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Cercamiento

Sebastián Gómez Lende

La Real Academia Española define escuetamente al cercamiento como la “acción y efecto de cercar” (RAE, s/f). Por su parte, el Diccionario Enciclopédico Espasa aporta mayor nivel de detalle, al entender al cercamiento como la acción de “cercar, encerrar o rodear un huerto, prado u otro sitio con vallados, tapias, muros u otra cosa para su resguardo” (DEE, 1986).

Siguiendo esa tesitura, existe cierto consenso en que la genealogía y etimología de la palabra se derivarían del inglés enclosure o inclosure. Este término fue utilizado para hacer referencia al proceso histórico de acaparamiento de bienes comunes que, desarrollado en Gran Bretaña entre los siglos XIII y XIX, sentó las bases para el avance del capitalismo como modo de producción. Sin embargo, mucho antes, en la Antigua Roma, ya existían dos antecedentes de esos modernos cercamientos: la limitatio, o línea de demarcación, y la actio finium regundorum, o acción para regular límites. Ambas herramientas eran utilizadas por los agrimensores de la época para definir jurídica y territorialmente la propiedad privada (Mezzadra y Neilson, 2017).

Los cercamientos guardan una estrecha relación con la categoría de frontera en tres planos: el etimológico, el histórico y el lógico. Ciertos contextos latinoamericanos particulares muestran estos nexos en la esfera etimológica, como ocurre en Perú, donde la división político-territorial que comprende la capital de un estado o provincia y los pueblos que de aquella dependen ̶ una frontera interna ̶ habitualmente recibe el nombre de cercado. En términos históricos, la instauración de la propiedad privada, la delimitación de lo común y la fijación de fronteras político-territoriales fueron procesos concomitantes desarrollados dentro de un mismo marco. De hecho, el surgimiento de la cartografía moderna y el posterior trazado de los límites de los estados nación europeos coincidieron con los cercamientos de la tierra impuestos en el Viejo Mundo y la América colonial.

En el plano lógico, los cercamientos son a la economía lo que los límites jurisdiccionales/interjurisdiccionales son a la política. La analogía es evidente, pues no hay propiedad privada sin cercamientos y no hay soberanía estatal sin límites políticos. Ambas categorías se entrelazan, cristalizando las tensiones que rodean a la relación social del capital (Mezzadra y Neilson, 2017). Asimismo, ambas nociones impactan en las definiciones contemporáneas de lo común, donde este emerge como un ámbito ajeno tanto al régimen de propiedad privada como a la propiedad y regulación estatal (Laval y Dardot, 2015).

Llegado este punto, conviene aclarar que el cercamiento no debe ser entendido solo como una barrera de exclusión que impide, veda o restringe el acceso, consumo y/o disfrute de bienes por parte de todos los miembros de una comunidad dada. También debe ser interpretado como la fuerza contraria a la consecución de la noción aristotélica del bien común. Oponiéndose al fin o propósito para el que fue constituida tal comunidad, el cercamiento bloquea, vulnera o atenta contra la reproducción de mecanismos, valores y prácticas no mercantilizadas de subsistencia, producción, organización y defensa colectiva (Laval y Dardot, 2015; Kottow, 2022).

Así pues, por un lado los bienes antaño comunes o compartidos pasan a ser de acceso vedado o restringido para quienes quedaron “del otro lado de la cerca” ̶ es decir, fuera del perímetro material establecido por el cercamiento ̶ . Por el otro, este último determina que las formas de vida y relación social disfuncionales para los intereses del estado y el capital queden confinadas o arrinconadas dentro de límites cada vez más estrechos. Hasta el propio diccionario reconoce explícitamente este carácter ambivalente del cercamiento ̶ esta dualidad entre “adentro” y “afuera”, tan típica de la frontera ̶ al considerar como sinónimos de “cercar” a “sitiar” y “asediar”, además de “tapiar”, “circundar” y “vallar” (DEE, 1986).

Lo anterior remite al análisis de Netz (2013) acerca de las relaciones entre propiedad, cárcel y frontera, con eje en las restricciones al movimiento. Para este autor, una línea cerrada, expresada en una curva que encierra una figura y que no permite el movimiento desde el exterior hacia el interior, refleja la idea de propiedad. La misma línea, pero bloqueando el movimiento a la inversa, vale decir, desde el interior hacia el exterior, expresa la idea de cárcel. Finalmente, una línea abierta impidiendo el movimiento en ambas direcciones es una frontera. Los cercamientos condensarían esos tres atributos, operando como propiedades, cárceles y/o fronteras, de manera exclusiva o combinada, enfatizando uno u otro rasgo, según la situación y el contexto.

Este capítulo se divide en cuatro secciones. La primera aborda el papel desempeñado por los cercamientos en los orígenes del capitalismo, con énfasis en el caso de la tierra. Siguiendo esa tesitura, la segunda sección analiza al alambrado como hito histórico-geográfico en el proceso de cercamiento del territorio. Finalmente, la penúltima sección discurre sobre los denominados nuevos cercamientos y su relación con el extractivismo, mientras que la última se concentra en el caso de los recursos energéticos.

Cercamientos en la historia del capitalismo

Históricamente, la tierra ha sido el primer bien común. Hasta el siglo XII al menos, los aldeanos y campesinos de la Europa feudal sometidos al yugo de la nobleza contaban con parcelas de tierra no colindantes en campos abiertos, así como con derechos consuetudinarios sobre tierras comunales, explotándolas mediante un régimen de autogestión colectiva que permitía el pastoreo del ganado y la extracción de leña (Perelmuter, 2018; Razo Godínez, 2021). Este estado de cosas llegó a su fin durante las postrimerías del feudalismo y el posterior advenimiento del capitalismo, cuando el florecimiento de la manufactura lanera flamenca y el aumento de los precios de la lana determinó que la nobleza reclamara como propios esos terrenos y utilizara al estado para derogar los derechos campesinos, convertir a esas tierras en campos cerrados y eliminar todo usufructo libre del suelo (Galafassi, 2012; Kottow, 2022).

Iniciado en la campiña inglesa y extendiéndose poco después a Europa continental, este proceso continuaría hasta bien entrado el siglo XVIII. En el ínterin, implicó la abolición del sistema de acceso abierto a tierras, prados, bosques y lagos, la venta de tierras eclesiásticas, la creación de reservas de venados y cotos de caza para la nobleza, la emisión de licencias reales especiales para cercar, la sanción de leyes de cercamiento, los leoninos acuerdos entre terratenientes e inquilinos y el otorgamiento de títulos de dominio por parte de la Corona británica a miembros de la nobleza y la naciente burguesía.

Desde entonces, el cercamiento quedó asociado a la práctica de rodear o roturar un trozo de tierra mediante cercas, acequias y otras barreras para fijar una marca de propiedad y ocupación exclusiva e impedir el libre tránsito de personas y animales (Marx, 1968; Federici, 2004). La fase más agresiva de ese proceso en el Viejo Mundo (1450-1485) coincidió con la conquista de América, privatizando las tierras habitadas por los pueblos originarios para convertirlas en propiedad material de las coronas española y portuguesa y dominio cultural de la iglesia católica (Kottow, 2022).

El cercamiento de la tierra operó como punto de partida de la sociedad capitalista (Midnight Notes Collective, 1990). Esto fue refrendado por el desarrollo de un derecho civil burgués que, desde el siglo XVI en adelante, adecuó a las nuevas condiciones imperantes el modelo de propiedad privada diseñado por los juristas romanos (Mezzadra y Neilson, 2017). Fungió, de hecho, como mecanismo básico para la disolución del vínculo que hasta entonces había permitido la reproducción autosuficiente de la vida humana. Esto convirtió al capital en único poseedor de derechos sobre la tierra y sus recursos y liberó para la naciente industria grandes masas campesinas que, libres de toda otra propiedad y medio de vida, quedaron obligadas a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario para subsistir (Marx, 1968).

Alambrado para el cercamiento del territorio

Lejos de agotarse con la experiencia europea en los albores del capitalismo, el cercado de los campos continuaría como práctica territorial clave de la expansión capitalista en el mundo (Benedetti, 2022). En ese marco, el alambrado pasaría a desempeñar un papel fundamental en la apropiación privada de la tierra, en tanto que insumo técnico decisivo y pilar de los cercamientos capitalistas. El caso de las pampas rioplatenses es muy ilustrativo al respecto. Durante décadas se utilizaron rudimentarios zanjeados, cercos vivos y corrales con materiales degradables para demarcar los predios. Todo comenzó a cambiar cuando arribó el alambrado en 1847, determinando que el alambre galvanizado y las varillas de hierro fino provenientes de Liverpool se convirtieran en un elemento central del paisaje rural (Sbarra, 1955).

La introducción del alambrado garantizó la seguridad de las viviendas de los hacendados, evitó el pisoteo de huertas por parte del ganado mayor y menor y resguardó a aquellos de las fugas de animales, las mezclas indeseadas y las andanzas de cuatreros y vecinos inescrupulosos. Más tarde, y a medida que las campañas militares iban arrebatando tierras de la llanura pampeana a los pueblos originarios y propiciaban el apogeo de la economía pecuaria basada en la exportación de cueros y tasajo, permitió parcelar potreros de grandes extensiones, facilitar la cruza controlada de haciendas criollas con reproductores seleccionados, mejorar la calidad de las pasturas, cultivar los campos y evitar el tedioso recuento de reses (Caggiano et al., 2012).

La invención en 1874 del alambre de púas y su propagación por las grandes llanuras norteamericanas del lejano Oeste llevaron ese proceso de cercamiento de la tierra, las pasturas y el ganado a un nuevo nivel. Trasplantado a las llanuras rioplatenses, a partir de 1880 el alambre de púas comenzó a reemplazar al alambre galvanizado. La topología del nuevo dispositivo ̶ por lo general, las púas se colocan apuntando tanto hacia el interior como hacia el exterior ̶ tuvo como resultado la proyección de la violencia en ambas direcciones (Netz, 2013). Esto consolidó la doble función del alambrado como propiedad y cárcel, evitando la fuga de animales de las estancias e impidiendo el ingreso tanto de extraños a los campos como del ganado a los predios de cultivo y residencia de los hacendados. En otros términos, estableció una nueva relación de dominación social del mundo biológico a la vez que segmentó al espacio y la sociedad entre poseedores y desposeídos (Benedetti, 2022).

Esa misma topología determinó que la difusión del alambre de púas fuera inicialmente resistida por muchos estancieros, temerosos tanto de los daños que le podía infligir al ganado −afectando la calidad e importe de la venta de cueros− como de los antecedentes de pérdidas masivas de animales registradas en el lejano Oeste estadounidense debido a heridas ulceradas, miasis y apiñamientos (Caggiano et al., 2012; Netz, 2013). Sin embargo, sus beneficios se impusieron rápidamente sobre tales desventajas. De hecho, el alambre de púas permitió vallar los incipientes campos de trigo, asegurar la consolidación y expansión de la ganadería vacuna y ovina, y sellar y consumar el proceso de separación de la fuerza de trabajo rural de los medios de producción. Esto afianzó los derechos jurídicos de propiedad, cercenó toda otra forma de acceso a tierras y animales, impidió ̶ o al menos redujo ̶ el abigeato y reforzó la línea de fortines en la frontera de las tierras arrebatadas a los pueblos originarios.

En Chile y Argentina, este proceso corroboró la estrecha relación entre cercamiento, propiedad, estado y soberanía, toda vez que creó fronteras económicas ajustadas a los intereses del latifundismo y las impuso a ambos lados de la Cordillera de los Andes, justamente en el momento en que la frontera geopolítica empezaba a consolidarse (González Vivar, 2015). Este proceso desactivó las llamadas fronteras interiores, que diferenciaban a los respectivos estados de las naciones indígenas, reemplazándolas por las fronteras agropecuarias ̶ entre distintos cultivos y tipos de ganado ̶ y las fronteras técnicas condensadas en el alambrado y la tranquera. Asimismo, permitió diferenciar entre las áreas de producción sumadas por la expansión de la frontera agropecuaria ̶ controladas por los propietarios rurales ̶ y los remanentes del bosque nativo ̶ controlados por los respectivos estados ̶ (Benedetti, 2022).

Concomitantemente, el alambrado atentó contra la reproducción del modo de vida de las poblaciones nativas y campesinas, que fueron acorraladas dentro de confines cada vez más estrechos al impedirles la recolección de leña, el pastoreo o caza (vaquería) del ganado a campo abierto, las boleadas de animales silvestres y hasta el simple tránsito (Sbarra, 1955). El caso de Uruguay fue aún peor, pues allí, mediante el régimen de medianería forzosa, el alambrado determinó la expulsión de quienes no contaban con recursos para costear el cercado de sus campos (Piñeiro, 2014). Con el paso del tiempo, la mayoría de los códigos rurales de la región incorporarían ese régimen como imposición del sistema (Benedetti, 2022).

Asimismo, el alambrado desempeñó un papel significativo en la fijación de una suerte de frontera discursivo-territorial móvil entre atraso y modernidad, con la retórica sarmientina de “civilización o barbarie” y sus invectivas de “alambren, no sean bárbaros”. Este cercamiento ideológico trazó una frontera económico-territorial y socio-cultural en la que la presencia o ausencia del alambrado marcaba, para la cosmovisión hegemónica, el límite entre el progreso civilizado y el nomadismo de las masas embrutecidas. En síntesis, el alambrado en tanto que dispositivo cumplió eficientemente la función diferenciadora, discriminatoria y excluyente de las fronteras en términos tanto económicos como políticos y culturales.

La función del alambrado como forma predominante de cercamiento capitalista de la tierra continuó sin pausa a lo largo de todo el siglo XX y lo que va del siglo XXI. No obstante, actualmente atraviesa un proceso de resignificación. En vez de limitarse a reproducir la vieja consigna de “desalambrar”, típica de las luchas campesinas latinoamericanas y los programas más radicalizados de reforma agraria de la región, algunos grupos subalternos han dejado de considerarlo exclusivamente como un dispositivo de expropiación y dominación para percibir su potencial como herramienta y práctica contrahegemónica. Ejemplo de ello es el rodeo ganadero El Hoyo, en Santiago del Estero (Argentina), donde cuarenta familias campesinas avanzaron comunitariamente en el alambrado perimetral de 10.000 hectáreas para evitar que los empresarios las desalojaran de sus tierras. Esto demuestra que esta forma de cercamiento no necesariamente debe decantar en la expropiación de bienes comunes, sino que también puede integrar una estrategia colectiva para su defensa (Gómez Herrera et al., 2018).

Nuevos cercamientos y extractivismo

En términos conceptuales, el cercamiento no se limita a la tierra ni a los orígenes del capitalismo. Antes bien, es un componente estructural de la lucha de clases que retorna regularmente a la senda de la acumulación (Midnight Notes Collective, 1990). Además, está estrechamente ligado a la evolución histórica y epistemológica de los bienes comunes como categoría de análisis.

Los nuevos cercamientos operan de dos modos: mediante la expansión capitalista hacia espacios ajenos a la racionalidad del mercado o situados allende las fronteras de la rentabilidad; o bien mediante la recuperación de ámbitos donde el capital debió ceder terreno en el pasado (Galafassi, 2012). En este contexto, la evolución del concepto ha asumido un carácter polisémico (Kottow, 2022). De hecho, en la actualidad abarca una larga (y creciente) lista de ámbitos materiales y relacionales, como cosas, objetos, recursos, territorios, cuerpos, derechos, formas de vida, procesos físico-naturales, relaciones y prácticas sociales. Esto permite un uso menos literal de la palabra que incluya en dicha categoría a cualquier proceso de instauración violenta de la propiedad privada mediante líneas materiales e inmateriales de demarcación que no existían anteriormente (Mezzadra y Neilson, 2017).

Estos nuevos cercamientos exceden a tópicos clásicos como la tierra y los recursos naturales (Laval y Dardot, 2015). De todos modos, estos últimos continúan siendo parte medular del proceso. Los primeros cercamientos cosificaron y mercantilizaron la naturaleza para convertirla en una riqueza sujeta al interés de las empresas (Perelmuter, 2018). El resultado fue la apropiación colonial, neocolonial e imperial de recursos naturales (Harvey, 2004). En la fase actual del capitalismo, signada por la expansión del extractivismo en América Latina, los nuevos cercamientos ejercen una redoblada presión para privatizar y sobreexplotar estos recursos, especular con su escasez, eliminar el control comunal de los medios de subsistencia, desposeer a los pequeños productores privados, destruir la tierra y suprimir la capacidad de las personas de cubrir sus propias necesidades (Midnight Notes Collective, 1990; Gómez Herrera et al., 2018; Razo Godínez, 2021).

Cerniéndose sobre el agua, la energía y las semillas, los nuevos cercamientos extractivistas operan simultáneamente en los tres niveles propuestos por Netz (2013): propiedad, cárcel y frontera. Como propiedad, ciertas actividades subvierten el régimen de posesión, gestión y uso de ríos, arroyos, lagos, glaciares y aguas subterráneas. Es el caso de la explotación hidrocarburífera, la megaminería, las plantaciones y los monocultivos irrigados de exportación, como así también las megarepresas hidroeléctricas que abastecen de agua y energía a los proyectos extractivistas. Desde Sonora hasta la Patagonia y desde los páramos andinos de Perú y Ecuador hasta las selvas del Brasil, los cercamientos hídricos imponen el metabolismo del capital a expensas de los modos de vida subalternos. Con ello, reducen la naturaleza del agua a la de un mero insumo para la extracción, restringiendo su disponibilidad y escorrentía para las demás actividades económicas y tornando inviable su uso para riego agrícola y consumo humano y animal (Yacoub et al., 2015; López Terán, 2021).

En el caso de la agricultura, el capital ya no se conforma con usurpar parcelas por la fuerza y alambrarlas al estilo de los viejos terratenientes. Tampoco le satisface deforestar bosques enteros para liberar tierras fértiles, dedicarse a la especulación financiera con el precio de los alimentos e impulsar el acaparamiento de tierras. Su nueva piedra de toque son los cercamientos sobre las micro-estructuras de la vida: especies, semillas, tejidos, células, fluidos, moléculas químicas y secuencias genéticas (Altvater, 2009; Ptqk, 2012; Perelmuter, 2018). Llevando a un nuevo nivel a la Revolución Verde de mediados del siglo XX, la actual revolución biotecnológica se extiende por buena parte de América Latina, desplegando su arsenal de eventos transgénicos y biopatentes (Ptqk, 2012). Materializados en paquetes tecnológicos y derechos de propiedad intelectual, operan como cercamientos que impiden el libre acceso y uso por parte de los agricultores del bien común indispensable para su actividad.

Como cárcel, los nuevos cercamientos bloquean toda posibilidad de sustraerse a los impactos del modelo extractivista. Ni los campesinos y aborígenes, ni la población en general pueden evadirse de los llamados “efectos colaterales”, como el virtual acorralamiento ambiental y sanitario que imponen el agronegocio, la megaminería y la explotación hidrocarburífera. La lista incluye la carestía de agua, la contaminación hídrica y atmosférica con metales pesados, productos químicos, gases tóxicos y plaguicidas, y la erosión de la diversidad genética. También incluye la privación a los grupos subalternos de bienes elementales para su subsistencia, como agua, suelo, semillas, cultivos, animales, sal, etc. A esto se le añaden la doble contaminación de la cadena alimentaria, por efecto de la colonización transgénica y la presencia masiva de pesticidas en los alimentos.

Como frontera, la cuestión es más compleja, pues surge del solapamiento de la operatividad alternada y simultánea del cercamiento como propiedad y cárcel. Para el capital, las fronteras son un método. Surgen para contenerlo, pero a la postre acaban siendo superadas por aquel, solo para dar lugar a la proliferación de nuevas fronteras (Mezzadra y Neilson, 2017). Ahora bien, el cercamiento es el mecanismo esencial de ese método. Cada momento de superación de la frontera previa, vale decir, cada barrera franqueada por el capital, se traduce en un nuevo cercamiento que convierte a ciertos bienes comunes en elementos de acceso vedado para los grupos subalternos y confina (o al menos condiciona) la reproducción de su modo de vida dentro de límites cada vez más estrechos. Esto desencadena el surgimiento de resistencias y la producción de nuevas barreras que pugnan por expulsar o, al menos, contener al modelo extractivista. Sin embargo, la inagotable creatividad del capital subvierte esas resistencias en condición de posibilidad para nuevos cercamientos, respondiendo a cada denuncia de las consecuencias del acaparamiento de bienes esenciales para la vida ̶ y a cada defensa y reivindicación del bien común ̶ con lucrativas y contradictorias tácticas de fuga hacia adelante.

Cercamientos y extractivismo de los recursos energéticos

Durante las últimas décadas, la reducción de la provisión de bienes históricamente accesibles a toda la población (aire, agua, etc.) y la imposición de riesgos comunes que amenazan la supervivencia de la humanidad (agujero en la capa de ozono, cambio climático, calentamiento global, escasez de recursos energéticos, contaminación atmosférica e hídrica, etc.) vienen siendo objeto de cuestionamientos cada vez más reiterados y severos (Midnight Notes Collective, 1990; Harvey, 2004; Kottow, 2022). Esto ha llevado al capital extractivista a potenciar el proceso global de cercamiento mediante una estrategia dúplice de compensación y aceleración.

Para paliar la escasez de recursos hidrocarburíferos convencionales, el capital impulsa alternativas como el fracking, que pone bajo control del capital otras riquezas del subsuelo hasta entonces ajenas a la lógica de acumulación (cercamiento como propiedad). Asimismo, esta tecnología sustrae agua a la agricultura, la ganadería y el consumo humano, pone en riesgo a los cultivos, compromete la potabilidad del vital elemento y poluciona el aire con mayores emisiones de gases de efecto invernadero que las generadas por la industria petrolera tradicional. De esta manera, se ven potenciados los impactos ambientales del sector en términos de polución atmosférica y cambio climático. He aquí la operatividad del cercamiento como cárcel.

Esta situación genera resistencias globales que obligan al capital a ensayar una supuesta descarbonización o desfosilización de la matriz energética destinada a moderar o al menos ralentizar el calentamiento global. En su búsqueda de alternativas, el capital añadió a un nuevo bien a su ya larga lista de cercamientos: el litio. Con ello convierte a los salares del Altiplano andino compartido por Argentina, Bolivia y Chile (en el área conocida como triángulo del litio) en lo que Galafassi (2012) denomina “cotos de caza de recursos naturales”, concesionados al capital minero (cercamiento como propiedad). La nueva apuesta extractivista parece buscar la reducción y desplazamiento de las contradicciones desde lo global a lo local. Puede atenuar el cambio climático y las amenazas que implica para la supervivencia de la humanidad, pero a expensas de que en las áreas de explotación la naturaleza hidro-intensiva de la nueva actividad extractiva ocasione escasez de agua y pérdida de biodiversidad. Aquí el cercamiento opera también como cárcel, pues impide que campesinos, aborígenes y población en general continúen desarrollando sus modos de vida tradicionales.

Lo llamativo del caso es que esto, a su vez, funge como punto de partida para nuevas expropiaciones que permitan el avance y expansión del capital extractivista, incluso en aquellas áreas del modelo que el litio vino presumiblemente a reemplazar. La explotación litífera es intensiva en el uso de gas natural y energía eléctrica derivada de los combustibles fósiles. Como resultado, el boom del “oro blanco” necesariamente implicará, a corto o mediano plazo, una ampliación de la producción hidrocarburífera que satisfaga tales requerimientos y, por ende, una aceleración de las emisiones de gases efecto invernadero y un recrudecimiento de los cuestionamientos a la industria petrolera.

Por otra parte, la mayor parte del auge del litio se explica a partir de los dos pilares en los que se sostiene el proyecto de supuesta descarbonización de la economía mundial: la electromovilidad y las energías renovables, con las baterías recargables en el centro de la escena. Ahora bien, la fabricación tanto de automóviles eléctricos e híbridos como de paneles solares requiere acceder a minerales como el cobre, el cobalto, el hierro y otros metales en cantidades sustancialmente mayores a las que exige la producción de vehículos y fuentes de energía convencionales. De lo anterior es fácil colegir que el boom del litio presionará para un aumento de la oferta metalífera a nivel mundial, redundando a la postre en una multiplicación tanto de los cercamientos territoriales, hídricos y ambientales asociados a la minería a gran escala como de la oposición social a los mismos.

La misma encrucijada se advierte en el caso del hidrógeno, materia prima que se avizora como futura alternativa al litio. En su variante “gris”, utiliza combustibles fósiles para su extracción. En su modalidad “verde”, requiere como condición indispensable el acceso a grandes volúmenes de agua. Y en ambos casos, utiliza como insumos, para la electrólisis, a metales como el aluminio, el níquel, el galio o el platino. En síntesis, la cuestión del acceso y disponibilidad limitada de recursos energéticos, los impactos derivados de su explotación y los intentos de transición energética ̶ que en rigor no sería más que una reconversión o diversificación de la matriz energética̶ ilustran el modo en que el ciclo propiedad/cárcel/resistencia/nuevo cercamiento desarrollado por el capital se reproduce y perpetúa indefinidamente, (re)dibujando en el proceso las fronteras del extractivismo.

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