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50 Proceso

Tania Porcaro

La palabra proceso en el idioma español proviene del latín processus y es definida en la Real Academia Española como: (1) acción de ir hacia delante; (2) transcurso del tiempo; y (3) conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una operación artificial (https://dle.rae.es/proceso). Estas nociones se focalizan en el transcurso del tiempo, a partir de una idea progresiva del mismo. El diccionario Cambridge, por su parte, propone definiciones algo divergentes en la voz inglesa: (1) una serie de acciones que se toman para alcanzar un resultado; (2) una serie de cambios que ocurren naturalmente; y (3) un método para producir bienes (https://dictionary.cambridge.org/dictionary/english/process). Estas definiciones introducen la idea de cambio o transformación y se focalizan en el objetivo o resultado final.

Estas formar de entender la noción de proceso permearon diferentes estudios sobre las sociedades y sus espacios a lo largo del siglo XX, y fueron reapropiados y resignificados en el marco de los diferentes giros teóricos. El término procesual, si bien no tiene una entrada que lo defina en los diccionarios de la lengua española o inglesa, también viene siendo utilizado en diferentes disciplinas humanísticas para referir a un enfoque o modo de analizar los fenómenos de estudio.

De igual modo, la noción de proceso atravesó las diferentes formas de pensar las fronteras estatales a lo largo del siglo XX. Este concepto fue especialmente relevante para la renovación crítica de los estudios sobre fronteras estatales de la década de 1990. Estas dejaron de ser pensadas en términos de objetos estancos y externos a las sociedades, a la vez que fueron movilizadas, contextualizadas y concebidas como construcciones en permanente transformación.

Este capítulo se organiza en cuatro secciones. La primera recupera algunas definiciones del término procesos vinculadas a las teorías funcionalistas y evolucionistas y propone algunos vínculos con las miradas clásicas sobre las fronteras estatales. La segunda reconstruye el concepto de proceso desde perspectivas críticas y recupera su papel en la renovación teórica de los estudios sobre el espacio. La tercera sección considera las propuestas del enfoque procesual crítico para el estudio de las fronteras estatales. Finalmente, en la cuarta sección se examinan algunos conceptos específicos que vienen utilizándose en la producción académica sobre fronteras y su relación con el enfoque de procesos.

Proceso, función y evolución

El concepto de proceso fue ampliamente utilizado por las ciencias sociales a lo largo del siglo XX. Besse (2011) recopila un conjunto de definiciones y establece algunos vínculos con el evolucionismo y el funcionalismo. La mirada evolucionista concibe al proceso como una sucesión de fases, etapas o estadios correlativos y necesarios. Esta concepción ha permeado las definiciones de la Real Academia Española antes señaladas, las cuales enfatizan en la idea de progresión, transcurso o sucesión. Se lo asocia con la noción de progreso, aquello que va adelante, correspondiente con una idea lineal del tiempo.

Las miradas evolucionistas también permearon las reflexiones sobre fronteras estatales que se inscribieron en el contexto expansionista e imperialista de comienzos del siglo XX, en los países europeos. Postulaban que las fronteras eran la epidermis del estado, por lo tanto, debía adaptarse en el tiempo, ampliándose en la medida en que este crecía y requería mayores recursos. Esta concepción se sustentaba en la idea de una naturaleza expansiva de los estados más fuertes, y tuvo amplia repercusión en las posturas belicosas que proliferaron en los países latinoamericanos hasta la segunda mitad del siglo XX (Rodríguez, 2014). Las fronteras fueron allí consideradas inestables, variables o adaptables a la situación coyuntural con los países colindantes (Rey Balmaceda, 1979). Los cambios en las fronteras respondían así a la evolución natural y orgánica de los estados.

Por su parte, la versión funcionalista de la noción de proceso puede vincularse con su raigambre en la mecánica, la producción industrial y la gestión organizacional. Algunas definiciones lo entienden como un conjunto activo de fenómenos, organizado en el tiempo. También como una sucesión de fenómenos, dotada de cierta coherencia o unidad, en línea con las definiciones antes señaladas para la voz inglesa. Por ejemplo, la Organización Internacional de Estandarización (2000, p. 7) lo define como “conjunto de actividades mutuamente relacionadas o que interactúan, las cuales transforman elementos de entrada en resultado”. Refiere a la visión de algo como un todo formado por partes interdependientes y con imperativos de regulación interna, y que están fuertemente orientadas a la consecución de un objetivo. Esta visión del proceso como sistema o conjunto de acciones sincrónicas perdió las referencias temporales del enfoque anterior.

La concepción funcionalista también puede rastrearse en aquellos estudios sobre fronteras que se expandieron en el ámbito europeo hacia mediados del siglo XX (Lois y Cairo, 2011). En un contexto neopositivista, los nuevos trabajos -descriptivos o cuantitativos- cuestionaron a los enfoques organicistas y evolucionistas, considerados ideológicos y poco objetivos (Porcaro, 2017). Se concentraron en los efectos que tenían los límites o fronteras (concebidos como sinónimos) en los flujos, intercambios y los factores de localización, primando por lo general una mirada negativa hacia aquellas. Desde esta perspectiva, los límites cumplían una función dentro de un proceso mayor, que implicaba la interacción con otros componentes del sistema de flujos e intercambios, actuando como barrera, seguridad, protección, articulación, entre otros.

En el caso latinoamericano, esta mirada despolitizada, objetiva y ahistórica de la frontera tuvo un cierto correlato luego del desprestigio de las concepciones belicistas e imperialistas. Por ejemplo, en un informe sobre espacios económicos y fronteras de la CEPAL, publicado en la década de 1970, estas aparecen descriptas como barreras a los movimientos económicos y obstáculos a la movilidad de los factores de producción (Melchior, 1975). También los manuales escolares se focalizaron en la función que cumplían los límites en el sistema de países, tales como atracción o unión, o bien se indicaba que ciertos países servían  de nudo que vinculaba todos los sistemas del continente, como Pacífico, Amazonas o del Plata, y funcionaban como una transición que los reunía, con un papel de puente para unir los extremos americanos, como un justo medio que le brindaba neutralidad, equilibrio natural o una función pacífica (Nogales et al., 1991).

Más recientemente, la concepción funcionalista de la frontera es resignificada en trabajos que piensan a las fronteras como un sistema global conformado por subsistemas fronterizos nacionales. Estos buscaron comprender, por ejemplo, las relaciones transfronterizas que conforman las economías ilegales a partir de los circuitos, rutas y nodos que ellas estructuran (Zepeda et al., 2017). De todos modos, las propuestas de estos trabajos se aproximan más a las miradas críticas que se consolidaron en los últimos años.

Concepción procesual crítica

Es posible rastrear en la producción académica latinoamericana diversas reflexiones que buscaron trascender las connotaciones progresivas, evolutivas o funcionalistas del concepto de proceso. Estos trabajos han aspirado a problematizar la consideración del tiempo o la temporalidad, repensando la idea de cambio, dinámica, sincronía, simultaneidad, contingencia, flujo, vía, sucesión, así como la relación entre estructura y proceso (Banchs, 2000; Besse, 2011; Gaztañaga, 2014).

Desde la psicología, Banchs (2000) señala que los estudios frecuentemente oponen la noción de contenido o producto como algo constituido y estable, a la de proceso como aquello dinámico, constituyente o cambiante. En este sentido, el concepto de proceso contribuyó a movilizar los análisis estáticos de la realidad social. La autora propone que la concepción procesual es un modo de apropiación de la teoría, y señala que los contenidos o productos pueden ser estudiados tanto como estructuras organizadas o como procesos discursivos. Siguiendo esta propuesta, los límites entre producción y producto se borran, al pensar al producto en sí mismo como proceso, como fenómenos que no pueden disociarse o distinguirse claramente. Lo procesual es entonces una forma de pensar o analizar el objeto de estudio, que está íntimamente ligada a las concepciones teóricas que orientan las indagaciones.

Este enfoque también participó de la renovación crítica de los estudios sobre el espacio que se produjeron en torno a la década de 1970 y que tuvieron una amplia repercusión en el ámbito latinoamericano. Hiernaux-Nicolás (2006) señala que los paradigmas explicativos tradicionales concebían el espacio como una cristalización del tiempo pasado en el presente, como una roca sólida. A partir de la renovación teórica, se reelaboraron los postulados mostrando aspectos relacionales y procesuales de la formación y dominación del espacio y el territorio (Saquet, 2013). Comenzaron a develarse los mecanismos de producción del espacio como producto y condición de la dinámica social y lugar de reproducción de las relaciones de producción. En la comprensión de estos procesos fue clave la consideración del tiempo como inherente a la espacialidad, y no como algo externo a ella.

En los nuevos paradigmas, conceptos como espacio, territorio, lugar o región dejaron de ser pensados como objetos estancos o reflejos pasivos, y pasaron a examinarse en tanto procesos en permanente redefinición. Ello dio origen a nuevos conceptos, como producción del espacio, territorialización o “lugarización” (Santos, 2006; Haesbaert, 2006; González Cruz, 2004). De igual modo, las nociones de tiempo, sucesión o progresión, así como de dinámica y cambio, implicadas en la concepción procesual del espacio, fueron elementos centrales para la renovación teórica de los estudios sobre fronteras estatales.

La frontera como proceso

Los enfoques procesuales acompañaron el creciente interés en el estudio de las fronteras que se suscitó desde la década de 1990 en algunos países latinoamericanos, como México, Argentina y Brasil (Cerutti y González Quiroga, 1993; Grimson, 2000; Machado de Oliveira, 2005). Estos aportes interdisciplinares se produjeron en el marco de una transformación general en las formas de pensar a los estados nacionales y sus territorios.

En lugar de ser concebidas como realidades estáticas, barreras para la defensa frente al avance de los vecinos/enemigos, o como meras localizaciones de conflictos interestatales, las fronteras fueron pensadas como espacios de condensación de procesos socioculturales que unen y separan de modos diversos, tanto en términos materiales como simbólicos (Grimson, 2005). Los procesos ponen las temporalidades históricas y las acciones de los distintos agentes fronterizos en el centro del análisis, evitando la naturalización del territorio fronterizo y la objetivación de la frontera jurídica y sus aparatos instalados en el territorio (Albuquerque, 2015). Las fronteras quedaron así íntimamente ligadas a la noción de movimiento, cambio y temporalidad. Los trabajos académicos tuvieron como desafío acompañar esta conceptualización con nuevas producciones visuales que permitan movilizar las fronteras (Figuras 1 y 2).

Figura 1
Mapa sobre flujos pioneros y difusión de la colonización entre Brasil y Paraguay
a lo largo del tiempo

Proceso_Figura 1

Fuente: Albuquerque (2015, p. 94).

Figura 2
Esquematización de los procesos de formación de los estados, delimitación y fronterización en Sudamérica en los últimos dos siglos

Imagen que contiene Gráfico  Descripción generada automáticamente

Fuente: Benedetti (2017, p. 97).

La concepción procesual se vio reflejada en expresiones como producción de fronteras o producción de paisajes limítrofes, utilizadas para dar cuenta de los aspectos imaginarios, simbólicos o discursivos, siempre en diálogo con su materialidad. Por ejemplo, Núñez et al. (2013) estudiaron la producción de la cordillera de Los Andes como frontera entre Argentina y Chile en relación con los valores y perspectivas asociadas a la idea de ‘nosotros’ y ‘lo otro’. También Escolar (2013) examinó la manera en que se instaló y operó la noción de frontera natural, la construcción icónica de ciertos relieves y climas que explicarían la ulterior diferenciación de las naciones como un destino ecológico. Estos y otros autores has rastreado la construcción de representaciones, discursos, ideas, imágenes e imaginarios sobre las fronteras, mostrando que no son objetos estáticos sino procesos sociales, históricos y mutables.

La concepción procesual de las fronteras se vinculó estrechamente con el concepto de práctica socioespacial. Esta noción recupera la idea de frontera como una producción social e histórica en permanente redefinición, y coloca el énfasis en las acciones y los sujetos que participan en ella (Grimson, 2005). Se reconoce que diferentes prácticas sociales, de distinta naturaleza, engendran fronteras, es decir, fronterizan el espacio (Benedetti, 2017). Este concepto contribuyó a recuperar las miradas locales sobre las fronteras, en oposición a los enfoques centralistas que la consideran como una construcción desde arriba hacia abajo y desde el centro hacia la periferia.

Estos aportes permitieron, además, considerar que los sentidos asociados a una frontera no son fijos o preestablecidos, sino que allí los órdenes y desórdenes sociales y espaciales son constantemente reelaborados (Lois, 2014). De todas formas, la relación proceso-práctica no ha sido examinada en profundidad en los trabajos revisados, y estos términos son frecuentemente utilizados como intercambiables.

Fronterización, desfronterización y refronterización

La perspectiva procesual en el estudio de las fronteras estatales ha dado origen a un conjunto de conceptos asociados. Uno de ellos es el neologismo fronterización, que ha comenzado a instalarse en la producción académica latinoamericana. El concepto enfatiza en la frontera como producto de la acción humana y, por lo tanto, un objeto inacabado e inestable, constantemente disputado, reestructurado y resignificado (Grimson, 2003).

Este concepto frecuentemente coloca el énfasis en la actuación de los poderes centrales, así como en los sentidos divisorios, de separación y control, como parte de los esfuerzos para consolidar o conservar una determinada estatalidad nacional. Así, Espinoza et al. (2018) entienden al proceso de fronterización como la herramienta con que cuentan los estados y los mercados para diferenciar y jerarquizar los movimientos de personas, a partir de la gestión de la movilidad, los instrumentos, reglamentos y biotecnologías para el control de las personas. Para Benedetti (2014), la idea de fronterización designa al conjunto de objetos y acciones que el poder central va estableciendo, generalmente cerca del límite, pero no inevitablemente, con la intención de manipular la oposición entre continuidad y discontinuidad. También Baeza (2008) utiliza este concepto, para analizar la institucionalización de la presencia estatal y la importancia que tuvo la militarización de zonas limítrofes.

Del concepto anterior se desprenden las nociones de desfronterización y refronterización, que fueron desarrolladas principalmente desde enfoques económicos, aunque aún de forma incipiente en Latinoamérica (Delgado y Hernández, 2015; Dilla Alfonso y Winkler, 2018). Herzog y Sohn (2014) conciben a la desfronterización y la refronterización como dos procesos derivados de la globalización. El primero refiere a la declinación de la importancia del territorio nacional y las fronteras como elementos organizadores de la vida social, económica y política. La refronterización, en cambio, se constituye como una respuesta a la globalización, con relación a los discursos de la securitización, el cierre de fronteras, la implementación de sistemas de vigilancia, muros y vallas, siendo la frontera vista como una línea de defensa contra las amenazas.

En general, estos trabajos buscan dar cuenta del modo en que se promueve una mayor movilidad económica, al tiempo que se procura un mayor control de los flujos. De este modo, la idea de desfronterización está asociada a la destrucción, desaparición y desvanecimiento de fronteras, y la refronterización a la reconstrucción, reaparición o fortalecimientos de estas. La solución de síntesis entre estas dos dinámicas -aparentemente contradictorias- es la idea de filtro o porosidad selectiva, en la que ciertas movilidades se habilitan y otras son detenidas.

Esta forma de conceptualizar el binomio desfronterización/refronterización corre el riesgo de reintroducir la idea de frontera como un objeto, una entidad fija que asume la función de barrera o filtro. Se elimina o levanta la barrera para habilitar el flujo y se recompone o baja la barrera para impedirlo. Ello ha sido expresado frecuentemente bajo la idea de fronteras abiertas y fronteras cerradas. O bien opera el filtro, seleccionando los flujos deseados e indeseados. Esta conceptualización tiene como resultado fijar o cristalizar los significados en torno a las fronteras, únicamente en términos de separación, inmovilidad o discontinuidad. De este modo, el análisis se distancia de la concepción procesual antes reseñada, que concibe a las fronteras como realidades sociales e históricas, y por lo tanto cambiantes, en permanente negociación y redefinición.

Resulta necesario revisar estos conceptos a la luz de los nuevos enfoques. Es posible concebir la desfronterización como un proceso en el cual ciertos dispositivos, prácticas y discursos crean relaciones y sentidos asociados al intercambio, la movilidad y la asociatividad de ciertos objetos y grupos sociales, donde la diferenciación adquiere una valoración positiva. Al contrario, la refronterización puede asociarse a la instalación de ciertos dispositivos (muros, radares, controles, puestos, aranceles, visas), prácticas y discursos que promueven la idea de separación, inmovilidad, desunión o discontinuidad, para ciertas relaciones sociales en determinado contexto, valorizando negativamente la diferencia u otredad. Aún resta la tarea de profundizar en estas reflexiones y revisar su utilidad para la comprensión de las fronteras como procesos en permanente transformación.

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