José Miguel Muñoz Valenzuela
Las definiciones clásicas del término contrabando encierran en sí mismas una forma de ontología –en el sentido antropológico– que bien quedan graficadas en las definiciones que la Real Academia Española tiene al respecto: “introducción en un país o exportación de mercancías sin pagar los derechos de aduana a que están sometidas legalmente”, “comercio de mercancías prohibidas por las leyes a los particulares”, “mercaderías o géneros prohibidos o introducidos fraudulentamente en un país”, “aquello que es o tiene apariencia de ilícito, aunque no lo sea” o “cosa que se hace contra el uso ordinario” (https://dle.rae.es/contrabando). Otras acepciones, de corte sociológico e histórico, lo vinculan con una suerte de burla que diferentes poblaciones habrían desarrollado al intento de las metrópolis coloniales de controlar el tráfico comercial mediante cargas arancelarias a contar del siglo XVI (Figura 1).
Figura 1. Galeones y tráfico comercial en el periodo colonial

Fuente: East Indiamen off a coast (Cornelisz Vroom, 1640).
En todas las definiciones antes señaladas, se advierte una impronta que lo sitúa en un espacio difuso y/o criminal, sancionando que la actividad se sostiene en la importación desautorizada de una mercancía en un territorio, por un lado, y en la defraudación en que incurriría tal acción a la hacienda pública, por el otro. Esto resultaría definitorio a la hora de abordar a priori su sentido.
Sin embargo, un examen profundo, sobre todo pensando en el carácter poroso y polisémico que este término posee en el mundo contemporáneo, nos permite cuestionar las formas que han sedimentado la representación y los significados tradicionales que existen sobre el término. Es posible pensarlo a partir de un estigma, por encontrarse inserto en los ilegalismos económicos, en virtud de ser una práctica social desviada que genera excedentes económicos fuera de lo normado, aunque sujeta a una potencial represión por parte de la autoridad (Becker, 2009; Foucault, 2007; Renoldi, 2015). En efecto, el término contrabando alude a una actividad económica y espacial sancionada de tal forma por el hecho de desarrollarse a través de un cierto tipo de cruce del límite interestatal y su frontera.
Visto lo anterior, el abordaje de este término requiere una revisión de la íntima vinculación existente entre la ley y su falta, avanzando hacia un abordaje que involucre los aspectos históricos, sociales, políticos, económicos y culturales propios de su práctica. Esto es lo que se ha hecho desde la ciencia social, por lo menos desde la segunda parte del siglo XX hasta la actualidad. Tales investigaciones han establecido que el contrabando, así como otros fenómenos de naturaleza económica y espacial que acontecen en las fronteras del estado moderno –antes colonial–, se ensamblan con procesos y transformaciones más generales de la sociedad y las representaciones de aquello que está más allá de sus valores, moralidades y normas (del Olmo, 1981; Melossi, 2018).
Este capítulo se organiza en cinco secciones. La primera coloca el acento en sus orígenes históricos. La segunda sección revisa su genealogía y características. La tercera y cuarta, en cambio, se interesa por la relación que tiene el contrabando con los mercados de trabajo y economías locales. La quinta sección, finalmente, aborda las moralidades y contingencias.
Contrabando en los tiempos coloniales
Una primera consideración respecto del término supone comprenderlo ya no exclusivamente como una acción criminal. En cambio, este debe ser entendido como un tipo de actividad económica y espacial compleja e histórica, desarrollada por poblaciones asentadas a uno y otro lado de un límite constituido entre formas o estructuras políticas de control territorial.
A partir del siglo XVI, y luego de la imposición de un set de regulaciones al tráfico comercial con y entre las colonias de ultramar por parte de la Corona española, se observa la aparición y uso del término en América. Este se ligó, desde sus inicios, con la exportación de commodities desde la región, pues parte de este saqueo se orientaba hacia los países centrales, intentando evitar el pago de impuestos, como el caso del quinto real con la plata (Moutoukias, 1988). En otras ocasiones, estos bienes se intercambiaban por textiles, manufacturas en cuero, acero o bebidas alcohólicas, entre otros productos, que luego eran puestos en venta en el incipiente comercio local (Langer, 2021; Platt, 2016). Un antecedente a esta situación podría rastrearse en torno a diversos feudos ibéricos que gravaron el tránsito de mercancías, su ingreso o salida de ciudades o pasos, durante la Baja Edad Media (Rodríguez, 1985).
Otro elemento relevante se relaciona con los grupos que lo desarrollaban. A los criollos e indígenas, se deben sumar, y en una posición bastante protagónica, los propios agentes coloniales. Muchos de ellos instituyeron un amplio conjunto de contubernios y componendas comerciales con otros agentes europeos no españoles que operaban en los océanos Pacífico y Atlántico (Laurent, 2009).
Sea como sea, la revisión anterior permite relevar las relaciones históricas de fuerza y violencia con las cuales instituciones como el tributo, la fiscalidad o la aduana comienzan a alzarse como factores determinantes en la instauración de un determinado tipo de frontera, incluso marítima, desde tal tiempo a esta parte. Esto ocurría en paralelo al control comercial de las cosas que por ahí circulaban. Y será esta escena la que se constituirá como la antesala de las rentas de aduanas gestionadas ya por un moderno sistema burocrático y administrativo a mediados del siglo XVIII, orientado a perseguir y castigar el tráfico mercantil transgresor “no encaminado” o “no canalizado” por las rutas oficiales.
Estado-nación, frontera y asimetría
Con todo lo anterior, el contrabando surge como una forma y proceso de intercambio económico, pero también cultural y social, en el momento mismo de la instauración del límite y, con ello, de la frontera. Asimismo, fue sancionado bajo un carácter criminal por tensionar, desde aquel momento, la fiscalidad de las estructuras político-económicas coloniales centrales y las instituciones dispuestas a su control. Más hacia el presente, estos factores se encuentran en la base del surgimiento del estado moderno: burocracia, militarización, mercantilización y monetarización (Medina, 2001). Estos elementos se presentan en una tendencia cada vez más creciente y hegemónica a nivel global (Muñoz, 2019).
Además de desarrollarse entre poblaciones establecidas a uno y otro lado del límite, otro elemento de importancia para su comprensión es la existencia de una diferencia, una asimetría, la que incluso es explicativa de su práctica. Ciertamente, “si no existiera una frontera y dos mercados separados, dos sistemas de producción distintos, no tendríamos ninguna razón para contrabandear” (Dorfman, 2015, p. 36).
En este sentido, la articulación que el contrabando desarrolla sobre dos o más economías o espacios deja entrever la desigualdad basal y su expresión territorial y combinada en el mundo contemporáneo. Por ello, y mientras más factores diferenciadores se impongan, tales como muros, aranceles o militares, “mayores asimetrías se crean, aumentando los riesgos y, por tanto, los precios y las violencias” (Carrión, 2011, p. 1).
Precios, salarios, sistemas de protección social, (bio)tecnologías y controles policiales, servicios, tamaño de los mercados, intensidad de flujos migratorios e infraestructura pública, entre otros, configurarían la forma y la intensidad que este fenómeno adquiere en un espacio fronterizo específico (Topaloglou y Petrakos, 2008).
Contrabando y mercados populares
Existe un importante corpus de estudios históricos y sociales que han establecido que diferentes fenómenos económicos sancionados bajo un carácter difuso o criminal por parte de la ley estatal, como el caso del contrabando, se hallan vinculados e incluso producidos por el estado (Aguiar, 2015; Heyman, 1999). En cierto sentido, la legitimidad con que el estado reclama un monopolio de la regulación de las formas del comercio en las fronteras, se basa, precisamente, en la deslegitimación de otras tales como el robo, el contrabando o la piratería, pues “históricamente, el límite de lo ilícito se ha desplazado de un lado a otro a medida que los bandidos ayudaban a hacer estados, y los estados a los bandidos” (van Schendel y Abraham, 2005, p. 7).
El contrabando puede ser entendido como una actividad económica y espacial que se inscribe en el aprovechamiento de las asimetrías económicas existentes entre un territorio y otro y a partir de una movilidad específica (Benedetti, 2011). No obstante, otra característica a considerar se relaciona con la multiplicidad de formas en que este se materializa, ya sea con respecto a las cantidades de personas que entronca, a los tipos de mercancías que moviliza, o sobre las estructuras o factores desde los cuales se genera o que debe sortear. Como ha venido señalando Grimson (2003), lo que reúne esta diversidad de expresiones es el reconocimiento de que se desarrolla “fuera y en contra” de la ley.
El impacto que este intercambio económico tiene en los territorios donde se realiza es igualmente diverso. Se ha llegado a sostener que su práctica ha permitido un desarrollo económico más equitativo en zonas o regiones que hubieran quedado postergadas por la centralizada distribución de recursos que genera el estado en Sudamérica.
Ejemplo de lo anterior son los casos del suroccidente boliviano (Langer, 2021) y norte de Chile (Muñoz et al., 2022). Estos estudios apuntan a comprender el fenómeno del contrabando como una actividad que favorece, por un lado, la democratización del consumo de ciertos bienes, tales como los artículos electrónicos y la ropa usada, en amplios grupos de la sociedad. Por otro lado, se observa que el contrabando tiene una acción inhibidora en el desarrollo o consolidación de una industria local.
Contrabando, frontera y trabajo
La bibliografía disponible advierte la necesidad de comprender las dinámicas relativas al contrabando en Sudamérica en tanto situación específica de desenvolvimientos laborales en las fronteras (Figura 2). Allí, la práctica del contrabando goza de legitimidad social, económica y política en la escala local e incluso regional. Esto se debería a tres razones. La primera es que se instituye como un mecanismo importante en el proceso de democratización de los mercados ahí existentes.
La segunda razón es que permite un proceso de ascenso o de movilidad social a grupos sociales que, tradicionalmente, se hallaban obturados estructuralmente por la colonialidad de los estados de la región y sus mercados (Müller, 2015; Muñoz, 2019). Esta escena tiene un correlato espacial, toda vez que se halla vinculada, por ejemplo, al crecimiento de la infraestructura comercial, al auge de las economías populares o a la “ferialización” del espacio público (Dewey, 2015). Finalmente, se puede afirmar que se constituye como uno de los sectores económicos de mayor relevancia en la generación de nuevos empleos para las poblaciones que ahí habitan, no obstante los complejos regímenes de explotación laboral en los que se inscribe (Cardin, 2014; Gago, 2014).
Ejemplo de ello es posible de pesquisar en textos de Cardin (2013 y 2014) relativos a las actividades que cotidianamente realizan sacoleiros, laranjas, cigarreros y bateadores que dan vida al “mercado informal” en la frontera que comparten Argentina, Brasil y Paraguay. Entre Brasil y Uruguay, se ha visibilizado la acción de bagayeros o camelós, por caso, en las ciudades de Santana do Livramento y Rivera (Dorfman, 2009; Mazzei, 2002). También, se puede mencionar la presencia de chiveros en Bella Unión, Monte Caseros y Barra do Quaraí, en Uruguay, Argentina y Brasil respectivamente (Merenson, 2007).
De forma similar, se ha abordado el ejercicio de mujeres o paseras, en Posadas-Encarnación, y de mesiteros, en Formosa-Alberdi, entre Argentina y Paraguay respectivamente (Linares, 2017). Otro caso lo constituye el tránsito de textiles otavaleños en Ecuador y por las fronteras de la región; se trata de una expresión de un “capitalismo neoliberal desde el pueblo” (Colloredo-Mansfeld y Antrosio, 2009). Con respecto al combustible, se ha observado el caso de los culebrones, vale decir, conductores de caravanas que contrabandean este bien entre Ecuador y Perú (Prado, 2014).
Con respecto al circuito de la ropa usada, destaca el estudio realizado por Hernández y Loureiro (2017) sobre su contrabando en la frontera de Corumbá-Puerto Quijarro, entre Brasil y Bolivia. Igualmente, es posible mencionar las rutas consolidadas en la circulación de mercancías producidas por la industria del reciclaje de telas entre fronteras sudamericanas y grandes urbes de Brasil (Rabossi, 2008). De forma similar, se ha revisado la acción de chamberas o cachineras en torno al contrabando de juguetes, electrodomésticos y textiles de segunda mano, al igual que papeles higiénicos y ropa deportiva fake, que circulan a diario por la frontera entre Arica y Tacna (Chile y Perú) (Dilla y Álvarez, 2019). Por último, se puede mencionar el contrabando de los equipos de audio, realizado por piloteros y paseras desde la Zona Franca de Iquique (ZOFRI) o Calama, Chile, y el altiplano boliviano, que permiten animar carnavales y otras festividades locales (Muñoz, 2023).
Figura 2. Un policía del municipio local observa a contrabandistas que circulan con mercancías entre La Quiaca (Argentina) y Villazón (Bolivia) por el puente peatonal local

Fuente: José Muñoz Valenzuela (2022).
Moralidades y contingencias
La definición del contrabando también deviene de una cuestión eminentemente histórica y contingente. Efectivamente, ha sido observada y representada como una práctica que perjudica al estado desde un punto de vista impositivo, pero también lo haría sobre grupos humanos, la salud pública o los ecosistemas, pues esta práctica moviliza cosas que se hallan fuera de ciertas normas biofitozoosanitarias.
No obstante, y si bien la impronta sanitaria fue hegemónica en el control estatal durante buena parte del siglo XX, esta ha sufrido cambios importantes. Se hace relevante observar el status que han asumido los delitos de tipo marcario o de copyright desde fines del siglo XX y principios del XXI. Esta situación remite a la contingencia basal de los regímenes de control fronterizo, relacionada a la renovación de artefactos de sanción de personas y de mercancías en las fronteras del estado (Machado, 2005).
Otro aspecto a destacar es el carácter activo y los niveles de incidencia política que tienen los grupos sociales que contrabandean en la frontera. Esta capacidad se cristaliza dado que se busca obtener el mejor aprovechamiento económico, político y espacial de los recursos existentes en las fronteras, y de la elusión de los regímenes de control ahí existentes. Para ello, se establecen redes y alianzas que, conforme a la fuerza, contingencia y fricción en las que se inscriben, moldean nuevas infraestructuras urbanas de almacenamiento. También, constituyen novedosas formas de explotación laboral y estrategias de circulación, que ensamblan, por medio de una verdadera fuerza de gravedad, escalas, espacios, grupos sociales y elementos culturales a simple vista incompatibles (Gago, 2014; Muñoz et al., 2022).
Por otro lado, se debe destacar la especial relevancia que las moralidades tienen sobre la práctica del contrabando (Howell, 1997). En efecto, el carácter difuso o ambiguo que poseería su actividad, permite observar diferentes percepciones y valoraciones que se hallan insertas en el término en sí. Más allá de la honestidad o deshonestidad aparente de su acción, la comprensión del contrabando no puede prescindir de la escala/espacio y poder trascendentales que en el mundo contemporáneo ha alcanzado la “ilicitud global” (Ribeiro, 2007).
Conviene preguntarse si es posible reglamentar o controlar totalmente este tipo de actividades, considerando que se desarrollan en áreas abiertas, porosas y en movimiento. Además, la permanente reestructuración de las actividades económicas en la frontera no es sino un correlato propio de una serie de elementos que cada vez cobra mayor sentido en el mundo contemporáneo. Se pueden mencionar, por ejemplo, el crecimiento del desempleo y de la informalidad de forma estructural, y de la consolidación de mercados fronterizos fuertemente feminizados y etnizados (Dilla y Álvarez, 2019, pp. 80-81). Pareciera ser que estas son las condiciones de la circulación de capitales y el aumento de la competencia en los mercados ahí conformados (Cardin, 2013).
Resulta pertinente observar al contrabando como una forma y proceso de ocupación, articulación y transformación del espacio a partir de un tipo de desenvolvimiento laboral fronterizo inscripto en el aprovechamiento histórico de las asimetrías económicas de los territorios. En su ejercicio, esta práctica ensambla regímenes de producción de riqueza, de excedentes y de distribución. También, combina lógicas de almacenamiento y de circulación, solidarias y en contradicción con las regulaciones estatales y los mercados ahí presentes, agrupando y contaminando campos económicos y espaciales irreconciliables, como lo son el comercio formal, informal e ilegal.
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