Guillermo Cicalese y Nahuel Montes
Una de las acepciones de expansión es definida por la Real Academia Española como el efecto de expandir, en tanto que este último término hace referencia a la acción de extender algo, o hacer que ocupe más espacio (https://dle.rae.es/expandir). Ya sea a partir de este, u otros sentidos, se desprenden implicancias de distinta naturaleza que son de interés geográfico. Es posible comprender el término dentro de una red semántica de palabras en la que opera su significado, como territorio, barrera, borde, delimitación, demarcación, avance, conquista, colonización, entre otras. Como puede apreciarse a través de esta breve enumeración, la expansión conduce a un diálogo con otros conceptos teóricos que ponen en el centro de la escena una clara diferenciación entre un nosotros/as comprendido dentro de una unidad espacial, y la proyección que se vislumbra más allá de los límites de esa unidad donde moran los/as otros/as.
El término expansión puede llevar a una variedad de interpretaciones ligadas a los significados diversos que pueden tener las nociones de límite y frontera. Así, puede pensarse a la expansión como ampliación, extensión, engrandecimiento y, a su antónimo, como retracción o contracción de un factor dentro del mismo territorio que opera. El ejercicio que realizan los agentes de la expansión puede afectar a los límites convencionales y a las fronteras consagradas en el tiempo. Estas demarcan ̶ por transfiguración o contraste brusco ̶ unidades productivas, culturales, administrativas, políticas y/o sociales.
La dimensión que es trabajada en esta entrada al tema que convoca, requiere del auxilio de conceptos claves que se construyeron históricamente en el campo de conocimientos de la geografía, en particular en la geografía histórica, geografía política y geopolítica. La base de la expansión es el territorio, definido como espacio político que se desempeña simultáneamente como actor estelar y escenario de restricciones, habilitaciones y de posibilidades en donde se lucha por la apropiación de los factores que lo constituyen. El objeto de la disputa entre los agentes sociales es motorizado por una voluntad expansiva con capacidad para planear, proyectar, construir relatos y ejercer el control sobre una malla de poder. A través de estas operaciones es posible el gobierno de los objetos materiales y la administración de las poblaciones que habitan en el territorio.
Este capítulo se organiza en dos secciones. En la primera se presenta al concepto con el fin de establecer consideraciones generales y comprender las condiciones de producción políticas y disciplinares en las que emerge uno de sus sentidos posibles. Luego, en la segunda sección, se identifican discursos y prácticas que han dado cuerpo al nacionalismo territorial en Argentina y Chile desde el siglo XIX en relación con el significado de expansión que cobijan.
Expansión racional del mundo
Autores como Harvey (2017), Farinelli (2007) y Parry (1958) han sugerido que existe una matriz de pensamiento que hunde sus raíces en la expansión ultramarina occidental que se desencadena a partir del siglo XV. Esta manera de comprender históricamente las vinculaciones estrechas entre ciencia, técnica y política pone el énfasis en los orígenes de lo que se ha denominado Edad Moderna. La curiosidad y la consecuente búsqueda de recursos naturales, nuevos mercados y exploración de territorios lejanos propiciaron la reconstrucción radical de las perspectivas de tiempo y espacio. En consecuencia, la expansión del orden colonial que emprendieron los nacientes imperios necesitó de la reconversión de los sistemas de representación. El mundo al que se aventuraron se sometió a un proceso que lo redujo a un mapa dispuesto por un modelo gráfico técnico efectivo que ̶ junto con otros progresos en instrumentos de navegación como la brújula, el sextante, la sonda y el astrolabio ̶ propició la expansión hacia el nuevo mundo.
El núcleo del argumento se encuentra en el desplazamiento epistemológico que explica el hecho por el cual, a partir de ese momento, el espacio adueñado por la imaginación matemática podía ser conquistado y subordinado a la acción humana. Las disciplinas de las matemáticas llevadas a un terreno práctico como la geometría, la trigonometría, el cálculo y la topología otorgaron los medios como para crear esa ilusión. Si bien la cartografía puede reconocer sus orígenes en formas del arte rupestre encontradas por especialistas de la arqueología en cuevas prehistóricas, hay que destacar que la introducción del mapa ptolemaico a la ciudad de Florencia hacia el 1400 y la utilización del perspectivismo fueron las piedras angulares para una cartografía moderna. La ampliación de esta forma de visualización permitió el manejo instrumental de la expansión al obtener una representación racional del espacio, conforme se perfeccionaron sus técnicas de elaboración.
El globo fue desde entonces una totalidad cognoscible que daría, posteriormente, los fundamentos al proyecto de la Ilustración y a los regímenes centralizados de la integración espacial nacional del estado. Por tal motivo, la administración del territorio en el siglo XVIII, sostiene Foucault (2004), devino en una estrategia fundamental del ejercicio del poder en relación a la soberanía estatal. Su control resultó en una forma de regular y gestionar la población, estableciendo fronteras y divisiones espaciales que viabilizaron la vigilancia y el control. Este principio biopolítico demandó que el gobierno de la vida y la seguridad se ejercieran sobre poblaciones que era necesario reconocer, registrar y fiscalizar como parte de un territorio.
Anderson (1991) sugiere que la expansión de los estados no sólo significó la coacción por la fuerza sobre los espacios sometidos, sino que en términos culturales se apoyó en una trilogía de orden simbólica, representada por entidades coloniales imprescindibles: el museo, el censo y los mapas. No obstante, resalta la condición prioritaria de los mapas de la Corona en cuanto a la demarcación de los límites imperiales imaginados.
Paradójicamente, esos mismos límites fueron tomados con posterioridad como referencias concretas en los procesos de descolonización en Asia. En esa coyuntura histórica se establecieron naciones independientes. El camino de los países imperiales hacia la ocupación de las áreas donde moraban los nativos llevó a la movilización de regimientos y bases militares de ocupación, como así también de cuerpos burocráticos. Esta fase requirió que retrospectivamente sus imprentas editaran toda una vanguardia cartográfica que expandió primero sus confines en el papel. En esta dirección se comprende que los mapas, en relación con los textos y otros objetos culturales, se convirtieran en relatos transmisores de creencias, valores y mitos (Harley, 2005).
Los mapas coloniales de las monarquías españolas en Hispanoamérica fueron tenidos en cuenta cuando las élites criollas tendieron a consolidar sus propósitos expansivos y fijar sus límites en el espacio objeto de su tutela. Incluso emplearon, asociado al relato gráfico, narraciones jurídicas como el principio de Uti Possidetis Iuris que puede sintetizarse en el lema: “Como poseéis de acuerdo al derecho, así poseeréis”. Estas operaciones culturales, proyectadas en normas e imágenes, contribuyeron a justificar en términos pretéritos anhelos de ocupación sobre territorios indefinidos y a enfrentar el peligro de fragmentación del viejo orden de los virreinatos, a la vez que procuraban soldar una identidad comunitaria frente a la heterogeneidad étnica de América.
Este proceso ha sido estudiado por pesquisas que dieron lugar a una rama dedicada a desentrañar la posición de los organismos estatales y sociedades geográficas vinculadas al reconocimiento, medición y cartografiado del territorio, tendiente a expandir las fronteras y legitimar las posiciones del estado argentino y chileno, entre otros estados latinoamericanos (Escolar, 1994; Gangas Geisse y Santis Arenas, 1987; Minvielle y Zusman, 1995; Montes, 2016; Podgorny, 2011).
Expansión imaginaria en el papel
Los mitos que sostenían la extensión del territorio pasada, presente o futura, o aquellos que en sentido contrario exhibían la creencia de contracción sobre los límites originales, fueron a su tiempo expresados por medio de cartografías muy difundidas. La tradición cartográfica de la Argentina se forjó en esas condiciones de producción intelectual. La misma tuvo como efecto la transmisión de un código de representación con implicancias estéticas, políticas e identitarias.
El discurso cartográfico del estado argentino y las intervenciones producidas en el mapa contribuyeron a la conformación de un régimen de visibilidad que estuvo involucrado en un proceso complejo de educación de la mirada (Hollman y Lois, 2015; Lois, 2006, 2012). La divulgación del mapa isotipo se llevaría a cabo mediante la inclusión de capítulos en los textos de enseñanza dedicados a describir la extensión territorial, la forma, los límites y la posición en el planisferio del territorio (Quintero, 1999; Romero, 2004). La cartografía funcionó como discurso territorial que pretendió organizar las experiencias de percepción del territorio estatal. Este mecanismo de creación de comunidades imaginadas (Anderson, 1991) no sería exclusivo de la Argentina.
El límite que comparten Chile y Argentina tiene alrededor de 5.308 km de longitud; es el más extendido en América del Sur y el tercero más extenso de la tierra. Resulta razonable pensar en términos históricos lo dilatado, por momentos conflictivo y sinuoso, que resultó el arreglo definitivo de los hitos que en el campo materializara dicho límite. Ambos países, a manera de espejo reflejante, asumieron ideologías semejantes o, para ser más precisos, un tipo de nacionalismo a medida de cada nación a ambos lados de la frontera que pensó la expansión real o imaginaria. El nacionalismo territorial pasó a constituirse en una doctrina de élite para interpretar las relaciones internacionales, pero también tomó cierto rasgo beligerante durante los gobiernos autoritarios en América Latina en el último tercio del siglo XX (Reboratti, 1983, 1987). En ese contexto se conjugaron perspectivas clásicas de la geopolítica europea de preguerra con las doctrinas de seguridad nacional que asumieron los cuerpos militares en el marco de la Guerra Fría (Cicalese, 2009, 2015).
El nacionalismo territorial (Cavaleri, 2004) prohijó el mito de la “Gran Argentina” que sostenía que ese país era el exclusivo heredero de los territorios que administraba el Virreinato del Río de la Plata. En esa evaluación del pasado se entendían las pérdidas que había tenido en relación a los países limítrofes. El mismo ideario de herencia legítima y contracción espacial también es posible encontrarlo en la República de Chile, en donde se ha sostenido que como nación antecesora de la Capitanía General de Chile o de la Gobernación de Chile debía tener dentro de sus dimensiones la región austral conocida como Patagonia. Se afirmaba que la pérdida de lo que se contemplaba como parte de su extensión genuina original, en favor de Argentina, había sucedido por la firma de los tratados de límites de 1881. En esa coyuntura, Chile se encontraba en estado de guerra contra Bolivia y Perú por el control de los yacimientos de caliche al norte del país. Al finalizar la contienda expandiría su espacio hacia el norte, siendo un neto ganador en la Guerra del Pacífico (1879-1884).
Las dos naciones han representado su silueta cartográfica con gráficas notables con respecto a sus pretensiones expansivas, incluyendo territorios en forma ilusoria o más o menos realista sobre los cuales pretendían avanzar. Prueba de esto son el mapa bicontinental argentino (América y Antártida) y el tricontinental chileno (Antártida, Oceanía y América) donde se incluyen espacios terrestres, marítimos y polares. En el caso chileno, las impresiones de estas representaciones tuvieron una amplia divulgación durante la dictadura del general Augusto Pinochet (Jara, 2011), más allá de que estas incorporaciones reconocen su origen en la década de 1940, cuando Chile estableció unilateralmente su soberanía sobre el Sector Antártico delimitado por sus cartógrafos.
La Argentina bicontinental y sus representaciones tienen su iniciación en la construcción cartográfica del estado peronista (Cicalese, 2018), también en la década de 1940. Los recursos iconográficos desplegados sobre territorios todavía indefinidos y aquellos solo reclamados como el espacio aéreo, el subsuelo terrestre, el lecho y las masas marinas, apuntaron a producir una conciencia extendida en la población que se suponía ausente. La expansión cartográfica sobre la Antártida, en este sentido, resultó un artificio táctico de la diplomacia argentina en la disputa, cuando su destino no estaba aún pactado y pesaban reclamos de distintas naciones (Cicalese y Pereyra, 2018). La misma afirmación podría hacerse para el caso chileno.
Lo singular en el caso argentino es que la cartografía aspiracional del peronismo persistió más allá de la persecución a dirigentes, militantes y seguidores, y de la destrucción de símbolos instaurados por el Partido Justicialista (decreto-ley 4151 del año 1956). Incluso se mantuvo frente al borrado de toponimias asociadas a las efemérides partidarias y a los nombres propios de los líderes, figuras y próceres destacados por el movimiento que había bautizado monumentos, plazas, ciudades, pueblos y estaciones de transporte. Sin embargo, sus representaciones cartográficas se mantuvieron o incluso se afirmaron una vez derrocado. Es más, en 2010 se sancionó la ley nacional 26.651 con el firme propósito de hacer obligatorio el uso del mapa bicontinental en todos los niveles del sistema educativo.
La Argentina, como todo estado moderno, realizó a través de sus reparticiones públicas la exploración de tierras recónditas y la construcción de mapas sobre tierras que pretendía. En un período primitivo, su sucesivo avance demandó el conocimiento necesario incluso para negociar con países linderos los límites de la nación emergente. En ese derrotero parece lógico que muchos de esos mapas tuvieran las cualidades de ser aspiracionales y operacionales, cuando todavía no existía un reconocimiento internacional de esos confines, ni de las soberanías nacionales. Es significativo interpretar, entonces, las condiciones de producción en las coordenadas de tiempo y espacio de los discursos territoriales para dar sentido preciso a mapas, conceptos y textos, incluso para calibrar la correspondencia sobre dibujo y territorio.
En suma, la expansión de los estados como entidad moderna de dominación requirió de la incorporación territorial. Para ello, fue necesario no solo apropiarse de los progresos científicos y técnicos, sino además de la construcción de una cultura visual sobre ese fenómeno, donde los mapas desempeñaron un rol estelar.
Figura 1. Mapa bicontinental de la República Argentina

Fuente: Instituto Geográfico Nacional.
Figura 2. Mapa tricontinental de la República de Chile

Fuente: https://acortar.link/l7azLs
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