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La revista Tarja en el horizonte de las publicaciones provinciales de mediados de siglo XX

Leandro S. Fernández (Universidad de Buenos Aires)

La segunda edición de Las revistas literarias argentinas, realizada por el CEAL en 1968 contiene un capítulo extra, “Los últimos años”. La rica y heterogénea producción revisteril realizada desde la década del 50 merecía un espacio en ese trabajo, así como en la colección Capítulo, que lo cobijó. Publicaciones disímiles como A partir de cero, El grillo de papel, Eco contemporáneo, Gaceta Literaria y Ficción son apenas algunas de las relevadas, en un capítulo en el que la propuesta crítica de Contorno aparece como uno de los ejes de la renovación cultural del período. Si la historiografía literaria posterior continuó indagando esas experiencias desde variadas perspectivas,[1] ha olvidado muy a menudo un grupo de revistas que también fueron incluidas en dicho capítulo, las editadas en las provincias argentinas:

En los últimos quince años, el auge de las revistas literarias en el interior de la República ha sido extraordinario. Todas las tendencias y todos los acentos dieron vida a hojas, por lo común efímeras, pero que son testimonio de un florecimiento como no recuerda otro en el país. (Lafleur y Provenzano 2006: 269).

El número y la simultaneidad son los argumentos que esgrimen los autores para justificar el espacio que les dedican. La cercanía temporal les impidió apreciar otras aristas del fenómeno, como el papel de estas revistas en la transformación de sus respectivos campos culturales, en la circulación de nuevos escritores, en el impulso a proyectos editoriales locales y en la instauración de una red de conexiones culturales federal, que incluyó, sin subsumírsele, a Buenos Aires. No todas las publicaciones consignadas participaron del mismo modo ni con la misma suerte, pero puede advertirse en ellas un afán por intervenir en la construcción de un federalismo siempre postergado, no a través de la impugnación cerrada del centralismo porteño, sino a partir de la toma de conciencia de la identidad local. Como sostuvo el poeta Andrés Fidalgo:

Frente a la acción absorbente de algunos sectores porteños, que se arrogan la propiedad poco menos que exclusiva de la cultura nacional (…) conviene ir pensando en que la solución dependerá de un correcto análisis del problema primero y de una acción adecuada después. Todo a realizar por los propios afectados. (1956: 62)

El período histórico originado por el golpe de Estado al gobierno democrático en 1955, llevado a cabo por la autodenominada Revolución Libertadora, constituyó una oportunidad para esa aspiración. Si la cuestión del federalismo había sido acicateada como un modo de denunciar las intervenciones del gobierno nacional en los diferentes espacios provinciales por parte de los golpistas (especialmente a partir del conflicto entablado con las autoridades de la Iglesia Católica), la inmediata remoción de funcionarios del peronismo y el fin de sus erráticas políticas culturales generó un reacomodamiento al interior de cada campo provincial. Actores e instituciones que habían “sobrevivido” a los años peronistas, eran ahora interpelados por nuevas prácticas y nuevas voces. La “restauración” de la vida cultural,[2] celebrada por un amplio número de escritores, artistas e intelectuales, se reveló más compleja de lo que se anhelaba, y en ese proceso las revistas jugaron un papel importante. A través de ellas, nuevos actores se dieron a conocer, y disputaron espacios e ideas a los antiguos; y también desenmascararon, en varios casos, el recrudecimiento de la represión, censura y persecución que sobre miembros del campo cultural la dictadura de Aramburu y Rojas efectuó, así como su desinterés por la cuestión federal. Un modo de fortalecer las intervenciones dentro del campo provincial consistió en el reconocimiento logrado fuera del mismo, habitualmente en zonas aledañas: acaso esta sea una de las causas de un cúmulo de prácticas que se revitalizaron en el período, como la de los viajes y giras artísticas.

Dentro de las revistas provinciales del período, se destaca Tarja. Editada en San Salvador de Jujuy entre los años 1955 y 1961, alcanzó los dieciséis números, y fue una de las más persistentes en la prédica federal. La calidad de sus páginas, en las que se entabla una provechosa relación entre palabras e imágenes, le valió un reconocimiento y circulación nacionales. Esto la vuelve un caso excepcional para delinear las condiciones y dificultades del federalismo cultural, tal como fue planteado.

El quehacer cultural de Tarja

Tarja fue creada y dirigida por el plástico Medardo Pantoja y los escritores Mario Busignani, Jorge Calvetti, Andrés Fidalgo y Néstor Groppa, a la sazón directores y miembros fundadores de la asociación cultural homónima. Los miembros de ese grupo, formación cultural al decir de R. Williams (2000) crearon o participaron de una gran variedad de proyectos y actividades en la provincia, responsables de la reconfiguración del campo cultural jujeño, entre los que se puede contar: el sello editorial, la librería y centro cultural Tarja; las giras artísticas por el interior de la provincia; la compañía de títeres El Quitupí; la filial jujeña de la SADE; la Escuela Provincial de Bellas Artes; la editorial Buenamontaña; la fundación del diario El Pregón –que albergó la primera página literaria de Jujuy. La heterogeneidad de trayectos biográficos y formativos de los miembros de Tarja, a los que habría que sumar pronto los de Héctor Tizón, Flora Guzmán, Luis Pellegrini, Nelly Asse, Eolo Pons y Nélida Pizarro, entre otros, fue tan excepcional como su convivencia y perduración en el tiempo, en contraste con otros grupos provinciales de la época. Reconstruir esa heterogeneidad excede este trabajo, pero baste consignar que se aúnan figuras consolidadas e importantes localmente (Busignani, Pantoja) con noveles (Fidalgo, Groppa) y de reconocimiento en el ámbito porteño-nacional (Calvetti).

Si la revista permitió la legitimidad y el éxito de las iniciativas de la formación, no actúo como su portavoz: sus páginas son escuetas en información al respecto. Esto se explica porque el objetivo era consolidar un espacio de publicación abierto y duradero, más allá de diferencias religiosas, políticas y estéticas, al que una marcada auto-referencialidad podía obstruir. La ausencia de publicidades y las escasas referencias a puntuales hechos de la política apuntaban a resguardar a la revista de los avatares del presente y de compromisos que excedieran los postulados en sus espacios editoriales: la libertad artística, el compromiso con el presente y la cultura local, la apertura a manifestaciones del resto del país y de la llamada “cultura universal”.

No obstante, no se trata de una publicación que niega su contexto: en Tarja son persistentes las reflexiones sobre la cultura y la identidad jujeñas, sea a través de textos programáticos, como los editoriales y las Pláticas (sección constituida por un breve ensayo, a cargo de los directores) como de los textos artísticos (relatos, poemas e imágenes), sin dejar de lado la selección de fragmentos de textos referidos al pasado local y los asiduos comentarios sobre el Cancionero recopilado por Juan Alfonso Carrizo. En ese conjunto se delinea un estado de situación y líneas de acción a explorar, con la atención enfocada en un presente que los dictados románticos y tradicionalistas no podían abordar, ni tampoco parecían adecuados los marcos novedosos de la capital del país. La cuestión por el espacio propio incluyó un progresivo interés por la ciudad y sus “nuevos” habitantes, la preocupación por el vasto espectro de trabajadores y una dedicada revalorización de los aportes de los pueblos originarios: estos son algunos de los mojones de la propuesta de Tarja, modulados principalmente a través de las formas poéticas adoptadas por la generación del 40 y del realismo narrativo contemporáneo. Con ello no generó un quiebre vanguardista ni fundó una nueva escuela estética –por otra parte, algo fuera del área de interés del grupo–, pero conformó un serio intento de superación del regionalismo tradicional. Los aportes de los escritores más jóvenes coincidieron con ese norte, lo que revela un interés convocante de la cuestión; el ejemplo más destacado es el de Héctor Tizón, quien publicó algunos de los relatos que, poco tiempo después, conformarían su primer libro, A un costado de los rieles.

La ajustada definición de M. Busignani, tierra de frontera/tierra adentro (1956-57: 109), sobre el presente histórico de Jujuy, extrapolable a la región del NOA, es conclusión y apertura a la vez: si el espacio fronterizo implica tanto una identidad diferenciada del centro del país como un desligarse del circuito cultural antiguo (lo andino en una acepción amplia), la lejanía de “tierra adentro” fomenta la inacción y arroja a la intemperie a sus pobladores. Tarja actúa sobre esa encrucijada, al recuperar mitos y crónicas sobre los pueblos originarios, integrándolos a un corpus de poetas y artistas que actuaban en la región (R. Galán, M. J. Castilla y N. Pereyra; P. Audivert, Spilimbergo y V. Rebuffo) al que complementa un destilado de poetas y artistas afincados en otros espacios del país (C. Mastronardi, Á. Yunque, L. Benarós, L. Demitrópulos, J. Giannuzzi, R. Soldi, J. C. Castagnino, etc.), sin dejar de lado rescates de figuras cruciales de la historia nacional (M. Moreno, D.F. Sarmiento, E. Echeverría). Tal variedad de firmas expandió las temáticas más allá de lo local que, no obstante, siguió siendo el centro de interés de la publicación, rastreable en la política editorial del uso de imágenes. En su mayoría, eran los relatos y poemas locales los que se ilustraban con grabados y dibujos, que a menudo retrataban escenas cotidianas de trabajadores de la región: campesinos, obreros de la zafra, lavanderas, etc.

La red federal de publicaciones

Desde las provincias aledañas como desde el centro del país, no pasó desapercibido el distintivo trabajo editorial que entrañaba el proyecto jujeño: una puesta en página que privilegiaba la unidad de los textos, una cuidadoso balance de tipografías, la inserción de imágenes, la inclusión de una separata que incluía una traducción original de poesía universal acompañada por un dibujo o grabado de artistas argentinos. Distinción que tiñe hasta su mismo nombre: Tarja. Si Mediterránea, Laurel, Dimensión, Árbol, por citar algunos títulos de revistas provinciales contemporáneas, permitían una decodificación más o menos exitosa, Tarja, por el contrario, la enrarecía o la negaba por completo. Es que ese vocablo estaba en franco desuso en la variante lingüística dominante –el rioplatense–, eran escasísimos sus registros (La tarja de Potosí, de Antonio Dellepiane, folleto historiográfico de 1917, era acaso el último exponente) y ninguna de las definiciones de los diccionarios circulantes coincidía con la propuesta por la publicación jujeña. Leemos en el primer editorial: “Convenimos dar a esta palabra el significado corriente con que se la usa aquí: marca que indica el día de trabajo cumplido; faena concluida y asentada en la libreta de jornales” (1955: 3).

Se trata, entonces, de una palabra viva, actual, que no remite a registros cultos ni a objetos exquisitos, sino a lo cotidiano del ámbito laboral jujeño, y como tal, concentra un potencial de sentidos único. Pero, trascendido lo local, el nombre se recubre de originalidad y extrañeza. Los directores preveían ese efecto, y lejos de reclamar una experiencia exclusiva, enlazaban la actividad de Tarja con la de otros intelectuales del país, sin renunciar a la singularidad propia:

En nuestra tarja, nos sentiremos por demás recompensados si desde cualquier lugar del país, al solicitar la colaboración adecuada, ésta nos dice del carácter de otras faenas o nos acerca la cordial ayuda, con el gesto de los hombres que en parecida actividad, hacen un alto, para dar la mano a compañeros de empresa. (1955: 3).

Esta apertura, de la que las páginas de la revista testimonian su cumplimiento, sin embargo, no fue un gesto excepcional: gran parte de las publicaciones literarias-culturales de provincias explicitaban ese deseo, y fueron consecuentes con él. Basta con recorrer los editoriales firmados por Díaz Bagú en la cordobesa Laurel, o el manifiesto grupal de la catamarqueña Árbol, y luego apreciar que en la nómina de colaboradores de ambas podemos encontrar poetas de distintos orígenes provinciales. La búsqueda de una resonancia más allá de las fronteras locales animaba esas inclusiones, y poco a poco se estableció una red vincular con intercambios fructíferos que excedieron las páginas de esas revistas (Grisendi 2013).

Esa red se constituyó en base a elementos que eran habituales en las publicaciones del siglo XX: la inclusión de secciones dedicadas a la mención y/o reseña sistemática de libros y revistas, las ya citadas colaboraciones externas, los anuncios de canje y suscripción. Un relevamiento de las bibliográficas de estas revistas arroja como resultado coincidente las reseñas sobre ensayos que abordan la cuestión nacional (B. Canal-Feijóo, V. Massuh, E. Martínez Estrada, O. Di Lullo), sobre nueva narrativa (D. Viñas, J. J. Manauta, F. Luna, A. Di Benedetto, etc.), sobre poesía argentina (especialmente, de autores provinciales: M. J. Castilla, J. Dávalos, J. Calvetti, A. Díaz Bagú, R.Galán, etc.) y uruguaya (J. Ortiz Saralegui, M. Di Giorgio, por citar dos). Eso indica un piso común de lecturas, un circuito diferenciado de órganos como Sur o la Gaceta Literaria y selectivo con respecto a las editoriales (dado que incluían tanto a pequeñas, como Ediciones Doble-p, como a las de mayor caudal económico, como Losada y Emecé), sobre el que cada publicación agregaría su impronta. Las mismas revistas literarias merecieron comentarios entre sí (los más importantes fueron en las páginas de Árbol, con la firma de Federico E. Pais), y Tarja era referencia obligada en esos textos; si bien la revista jujeña no fue particularmente recíproca en esto último, se encargó de incluir repetidas veces a sus contemporáneas en la sección “Publicaciones recibidas”, y en ofrecerse como intermediaria ante los lectores locales (sea vía consulta en la librería Tarja o al recibir suscripciones y encargarse de la distribución de la santiagueña Dimensión).

Cada publicación tenía sus normas de edición, por lo que no siempre las colaboraciones de miembros de otras revistas se consignaban por origen grupal, aunque puede notarse que esos cruces eran habituales: Tarja incluyó aportes de Martín y Juan C. Martínez (Dimensión), por ejemplo, a la vez que escritos de su staff fueron publicados en Laurel, Hojas de poesía o Dimensión. Además, los libros del sello Tarja recibieron reseñas en varias de estas publicaciones, e incluso en medios porteños, como Sur.

Pero, como indicamos, esa red se sostuvo más allá de lo impreso: viajes y giras artísticas se organizaron a partir de iniciativas de los grupos que sostenían estas revistas. En principio, se auspiciaba la visita de artistas y escritores de la región: así, Árbol consignó el viaje del grupo riojano Calíbar a Catamarca, Dimensión hizo otro tanto con la conferencia de L.Pellegrini, miembro de Tarja, en la Asociación Sarmiento, y la sanjuanina Utopía, la lectura de poesía por parte de miembros de Laurel. Esos viajes fomentaron una ampliación de intereses que revirtió sobre las actividades grupales. En el caso de Tarja, las colaboraciones de los hermanos Di Mauro incidieron en la creación de la compañía de títeres El Quitupí, por citar un ejemplo.

Los intereses gremiales se robustecieron, y fue común a estas publicaciones el reclamo por la celebración de un nuevo congreso nacional, que finalmente se llevó a cabo en 1958, en Mendoza. Si bien en el informe final de la SADE (1959) que incluye una crónica y datos sobre las comisiones y resoluciones tomadas, no especifica la filiación de los escritores por revistas, sí es notable cotejar cuántos de éstos participaban en esos emprendimientos. Tres de los directores de Tarja (Groppa, Calvetti y Fidalgo) debatieron en varias comisiones, y concordaron en el documento final. Un efecto del Congreso fue el reconocimiento de nuevas filiales provinciales y la reactivación de otras, con el compromiso de brindar apoyo a los reclamos y las actividades de ellas en sus medios locales y propiciar la comunicación fluida con la sede central.

Balance

Las revistas literarias-culturales de provincia, como Tarja, no sobrevivieron a las sucesivas crisis económicas y políticas que se sucedieron en las postrimerías de los años 60, pero modificaron sus respectivos campos culturales de manera irreversible, sobre todo en el NOA. La prédica federal que sostuvieron, si bien no consolidó polos culturales equiparables y sustentables como el porteño, no fue en vano. La red que intentamos reconstruir, que tuvo en Tarja un nodo particularmente activo, sirvió como sustento de las primeras colaboraciones de escritores que, reconociéndose en sus identidades locales, alteraron la fisonomía de la literatura argentina en la siguiente década: al ya citado Héctor Tizón en Tarja, se deben agregar a Juan José Saer en Laurel (1957) y Utopía (1961), Daniel Moyano en Mediterránea (1956) y Cara verde (1959). Figuras del campo literario porteño, como el paraguayo Augusto Roa Bastos,[3] fueron sensibles a la producción de las provincias en general, y a las poéticas que desarrollaron esos autores en particular, advirtiendo su elevación por sobre el regionalismo tradicional y el potencial creador que portaban: un saldo positivo, e inédito, del quehacer cultural de las revistas.

Bigliografía

Busignani, M. “Plática”. Tarja, n° 5-6, 1957, pp. 109-110.

Dellepiane, A. La Tarja de Potosí. Buenos Aires, Coni Hnos., 1917.

“Editorial”. Tarja n° 1, 1955, p. 3.

Fidalgo, A. “Plática”. Tarja n° 3, 1956, 62-63.

Grisendi, E. “Los poetas del Interior en el mapa lírico de la nación”, Prismas n° 17, 2013, pp. 217-219.

Jitrik, N. (Dir.). Historia Crítica de la Literatura Argentina. Buenos Aires, Emecé, 1999-2018.

Lafleur, H., S Provenzano y F. Alonso. Las revistas literarias argentinas. Buenos Aires, El 8vo. Loco, 2006.

Moyano, D. “La carta”. Mediterránea, n° 4, 1956, s/n.

— “El niño”. Cara Verde, n° 1, 1959, p. 3.

Prieto, M. Breve historia de la literatura argentina. Buenos Aires, Taurus, 2006.

Roa Bastos, A. “Prólogo: El realismo profundo en los cuentos de Daniel Moyano”. Moyano, Daniel. La lombriz. Buenos Aires, Nueve 64, 1964, pp. 7-14.

SADE. Boletín 1957-59. Buenos Aires, Artes Gráficas Bartolomé Chiesino, 1959.

Saer, J. J. “El fabricante del día” y “El buen aire”. Laurel n° 1, 1957, s/n.

— “Sonata para piano”. Utopía n° 11, 1961, s/n.

Spinelli, M. E. Vencedores vencidos: el antiperonismo y la Revolución Libertadora. Buenos Aires, Biblos, 2005.

Tizón, H. A un costado de los rieles. México, Ediciones De Andrea, 1960.

Williams, R. Marxismo y literatura. Barcelona, Península, 2000.


  1. Nos referimos a los últimos grandes proyectos historiográficos, como la Historia Crítica de la Literatura Argentina (dir. Noé Jitrik) o la Breve Historia de la Literatura Argentina, de Martín Prieto.
  2. Recomendamos la lectura de Spinelli, María Estela: Vencedores vencidos: el antiperonismo y la Revolución Libertadora (2005).
  3. Remitimos al Prólogo” de su autoría, incluido en La lombriz, libro de Daniel Moyano.


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