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EL DIARIO

Sábado 10 de Febrero de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, enero 15.

 

Soy tan repetidor de ciertas cosas –no por lo de «bis repetita placent[1]», sino porque así me ha hecho Dios– que tengo que decirles a ustedes si recuerdan haberme oído decir esto: “París es la única ciudad del mundo en la que se puede vivir sin tener nada que hacer y quizás sin amar” (nótese que digo quizá).

Explicarlo sería largo.

Ahí, por ejemplo, en Buenos Aires, donde nada falta ya, teniendo con qué adquirirlo, donde la gente no puede ser más hospitalaria, ni las damas más amables, el que no trabaja en algo –en el comercio, en la industria, en la política–, el que no ama apasionadamente –para lo cual el tiempo es siempre demasiado escaso (¿quién se cansa de ver y estar con el ángel tutelar de sus ensueños?)– ahí, repito, el que no trabaja, el que no está ocupado en algo –comerciante, industrial, médico, abogado, banquero, politicastro, diarista–, ese se aburre, el tedio puede matarlo.

Los ingleses dicen: «working is a blessing», es decir, el trabajo es una bendición. Con que así, ni veo de qué pudieran quejarse ustedes en su jaula, ni a qué vienen más de cuatro a París, siendo así que desde que yo andaba en la escuela he oído decir que la ociosidad, el lujo y las malas compañías corrompen las costumbres.

El caso es que en mi calidad de visitante desocupado, fui días pasados a ver la exposición de automóviles.

Entre paréntesis les diré a ustedes que, sin dejar de reconocer la utilidad del nuevo vehículo, no me place andar tan de prisa, ni que me arrastre una máquina como carruaje en la que no veo caballos.

Si siquiera hubiera unos artificiales que, al fin y al cabo, cuando no tenemos la cosa, ¡nos conformamos con la ilusión!

¿Y quién puede decir, resolviendo el gran problema definitivamente, que los más dichosos son los que poseen y no los que anhelan?

No les describiré a ustedes minuciosamente las maravillas, digamos, de esta exposición: hay de todo lo más perfeccionado hasta la hora presente, barato y caro, para todos los gustos y todas las bolsas, y cada industria nacional se disputa la palma, estando como están todos los que viven bajo la gran cúpula celeste, devorados por la misma fiebre de competencia, de tal suerte que ya entrañasen un período novísimo en la historia de la humanidad: la posibilidad de graznar contra los que tengan mejores maquinarias, mejores usinas, mayores aptitudes para producir mucho y más barato que el pueblo vecino, o lejano. Si así seguimos ya las causas, motivos y pretextos de guerra no habrá que buscarlos en la necesidad de equilibrar las influencias.

Será la querella, la lucha, la batalla de la envidia, en grande escala –inventando peligros imagınarios– que todo se confiesa menos eso, la envidia.

Repito que no puede ser más completa la exposición de automóviles del año que se fue cediéndole el paso a este 1906; que no hay adivina capaz de predecir con exactitud qué sorpresas nos depara. Agregaré que los automóviles de precio más cómodo, dos mil quinientos francos, para dos personas, son de procedencia inglesa, expuestos por Mr. James Hayes, con dos cilindros (6 1/2 h. p.).

Mas la gran novedad consiste en otra cosa. A ver, calculen, digan, apuesto a que no dan en bola.

Es el grito que se ha alzado dando lugar a que se forme la «Liga contra el polvo». «La ligue contre la Poussière» observa «que en las grandes ciudades hay barrios que se han hecho inhabitables, tal es el polvo que levantan los automóviles al pasar. Los locatarios, al sentir el vehículo, tienen que encerrarse herméticamente. En la campaña es peor. Los árboles del camino ya no son verdes. En una palabra, el valor de la propiedad baja y baja, y seguirá bajando si remedio si no se pone al mal inventando alguna pavimentación protectora e higiénica».

Esto ya está hecho y en la misma exposición puede verse una sección que solo contiene enormes pedazos (como «alfajores»), de los varios sistemas ideados para que el polvo desaparezca hasta donde es posible.

En donde este grito de protesta es más angustioso es en Inglaterra, cuyos caminos, en general, son inferiores a los de Francia.


El año en que la mujer se siente más feliz es el de las revelaciones de la maternidad, nunca después se siente tan joven, tan vigorosa, tan amante.


«Tengo demasiado orgullo para no ser grato». Reflexionad sobre esta frase o pensamiento.


Dos clases de personas discretas en la sociedad y en la familia: las que simulan que no ven y las que disimulan que ven.


No resisto la tentación de comunicarles a ustedes algo que acabo de leer en el libro más instructivo que en estos últimos veinte años me ha caído a la mano y cuyo título es «Letters from a self-made merchant to his son»[2]. O en nuestra lengua, aproximadamente, «Cartas de un negociante hijo de sus obras a su hijo». Es claro que un libro con semejante título tiene que ser «yankee», y lo es, y es práctico y es útil y me da envidia no haberlo escrito yo, y ustedes harían bien en leerlo y en aprenderlo de memoria como versículos salomónicos.

–Si hay alguna cosa peor que saber muy poco, es saber demasiado.

–La pobreza nunca echa a perder a un hombre bueno, pero la prosperidad suele hacerlo frecuentemente.

–El único animal que la Biblia llama paciente es el burro, y eso es buena doctrina y buena historia natural.

–Por supuesto que en este mundo no hay nada completamente malo, ni siquiera una mula, porque la mitad es caballo.

–Nunca pesa tanto un jamón como cuando está medio curado.

–Cuando un niño ha tenido una buena madre, su conciencia ha sido buena, y cuando ha tenido una buena conciencia no ha necesitado que le pongan etiqueta a lo bueno ni a lo malo.

–Cuando un especulador gana, no se para hasta que pierde, y cuando pierde no se puede parar hasta que no gana.

De tiempo en tiempo, le daré al lector dosis como estas. Mas si no tiene paciencia, puede ocurrir a Boston: el editor es Small, Maynard y compañía.


  1. Del latín: “Dos veces repetitivo, por favor”.
  2. Lorimer, George Horace. Letters from a self-made merchant to his son being the letters written by John Graham … Boston: Small and Maynard, 1905. Lorimer, George Horace (1869-1937) fue un escritor, publicista y periodista estadounidense. Editor de The Saturday Evening Post, entre 1899 y 1936 y más tarde director de la editorial Curtis. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/9928578).


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