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EL DIARIO

Jueves 3 de Mayo de 1906


PÁGINAS BREVES

París, marzo 30 de 1906.

 

La catástrofe de Courriéres[1], catástrofe horrorosa, en la que perecen mil quinientos obreros vigorosos, dejando en la orfandad y en la miseria infinidad de familias, ha puesto en evidencia la insaciable voracidad de algunos capitalistas, su imprevisión, consecuencia de esa voracidad, y la imprevisión gubernativa, que no exige, porque no ve, o porque no quiere ver, que ciertas empresas tomen las medidas de precaución que la experiencia y la ciencia aconsejan, a fin de evitar accidentes irreparables de vidas humanas y ahorrarle al capital mismo desastres financieros, que tienen su repercusión inevitable en la caja de ahorros del pobre, que con sus economías contribuye en parte, no pequeña, a la fundación de esas empresas.

Y como siempre en estos casos, a la discusión técnica le ha hecho coro la cuestión social, alzándose el grito sincero de muchos, y la algazara mal intencionada de los agitadores por cálculo, es viejo esto en el mundo como la aparición de clases privilegiadas, agitadores que viven del candor de los indigentes, los cuales a su vez hallan o que se les hace trabajar mucho o que se les paga poco, siendo frecuentemente fundadas lo que según el vocablo corriente se llama sus “reivindicaciones”.

Y la fatalidad, por un lado, los hechos brutales, y las discusiones agrias por otro, con su secuela y su cortejo de rivalidades en el orden político, para emplear una expresión comprensiva, en vez de aplacar, ¡cómo han de aplacar!, agravan el mal, el odio del que posee contra el que no tiene.

Me escriben amigos de Buenos Aires y de Santa Fe “que hay mucho progreso, que el país camina, que el mal es la política y que nos llega muy mala inmigración…”.

Agrega alguno de estos amigos: “¿qué piensa usted? Denos su opinión, el consejo de su experiencia”.

Desde que tengo memoria oigo que “el mal es la política”, lo que parafraseado significa que el gobierno tiene la culpa, o empleando otro giro de expresión: que el gobierno es malo.

No me parece que es justo cargarle tanto la romana al gobierno (que en parte alguna es excelente); creo que eso que se llama “el mal” le atañe en parte, y no en poca parte, al pueblo, que se deja arrear con demasiada facilidad, que no vota, o que trafica con su voto. Y es claro, las consecuencias tienen que ser lo que son: de vez en cuando una revolución, otro mal; de donde lo que saco en limpio es que bueno sería que nos conformáramos con uno solo de esos males, contando con que los que vengan han de ser un poco mejor que nosotros, que de algo ha de servirles nuestra experiencia y la de otros pueblos, que no quieren todavía entender lo que Bastiat[2] decía en 1848 en una conferencia:

“Sí, tengo confianza en ello, ha de haber entre vosotros quien arribe al fin a la demostración rigurosa de esta proposición: El bien de cada uno favorece el bien de todos, así como el bien de todos favorece el bien de cada uno; quien logre hacer penetrar esta verdad en todas las inteligencias, a fuerza de insistir en ella demostrándola con sencillez y con lucidez irrefragable, ese habrá resuelto el problema social, ese será el benefactor del género humano”.

Esas palabras tienen ya medio siglo. Eran verdad entonces. Son verdad todavía. Serán eternamente verdad. Pero no las han escuchado sino en parte. Los efectos están ahí: el odio de clases.

Y bien, dejando lo de los males concretos de lado, es decir, que el gobierno es malo y que el pueblo no ejerce, como es debido, sus derechos cívicos, derechos que implican un deber, he aquí mi opinión y mi consejo (para no entrar en otras honduras):

Proclamen ustedes en todas las formas y modos en la prensa, en el folleto, en el libro, en los parlamentos, en las escuelas, en las iglesias, las palabras de Bastiat, palabras que se contienen en las “Declaraciones” de nuestra Constitución. Háganlas ustedes carne y huesos y dentro de unos diez años, hasta con malas cosechas, gobierno y pueblo serán mejores; uno y otro, como dicen nuestros paisanos, tirarán más parejo.


Vengo del boulevard Saint Germain 184, asiento del salón de la Sociedad Geográfica[3].

No son libres las conferencias. Hay que pagar cinco francos por un asiento estrecho, incómodo, sobre todo si queda uno entre dos gordos. El público generalmente numeroso los paga con gusto, siendo los conferenciantes hombres de saber, competentes, o con crédito, o con autoridad.

Me he encontrado con Ramón R. Bravo, cuya ilustración es variada, y tres pollos argentinos, que le acompañan en su gira europea, guapos muchachos.

Brevemente hemos cambiado nuestras impresiones, después de haber oído la interesante conferencia del ya notable historiador italiano Guillermo Ferrero[4] (casado con una hija de Lombroso) sobre Nerón.

El personaje es conocido, lo mismo que su señora madre Agripina.

Según Ferrero, que sabe gramaticalmente muy bien el francés; pero que lo pronuncia muy mal, tenemos que cambiar muchas de nuestras ideas, nociones, preocupaciones, convicciones (“as you like it”), sobre Nerón y la consorte de Claudio.

Me parece difícil.

Posee Ferrero un gran talento de investigador erudito, del que nos ha dado pruebas clásicas; es joven (y simpático, físicamente, no está demás que ustedes lo sepan); pero tiene algo de paradójico de que se curará, me parece, con la edad, no contando a la hora de esta más que treinta y cinco años.

Sí, me parece difícil que lleguemos a persuadirnos de que Nerón fue “menos” malo de lo que era y Agripina, “mejor” de lo que fue, cualesquiera que fuesen sus discordancias con el hijo parricida y su sentimiento de adhesión las viejas tradiciones de parsimonia gubernativa y circunspección.

Es en extremo difícil resumir en unas pocas líneas todo el pensamiento histórico, la filosofía de Ferrero, una disertación de hora y cuarto. Me parece sin embargo haberlo encerrado bien en los dos adverbios “menos” y “mejor”.

Al terminar Ferrero ha hecho paralelo entre Julio César y Napoleón, comparando sus familias, víctimas ambas de haber buscado una conciliación imposible entre elementos irreconciliables: el uno, por ejemplo, “entre la monarquía popular y la democracia imperialista”, el otro entre la República monárquica y la latinidad orientalizada”.

En este paralelo apenas hay, a mi juicio, una remota similitud y apenas puede descubrirse cierta semejanza entre la naturaleza de las fuerzas que se chocaban.

El patriotismo romano que varió según las épocas no tiene casi nada de común con el patriotismo moderno. Así dice Füstel de Coulange[5], con estricta verdad histórica, estudiando las crisis de ese patriotismo (en el capítulo II del libro V): “ya no se pensaba en los dioses protectores y era fácil acostumbrarse a no tener patria”.

Es decir que Roma estaba ya lejos, en tiempo de Nerón y de Agripina, de pensar como antes había pensado, que no era una palabra vana la de Platón “obedecer las leyes es obedecer a los dioses” y, por consiguiente, muy lejos también de sentir lo que había sentido en otras épocas cuando recordaba que en la roca de las Termópilas se leía: “Caminante anda decirle a Esparta que hemos muerto aquí por obedecer a sus leyes”.

No. A César lo derrocó el puñal de un romano. Napoleón la Europa coaligada, pasándose esta palabra de orden: Casta de Bonaparte (assez de Bonaparte).

César y Napoleón fueron dos genios eminentemente prácticos (es su principal similitud), dotados del sentido común más prominente, y su característica era el egotismo”. Ambos debían acabar como acabaron, trágicamente. Porque ambos vivieron y progresaron sin principios morales. Ninguno de ellos pensó reconciliar las antítesis político-sociales ideadas por la fertilidad imaginativa de Ferrero.

Fue entonces, como diría Emerson, la ley eterna la que los arruinó. La diferencia está en el teatro. A César le tocó el senado del que se burlaba; a Napoleón, Waterloo al campo de batalla de que ya la gloria francesa.


Como el Pagano se llama “público” he aquí un nuevo modo de hacerlo suscribirse a una nueva revista, (“Revue de l’Opinion”[6]) y al mismo tiempo que se interese en la política.

La estadística a la que cuando es bien hecha (a los números se les hace también decir mentiras), nada se le oculta, ha demostrado ya que cada renovación de la Cámara de los diputados franceses (en nuestra tierra decimos con incorreción gramatical “Cámara de diputados” suprimiendo el “los”), ha demostrado, repito, que de 170 a 180 diputados se quedan sin sillón parlamentario.

La susodicha revista ha tenido pues la idea de un concurso asaz original.

Invita a sus lectores a descubrir entre los miembros de la Cámara actual, los nombres de 120 diputados, que habiendo dejado de agradar no serán reelectos.

Promete premio a los concurrentes más perspicaces y clarividentes.

Con que así quedan ustedes advertidos por si quieren presentarse.

 

***

 

Postdata: Iba a cerrar esta cuando me llega “Le Journal de Saint Petersbourg[7]” con un largo folletín, estudiando, comentando, elogiando el libro de Eduardo García Mansilla[8] “Tolstoi et le Communisme”[9]. Acompaño aquí ese folletín. Verá así “El Diario” que no me cegó el parentesco cuando hice encomios de esta producción argentina. –L. V. M.


  1. La catástrofe de Courrières fue un trágico accidente minero ocurrido en el sur de Francia, a 200 kms de París, el 10 de agosto de 1906. Compagnie des mines de houille de Courrières (Compañía de minas de hulla de Courrières) -fundada en 1852- era el nombre de la compañía que explotaba la mina. Aún no se sabe qué causó la explosión. Cuando se cumplieron 100 años de la tragedia, el diario L´Humanité publicó el 11 de marzo de 2006 un artículo conmemorativo, “Ils étaient 1099, morts pour le profit”. En línea: https://bit.ly/3k2ncLl.
  2. Claude Frédéric Bastiat (Bayona, 1801 – Roma, 1850) fue un estadista, legislador y economista francés de corte liberal. Creía en el librecomercio y en una armonía intrínseca a las leyes del mercado. Enemigo, por supuesto, del socialismo y de la noción proteccionista del Estado. Entre sus obras, las que más se acercan en fechas al año mencionado por Mansilla son: Incompatibilités parlementaires (Paris: Guillaumin et Cie, 1849) y
    Protectionisme et communisme (París: Guillaumin et Cie, 1849). (Extractado y traducido de De Foville, A. «Bastiat». M. Léon Say; M. Joseph Chailley, eds. Nouveau dictionnaire de l’économie politique. París: Guillaumin 1990, pp. 170-172. En línea: https://bit.ly/2ZlTYzp).
  3. La Société géographique de París es la más antigua del mundo, se fundó en 1821 en el Hotel Ville, y reunió a los científicos y exploradores más importantes de Francia del siglo XIX. Cuenta con un fondo documental actualmente albergado por la Biblioteca Nacional de Francia. En el año en que Mansilla escribe este artículo, el presidente de la Sociedad era Charles Marie Le Myre de Vilers (1833-1918). Los archivos del boletín que publica esta Sociedad se encuentra disponibles en Gallica: https://bit.ly/2R7xbme.
  4. Ver nota al pie de PB.12.01.06 o índice onomástico.
  5. Ver nota al pie de PB.27.03.06 o índice onomástico.
  6. Gallica, el sitio de la Biblioteca Nacional de Francia, tiene una base de datos de los periódicos antiguos (https://bit.ly/3bPxbB0). No hemos podido encontrar allí ninguna información sobre este diario. Probablemente haya un error en el nombre.
  7. Le Journal de Saint-Pétersbourg (1825-1914) fue un periódico en lengua francesa publicado en la capital rusa, con frecuencia despareja y algunas interrupciones. Casi toda su existencia, fue el órgano oficial de noticias del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia. Sus archivos pueden consultarse en línea: https://bit.ly/2DJWQhM.
  8. Eduardo García-Mansilla (Washington D. C., 1871- París, 1930), fue un diplomático y compositor argentino, hijo de Manuel Rafael García Aguirre y la escritora Eduarda Mansilla (1834-1892), hermana menor de Lucio. San Petersburgo fue uno de sus destinos diplomáticos: allí permaneció diez años, se casó y tuvo hijos.
  9. García Mansilla, Eduardo. Tolstoi et le Communisme. S/l: Henri Charles-Lavauzelle, 1905. En línea: https://bit.ly/3m3noMi.


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