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4 Avance

Esteban Salizzi

De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, el sustantivo avance comprende la acción de avanzar, es decir, mover o prolongar (algo o a alguien) hacia adelante o, simplemente, ir hacia adelante (https://dle.rae.es/avance). Tomando como referencia esta misma fuente, puede afirmarse que el verbo avanzar proviene de la expresión vulgar latina abantiāre, formada a partir del adverbio del latín tardío abante (delante). 

Estas alusiones facilitan la delimitación de un elemento que resulta determinante en la definición del significado de este término, asociado a la orientación específica que detenta la acción y/o el movimiento al que se hace referencia, que siempre es hacia adelante. Se trata de un atributo de sentido clave para la comprensión de la palabra en cuestión, que refuerza su importancia considerando los horizontes (pasados y presentes) de su aplicación en torno a la temática de las fronteras.

Este capítulo se centra en los alcances de la noción de avance considerando sus vínculos con el abordaje de las fronteras, desde una perspectiva centrada en la tradición de estudios geográficos. El mismo se divide en cinco secciones. La primera se concentra en la revisión de los diferentes sentidos que suelen adjudicarse al avance de las fronteras. La segunda indaga en la tradición geográfica en torno al modo en el que fue tratada la temática. La tercera desarrolla las miradas críticas surgidas hacia la segunda mitad del siglo XX, considerando algunos ejemplos concernientes a diferentes escalas espaciotemporales. La cuarta profundiza en el caso de las fronteras extractivas en Latinoamérica. Finalmente, se proponen una serie de precisiones generales para pensar el avance de las fronteras.

Sentidos del avance de las fronteras

En el empleo académico del sustantivo avance asociado al abordaje de las fronteras, se pueden reconocer, al menos, tres sentidos principales con los que se aplica el término (Cuadro 1).

Cuadro 1
Sentidos con los que se emplea el verbo avanzar
Definiciones Significados Sentidos
Adelantar, mover o prolongar hacia adelante. Relacionado con un cambio en la posición de un elemento o de alguno de sus atributos. POSICIÓN/
LOCALIZACIÓN/
GEOMETRÍA
Dicho especialmente de las tropas: Ir hacia adelante.
Dicho de un período de tiempo: Acercarse a su fin. Vinculado expresamente con una progresión temporal. PROGRESIÓN/
PROCESO/
CRONOLOGÍA
Adelantar, progresar o mejorar en la acción, condición o estado. Asociado con una evaluación valorativa de las acciones, hechos o sucesos. PROGRESO/
EVOLUCIÓN/
DESARROLLO

Fuente: Salizzi, E. Elaboración propia a partir del diccionario en línea de la Real Academia Española.

Los sentidos así delimitados son coherentes con los tres términos que se obtienen al traducir el verbo avanzar al idioma inglés según el Diccionario Cambridge (https://dictionary.cambridge.org/es/diccionario/espanol-ingles/avanzar). A través de este ejercicio surgen las palabras: advance -adelantar, anticipar-; proceed -proceder, continuar la marcha- y progress -progresar, desarrollar-. Las similitudes en el modo en el que se construye y emplea el vocablo avanzar en ambos idiomas invitan a reflexionar en torno al occidentalismo que lo impregna. Esta orientación permite que se integren en él significados que abarcan desde el interés por el cambio en la ubicación espacial y temporal de ciertos elementos, personas y sucesos, hasta la descripción valorativa (siempre positiva) de las dinámicas que describen en dicho proceso.

Estas tres acepciones fundamentales se encuentran presentes cuando se hace referencia al avance de las fronteras en ciencias sociales, sin distinción de cuál sea la naturaleza o el origen de las fronteras abordadas. En muchos casos, su carácter complementario facilita la presencia de más de uno de estos sentidos en su comprensión, ya sea explícita como implícitamente. La asociación entre los sentidos posición y progresión encuentra su fundamento en la unicidad espacio-tiempo, sobre la que tantas veces se ha reflexionado en geografía, y cuya escisión sólo es posible como resultado del ejercicio de la abstracción (Santos, 2000). 

En simultáneo, se encuentra el solapamiento de estos sentidos con los de progreso, evolución y desarrollo. Aquí es necesario un primer llamado de atención, dado que dicha ligazón no solo representa una evaluación decididamente positiva sino también alegatoria de los fenómenos y procesos estudiados. Esto se sustenta tanto en la injerencia de los resabios del evolucionismo biológico y la teoría organicista en ciencias sociales (propias de la geografía humana clásica), como en las teorías del desarrollo social y económico.

En ocasiones, el sentido con el que se emplea la idea de avance está explicitado en el discurso. En otras, fundamentalmente cuando se encuentra asociado a concepciones valorativas (progreso, evolución y desarrollo), suele permanecer encubierto detrás de los otros sentidos descritos. En esos casos, resulta necesario ahondar en los fundamentos de su formulación teórica para lograr obtener una comprensión acabada del significado que prevalece. De este modo, la importancia otorgada no es arbitraria, sino que responde a una concepción teórico-metodológica de la frontera desde la que se parte para su construcción conceptual. Esta afirmación es extensiva, incluso, al empleo de la frontera como metáfora o analogía explicativa en la comprensión de ciertos fenómenos sociales, donde los eufemismos evolucionistas y desarrollistas son frecuentes. Ejemplo de ello son: fronteras gnoseológicas o del conocimiento, disciplinares, tecnológicas, de la producción.

Las fronteras, en sus múltiples expresiones (límites, bordes, frentes, interfaces, etc.), son procesos que evidencian la discontinuidad de (y solo de) ciertos atributos constitutivos del espacio, promoviendo simultáneamente relaciones de diferenciación y articulación. Este sistema de relaciones no es fijo, sino que, en tanto producto social, está sujeto a un curso de transformación permanente y contingente. Son muchas las aristas posibles para el estudio de las fronteras y su transformación. Entre ellas, se puede prestar especial atención a su movimiento o su dinámica tanto interna como externa. No obstante, la premisa establecida inicialmente restringe la reflexión a una determinada orientación (geométrica, cronológica y valorativa) que adopta la acción: es hacia adelante.

Partiendo del acuerdo de que las fronteras son fenómenos cambiantes, en constante transformación, que involucran el movimiento en su propia génesis y existencia, importa entonces concentrar la atención sobre cómo se denomina este movimiento y qué precisiones conceptuales son incorporadas a través del apelativo elegido. Es común indicar que las fronteras, así como ciertos fenómenos que las definen, se mueven, se amplían, se difunden, se propagan, se expanden, se extienden, se dilatan, se desplazan o avanzan. Puede sostenerse que estos términos no constituyen sinónimos y que al usar uno u otro se deberían precisar las variables espaciotemporales consideradas. Cada uno de esos fenómenos tiene connotaciones específicas, tanto ideológicas, empíricas como teórico-metodológicas.

Avance de las fronteras y tradición geográfica

El discurso geopolítico de fines del siglo XIX interpretó a las fronteras como un fragmento del espacio absoluto, en tanto escenario independiente de los fenómenos sociales y sujeto a leyes de orden natural (Arriaga Rodríguez, 2012). Las primeras sistematizaciones realizadas desde la historia y la geografía privilegiaron su asociación con la forma de los estados nacionales (fundamentalmente con sus límites), sobre la base de sesgos ideológicos y el sustento de supuestos organicistas-mecanicistas que justificaron guerras y conquistas en el contexto imperialista.

Las propuestas más significativas e ilustrativas de esta concepción pueden encontrarse en la asimilación de la frontera a un “proceso civilizatorio” (Ferrari, 2014), así como también en la analogía que la asemeja con la “piel de los estados” (Arriaga Rodríguez, 2012). En ambos planteos ha estado involucrada la noción de avance, describiendo y marcando tanto la orientación del movimiento de la frontera como su devenir. En el primero, el avance de la frontera da cuenta del proceso de expansión, contacto, incorporación y subordinación de unas sociedades por otras originado a partir de la inevitable y continua marcha de la civilización (Salizzi, 2017). En el segundo, asimilando la frontera al sistema de cobertura y defensa exterior de un organismo, abarca el mecanismo por el cual el estado amplía su territorio, asegurando su “espacio vital” e incrementando su fortaleza (Dorfman y Benedetti, 2013).

Dentro del estudio de las fronteras móviles, también conocidas como de expansión, fue paradigmático el enfoque desarrollado por Turner (1893), historiador estadounidense. Allí, ofreció una particular interpretación de la colonización del oeste norteamericano, que constituyó al continuo avance de los colonos sobre tierras “libres y abiertas a la conquista” en el elemento clave para explicar la singularidad del carácter nacional estadounidense, estableciendo así a la frontera como su mito fundador. Desde esta perspectiva, la consolidación económica y social norteamericana habría sido resultado de una “gran evolución social” originada por la continua marcha de la “civilización” hacia el oeste “salvaje”, cuyo escenario privilegiado fue la zona de frontera.

Una idea próxima al pensamiento de Turner (1893) fue conceptualizada por la geografía francesa a través de la noción de frente pionero o franja pionera, en la que se reconoce su influencia. Esta categoría representaba el límite móvil que separaba las regiones humanizadas de las áreas que aún no lo eran, donde la colonización conduciría a la desaparición del paisaje natural a través de su “puesta en valor” (George, 1991; Lévy y Lussault, 2003). La evocación a la idea de frente o frente de avance evidencia, además, las reminiscencias militares presentes en esta perspectiva, donde la frontera es concebida como una larga línea que avanza gradualmente, impulsada por un ejército que ostenta la ventaja en la batalla (Lacoste, 2003).

La fuerza que imprime la idea de avance es central para estas concepciones, basadas en la movilidad de las fronteras. A través de su mención se incorpora el sentido posicional (geométrico) y temporal (cronológico), alusivos a las coordenadas que referencian su movimiento. También, se realiza una evaluación de la acción, cargada de connotaciones decididamente económicas, políticas y culturales.

De este modo, la idea de avance es intrínseca a la construcción de las fronteras en las que se pone el acento sobre procesos de expansión. Turner (1893) resumió en el avance hacia el oeste las ideas de “destino manifiesto”, “evolución social”, “progreso” y “civilización”, manifestando así el optimismo y la expectativa del confiado sentido de conquista que impregna a la frontera (Smith, 2012). Esta misma convicción sustentó el análisis de los frentes pioneros en geografía, cuya experiencia más significativa remite al estudio de Monbeig (1952) sobre la expansión cafetalera paulista. Aquí, el triunfo del hombre se expresaría a través de la transformación del medio natural, de su humanización. El resultado sería el establecimiento de un paisaje geográfico específico, las célebres regiones geográficas, en este caso pioneras.

A pesar de las perspectivas críticas surgidas tanto en geografía como en ciencias sociales hacia la segunda mitad del siglo XX, este imaginario (y sus ideologías) encontró refugio en la idea de “avance de la frontera”. De este modo, los sentidos progresista, desarrollista y evolucionista asociados a la idea de avance fueron extrapolados acríticamente a ámbitos no necesariamente vinculados con la geopolítica (o no por lo menos a su concepción decimonónica).

Desde entonces, sus áreas de aplicación han sido de lo más variadas, empleándose, por ejemplo, para dar cuenta de: (a) la ampliación del área comprendida por ciertas actividades productivas (intensivas en capital y tecnología), considerando el progreso técnico y productivo; (b) el crecimiento de los espacios urbanos en detrimento de los rurales, como parte de una supuesta evolución social; (c) los procesos de revalorización urbana (gentrificación), apuntando a la imagen del desarrollo económico. De uno u otro modo, involucrando contextos locales, nacionales, regionales e internacionales, han heredado sus sentidos fundamentales, que hoy resignifican la idea de “civilización” bajo el lema de la “modernidad”.

Avance y frontera desde miradas críticas

La renovación de la geografía política de fines del siglo XX posibilitó trascender la visión de las fronteras restringida a los estados nacionales. En este marco, algunos elementos se volvieron centrales en su comprensión: (a) son una característica común a cualquier objeto o fenómeno cuya existencia posea extensión y fin (Dorfman y Betancor, 2005), por lo que no se limitan a la dimensión jurídico-administrativa de los territorios —en tanto área delimitada y controlada por el estado—; (b) están asociadas a la manifestación de discontinuidades espaciales, surgidas de procesos concurrentes de apropiación del espacio por agentes no únicamente estatales (Machado et al., 2005); y (c) es central en su estudio considerar las prácticas humanas que las constituyen y representan (Newman, 2003).

La cuestión del avance de las fronteras perdió así cierto protagonismo. Su tratamiento se limitó fundamentalmente a los sentidos relacionados con los cambios en términos de posición/progresión, conservando una visión “absoluta” del espacio. Asimismo, se introdujo la reflexión en torno a la unión estructural entre el tiempo y el espacio. Por su parte, la revisión de las tradiciones geopolítica y turneriana sometió a la temática a una continua reflexión epistemológica. Ésta apuntaba a evitar la evocación acrítica de sus componentes ideológicos, y la reconocía como fuente de indagación para la revisión de los imaginarios geográficos que incentivaron y legitimaron iniciativas de dominio territorial en la conformación de los estados nacionales modernos (Zusman, 1999).

Concurrentemente, se asistió a una diversificación de las fronteras. Sobresalen cuatro tipos particularmente representativos en el entorno latinoamericano: (a) las fronteras nacionales; (b) las fronteras interétnicas; (c) las fronteras productivas o económicas; y (d) las fronteras urbanas (urbano-rurales e intraurbanas). La distinción entre tipos de fronteras no supone su reconocimiento como realidades espacial, temporal y funcionalmente contrapuestas. Por el contrario, muchas de ellas han coexistido en diversos momentos y lugares (Benedetti y Salizzi, 2014). Estos tópicos concentraron en los últimos años la atención de investigadores provenientes de distintas disciplinas sociales, que a través de sus aportes contribuyeron a la constitución a nivel regional de un heterogéneo campo de estudios sobre fronteras.

Son fronteras en las que el movimiento comprende un elemento central para su estudio, concentrando la atención en los mecanismos directos y subsidiarios involucrados en sus avances y retrocesos. Entre ellas se destacan aquellas que, por su gran extensión, son consideradas actualmente de interés geopolítico. Las mismas apuntan a los procesos de fronterización involucrados en la formación y transformación territorial de los estados nacionales, y a las relaciones de vecindad que se originan en los espacios fronterizos. Así como, también, a los derivados de la expansión territorial del capital (colonizaciones, frentes ganaderos, fronteras agrícolas, fronteras mineras, etc.).

El avance de las fronteras extractivas

En la actualidad, un ejemplo de fronteras de gran dinamismo e interés geopolítico en Latinoamérica corresponde al avance sobre fondos territoriales remanentes (Moraes, 2013) de actividades extractivas orientadas a la explotación de los recursos naturales y su exportación como commodities. Se trata de la expansión territorial del capital, liderada por empresas agroindustriales (soja, palma aceitera, maíz, caña de azúcar), mineras (litio, cobre, plata) e hidrocarburíferas (gas, petróleo).

Algunas experiencias paradigmáticas del avance de estas fronteras pueden reconocerse en: (a) la difusión del cultivo de la soja sobre el cerrado brasileño y el chaco argentino (Bernardes et al., 2017); (b) la expansión de la minería metalífera a cielo abierto en los Andes centrales (Romero Valenzuela, 2020) y, más recientemente, en la selva Amazónica (van Teijlingen, 2019); y (c) la multiplicación de emprendimientos hidrocarburíferos en el área patagónica (Forget et al., 2018).

El avance de estas fronteras pone en juego la soberanía y supervivencia de la población local, y puede ser caracterizado a través del mecanismo descrito por Harvey (2005) como acumulación por desposesión. Su dinámica involucra la apropiación de grandes volúmenes de recursos que son destinados al mercado global; la concentración de tierras; la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía; la supresión de formas de producción y consumo alternativos; y la radical contaminación y degradación del ambiente. Estos argumentos destacan la importancia de contemplar al conflicto social como un elemento central para la caracterización y el estudio del avance de las fronteras (Martins, 1996), más aún en el marco de su proliferación bajo el impulso extractivista.

En este marco, el empleo de la denominación avance sin la correspondiente reserva, puede conducir a un optimismo ilusorio basado en la referencia a sus sentidos de progreso, evolución y desarrollo. En definitiva, a su idealización a través de una valorización positiva del fenómeno que omite efectos sociales y ambientales demoledores.

Su empleo bajo estas condiciones significa centrar la atención solo en una parte de la frontera, en uno de los lados que la conforman, ocultando otros elementos y sentidos. Por ejemplo, hablar de avance de la frontera agraria no necesariamente da cuenta de una serie de situaciones que se encuentran estrechamente vinculadas con el fenómeno, como los conflictos generados por el desplazamiento de la población (desalojos), la disminución de la demanda de trabajo, la especulación financiera o la degradación del ambiente (deforestación, monocultivo, contaminación por uso de agroquímicos), entre otras. Para esto es necesaria una actitud crítica y analítica de los procesos abordados, así como de los posicionamientos económicos, políticos y culturales que los sustentan.

Propuestas para pensar el avance de las fronteras

La frontera es un fenómeno histórico, atraviesa procesos de formación y transformación, y, por extensión, también lo es su avance. El mismo está anclado en un momento específico de su desarrollo, y está asociado a un contexto económico, político y tecnológico. Esta condición, a su vez, redunda en que, como todo fenómeno social, el avance de la frontera sea contingente. Se conoce su origen, pero no cómo, dónde y cuándo finaliza.

Se cuenta, sin embargo, con elementos que permiten establecer mayores precisiones. Todo avance tiene una orientación o un rumbo (en términos geométricos), está dirigido hacia adelante. La analogía náutica sirve para comprender el carácter relacional del avance de la frontera. No solo indica cuál es su dirección sino también de dónde viene, quién y cómo impulsa su movimiento y sobre qué lo hace. Esto conduce a una nueva pregunta, central si se reconoce el carácter bipartito de toda frontera: delante de qué o de quién se produce el avance.

Generalmente, la concepción de la frontera se restringe a la consideración de la territorialidad que le da forma, que busca imponer su hegemonía a través de su dinámica expansiva. De este modo, es escasa la atención que se le otorga a aquello que se encuentra del otro lado, pero que sin embargo es constitutivo de ella.

Recuperando el ejemplo de las fronteras extractivas, se puede afirmar que dan cuenta de un área en transformación, que posee características específicas que la distinguen de las entidades territoriales que se encuentran en pugna a partir de su avance. Es un área que, a su vez, se mueve, que avanza en búsqueda de nuevas tierras y recursos que permitan a los capitales que la impulsan extender su influencia y ampliar su beneficio. Ahora bien, este avance no es lineal, ya que contempla, también, momentos de contracción o retroceso.

De este modo, si bien el movimiento representa un atributo central en el estudio de las fronteras, el avance constituye el apelativo que se ha privilegiado para su denominación. En otras palabras, se le otorga atención a la frontera cuando el proceso descripto involucra la adición de tierras, solo en esos casos parece concitar atención y definir un problema de investigación. En contrapartida, se puede afirmar que las fronteras se mueven, aunque no siempre lo hacen hacia adelante. Los límites internacionales, hoy en apariencia fijos, son el resultado de frentes que en el pasado permanecieron sujetos a procesos más o menos vertiginosos de expansión y contracción.

En relación con su modelización, se puede indicar dos formas principales en las que se manifestaría el movimiento de la frontera, incluyendo su avance:

  • A través de la dinámica del conjunto de sistemas de objetos y sistemas de acciones (Santos, 2000) que la constituyen, en tanto proceso de transición entre distintas formas de ocupación y organización del espacio.
  • A través del cambio de emplazamiento que experimenta la frontera como unidad espacial, pensada en términos de categoría geográfica.

Estos movimientos son solidarios e indisociables. En su concepción vinculada con sentidos eminentemente posicionales (geométricos) y temporales (cronológicos) el avance de la frontera estaría restringido al segundo tipo indicado. Sin embargo, una aproximación compleja al fenómeno requiere de una mirada que considere la integración de los movimientos detallados, contemple la dinámica de sus elementos constitutivos y reflexione en torno a sus alcances sociales, económicos y culturales. Se trata de ofrecer una perspectiva relacional, que posibilite evidenciar el carácter ahistórico e intencionado que supone la noción de avance supeditada a los sentidos de progreso, evolución y desarrollo.

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