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45 Muro

Marcela Tamagnini

Muro viene del latín murus, que significa pared exterior. Las definiciones más comunes lo relacionan con paredes gruesas de albañilería con las que se cierra, divide o delimita un espacio. Vinculado con el mundo de la construcción edilicia, se habla también de “muros de contención”, que retienen las aguas o tierras de una pendiente, o de “muros de defensa”, que evitan los procesos de erosión o desborde hídricos. También, puede ser utilizado como sinónimo de tapia y muralla.

Muchas veces, los muros fueron construidos para proteger un lugar de los ataques de otros, razón por la cual el término se vincula con la necesidad de defenderse de los enemigos. En ese contexto, el sentido del término muro se proyecta en construcciones de diferente tipo, que van desde las empalizadas, vallas y murallas que defendían las ciudades antiguas a las modernas fronteras inteligentes, que pueden consistir en un simple alambrado monitoreado por cámaras digitales. Castillos, baluartes, fuertes, fortines, fosos y zanjas complementan esta variedad de obras defensivas.

Este capítulo prestará atención a los muros y otras expresiones próximas. El texto se estructura en cuatro secciones. En la primera sección se hará una referencia general a la presencia de muros a través de la historia. En la segunda sección se examinan algunas cuestiones referidas a los muros, como forma física que asumen muchas fronteras. En las últimas dos secciones se ofrecen algunos ejemplos emblemáticos, para considerar finalmente su materialización en Latinoamérica y Argentina.

Muros a través de los tiempos históricos

Estos constructos han sido la base material de viejas y nuevas fronteras. No es sin embargo tarea sencilla situar los orígenes de las primeras obras destinadas a la protección o resguardo de un espacio determinado. La arqueología prehistórica ofrece algunas respuestas, ya que ha puesto en evidencia que en los lejanos tiempos paleolíticos hubo prácticas violentas de las que era necesario defenderse de algún modo. No obstante, las construcciones para viviendas más antiguas de las que hay registro no habrían contado con dispositivos específicos para tal fin (empalizadas o fosos). Fue recién durante la Edad de los Metales cuando los contendientes se dotaron de armas más mortíferas, se definieron con claridad los territorios de los distintos grupos, pero también los conflictos de fronteras o áreas de influencia (Guilaine y Zammit, 2002; Eiroa, 2003).

De igual modo, los pueblos prehispánicos que habitaron en el continente americano habrían tenido algunos mecanismos de reconocimiento de las superficies que ocupaban, aunque, por lo general, sus límites no tenían bordes precisos. Tanto los incas como los aztecas poseían demarcaciones territoriales que, con sus diferencias obvias, podían acercarse al sentido de las fronteras actuales. En cambio, los autores que abrevan en el materialismo histórico insinúan que el surgimiento de las fronteras debe ser vinculado con la acumulación primaria que deviene de la propiedad de los medios de producción. En términos de Marx ([1867] 2000), la producción es la que determina o crea el espacio. Por ella, el capital espacializa los productos, la circulación, el consumo, la urbanización. De modo que las fronteras y el lugar de las “cosas” serían intrínsecas al modo de producción y, por lo tanto, a la división social y técnica del trabajo.

Sea cual fuere la postura que se adopte respecto a los orígenes de los muros que se vuelven fronteras, es necesario tener en cuenta que espacio y tiempo son elementos dinamizadores que, a su vez, ponen en tensión permanente cambios y continuidades. Las características constructivas de los muros dependen, así, del bagaje de conceptos, criterios, estrategias y equipamiento técnico de cada sociedad y momento histórico.

En la actualidad –y sobre todo a partir del estallido de las Torres Gemelas en 2001- las concepciones tradicionales sobre la construcción de fronteras han sufrido cambios notables. Sin embargo, el muro como máxima expresión de esa materialidad defensiva parece no desaparecer.

Levantar muros y fortificaciones

 Más allá de su carácter efímero o durable y del alto costo económico y humano que implica, la forma física que asume cualquier frontera artificial es el resultado de la materialización de proyecciones políticas, emotivas y culturales de una sociedad. Ella dice mucho sobre los individuos que la pensaron y construyeron, sus miedos, temores y ambiciones. Su construcción tiene así un valor que va más allá de lo puramente militar y defensivo, ya que lo que está en juego es cómo se configuran las relaciones con otra sociedad. Metafóricamente, los muros sirven así para prevenir la contaminación que puede producir el mestizaje y la aculturación (Blengino, 2005).

La erección de muros que hacen las veces de fronteras artificiales reconoce dos momentos: la delimitación y la demarcación. La delimitación consiste en planificar y bosquejar sobre el papel. Se trata de un saber específico que, en términos militares, podría traducirse en la inteligencia necesaria para la instalación de hitos territoriales. El segundo momento es el que más se vincula con la materialidad constructiva ya que requiere del establecimiento de signos visibles sobre el terreno.

Antiguamente, su puesta en acto requería atender a las condiciones del suelo, la disponibilidad de materiales constructivos y su resistencia al paso del tiempo, la altura de los muros, la superficie que debía tener cada dependencia para poder albergar a los individuos que la defendían, las reservas de agua con las que era posible soportar un ataque o corte de suministros, el acceso a los flujos de alimentos y su almacenamiento, la ubicación de otras dependencias (capillas, ranchos, etc.). También se debía pensar en las soluciones de acceso, como la ubicación de puentes y puertas que permitían evitar los embates del enemigo y el establecimiento de fosos (húmedos o secos) que rodeaban las murallas (Gil Crespo, 2019).

Muro como emblema: algunos ejemplos

Los ejemplos de construcciones defensivas o barreras físicas que separaron y separan pueblos, países y familias son numerosos. Entre los más antiguos se encuentra el muro de ladrillos de Sesostris en Egipto y el muro medo que iba del Éufrates al Tigris y diferenciaban Babilonia de Mesopotamia. En el siglo VIII AC, los chinos comenzaron a construir su Gran Muralla -hoy conocida como una de las siete maravillas del mundo antiguo- para defenderse de los ataques de los pueblos nómades de Manchuria y Mongolia.

Posteriormente, se destacan las murallas de Adriano, César, Septimio Severo y Trajano, destinadas a defender los confines del imperio romano de los bárbaros. Más cerca en el tiempo, se pueden mencionar las murallas de Aviñón, mandadas a construir por los papas cuando se establecieron en esa ciudad francesa.

Dentro de sus expresiones más contemporáneas se pueden mencionar, entre otros:

  • el muro de Berlín, que entre 1961 y 1989, dividió a Alemania en dos,
  • las concertinas o alambres con cuchillas en territorio magrebí,
  • las Líneas de Paz de Belfast en Irlanda del Norte, que separan católicos y protestantes,
  • la zona desmilitarizada de las dos Coreas,
  • la alambrada que en Chipre divide a los grecochipriotas de los turcochipriotas,
  • las placas, zanjas, vallas y alambrados que separan Israel de Palestina,
  • la Línea de control entre India y Pakistán,
  • el muro de acero sobre el Río Grande entre Estados Unidos y México, etc.

Por su estatus de caso paradigmático actual, un párrafo especial merece esta última muralla, que fue uno de los ejes de la campaña electoral durante 2016 del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump (cuyo primer mandato inició en 2017). Con una extensión proyectada de más de 3.000 km este muró comenzó a ser levantado en 1994 con planchas metálicas que la potencia norteamericana había utilizado en la Guerra del Golfo (1991) para construir pistas de aterrizaje en el desierto. Su objetivo es frenar el ingreso ilegal de extranjeros a una de las mayores economías del mundo. Su resultado es el aumento del número de muertes de indocumentados que buscan cruzar la frontera en los tramos donde aún no hay barreras físicas artificiales.

Muros en América Latina

La historia de América Latina también ofrece ejemplos sobre la centralidad de las construcciones defensivas en los procesos fronterizos. En la disputada región de la Banda Oriental los españoles no solo debieron atender a la configuración de fuerzas y ejércitos, sino también construir fortificaciones permanentes como los fuertes de San Miguel (1737), Santa Teresa (1762) y Santa Tecla (1774) (Narancio, 1992). Debían ser capaces de soportar asaltos ejecutados por tropas regulares de las tres armas, además de poder enfrentar sitios sin esperanza de un pronto socorro.

En su lucha contra los indígenas, los españoles también apelaron a la construcción de un conjunto de fuertes, fortines y fuertecillos ordenados en línea. Estas fortificaciones estaban destinadas a asegurar el tránsito por los caminos que garantizaban el abastecimiento de los poblados o a frenar los ataques sobre áreas de interés minero. Los ejemplos más tempranos de estas fortificaciones datan del siglo XVI: la frontera chichimeca con la dupla presidio/misión (Cisneros Guerrero, 1998) y los fuertes que fijaron la frontera con los mapuches en el Biobío, en la Capitanía General de Chile (Pinto Rodríguez, 1996).

En el siglo XVIII esta última frontera se extendió por el territorio pampeano, dando origen a una línea militarizada de más de 1.000 kilómetros, que arrancaba en proximidades del Atlántico, atravesaba todo el oeste de la actual provincia de Buenos Aires, se deslizaba por el sur de Santa Fe, sur de Córdoba y San Luis, para rematar en la entrada al Valle de Uco en Mendoza. La misma política defensiva se aplicó más al norte, en el territorio del Gran Chaco, donde se construyeron fortines que perduraron hasta mediados del siglo XX.

Esas construcciones defensivas eran de carácter rudimentario, ya que debían resistir los embates de corta duración de una caballería irregular que no contaba con armas de fuego. A ello se agrega que, especialmente en la región pampeana, los materiales disponibles para la construcción eran cañas, ramas y adobes caracterizados por su precariedad y escasa durabilidad. Por otra parte, el propósito de adelantar la frontera debió incidir en el carácter provisorio de estas fortificaciones, pensadas para ser abandonadas en el corto plazo (Olmedo, 2009; 2014; Rocchietti y Tamagnini, 2007; Rocchietti et al, 2013; Olmedo y Tamagnini, 2019). Sin embargo, tuvieron larga duración porque la frontera militar se extendió hasta la ejecución de la denominada Conquista del Desierto que en 1878-1879 desplazó a los indígenas del territorio pampeano y norpatagónico.

Réplica del Fuerte de la Punta del Sauce en la que se puede apreciar el diseño
romboidal de los baluartes

fuerte Carlota-imagen dron

Fuente: Secretaría de Cultura, Municipalidad de La Carlota, provincia de Córdoba, Argentina.

Por su particularidad, un párrafo especial merece la denominada Zanja de Alsina. Fruto de un proyecto esbozado por Adolfo Alsina, ministro de Guerra de la Argentina entre 1872 y 1877, tenía por propósito consolidar la frontera indígena sobre el río Colorado y después avanzar gradualmente hacia el sur hasta llegar al río Negro. La misma se materializó en un largo y costoso foso de 610 kilómetros –de los cuales alcanzaron a construirse 370- hecho a pico y pala, desde el Atlántico hasta la Cordillera, conectando los fortines entre sí. Sus defensores consideraban que ese extenso foso-zanja (de 2 metros de profundidad, 3 metros de ancho y un parapeto hecho con la tierra extraída de 2 metros de alto por 4,50 metros) no era un obstáculo insuperable, pero podía retardar la marcha de los malones al demorar el tránsito del ganado, dándole tiempo a los soldados para perseguirlos, recuperar el botín y neutralizarlos (Alsina, 1977).

Es curioso que tanto los sostenedores como los detractores del proyecto de Alsina trazaran una analogía entre la zanja y la Muralla China, considerando que ambas representaban la lucha de los sedentarios contra los nómades, los civilizados contra los bárbaros, la modernidad contra la prehistoria. Mientras el propio Alsina insistía en los aspectos concretos y prácticos de la empresa, sus contrarios comparaban burlonamente los precarios parapetos de tierra con la solidez de la gigantesca muralla. Consideraban también que aquello que definían como una “muralla china cabeza abajo” era una obra absolutamente anacrónica ya que los “soldados de la civilización no necesitaban parapetos” (Blengino, 2005).

La sorpresiva muerte de Alsina hizo que la anacrónica zanja defensiva rápidamente se transformara en ruinas. Roca y su campaña militar pusieron fin a los nómades del Desierto. Sin embargo, cercas electrificadas, murallas y muros han demostrado su capacidad de reinventarse y traspasar los anacronismos, perpetuando fronteras que ahora separan a pueblos, sociedades y familias que nada tienen que ver con el conflicto entre nómadas y sedentarios.

Bibliografía

Alsina, A. (1977). La nueva línea de fronteras. Memoria especial del Ministerio de Guerra y Marina. Año 1877. Buenos Aires: Eudeba.

Blengino, V. (2005). La zanja de la Patagonia. Los nuevos conquistadores: militares, científicos, sacerdotes y escritores. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Cisneros Guerrero, G. (1998). Cambios en la frontera chichimeca en la región centro-norte de la Nueva España durante el siglo XVI. Investigaciones Geográficas 36, 57-70.

Eiroa, J. (2003). Nociones de prehistoria general. Barcelona: Ariel.

Gil Crespo, I. (2019). Los proyectos de fortificación de La Habana de 1855 y 1861. III Congreso Internacional Hispanoamericano de Historia de la Construcción Ciudad de México, vol. I, 409-420. México: GRACEL.

Guilaine, J. y Zammit, J. (2002). El camino de la guerra. La violencia en la prehistoria. Barcelona: Ariel.

Marx, K. ([1867] 2000). El Capital. Crítica de la economía política. México: Fondo de Cultura Económica.

Narancio, E. (1992). La independencia de Uruguay. Madrid: Editorial Mapfre.

Olmedo, E. (2009). Militares de frontera. Fuertes, ejércitos y milicias en la Frontera Sur de Córdoba (1852-1869). Río Cuarto: Editorial de la Universidad Nacional de Río Cuarto.

Olmedo, E. (2014). Los militares y el desarrollo social. Frontera sur de Córdoba (1869-1885). Buenos Aires: Aspha Ediciones.

Olmedo, E. y Tamagnini, M. (2019). La frontera sur de Córdoba a fines de la Colonia (1780-1809). Guerra, saber geográfico y ordenamiento territorial. Revista Fronteras de la Historia, 24, (1), 36-72.

Pinto Rodríguez, J. (ed.). (1996).  Araucanía y Pampas. Un mundo fronterizo en América del Sur, Temuco: Ediciones de la Universidad de la Frontera.

Rocchietti, A. y Tamagnini, M. (2007). Arqueología de frontera. Estudios sobre los campos del sur de Córdoba. Río Cuarto: Departamento de publicaciones e imprenta de la Universidad Nacional de Río Cuarto.

Rocchietti, A. M; Olmedo, E y Ribero, F. (2013). Arqueología de la frontera. Los vestigios de una sociedad de las pampas argentinas. Buenos Aires: Aspha.



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