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21 Diferenciación

Alejandro Benedetti

Diferencia proviene del latín, differentia, y es la “cualidad o accidente por el cual algo se distingue de otra cosa” (https://dle.rae.es/diferencia). Diferenciar, según la RAE, es “hacer distinción, conocer la diversidad de las cosas”. Distinción puede tener un significado positivo: como cuando se reconoce que alguien es distinguido, que tiene alcurnia. Pero también, siguiendo a la RAE, se puede asociar a lo diverso: existencia de variedad de expresiones, diversos aspectos. Esta idea, como la diferencia, conllevan un carácter relativo: algo es diverso con respecto a otra cosa; alguien se diferencia de otras u otros personas. 

Aquí se prestará atención a la diferenciación asociada al espacio: entre lo que está acá y lo que está allá; entre quienes quedan lejos y quienes quedan cerca; entre nosotras y las otras. Las diferencias sociales construyen el espacio y, de manera dialéctica, las diferencias espaciales están en la base (o en el centro) de las desigualdades sociales. En la vida cotidiana esto se expresa, por ejemplo, en la diferenciación entre espacios exclusivos para hombres y para mujeres. Asumir que hombres y mujeres deben saciar sus necesidades fisiológicas de manera diferenciada y mantener condiciones de seguridad y privacidad de unas con respecto a otros requiere diferenciar espacios. En el caso de los baños públicos (Figura 1), una pared divisoria separa lugares exclusivos y excluyentes entre sí. Es una expresión del sentido binario de la organización de las cosas, que no deja posibilidad a matices, grises e intermedios. 

Figura 1
Baños públicos. Expresión binaria de lugares exclusivos y excluyentes

Resultado de imagen para baño hombre mujer

Con frecuencia, ciertos intereses por ejercer una diferenciación conviven con expresiones que llevan a lo opuesto. Los estados nacionales son una clase de territorialidad que coexiste con multiplicidad de territorialidades de diversa índole, de geometrías y dinámicas variables. Muchos estados buscan diferenciarse del vecino en términos lingüísticos: como el Uruguay que buscó homogeneizar la lengua española en su interior y diferenciarse del portugués, lengua oficial del Brasil. Pero en la frontera entre ambos países, con la convivencia y lo cotidiano, emergió una comunidad lingüística, rural y trasnacional, superpuesta al límite. El portuñol, sin reconocimiento oficial, se desarrolla en los ámbitos privados y personales, especialmente de las clases populares (Ruiz, 1998). Este sistema lingüístico es una forma de integración (Fernández García, 2006), un gris que transgrede la diferenciación lingüística pretendida por los estados nacionales.

Límites, bordes, frentes e interfaces son elementos que estructuran el espacio, y que promueven procesos tanto de diferenciación como de articulación. La frontera puede proponerse como sistemas de lugares de diferenciación y de contacto entre grupos sociales, entre corporaciones agropecuarias, entre ejércitos o entre zonas residenciales. Las fronteras diferencian (e identifican) y articulan. Permiten, por un lado, que surja lo inter (prefijo que significa entre o en medio): interestatal, interprovincial o intercontinental. Para que dos se relacionen primero deben estar diferenciados de algún modo, por alguna frontera. Por otro lado, permiten lo trans (al otro lado de o a través de). Para que un proceso pueda ser trasnacional, primero (o simultáneamente) debieron diferenciarse las naciones; el viejo mundo creó al nuevo como aquello transoceánico a conquistar, donde el Atlántico fue una frontera a traspasar con las nuevas tecnologías de la navegación. 

El texto se organizará en cuatro secciones. La primera se concentrará en la diferenciación regional; la segunda en la diferenciación territorial en el contexto de formación de los estados nacionales; la tercera indagará sobre la idea de diferenciación como práctica. Finalmente, se ofrecerán algunos ejemplos de diferenciación a diferentes escalas espaciotemporales.

Diferenciación regional

Región es una palabra del latín: regĭo, -ōnis-. Se remonta a tiempos de la Roma antigua y se relaciona con el término regere, y con regir (dirigir) y con rey (regio). De manera complementaria, tiene otro significado, ligado a la palabra regionis, que significaba dirección y, también, línea y límite, y de allí delimitar. Regioni, en aquél entonces, designaba a cada una de las áreas delimitadas que, aunque dispusiesen de una administración local, estaban subordinadas a las reglas generales y hegemónicas de las autoridades romanas (Gomes, 1995). 

De manera general, una región es la delimitación de una parte dentro de un todo, de donde surge una determinada relación todo/parte. Regionalizar es dividir o fragmentar el espacio: el mundo como totalidad fue dividido en zonas climáticas y los países en regiones económicas. La región es una parcela o recorte del espacio, que se expresa en múltiples escalas (Haesbaert, 2010), desde la escala del cuerpo humano (región craneana, región pélvica), a la escala planetaria (ecorregiones, regiones lingüísticas), pasando por las regiones intraurbanas (barrios, zonas) o las astronómicas (constelaciones, sistemas planetarios). 

La regionalización ha estado presente en la práctica científica desde el siglo XIX, como una forma de organizar el entendimiento de la realidad. La emergencia e institucionalización de la geografía disciplinar en Francia, Alemania y los Estados Unidos se encuentra estrechamente asociada al estudio de las regiones. Paul Vidal de la Blache, Alfred Hettner y Richard Hartshorne, con diferentes énfasis, han considerado a la distinción y diferenciación regional como cuestión fundamental del trabajo intelectual de esta disciplina.

Vidal de la Blache, en sus trabajos de las décadas iniciales del siglo XX, puso mayor énfasis en la individualidad o “personalidad” de la región: aquello que es singular e irrepetible, vale decir, la identidad regional. Los enfoques fisiográficos (al que él mismo contribuyó en sus trabajos iniciales) concentraban la atención en las características del medio natural. Desde esta nueva perspectiva, una región estaría definida por la acción humana o, en todo caso, por la interacción entre el hombre y el medio natural (Haesbaert, 2012). Vidal de la Blache buscaba resaltar las distintas formas en que los grupos humanos aprovechaban los dones de la naturaleza, a través de un determinado acervo técnico y de diversas formas organizativas. En aquella perspectiva, por la interacción entre hombre/naturaleza -de larga duración- surgía un paisaje (aspecto fisonómico de la región) y un modo de vida plausible de ser individualizado, delimitado y descripto. Un geógrafo debía distinguir las regiones agrícolas de las ganaderas y éstas de las industriales. La regionalización expresa una idea de distinción de área a partir de sus singularidades.

En el contexto alemán, Hettner consideraba que la geografía era una ciencia idiográfica, interesada por reconocer las particularidades o singularidades de determinado ámbito geográfico. Asimismo, la geografía debía estudiar el ordenamiento de la superficie terrestre a partir de la distribución de diversos elementos. Las regiones no debían asociarse exclusivamente a la descripción morfológica de paisajes (propio de la tradición fisiográfica), sino que era necesario interpretarlas como el resultado de una dinámica más compleja (Gomes, 1995). La geografía sistemática (o general) se ocuparía de estudiar cada “geofactor” de manera aislada -placas tectónicas, clima y suelo, conjunto de ciudades y tráfico comercial- como capas sucesivas que conforman la totalidad. Esto permitía reconocer clases o tipos de espacios, donde se articulan esas particularidades. Luego, mediante el estudio regional (Länderkunde), que sería el principal objetivo de la geografía, se examinarían pequeñas partes de la tierra, para reconocer las diferentes relaciones entre esos geofactores. Esto llevaría a reconstruir la singularidad inconfundible de una parte diferenciada de la tierra, es decir, de una región (Harvey y Wardenga, 1998). 

Tiempo después, Hartshorne (1939), quien recuperó la propuesta de Hettner, sostuvo que la geografía regional es la “descripción de la tierra por porciones de su superficie” (p. 208). Y continúa: “el propósito de la geografía es adquirir un conocimiento del mundo en términos del desarrollo diferenciado de sus diferentes áreas” (p. 210). La antesala de esto debía ser la geografía general, vale decir, el estudio de superficie terrestre en sucesivas capas. La región expresaría una determinada síntesis y organización armónica entre esos componentes (Gomes, 1995). 

En estas propuestas, con una concepción absoluta del espacio, las regiones tendieron a pensarse como realidades ontológicamente fijas, estables, como escenario en los que se desenvuelven poblaciones espacialmente diferenciadas. Para esa tradición, las regiones son unidades físicas, tangibles u objetivas, con caracteres propios, cuya singularidad debía desentrañar el geógrafo (García Álvarez, 2006).

La perspectiva regional que suele llamarse clásica, que reconoce especialmente a los autores europeos y estadounidense antes mencionado como referencias fundamentales, tuvo gran influencia en el pensamiento regional latinoamericano. En general, en cada país se operó alguna división regional, apelando al criterio de la diferenciación por áreas en base a las características del medio físico. La regionalización suponía la partición exhaustiva del país, formando un mosaico de unidades diferenciadas, yuxtapuestas, donde ningún resquicio queda sin cubrir, normalmente expresado en una imagen cartográfica que se asemeja a la de un rompecabezas, donde todas las piezas encajan perfectamente. Los límites, en general, no se definían a partir de una metodología explícita. Se consideraba que estaban inscriptos en la realidad. Para su descubrimiento importaba más la mirada experta, en el terreno, que el análisis de otro tipo de información que se pudiera relevar.

En el Perú, el geógrafo Javier Pulgar Vidal (1938) estableció una división en ocho regiones que, desde entonces, se volvería ampliamente aceptada y difundida. A partir de una regionalización fisiográfica previa, que diferenciaba Andes, Costa y Amazonía, identificó: Chala (Costa), Yunga, Quechua, Suni, Puna, Janca o Cordillera, Rupa Rupa o Selva alta, Omagua o Selva baja. Su carácter precursor se debió a la incorporación de la idea de los pisos ecológicos, que luego fue ampliamente recuperada por la etnografía y arqueología sobre el Perú prehispánico, hispánico y republicano. Si bien mantuvo el término región natural, se trataba más bien de una región geográfica: en su definición, el criterio rector era la altitud, que se combinaba con otros componentes geofísicos (clima, subsuelo, mar, etc.) y los “grupos humanos” a partir de la síntesis hombre/naturaleza, propia de la geografía en boga en la época. Este autor afirmaba:

…el análisis cabal del territorio sólo es posible mediante la consideración íntegra de todos los factores del medio ambiente natural, combinados de manera armoniosa y en proceso histórico y actual con la obra, la adaptación y las modificaciones que el hombre ha realizado y realiza en el territorio peruano. En relación con este criterio, causa profunda admiración y es motivo de orgullo nacional el comprobar que los antiguos peruanos y los campesinos, sus actuales herederos… llegaron a configurar una imagen clara del territorio peruano, conforme a la cual el Perú está dividido en OCHO REGIONES NATURALES… Después de identificarlos, los hemos confrontado científicamente con la realidad geográfica, analizándolos en relación con todos o con la mayoría de los factores del medio ambiente natural; y, finalmente, hemos planteado la urgencia y la necesidad de adoptar un criterio geográfico que considere al Perú como un país variado y armonioso, con ocho realidades, problemas, posibilidades y soluciones. (p. 2-3)

Diferenciación interestatal

La frontera puede considerarse como aquello que está al frente del territorio y, al igual que este, puede pensarse como una construcción social, un proceso abierto y contingente, una realidad que no es, sino que está siendo permanentemente, a través de diferentes prácticas materiales y simbólicas. En Latinoamérica, las fronteras fueron cruciales en el proceso de diferenciación territorial interestatal y se mantienen en esta condición hasta el presente, toda vez que azuza a la población, por ejemplo, con el temor al ingreso ilegal de personas o sustancias por la frontera desde el país vecino: la frontera diferencia a “nosotros víctimas” de “ellos transgresores”. 

Las fronteras internacionales son epifenómenos del proceso de construcción territorial de estados modernos, linderos, simultáneos, con ritmos diferentes, pero que, mutuamente, buscaron diferenciarse. Los estados hispanoamericanos surgieron de un mismo dominio colonial, con una misma lengua y religión. A falta de criterios étnicos de adscripción (Escolar, 1994), especialmente los de más al sur, fueron el territorio y sus fronteras los elementos de diferenciación por excelencia enaltecidos en el proceso de construcción nacional.

En esa construcción debieron resolverse cuestiones organizativas interiores, como la instalación de la capital o la conformación de divisiones político-administrativas con o sin autonomía. Simultáneamente, se establecieron relaciones con los países vecinos, tendientes a la separación de las porciones de la superficie terrestre que se pretendían controlar, de manera exclusiva y excluyente. Todos los países han buscado imaginarse como comunidades territorialmente diferenciadas de sus vecinos (Anderson, 1991). Ese proceso, que ocurre tanto en el plano sociocultural, económico e institucional, puede denominarse como de diferenciación territorial.

Analizar un proceso de diferenciación territorial supone prestar atención, en simultáneo, a la institucionalización (Paasi, 1986) de países linderos y, recurrentemente, a diversas formas de intervención que realizan terceros, como las potencias colonizadoras. En el momento inicial del proceso de diferenciación territorial, cuando emerge el espacio binacional, es posible reconocer dos procesos fundamentales: distribución de áreas y delimitación.

La distribución de áreas entre dos países tendió a ser un proceso conflictivo. A veces se materializó mediante una guerra de conquista (como la incorporación de la región de Atacama a Chiles, tras la Guerra del Pacífico) y otras mediante algún tipo de canje (como la cesión de derechos de la Puna de Atacama que realizó Bolivia a favor de Argentina, a cambio de que ésta dejara de reclamar derechos sobre Tarija). La Patagonia, el Desierto y la Puna de Atacama, el Pantanal, el Gran Chaco, las Misiones y el Acre fueron algunas de las regiones sudamericanas disputas durante el siglo XIX y todavía en el XX. La fijación de límites ha sido clave en la diferenciación territorial sudamericana. No se trató de un acto temporalmente fijo; más bien, de procesos de delimitación: conjunto de operaciones que van realizando díadas de países (en ocasiones tríadas), a veces con la participación de terceros, tendientes a establecer y mantener el límite interestatal en toda su extensión (Benedetti, 2013).

Diferenciación como práctica espacial 

Santos (1996) propuso que el espacio se conforma de sistemas de acciones en convergencia con distintos sistemas de objetos. Las prácticas pueden considerarse conjunto de acciones localizadas (en tiempo y espacio) mediante las cuales la sociedad, los sujetos y sus diferentes agrupamientos, construyen espacio, lo representan y lo redefinen constantemente. La producción del espacio resulta de innumerables prácticas, de prácticas espaciales. 

Por su parte, Roger Brunet desarrolló una perspectiva conocida como coremática, donde identifica siete grupos de prácticas espaciales: partición (maillage), que alude a división y diferenciación; enrejado (treillage), que podría incluir comunicación y circulación; gravitación, o también atracción, (al que se le podría sumar repulsión); contacto, interfase y ruptura; tropismo, que podría expresar gradación y disimetría; dinámica, que reflejan expansión y retracción, conquista y retroceso, colonización y abandono; jerarquización, que involucra subordinación (García Álvarez, 1998).

Vasconcelos (2013), en cambio, lista y describe 21 prácticas espaciales: diferenciación socioespacial (que expresa desigualdad), yuxtaposición (entendida también como proximidad espacial) y la separación, la dispersión, la partición y la fragmentación, la exclusión y la inclusión, la segregación y desegregación (déségrégation) o bien, asimilación; el apartamiento (apartheid); la autosegregación, el agrupamiento (o aglomeración, cluster) y la fortificación; la polarización y la dualización (por dual); la gentrificación y la invasión; la marginalización y la periferización; la relegación.

Asimismo, Lévy y Lussault (2003) incorporan diferenciación espacial en su diccionario. Sostienen: “El proceso de diferenciación, que produce lugares y discontinuidades espaciales, está en el corazón del espacio. Es sobre todo la acción de los hombres en sociedad lo que precozmente ha conducido a una partición y una diferenciación del espacio terrestre…” (p. 259).

En diversos campos del saber se ha generalizado el uso de la categoría frontera para dar cuenta de una pluralidad de procesos de emergencia, diferenciación y relacionamiento de entidades espaciotemporales (parques industriales, áreas residenciales, territorios indígenas y un largo etcétera) entre las cuales se interponen fronteras. La práctica de la diferenciación es consustancial a la frontera.

Valenzuela Arce (2014) propuso las ideas de “dimensión conjuntiva” y “dimensión disyuntiva” de las fronteras. La primera es la capacidad de unir realidades diferentes, mediante mecanismos como la buena vecindad, el incentivo de los intercambios o la búsqueda por reducir las asimetrías. Las nociones de integración, costura, cooperación o hermanamiento son conjuntivas. Lo disyuntivo, en cambio, refiere a separación y desunión, vale decir, a diferenciación. Esto ocurre cuando la frontera deviene obstáculo, fractura y hostigamiento. La proliferación de prejuicios y estigmatizaciones de lo que está del otro lado, la quita de colaboración en tareas cooperativas con el vecino o, más concretamente, el levantamiento de paredes y las guerras activan la dimensión disyuntiva de la frontera.

Escalas de diferenciación

Regiones y fronteras como emergentes de las prácticas de diferenciación, pueden reconocerse en múltiples escalas espaciotemporales. Siguen algunos ejemplos.

Diferenciación a escala subnacional. El regionalismo o provincialismo, y también el nacionalismo, son movimientos que expresan la construcción de identidades. Cuando circunscriben un espacio, diferencian un “nosotros” –quienes somos semejantes por estar dentro– y un “otros” –quienes son diferentes por estar fuera–. Deriva de los sentimientos de pertenencia de un grupo a un determinado ámbito geográfico (sentido de lugar) y de las acciones tendientes a reivindicarlo. Los objetivos del grupo al inventar una identidad regional singular pueden ser múltiples, como el reconocimiento étnico, la autonomía económica o la protección del ambiente (Benedetti ,2009). 

En el proceso de construcción nacional, cuando confluyen los intereses, objetivos e imaginarios de una elite y de la población subalterna de una región para enfrentar al estado central, que intenta imponer su autoridad, se pueden llegar a producir dinámicas regionalistas, separatistas e irredentas. Ejemplos de ello, en el proceso de construcción de la nación mexicana, fueron las tendencias separatistas surgidas en Yucatán luego de la independencia de México con España o la separación lograda por Texas para integrarse a los Estados Unidos (Taracena Arriola, 2008). 

Diferenciación a escala continental. Las ideas de americanismo, panamericanismo, latinoamericanismo y sudamericanismo suponen procesos de diferenciación de regiones dentro del sistema internacional. El americanismo se relaciona con el proceso independista y la pretensión de diferenciación de las colonias del “nuevo continente” con respecto a sus colonizadores. Bajo formas neocolonialistas, con la hegemonía continental de los Estados Unidos, se fue consolidando el panamericanismo (Zusman y Hevilla, 2014). Esta lógica estuvo presente en lo que algunos autores definen como viejo regionalismo: las organizaciones regionales de seguridad, lideradas por los Estados Unidos, establecidas para mantener las alianzas militares y los balances de poder en un mundo bipolar (Sanahuja, 2012). El panamericanismo fue la estrategia de los Estados Unidos para diferenciar, a escala global, su más inmediata esfera de poder, a la sazón, el continente americano. Institucionalmente ese regionalismo se expresó en la Organización de Estados Americanos, creada en 1948. 

Desde la década de 1960 ese proceso convivió, contradictoriamente, con otro vinculado al ideal latinoamericano, vinculado al interés de diferentes grupos hegemónicos de los países de la región, muchos de ellos imbuido en gobiernos nacionalistas y proteccionistas, para aumentar la autonomía con respecto a los Estados Unidos (Briceño Ruiz, 2007), promovido desde la CEPAL. El Río Bravo sería la frontera de una Latinoamérica frente a la hegemonía estadounidense. Este esquema colapsó en la década de 1980 (Sanahuja, 2012). Desde la década de 1990 nuevas tendencias regionalistas llevaron a la formación de bloques de países que. En este período México se distanció del resto de Latinoamérica, acercándose a los países del norte. Hacia el sur se diferenciaron cuatro bloques: Caribe (CARICOM), Andino (CAN), Centroamérica (CAM) y la cuenta del Plata (MERCOSUR). En la década de 2000, en un contexto marcado por el fortalecimiento del estado y el retorno de la agenda desarrollista (Serbin et al., 2012), se formó la UNASUR, un atisbo de sudamericanismo.

Diferenciación a escala urbana. Son muchas las expresiones que se utilizan para dar cuenta de los procesos de diferenciación en ámbitos urbanos, como segregación, fragmentación, polarización y dualización. Un espacio dual sería aquel que reúne dos caracteres o fenómenos distintos. Considerando procesos que son a la vez de diferenciación y dualización son, por caso, los que remiten a la díada Norte-Sur. La idea de dualidad tiende a simplificar la visión del mundo entre dos entidades diferentes y opuestas, como oriente y occidente, norte y sur o desarrollado y subdesarrollado (con sus correspondientes líneas o franjas divisorias), frente a la posibilidad de visualizar la realidad como algo fragmentado, donde esos fragmentos se superponen, alejan y tensionan.

Bibliografía

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