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Nación

Oscar Gracia Landaeta y Andrés Laguna-Tapia

Según Coromines (1983), la palabra nación deriva de nacer, del latín nasci. El autor identifica su primer uso durante el siglo XV, en el marco de la Biblia medieval, específicamente Génesis, capítulo 25, versículo 19. Allí se traduce una palabra hebrea que significa, justamente, ascendencia y posteridad, condición natural, cualidad nativa. Es interesante apuntar que, en versiones más contemporáneas de la Biblia, la misma palabra ha sido traducida como ‘generaciones’, ‘descendientes’, ‘historia’ o ‘relato’. Coramines apunta que el término fue tomado del latín: Natio, -ōnis, ‘nacimiento’, ‘raza’, ‘nación’, ‘gentil’, ‘pagano’, ‘nacional’, ‘nacionalidad’.

El concepto nación es fundamental tanto dentro del léxico político como en el marco del horizonte teórico de las ciencias sociales. Sin embargo, esta centralidad ha venido acompañada de una franca imposibilidad para alcanzar una definición unívoca. Esto parece remitir a la propia historia del término, ya que sus significados a lo largo del tiempo han sido diversos, contradictorios y cambiantes.

Tal dificultad para fijar un sentido único para esta palabra e idea se vuelve especialmente relevante si se considera que, según ciertas perspectivas teóricas, el surgimiento del estado moderno y la consolidación de su sentido de territorialidad han sido procesos intrínsecos a la formación de las identidades nacionales contemporáneas. La nación, entendida en este marco, no puede desligarse de las estructuras políticas y administrativas que delimitan su territorio. Es precisamente en esa intersección entre espacio geográfico, poder estatal y comunidad imaginada donde se configuran sus significados modernos. Ello establece un vínculo estructural y ciertamente enigmático entre nación y frontera.

Para desarrollar esta interconexión profunda entre estas dos ideas, el presente capítulo se dividirá en cinco apartados. El primero de ellos reconstruye brevemente el registro del término nación en distintos periodos históricos. El segundo, por su parte, se ocupa de analizar el proceso de formación de las naciones modernas a partir de la influencia gestora y reguladora del estado. El tercero propone una consideración sobre el sentido esencial que la territorialidad y las fronteras portan para el sentimiento y el pensamiento de la nación sobre sí misma. La cuarta sección mueve estas ideas al espacio latinoamericano, mientras la última se concentra en pensar algunos fenómenos contemporáneos a partir del marco teórico desarrollado en relación con el binomio nación-frontera.

Nación a lo largo de la historia

En el Antiguo Testamento las naciones (derivadas de los términos hebreos góy y ‘am) son descritas como divisiones de la especie humana creadas por Dios después del diluvio universal, fruto de la dispersión de las poblaciones y de la proliferación a partir de la Torre de Babel (Campi, 2019). En este sentido, la palabra nación se usa para referirse a una comunidad de individuos que desciende de una misma línea de sangre o de un único progenitor (Génesis, capítulo 25, versículo 19, a los descendientes de Ismael).

El término que en la Grecia antigua se consolidó como el más cercano a nación es éthnos (ἔθνος). Dentro de un amplio abanico semántico, esta palabra puede indicar una multitud, clase o enjambre. En un sentido político, se refiere a un conjunto étnicamente homogéneo de comunidades locales (como aldeas y tribus) con una identidad basada en el elemento territorial: una suerte de nación étnico-cultural o étnico-territorial. La palabra se usaba tanto para designar a pueblos ‘bárbaros’ o no helénicos como para nombrar poblaciones propiamente griegas.

Es en el mundo romano donde el término natio aparece por primera vez, aplicándose con diversas connotaciones. La primera de ellas se refiere al nacimiento, al origen o a la comunidad de derecho fundada en vínculos de sangre (similar a gens), así como a la denominación de la tierra de origen o procedencia. También se empleaba para distinguir a los peregrinos, de comunidades extranjeras sometidas a Roma, de los ciudadanos romanos. De manera figurada, la palabra podía igualmente mentar a un “grupo restringido de personas unidas por ideas compartidas o solidaridad” o a una secta, clase o comunidad (Campi, 2019, pp. 40-43).

La historiografía moderna niega la existencia de una conciencia nacional auténtica en la Edad Media (Hobsbawm y Ranger, 1983; Gellner, 2001; Billig, 2014). Sin embargo, algunos estudios contemporáneos sugieren que, especialmente el periodo entre los siglos V y XI, fue fundamental para sentar las bases que dieron forma a las naciones históricas europeas, incluyendo procesos de etnogénesis y un sentido de pertenencia étnico-cultural y político-territorial. La integración de poblaciones y grupos tribales permitió conformar comunidades étnicas más grandes y complejas, que se organizaron en reinos autónomos. Por ejemplo, la Reconquista (siglos VII al XV) acrecentó la visión de un destino y proyecto político común, así como de una conciencia lingüístico-territorial exclusiva en la península ibérica.

Desde el siglo XVI, la concentración del poder político en los soberanos, la codificación de las lenguas vernáculas y la territorialización de las iglesias reformadas fueron determinantes para la consolidación de un sentimiento colectivo y una conciencia unitaria en comunidades cada vez más amplias. La nación comenzó a ser utilizada por las élites para indicar una realidad social y territorial con un perfil histórico-cultural específico, o como un atributo de su propia fuerza representativa. En tal sentido, el término no adquirió un tono de comunidad étnica y cultural, al menos no de manera profunda y sistemática. Esto comenzó a ocurrir después de la Revolución francesa (Tilly, 1992; Bauer, 2000). Así, para el humanismo la palabra ya tenía una connotación relativa al lugar de nacimiento o procedencia.

Al analizar el mismo periodo, Calhoun (1997) indica que no fue únicamente la pasión de la Ilustración por la exactitud lo que llevó a una transformación en el modo usual en que los mapas representaban los límites fronterizos (frontiers) durante el siglo XVIII. Que desde entonces se haya aplicado un esquema mucho más riguroso en la demarcación de las fronteras estatales (borders) también tuvo dimensiones políticas esenciales. De hecho, estuvo ligado a un nuevo sentido de control geográfico y de militarización del territorio propio en el registro de las nuevas tareas estatales.

En esta línea de lectura histórica se hace posible entender las articulaciones tanto conceptuales como vivenciales entre los conceptos de nación y frontera, ya que uno de los procesos correlativos al surgimiento del sentido moderno de territorialización del estado fue el despliegue de las identidades y conciencias nacionales. Ante ello, resulta importante dilucidar sus implicaciones mutuas, especialmente cuando ciertos fenómenos políticos y sociales contemporáneos han puesto de relieve la conexión existente entre discursos nacionalistas cada vez más extendidos y el intento por reforzar y extender fronteras que separen lo propio de lo ajeno.

Estado y nación desde una lectura modernista

A partir de la reforma protestante (siglo XVI) la referencia a la nación en un sentido naturalista y moral-espiritual fue central en la polémica contra el universalismo católico-romano en Alemania. En ese sentido, la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas y la extensión generalizada de la imprenta estandarizaron los idiomas. Con ello, contribuyeron a la unificación lingüístico-cultural de territorios que, bajo el influjo de las monarquías absolutas, ya se hallaban en un importante proceso de unificación política (Bauer, 2000).

Posteriormente, en el marco de los siglos XVII y XVIII, la relación entre la idea de nación, el carácter de los pueblos, el clima y la ubicación geográfica se hizo más explícita. Campi (2009) distingue tres modelos conceptuales de nación que, en este período, concentran la atención teórica:

  • La nación estatal. Formada a la sombra del estado soberano y centralizado, buscaba la cohesión interna mediante la homogeneización de la lengua, las tradiciones y el derecho.
  • La nación cultural (Kulturnation). Precede al estado y enfatiza una realidad orgánica, lingüística y cultural autosuficiente, con una fisonomía original y específica.
  • La nación política (Staatsnation). Nace con la Revolución francesa, como una comunidad intrínsecamente unitaria de ciudadanos, libres e iguales, unidos por la ley y una voluntad común.

Es interesante notar que, en mayor o menor medida, estos modelos representan distintas facetas que se hallarán efectivamente presentes en la imaginación contemporánea de lo nacional. En el siglo XX o XXI, es muy difícil pensar la idea de la pertenencia nacional sin que ello suponga para la gran mayoría de la sociedad una condición cultural, económica, política y de afiliación estatal.

Ahora bien, entre los distintos paradigmas teóricos que históricamente se han desarrollado para el estudio de la nación y el nacionalismo, el enfoque que mejor permite entender la conjunción de estos distintos elementos es el llamado modernismo. La nota común de los distintos autores modernistas es, justamente, su creencia en la modernidad de las naciones (Özkırımlı, 2000). Ello, sin embargo, no implica una total negación de ciertos pasados étnicos o culturales que pueden jugar un papel en la formación nacional. Supone, en cambio, una advertencia respecto al hecho de que los mismos quedan importantemente modificados por una serie de condiciones modernas que dan lugar a modos muy particulares de identidad colectiva.

Así, por ejemplo, Gellner (2001) ha explicado la forma en la que la atmósfera cultural de las naciones modernas no puede entenderse sin una gestión activa del estado moderno a través de una serie de capacidades materiales impensadas para sociedades anteriores. En este sentido, el autor pone de relieve el rol vital jugado por el sistema de educación pública y también por la dinámica de comunicaciones moderna.

Por otro lado, Hobsbawm (1998) ha descartado, desde una perspectiva histórica, las distintas posturas que consideran a la lengua, el territorio o la cultura como factores de base para el surgimiento de las naciones modernas. El autor concluye que “como se ha observado a menudo, es más frecuente que las naciones sean la consecuencia de crear un Estado que los cimientos de éste” (p. 86). En esta línea de lectura, Hobsbawm hará referencia igualmente al uso estatal de instrumentos como la educación y los nacientes medios masivos de comunicación.

En relación con estas consideraciones, es importante advertir que, al adoptar un lente modernista, no se trata de menospreciar todo factor premoderno como irrelevante a la composición de la nación. En cambio, es importante poner en primer plano el hecho de que una experiencia social de la dimensión y complejidad de la nacional, sólo puede darse a partir de la conjunción estructural de una diversidad de factores presentes sólo desde cierto periodo histórico.

Este tono de lectura es precisamente aquel que ha sido promovido por el autor más citado dentro del campo de estudios sobre la nación y el nacionalismo: Benedict Anderson. Este pensador, famoso por la extendida noción de la comunidad imaginada, ha subrayado el tipo de imaginación propio de las naciones modernas, ponderando su percepción “secular” y “homogénea” del espacio y el tiempo y vinculando su posibilidad misma con el “capitalismo de imprenta” y con la nueva preeminencia histórica de las lenguas vernáculas. En la concepción de Anderson (1993, p. 23), fue el surgimiento de estas lenguas estandarizadas, adjunto al desarrollo de amplias rutinas sociales de lectura de periódicos, lo que permitió el despliegue de nuevas formas de “simultaneidad” y “regularización” espacio-temporal. Todo esto permitió la aparición de grupos humanos capaces de concebirse como parte de un todo político y cultural, pese a que la mayoría de sus miembros nunca se conocerán personalmente.

Estas distintas visiones modernistas forman parte de un enfoque integral. En este sentido, lo fundamental que se halla implícito en su aproximación teórica es que una serie de elementos histórico-estructurales coinciden como condiciones de posibilidad de los imaginarios nacionales modernos. No solo se trata de la gestión efectiva del estado. La identidad nacional también involucra diversos factores materiales que hacen posible que la misma se extienda a través de dispositivos comunicacionales y educativos específicos. En paralelo, ese mismo contexto de posibilidades es también apropiado y reformulado de distintas maneras por la sociedad civil.

Valorar esta condición moderna de la nación y de las formas complejas de producción y reproducción nacional que se despliegan bajo la gestión y regulación del estado es fundamental a la hora de comprender el tipo de territorialidad y de representación de las fronteras que corresponde al estado-nación contemporáneo.

Relación histórica entre nación y fronteras

Cuando Anderson define puntualmente a la nación como una “comunidad imaginada como esencialmente limitada y soberana” (1993, p. 23), no deja escapar el aspecto territorial que resulta inherente a la representación de lo nacional. De hecho, en la segunda edición de su paradigmática obra, el autor dedicó un apartado específico al mapa moderno. Allí observa la forma en que, a través de los sistemas educativos decimonónicos, se logró extender a las poblaciones un nuevo sentido de la espacialidad nacional definido por fronteras rígidas y estables. Esta concepción difería de modo importante de la percepción medieval del espacio político, que consideraba la “plasticidad” como un aspecto característico de los límites territoriales (Mitre, 2015).

En este sentido, puede verse que la relación entre nación y fronteras, que se despliega históricamente a través de la consolidación progresiva del estado moderno y de su función educadora e integradora, es, más que solo paralela, consustancial. La nación no se define únicamente por los elementos culturales e identitarios que le brindan una unidad diferenciada, sino también por la forma específica de relación que sostiene con el espacio delimitado que habita. Las fronteras, por ello mismo, son más que sólo límites físicos, jurídicos o políticos que circunscriben el poder soberano del estado. También constituyen construcciones sociales simbólicas y emocionales que permiten diferenciar un espacio que es representado y vivido como “nuestro” frente a un afuera que es definido y percibido como “extranjero”.

Billig (2014) es uno de los autores que de manera más cabal ha estudiado en las pasadas décadas la manera rutinaria y penetrante en que se reproduce este sentido de propiedad nacional respecto del territorio a través de una serie de prácticas cotidianas que van naturalizando un conjunto de sentidos nacionalistas. Este fenómeno, que el autor inglés denomina nacionalismo banal (banal nationalism), se manifiesta más allá de los indicadores evidentes, es decir, de los gestos visibles y los actos solemnes que pueden típicamente registrarse en la educación oficial y en los mass media. El nacionalismo banal está más bien arraigado en rutinas, hábitos y formas de expresión que se repiten sin conciencia explícita.

Estas referencias a la nación se encuentran de cierta forma incrustadas en la práctica del lenguaje y en las formas típicas de pensamiento que estructuran la interacción social y los medios masivos de comunicación. Tal proceso de sedimentación resulta crucial: “a medida que la ideología del nacionalismo se ha ido propagando por el planeta ha ido moldeando el sentido común contemporáneo” (2014, p. 58). Así, las formas regulares de pensar el espacio y el tiempo se encuentran enmarcadas dentro del diagrama de “lo nacional”. En ese sentido, palabras cotidianas como “nosotros”, “aquí” o “nuestro” adquieren, en los contextos mediáticos y políticos más usuales, un alcance que trasciende las condiciones de situacionalidad inmediata, reforzando la conciencia de la pertenencia nacional. Por ello mismo, el habla ordinaria actuaría como un recordatorio constante de pertenencia para cada individuo nacional, reforzando la noción de un territorio que es propio y que se define por su relación exclusiva con lo no-propio.

Edensor (2002), de igual manera, se ha concentrado en estudiar las facetas cotidianas de reproducción de la identidad nacional. El autor expresa la vinculación territorial y su importancia con la conciencia nacional en los siguientes términos:

En la vida cotidiana asoma lo nacional, un marco de sentido común que proporciona cierta seguridad ontológica y epistemológica, un amarre geográfico e histórico y un complejo legal, político e institucional que incorpora (y excluye) a los individuos como sujetos nacionales (p. 29).

Así, se puede ver que, como contrapunto a la fijación y ratificación material de fronteras nacionales desplegada por el estado, surge la vivencia colectiva (individual pero masificada) del espacio nacional como hábitat natural de la nación y los nacionales. Se trata del hogar que ofrece un refugio, una dimensión de seguridad identitaria y un punto de referencia ontológico para la experiencia contemporánea.

Nación y fronteras en el contexto latinoamericano

La relación entre nación y frontera ha tenido particularidades importantes en su desarrollo a través del mundo. En la experiencia de Latinoamérica, por ejemplo, la delimitación y la formación nacional tiene un pulso singular que se encuentra marcado por el hecho de la colonización europea y el despliegue posterior de los procesos independentistas.

En Europa, ya desde el periodo absolutista, los futuros estados-nación se fueron conformando mediante la concentración de poder político y militar, la estandarización lingüística y la escolarización masiva. En cambio, en América Latina la emergencia de las nuevas repúblicas se dio de forma abrupta en la primera mitad del siglo XIX. Su génesis estuvo vinculada a la crisis del orden imperial hispano y a las guerras de independencia correlativas a ella.

En este sentido, es importante notar, como Anderson ha señalado (1993), que las antiguas unidades administrativas coloniales —virreinatos, audiencias y capitanías— sirvieron como los referentes territoriales básicos para los nuevos estados latinoamericanos. Esto permitió proyectar, sobre los espacios políticos heredados, una legitimidad que no emanaba tanto de un largo proceso de centralización interna. En cambio, provenía de la desintegración del orden colonial y de la apropiación fragmentada de los marcos espaciales previamente instituidos. En suma, se trata de una tensión entre continuidad y ruptura que resulta esencial al sistema estatal latinoamericano desde su origen.

Es importante apuntar que, precisamente por las peculiaridades mencionadas, las diferentes perspectivas aportadas por el paradigma modernista resultan especialmente pertinentes para el caso de Latinoamérica. Como ha demostrado Chiaramonte (2004) con detalle, los procesos de independencia en Iberoamérica no se apoyaron en identidades nacionales previamente consolidadas. En cambio, se organizaron sobre estructuras políticas que recién adquirieron autonomía en el contexto independentista y que irían formando sus recursos identitarios a través de la conformación de los estados. En una línea similar, al comparar la experiencia norteamericana con la latinoamericana, Billig (2014) sostiene que:

en ambos casos, el sentimiento de nacionalidad se crearía después de las diversas declaraciones de independencia, ya fuera en el sentido de crear un ‘espíritu estadounidense’ […], o de crear los espíritus diferenciados de ser boliviano, peruano, venezolano, ecuatoriano y colombiano (p. 54).

La radicalidad de estas afirmaciones fue contrapesada por la visión de Anderson (1993), quien advierte una conciencia identitaria al menos parcial con anterioridad a la constitución de las repúblicas latinoamericanas. El autor identifica tres factores centrales para comprender la formación de identidades proto-nacionales en América Latina: la desconexión geográfica entre las distintas unidades administrativas, la constitución de una administración criolla intermedia relativamente autónoma respecto de la metrópoli en la época borbónica y el surgimiento de un flujo incipiente de prensa dentro de cada división colonial. Estos elementos habrían dado lugar a que las ideas de nacionalidad en el continente se gestaran a partir de un sentimiento particular de “camaradería” entre los criollos, derivado de la “fatalidad compartida del nacimiento transatlántico” (p. 91).

Sin embargo, aun si se consideran los factores identitarios planteados por Anderson, no cabe duda de que el grueso de las tareas de integración territorial, gestión educativa y desarrollo comunicacional sobre las que se sostiene la formación nacional serían encaradas por los nacientes estados recién en el transcurso del siglo XX. Por ello, la formación de las conciencias nacionales latinoamericanas es parte de un proceso prolongado de estatalización que abarca buena parte del siglo XIX y, en algunos casos, una parte importante del siglo XX.

Fue este mismo proceso complejo y sinuoso de consolidación progresiva de los estados latinoamericanos el que definió también la forma definitiva de las fronteras nacionales en la región. Así, durante el siglo XIX, los diferentes conflictos bélicos, los tratados internacionales y las tensiones entre élites regionales desempeñaron un papel decisivo en la configuración de los límites estatales. Las guerras entre las jóvenes repúblicas ilustran el modo en que la delimitación territorial fue una instancia de disputa permanente que acompañó la formación definitiva de las identidades en el continente. Ejemplo son las que enfrentaron a México y Estados Unidos, a Chile y Perú-Bolivia y a Paraguay con la Triple Alianza.

Las fronteras, en tal sentido, se fijaron mediante procesos diplomáticos o jurídicos, pero también mediante acciones violentas, cesiones territoriales y redefiniciones forzadas del espacio nacional que imprimieron marcas e impulsos notables en la formación histórica de las conciencias nacionales. De esta forma, las líneas fronterizas adquirieron un doble carácter: material, en tanto límite defendido y disputado, y simbólico, como marca de diferenciación frente a un exterior percibido como amenaza o alteridad.

Por supuesto, y de nuevo debido a las especificidades regionales, esta dinámica se vio conjugada en formas muy peculiares con los procesos comunicacionales y educativos, desarrollados desde el siglo XIX en adelante. En un espacio humano donde las tensiones entre criollos, mestizos e indígenas eran notorias, el recurso a un imaginario territorial delimitado por fronteras sirvió para intentar unificar discursivamente a sociedades heterogéneas. En muchos casos se buscó mantener vigentes, en el plano material, divisiones raciales, étnicas o económicas profundas.

Nacionalismo y fronteras en la actualidad

En el complejo horizonte sociopolítico contemporáneo, la relación entre nación y frontera exhibe una doble torsión que complejiza los supuestos modernistas arriba mencionados. Por un lado, el despliegue de las diferentes facetas de la globalización ha promovido procesos de des-fronterización (de-bordering) asociados a la apertura comercial, la circulación transnacional de bienes-capitales y la conformación de espacios de integración regional.

Por otra parte, la intensificación reciente de discursos nacionalistas y agendas de seguridad ha impulsado procesos de re-fronterización (re-bordering) que reafirman límites, multiplican controles y reescriben imaginarios de pertenencia y exclusión (Březinová, 2015). Estas tendencias, debe notarse, no funcionan de manera sucesiva sino más bien paralela. Además, con frecuencia, ocurren en modos marcados por la tensión: la misma sociedad puede incentivar flujos económicos transnacionales mientras reafirma su disposición por endurecer el control de la movilidad humana, activando a la par marcos nacionalistas de demarcación simbólica.

El despliegue de algunas de estas prácticas ha sido explorado por la literatura crítica sobre muros y cercamientos contemporáneos. En este sentido, las vallas se han conceptualizado como “infraestructuras tácticas”: su objetivo principal es ralentizar y redirigir flujos para facilitar su captura, antes que clausurarlos por completo. En paralelo, emerge un cálculo algorítmico (border calculus) que modela tiempos de cruce, dispersión y aprehensión, y que inserta lógicas de gubernamentalidad computacional en la práctica cotidiana del control.

La política fronteriza se convierte así en una batalla por la formulación de lo imaginario: tanto prototipos monumentales como eslóganes y repertorios visuales anclan un relato de soberanía herida y de reparación necesaria. En ese registro, el muro funciona también como símbolo. La realidad material de la gestión estatal se replica en la reconfiguración de la efusividad nacionalista: estabiliza narrativas, produce públicos, condensa afectos de miedo y pertenencia. En suma, nacionaliza la experiencia del límite (Ticktin, 2022).

Desde el punto de vista cultural y discursivo, esta re-fronterización activa mecanismos de diferenciación moral y fronteras simbólicas (symbolic boundaries) que reescriben el nosotros frente a un otro figurado como amenaza. En tal sentido, la retórica política se proyecta sobre la alteridad, que se personaliza en personas migrantes, refugiadas o foráneas, imágenes de invasión, contaminación o parasitismo. Con ello, consagra marcos cognitivos que legitiman exclusiones y autoriza respuestas higiénicas de contención, limpieza o expulsión (Gagliano, 2021).

Para América Latina esta condensación contemporánea tiene efectos específicos. La apertura selectiva para bienes y capitales convive con cierres diferenciales para corporalidades retratadas como indeseables. La cooperación en seguridad coexiste con narrativas de amenaza que exacerban la construcción del Otro. Finalmente, los ensamblajes regionales conviven con demandas internas por protección social ante shocks externos, como la migración incontrolada.

En este entorno, las pequeñas palabras del habla pública y mediática (Billig, 2014) reafirman pertenencias, normalizan filtros y activan, con frecuencia, marcos de excepcionalidad que permiten suspender garantías en nombre de la defensa del espacio nacional. La frontera, así entendida, se vuelve a la vez artefacto técnico, régimen afectivo y gramática política. Constituye un punto de condensación donde se negocian soberanía, movilidad, desigualdad y seguridad ontológica de los sujetos que se reconocen —y son reconocidos— como parte de una nación. Todo ello confirma que los límites fronterizos contemporáneos no pueden leerse sólo como líneas divisorias materiales: son prácticas, imaginarios e infraestructuras que siguen organizando (y disputando) el modo en que se distingue “lo nuestro” de “lo ajeno” en la experiencia política del presente.

Bibliografía

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Bauer, O. (2000). The question of nationalities and social democracy. University of Minnesota Press.

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