otras durante decenas de años, algunas durante siglos.

Cambiad vuestra vaga idea respecto de una mala ley en una idea definida; pensad como en una causa que obra sobre la vida de los pueblos, y veréis que lo que significa es tal número de sufrimientos, tal número de enfermedades, tal número de defunciones (bien entendido que esto se aplica al cuerpo lo mismo que al alma).

Lo puesto entre paréntesis es mío, y como un hilo en el laberinto de que trato de salir para no explayarme mucho molestando la atención de ustedes, demasiado me conduce a llamar la de los que deben intervenir mediata e inmediatamente en la mejora de nuestra organización universitaria hacia un punto respecto del cual no ocultan su sentir ni su pensar los americanos del Norte, los cuales en medio de sus defectos poseen entre otras una virtud fuerte: la de proclamar a todos los vientos lo malo que les perjudica, no entendiendo que quepa orgullo nacional en el silencio.

Dicen los “Anales” de julio 1905, (órgano de la academia de Filadelfia sobre ciencia social y política).

El llamado de los Estados Unidos a sus ciudadanos, como en Inglaterra, es al poder innato y a la capacidad del hombre individual. El pueblo de los Estados Unidos cree en la educación con no menos entusiasmo que el pueblo de Alemania, pero como a pueblo le falta el sentido de la disciplina, cualidad intensa y profunda que unida al espíritu de coacción y “control” personal la ha hecho del imperio alemán lo que es. En compensación tiene un inmenso entusiasmo, una gran actividad, una gran curiosidad de saber y conocer, de enterarse, de estar al cabo de todo con prontitud de manera que, en conjunto, es uno de los pueblos más inteligentes del mundo, aunque no sea del punto de vista escolar tan instruido, tan diestro como los alemanes. Esto hace que cuando el alemán viene a Estados Unidos, envuelto en su atmósfera, resulte un trabajador más eficaz que en su propia tierra. Por último, es menester declararlo: en la educación escolar el sistema alemán supera al de los Estados Unidos, en profundidad y comprensión. Esto no obstante en la educación que resulta de la experiencia de la vida, en ningún país del mundo los ciudadanos poseen nociones tan extensas y tan eficaces para darse vuelta como en Estados Unidos.

Por consiguiente, recapitulo y afirmo (lo digo rehuyendo desde luego toda polémica): que la dirección argentina en materia de enseñanza, de instrucción y educación, es anómala y contradictoria en muchos puntos, comparada con la de los Estados Unidos; que aunque en algo coincida con ella nuestras instituciones nos inducen a solicitar constantemente la cooperación y concurso del estado (entidad colectiva), en tanto que en Estados Unidos cada miembro político del cuerpo social se desarrolla y crece por su propio cultivo y actividad.

De aquí un problema muy complicado, vidrioso y vital que hay que examinar y resolver con prudencia y gravedad. Del acierto que inspire a nuestros estadistas depende en mucha parte de la grandeza futura de la patria. Me inclino al plan alemán en sus grandes líneas. Sarmiento columbró estos problemas. Nada más. Su talento desbordante, impetuoso, impaciente, carecía de trascendencia filosófica; de manera que confundió la cantidad con la calidad. No basta la instrucción primaria. Avellaneda, que era un espíritu más ponderado, más académico, más ecléctico diré, aunque no perteneciera a los que comulgan con Víctor Cousin[5], murió prematuramente y no pudo completar la obra de Sarmiento, corregirla, perfeccionarla en el gobierno o en los consejos de nuestros notables. Son males que dificultan el corte que ha de dársele a negocio de tanto momento y magnitud. Pero el poeta italiano ha cantado: “Al mondo mal non e senza rimedio.


  1. La batalla de Tuyutí tuvo lugar el 24 de mayo de 1866 en el marco de la Guerra del Paraguay.
  2. Manuel Hornos (Entre Ríos, 1807​–Buenos Aires, 1871): un militar argentino que luchó en las guerras civiles argentinas del lado del partido unitario y en la guerra del Paraguay.
  3. Eudoro Aristarco Balsa (San Nicolás de los Arroyos, 1837–San Martín, 1922) fue un militar argentino, que participó en las guerras civiles argentinas y en la Guerra de la Triple Alianza. Fue también Diputado Nacional y Ministro de Guerra y Marina.
  4. Antonio Dellepiane (Buenos Aires, 1864–Buenos Aires, 1939) fue un historiador argentino. Entre sus obras, además de la que menciona Mansilla (Las cuestiones de enseñanza superior. Buenos Aires: Coni Hnos., 1906), se incluyen: Las causas del delito (Buenos Aires, Imprenta de Pablo E. Coni, 1892), Aprendizaje técnico del historiador americano (Buenos Aires: Coni Hnos., 1905), Estudios de filosofía jurídica y social (Buenos Aires: Valerio Abeledo Editor, 1907), La Universidad y la vida (Buenos Aires: Coni Hnos, 1910), José María Ramos Mejía: 1852-1914 (Buenos Aires: Coni Hnos, 1914). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/47135277).
  5. Ver nota al pie de PB.20.04.06 o índice onomástico.


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