Celia Ruiz de Oña Plaza, Rogelio Josue Ramos Torres
y Víctor Manuel Velázquez-Durán
El término mar proviene del latín mare (https://dle.rae.es/mar). Desde la antigüedad designa extensiones de agua que separan y conectan territorios. Sin embargo, el mar trasciende esta definición física: es un espacio dinámico y tridimensional cuya materialidad particular —fluidez, profundidad, movilidad— desafía las concepciones tradicionales de frontera.
Desde esta mirada, que reconoce en el mar no solo una delimitación espacial sino una matriz simbólica profunda, este capítulo propone pensar al mar como frontera en múltiples dimensiones. Si su materialidad fluida ha hecho de él un espacio esquivo para los regímenes territoriales convencionales, su relevancia histórica, jurídica y política como lugar de separación, contacto y disputa ha ido en aumento. El mar ha sido soporte de rutas imperiales, teatro de confrontaciones geopolíticas, escenario de apropiaciones coloniales, pero también territorio vital para pueblos costeros, espacio ritual y umbral de transformación.
El mar es un ámbito de naturaleza esencialmente liminal. Su capacidad de unir y separar configurando polaridades hace de sus aguas un interludio que desde tiempos remotos fue frontera simbólica, antes que geográfica o política. Aun antes de que el Mediterráneo y el Atlántico fueran conocidos como mare nostrum y mare tenebrarum, el océano era ya frontera que separaba lo conocido de lo extraño, lo real de lo mítico, lo monstruoso de lo humano. Constituía una frontera que, en las palabras del escritor Claudio Magris, ha sido también un ídolo que reclama sacrificios humanos (citado en Foucher, 2003). Del mismo modo, conforma una línea donde la vida y la muerte se conjugan destilando un influjo seductor que ha estimulado el surgimiento de espíritus audaces. Sus lances se han traducido en trascendentes proyectos civilizatorios, como aquellos sobre los que sentaron sus cimientos imperios como Cartago y Atenas.
Tal como dejó claro la obra del novelista ruso-ucraniano Joseph Conrad (1906), la relación que los seres humanos establecen con el mar es tan poderosa que termina por transformarlos. El mar ha espoleado como pocas otras cosas la imaginación, el pensamiento abstracto y la curiosidad humana. Cruzarlo equivalió a conocer, dominar e interpretar el mundo (Almagro-Gorbea, 1995). Eso llevó, por lo tanto, a establecer fronteras de conocimiento que más tarde se tradujeron en avances tecnológicos cruciales, en obras artísticas sublimes y en la búsqueda irrefrenable de movilidad (Cunliffe, 2017).
Las costas son espacios de vaivenes continuos donde saberse a merced de un devorador de pueblos constituye uno de los grandes ritmos de la vida. Por eso, el mar es también motor de la historia, como fue confirmado por Braudel (1949) y, más tarde, sentenciado en sus célebres versos por el poeta John Walcott (1979): monumentos, batallas y mártires están todos encerrados en las bóvedas del mar. Para los pueblos ribereños, la frontera hidrográfica marina marca transversalmente la existencia. Por la cercanía y el contacto con sus corrientes, el peso de las fronteras marinas primero influenció a las personas propiciando, después, la conformación de estados-nación (Mack, 2013). ¿Qué es el mundo actual sino un amasijo de lugares unidos y separados por el mar?, un conjunto de polaridades mediadas por agua en las que la realidad a menudo abreva de ambos extremos.
Este capítulo se organiza en cuatro secciones. La primera desarrolla un marco conceptual que examina las transformaciones históricas del mar y sus cosmovisiones. La segunda sección evidencia el efecto que produce la naturaleza fluida de la frontera marina y las consecuencias jurídicas de la misma. La tercera examina los procesos de securitización y militarización de las fronteras marítimas latinoamericanas, así como las transgresiones y movilidades que desafían los marcos normativos. Finalmente, la cuarta sección presenta los desafíos emergentes que plantean las nuevas fronteras marinas: la territorialización de aguas profundas, los efectos del cambio climático sobre fronteras móviles y las tecnologías que transforman las capacidades de control oceánico.
El mar como frontera
Sobre la superficie marina y como producto de las colisiones entre diferentes racionalidades, se impusieron fronteras estamentales, políticas, legales y comerciales que configuraron el mundo como se conoce hoy. Para los imperios coloniales, los límites marítimos funcionaron no sólo como esos frentes explicados por Turner (1893) mediante los que se empujan geográficamente las soberanías. Funcionaron, también, como espacio de transición en los términos propuestos por van Gennep (1969), donde los órdenes, las cosas y las personas dejaron de ser lo que eran para asumir nuevas identidades o formas. Este efecto se manifestó dramáticamente en los cuerpos de las personas africanas esclavizadas, a quienes la frontera marina despojó de su valor humano para reducirlos a fuerza de trabajo.
En ese sentido, la travesía marina se convirtió en el rito de paso que marcó el nacimiento de un nuevo mundo y la edad adulta de otro, el mismo que convirtió al plebeyo en colono, al filibustero en hacendado y al mercenario en conquistador. Estas metamorfosis sirvieron al despegue del capitalismo y cimentaron el capitalismo global, que utilizó el océano como clasificador (Kearney, 2008). Luego, lo subordinó a sus intereses, convirtiéndolo en mercancía dentro de la frontera comercial (Campling and Colás, 2021).
El pensamiento académico contemporáneo ha reconceptualizado el mar como espacio liminal complejo. Al respecto, Steinberg (2001) desarrolló la noción de territorio móvil. Con ella, busca entender cómo las lógicas de territorialización se adaptan a la fluidez marina que desafía pero no impide los procesos de fronterización. Desde esta perspectiva, la frontera marítima se concibe como constructo híbrido, donde convergen materialidades fluidas y estructuras políticas rígidas (Steinberg and Peters, 2015).
En las últimas décadas, el paradigma de la economía azul emergió como el modelo más reciente de territorialización del mar. Este enfoque, inscrito plenamente en el régimen neoliberal contemporáneo, opera mediante la mercantilización de espacios, recursos y relaciones sociales antes situados fuera de la lógica del mercado (Flores-Macías and Zarkin, 2021). El contraste histórico es revelador: mientras la doctrina clásica del mare liberum del jurista holandés Hugo Grocio (1583-1645) concebía el océano como espacio abierto, libre e inapropiable por naturaleza, el neoliberalismo marítimo actual despliega sus herramientas para convertir ese mismo vacío en objeto de apropiación privada.
La economía azul entiende el océano como la última reserva extractiva disponible para el capitalismo tardío, que tras agotar gran parte de los recursos terrestres dirige su mirada hacia los espacios marinos como nuevo campo de acumulación. Bajo el discurso del desarrollo sostenible, la economía azul opera una reconfiguración profunda mediante la privatización de derechos pesqueros, la desregulación para facilitar inversiones extractivas, la creación de mercados de servicios ecosistémicos marinos y la financiarización de la conservación oceánica. La geografía crítica revela este fenómeno como una sofisticada forma de acumulación por desposesión que transforma espacios históricamente comunes en zonas de apropiación corporativa (Bennett et al., 2015).
El crecimiento azul promete una nueva era de desarrollo y progreso, que parte de la producción de nuevas fronteras sobre el espacio marino. El dilema entre conservación, explotación y control define muchos de los conflictos fronterizos marítimos contemporáneos.
América Latina ofrece ejemplos paradigmáticos de estas tensiones: desde las cosmovisiones marinas indígenas que conciben el océano como territorio ancestral, hasta las disputas jurídicas entre estados por delimitación marítima, pasando por las rutas migratorias clandestinas y las economías ilegales que explotan la porosidad de estos límites. El cambio climático, las nuevas tecnologías de vigilancia y las actividades extractivas en aguas profundas plantean desafíos emergentes que redefinen continuamente el significado de frontera marítima.
Las ontologías sobre el océano pueden entenderse como las formas fundamentales de comprender qué es el mar y cómo deberían ser las relaciones entre humanos y entornos marinos. La ontología occidental dominante fue codificada en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR). Luego, fue profundizada por la economía azul, que concibe el océano como recurso susceptible de zonificación, apropiación y explotación (Barbesgaard, 2018). Esta visión facilita la apropiación oceánica. Este concepto alude a las intervenciones que restringen el acceso de pescadores de pequeña escala a los recursos pesqueros, expulsan a poblaciones costeras vulnerables de sus territorios y/o debilitan los patrones históricos de uso del espacio marino (Bennett et al., 2015).
En contraposición, las ontologías marinas indígenas y tradicionales latinoamericanas conciben el océano como territorio ancestral indisoluble de identidades culturales y espirituales. Para pueblos como los wayúu en Colombia-Venezuela, los mapuche-lafkenche en Chile, o los miskitos en Nicaragua-Honduras, el mar constituye un espacio relacional: océanos, arrecifes y manglares forman redes de parentesco que incluyen humanos, no-humanos y entidades espirituales (González et al., 2019). Los límites existen en estas cosmovisiones, pero operan como zonas de transición y respeto más que como barreras excluyentes.
Esta tensión ontológica fundamental se materializa en conflictos concretos sobre acceso, uso y control de espacios marítimos. Mientras el régimen neoliberal promueve la privatización de derechos pesqueros y la mercantilización de los servicios ecosistémicos, las comunidades costeras defienden sus formas de gobernanza basadas en uso tradicional, responsabilidad intergeneracional y reciprocidad con el entorno marino.
Fragmentación del mar y fronteras líquidas
Trazar fronteras en el agua es como escribir sobre la arena en marea alta: el mar acepta momentáneamente la inscripción, pero mantiene siempre su derecho a borrarla. Esta paradoja fundamental —la imposición de límites fijos sobre un medio esencialmente móvil— revela la naturaleza contradictoria de lo que aquí se conceptualiza como fronteras líquidas.
Desde esta óptica líquida, el mar-frontera se concibe como un constructo híbrido donde convergen materialidades fluidas y estructuras políticas rígidas. A diferencia de las fronteras terrestres, caracterizadas por su relativa estabilidad y bidimensionalidad, las fronteras marinas operan en una complejidad dimensional que trasciende estos límites y que se manifiesta simultáneamente en planos horizontales y verticales que crean un espacio fronterizo tridimensional.
Las fronteras líquidas se caracterizan por tres propiedades fundamentales: en primer lugar, presentan una porosidad inherente, que permite flujos continuos de especies, corrientes y sustancias que trascienden delimitaciones políticas. En segundo lugar, operan con multidimensionalidad, al funcionar simultáneamente en superficie, columna de agua, lecho marino y subsuelo. Finalmente, en tercer lugar exhiben una temporalidad variable, que se modifica según ciclos diarios, estacionales y climáticos.
Esta ontología húmeda desafía las concepciones estáticas de territorio y fronteras. Asimismo, evidencia cómo las características físicas del agua —fluidez, profundidad, movilidad— resisten pero no impiden los procesos de fronterización (Steinberg and Peters, 2015).
Esta tensión constitutiva entre la inmaterialidad del agua y la materialidad de prácticas fronterizas genera espacios de ambigüedad jurisdiccional que diferentes actores explotan estratégicamente. El análisis de las fronteras marítimas revela, entonces, el conflicto entre maneras radicalmente diferentes de concebir el océano: ¿es un espacio libre y común, o un territorio susceptible de apropiación y control? (Carrasco-Bahamonte, 2022).
La territorialización jurídica contemporánea del espacio marino opera mediante regímenes fronterizos graduados que fragmentan verticalmente el océano en múltiples capas jurisdiccionales. La CONVEMAR representa el esfuerzo más sistemático por imponer racionalidad jurídica sobre la naturaleza fluida del océano (UNCLOS, 1982). Establece un sistema de zonificación escalonada: aguas interiores, mar territorial, zona contigua, zona económica exclusiva y alta mar. Allí, la soberanía estatal disminuye progresivamente con la distancia de la costa. Se trata de un esquema de soberanía graduada (Ong, 2000), con formas híbridas de control territorial, sin precedentes en espacios terrestres. Esta territorialización enfrenta la paradoja fundamental del mar como frontera: jurídicamente definida mediante coordenadas precisas pero materialmente elusivas, imposibles de ser fijadas permanentemente en el espacio físico.
Las fronteras marítimas fruto de esta territorialización dan lugar a una reconsideración del poder estatal y las territorialidades sobre el océano, donde los estados ejercen derechos soberanos pero no soberanía plena. La dimensión vertical introduce una complejidad adicional al diferenciar regímenes según profundidad: superficie marina, columna de agua, lecho marino y subsuelo pueden estar simultáneamente bajo diferentes jurisdicciones sobre el mismo punto geográfico (Hung and Lien, 2022).
Esta fragmentación espacial produce efectos contradictorios. Por un lado, extiende significativamente el control estatal sobre los océanos: aproximadamente un tercio de los mares mundiales están bajo alguna jurisdicción nacional. Por el otro, crea un mosaico complejo donde diferentes estados y organismos ejercen autoridad simultánea sobre distintos aspectos del mismo espacio. Los desafíos transfronterizos, como contaminación, pesca ilegal y tráfico marítimo, evidencian los límites de este modelo fragmentario.
Para comprender esta complejidad, el Cuadro 1 propone una modelización que sistematiza las fronteras marítimas según tres escalas temporales y espaciales interconectadas. Este modelo opera mediante la interconexión de las tres escalas en donde las transformaciones globales se materializan en marcos normativos nacionales que son negociados o disputados cotidianamente a nivel local, cada una con temporalidades distintas pero sincronizadas.
Cuadro 1. Modelización de fronteras líquidas: escalas y temporalidades
Escala | Ámbito temporal | Dinámicas principales | Ejemplos y referencias |
Global- | Transformaciones de largo plazo. | Grandes transformaciones en regímenes oceánicos. Paso del mare liberum medieval a territorialización neoliberal.Apropiación oceánica global. | Fronteras epistemológicas, jurisdiccionales y de mercantilización. Reconfiguración de relaciones humano-océano planetarias. |
Nacional- | Procesos político-jurídicos estatales. | Delimitación marítima entre estados. Implementación de regímenes asociados a la CONVEMAR. Políticas nacionales de Crecimiento Azul. | Diferendo Colombia-Nicaragua (CIJ, 2012). Reconfiguración de proyecciones territoriales estatales. Afectación de comunidades costeras. |
Local-Cotidiana | Prácticas diarias y resistencias. | Negociación, contestación e ignorancia de fronteras formales. Infrapolíticas marinas. Conocimientos prácticos locales. | Prácticas de pescadores, navegantes, migrantes. Navegación del mosaico jurisdiccional. Usuarios cotidianos del mar. |
Fuente: Elaboración de los autores.
Esta conceptualización de fronteras líquidas abre varios campos de investigación poco explorados:
- El análisis de “fronteras bioculturales marinas” (Carrasco-Bahamonte, 2022), donde los límites responden simultáneamente a realidades ecológicas (bioregiones, corredores migratorios) y culturales (territorios ancestrales, zonas de pesca artesanal).
- El estudio de tecnologías emergentes que materializan fronteras abstractas: desde sistemas de vigilancia satelital hasta infraestructuras submarinas que transforman la capacidad estatal de ejercer control oceánico (Havice and Zalik, 2019; Hung and Lien, 2022).
- La investigación sobre “fronteras climáticas”, donde el cambio climático altera líneas costeras, modifica patrones de corrientes y desplaza especies migratorias. Todo esto pone en entredicho cualquier delimitación basada en geografías estables.
En la intersección de estos ejes de indagación, se abren paso nuevas modalidades de territorialización marina aún poco exploradas. Por ejemplo, las disputas por la extensión de plataformas continentales en el Ártico a raíz del deshielo; las rutas migratorias marítimas como espacios de resistencia a controles fronterizos; y los conflictos emergentes por minería de aguas profundas como nueva forma de fronterización extractiva del océano.
Fronteras marítimas, securitización y transgresión
La producción de fronteras en el mar bajo las lógicas de la economía azul descansa sobre un proceso de securitización que garantiza la exclusividad del acceso a los recursos del mar a ciertos agentes mientras excluye a otros (Frenkel, 2019). Esta dinámica impulsa la materialización tecnológica de fronteras que solo existen como coordenadas en tratados internacionales.
Los sistemas integrados de radar costero, los patrullajes navales y la vigilancia electrónica convierten las líneas abstractas en zonas de control efectivo. Los sistemas como SisGAAz (Brazilian Armed Forces, 2025) o la Guardia Costera colombiana (Colombian Coast Guard, 2025) representan infraestructura de control real, mientras que construcciones discursivas como la “Amazonía Azul” (Brazilian Blue Amazon, 2025) consolidan una identidad marítima estratégica. Esta militarización repercute en la erosión de los modelos democráticos de seguridad, y acaba desplazando responsabilidades civiles hacia el ámbito militar (Flores-Macías and Zarkin, 2021). De esta forma, se generan fronteras que son tecnológicamente acotadas, pero políticamente fluidas.
Esta militarización opera de forma asimétrica. Se concentra, sobre todo, en zonas geográficas donde se intensifican las tensiones geopolíticas por la superposición de múltiples intereses estratégicos, tanto económicos como de seguridad nacional. El ejemplo paradigmático es el diferendo Colombia-Nicaragua, resuelto por la Corte Internacional de Justicia en 2012 (CIJ, 2012). Esta decisión demuestra que las delimitaciones jurídicas reconfiguran proyecciones territoriales. La Corte reconoció la soberanía colombiana sobre San Andrés pero otorgó a Nicaragua una extensa zona económica exclusiva que provocó la fragmentación de territorios ancestrales de comunidades raizales. Otro caso polémico fue el protagonizado por Argentina con el Decreto 457/2021 (República Argentina, 2021), que establecía unilateralmente el control conjunto del Estrecho de Magallanes y del Mar de Drake, considerados por Chile como aguas soberanas.
Estos conflictos territoriales se ven agravados por la naturaleza móvil de los recursos oceánicos. La movilidad de especies marinas desafía las fronteras estáticas de múltiples formas y aviva los conflictos por los recursos pesqueros. El histórico diferendo por el atún entre Ecuador y Perú en las llamadas Guerras del Atún implicó la detención de más de 200 embarcaciones estadounidenses entre 1963 y 1975, y refleja el pulso geopolítico sobre los límites del mar territorial (Leonard, 2012). De igual forma, la conectividad biológica de la langosta espinosa del Caribe ha generado tensiones entre Nicaragua y Colombia debido a la naturaleza compartida de sus stocks, que se dispersan entre jurisdicciones nacionales por efecto de corrientes marinas (Kough et al., 2013).
Un caso reciente que refleja la intersección entre disputas territoriales y recursos energéticos es el conflicto entre Venezuela y Guyana por el Esequibo. A pesar de una medida cautelar de la Corte Internacional de Justicia ordenando a Venezuela abstenerse de modificar el status quo, el gobierno del presidente Nicolás Maduro organizó elecciones regionales en el territorio en mayo de 2025. Esta acción fue rechazada por Guyana y señalada como una amenaza a su soberanía (Singer, 2025). Este episodio se enmarca en un contexto de creciente interés por yacimientos petroleros costa afuera y refuerza la militarización de las fronteras marítimas.
Esta geografía militarizada produce efectos sociales diferenciados. Por un lado, las embarcaciones comerciales con tecnología avanzada navegan libremente. Por otro lado, los pescadores artesanales enfrentan regímenes restrictivos y punitivos que reproducen desigualdades sociales preexistentes en el ámbito marino.
Paralelamente, el mar latinoamericano opera como espacio sistemático de transgresión fronteriza que revela la permeabilidad inherente de estos límites, es decir, la dificultad estructural para ejercer control territorial efectivo sobre los flujos marítimos. Las rutas migratorias marítimas en el Caribe constituyen geografías alternativas que desafían la territorialización estatal. Es lo que ocurre en el corredor entre Cuba, Haití y Florida, en las costas del Darién panameño o en el Golfo de Honduras. En esas regiones, embarcaciones precarias transportan migrantes que conciben el mar no como límite sino como puente hacia mejores condiciones de vida.
El narcotráfico marítimo ha desarrollado sofisticadas estrategias adaptativas en el Caribe colombiano, en el Golfo de México y en el Pacífico centroamericano y sur (Garay Cuesta, 2021). Semisumergibles, lanchas rápidas y embarcaciones pesqueras modificadas aprovechan discontinuidades en la vigilancia y la autoridad sobre el mar. Asimismo, explotan los cambios jurisdiccionales y transgreden los vacíos de coordinación entre agencias nacionales. Estas rutas mapean cuidadosamente límites legales y transforman la frontera de barrera en recurso estratégico.
La pesca ilegal explota ambigüedades similares, a raíz de la migración de especies que atraviesan múltiples fronteras, y frente al cambio abrupto que introducen los regímenes de protección en cada límite nacional. Las disputas México-Guatemala por recursos pesqueros compartidos demuestran que la movilidad de las especies marinas desafía fronteras estáticas.
Aguas profundas y desafíos climáticos
El mar es una frontera en movimiento. Lejos de ser un borde natural o un vacío entre territorios, constituye un espacio denso, conflictivo y plurivocal, donde se inscriben nuevos procesos de demarcación, exclusión, resistencia y producción de valor. A través de su estudio como frontera, se revela no sólo la historicidad de su apropiación estatal y jurídica, sino también las formas contemporáneas de su inscripción en el régimen neoliberal de acumulación: ya sea como infraestructura extractiva, como espacio securitizado o como supuesto bien común global.
Lejos de diluir las soberanías modernas, la ola reciente de territorialización del espacio marino las está reconfigurando. Ahora bien, esta reconfiguración encuentra límites en la naturaleza fluida del medio marino y en la emergencia de sujetos colectivos que disputan su sentido y su destino. Las fronteras marítimas, aunque vigiladas y escenificadas por dispositivos de alta tecnología, son constantemente atravesadas por cuerpos, trayectorias y prácticas que escapan al control institucional.
Migrantes, pescadores, pueblos indígenas y actores transfronterizos reescriben cotidianamente las fronteras oceánicas, de tal forma que desafían tanto sus legalidades como sus concepciones. Aceptar esta pluralidad ontológica constituye una tarea política urgente: repensar el mar no como espacio vacío a administrar, sino como territorio tejido por relaciones y memorias donde se disputan los sentidos mismos de soberanía.
Frente a las cartografías oficiales persisten otras formas de conocimiento y cuidado que reclaman espacio para otras concepciones del mar. Sin embargo, la visión dominante sigue siendo aquella que la CONVEMAR codificó: una gramática escalonada de la soberanía que ha permitido la expansión hacia nuevas zonas de jurisdicción y explotación, incluyendo las profundidades marinas y la columna de agua. Esta arquitectura legal ha configurado un espacio oceánico fragmentado, jerarquizado y multiescalar, que reproduce desigualdades geopolíticas y tecnológicas.
América Latina participa activamente en la nueva carrera por territorializar aguas profundas y fondos marinos. Por ejemplo, Brasil obtuvo derechos sobre la Elevación de Río Grande para exploración de nódulos polimetálicos, y extendió su plataforma continental hasta 350 millas náuticas, reclamando derechos sobre recursos del subsuelo anteriormente inaccesibles (MercoPress, 2025).
Estas iniciativas representan la frontera vertical más reciente del capitalismo extractivo. La gobernanza de estos espacios profundos evidencia asimetrías: mientras el principio de patrimonio común de la humanidad debería garantizar una distribución equitativa de beneficios, la realidad favorece a países y empresas con mayor capacidad de inversión tecnológica.
Simultáneamente, el cambio climático introduce una radical inestabilidad en regímenes fronterizos marítimos establecidos. Países insulares caribeños como Cuba o Bahamas, y los continentales de Centroamérica, enfrentan escenarios donde las líneas costeras en retroceso podrían modificar sustancialmente sus dominios marítimos (De Windt, 2023). Esto plantea interrogantes jurídicos sin precedentes sobre si actualizar continuamente líneas de base siguiendo costas en retroceso o congelar las coordenadas históricas (Busch, 2018).
Estos casos latinoamericanos revelan que las fronteras marítimas nunca son procesos concluidos sino prácticas continuas de afirmación, disputa y redefinición donde distintos actores confrontan visiones divergentes sobre soberanía, acceso a recursos y derechos de movilidad en territorios acuáticos que resisten la cristalización de sus límites pero no escapan a la fronterización.
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