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16 Contraste

Diego Bombal

La Real Academia Española registra 12 acepciones para contraste (https://dle.rae.es/contraste), que pueden agruparse en tres campos semánticos, a saber: (1) Diferencia u (contra) oposición notable, entre cosas o personas, incluida la contienda, el enfrentamiento y el cambio de cuadrante (en el caso del viento): tres acepciones; (2) Estudio de imágenes, su percepción visual en general, su color en particular y aplicaciones vinculadas: cuatro acepciones; (3) Tarea y función de constatar la autenticidad de una cosa u objeto, de valor metálico o documental: cinco acepciones. Como acción o efecto de contrastar (https://dle.rae.es/contrastar), remite al verbo correspondiente, asignándole cinco acepciones coincidentes con los campos primero y tercero; de un lado resistir y diferenciar, y del otro oponer y comprobar.

En sentido literal, ninguno de los tres agrupamientos permite vincular el término contraste con el de frontera. La relación aparece al examinar la raíz de la palabra. En efecto, su composición léxica incluye el prefijo contra y el sufijo stare; los dos vocablos revelan su origen latino, cuya unión alude a la idea de “estar frente” o “contra algo”. Se recordará que para la RAE una de las acepciones de frontera se refiere a “lo puesto o colocado enfrente” de una u otra cosa (https://dle.rae.es/frontero).

Así, las tres acepciones incluidas en el primer grupo integran una línea genealógica que entronca con el significado literal del término frontera. En cambio, más difícil resulta encontrar una conexión con las otras dos acepciones a riesgo de forzar en demasía la relación. No obstante, podría pensarse que de la misma raíz derivan significados renovados del campo de la percepción visual y del estudio digital de las imágenes. En cuanto a la acepción vinculada a la autenticidad, parece distanciarse de la idea de frontera, pues devino en los vocablos constatar, validar y contrastar. Sin embargo, dichos términos remiten a conceptos operativos empleados en el análisis visual y digital para un amplio espectro de imágenes.

No se puede conjeturar mucho más a partir de los antecedentes etimológicos presentados. Por lo tanto, en lo que sigue se exponen los resultados obtenidos del examen de otras fuentes, con la finalidad de indagar de qué modo se vincula el término contraste con el estudio de las fronteras tal como se las conciben en esta obra: es decir, como dispositivos y artefactos materiales y simbólicos, social e históricamente construidos y localizados en el espacio-tiempo cumpliendo muy diversas funciones en la estructuración social (Benedetti, 2017).

Este capítulo se divide en tres apartados. El primero se interesa por el tratamiento otorgado a esta palabra desde la geografía. El segundo indaga algunas conexiones entre contraste, psicología y giro visual. El tercero, finalmente, se ocupa de relacionar contraste y frontera a través de dos ejemplos.

Contraste como término geográfico

La palabra contraste no figura en la mayoría de los diccionarios especializados de términos geográficos. Sobre la base de una muestra representativa de los más prestigiosos y conocidos, la única excepción encontrada es la obra colectiva dirigida por Brunet (1993). En verdad, el término incluido en dicho diccionario es contrasté, equivalente en el idioma castellano al adjetivo contrastado. El autor realiza una crítica lapidaria al uso del término en el campo de la geografía y, en apenas un par de líneas, termina desaconsejando su empleo. No obstante, es de interés presentar aquí los dos argumentos que dan sustento a su afirmación.

La definición textual es escueta: “Dícese de un espacio muy fuertemente diferenciado” (Brunet, 1993, p. 127). Es para destacar el doble énfasis – casi redundancia – puesto en aquello que marca la diferencia: “muy” y “fuerte”. Luego indica que está vinculada a otra palabra del diccionario y remite a différenciation, un concepto clave que lo sindica como fundante de la geografía y lo vincula, entre otras cuestiones, con la “producción de fronteras” (Brunet, 1993, p. 159). La primera crítica que señala es que se trataría de un término cliché, empleado frecuentemente para referir un espacio en extremo desigual. Así, quienes lo eligen como adjetivo con dicha finalidad, estarían evitando describir de modo preciso lo que verdaderamente pretenden indicar. Para ilustrar lo afirmado, el autor cita cuatro ejemplos extraídos de la misma obra que emplea la palabra como encabezado de algunos apartados; Italia tiene condiciones naturales muy contrastadas; Un clima contrastado; Un relieve contrastado.

Antes de formular la segunda objeción, define contrastado por tres de sus antónimos: monótono, uniforme y simple. De esta forma pareciera rehusar otorgarle un significado positivo y, partiendo de una definición por oposición, formula su crítica: el riesgo de quedar encerrado dentro de un razonamiento circular inconducente. Al respecto afirma que “como nada es simple… [entonces] … todo es contrastado” (Brunet, 1993, p. 127).

En contraposición, un grupo de geógrafos nucleados en torno al colectivo Erato STENE, parece no compartir la sentencia que deriva del diccionario recién mencionado. A esa conclusión conduce la revisión del meduloso y poco recordado estudio epistemológico en el que tres autores discuten veintisiete conceptos clave de la geografía (Ferrier, Huber y Nicolas, 2005). Si bien la palabra contraste no forma parte de las elegidas la utilizan una treintena de veces. En particular, entra en la discusión de doce conceptos, de los cuales aquí se han elegido solo cuatro por su mayor conexión con el estudio de las fronteras: relación todo-parte, escala espacial-temporal y límite.

Contraste/todo-parte. Toda parte puede ser un elemento del todo, y a la vez, un conjunto de elementos. Como sea, su división implica siempre alguna forma de diferenciación basada en umbrales, discontinuidades y límites. Esta operación plantea no solo un problema técnico sino también teórico y metodológico: trazar un límite que separe entornos diferentes y heterogéneos supone antes que nada que las partes diferenciadas verdaderamente sean diferenciables. Cuando los contrastes son débiles o la mixtura es alta, el problema se vuelve técnicamente difícil de resolver. En lo metodológico, el análisis de la complejidad del todo puede servir para identificar niveles estructurales, mientras que el análisis espacial de la morfología puede serlo para detectar contrastes que indiquen articulaciones en la organización del territorio, mientras que las partes pueden ensamblarse a morfologías que parecen completas integradas en una escala regional.

Contraste/escala espacial-temporal. Los contrastes no siempre son perceptibles por observación directa, en el caso de que la escala ayude fijando umbrales de semejanza. El cambio de escala facilita trazar límites entre las entidades observadas. Algunas pueden estar aisladas y otras confundirse con el medio. Cuando esto último ocurre existen al menos dos criterios de diferenciación: por la diversidad de las propiedades intrínsecas o por los contrastes de su composición estadística. El tamaño de los rasgos definirá una escala básica de observación y representación. Una regla derivada dice que; cuando el cambio de escala genera contraste existe heterogeneidad y, cuando no genera contraste existe homogeneidad. Por su parte, la escala temporal incide en la diferenciación por contraste de acuerdo con diferentes niveles de duración: lapso, fase, ciclo. A su vez, la dinámica de un sistema dado puede generar una diferenciación contrastada, opuesta a los rasgos de contigüidad, continuidad y homogeneidad.

Contraste/límite. La relación adquiere sentido al pasar -lo que implica cuestiones de método- desde la categoría de diferenciación a la de territorio. La diferenciación, por valor y lugar, no puede obtenerse por medio de la observación directa de dimensiones descriptivas y normativas, por lo que siempre estará ligada a una escala. Luego, para poder otorgarle sentido a los contrastes observados (por ejemplo, en el paisaje), hace falta un marco para interpretar los datos relevados, a fin de poder trazar discontinuidades y definir límites entre entidades calificadas por su función, tipo, utilidad, etc. Para esto, hay dos marcos interpretativos irreductibles por sus diferencias de método y la manera de medir e integrar las dimensiones descriptivas, axiológicas y culturales. El utilitario o funcional que reduce los lugares a cosas y el valorativo interesado en el significado otorgado por los sujetos (individuales y sociales), al contraste entre lugares. La delimitación por contraste evoluciona y depende de múltiples factores que se expresan mediante umbrales empíricos.

Contraste, psicología y giro visual

El término contraste cobra densidad teórica y conceptual con relación a otros campos del interés científico, técnico y artístico. En términos muy generales y en el amplio campo de la Psicología, el término contraste está presente en dos grandes corrientes que se ocupan de los mecanismos que rigen la percepción del mundo exterior por la mente humana. Una es la Gestalt o Psicología de las formas; la otra es conocida como Psicología de la percepción visual.

La Gestalt es una rama de la psicología surgida en Alemania a principio del siglo XX. Su contribución principal al entendimiento de la percepción dice que los estímulos recibidos del mundo exterior no son captados de modo aislado por los sentidos -gusto, olfato, tacto, sonido y vista- sino que, por el contrario, el cerebro los transforma en algo nuevo, o en un todo que es más que la suma de sus partes. Dicho aserto constituye un principio capital de la teoría gestáltica. Concibe la totalidad como una construcción generada por un conjunto integrado de operaciones mentales que resumidamente son: localizar contornos y separar objetos (figura y fondo); unir o agrupar elementos (similitud, continuidad y destino común); comparar características entre objetos (contraste e igualdad); destacar lo importante de lo accesorio (figura y fondo); rellenar vacíos para percibir de forma íntegra y coherente (ley de cierre) (Leone, 2011).

Todas estas operaciones mentales están experimentalmente probadas y se denominan principios o leyes gestálticas. En la actualidad se emplean en ámbitos disciplinarios diversos como el diseño gráfico, la arquitectura y la sociología, en psicología social, en ecología y marketing, entre otros. Llevados al ámbito de los estudios de frontera, cabe agregar a esa lista la comunicación visual y la cartografía en calidad de instrumentos para su conocimiento y su enseñanza.

La ley del contraste dice que la ubicación relativa (no sólo espacial), de las entidades confrontadas incide en la atribución de sus cualidades. En el campo de lo visual sin contraste no hay percepción de diferencias: tinta blanca sobre papel blanco no resalta. En el campo de la clínica psicológica se lo emplea para relativizar contrastando situaciones desiguales percibidas por la persona que las vivencia: por ejemplo, la muerte de un ser amado contra un simple despido laboral.

La psicología de la percepción visual (PPV), reformula postulados clásicos de la teoría gestáltica e incorpora otros derivados de los avances en los estudios de psicofísica aplicada a los mecanismos perceptivos. En este campo, el término contraste puede referir tanto a la realidad física como a su percepción mental por medio del sistema visual (realidad psíquica). En el primer caso, alude a la variación de la intensidad luminosa de una superficie, magnitud calculable mediante la fórmula de Michelson: la amplitud de onda dividida por el promedio de la luminancia. En el segundo caso, se refiere a la percepción del ojo humano de las variaciones de la claridad de (o sobre), un objeto dado (Aznar Casanova, 2017).

Rara vez el contraste percibido coincide con el contraste físico. Esto se debe a que intervienen factores distorsivos que van a modificar las condiciones bajo las cuales son emitidos los estímulos. Algunos ejemplos: a una mayor intensidad de iluminación una menor sensibilidad de la retina del observador (efecto de encandilado); el tipo de contorno que delimita a un objeto regula la intensidad del contraste percibido; la frecuencia espacial del estímulo, entendida como el número de ciclos por unidad de distancia (o por el grado del ángulo visual); la intensidad del contraste es directamente proporcional a la frecuencia espacial del estímulo; la ubicación relativa de un objeto en el espacio modifica la percepción de la claridad.

Para la PPV, el brillo, la claridad y el contraste, son tres sensaciones tempranas generadas por la luz captada por el ojo humano enfrentado a estímulos externos, y esto es válido tanto para una imagen como para un paisaje. Luego, la PPV se pregunta qué propiedad del estímulo en interacción con el sistema visual hace posible discriminar las formas y reconocer las entidades que pueblan el mundo exterior. Su respuesta, es que son las diferentes proporciones de luz reflejada en los objetos adyacentes: a este efecto lo denomina contraste. Al respecto, es interesante mencionar cómo se describe a esta diferenciación en el campo de la psicofísica, según los últimos avances neurofisiológicos.

La detección de regiones “disjuntas” en una imagen dada se produce con la aparición de áreas retinianas vecinas con distinta claridad. Este efecto es consecuencia de que diferentes superficies u otros objetos próximos reflejan diferente intensidad de luz. De este modo, el sistema visual delimita las “fronteras” que individualizan superficies y objetos, luego de procesar las diferencias de intensidad lumínica entre áreas vecinas. Y, así también, es capaz de detectar bordes físicos y contornos. La explicación fisiológica pone el acento en que las células retinianas y post-retinianas, parecen haber sido diseñadas por la evolución, para captar esas diferencias de intensidad de luz entre regiones adyacentes (Aznar Casanova, 2017).

Finalmente, la PPV incorpora a su ámbito de estudios un capítulo entero relacionado con la teoría computacional de la visión, en donde el concepto de contraste nuevamente cobra centralidad, en este caso para el análisis digital de una gran diversidad de imágenes, incluidas las imágenes satelitales. En este contexto, conceptos tales como discontinuidad de la luminancia, maximización del suavizado y realce del contraste, son clave para trazar los bordes que permitirán diferenciar entidades discernibles. He aquí un puente que une la PPV con el campo de las TIC y más específicamente con las Geo-Tics, donde la palabra contraste también ha recibido mayor atención que en el campo de la Geografía.

Por lo visto, para la Gestalt y la PPV, el vocablo contraste es un concepto que permite estudiar los dispositivos que regulan la percepción del mundo físico. Un proceso complejo que conecta esa realidad exterior con la mente y el mundo interno de la subjetividad humana.

¿Es posible trasladar con provecho alguna de estas ideas al estudio de las fronteras, sin caer en un reduccionismo psicológico y biologicista? Vale la pena dejar planteada la pregunta. Una posible respuesta afirmativa a ese interrogante pasaría por el modo como las fronteras han sido y son representadas e imaginadas. Un puente firme para poder transitar entre ambos campos se encuentra en la relación estrecha y probada, que existe entre la instrumentalización de ciertos recursos gráficos y la enseñanza naturalizada de las fronteras políticas; algo sobre lo que aún hoy da cuenta la geografía enseñada y los imaginarios que nutren la cultura política de la mayoría de las sociedades contemporáneas.

Confluyen en este punto estudios más tradicionales de historia social de la ciencia, con los temas trabajados a partir del “giro visual” en geografía, un campo que en Argentina ya cuenta con interesantes aportes teóricos, metodológicos y empíricos (Lois y Hollman, 2013; Hollman y Lois, 2015). Siguiendo a Rudolf Arnheim (2015), las autoras mencionadas señalan que la psicología cognitiva, la percepción y la imaginación visual, integran procesos cognitivos específicos y complementarios, aunque irremplazables por el raciocinio verbal.

Contrastes y fronteras

Algunos ejemplos servirán para conectar las ideas expuestas sobre el concepto contraste con su aplicación o verificación en situaciones o hechos relacionados con cuestiones de fronteras. Para esto se han escogido dos casos.

A mediados del siglo XX, en una obra sugestivamente titulada Geografía y unidad Argentina, el geógrafo argentino Federico Daus (1957) acuñó dos términos para denominar los criterios que guiaron su propuesta de regionalización geográfica del territorio de la República Argentina (Figura 1). Adelantándose a los sensores remotos, llamó a su perspectiva “visión telescópica”.

Figura 1
Regiones geográficas de Argentina según Federico Daus. Delimitación por contraste y transfiguración

Mapa  Descripción generada automáticamente

Fuente: Daus (1957, p. 81).

Originalmente los criterios para diferenciar las regiones recibieron los nombres de “franja de contraste” y “franja de transfiguración”. De acuerdo con el glosario incorporado al final de la obra, el primer criterio se refiere a una “lonja de tierra que separa radicalmente dos espacios naturales distintos entre los cuales no hay elementos comunes”. Y el segundo, a una “lonja de tierra que separa dos regiones geográficas por transición”, de modo que elementos de ambas subsisten en sus partes próximas (Daus, 1957, p. 223).

Años más tarde la idea de “lonja de tierra” cambió por la de “límite regional”, mientras que las definiciones sufren ajustes menores. El límite por contraste “comporta un cambio brusco en los caracteres que dan sentido a la regionalidad”, mientras que el límite por transfiguración implica “la existencia de una franja espaciosa en que se produce el cambio de paisaje y caracteres regionales significativos” (Rey Balmaceda, 1977, p. 96). Así definidos, aparecen como criterios contrapuestos, aunque pueden combinarse para el deslinde de una misma región: la región Pampeana linda con cuatro regiones, dos por contraste (Mesopotamia y Sierras pampeanas) y dos por transfiguración (Chaco y Estepa).

Esta manera de presentar el todo (territorio de la nación) y sus partes constitutivas (8 regiones), contaba con algunos precedentes, no obstante, representa una novedad para la época. La regionalización establecida por el autor pronto llegó a los programas y manuales para la enseñanza de geografía argentina impartida en las escuelas secundarias, integrantes del sistema educativo nacional (Rey Balmaceda, 1977; Escolar, Quintero y Reboratti, 1994). Esta innovación temática perduraría por largo tiempo y, de alguna manera, desplazaba los marcos provinciales por marcos regionales para la enseñanza de geografía en un estado de organización política federal.

De acuerdo con resultados de investigaciones posteriores enfocadas desde la Historia social de la Geografía, aquella regionalización se explica por la convergencia de dos movimientos articulados. Desde el plano científico, a la fase final de institucionalización académica y autonomización del campo geográfico con base en la región geográfica como objeto de estudio. Y, desde el plano político interno, al proceso de centralización y nacionalización liderado por el gobierno de Juan Domingo Perón desde el año 1943 hasta su posterior derrocamiento en 1955 (Escolar, Quintero y Reboratti, 1994; Cicalese, 2012).

El segundo ejemplo remite a la Carta Topográfica de la República Argentina a Escala 1:500.000, correspondiente a la serie editada a mediados de la década de 1970 por el entonces Instituto Geográfico Militar. Esta reedición introdujo cambios sustantivos en el diseño y representación de algunos elementos de la geografía política del estado (por ejemplo, IGM: Hoja 3569 y 3572, San Rafael – Mendoza, 1976). Uno de los más relevantes fue la incorporación del trazado de la Zona de Seguridad de Frontera según Ley 12.913. Esto ocurría en consonancia con la renovación de la política de seguridad interior y la exacerbación del nacionalismo territorial, inoculado por un régimen militar que, en poco más de seis años, involucró al país en una escalada bélica con la República de Chile (también bajo un régimen militar), y en una guerra perdida con el Reino Unido, en la disputa por las Islas Malvinas (Palermo, 2007).

Bajo el eslogan de cohesión comunitario de la época que rezaba “Argentinos … ¡marchemos hacia las fronteras!” (Arrosi, 2008, p. 5), la carta en cuestión adopta una estrategia gráfica con dispositivos visuales potenciando los efectos del contraste visual del borde limítrofe (de un ancho variable entre 50 y 100 km), mediante el empleo desmesurado de colores y formas. El efecto de realce así obtenido genera el “desprendimiento visual” de una franja que vela por completo el trazado gráfico del límite internacional real. En las referencias de la carta se indica, no sin ambigüedad, que la dirección hacia el oeste en el degradé del grueso contorno que figura (en color magenta), el límite interno de la frontera: “indica hacia qué lado se extiende la zona”. De este modo se crea una entidad gráfica cuyo efecto visual genera un cierto ruido e interferencia respecto de las cartas topográficas estándar en uso, desvirtuando en parte la división político-administrativa federal.

El caso referido no es extraño a los episodios que integran la historia de la cartografía argentina (Lois, 2014): ilustra la amplitud de una estrategia desplegada desde el Estado, que logró articular dispositivos visuales, normativos, educativos e institucionales, inspirados en el imaginario geopolítico castrense de la época, coherente con la política exterior e interior de un régimen militar carente de legitimidad democrática.

Bibliografía

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