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EL DIARIO

Lunes 30 de Abril de 1906

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, marzo 27.

 

La crítica literaria alambicada a la violeta me ha tildado alguna vez de ser demasiado anecdótico.

Confieso que sí lo soy y que si el serlo es un defecto, lo tengo, aunque la palabra “anícdota” venga del griego “anekdotos”, es decir, no publicado.

Confieso algo más: que me siento incorregible, con una debilidad senil en esa dirección. Sigo en esto primero porque está en mi naturaleza, seguido por prurito de imitación a ciertos profesores de historia e historiadores siempre a la caza de historietas o referencias picantes.

Alegan ellos que un dicho, un rasgo, pinta con palabras un temperamento, carácter, o una situación. Y a veces mejor: y más netamente que alargo capítulo muy desleído.

Será que, así como lo que el pueblo necesita son verdades usuales, la generalidad de los lectores lo que con más gusto paladea son los decires corrientes, los resúmenes.

Al grano, eso significa, es decir, vamos a ello, a la sustancia.

Pues a ello voy.

Era precisamente en un momento histórico como el que ahora atraviesa esa tierra argentina tan amada, con esta diferencia, que no estaba de duelo: no había muerto Mitre[1], ni Quintana[2], ambos dejando rastros luminosos.

Acababa de subir a la presidencia de la república, para eclipsarse inesperadamente en el meteoro de radiante luz, Nicolás Avellaneda[3].

Vivía en la calle Moreno entre Chacabuco y Piedras, en la acera que mira al norte, a la mitad de la cuadra.

En el mismo barrio de San Juan. O por ahí, vivía también un personaje histórico, por activa y por pasiva, como que me estoy refiriendo a don Carlos Pellegrini[4] padre, del que sus amigos llaman el “gringo”, cumpliendo la palabra en buena parte.

Era don Carlos, padre, un sujeto de vasto saber, observador sagaz de talento (como su hijo[5], el que lo hereda no lo hurta); pero de un talento, o de una índole de talento distinto del de su conspicuo descendiente.

Una mañana acertó a pasar por delante de la puerta de calle de Nicolás. “Chingolo” era su nombre popular, se lo puso Héctor Varela[6], tan ocurrente, por su modito saltón de andar. Debido a dos causas: que no tenía las piernas iguales, antropométricamente hablando, y porque, para corregir, o disimular el defecto, quizá para alzarse un poco más usaba calzado con mucho taco.

En la puerta de Nicolás estaba Marco[7], su hermano, el hacendista distinguido que todos ustedes conocen. Y he aquí el diálogo, estrictamente histórico en su autenticidad, que tuvo lugar deteniéndose don Carlos:

–¿Cómo está señor don Marco?

–Muy bien, para servirlo a Ud. señor don Carlos.

–¿Y el señor presidente cómo va?

–Muy bien.

–¡Cuánto me alegro! ¿Quiere Vd. saludarlo en mi nombre?

–Así lo haré.

–Y decidle que yo no le deseo que haga buen gobierno, es tan difícil eso; que lo que le deseo, por el país en general, son tres años de buenas cosechas. Porque mire Ud. señor don Marco, es una mistificación histórica, como tantas otras, que a Rivadavia lo echaron abajo los federales; no, lo echaron abajo dos años de malas cosechas.

El señor don Carlos Pellegrini, padre, según se desprende de la anécdota consignada, esperaba mucho (no digo más) de la acción benéfica de los fenómenos meteorológicos.

La humana sabiduría le preocupaba poco.

Yo, por mi parte, y poniendo de lado inclinaciones, preferencias, compromisos y preocupaciones, creo que siempre es bueno un pan con un pedazo.

Y aquí le hago punto redondo a este parágrafo, convencido de que, esta vez al menos, la crítica no me acusará de ser con exceso decidor.


Como quien dice: vean ustedes si tengo razón, haré constar que acaba de ser celebrado, aquí, en París, el quincuagésimo aniversario de la muerte de Enrique Heine[8] y que con tal motivo no faltan las historietas que a él se refieren.

Este cuenta cómo el gran historiador Thierry[9], ya ciego, y el poeta paralítico se daban maña para conversar.

Aquel refiere que Heine habiendo sido un alemán renegado merece su suerte, es decir, que no le hayan erigido un monumento digno de su talento.

Este cita algunos de sus dichos, como verbigracia: “la Prusia es el Tartufo de las naciones”. Aquel, finalmente, nos dice que su patria adoptiva, Francia, le dio a Heine, una esposa malísima llamada Matikle Mariat, prototipo de la “grisette[10]” parisiense.

Con un solo rasgo se pinta a Madame Heine.

Su marido sufría atroces dolores. Desesperado, exclamó: “¡Ojalá me muriera ahora mismo!”. “¡Oh! no, ahora no”, repuso ella, “¡no, no! Se me ha muerto mi loro, mi lorito, que tanto quería, y no podría soportar dos golpes seguidos así en una misma mañana”.

El mismo Heine, agrega la crónica, solía contar la historieta, y al hacerlo observaba: “como ustedes ven he continuado viviendo obedeciendo las órdenes de mi mujer. No hay otra cosa que hacer cuando tan buenas razones se dan”.


Y sigo con algo que leo en “Le Fígaro[11]” sobre la candidatura académica del cardenal Mathieu[12], para ocupar el sillón que hace poco dejó vacante el cardenal Perraud[13].

Se conoce el bagaje literario del cardenal Mathieu, dice el suelto. Su obra sobre el Concordato[14] es quizá lo que se ha escrito de más importante con referencia a tan grave cuestión.

Pero lo que no se conoce, lo que el mismo cardenal ignora ciertamente, es la pequeña anécdota siguiente:

La Francia, desde hacía años le pedía un cardenal a la curia. León XIII[15] se escurría. Monsieur Hanoteaux[16] había presentado cuatro candidatos. El cardenal Mathieu no figuraba en esta lista. Finalmente, un buen día le cae a la mano un mandamiento de cuaresma del arzobispo de Tolosa.

El Papa comienza a leer. El estilo brillante lo seduce, el fondo le arrastra, va hasta el fin. Su resolución estaba tomada. “He aquí el cardenal que me pide la Francia” se dijo León XIII y algunos días después le hacía decir al nuncio que deseaba tener en Roma, como cardenal de curia monseñor Mathieu, arzobispo de Tolosa.

El gobierno francés no vio en ello inconveniente y el nombramiento se hizo.


Ahora concluyo, no con una anécdota precisamente sino con algo que se le parece.

Registrando papeles manuscritos de Alfredo de Vigny[17] se ha hallado lo que va a leerse.

La escuela romántica estaba vivamente herida por el “Essai sur la Litterature anglaise”[18], que apareció en 1836. Se leía en él: “Este amor de lo feo que se ha apoderado de nosotros, este horror del ideal, esta pasión por las cosas deformes, por los patizambos, por los tuertos, por los negruzcos, por los desdentados… Atrás, pues ese ídolo “animalizado” y materializado…”.

Alfredo de Vigny escribió en contestación este “plan de artículo”: “Algunos hombres abusan de la bondad de las naciones como las mujeres de la indulgencia de algunos hombres por ellas… Ninguno entre nuestros charlatanes ha abusado con más imprudencia de esa bondad que monsieur de Chateaubriand. Él no ha cesado de hacer el papel de perseguido y de adular a los periodistas. Él ha hecho pasar sus pretensiones aristocráticas al favor de sus adulaciones democráticas. Ahora cansado del silencio que sobre él se guarda, fatigado sobre todo de oír elogiar otros nombres más nuevos y más grandes que el suyo, acaba de hacer una mala obra y una mala acción.

Todo lo demás que sigue está en el mismo tono: hipocresía política, literaria y religiosa, falsos aires de genio, es todo lo que hay en este hombre que no ha inventado nunca nada”.

La página está encabezada así: “Plan de un artículo que yo no haré, pero que sería justo escribir”.

Mi comentario es este: La posteridad comete también sus indiscreciones. Ahora que Alfredo de Vigny ha sido denunciado, ahora que en el otro mundo Chateaubriand conoce lo que su colega pensaba de él en vida de este mundo, ¿qué cara pondrán cuando el autor del Genio del cristianismo”[19] y el de “Grandeza y servidumbre militar”[20] se encuentren en el valle de Josafat?

Será de verse.


  1. Fallecido el 19 de enero de 1906.
  2. Manuel Pedro Quintana (Buenos Aires, 1835 – 1906) fue un abogado, político y estadista argentino. Se desempeñó como senador, como rector de la Universidad de Buenos Aires y como presidente de la nación entre el 12 de octubre de 1904 hasta el 25 de enero de 1906, fecha en que solicita licencia por enfermedad. Lo reemplaza su vicepresidente José Figueroa Alcorta.
  3. Ver nota al pie 7 de la PB.03.02.06 o índice onomástico.
  4. Carlos Pellegrini padre, cuyo nombre original era Charles Henri Pellegrini (Chambéry, Saboya, 1800 –Buenos Aires, 1875). Fue un ingeniero saboyano nacionalizado argentino, apodado “el gringo”, y reconocido por sus dotes como retratista y pintor. Su hijo, Carlos Pellegrini, fue el primer hijo de inmigrantes en acceder a la presidencia.
  5. Se refiere a Carlos Enrique Pellegrini (1846-1906), presidente de la nación entre 1890 y 1892. Para más información, ver nota al pie de la PB.10.01.06.
  6. Héctor Florencio Varela (Montevideo, 1832 – Río de Janeiro, 1891) fue un escritor, periodista y diplomático argentino, editor junto con su hermano, del diario La Tribuna. Era hijo del publicista unitario Florencio Varela y de Justa Cané –hermana de Miguel Cané padre, tía del autor de Juvenilia-. El matrimonio Varela Cané se casó en 1831 a través de un poder que Florencio envió a Buenos Aires, estando él ya exiliado en Montevideo. Una vez desposada, Justa viajó desde su natal Buenos Aires a reunirse con su marido en la capital uruguaya, en donde nació Héctor, el primogénito.
  7. Marco Aurelio Martín Avellaneda y Silva nació en San Miguel de Tucumán en 1835. Era hermano de Nicolás Avellaneda y del legislador Eudoro Avellaneda. Ejerció como diputado, senador, Ministro de Hacienda (1901-1904) y ministro del Interior (1906-1907) de la Nación. (No confundir con su padre, también llamado Marco, nacido en 1813).
  8. Christian Johann Heinrich Heine (Düsseldorf, 1797–París, 1856) fue un poeta y ensayista alemán romántico. Su primera obra, Libro de Canciones (1827), tuvo gran repercusión en Alemania. La escritura de Heine, altamente lírica, se desarrolló en diversos géneros literarios, como el artículo periodístico, el folletín o los relatos de viaje. Simpatizante del socialismo saint-simoniano, su obra poética tuvo gran impacto en el campo cultural alemán de 1830 y 1840. Pasó los últimos años de su vida medio ciego y paralítico, se cree que con arterioesclerosis múltiple. (Extractado de Juan Carlos Velasco: “Heine y los años salvajes de la filosofía”. H. Heine: Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania. Madrid: Alianza, 2008). En línea:
    https://www.researchgate.net/publication/39375916_Heine_y_los_anos_salvajes_de_la_filosofia).
  9. Jacques Nicolas Augustin Thierry (Blois, 1795-París, 1856) fue un historiador francés que innovó el modo de hacer historia para su época. De corte romántico, fuertemente influido por Chateaubriand y por Walter Scott, Thierry daba gran importancia tanto a las fuentes primarias como materia prima del historiador como a la escritura atrayente para el lectorado. Entre sus obras más destacadas, cabe mencionar las Consideraciones sobre la historia de Francia (1840), en la que Thierry se dedicó a desentramar los sistemas de interpretación histórica. (Extractado de Lecciones y Ensayos, 86, 2009. Revista de la Facultad de Derecho. En línea: https://bit.ly/3igAXWs).
  10. El término grisette (o grizette) deriva de “gris”. La edición de 1694 del Dictionnaire de l’Académie française define grisette como « una mujer de baja condición”. En la edición de 1835 la definición incorpora nuevos significados: “mujer joven de lcase trabajadora, coqueta y seductora”. (Extractado y traducido de Manchin, Hanna. “The Grisette as the Female Bohemian”, Brown University, 2000. En línea: https://bit.ly/35t27FM).
  11. Ver nota al pie de la PB. 16.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  12. François-Désiré Mathieu (1839–1908) fue un obispo y cardenal francés que, además de la carrera religiosa, fue doctor en Letras y miembro de la Academia Francesa desde 1907, poco antes que la incorporación a dicha institución de Maurice Barrès. En el sitio de la Academia Francesa están disponibles algunos de sus escritos y discursos. (Extractado y traducido de https://bit.ly/3jUSCDw).
  13. Adolphe Perraud (1828–1906) fue un cardenal y académico francés, miembro de la Academia Francesa. Entre sus obras, se cuentan: Études sur l’Irlande contemporaine (París, 1862); L’Oratoire de France au XVIIe siècle (1865); Paroles de l’heure présente (1872); Le Cardinal de Richelieu (1872). (Extractado y traducido del sitio de la Academia Francesa. En línea: https://bit.ly/339ixAy).
  14. Le Concordat de 1801. Disponible en: https://bit.ly/2ZpK3J7.
  15. León XIII, de nombre secular Vincenzo Gioacchino Raffaele Luigi Pecci (Carpineto Romano, Estados Pontificios, 1810-Roma, 1903), fue el papa nº 2561​ de la Iglesia católica. Su pontificado, que duró 25 años, tuvo lugar entre 1878 y 1903. En 1891, y frente a los frecuentes conflictos entre obreros y patrones, León XIII dio a conocer su revolucionaria encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas) en la cual reconocía ciertos derechos laborales para las clases trabajadoras y avalaba la conformación de sindicatos y uniones obreras. Sus encíclicas pueden consultarse en línea en la página de la Santa Sede: https://bit.ly/2F772ln.
  16. Albert Auguste Gabriel Hanotaux, conocido como Gabriel Hanotaux, (1853 – 1944) fue un hombre de estado e historiador francés, diplomático y ministro de asuntos exteriores. (Sus obras están disponibles en: https://bit.ly/2GM4V6R).
  17. Alfred Victor de Vigny (Loches, 1797–París, 1863) fue un poeta, dramaturgo y novelista francés. Entre sus obras, se destacan: Servitude et grandeur militaires (1835) [traducida en 1939: Servidumbre y grandeza de las Armas], Chatterton (1835), Les Destinées (1864).
  18. Essai sur la littérature anglaise et considérations sur le génie des hommes, des temps et des révolutions es un ensayo célebre del poeta romántico de François-René de Chateaubriand. Paris: Fréres, 1836. Disponible en línea: https://bit.ly/3hb7Ke1).
  19. Chateaubriand, François-René, vicomte de. Génie du christianisme. Paris, 1802.
  20. De Vigny, Alfred. Servitude et grandeur militaires (1835) [Traducida en 1939: Servidumbre y grandeza de las Armas].


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