Hernán Otero
La definición etimológica de demografía, del griego demos (pueblo, gente, comunidad) y graphie (escritura, estudio), traduce mal la complejidad de una disciplina que, por un lado, remite a un conjunto de fenómenos más reducido que el genérico concepto de pueblo y, por otro, busca ir más allá de la simple descripción de los hechos. Por tal razón, resulta más pertinente una definición taxonómica que permita incluir con claridad los elementos constitutivos de su objeto de estudio.
Desde esta perspectiva, surgen dos observaciones que resultan primordiales. La primera es que la demografía es el estudio de un conjunto acotado de aspectos de lo social. Entre ellos se destaca la dinámica de la población, que incluye a su vez el análisis de su composición, tamaño y estructura. Otro aspecto son los fenómenos demográficos que intervienen en su crecimiento, es decir, la natalidad, la mortalidad, la nupcialidad y las migraciones.
La aparente simplicidad de esta enumeración se complejiza gracias al análisis interseccional de los fenómenos precedentes en términos de clases definidas según múltiples criterios (espacio, posición social, edad, sexo, género, raza, etnia, etc.). Asimismo, la disciplina se interesa por el estudio de las doctrinas de población a lo largo de la historia, con particular atención a las relaciones entre economía y población, y por las políticas demográficas desarrolladas por el estado y por agencias de diferentes escalas.
La segunda observación es que la demografía estudia su objeto en base a una perspectiva matemática y estadística, orientada a la medición precisa de los fenómenos y estructuras. Esto le confiere un perfil cuantitativo y técnico que, como todo conocimiento social empírico, conlleva una reflexión profunda acerca de las fuentes de datos, de sus niveles de cobertura y confiabilidad y de la historicidad y fundamentos de sus categorías de medición. Por todo ello, la disciplina resulta más restringida que lo que sugiere la definición etimológica, pero también más amplia que la definición estándar de “estudio estadístico de las poblaciones humanas (estructura y movimiento), de los factores de sus dinámicas y de las consecuencias de sus evoluciones” (Meslé et al., 2001, p. 83).
Dado que las fronteras están caracterizadas por temporalidades e interacciones sociales, económicas y culturales propias, su estudio es importante para la demografía porque permite describir sus dinámicas poblacionales. En sentido análogo, ayuda a comprender cómo las dinámicas demográficas condicionan y contribuyen a definir sociedades específicas de la frontera. En ambos casos, la perspectiva demográfica ilumina los rasgos propios de la sociedad y de la población de frontera. Del mismo modo, permite detectar sus similitudes y diferencias con los espacios más amplios –regionales, nacionales y globales– con los que se vinculan.
Este capítulo se organiza en seis secciones. La primera da cuenta de las principales etapas y factores que dieron origen a la demografía. La segunda distingue entre diversas acepciones de la frontera y presenta el concepto de frontera demográfica. La tercera propone un recorrido por las fuentes de datos disponibles para el estudio de la población y de las principales dimensiones e indicadores que permiten caracterizar a la frontera demográfica. La cuarta, ligada a la anterior por su impronta metodológica, analiza el problema de la escala de análisis. Finalmente, la quinta y la sexta abordan las fronteras de poblamiento y las fronteras políticas, respectivamente, con el objetivo de mostrar algunas similitudes y diferencias.
Genealogía de la demografía
Una breve genealogía de la demografía como saber incluye como mínimo tres grandes momentos. En el siglo XVII se desarrolló el primer momento durante el cual la aritmética política inglesa inauguró una metodología basada en la cuantificación de series temporales de hechos demográficos. Las primeras mediciones fueron sobre la mortalidad e inauguraron una concepción probabilística de lo social que continuó en la tradición sociológica positivista durkheimiana (Hacking, 1995).
A partir del segundo momento, en la centuria siguiente, se destacó el know how francés en la realización sistemática de censos de población. A diferencia de los relevamientos de épocas precedentes, los nuevos censos fueron universales y no estuvieron orientados por finalidades extraestadísticas de carácter militar o fiscal.
En el tercer momento se distinguió la reflexión económico-filosófica de Thomas Malthus (1798) sobre las relaciones entre el crecimiento de la población, las subsistencias y la pobreza. Desde entonces, sus análisis constituyen un punto de referencia obligado para los debates, tanto académicos como políticos, entre neomalthusianos y antimalthusianos.
De modo más general, el surgimiento de la demografía resulta impensable sin la expansión europea del capitalismo comercial y financiero. Los primeros cálculos de mortalidad, por ejemplo, buscaron satisfacer las demandas de las compañías de seguros de la época. Sin embargo, fue la expansión del estado moderno y de sus crecientes necesidades informacionales lo que impulsó el surgimiento de esta disciplina (Le Bras, 2000). Por tal razón, la demografía, junto a otros saberes, se convirtió en un elemento clave de la gubernamentalidad de los estados nacionales (Foucault, 2006). A mediados del siglo XIX, la disciplina adquirió su nombre actual y durante el XX se diferenció progresivamente de otras ramas del saber, como la estadística, la economía y la sociología.
La evolución precedente, forzosamente escueta, permite enfatizar los principales rasgos de esta forma de pensar lo social. Por un lado, destaca su carácter esencialmente empírico y cuantitativo. Por otro lado, vislumbra su íntima asociación con el desarrollo estatal, tanto porque sus organismos e intervenciones proveen las principales fuentes de datos, como porque las investigaciones de la disciplina son un insumo clave para la elaboración de políticas de todo tipo. Por la naturaleza de sus fenómenos constitutivos (nacer, morir, unirse en pareja, migrar) la demografía se vincula con la discusión política y filosófica de los derechos de personas y grupos específicos de población. También, se asocia con la compleja relación entre los derechos de los individuos y los de los estados.
La centralidad otorgada hasta aquí a la demografía no debe hacer olvidar su integración, privilegiada pero no excluyente, en el heterogéneo y rico conjunto de los estudios científicos de la población (Naciones Unidas, 1985). Este constituye un vasto campo en el que confluyen los saberes de múltiples ciencias, desde las naturales hasta las que estudian a las personas en sociedad, pasando por la matemática y la estadística. En tanto objeto transversal, la población convoca desde siempre a múltiples disciplinas sociales y humanas, entre las cuales importa retener aquí las abocadas al espacio y al tiempo, es decir, la geografía y la historia.
Concepto de frontera en demografía
El concepto de frontera en demografía ha sido pensado en los dos sentidos habituales del término: como línea de frontera y como zona de frontera, como ocurre en la clásica oposición anglosajona entre border y frontier.
En el primer caso se trata de un límite definido y más o menos estable que separa dos regiones. Por lo general, remite a un límite político-administrativo, pero también puede ser económico, sociodemográfico, antropológico, lingüístico, etc. En los límites políticos, las demarcaciones entre estados-nación constituyen el ejemplo por antonomasia. En tales casos, las fronteras suelen cercenar, con mayor o menor grado de arbitrariedad, regiones cuyos comportamientos demográficos ofrecen mayores semejanzas entre sí que con otras partes del mismo país.
En los límites no políticos, por el contrario, las demarcaciones pueden definir fronteras supra o intranacionales entre regiones con comportamientos demográficos específicos. Un ejemplo de este tipo de límite, netamente antropológico, es la célebre línea San Petersburgo/Trieste, que demarca las zonas de matrimonio tardío en Europa Occidental entre el siglo XVII y 1940 (Hajnal, 1965). Para el caso latinoamericano pueden mencionarse las variaciones en las uniones consensuales, cuya incidencia crece desde el cono sur hasta el Caribe entre las décadas de 1970 y el fin de siglo (López-Ruiz et al., 2009). La mayor homogeneidad sociocultural, la corta duración de las configuraciones espaciales mencionadas y la menor densidad de estudios no permiten definir, sin embargo, demarcaciones tan claras como las del ejemplo europeo.
En el segundo caso, la frontera es pensada a partir de un límite móvil e inestable, es decir, con avances y retrocesos. Esto ocurre con las fronteras de poblamiento o asentamiento en las que una sociedad dotada de mayor organización política y económica ocupa un territorio a través de un proceso que combina, en grados variables, la expansión migratoria, espontánea u organizada, con violencia militar o de otro tipo. El concepto de fronteras de asentamiento lleva implícita una dosis de etnocentrismo y culturalismo, ya que las fronteras de este tipo se fundan en la expansión asimétrica sobre poblaciones preexistentes (Reboratti, 1990). Más que un límite preciso, se trata en suma de una zona o de un espacio-frontera (Renard, 1992), que se caracteriza por una territorialidad variable espacial e históricamente.
Las fronteras de poblamiento han tenido, junto con las migraciones, una notable importancia en la historia de la población latinoamericana (Pérez Brignoli, 2010). La incorporación de vastos territorios a los estados nacionales en formación y las transformaciones de la economía internacional se encuentran en la base de este fenómeno. Sin embargo, a pesar de esta centralidad, el concepto de frontera demográfica ha recibido mucha menos atención que la frontera en el sentido amplio del término.
El polisémico concepto de frontera de poblamiento incluye, al menos, tres dimensiones básicas: militar, económica (agrícola-ganadera, por ejemplo) y social. Asimismo, esta última puede desagregarse mediante el concepto de frontera demográfica. Se trata de un concepto más acotado que busca medir los rasgos básicos de la estructura, composición y dinámica de la población de las zonas de frontera propiamente dichas o de aquellas que dejaron de serlo, como lo ilustra el concepto de post-frontera (Browder et al., 2008).
La expresión frontera demográfica ha sido usada con frecuencia de modo muy general (Siqueira et al., 2015). Son escasos los estudios que proponen un uso analítico con descripciones estadísticas precisas sobre su dinámica y componentes. Ello explica su mayor importancia durante la ola cuantitativa de la historia social y demográfica de la década de 1970 en Estados Unidos (Weber, 1986).
Impulsada por grandes equipos y por la computación, esta corriente buscaba discutir la célebre hipótesis Turner (1893). Según este autor, la expansión territorial hacia el oeste y la existencia de una frontera en constante movimiento fueron la causa principal del desarrollo y de la formación de la identidad y el carácter estadounidenses. En relación a este último aspecto, de difícil vinculación con la demografía, Turner argumentaba que la frontera moldeó el carácter nacional al fomentar el individualismo, la democracia y la innovación.
Este enfoque, sin necesariamente asumir las hipótesis turnerianas, fue aplicado también al estudio del México colonial e impactó, con problemáticas propias, en la demografía histórica de otros países. El caso argentino resulta ilustrativo, sobre todo a partir de la recuperación democrática de 1983. La mayor disponibilidad de datos, sumada a la complejidad de los procesos económicos provocados por el capitalismo y la globalización, como a la relevancia geopolítica y mediática de las fronteras actuales, explica, por su parte, la importancia del concepto en los estudios geográficos.
Fuentes e indicadores para el estudio de la frontera
Las fuentes de base de la demografía remiten a tres períodos, claros en teoría pero no siempre evidentes en la práctica: pre-estadístico, proto-estadístico y estadístico.
Durante el primero, la información disponible es fragmentaria y no sistemática, lo que exige la aplicación de métodos indirectos. En tal sentido, la estimación de los tamaños de población de asentamientos precolombinos a partir del registro arqueológico constituye un ejemplo paradigmático. Se incluye también en esta etapa documentación diversa con datos individualizados producida por la Corona española, como visitas, matrículas de encomiendas y listas de tributarios, entre otras.
En el período proto-estadístico existen fuentes que permiten la cuantificación de la población. Sin embargo, la información fue producida, como en el anterior, siguiendo finalidades extraestadísticas, de carácter militar y/o fiscal que limitan su alcance. Si bien no relevan a la totalidad de los habitantes, permiten análisis estadísticos más representativos. Incluyen fuentes de stock: censos parciales, padrones o relevamientos semejantes. Además, proporciona fuentes de flujo: registros parroquiales de bautismos, matrimonios y defunciones. Esta última práctica fue instaurada por el Concilio de Trento en 1563 y trasladada a América por la Iglesia Católica.
El período estadístico se basa en censos en el sentido moderno del término: relevamientos universales, simultáneos y con criterios homogéneos. También utiliza registros vitales, como los de nacimientos, defunciones y matrimonios. Los actuales registros vitales fueron el fruto de la laicización de los registros parroquiales, proceso que ocurrió en la mayoría de los países latinoamericanos durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. El inicio de este período fue un aspecto importante para la consolidación de los estados nacionales. La transición de uno a otro régimen de producción de datos no fue un proceso simple ni lineal, ya que las discontinuidades e incluso retrocesos son frecuentes en la evolución de las formas de medición estadística.
Vistas en conjunto, las fuentes de datos mencionadas permiten definir dimensiones, variables e indicadores esenciales para el estudio de la frontera. Se pueden destacar cinco de ellas.
La primera dimensión incluye el tamaño de la población, el crecimiento demográfico, la densidad y la radicación urbana o rural de la población. Dada la centralidad de las migraciones en la expansión de las fronteras, el crecimiento debe ser analizado, cuando ello es posible, a partir de sus componentes constitutivos: el crecimiento migratorio (diferencia entre inmigración y emigración) y el vegetativo (diferencia entre la mortalidad y la natalidad).
Además, importa conocer la proporción de inmigrantes en la población total, diferenciando su origen en extranjero o interno. La distinción habitual entre migración y movilidad se aplica también a todos los tipos de fronteras, siendo la movilidad el fenómeno más difícil de captar.
Los orígenes étnicos y raciales son un aspecto esencial en la historia latinoamericana, signada sucesivamente por la conquista de las potencias ibéricas, la esclavitud y la expansión de la sociedad blanca sobre los pueblos originarios. Las fuentes del período proto-estadístico, aunque no exclusivamente ellas, resultan de mayor utilidad en esta dimensión. Ello se debe a que remiten a una etapa de mayor visibilidad de esos criterios ya que la mayoría de los países latinoamericanos suprimieron las categorías étnicas y raciales de los censos nacionales de población durante el período estadístico. Otras variables, vinculadas con esta dimensión pero no siempre presentes en las fuentes, como la religión, resultan también de interés para el estudio de la composición migratoria de la frontera.
Una segunda dimensión concierne a las estructuras de población resultantes, comenzando por aquellas que no pueden estar ausentes en los estudios demográficos, como las estructuras por edad y sexo. Cuando el número de casos o la calidad de las fuentes lo desaconseja, se pueden usar indicadores de resumen como relaciones de masculinidad (cantidad de hombres por cada 100 mujeres) y proporciones de grupos específicos de edad, por ejemplo, 0-14 años o población vieja, superior a una determinada edad cronológica, que puede variar entre los 50 y los 65 años.
La tercera dimensión, también de tipo estructural, remite a las formas de habitar. Incluye los tipos de vivienda, que son un componente clave de la calidad de vida, y las estructuras de hogar y de familias. Ambos aspectos requieren la adaptación de tipologías, sobre las que existe abundante producción, y permiten caracterizar las relaciones entre personas (parentesco, compadrazgo, etc.) que, eventualmente, diferencian la frontera de otros espacios. Ello no siempre resulta evidente, por ejemplo en los tamaños finales de hogares y familias, ya que los fenómenos que influyen en dichas estructuras (mortalidad, fecundidad, formas de unión, migraciones) interactúan de modo opuesto, aumentando o reduciendo el número de sus integrantes.
El análisis longitudinal, por su parte, permite estudiar los ciclos de vida de hogares y familias como así también sus complejas relaciones de causalidad con el acceso, uso y propiedad de los recursos. El recurso más relevante suele ser la tierra, tanto en las fronteras de poblamiento histórico como en los actuales procesos de deforestación. Dada la mayor disponibilidad de fuentes y la posibilidad de utilizar estrategias metodológicas específicas, el análisis longitudinal resulta más factible en los estudios actuales (Browder et al., 2008).
La cuarta dimensión incluye los fenómenos demográficos ligados con la reproducción de la población, como la natalidad, la fecundidad y la mortalidad. Se pueden medir con las tasas respectivas o bien, en el caso de la fecundidad de poblaciones históricas, a través de indicadores alternativos como la relación niños-mujeres. Dada su importancia como variable intermedia de la fecundidad, resulta esencial incluir las pautas de nupcialidad de cada sexo (nivel general, edad al matrimonio o a la unión, celibato por edad y definitivo), al igual que las proporciones según estado civil (solteros, casados, viudos y uniones de hecho).
La alta influencia de las uniones no formalizadas (concubinato, amancebamiento, consensuales, etc.), de muy difícil diferenciación estadística de la soltería, es uno de los rasgos históricos específicos y de larga duración de América Latina. Por idéntica razón, la proporción de hijos de esas uniones (ilegítimos, naturales, extramatrimoniales, etc.) resulta de gran interés por su potencial efecto en la fecundidad y por lo que informa sobre las relaciones de género.
Por último, la quinta dimensión abarca los indicadores más propiamente sociales, como la ocupación, la propiedad y el nivel de alfabetización. Mientras los datos de alfabetización suelen tener un razonable nivel de cobertura, los primeros pueden hallarse ausentes, como la propiedad, o ser incompletos, como las ocupaciones. Estas se ven afectadas, sobre todo en los estudios históricos, pero no exclusivamente en ellos, por el subregistro en las respuestas, el predominio de ocupaciones muy generales, la pluriactividad y la invisibilidad del trabajo femenino.
Escalas de análisis
Las escalas de análisis pueden ser de carácter micro o macro. La escala microanalítica consiste en la reconstrucción exhaustiva de la población de una región circunscripta. Esta opción permite el entrecruzamiento de fuentes diversas, en particular padrones o censos con registros parroquiales o civiles, según el período considerado, pero también con fuentes de carácter económico, genealógico o judicial.
Esta operación es más fructífera cuando se realiza mediante métodos nominativos que permiten completar la información disponible para cada individuo o para cada hogar. Así lo muestran aspectos esenciales de la frontera, aunque no específicos a ella, como el estudio de las redes migratorias, el turn over entre regiones o la diferenciación entre primera y segunda generación de migrantes, por lo general imposible de conocer a través de los censos.
La contrapartida de esta mayor riqueza radica en que los estudios micro, al carecer de un contexto más general, tienden a exagerar las especificidades encontradas. Asimismo, no siempre habilitan comparaciones más amplias debido a la utilización de criterios diferentes de clasificación de los datos o a las preguntas particulares de cada estudio.
En la escala macro, por su parte, el análisis abarca múltiples unidades administrativas, lo que implica problemas metodológicos específicos. Entre ellos se destaca la reducción de información producida por el uso de métodos estadísticos agregados. Otra dificultad, más problemática en las fronteras de poblamiento, deriva de los cambios, en ocasiones vertiginosos, en los límites y las extensiones de las unidades espaciales. Los estudios sobre fronteras demográficas son –o deberían ser– comparativos, ya que sus rasgos específicos sólo resultan discernibles en su contraste con regiones de más antigua ocupación (Davis, 1977). Una ventaja clara de la escala macro es que obliga a explicitar las comparaciones entre las unidades a partir del uso de datos iguales o, al menos, equivalentes.
La utilización de sistemas de información geográfica, un conjunto de herramientas técnicas inherente a este enfoque, permite incorporar otros dos elementos de gran interés: la existencia o no de contigüidad espacial de las unidades administrativas en cada variable; y, cuando se incluyen diversos cortes temporales, el momento de ruptura en el que la frontera deja de comportarse como tal en cada dimensión considerada (Otero, 2025).
Por último, la escala macro permite caracterizar la zona de frontera a partir de una perspectiva inductiva, en vez de asumirla de manera apriorística en base a los límites administrativos de las fuentes de datos.
La comparación entre casos —unidades administrativas de la frontera, de la postfrontera y de regiones de ocupación más antigua— es fundamental en el enfoque macro basado en censos. Este análisis parte del supuesto implícito de identificar, por contraste, los rasgos específicos que caracterizan a las zonas de frontera. La comparación intertemporal, por su parte, permite acercarse al estudio de la convergencia de patrones demográficos. Se trata de un problema clásico de los estudios de población, aplicable tanto a las fronteras de poblamiento como a las fronteras internacionales.
Fronteras de poblamiento
Desde la época colonial la historia del continente americano se caracteriza por la importancia de las fronteras de poblamiento. Tras los procesos de independencia, la expansión de estados nacionales, crecientemente poderosos, sobre territorios habitados por poblaciones preexistentes constituye un rasgo común a casi todos los países de la región.
Por la extensión de los espacios incorporados, la expansión estadounidense hacia el oeste y la expansión argentina hacia el sur resultan ejemplos paradigmáticos. Con cronologías diferentes, iniciadas durante la colonia, ambos procesos concluyeron durante la década de 1880.
La riqueza de los aspectos etnohistóricos y económicos de ambas expansiones contrasta con la modelización, forzosamente más esquemática, de las variables demográficas. En ambos ejemplos, las fronteras de poblamiento se caracterizaron por el tríptico: alto crecimiento (en particular migratorio), baja densidad y estructuras por sexo desequilibradas.
Asimismo, las poblaciones de frontera en ambos ejemplos presentaron como similitudes la disponibilidad de recursos y de oportunidades sociolaborales, lo que no implicaba necesariamente mayor bienestar económico. Por esa razón, ostentaron mayor fecundidad relativa y edades más bajas al matrimonio o a la unión, sobre todo en las mujeres, dos aspectos verificables en buena parte de la literatura que se ocupó del tema (entre otros: Smith, 1980; Gutmann et al., 1992; Bean et al., 1990).
En sentido análogo, la mortalidad era más alta en las fronteras que en las regiones de ocupación más antigua debido a enfermedades, condiciones más precarias de vida, falta de acceso a servicios médicos y causas específicas de muerte como, por ejemplo, la violencia. Tanto en la fecundidad como en la mortalidad, las diferencias entre las zonas de frontera y de antigua ocupación derivaban no solo de los rasgos propios de las primeras sino también de las crecientes ventajas comparativas de las segundas en aspectos tales como la calidad de vida y el desarrollo de infraestructura estatal.
Los desequilibrios de las estructuras por sexo y del mercado matrimonial resultante favorecieron las posibilidades de formación de parejas del sexo con menos efectivos presentes en la frontera. Ello tuvo, a su vez, efectos directos en la edad al matrimonio o la unión y en las proporciones de estado civil de hombres y mujeres.
La abundancia de hombres, sumada a la mayor laxitud normativa de la frontera, debió incidir asimismo en los niveles de formalización de las uniones y de los nacimientos, un tema de interés demográfico, sociocultural y de género. La geografía de los nacimientos ilegítimos de la frontera bonaerense en las pampas argentinas del período previo a 1860 constituye un ejemplo claro de ello (Mateo, 1996; Moreno, 1998).
La diferencia más relevante entre ambas fronteras de poblamiento remite a las estructuras de edades. El caso estadounidense se caracterizó por una mayor proporción de población joven, menor de 14 o de 10 años según los estudios (Eblen, 1965; Davis, 1977). Ello fue fruto de la mayor importancia de la composición familiar en los Estados Unidos, mientras que en el caso argentino la composición familiar fue menos significativa.
Si bien el papel del ejército fue importante en ambos procesos, la frontera militar precedió más claramente a la demográfica en el caso argentino. Dicho en otros términos, la expansión de la frontera bonaerense fue más planificada por el estado, mientras que la estadounidense fue comparativamente más espontánea, gracias a la acción de los pioneros.
El estudio de la frontera demográfica, con su énfasis en la cuantificación de variables, puede devenir puramente descriptivo cuando se limita a los aspectos estrictamente poblacionales. Eso contribuye a que la demografía tienda a asumir el carácter de variable dependiente de otros procesos (Rosati, 2022).
Dos conjuntos de dimensiones permiten ir más allá de la simple descripción. El primero es el tipo de recursos que motoriza la expansión de la frontera, que puede ser agrícola, ganadero, minero o forestal según el contexto geohistórico. El segundo es el tipo de normas jurídicas y prácticas sociales que regulan, o no, el acceso a los recursos.
En suma, la enorme riqueza analítica del concepto de frontera contrasta con el recorte operacional y cuantitativo de las fronteras demográficas y con la existencia de datos pertinentes. Esta doble limitación explica, en buena medida, la menor cantidad de estudios disponibles sobre el particular en relación con otros campos de los estudios de población.
Fronteras políticas
El estudio de la demografía de las fronteras políticas presenta similitudes y diferencias con el de las fronteras de poblamiento. Las semejanzas derivan de que ambos enfoques recurren a la metodología y fuentes propias de la demografía, razón por la cual utilizan variables e indicadores que presentan problemas similares. El más notorio, en ambos tipos de fronteras, es la medición de las migraciones y las movilidades, fenómenos de decisiva importancia para explicar el resto de las dinámicas demográficas.
El análisis de las fronteras políticas presenta, asimismo, características diferenciales. Una de ellas es que las fuentes son elaboradas por distintos estados nacionales, lo que puede plantear problemas de comparabilidad de los datos disponibles. Más allá de los procesos de homogenización estadística promovidos por organismos internacionales desde mediados del siglo XX, los estados nacionales tienen con frecuencia tradiciones y agendas de medición diferentes.
La comparabilidad constituye un aspecto particular de un problema mayor: la dificultad técnica, heurística y de costos que implica el estudio de dos o más estados nacionales. Aunque los trabajos en equipo permiten reducir esa dificultad, ella explica que los estudios aborden con más frecuencia un solo lado de la frontera que la región fronteriza en su conjunto.
El predominio de un encuadre metodológico nacional para un fenómeno esencialmente transnacional corre el riesgo de trasladarse a las interpretaciones ya que, a diferencia de las fronteras de poblamiento, las fronteras políticas exigen multiplicar los puntos de comparación. Ello es así porque las características de una frontera nacional deben compararse con el resto del país pero también con la región fronteriza del país vecino, cuya especificidad solamente resulta evidente a su vez en clave comparativa con el estado al que pertenece.
Por muchas razones, la frontera entre México y Estados Unidos constituye uno de los ejemplos más ilustrativos de frontera política del continente en el plano demográfico. Línea de demarcación entre Latinoamérica y el país capitalista más desarrollado del mundo, involucra además factores históricos de larga data y elementos geopolíticos de importancia creciente. Dejando de lado otros aspectos de la frontera, como el intercambio comercial y cultural o los niveles de pobreza y vulnerabilidad, la comparación de las poblaciones fronterizas de ambos países muestra diferencias en aspectos demográficos relevantes.
Los estados fronterizos de Estados Unidos tienen una población importante pero la misma representa una pequeña fracción del total de la población de ese país; por el contrario, los municipios fronterizos de México tienen un peso demográfico mayor en el total de México. Las estructuras de edades son igualmente disímiles ya que la frontera norte mexicana tiene una población más joven mientras que la frontera sur estadounidense se caracteriza por su mayor envejecimiento. Esta diferencia obedece a la transición demográfica (bajas de la natalidad y la mortalidad) de ambos países pero también a sus patrones migratorios.
En lo relativo a la composición étnica, la población hispana es más importante en la frontera estadounidense que en el resto de ese país. Dado que una parte de la población hispana tiene un origen anterior a la expansión territorial de los Estados Unidos, su análisis ilustra otra de las dificultades de las fronteras políticas: la imposibilidad de establecer relaciones automáticas entre etnicidad y migración (Mendoza Pérez, 2001). La región fronteriza mexicana, por su parte, es étnicamente más homogénea. Se podrían agregar asimismo diferencias en la distribución espacial de la población, la densidad, la conformación del tejido urbano, la radicación urbano-rural, la edad a la unión y las pautas de fecundidad.
El elemento común a ambos lados de la frontera política es el dinamismo. Esto deriva del crecimiento demográfico y la importancia de la migración y la movilidad de la población, tanto dentro de la región fronteriza como hacia y desde el interior de ambos países.
Cuando se desciende a niveles menores, como condados y municipios según se trate de Estados Unidos o de México, las mediciones evidencian importantes diferencias internas en ambos lados del límite divisorio. Este fenómeno, común a otras fronteras, plantea otro problema geográfico: delimitar en cada momento histórico a la región fronteriza.
Más relevante aún es saber si, más allá de sus elementos comunes, existe una única región fronteriza o si, por el contrario, la división política internacional actúa como una barrera a la difusión de fenómenos demográficos. Aunque se trata de un debate abierto, las importantes diferencias observadas sugieren la existencia de sistemas sociodemográficos diferentes y que el efecto difusión entre ambos lados de la línea es escaso. Incluso el elemento común a ambos lados de la frontera mexicano-estadounidense, la alta intensidad de la migración, remite a la combinación de patrones migratorios dispares en cuanto al origen y destino de los flujos (Mendoza Pérez, 2001 y 2014).
Por último, pero central, las fronteras políticas ponen de manifiesto la importancia de actores estatales diversos tanto en las políticas demográficas, propiamente dichas, como en las socioeconómicas en general (Labbé, 2000). Las políticas migratorias, más o menos restrictivas según los casos y períodos, influyen en los grados de porosidad de las fronteras, en sus características demográficas y en las comunidades transnacionales resultantes.
Se trate de la frontera mexicano-estadounidense, con su muro contra la migración latinoamericana, de la frontera colombiana tras el éxodo masivo de personas exiliadas y refugiadas de Venezuela, o de la triple frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, con su diversidad multicultural, por citar ejemplos emblemáticos, la movilidad y las comunidades migratorias tienen siempre una importancia fundamental. Como en las fronteras de poblamiento, hablar de frontera es, en gran parte, decir migración en otras palabras.
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