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43 Memoria

Silvina Fabri

La palabra memoria proviene del latín. Está formada a partir del adjetivo memor (el que recuerda), y el sufijo –ia, usado para crear sustantivos abstractos. También dio origen al verbo memorare (recordar, almacenar en la mente). La etimología de la palabra surge de la diosa griega Mnemosina, hija de Urano y Gea, a quien se le atribuye la memoria de la cual los grandes pensadores antiguos dependían para todo quehacer intelectual. En los pueblos sin escritura es por medio de la memoria o la tradición oral que se mantiene organizado el colectivo (sociedad, tribu, familia). La tradición oral emplea la asociación entre imagen e idea o imagen y palabra que facilita la memorización (Halbwachs, 1994 y 2004).

La memoria es un concepto multidimensional que involucra yuxtaposiciones de perspectivas, sentidos y niveles analíticos propios de las prácticas sociales. Existe, por lo tanto, una tensión entre el recuerdo y el olvido (Ricœur, 2012) a partir de un imperativo heurístico. Sin embargo, la complejidad que la atraviesa dio lugar a la conformación de andamiajes teóricos que bascularon entre abordajes filosóficos, históricos, psicoanalíticos y desde otras ciencias sociales. La memoria siempre es múltiple, multifacética y por sobre todo, inacabada. Se trata de una práctica del hacer cotidiano que involucra estrategias espaciales (Fabri, 2018), sitios investidos social y culturalmente que propician la activación de procesos institucionales. Estos marcos son, actualmente, la activación de políticas de la memoria y pueden conformar territorios de acción memorial (Huffschmid, 2012) o lugares de memoria (Nora, 2008).

Asimismo, la memoria se construye a partir de fuerzas en conflicto, de posiciones encontradas y de posibles acuerdos para narrar un recuerdo (Escolar y Fabri, 2015). Requiere, para activarse, de un ámbito espacial de referencia; entre ellos los museos, lugares conmemorativos, monumentos y sitios memoriales funcionan como emplazamientos de referencia memorial. Estos lugares configuran un adentro y un afuera, delinean bordes de acción y construyen fronteras porosas entre las prácticas producidas dentro de los espacios de memoria y las prácticas que trascienden esos ámbitos, donde se habilitan nuevos imaginarios y sentidos en la traza de la memoria social (Hite, 2018).

Este capítulo se divide en cuatro secciones. La primera corresponde a las indagaciones académicas sobre los lugares de la memoria. La segunda, aborda los lugares conmemorativos. La tercera sección se ocupa de los museos. Por último, se presenta un recorrido por monumentos ubicados en fronteras internacionales.

Lugares de la memoria

A partir de la década del 2000 muchos países del cono sur recuperaron espacios que habían sido utilizados como Centros Clandestinos de Detención (CCD). Ejemplos de ellos son, en la Argentina, la Ex ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), el Olimpo, el Predio Quinta Seré, entre otros. En Chile, en cambio, Villa Grimaldi, Casa de Memoria José Domingo Cañas, el Estadio Nacional, Londres 38, son algunos de los lugares más emblemáticos. El estudio de los lugares de la memoria en Latinoamérica ha tenido un gran desarrollo desde entonces. En particular, se pueden reconocer tres ejes:

Estrategias y gestión institucional de la política de memoria en la recuperación de los sitios materiales y su marcación. Actualmente, esos ámbitos urbanos reconfigurados como lugares de la memoria son el resultado de una iniciativa política para ejercitar, trabajar y reflexionar sobre los usos del pasado reciente y poner en discusión los propios usos del olvido (Yerushalmi et al., 2006). La participación y la lucha sostenida por organizaciones de derechos humanos, retomada por una política pública estatal, han propiciado el marco institucional para reconvertir los espacios materiales e impulsar en ellos estrategias, modalidades y actividades diversas que hacen a la especificidad de cada lugar de memoria (Escolar y Palacios, 2019; Feld, 2011; Guglielmucci, 2013; Messina, 2019). Con la intención de visibilizarlo, el espacio se señaliza, aparecen las cartelerías de referencia, se emplazan recursos visuales (arquitectónicos, artísticos) que demarcan y connotan el ámbito de acción memorial (Huffschmid, 2012; Jelin y Langland, 2003).

Modalidades y estrategias de construcción simbólica y narrativa. La memoria se materializa a través de valores icónicos que promueven y generan sentidos diversos sobre la memoria en términos sociales; existen lugares de valor para la memoria colectiva (Edensor, 1997). Se convierten en lugares simbólicos porque invisten el espacio de cierto estatus para ser recordados. Por cierto, ese grado de valoración puede verse alterado con el correr del tiempo, o por la emergencia de contextos sociales, culturales, políticos y/o ideológicos (Radley, 1990; Jelin, 2012). A su vez, en los lugares de memoria, se promueven como estrategias memoriales, el empleo del arte conmemorativo (Hite, 2013) donde cobra fuerza la participación colectiva (Fabri, 2019). La incorporación de relatos e historias de los actores (víctimas del terrorismo de estado, vecinos del sitio memorial, familiares de detenidos-desaparecidos, entre otros) en la narrativa del sitio memorial es una constante e interesante estrategia que suele acompañarse con muestras fotográficas, la recuperación de álbumes familiares (Fabri, 2020), a partir de su exhibición se posibilita la reconstrucción de las vidas cotidianas del pasado (Larralde Armas, 2011).

Procesos de patrimonialización de los lugares de la memoria. La relación entre lo memorial y lo patrimonial comienza a ser un eje de indagación. A medida que el proceso de institucionalización de la política de memoria avanzó a ritmos diversos en distintos países, asistimos a un creciente proceso de reconocimiento de estos sitios como un valor para la sociedad en su conjunto. Se generan estrategias de preservación, resguardo y conservación por ser ámbitos considerados de interés colectivo (Bustamante, 2016; Pinto, 2018).

Los lugares de la memoria ponen de manifiesto una distinción entre los “adentros y afueras” en clave de accesibilidad. En el contexto del Terrorismo de Estado, la clausura de la accesibilidad y la conformación del Circuito Represivo organizó un territorio-red que dio lugar a una especificidad espacial jerárquica determinada por el ejercicio del poder (Haesbaert, 2004). El funcionamiento de los CCD produjo la restricción a las miradas circunstanciales de los vecinos. El accionar metódico fabricó nuevos escenarios en la accesibilidad efectiva y subjetiva, se tejieron nuevos “adentro” y “afuera” que impactaron en la cotidianeidad de los barrios (Alonso et al., 2019; Doval, 2011).

Los ámbitos materiales, vinculados con la práctica de desaparición y la represión impuesta por el terrorismo, se presentaban como edificios en diverso estado de conservación, algunos en pie, otros derruidos o fosas, predios signados por el abandono (Doval y Giorno, 2010 y 2011). Ante el accionar del terrorismo de estado, los entornos circundantes se presentaron durante mucho tiempo como carentes de vecinos; no obstante, las memorias construidas desde la vecindad comienzan a multiplicarse con la llegada de la democracia y el reclamo desde los organismos de derechos humanos. Estos mojones memoriales son arquitecturas y enclaves territoriales visibles en las ciudades que, en general, posibilitan la apertura de estos lugares al volverse espacios públicos. En este nuevo proceso y contexto, cobra importancia la participación de múltiples actores de la sociedad civil y la tarea compleja de la transmisión de la memoria (Hassoun, 1996). En muchos casos, las memorias vecinales y barriales son incorporadas en la construcción de los relatos que se construyen desde cada lugar de la memoria (Mendizábal et al., 2012; Schindel, 2013).

En este sentido, el sitio reconfigurado permite la emergencia de actividades múltiples: pedagógicas, artísticas y recreativas. En definitiva, se borran los límites y se procura el acceso cuando se transforman en espacios públicos. Estos espacios urbanos se presentan como lugares simbólicos para los sujetos sociales (Souto y Benedetti, 2011) pero, al mismo tiempo, esa carga simbólica y afectiva se manifiesta en experiencias y aspiraciones individuales o colectivas que exceden el ámbito de lo memorial (Fabri, 2019).

Lugares conmemorativos

Los lugares conmemorativos funcionan como soportes y anclajes materiales de prácticas memoriales. Se pueden considerar como tales a los ámbitos que, de manera estratégica, emplean el arte como vehículo de la memoria del pasado reciente (Jelin, 2012; Hite, 2013). Allí, las representaciones puestas en escena resignifican memorias, recuerdos y duelos de los familiares de las víctimas. Estos lugares son vehículos para dar cuenta de los contextos de violencia política, de las pérdidas, de los silencios y borramientos llevados a cabo por políticas y posicionamientos político-ideológicos estatales. Latinoamérica proporciona tres ejemplos interesantes que permiten pensar bordes y fronteras.

El Ojo que llora, Perú. Fue inaugurado en 2005 y nació como iniciativa privada diseñada para honrar a los miles de víctimas de la violencia terrorista y represión estatal con el objetivo de fortalecer la memoria colectiva, promover la paz y la reconciliación en el país. La instalación forma parte de un proyecto inconcluso mayor, llamado Alameda de la Memoria, que incorporaría otras piezas de arte, grandes extensiones de áreas verdes y una instalación permanente para el Museo de la Memoria-Yuyanapaq. Fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación por el Ministerio de Cultura en 2013. El memorial está ubicado en un espacio de 400 metros cuadrados en el Campo de Marte, un parque público del distrito Jesús María, Lima. Se encuentra en medio de un laberinto de once círculos concéntricos compuesto por decenas de miles de cantos rodados. Cada roca individual está inscripta con el nombre, edad y año de muerte de una víctima. La escultura central es representativa de la Pachamama, la Madre Tierra (Figura 1). El memorial emplea el espacio en clave laberíntica, habilita un tránsito que no requiere indicaciones para recorrer los senderos concéntricos bordeados de piedra en donde se leen los nombres de las víctimas (Figura 2).

Figura 1
Detalle de la escultura central

C:UsersasdPicturesAño 2017Viaje Lima, Perú mayo-2017Viaje Lima Perú. LASA 2017 Día 1 (28 de abril de 2017)P1420905.JPG

Fuente: Fotografía propia tomada el día 28 de abril de 2017.

Figura 2
Detalle de las piedras que construyen los bordes del sendero del memorial

C:UsersasdPicturesAño 2017Viaje Lima, Perú mayo-2017Viaje Lima Perú. LASA 2017 Día 1 (28 de abril de 2017)P1420908.JPG

Fuente: Fotografía propia tomada el día 28 de abril de 2017.

Parque de la Memoria, Argentina. El Parque de la Memoria-Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado (1976-1983) es un espacio público de catorce hectáreas de extensión, ubicado en la franja costera del Río de la Plata de la Ciudad de Buenos Aires. Fue creado en 1998 y en él se emplaza un monumento a las víctimas del terrorismo de estado. En su superficie están inscriptos los nombres de los desaparecidos/as y asesinados/as por el accionar represivo estatal. El propio Río de la Plata se configura como ícono de representación y como un ámbito fronterizo entre los procesos memoriales que el monumento, en su materialidad, pone en tensión la mirada y el tránsito del visitante con la presencia y movimiento del cuerpo de agua, destino final de muchas víctimas del terrorismo en Argentina.

El memorial de Paine, Chile. Inaugurado en 2008, se trata de un lugar para la memoria construido en homenaje a los 70 ejecutados políticos y a los detenidos desaparecidos de la localidad de Paine, sur de Santiago de Chile, durante la dictadura cívico-militar (1973-1990) encabezada por Augusto Pinochet. La instalación responde a la metáfora de un gran bosque artificial donde se erigen 1.000 pilares de madera impregnada, donde al retirarse 70 pilares de madera genera espacios ausencia que recuerdan a cada uno de los 70 hombres desaparecidos. En el centro del conjunto se encuentra un ágora central dedicada al encuentro y las conmemoraciones. El pavimento de la zona peatonal es de conchuela blanca tanto para reflejar la luz, pero también para dar sonido a los pasos. Estos sentidos sensoriales en el recorrido configuran un simbolismo de la ausencia. La conmemoración de las víctimas los familiares y amigos lograron, en articulación con arquitectos y artistas, diseñar, construir y colocar un mosaico de cerámicas que conmemora a sus seres queridos (Hite, 2013).

Museos, memorias y fronteras

Los museos se han considerado, en múltiples oportunidades, como espacios de exposición de un reducto seleccionado de objetos que contienen en sí una historia y una narrativa memorial particular. De esta manera, la forma en cómo se construye ese guion museístico, la disposición de los objetos y su propia curatoría posibilitan la emergencia cuasi inmediata de un discurso sobre determinado contexto o proceso social con referencias a un ámbito espacial. Sin embargo, se puede sostener que el museo no es más que un dispositivo material que construye un relato simbólico con contenidos específicos producto de decisiones y de un contexto que habilita el interés para la exposición (Fernández Bravo, 2017).

La práctica del contrabando como fenómeno histórico resulta interesante para revisar las fuentes útiles que ayuden a documentar la complejidad territorial y los asaltos a fronteras comerciales impuestas por el ejercicio del mercantilismo en las colonias por los poderes reales (Laurent, 2005). Se ha producido un interés creciente sobre memorias de la etnografía del contrabando tradicional, en España, por ejemplo, se nominó como un Bien de Interés Cultural (BIC) de carácter inmaterial en Castilla y León.

Comienza a aparecer con fuerza la necesidad de conservación de la memoria histórica del contrabando a través de la organización de distintas actividades y eventos. Dentro de estas nuevas propuestas se ponen en valor los museos que en su guion privilegian la articulación de exposición de objetos, relatos míticos, leyendas sobre tesoros de galeones hundidos, documentos y cartografías y cartas de navegación con detalles de las rutas comerciales y legislaciones coloniales. Ejemplos de estos museos son: en Colonia de Sacramento, Uruguay, el Museo de los naufragios y tesoros, el Museo Español y el Museo y archivo histórico regional.

Con sus particularidades estos museos rearman un relato transfronterizo de la práctica del contrabando, en donde aparecen imbricados los relatos histórico-fácticos con mitos memoriales y fantasías construidas socialmente. Aparece como insumo de la narrativa museística un relato imaginario sobre galeones y piratas.

En otra línea, una incipiente red de museos en Portugal pretende visibilizar el contrabando en la denominada raya, frontera entre España y Portugal en han recopilado en los últimos años numerosos testimonios de contrabandistas, personas que filtraban productos a través de la frontera, durante la Guerra Civil y la posguerra. También han recogido documentación de los archivos de la Guardia Civil y de los expedientes judiciales. La información se volcará, según el proyecto, en un museo interactivo, que servirá de modelo para una red de centros en la frontera entre los dos países, en los pueblos “contrabandistas”. En la localidad fronteriza de Melgaço con Arbo (Galicia) se inauguró en mayo de 2007 un museo sobre el contrabando y la emigración, dos fenómenos sociales y económicos que determinaron la historia moderna de las dos riberas del Río Miño, donde aún pesaba un secretismo que comienza a resquebrajarse. Durante décadas, personas de todas las edades, sexos y parroquias, sin límite de edad ni categoría social, se dedicaron al contrabando de café, oro, plata, cobre, marisco, ganado, chocolate o camiones en piezas.

En Estados Unidos se erigen otras expresiones museísticas que recuerdan las luchas por el control de esclavos y las fronteras. En Texas, se enaltece a los héroes de la guerra civil estadounidense, que expresan la supremacía blanca. Los monumentos hablan de una memoria vernácula tal como lo refleja el Monumento del soldado anónimo. Pero no se ve la importancia que imprimió la esclavitud y el racismo, la violencia y las atrocidades.

Los museos plantean una propuesta narrativa divergente de un lado y de otro de la frontera, son como espejos distorsionantes y permiten preguntar: ¿Cómo interviene la construcción en clave de identidad estatal o nacional? ¿A partir de qué elementos se construye el relato? ¿Cuáles son los valores que se ponderan? ¿Cuáles son los conflictos que se minimizan o invisibilizan? Pensar los museos en espejo permite resituar las disputas violentas históricas en las fronteras. Como sostiene Hite (2019), la demanda de construcción de nuevas narrativas que quiebren el negacionismo, la invisibilidad y las ausencias/silencios de los procesos de racismo, esclavitud, la desigualdad, las guerras y conflictos por las demandas de tierras surge como nuevo campo de indagación.

En las fronteras, las memorias se producen y reelaboran por la mixtura de los posicionamientos políticos y las modalidades de relato histórico que se decide poner en circulación. La memoria muchas veces está colonizada tal como lo plantea Robin (2012) por los pasados legendarios que se convierten en mitos (Vernant, 2008) y logran sustentar ciertos estereotipos presentes en la literatura y los imaginarios estadounidenses. El hombre blanco, colono y ambicioso frente al indio salvaje son los personajes del escenario de frontera. Esa marcha progresiva e incesante hacia el oeste, la domesticación de los indios en pos de la libertad y de la democracia hace al gran mito que sostiene la expansión de la frontera y sobre todo la leyenda con aura inaugural de la heroicidad de tal tarea.

En 1893, en el marco de una exposición internacional, se celebró la construcción de los dos relatos sobre una identidad fronteriza en oposición asimétrica: el relato de Buffalo Bill (Willian F. Coody) y sus espectaculares aventuras frente al discurso de Frederick J. Turner, miembro de la Historical Association, quien sostenía que la identidad norteamericana se constituyó por la experiencia de habitar en la frontera, es decir, ser parte de una población en movimiento en tierras libres (Robin, 2012).

La identidad nacional se transforma en un factor relevante para entender las estrategias de relatos de los museos en espacios fronterizos (Texas en EE. UU. y El Paso en México, por ejemplo). El espejo siempre distorsiona. Entender que la decisión de cómo construir el relato en clave política se convierte en un insumo fundamental del hacer memorial abre el camino para que los museos abandonen su halo de objetividad y revisen su cariz político y polémico con los procesos sociales que pretende presentar como muestra cosificada.

Monumentos en fronteras internacionales

Los monumentos pueden ser pensados como íconos de un pasado y un valor memorial histórico. Son signos materiales que vinculan el pasado y los valores sociales del presente bajo un halo de seguridad que pone en valor un origen mítico y heroico (Achugar, 2003). Las fronteras interestatales han sido motivo para erigir monumentos. Se pueden proporcionar dos ejemplos interesantes.

Monumento en la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Se trata de tres hitos, enclavados en ese espacio típicamente fronterizo. Son tres obeliscos pétreos con forma de pilar, de sección cuadrada, con cuatro caras trapezoidales iguales y en su parte superior se encuentra una pequeña pirámide, uno en cada orilla de la confluencia de los ríos Paraná e Iguazú. Son un insumo del turismo y de la multiplicación de fotografías que circulan en las redes sociales. Un hito (o marco, como se lo denomina en Brasil) es un poste de piedra o cualquier señal clavada en el suelo que sirve para delimitar un territorio, indicar distancias o dirección de un camino. Pone en funcionamiento los efectos de un imaginario sobre la unificación territorial o las relaciones fronterizas.

Monumento Cristo Redentor la frontera entre Argentina-Chile. Fue erigido en el paso de Uspallata, junto a la línea de la frontera argentina-chilena por iniciativa de monseñor Marcolino Benavente, obispo de Cuyo, y de Ángela Oliveira Cézar de Costa. Se inauguró el 13 de marzo de 1904 con el fin de conmemorar la superación pacífica del conflicto por cuestiones de límites que había llevado a ambos países a estar al borde de la guerra. El 20 de noviembre de 1902 se produjo el laudo inglés y definió por dónde pasaría el límite. Esta solución fue acatada por ambos países a pesar de no atenerse a las pretensiones de Argentina ni a las de Chile.

La obra fue declarada Monumento Histórico Nacional y Patrimonio Cultural de la Nación por el gobierno argentino en 2003. El monumento actualmente es un ícono de referencia para la práctica turística (Figura 3). Estar en el borde de esa frontera presupone la construcción de otras memorias individuales que nada tienen que ver con la intención primigenia del traslado del Cristo Redentor a la Cordillera de los Andes.

Figura 3
Cristo Redentor, Mendoza

C:UsersasdDocumentsCristo redentor.jpg

“El monumento representa la Imagen de Jesús Nazareno de pie, parado sobre un globo terráqueo, sosteniendo con su brazo izquierdo una cruz. La figura sostiene su mirada siguiendo la línea imaginaria del límite entre los dos países”. Extracto del relato del guía turístico de la excursión realizada en febrero de 2011. Fuente: Fotografía propia tomada el 26 de febrero de 2011.

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