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Los muchachos le siguen en cuadrilla:
prensa periódica, gauchesca y público popular

El debate entre El Gaucho Restaurador
y El Monitor, 1834

Lucía Pose (Universidad Nacional de La Plata)

“Como allá en la Guardia no hay / Quien sepa bien imprentar, / A la ciudad me he venido / Este asunto a publicar. / Lo único que me temo es, / Que aquí los hombres sabidos / Me querrán hacer reparos, / Como que son hombres leidos” (El Gaucho, “Prospejo”, s/f). En la primera publicación conocida de Luis Pérez, publicista federal, el “Prospejo” de su periódico El Gaucho, publicado en varias series entre 1830 y 1833, ya es manifiesta la diferenciación entre el gaucho editor y los hombres sabidos, a quienes los distintos editores ficcionales de Pérez se contrapondrán llamándolos dotores, hombres de fraque, pintores o cagetillas. Su primera operación como editor será oponer a sus personajes y heterónimos gauchos y negros como parte del “bajo pueblo” en evidente oposición a la prensa ilustrada y culta que dominaba el espacio de la prensa porteña de la década de 1830. Editor febril de más de una docena de gacetas populares, en su mayoría gauchescas, federal neto, defensor a ultranza de Juan Manuel de Rosas y una de las figuras públicas más importantes de los primeros años de 1830, desaparece intempestivamente de la arena pública en abril de 1834 y la voz de sus paisanos y morenos criollos se va con él. Las preguntas que guían este trabajo apuntan a las razones de esta súbita desaparición: mientras la supremacía del rosismo dependió del apoyo popular, Pérez fue una figura central dentro del partido; pero cuando Rosas recuperó el liderazgo dentro del federalismo y las aguas de la disputa política se calmaron, la agencialidad de los sujetos populares se convirtió en un problema y la centralidad de Luis Pérez, en una amenaza. En este contexto, la disputa en las hojas de El Gaucho Restaurador de Pérez y El Monitor, editado por Pedro de Angelis, junto a la propuesta de un cambio en la ley de imprenta y a ciertos comentarios publicados en La Gaceta Mercantil, permiten ampliar la mirada en torno a la importancia de la prensa popular en la construcción de identidades colectivas, pero también en la perfomatividad política de los grupos marginados de la toma de decisiones.

De opinión pública o entretenimiento de la villa

La pregunta acerca de quién es el pueblo con atribuciones de participar del debate público y de formar parte de lo que a principios del siglo XIX se comenzó a discutir en términos de opinión pública, fue debatida sin pausas durante las primeras décadas del siglo. El concepto de opinión pública, cuyo origen se vincula a la ilustración, a la libertad de imprenta y a la soberanía popular (Goldman y Pasino 2008: 101) aparece en el Río de la Plata en los años previos a la revolución y trae consigo, por un lado, la necesidad de la libre discusión de ideas, fundamentalmente políticas, pero, por el otro, la definición del ciudadano o vecino al que designa. En su mayoría, el referente de la opinión pública estaba conformado por sujetos pertenecientes a los sectores más privilegiados de la sociedad, que expresaban sus opiniones a través de la prensa ilustrada de la época y se comunicaban desde una base de igualdad. En tiempos rivadavianos, la noción de opinión pública aparece estrechamente ligada a la representación, a la opinión ilustrada en oposición a lo que se llamó “opinión popular”, en palabras de Rivadavia, “esas opiniones bajas y degradadas” (Rivadavia en Goldman y Pasino: 105) que no nacían del pensamiento práctico y de la razón. En este sentido, muchas de las marchas y contramarchas de las leyes de imprenta estuvieron vinculadas al descontento que en las filas gubernamentales generaba la presencia de periódicos y editores que no respondían a los modos ni referentes de la prensa ilustrada, pero, aun así, se constituían como fuertes moldeadores de la opinión pública. Los periódicos ilustrados de la época se presentaban como herramientas privilegiadas para sostener el régimen representativo, pero también para encaminar y guiar a la opinión pública; la presencia de periódicos que manejaban lenguajes y formas que apelaban a un público diferente y no podían ser controlados por los organismos del poder político representaban una amenaza, como argumenta María Laura Romano, “si el periódico era, a los ojos de la élite ilustrada, el instrumento perfecto para cumplir los sueños del Iluminismo, estas publicaciones mostraban que los sueños de la razón podían producir sus propios monstruos” (2018: 17).

Uno de los monstruos nacidos de la libertad de imprenta fue El Gaucho Restaurador, periódico trisemanal publicado por Luis Pérez entre marzo y abril de 1834. A pesar de haber sido uno de los papeles más efímeros de este publicista federal[1], consiguió incomodar a los ministros de gobierno de la provincia de Buenos Aires al punto de generar un gran revuelo en la prensa, una sesión en su honor en la Sala de Representantes y la última aparición pública de su editor. El primer número de este periódico fue publicado por la Imprenta Republicana el 14 de marzo de 1834 y solo tres días después, el 17 de marzo, el Ministro de Gobierno del gobernador Viamonte, Manuel García, pronunció un acalorado discurso en la Sala de Representantes donde propuso modificar la ley de libertad de imprenta para evitar que periódicos como El Gaucho Restaurador ocupen la escena pública. Para ese entonces, Pérez tenía ya una larga trayectoria como publicista federal, imprimiendo gacetas populares cuyo público estaba conformado por mozos de las orillas, paisanos, miembros de las milicias, sectores populares que eran interpelados por la escritura gauchesca o negrista de Pérez. Durante largos años, su escritura desenfrenada y contestataria había servido a la causa federal: la necesidad de contar con el apoyo de los sectores populares en la disputa política había colocado a este publicista en el centro de la escena y había permitido que sus publicaciones no solo apelaran a sectores marginalizados de la toma de decisiones sino que, desde un lugar de enunciación plebeyo, construía opinión pública y dotaba a esos sectores de una agencialidad política que, en tiempos de paz, ponía en peligro la estabilidad de un régimen que quería acallar la deliberación política.

En octubre de 1833, la Revolución de los Restauradores, de la que Pérez fue integrante e instigador a través de periódicos y hojas sueltas, había conseguido la victoria de la facción rosista dentro del federalismo y la renuncia del gobernador Balcarce, pero a principios de 1834, mientras Pérez apuntaba con encono hacia la administración anterior y la presente, los miembros del gobierno en función buscaban una pacificación que pronto se homologaría a la consolidación de una única opinión. Las críticas de El Gaucho Restaurador a las malversaciones de los funcionarios recibieron una pronta respuesta, el ministro García anunciaba ante la Sala de Representantes:

vé el Gobierno presentarse de nuevo en la escena un periódico sedicioso con el título de Gaucho Restaurador, dando la señal de los funestos desórdenes de la prensa. En otras circunstancias parecería ridículo que el Gobierno se alarmase por la aparición de un periódico: pero la triste esperiencia de lo que acabamos de sufrir, hace que esta alarma del Gobierno, tan lejos de ser ridícula ó infundada, lo ponga por el contrario en el deber de venir al seno de la Representación á buscar los medios bastantes á reprimirla (El Monitor 81, 1834).

El ministro proclamaba su deseo de libertad y garantizaba el compromiso del gobierno por mantener el orden y la legalidad, pero al tiempo que consideraba “absolutamente necesaria” la libertad de prensa, proponía cercenarla: “un Gobierno legal no puede marchar sin ella; pero la licencia es el mayor enemigo de la libertad” (El Monitor: 81). El discurso del ministro es publicado por El Monitor algunos días después de ser pronunciado y de ahí en adelante abundan las correspondencias en otros periódicos, con un generalizado ánimo de alarma ante las modificaciones de la ley de imprenta. A pesar de que el mismo García o sus defensores en El Monitor (léase Pedro de Angelis) no encuentren paradójicas las medidas, en La Gaceta Mercantil comienzan a publicarse cartas anónimas de denuncia y preocupación. Un tal “Tapado” escribe a La Gaceta diciendo:

reputamos los proyectos que nos ocupan, proyectos antiliberales, proyectos q’ en otro pueblo cualquiera hubieran causado un trastorno general. Poco se diferencian de las ominosas ordenanzas de Carlos X en Francia en el año 31: todos sabemos el resultado que tuvieron. (…) ¿Habrá quien comprenda esta singular anomalía de querer libertad, y presentar proyectos para destruirla? (La Gaceta Mercantil, 22/03/1834).

La respuesta de Pérez no se hace esperar y publica, en El Gaucho Restaurador del 23 de marzo, un “Examen del discurso” de García donde va rebatiendo los argumentos del ministro en un verdadero contrapunto en prosa,

Como escritores y como ciudadanos de este país, interesados en su gloria y su prosperidad, no podemos dejar correr ese documento fatal; no podemos mirar con indiferencia que un Ministro del Ejecutivo quiera sobreponerse a las leyes y destruir las garantías públicas con pronunciar cuatro palabras pomposas; no podemos sobrellevar que un Ministro se presente ante un pueblo que acaba de conquistar sus libertades a destruir del paladium de todas ellas -la libertad de la prensa. (El Gaucho Restaurador 1834: 4)

La reacción del ministro y la propuesta de una modificación de la ley de imprenta, que implicaba, entre otras cosas, la prohibición de hablar de política “con chocarrerías y burlas, ni conceptos sediciosos” (El Monitor: 81), es decir, todo lo que caracterizaba a las publicaciones de Pérez, no era una novedad en términos de restricciones. Un hecho recurrente en el concepto de opinión pública, dice Fabio Wasserman, es que “quienes desde el gobierno promovían la libertad de imprenta o de opinión, no dudaban en restringirlas cuando se las utilizaba para cuestionar algunas de sus políticas y, por tanto, sus adversarios podían poner en cuestión la sinceridad con que eran invocados esos principios liberales” (2008: 75). Lo que distingue al caso de Pérez es que, a pesar de las desavenencias, él formaba parte del partido que estaba en el poder y había sido una importante pieza en el engranaje que depuso a Balcarce en favor de Viamonte.

La recíproca animadversión entre Pérez y el ministro García, o entre Pérez y el editor de El Monitor, Pedro de Angelis, que pronto se convertiría en publicista oficial del régimen, parecía tener un origen mucho más profundo que la mutua antipatía personal. En su análisis de El Gaucho Restaurador, William Acree justifica la saña del napolitano Pedro de Angelis en algunas deudas impagas y en la incomodidad ante la popularidad de Pérez: “de Angelis estaba trazando su camino en las jerarquías políticas, eventualmente serviría como editor en jefe de los periódicos oficiales rosistas, y no quería que la fama de Pérez ejerciera interferencias[2]” (Acree 2011: 381). A pesar de ser válidas razones que sin duda fueron desencadenantes de la desaparición pública de Pérez, en la polémica suscitada entre los periódicos se nos presenta una razón de mayor peso. En uno de los muchos editoriales que Pedro de Angelis le dedica a Pérez en El Monitor de estos tumultuosos meses de 1834, defiende la propuesta del ministro García apelando a la propiedad que Pérez, por la naturaleza de su escritura y por la índole de su público, nunca buscó encarnar: el carácter ilustrado de la prensa periódica,

Tan lejos está el Gobierno de atacar á un derecho constitucional, que lo único que solicita es una ley eficaz contra los abusos de este mismo derecho. Alejar de la prensa a los que la degradan, enfrenar a los que se estravian, y entregar al patriotismo ilustrado[3] el egercicio de una magistratura que las constituciones modernas han estado muy distantes de crear en favor de la inmoralidad é ignorancia (El Monitor 1834: 82).

Las coplas que algunos años antes habían contribuido a popularizar la figura de Rosas en la campaña y en los márgenes de la ciudad, que habían tomado parte en las internas del partido e incluso habían convocado a las armas para defender a los federales apostólicos, pasaban a ser rechazadas por las mismas razones que las habían popularizado y ganado el apoyo del Restaurador y su círculo íntimo: su carácter plebeyo. En una carta que Rosas envía a Arana, datada en agosto de 1833, algunos meses antes de la Revolución de los Restauradores, cuando Pérez publicaba El Negrito. Diario de la aurora, el líder del partido escribe:

Se me había pasado decirle que un número del Negrito en que dice “paisanos, abran los ojos” y en otro verso “que no necesita para gastar pan quien sabe agarrar el arado”, les ha gustado mucho y se juntaban en corrillos a leerlos, peleándose por el lugar, pero no vinieron más que dos números. Así de ese modo es necesario que sigan los versos (Rosas en Lobato 198: 73).

En tiempos de conflictos al interior del partido y entre facciones, la voz de los gauchos y negros de Pérez fue una herramienta para hacer política partidaria y el desafío tanto a las normas lingüísticas, a los formatos de la prensa ilustrada como a las figuras de autoridad era visto, en su mayoría, como un legítimo instrumento de debate. La tendencia hacia la consolidación de una única opinión (Goldman y Pasino: 108), a partir de los meses anteriores a la segunda gobernación de Rosas, convirtió a la escritura gaucha en un foco de inestabilidad. En marzo de 1834, de Angelis, que había editado periódicos facciosos a la par de Luis Pérez, escribía en El Monitor:

¿En qué país se defienden las libertades públicas con juguetes y versos? Si el Gobierno no cumple con sus deberes, si se desvía del sendero de las leyes, ¿se tendrá que acudir a un coplero, para que lo ridiculize é insulte; porque se sabe que
Los muchachos le siguen en cuadrilla,
Pues la musa pedestre y juguetona
Es entretenimiento de la villa? (82)

El pasaje que va de la necesidad de sus versos al más absoluto rechazo por tratarse del “entretenimiento de la villa” no puede haber estado inspirado solo en el encono personal de algunos publicistas y funcionarios de la administración pública; mientras de Angelis supo adaptarse a los modos de un nuevo tiempo, la insistencia de Pérez en la composición juguetona orientada hacia los muchachos de las orillas firmó su final. Con el monstruo gauchesco domado, llegó el tiempo de otra definición de pueblo ligada al unanimismo político del disciplinamiento (Goldman y Di Meglio: 139) en oposición al agenciamiento que Pérez sugirió desde el inicio de su producción.

Conclusión

Luis Pérez se presentaba como un escritor común, que su origen haya sido tan popular como el de sus personajes y lectores queda por verse, pero sus espacios de sociabilidad[4] y el carácter plebeyo de su escritura lo colocan en una posición de intruso dentro del ámbito de las publicaciones impresas. Como afirma Martyn Lyons al referirse a los escritores comunes del siglo XIX europeo, estos “usurpaban un territorio cultural que no les pertenecía naturalmente” e “improvisaban su propia cultura literaria” (2012: 173): estas características, que indudablemente coinciden tanto con el espacio gauchesco de enunciación como con la forma de sus publicaciones, iluminan las razones de su desaparición pública. Si la esfera pública y la prensa periódica se caracterizan por el carácter de igualdad entre sus interlocutores, la naturaleza plebeya de Pérez y sus personajes terminó por expulsarlo de un terreno del que se había apropiado, desafiando a la cultura letrada y proponiendo en su interior una contracorriente popular.

Bibliografía

Acree, W. “Luis Pérez, A Man of His Word in 1830s’ Buenos Aires and the Case for Popular Literature”. Bulletin of Spanish Studies, vol. LXXXVIII, n° 3, 2011.

Alonso, P. “Introducción”. Alonso, P. (Comp.) Construcciones impresas. Panfletos, diarios y revistas en la formación de los estados nacionales en América Latina 1820-1920. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004, pp. 7-12.

Goldman, N. y Di Meglio, G. “Pueblo/Pueblos”. Goldman, Noemí (ed.) Lenguaje y revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata, 1780-1850. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008, pp. 131-143.

Goldman, N. y Pasino A. “Opinión pública”. Goldman, N. (Ed.) Lenguaje y revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata, 1780-1850. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008, pp. 99-113.

Lobato, M. Z. La Revolución de los Restauradores. Buenos Aires, CEAL, 1983.

Lyons, M. Historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental. Buenos Aires, Editoras del Calderón, 2012.

Romano, M. L. “Periódicos no ilustrados. Una lectura de la prensa rioplatense del siglo XIX”. Perífrasis. Revista de literatura, teoría, crítica. vol. 9, n° 7, 2018, pp. 12-26.

Wasserman, F. “Liberal/Liberalismo”. Goldman, N. (Ed.) Lenguaje y revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata, 1780-1850. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008, pp. 67-82.

Zinny, A. Efemeridografía argirometropolitana hasta la caída del gobierno de Rosas. Buenos Aires, Imprenta del Plata, 1869, p. 103.

Fuentes

El Gaucho. Buenos Aires, Imprenta del Estado.

El Gaucho Restaurador. Buenos Aires, Imprenta Republicana.

El Monitor. Diario Político y Literario (marzo y abril de 1834). Buenos Aires, Imprenta del Estado.

La Gaceta Mercantil. Diario Comercial, Político y Literario (marzo y abril de 1834). Buenos Aires, Imprenta de Hallet y Gaceta Mercantil.


  1. Antonio Zinny (1869, 103) afirma que Pérez se despide en el número siete, prometiendo volver a publicar a su regreso de la Guardia del Monte, se conservan pocos números del periódico.
  2. La traducción es mía, el original dice: “De Angelis himself was making his way up the political ranks, eventually to serve as Rosas’ chief editor of official newspapers, and he did not want interference from the celebrity figure of Pérez.”
  3. El énfasis es mío.
  4. Para leer acerca de la sociabilidad de Pérez, ver Acree (2011): “Luis Pérez, A Man of His Word in 1830s’ Buenos Aires and the Case for Popular Literature”, Bulletin of Spanish Studies, Vol. LXXXVIII, No. 3.


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