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29 Fragmentación

Matías Ghilardi

Etimológicamente, fragmentación deriva de la palabra fractal, proveniente del latín fractus, que significa “fragmentado”, “fracturado” o, simplemente, “roto” o “quebrado”, muy apropiado para objetos cuya dimensión puede ser fraccionaria o dividida (cada fragmento o fractal es un objeto semigeométrico cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas). Este término fue especialmente introducido a la matemática por Benoît Mandelbrot en 1983, con la aparición de su libro The Fractal Geometry of Nature.

Esta noción, relativamente reciente en ámbitos académicos, es utilizada en las ciencias sociales para remarcar la heterogeneidad territorial, sobre todo en los países pobres y emergentes, para hacer un contrapunto al proceso de globalización. La noción no posee una definición única ni consolidada. Es por ese motivo que se convierte en un término paraguas con la consecuente pérdida de un significado preciso (Barberis, 2009). La representación del espacio como un mosaico o como un tapiz con diferentes retazos, son las alusiones más utilizadas a la hora de interpretar su división en partes disimiles.

En este apartado se abordará, en primer lugar, el término fragmentación específicamente desde los estudios urbanos (teniendo en cuenta sus diversas acepciones) para, en segundo lugar, ponerlo en discusión con la categoría frontera. De esta manera, se indagará en la relación existente entre los dos conceptos, analizando su utilización por parte de diversos intelectuales.

Fragmentación en los estudios urbanos

El término fragmentación fue desarrollado en el campo de los estudios urbanos desde mediados del siglo XX. Fogelson (1967) consideró que la ciudad de Los Ángeles habría emergido desde 1930 como una metrópoli fragmentada y que sería un arquetipo de la metrópoli americana contemporánea. Sus estudios fueron retomados por el geógrafo Edward Soja en su obra Postmetrópolis (2000). Santos (1990) destacó el aislamiento de los pobres y que la inmovilidad de gran número de personas convertiría a San Pablo en una ciudad de guetos, lo cual llevaría a una desintegración de su estructura social (López Trigal, 2015).

En esta línea, Prévôt-Schapira define que la fragmentación es:

resultado de la desaparición del funcionamiento global en beneficio de las pequeñas unidades, la disolución de los vínculos orgánicos entre los trozos de la ciudad; barrios de pobreza yuxtapuestos en partes aisladas de riqueza en el seno de los archipiélagos urbanos (1999, p. 135)

La ciudad que formaba y albergaba una sola comunidad, ahora se presenta como un cúmulo de territorios diferentes (herméticamente compartimentados en los casos más extremos).

Intentos de sistematización sobre los diferentes usos que conlleva el término fragmentación se encuentran en los trabajos de Prévôt-Schapira (2001) y Navez-Bouchanine (2002). Estas académicas francesas hacen una lectura de los espacios urbanos en regiones periféricas (sobre todo en África y América Latina dónde residieron periódicamente), erigiéndose en referentes sobre los estudios de fragmentación. En esta línea, es preciso incluir los trabajos de los geógrafos alemanes Borsdorf, Bähr y Janoschka (2002) autores del tan difundido modelo de ciudad fragmentada latinoamericana, recuperado en incontables estudios de caso en la región. Vidal-Koppman (2002), Valdés (2007), Caldeira (2007), Ziccardi (2008), Barberis (2009) y Perelman y Boy (2017) han sido algunos de los tantos académicos latinoamericanos que han profundizado en los estudios de la fragmentación a escala urbana, rescatando las particularidades de sus países de residencia.

Fuera de los estudios urbanos el concepto de fragmentación no ha sido muy recuperado. Hay algunos estudios que aluden a la fragmentación estatal, ligados sobre todo a los procesos de descentralización de la administración pública.

Cuatro aproximaciones a la fragmentación

En esta literatura es posible identificar cuatro aproximaciones diferentes al concepto de fragmentación.

Fragmentación Social. Permite dos tipos de aproximaciones. La primera de ellas se ocupa de analizar las transformaciones culturales y sociales desde una perspectiva crítica en el marco del pasaje de la modernidad a la posmodernidad. Posiblemente sea la única acepción del término en que pueden identificarse efectos positivos, ya que en algunas ocasiones la fragmentación colabora con la individualización de los lugares, dotándolos de algún tipo de identidad. Ejemplo de ello son los barrios de inmigrantes en los que se desarrolla una dinámica interna que permite el surgimiento de emprendimientos gastronómicos, como en Santiago de Chile con el sector denominado La Lima Chica.

Desigualdades y el aumento de la pobreza. La segunda (y quizás la más difundida) privilegia la mirada sobre el crecimiento de las desigualdades y el aumento de la pobreza en el conjunto social, siendo el resultado de los efectos de la globalización, de la reestructuración económica y de los ajustes estructurales, en un momento donde los modos políticos de regulación e intervención entran en crisis (Prévot-Schapira, 1999). En este tipo de lectura el posfordismo, el fin del capitalismo organizado y la globalización son conceptos que aparecen entremezclados, a la vez que sus efectos son en gran medida interpretados como negativos. En la Argentina durante la presidencia de Mauricio Macri (2015-2019), los principales indicadores sociales muestran un aumento de la desigualdad aportando a la fragmentación social. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (www.indec.gob.ar), entre 2018-2019 se ensanchó de 17 a 20 veces la brecha de ingresos entre el 10% más rico y el 10% más pobre de la sociedad. Por otra parte, los datos oficiales indican que se amplió la desigualdad social, ya que el coeficiente de Gini subió de 0,417 a 0,434 entre los cuartos trimestres de 2017 y 2018. Esto no escapa de una dinámica global en la que América Latina se posiciona como la región más desigual del mundo: entre los 14 países más desiguales del planeta 6 son latinoamericanos (Honduras, Colombia, Brasil, Guatemala, Panamá y Chile).

Fragmentación de la morfología. El interés está puesto en la discontinuidad en la expansión urbana sobre el espacio, producto de los procesos de metropolización (De Mattos, 2001; Ciccolella, 2002; Borsdorf, 2003). Así se generan, por un lado, espacios sectorial-lineales de crecimiento en función de las nuevas vías de comunicación intraurbanas (autopistas en el caso latinoamericano) y del acceso al automóvil particular, donde comienzan a desarrollarse proyectos inmobiliarios destinados a estratos medios y altos. Por otro lado, se organizan espacios confinados, especialmente en terrenos fiscales o devaluados, en los que se asientan los sectores más carenciados de la sociedad, muchas veces sin conexión con la trama urbana. De este modo, el modelo tradicional de ciudad compacta muta hacia otro fragmentado (ville éclattée o ciudad difusa). Ascher (1995) lo denominó metápolis. Remite al protagonismo que toman en ella el flujo y la movilidad.

Las ciudades latinoamericanas, se constituyen hoy como los mayores exponentes de este fenómeno de difusión de urbanidad y crecimiento sin control aparente. En el Área Metropolitana de Mendoza (Argentina), por ejemplo, entre 2006 y 2016, el crecimiento interanual de población fue del 0,67% (por debajo del 1,12% de la media nacional para el periodo 2001-2010). En la misma fase la mancha urbana experimentó un crecimiento del 25,9% (Lanfranchi, G. y otros, 2017) Este modelo de ciudad expandida se encuentra a contramano de los objetivos de la Nueva Agenda Urbana que, si bien algunos de sus puntos han sido ampliamente cuestionados, supone un marco común para el desarrollo urbano sustentable. Este documento, firmado en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Vivienda y el Desarrollo Urbano Sostenible (Hábitat III), celebrada en Quito en 2016, sostiene la conveniencia de ciudades compactas por sobre los patrones de urbanización difusos o en fragmentos separados de la metrópoli. Esta recomendación se basa en que las ciudades compactas son más eficientes a la hora de prestar servicios, favorecen la densidad de relaciones sociales y, por ende, aumentan las posibilidades de la economía urbana, además de disminuir la segregación residencial, facilitando la mixtura social.

Fragmentación de las políticas. Varios factores conducen a una desintegración de las infraestructuras en redes, que favorecen la fragmentación de la estructura social y material de la ciudad (Coutard, 2002). Esta desintegración, por ejemplo, permite la adopción de conexiones de baipás, es decir estrategias en la definición y construcción de infraestructuras que buscan conectar a los “usuarios” y a los “espacios” valorizados o poderosos. Sin embargo, provoca que otros espacios menos importantes sean dejados de lado (construcción de vías y medios de transporte hacia sectores que han tenido un desarrollo inmobiliario importante en el último tiempo).

En la Ciudad de México, a partir del año 2001 el partido gobernante favoreció la puesta en marcha de megaproyectos de infraestructura vial y desarrollo urbano con una fuerte participación del capital privado (dispuso estímulos y exenciones fiscales a los inversionistas). Este proceso trajo como consecuencia la localización de la mayor parte de los emprendimientos inmobiliarios en los corredores urbanos construidos y/o mejorados, desplazando hacia la periferia metropolitana a los desarrollos de vivienda pública, careciendo de accesibilidad al centro y con una baja dotación de servicios públicos (Pradilla Cobos, 2004). Estas acciones, voluntariamente o no, conducen a una archipielización en el espacio de las ciudades (Navez-Bouchanine, 2002). En palabras de Castells (1996), se estaría en presencia del nacimiento de una sociedad en redes en la que la pobreza material importa menos que la pobreza de conexión, que limita la capacidad de las personas o los grupos sociales de ampliar su influencia en el espacio y en el tiempo. La noción de fragmentación está igualmente asociada a un proceso de creación de nuevas divisiones, en los que se despliegan nuevas políticas destinadas a atender a grupo sociales más desfavorecidos.

Fragmentación político-administrativa. Se utiliza ampliamente para señalar la ausencia de un órgano o autoridad metropolitana con injerencia en el total de la aglomeración. Es el caso de grandes metrópolis que albergan en su interior diferentes gobiernos locales (municipios) (Abba, 2010), en las que se puede examinar la configuración y el impacto (tanto en el campo teórico como en el empírico), de la fragmentación de los poderes estatales sobre la ciudad. Desde una perspectiva más técnica también se interesa por la gobernanza de la ciudad. Han sido importantes los trabajos comparativos entre metrópolis que presentan esta fragmentación del poder frente a otras que poseen un solo organismo administrativo, los cuáles muestran los efectos perjudiciales sobre el crecimiento urbano que genera esta segmentación (Terhorst y Van de Ven, 1997; Abba, 2010).

Fragmentación socioespacial

Las cuatro acepciones del término fragmentación recién presentadas han sido de utilidad a la hora de llevar adelante abordajes para entender la desintegración de las ciudades contemporáneas. Igualmente, es necesario presentar una quinta y última acepción, más integral, más compleja, quizá más abarcadora: la fragmentación socioespacial.

Con esta categoría se busca interpretar las interacciones entre lo social y lo espacial de manera general, conocer la localización/concentración de diferentes elementos que hacen a la morfología urbana, para finalmente interrogarse sobre el impacto de las transformaciones en la organización socio-económicas sobre la morfología.

Desde una perspectiva funcional y morfológica, la consolidación de un modelo de ciudad fragmentada (Janoschka, 2006) genera amplios procesos de transformación social y segregación, en simultáneo con la aparición de dispositivos que los materializan en el espacio. Estos procesos no suceden solo en grandes urbes como San Pablo, Ciudad de México o Buenos Aires, sino también en muchas otras áreas metropolitanas que adoptan muros, separaciones y vigilancia privada como instrumentos para organizar las diferencias del espacio urbano.

Fragmentación y fronteras en la ciudad

En los estudios de las fronteras en ámbitos urbanos pueden reconocerse dos líneas de análisis principales. Por un lado, se encuentra aquella que se centra en la distinción entre lo que puede considerarse urbano y rural (para una mayor comprensión se sugiere la lectura del apartado interface). Por otro lado, se pueden señalar, en una escala aún más acotada, las aproximaciones que analizan las rupturas internas que presentan las estructuras urbanas, considerando sus distintas naturalezas (políticas, económicas, religiosas, entre otras).

En ésta última, centrada en los ámbitos intraurbanos, puede afirmarse que reconoce a las ciudades contemporáneas como escenarios sociales cada vez más desiguales. Al intentar comprender la lógica de fragmentación socio-espacial se impone la necesidad de reelaborar categorías que permitan una nueva aproximación a estos procesos. Es así como surge la noción de frontera abordada desde los estudios urbanos. Esto se complejiza en el caso latinoamericano, con el surgimiento barrios de pobres espacialmente diferenciados de los ricos (Dalla Torre y Ghilardi, 2019).

En este sentido, y restringiendo el análisis a la diferenciación entre espacio público y privado de las ciudades latinoamericanas, aparece también la utilización de la categoría frontera. En el largo camino de modernización, los procesos de urbanización y suburbanización, donde la exclusión y la privatización han sido una constante, se han visto acompañados de otros fenómenos socioespaciales donde lo público y lo común se han convertido en una mera aspiración. Así, se asiste, en palabras del arquitecto español Pérez Humanes (2014), a “una experiencia de arresto urbano en la que el hombre contemporáneo empieza a comprobar que habitar la ciudad en la actualidad supone estar constantemente enjaulado, mientras intenta desesperadamente salvar cada vez más barreras” (p. 163).

No es posible dejar de lado la utilización del término frontera realizado por Neil Smith (2012) en diálogo con el proceso de gentrificación de algunos sectores de ciudades globales. Según este autor la gentrificación absorbe y retransmite el destilado optimismo de una nueva ciudad, la promesa de la oportunidad económica, la ilusión combinada del romance y la voracidad; es el lugar donde se crea el futuro. Estas resonancias culturales crean el lugar, pero el lugar aparece como una frontera debido a la existencia de una línea económica muy afilada dentro del paisaje urbano: “detrás de la línea, la civilización y el lucro se cobran su peaje; pasada la línea todavía campan la barbarie, la promesa y la oportunidad” (Smith y Hendel, 2012, p. 296).

En el caso de la Argentina se pueden destacar a diversos exponentes que desde el campo de los estudios urbanos o desde disciplinas como la geografía y la sociología han contribuido a la construcción conceptual de las fronteras urbanas. Es importante especificar que los trabajos producidos siempre tuvieron como objetivo demostrar la existencia y persistencia de procesos de desintegración y fragmentación urbana.

Un pionero fue Torres (2006), cuya labor se centró en el Gran Buenos Aires. Al recorrer su obra se descubre que no aborda directamente el concepto de frontera para el contexto metropolitano. En cambio, es posible reconocer su interés por cartografiar en el plano de la ciudad líneas que separan a grupos humanos con diferentes realidades socioeconómicas. En uno de sus trabajos (Torres, 1999) concluye que la suburbanización de las elites en la Argentina, son una versión degradada (con sus particiones, sus muros y sus torres de vigilancia) de las exópolis del Primer Mundo.

Hoy en día es común la aparición del concepto de frontera en los estudios sobre fragmentación del espacio urbano. Son varios los investigadores que han propuesto su utilización para poner de manifiesto aquellos elementos materiales que atraviesan las ciudades, o interrogarse de qué manera las representaciones sociales sobre ciertos espacios producen fronteras simbólicas o inmateriales. Es el caso de Vidal-Koppman (2002 y 2005), quien hace hincapié en la categoría de frontera en relación con la movilidad espacial. Asimismo, destaca que en los conceptos de fragmentación y de segregación está presente la temática de las fronteras, ya que trasponerlas implica movilidad. Segura (2006) sostiene que todas las fronteras son separación y unión al mismo tiempo. En este sentido, afirma que en torno al análisis de las fracturas de nuestras ciudades deben tenerse en cuenta cómo se ordenan y jerarquizan las dos características de toda frontera: la separación y la unión.

Barrios cerrados, fragmentación y fronteras

Desde mediados de la década de 1980 se desarrollaron en Latinoamérica emprendimientos inmobiliarios cuya particularidad era la construcción de un cierre perimetral que los separaba del resto de la ciudad. Barrios privados, urbanizaciones cerradas y countries fueron los generadores de fronteras materiales, bajo la forma de un muro o muralla. En palabras de Caldeira (2007) estos enclaves fortificados confieren estatus. La construcción de símbolos de estatus es un proceso que consolida las diferencias sociales y crea medios para la afirmación de la distancia y la desigualdad. Los enclaves son literales en su creación de separación. Están claramente demarcados por todos los tipos de barreras físicas y artificios de distanciamiento y su presencia en el espacio de la ciudad es una evidente afirmación de la diferencia con el otro. Ofrecen una nueva manera de establecer fronteras entre grupos sociales, creando nuevas jerarquías entre ellos y, por lo tanto, organizando explícitamente las diferencias.

Figura 1
La Ciudad Fragmentada

figura 1- fragmentacion

En la imagen, se observa el crecimiento desigual de la periferia del Área Metropolitana de Mendoza, Argentina. Mientras las clases populares se localizan en el sur de la aglomeración en barrios de operatoria estatal (La Estanzuela y Obras Sanitarias), las inversiones en infraestructura vial (Autopista Corredor del Oeste) favorecen desarrollos inmobiliarios de tipo privado (Palmares). El muro de emprendimiento residencial privado y la autopista consolidan las división social y territorial.
Fuente: Elaboración del autor.

En síntesis, la ciudad latinoamericana ha alcanzado una nueva fase de su desarrollo, caracterizado por la intensificación de la segregación social, la dispersión de elementos de la estructura urbana y una tendencia consolidada hacia una fragmentación del patrón urbano. Esta última ha sido constatada desde las más diversas perspectivas disciplinarias, y empieza a generar diferentes estilos de vida aislados, lo cual tiene repercusiones directas en la vida comunitaria urbana. De esta manera, se vislumbra un proceso continuo y cada vez más intenso que erosiona una de las cualidades centrales de la vida urbana: la posibilidad de la alteridad, que permite construir un “nosotros” o formar una comunidad por encima de cualquier división territorial y socioeconómica.

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