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55 Región

Ana A. Teruel

La palabra región tiene su origen etimológico en el latín regiō, regiōnis. Este vocablo significaba dirección, línea divisoria, límite o borde. En la Roma antigua, designaba las líneas rectas que los integrantes del colegio de los augures, que vaticinaban el futuro, trazaban en el cielo en forma imaginaria, dividiéndolo en zonas.

En el campo académico, el concepto fue introducido por la geografía en referencia a un fragmento de espacio que se diferencia de otros. A pesar de su aparente sencillez, el concepto es objeto de permanentes discusiones, definiciones y reelaboraciones. Si inicialmente preocupaba a los geógrafos el conocimiento de las regiones y su descripción -sin interesar demasiado el método o los criterios de delimitación usados- desde la segunda mitad del siglo XX el quid de la cuestión fue la metodología empleada para delimitarlos.

Espejo Marín (2003) explica que:

…a lo largo de los diferentes paradigmas formulados en Geografía han existido unas u otras preferencias a la hora de definir los espacios regionales […]: el positivismo decimonónico fue esencialmente fisiográfico […]; el historicismo se basó en las regiones naturales, sobre las que trataba de analizar las acciones humanas, y por tanto la mayor o menor transformación del medio natural. El neopositivismo defendió la región por criterios funcionales, desembocando también en la concepción regional a través del empleo de la teoría general de sistemas. Por último, los humanistas hablan sólo de ese espacio vivido por el hombre, que es el que permite establecer una mejor individualización del territorio (p. 67- 68).

La región natural, relacionada con la influencia del relieve, de los suelos y del clima, fue una de las primeras formas de delimitar el espacio terrestre por parte de los geógrafos. Este concepto de región, asociado al determinismo físico, comenzó a ser criticado a fines de la década de 1920. Bajo el influjo de la escuela francesa de Vidal de la Blache, comenzó a concebirse a la región geográfica como un espacio claramente individualizado por una estrecha relación entre los elementos físicos y humanos, gestados a lo largo de la historia y cuyo resultado más notable es la configuración de un paisaje determinado.

Este capítulo se divide en dos secciones. En la primera se revisará algunos de los momentos principales de las formas en que las ciencias sociales recuperaron el concepto de región. La segunda sección indagará en las relaciones entre los conceptos de frontera y región.

Región en las ciencias sociales

La región geográfica como concepto e instrumento analítico y metodológico fue adoptada por los historiadores franceses del grupo de los Annales d´Histoire Économique et Sociale de las décadas de 1920 y 1930. Dispuestos a romper los compartimentos estancos entre disciplinas, recogieron los aportes de la escuela geográfica francesa de Vidal de la Blache e introdujeron en los estudios históricos el “razonamiento geográfico”. De tal manera, los elementos de base geográfica-natural ya no eran simplemente un “marco” o “telón de fondo” de los acontecimientos, sino verdaderos protagonistas activos del drama histórico (Aguirre Rojas, 2006). Esta nueva historia regional francesa, que tuvo entre sus cultores a Marc Bloch, Lucien Febre y, posteriormente, a Fernand Braudel, ostentó entre sus pilares metodológicos a la delimitación regional y al método comparativo.

Consciente de la necesidad de estudios de base que dieran cuenta de la diversidad de fenómenos regionales, Marc Bloch alentó y reivindicó la producción monográfica, reorientando sus parámetros. En 1933 advertía que el conocimiento histórico de lo particular adquiriría valor científico general sólo a través de la comparación. Decía, además, que “cuando hayamos logrado datar exactamente los procesos regionales y apreciar su amplitud, nos resultará sencillo eliminar ciertos factores y sopesar el valor relativo de los demás” (Bloch, 1933, p. 181).

Desde mediados del siglo XX el concepto de región comenzó a ser instrumentado por otras ciencias sociales, en especial por la economía, interesada por la idea de región funcional originada en la geografía teorética. La región, en este caso, ya no es caracterizada por la morfología o por el paisaje, sino por las funciones de las estructuras que influyen en la organización del territorio. Al decir de Espejo Marín (2003) el elemento determinante es la presencia de interrelaciones (económicas, sociales, etc.) que enlazan los diversos componentes de un territorio, creando, en consecuencia, una red de flujos a partir de la cual queda organizada una determinada estructura espacial.

En la década de 1970 comienza a perfilarse una nueva propuesta conceptual que tuvo impacto en los estudios históricos de América Latina (Bandieri, 2001): la región vinculada a la dinámica del capital. Se trata de un modelo referido a una determinada dimensión de la organización espacial con relación a las formas históricas en que la sociedad, cada modo de producción y formación social estructura su espacio. El caso más ilustrativo, por su trascendencia teórica, es el del uso que hizo Carlos Sempat Assadourian, en las décadas de 1970 y 1980, del concepto de espacio económico como instrumental metodológico para los estudios históricos. Los espacios económicos debían reconstituirse, sostuvo, a través de un análisis empírico que atendiera a las relaciones políticas, económicas y sociales –y en especial a la circulación de mercancías – que se modificaban en cada período histórico. Así, el espacio colonial que denominó “peruano” era visto en un proceso histórico de integración y desintegración regional.

Hacia la misma época en que Assadourian (1982) preparaba su señero libro, otros dos historiadores, Ciro Flamarión Cardozo y Héctor Pérez Brignoli, motivados por una preocupación teórica, escribían una Historia Económica de América Latina. Allí expresaban que:

(…) la única manera de usar con provecho la noción de región consiste en definirla operacionalmente de acuerdo a ciertas variables e hipótesis, sin pretender que la opción adoptada sea la única manera “correcta” de recortar el espacio y definir bloques regionales. Las razones son principalmente dos: 1) en el fondo toda delimitación territorial es una abstracción, una simplificación de una realidad más compleja para finalidades de investigación o de acción práctica; 2) además, las relaciones entre el hombre y el espacio, que en principio sirven de base a la delimitación regional, no son inmóviles, cambian en el tiempo según los grados variables de organización y explotación del medioambiente por el grupo humano mejor o peor armado de fuerzas productivas. Por esos motivos, resulta absurdo querer recortar el espacio de una vez por todas en regiones unívocas y definitivas (…) (Cardozo y Pérez Brignoli, 1979:83)

Frontera y región

La palabra frontera proviene del latín fons o frontis, que significa la frente o la parte delantera de algo y, como tal, designa un área que forma parte de una totalidad (Taylor Hansen, 2007).

Como puede apreciarse, hay una asociación más o menos evidente entre ambos conceptos. Benedetti (2018) aporta a ello al sugerir que las fronteras emergen en la medida que lo hacen las regiones. Al crear diferenciaciones espaciales se procede a la fronterización o delimitación dentro de un espacio mayor. A la vez que “la regionalización engendra fronteras”, “la fronterización genera nuevas regiones”.

No es frecuente mencionar a una región a partir de su frontera, nos dice el autor arriba citado. Lo ejemplifica afirmando que es razonable referir a “la frontera del territorio hondureño” y no “al territorio de la frontera hondureña” (Benedetti, 2018, p. 316). No obstante, es esa última concepción de la frontera en tanto región la que más interesa acá. La frontera puede ser tratada, en tanto espacio social, como una región susceptible de historiarse, analizando sus singularidades y las relaciones que, como parte, establece con un todo. Justamente, una de las bondades del recorte regional como instrumento analítico es que permite percibir procesos que las denominadas historias nacionales soslayan. En particular, esto es útil al abordar el siglo XIX, cuando el estado nacional en los países latinoamericanos es aún un proyecto o bien está en construcción, y los procesos que lo originan son de índole inter e intra regional (Teruel, 2008).

Por otra parte, el término frontera es polisémico. En el plano territorial se plantea una distinción entre límites entre estados y línea de expansión interna del estado. La distinción en inglés entre frontier y border alude a esa dualidad. Mientras que border refiere a la línea que marca el límite del territorio de estados formalmente constituidos; frontier alude a una frontera en expansión: la de un estado nacional sobre una sociedad aborigen a dominar (Grimson, 2000). El abordaje de las fronteras indígenas como región se hizo habitual entre historiadores latinoamericanistas, etnohistoriadores y antropólogos que, desde las dos últimas décadas del siglo XX, se propusieron reconectar las sociedades y las historias que el prisma ideológico colonial, por un lado, y las historiografías nacionales, por el otro, contribuyeron a desconectar (Mandrini, 2002; Boccara, 2003).

En los hechos, ambos tipos de frontera coexistieron cuando se trataba de territorios bajo dominio indígena y, a la vez, disputados entre distintos países o imperios. Entre otros, fue el caso del Gran Chaco, en Sudamérica, espacio bajo dominio de variadas etnias indígenas que hasta principios del siglo XX constituyó “frontera interna” para Bolivia, Argentina y Paraguay (Langer, 2002; Teruel, 2005). A la vez, era una frontera internacional en disputa entre los tres países (Capdevilla, 2011). Otro ejemplo es el de ciertas áreas actuales de los Estados Unidos, que España controlaba durante la colonia (fundamentalmente Texas y California). Esa extensión hacia el norte de la América hispana fue entendida como una zona fronteriza (frontier) de contacto hispano-indígena, así como un espacio (borderland) en el que los españoles compitieron por el control del continente con los franceses, con los ingleses y sus descendientes americanos (Weber, 2005).

En definitiva, encarar el estudio de las regiones de frontera, tanto en el caso del sentido de frontier como de border, implica desplazar el foco de análisis del centro a una supuesta periferia. Sin embargo, en estos casos, más que el concepto de periferia resulta operativo el de “extracéntrico”, acuñado por Ana Teresa Martínez (2013) en estudios culturales sobre intelectuales. Como opción teórica evita la asociación con representaciones dominantes estancas: modernidad/tradición, ciudad/campo e incluso la idea de civilización/barbarie. A diferencia de la noción de “periferia”, lo “extracéntrico” posibilita abordar la región en sus relaciones con otros posibles centros, más allá de la vinculación con la metrópoli. Ello permite jugar con la frontera concebida como borde (desde el centro del estado nacional), tanto como parte de una región en conformación (Teruel y Elbirt, 2020).

También, desde una óptica de la planificación regional, se halla una aproximación similar a la frontera como región. Desde la observación de casos peruanos, Meza Monge (2016) habla de “espacio regional fronterizo”, afirmando que, si bien es cierto que en su condición de “línea” la frontera separa territorios con características generalmente comunes, lo es también que sobre ella se asientan relaciones económicas y sociales que se encargan de “borrar” dicha línea. En esta lógica, la “frontera” deja de ser solo una línea y se incluye en el espacio formado por las indicadas relaciones. Concluye que el adecuado tratamiento político e institucional del Espacio Regional Fronterizo impediría el desarrollo de tensiones subyacentes en la arbitraria separación de unidades socio-económicas y territoriales históricamente establecidas, además de fomentar procesos de desarrollo promovidos de manera conjunta.

Bibliografía

Assadourian, C. S. (1982). El sistema de la economía colonial. Mercado interno, regiones y espacio económico. Lima, Instituto de Estudios Peruanos.

Aguirre Rojas, C. A. (2006). La Escuela de los Annales. Ayer, hoy, mañana. Rosario: Prohistoria.

Bandieri, S. (2001). La posibilidad operativa de la construcción histórica regional o como contribuir a una historia nacional más complejizada. En: Fernández, S. y Dalla Corte, G., (comps.), Lugares para la Historia. Espacio, historia regional e Historia local en los estudios contemporáneos, UNR Editora, Rosario.

Benedetti, A. (2018). Claves para pensar las fronteras desde una perspectiva geográfica. Geousp – Espaço e Tempo, 22, (2), 308-328.

Bloch, M. (1933). De la gran explotación señorial a la renta del suelo: un problema y un proyecto de investigación. En: Bloch, M., La tierra y el campesinado. Agricultura y vida rural en los siglos XVII Y XVIII, Barcelona: Crítica, 2002.

Boccara, G. (2003). Fronteras, mestizaje y etnogénesis en las Américas. En: Mandrini, R. J. y Paz, C. D. (Eds.). Las fronteras hispanocriollas del mundo indígena latinoamericano en los siglos XVIII-XIX. Un estudio comparativo. Tandil: IEHS/CEHIR/UNS.

Capdevilla, L. (2011). Une histoire polyphonique de la frontière: la Guerre du Chaco à la croisée des voix indiennes et des romans nationaux. En : Obregón Iturra, J., Capdevilla; L. et Richard, N. (dirs.), Les indiens des frontières coloniales. Amérique australe, XVIº siècle/temps présent, Rennes : Presses Universitaires de Rennes.

Cardozo, C. F. y Pérez Brignoli, H. (1979). Historia Económica de América Latina. Vol. I. Barcelona, Crítica.

Espejo Marín, C. (2003). Anotaciones en torno al concepto de región. Ninbus, 11-12, 67-87.

Grimson, A. (2000). Introducción ¿Fronteras políticas versus fronteras culturales? En: Grimson, A. (comp.) Fronteras, naciones e identidades. La periferia como centro, Buenos Aires: Ediciones Ciccus-La Crujía.

Langer, E. D. (2002). La frontera oriental de los Andes y las fronteras en América latina. Un análisis comparativo. Siglos XIX y XX. En: Mandrini, R. J. y Paz, C. D. (Eds). Las fronteras hispanocriollas del mundo indígena latinoamericano en los siglos XVIII-XIX. Un estudio comparativo. Tandil: IEHS/CEHIR/UNS.

Mandrini, R. J. (2002). Hacer historia indígena. El desafío a los historiadores. En: Mandrini, R. J. y Paz, C. D. (Eds.) Las fronteras hispanocriollas del mundo indígena latinoamericano en los siglos XVIII-XIX. Un estudio comparativo. Tandil: IEHS/CEHIR/UNS.

Martínez, A. T. (2013). Intelectuales de provincia: entre lo local y lo periférico. Prismas, Revista de historia intelectual, 17, 169-180.

Meza Monge, N. (2016). Fronteras. Integración facilitación y descentralización. Lima. navisconsultores.com/wp-content/uploads/2017/08/Fronteras-facilitacion-y-descentralizacion.pdf

Taylor Hansen, L. D. (2007). El concepto histórico de la frontera. En: Olmos Aguilera, M. (coord.) Antropología de las fronteras. Alteridad, historia e identidad más allá de la línea. México: Porrúa.

Teruel, A. A. (2005). Misiones, economía y sociedad en la frontera chaqueña del Noroeste Argentino en el siglo XIX. Bernal: Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes

Teruel, A. A. (2008). Regiones de frontera. Apuntes para contribuir a la historia nacional de la propiedad de la tierra. En: Bandieri, S., Blanco, M. y Blanco, G. (coords.), Las escalas de la historia comparada, T. II. Buenos Aires: Miño y Dávila.

Teruel, A. A. y Elbirt, A. L. (2020). La frontera argentino-boliviana: una mirada desde el servicio diplomático. Revista Ciencia y Cultura, 44, 97-117.

Weber, D. J. (2005). Bárbaros. Spaniards and Their Savages in the Age of Enlightenment. London : Yale University Press.



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