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14 Conquista

Julio Esteban Vezub

La definición de la Real Academia Española ofrece la trama conceptual en que se inscribe conquista, cuya etimología proviene del latín conquisitāre, de conquisītum, “ganado” (https://dle.rae.es/conquistar). En la explicación del significado aparece la red de palabras claves: ganar, mediante operación de guerra, un territorio, población, posición, etc. También se advierte su relación con “imperio”, la acción de imperar o mandar, “el conjunto de Estados o territorios sometidos a otro”. Y con “soberanía”, aunque no en todos los casos históricos la conquista se traduzca en dominación, o poder perdurable.

¿Cómo se vincula “conquista” con la categoría de frontera, ampliamente entendida? Si la primera guarda una relación original con el “ganado”, su relación histórica con la “frontera” estaría insinuada en el desarrollo de la agricultura y la colonización, ya que “colono” proviene del latín colōnus (labrador), de colĕre, “cultivar”.

Al igual que el conjunto del glosario, esta entrada se organiza en torno a frontera. Ello destaca el fuerte componente territorial que se propone con este abordaje histórico y comparativo de la evolución del concepto de conquista que, además de su relación privilegiada con la guerra, dialoga, entra en tensión o está en serie con otros que están presentes en este libro: colonización, demarcación, conflicto, diplomacia, estado, geopolítica, interior, muro, y territorialidad.

Este capítulo se divide en cuatro secciones. En la primera, se repasará la historia del significado de “conquista” y su relación con la guerra. En la segunda sección, se revisarán los casos del continente americano. En la tercera, se atenderá a la doctrina del derecho de conquista desde el siglo XVII, y a su transformación en el estado moderno y la época del imperialismo. Por último, se plantearán una serie de desafíos conceptuales y metodológicos para la comprensión de los procesos de conquista y frontera con base en los estudios comparativos y las historias conectadas.

Guerras de conquista a través del tiempo

De lo anterior se desprende la relación de “conquista” con el “poder” de una fuerza exterior, conforme a Deleuze y Guattari (1988), así como el anclaje territorial del concepto. Una conquista puede presuponer o no la existencia de una frontera, ya sea en su sentido tradicional, como límite, o como área social compartida y en disputa. Para Clausewitz (2005) la conquista de territorio podía ser un objetivo, o bien, una meta táctica para derrotar un enemigo, desgastarlo y debilitarlo, causándole daño en un sentido general, sin perseguir la ocupación ni la colonización. Se debe diferenciar conquista de invasión, si se entiende la segunda como la ocupación del territorio enemigo, no para permanecer, sino para exigir una contribución o devastarlo. La conquista sería entonces la obtención de aquello que no se dominaba. Este autor advirtió que, hasta las guerras napoleónicas en las que participó en persona, todas las campañas terminaban igual: el ejército victorioso buscaba conquistar un punto donde pudiera mantenerse en estado de equilibrio, si es que no se retiraba.

Una primera distinción requiere identificar el objetivo de las guerras de conquista entre los nómadas, que apuntaba a expoliar poblaciones antes que territorios, ya que la cautividad y el botín eran su fin. Deleuze y Guattari escribieron que los nómadas inventan una territorialidad que se apoya en la tributación de bienes muebles. Aunque la conquista estatal también incluirá esta lógica, y el dilema del nómada será qué hacer con las tierras conquistadas, si “abandonarlas al desierto”, o “dejar que subsista un aparato de Estado capaz de explotarlas” (Deleuze y Guattari, 1988, p. 418). Según Keegan (1995), para los antropólogos, el desplazamiento territorial es el factor subyacente a todas las guerras primitivas, que serían carentes de objetivo político.

Conforme a Keegan (1995), hay una relación estrecha entre los protagonistas de la guerra de conquista con la caballería, y como se vio, el nomadismo y la ganadería. La dificultad de movilización de los pueblos agricultores estaría en la base de la asociación entre campesinado y fortificación. La Gran Muralla se construyó como una frontera móvil que conectaba murallas locales levantadas para proteger estados embrionarios. Este modelo de frontera científica de la China del siglo III a J.C. buscaba una línea de estabilidad entre las tierras cultivables y el pastoreo bárbaro. Los sumerios fueron la primera civilización donde se habrían llevado adelante campañas a larga distancia, para obtener madera de cedro en el 2700 a J.C. Más cerca en el tiempo, en Latinoamérica, esta lógica encontró eco en el caso de la Zanja de Alsina que se construyó en las pampas rioplatenses de 1870, una fosa fortificada que se extendía cientos de kilómetros, y que fue considerada como defensiva por los partidarios de conquistas más ambiciosas como Julio Argentino Roca, que reemplazó a Adolfo Alsina en el ministerio de Guerra y Marina, y que sería presidente de la Argentina en 1880.

Fueron los romanos quienes consagraron el modelo imperial de adquisición y colonización de tierras por conquista, siendo esto más relevante que la obtención de esclavos o el botín. Keegan señala la existencia de una relación estrecha entre la tecnología y el modo de conquistar característico de cada sociedad. Explica además que la crueldad con que los romanos practicaban la guerra se debía a que no concedían dignidad cívica a sus enemigos. No obstante, la restricción relativa de su método imperialista estaría dada por la racionalidad económica de la colonización, y el carácter regular y burocrático del ejército de Roma. 

Los árabes, que emprendieron las mayores conquistas después de Alejandro Magno, le agregaron a la guerra el factor ideológico propio de la Guerra Santa, que del islamismo pasará a la Europa cristiana al entender la conquista como sumisión a la fe. Como civilización hegemónica los árabes también practicaron la restricción bélica, dentro de la comunidad de fieles. Pero no pudieron defenderse frente al Occidente cristiano. Este se trataba de un enemigo que se había liberado de todas las limitaciones rituales y morales para afrontar la guerra. Un enemigo con el que no se podía llegar a acuerdos, que había heredado de los griegos el combate a muerte cuerpo a cuerpo. La civilización de las Cruzadas será alocéntrica, ya que su centro simbólico, Jerusalén, será exterior al territorio europeo, y estará sometido a una civilización rival (Todorov, 2003).

La reconquista de Granada y Andalucía le aportaría a la Castilla medieval un terreno de experimentación colonial, que al igual que a Inglaterra con Irlanda, capitalizaría en América. Como empresa militar y religiosa, la reconquista de la península ibérica fue una guerra por botines, tierra y vasallos, que involucró migraciones masivas a medida que la Corona otorgaba concesiones a los nobles, las órdenes militares religiosas, y los ayuntamientos. Después de la orientación comercial de los portugueses de los siglos XV y XVI, un imperio ultramarino que hilvanaba fortalezas y factorías costeras en África y Asia, los españoles construirían en América un imperio de conquista y poblamiento. Entre otros motivos, esto fue así porque la explotación de los recursos minerales demandaba controlar el territorio, y las características de las sociedades indígenas, diferentes de las asiáticas y las africanas, habilitaba ese tipo de dominación que combinaba patrocinio estatal e iniciativa privada (Elliot, 2006).

Conquista de y en América

Desde que Fredrik Barth publicó Los grupos étnicos y sus fronteras (1976) forma parte del consenso antropológico reconocer que las identidades culturales se construyen en el marco de relaciones de contacto y contraste con otros, ya sea que estas relaciones sean de intercambio, colaboración, o conflicto. Esta idea del contacto y la fricción con la alteridad fue clave para comprender el modo en que se modificó la historiografía sobre la conquista de y en América.

A partir de esa premisa se puede entender mejor que las potencias europeas del siglo XVI hayan reconocido a la conquista como un modo legítimo de apropiarse de tierras habitadas por pueblos no cristianos, incivilizados, o a los que consideraban atrasados. La bula del papa Alejandro (1493) estableció que toda geografía que no estuviera en posesión de un monarca cristiano era territorium nullis y, por lo tanto, estaba disponible. Sin embargo, la justificación predominante no será el descubrimiento, sino los derechos por conquista o cesión del territorio indígena. Este principio será ratificado por la jurisprudencia de los Estados Unidos en las décadas de 1820 y 1830.

La doctrina exigía constatar una ofensa para que una guerra entre europeos fuera legítima. Las monarquías del siglo XVI no se preocuparon por discutir si este principio era aplicable a los aborígenes. Aunque el dominicano, jurista y teólogo de la Universidad de Salamanca Francisco de Vitoria, sostuvo en 1539 que las comunidades amerindias tenían derechos naturales a la soberanía, y que los cristianos tendrían derechos morales o legales de conquista en los casos de resistencia al accionar misionero. Difundir el cristianismo fue la primera justificación para adquirir imperios ultramarinos, así como un fundamento para hacer la guerra a los infieles en beneficio de éstos. Impartir la fe era una obligación del conquistador. De este modo, la conquista de América adquiere el carácter de guerra santa que habían tenido las Cruzadas. Si los indígenas eran incapaces de administrarse, eran inferiores, o carecían de leyes y artes, los reyes podían tutelarlos. Fue recién a fines del siglo XIX cuando los europeos vieron la necesidad de justificarse, y las ideas de los naturalistas como en Vitoria proveyeron bases antiguas para el nuevo marco ideológico del imperialismo (Korman, 1996).

Según Todorov (2003), “conquista” era el nombre que se daba en el México del siglo XVI a la guerra, que enfrentó a una sociedad invasora, despojada de restricciones bélicas, con la modalidad ritualizada de combate de los mexicas, orientada a la captura de prisioneros, sin que la guerra fuese una amenaza para sus fronteras hasta la llegada de los europeos. Será a partir de 1970 cuando una serie de interpretaciones prefiguren lo que será el cuestionamiento de la conquista que se reforzará con el quinto centenario del primer viaje de Colón. De Certeau (1993), Todorov (2003), y Wachtel (1976), entre otros y con diferencias, propusieron lecturas históricas desde el estructuralismo, la semiótica y la teoría de la comunicación, indagando el trauma, las resistencias, la conquista como acontecimiento imprevisible para los vencidos, la manera en que se explicó mediante presagios y profecías, y la colonización como práctica de poder.

Otras contribuciones como la de Stern (1986), centradas en Perú, y en regiones periféricas del mundo andino sudamericano como la Araucanía, pusieron en tela de juicio la absolutización de la “leyenda negra” de la conquista española, mostrando que la propagación de los relatos de explotación y sojuzgamiento sin aristas había sido fomentada por las compañías comerciales holandesas y británicas del siglo XVII. La renovación historiográfica proporcionó explicaciones que estuvieron más atentas a la complejidad del proceso de conquista, que abrevaron en la idea de alteridad a la que se refería al inicio de esta sección. Así, se revisaron reconstrucciones históricas como la de Wachtel (1976), de mucho interés, pero que pocos años antes todavía analizaban el contacto con los europeos como una desestructuración social total.

Estos nuevos enfoques indagaron las diferentes estrategias de los pueblos de América para hacer frente al desafío de la conquista, qué consecuencias tuvo para ellos, para los colonizadores, y para la nueva sociedad que se creó. Ofrecieron así una visión más compleja, que permitió entender que hasta fines del siglo XVIII, al menos la mitad del territorio reclamado como propio por España y Portugal permanecía sin conquistar (Weber, 2005). Esto será importante para retomar en la propuesta conceptual, ya que evidencia que “América” solo podía ser concebida como una totalidad desde una perspectiva europea.

A los fines de comprender la evolución histórica del concepto y las prácticas de conquista son de mucha ayuda los enfoques comparativos. Elliot (2006) señala que la caracterización del imperio español como “de conquista”, y del británico como “de comercio”, es una generalización que elude la diversidad de poderes colonizadores, y la multiplicidad de sociedades que se conformaron en territorios aislados y con demografías muy diferentes. Las comparaciones deben considerar también la variable temporal, ya que la conquista y colonización comenzó en períodos muy diferentes, la española en las primeras décadas del siglo XVI, y la inglesa en los comienzos del XVII. Junto con los cambios imperiales, acontecimientos como la reforma religiosa, y las transformaciones del pensamiento político y económico, tuvieron profundo impacto. Mientras que los ingleses contaron con el ejemplo español a su favor, estos adoptaron nociones coloniales de aquellos durante el siglo XVIII.

En la tradición española, conquistar era asentarse, poblar y colonizar, transformando la posesión nominal en posesión real mediante la transferencia del imperio de Moctezuma a Carlos V. Si la hueste de Hernán Cortés (1519) estuvo integrada por soldados profesionales con experiencia en saqueo, exploración, y trueque; la colonia de Virginia, encabezada por Christopher Newport (1607), organizada por una compañía londinense, estuvo integrada por artesanos, carpinteros, y una proporción significativa de caballeros. En uno y otro caso se trató de aventureros, armadores de barcos, mercaderes, militares y corsarios. El término colono no se utilizó en ninguno de los dos imperios hasta el siglo XVIII. Los reinos bajo posesión de Castilla se consideró que estaban habitados por conquistadores, y los ingleses por plantadores. Conquistar y poblar fueron metas iniciales en los dos casos.

Estado moderno, derecho de conquista, y época del imperialismo

Frederick Jackson Turner (1991), historiador que acuñó la versión imperialista del concepto de frontera en 1893, escribió que el comercio se desarrolló simultáneamente con el descubrimiento de América. Planteó que el factor comercial está en las bases del fenómeno de las guerras de conquista con el mercader como actor principal, incluso adelantándose a la avanzada militar, aunque esta relación entre ambos tipos de práctica no signifique identidad ni similitud.

Mucho antes de Turner, fueron los doctrinarios del derecho internacional quienes se plantearon la legitimidad de las guerras de conquista, y en qué condiciones eran justas. A principios del siglo XVII, Hugo Grocio reconoció el título de guerra como un derecho sobre el territorio y, aunque consideró que era loable abstenerse de ejercerlo sobre el vencido, admitió que la práctica estatal sostenía la existencia de facto del derecho de conquista para adquirir soberanía. Grocio se preguntó también por los derechos sobre los conquistados, respondiendo que eran absolutos e ilimitados, y que el derecho de naciones permitía matar o esclavizar a cualquier persona capturada en territorio enemigo, incluyendo mujeres y niños. En 1758, Emmerich de Vattel escribió, en The Law of Nations, que “las naciones siempre han estimado la conquista como un título legal que raramente ha sido cuestionado” (en Korman, 1996, p. 7).

Los estados modernos se fundan y se originan en el derecho de conquista, territorial y poblacional. Pese a sus contradicciones, ya que el derecho internacional se basa en la soberanía de los estados, este ha sido el principio vigente hasta el debut del siglo XX, cuando no se distinguía entre causas justas o injustas. Fue recién después de la Primera Guerra Mundial y la Liga de las Naciones cuando se prohibió la anexión de territorios por conquista, aunque este principio no tuvo aplicación retroactiva. Según Korman (1996), el derecho de conquista ha diferido según se tratase de regular las relaciones entre estados europeos, o entre éstos y comunidades políticas en estado de barbarie. En el primer caso, la guerra ha sido vista como un instrumento que permitía punir y reparar derechos, mientras que en el segundo no rigió ese principio de igualdad ante la ley.

La misión civilizadora del hombre blanco hizo que la dominación colonial se concibiera como inevitable. Para el pensamiento evolutivo, la ganadería era un estadio inferior respecto de la agricultura, lo que remite a la etimología, que asocia la primera tecnología con la conquista, y la segunda con la colonización. Fue en 1845 cuando se señaló por primera vez el destino manifiesto de la expansión a expensas de los indígenas en los Estados Unidos, fundamentado en el uso prioritario del suelo para el cultivo, y el imperio del orden y la ley conforme al liberalismo. En este panorama los pequeños imperialismos sudamericanos no fueron excepcionales, y sus élites replicaron el modelo de conquista de lo que consideraban sus fronteras internas. Dirá Juan B. Alberdi (1979, pp. 55-59), uno de los autores de la Constitución Nacional argentina: “La guerra de conquista supone civilizaciones rivales. Estados opuestos: el salvaje y el europeo, v. gr. Este antagonismo no existe; el salvaje está vencido: en América no tiene dominio ni señorío. Nosotros, europeos de raza y civilización, somos los dueños de América”, y “la planta de la civilización no se produce de semilla. Es como la viña: prende de gajo”.

La conferencia de Turner ante la American Historical Association en Chicago, 1893, instituyó la teoría de la conquista estatal moderna al plantear la avanzada del hombre blanco y la civilización sobre una superficie de tierras abiertas. Turner propuso una visión dinámica de la frontera, como espíritu innovador, que prácticamente la convierte en un sinónimo de conquista. Tal como lo advirtió Weber (1991), Turner fue impreciso definiendo los conceptos, usando “frontera” como representación de “lugar”, de “proceso”, y también de “condición”.

Turner escribió que “cada una de estas líneas [de frontera] se conquistó con una serie de guerras contra los indios” (1991, p. 17). Parece haber leído a Domingo F. Sarmiento (1845), ensayista romántico, político y militar que sería presidente de la Argentina entre 1868 y 1874. La misma idea de vacío animó la dialéctica sobre el antagonismo con la barbarie en el análisis del norteamericano. Conforme a la perspectiva de Turner, la conquista del Gran Oeste era el gran motor de la civilización, y a su vez, la génesis del mito imperialista al colocar la voluntad de la nación en el exterior, o en fronteras que al desplazarse se interiorizaban. Hay algo del Manifiesto comunista en su ensayo sobre las fronteras, y el modo en que “las fuerzas desintegradoras de la civilización entraron en las desoladas praderías” (21), aunque permita entender que las campañas de conquista trabajaban sobre un terreno social previamente allanado por el colono, el farmer, y el mercader.

Cecil Rhodes, el adalid de la colonización británica de África, exclamó que se “apoderaría de los planetas si pudiera”. Hannah Arendt citó este eslogan como epígrafe de la parte relativa al “imperialismo” en Los orígenes del totalitarismo (1987, p. 203), ya que veía que esta fase de la historia de la humanidad estaba animada por una idea central, que tiene a “la expansión como objetivo permanente y supremo de la política” (Arendt 1987, p. 208). Esta es la concepción a la que estará asociada la conquista desde fines del siglo XIX, aunque Arendt dude del estado nación como forma de gobierno adecuada para el crecimiento territorial ilimitado por las resistencias que provoca en los pueblos conquistados, sin prestar atención a las proyecciones optimistas que planteaba Turner.

Desafíos conceptuales e historias conectadas

Sintéticamente, se subrayan dos aspectos de la definición de conquista, y es que ésta se ejerce sobre poblaciones y territorios. Se desprende de este repaso la necesidad de revisar históricamente si la conquista siguió siendo movilizadora en el apogeo del estado nación, y qué sucede ante su crisis actual como forma de dominación. Los imperios español y portugués apenas controlaban la mitad del territorio que proclamaban que les pertenecía, mientras que regiones extensas del continente permanecieron en la autonomía. Se debe distinguir entonces entre los procesos de anexión y colonización de Antiguo Régimen, de los que se dieron posteriormente en marcos nacionales y republicanos, atendiendo a la variable espacial que durante el siglo XIX era considerada tierra adentro, o las fronteras internas de las jurisdicciones estatales en formación, ya fueran provinciales o nacionales.

América no puede pensarse como una totalidad, pero desde la perspectiva de las élites nacionales que encabezaron los procesos de expansión decimonónicos, las conquistas de las pampas, Patagonia, Araucanía, Atacama, o el sertón en el nordeste de Brasil, fueron vistas como un proceso único de 400 años sin solución de continuidad. Estanislao Zeballos, uno de los principales impulsores de la “Conquista del Desierto” en la Argentina, en 1878 pronunció:

Estamos en la cuestión Fronteras como en el día de la partida: con un inmenso territorio al frente para conquistar y con otro más pequeño a retaguardia para defender (…) Es la herencia recibida de la Madre Patria, que conservamos fielmente. (p. 55)

Salvo los discursos de legitimación, la conquista americana no puede ser historiada como una experiencia continua, ni desde el punto de vista del espacio ni del tiempo, ni mucho menos, desde la perspectiva de los actores. De esto se desprenden dos consideraciones, primero, que se deben estudiar sucesivas conquistas de modo comparativo, pero principalmente, enfocando la forma en que cada historia está conectada con otra en el marco de los procesos de mundialización. Un libro reciente sobre la gobernanza de las fronteras en el marco de la emergencia del estado moderno (Hopkins, 2020), documenta sagazmente la manera en que el modelo de guerra y alianzas con las jefaturas locales que los británicos aplicaron en Afganistán y Pakistán fue replicado en el territorio apache que Estados Unidos disputó con México, entre zulúes en África, y también por la Argentina y Chile para conquistar territorio mapuche, o la isla de Tierra del Fuego.

Conquista del Oeste, Conquista del Desierto, Pacificación de la Araucanía y Canudos son algunas de las denominaciones -a veces paradójicas- de guerras contemporáneas de anexión de territorios, extermino y sojuzgamiento de poblaciones, que deben estudiarse como historias conectadas, sin limitaciones estado-nacionales desde el punto de vista de los archivos ni la historiografía. Esto es así porque hay casos en que, desde la perspectiva local, o la regional como la mapuche, se trata de un único proceso en que fueron invadidos por dos estados que concertaron sus respectivos ataques. Algunas conquistas se libraron sin guerra, como la cacería humana en Tierra del Fuego y Magallanes, mientras que, en otras, la expansión sobre fronteras autónomas, y la devastación contra los indígenas, se dieron en el marco de guerras entre los estados. En algunos casos, estos procesos se dieron tardíamente, como la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay de la década de 1930. En otros casos la conquista no tuvo nombre ni ejércitos formales, quedando librada a la acción del capital extractivo, como lo muestran los territorios ganados por Brasil a expensas de las poblaciones indígenas, y las reclamaciones de otros países durante la fiebre del caucho.

La segunda constatación, metodológica, es que una historia conceptual de conquista, frontera, y el vocabulario asociado, debería preguntarse por la importancia contextual para los actores de cada concepto, y cómo lo utilizaron. Vale decir, indagar sus significados al pie de los documentos que los protagonistas generaron. Aunque no se debe perder de vista que las diferentes conceptualizaciones, incluidas las eruditas, también impactaron en los discursos y las prácticas de quienes se apropiaron de ellas en el habla y la escritura populares. Por ejemplo, cuando se lee la correspondencia de los mapuches y tehuelches de mediados del siglo XIX, el desierto, o los desiertos, se describen con connotación positiva, contradiciendo la perspectiva europea, o de las élites nacionales.

Los desafíos conceptuales para identificar los significados de conquista se articulan con otros que son propios de los conflictos geopolíticos de la actualidad. Por ejemplo, la historia de la conquista del territorio mapuche sirve como base para los planteamientos autonomistas de estas comunidades, que mantienen viva la memoria de las áreas de frontera del siglo XIX, y advierten sobre otras formas posibles de integración regional con los estados. Por la otra, esta discusión impacta en cómo operan los sentidos y las prácticas de conquista en el contexto de poderes transnacionales, y conflictos que se dan al margen de los límites territoriales y las soberanías estatales, como en la “guerra global” entre Occidente y los yihadistas (Scavino, 2018). Pero también puede verificarse un problema similar en los casos en que lo que predomina es la conquista biológica y ambiental, extractiva. Es decir, qué sucede con las nuevas formas de conquista y colonización cuando los “espacios lisos” como las profundidades del mar o la Antártida, y los nómadas de las Mil mesetas de Deleuze y Guattari (1988), han sido completamente estriados.

En relación con el desafío anterior, el vaticinio de Turner, quien al explicar el espíritu imperialista americano apuntó que “a excepción de los pescadores, todos se pusieron en marcha hacia el Oeste, arrastrados por un impulso irresistible”, hace necesario atender los fenómenos de territorialización y conquista del mar, una vez agotadas las fronteras continentales. Se podría advertir, incluso, lo perturbador que resulta para la idea de la nación como invento, que comparte la historiografía argentina moderna, y por supuesto la británica, la reivindicación soberana de las islas Malvinas, cuando se la fundamenta en conquistas y reconquistas.

Figura 1
“Interior de la Mayoría del Regimiento N° 3 de Caballería. Jefes: Daza, Morosini, Solís y Cirujano de la Brigada”. Carlos Encina, Edgardo Moreno & Cía.

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Fuente: Vistas Fotográficas del Territorio Nacional del Limay y Neuquén, tomo II, 1883. Museo Roca, Instituto de Investigaciones Históricas.

Bibliografía

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