Natividad González
La palabra intercambio es amplia y conlleva distintas ideas asociadas, generalmente a transacciones comerciales (el intercambio económico) o a procesos que implican movimientos de ida y vuelta (como el intercambio académico). En consonancia con la definición brindada por la Real Academia Española, se trata de un cambio de elementos recíprocos entre dos o más entes (https://dle.rae.es/intercambio). Los ejemplos abundan en la historia universal, evidenciando que se trata de una forma de relación básica entre seres humanos (incluso anterior, entre los ancestros homínidos) registrada a través de la presencia de elementos encontrados lejos de su lugar de origen.
No obstante, es interesante observar que el intercambio no es una propiedad de la humanidad, sino que también se da entre seres de otros órdenes (animales, plantas, incluso minerales o climatológicos). Esto lleva a que se considere como una propiedad de los sistemas abiertos. Siguiendo esta línea, no es la cosa intercambiada lo fundamental, sino que necesariamente se da entre dos entes, por lo que la diferenciación o distinción entre ambos es crucial.
De esta manera, es factible pensar el intercambio como una relación que abarca procesos multidimensionales, en los cuales la frontera no es un mero elemento del contexto. En realidad, constituye una instancia definitiva por la cual se conectan los sistemas por los que se mueve lo intercambiado, permitiendo su análisis.
Este capítulo se divide en tres secciones. En la primera se presenta una síntesis de las propuestas clásicas de la teoría antropológica sobre el intercambio. En la segunda, el énfasis está puesto en los intercambios en el área e historia andina. Finalmente, la última sección abordará los tipos de intercambios registrados, con foco en el de productos y de ayuda y servicios.
Intercambio, economía y cultura
Es posible pensar el intercambio como una relación previa a sus connotaciones comerciales o solidarias. Se trata, en definitiva, de una relación entre partes pares, ya sean países, personas o grupos. Esta paridad es ideal, ya que la transacción busca resolver o igualar situaciones que simultáneamente pueden volver a desequilibrarse.
Esta idea es la que se encuentra en la propuesta de Lévi-Strauss (1977) cuando considera que la separación entre la naturaleza y la cultura (en términos conceptuales, no históricos) se da por la prohibición del incesto (procreación con mujeres del mismo grupo familiar). Ante este escenario, el intercambio de mujeres se volvería una necesidad. Asimismo, con esa norma primordial se forma la cultura y al establecer relación con otro grupo se genera sociedad.
Esta visión se emparenta, aunque con diferentes consecuencias, con la de Smith (1997) cuando se refiere a la propensión de las personas a intercambiar una cosa por otra. Esto se leyó como una condición histórica y ampliamente relacionada con el homo economicus quien busca, ante todo, la maximización de sus ganancias. Este fue el precepto básico en la instauración, ideológica, de la economía de mercado, tal como lo advierte Karl Polanyi.
Sin embargo, aunque Polanyi (1957) afirma que “la economía humana está sumergida por regla general en las relaciones sociales” (p. 94), él tampoco llega a diferenciar el intercambio −como relación− del intercambio comercial. Esta diferenciación sí fue realizada para la noción de división del trabajo. Ambos hechos, intercambiar cosas o ayuda y el reparto de las tareas, en definitiva, son consecuencia y base de la vida en sociedad, son parte de la inmutabilidad humana como seres sociales.
Así, entender el intercambio como una instancia básica en la sociedad (desde la visión de Lévi-Strauss o de Polanyi) permite considerar su presencia en diversos dominios de la práctica: intercambio de productos alimenticios, de favores, de prisioneros de guerra, de elementos suntuarios o joyas, de invitaciones, etc. Esta postura, más amplia, conduce a las consideraciones que realizó Mauss (1979) al preguntarse “¿qué fuerza tiene la cosa que se da, que obliga al donatario a devolverla?” (p. 157). Con ello, el autor advierte que lo que se intercambia no son solamente bienes con utilidad económica (como inmuebles, animales u otro tipo de riquezas), sino
sobre todo gentilezas, festines, ritos, servicios militares, mujeres, niños, danzas, ferias en las que el mercado ocupa sólo uno de los momentos, y en las que la circulación de riquezas es sólo uno de los términos de un contrato mucho más general y permanente (p. 160).
En su estudio, Mauss pone énfasis en la obligación de devolver lo que él llama prestaciones, es decir, lo intercambiado. Con ello, logra mostrar que estas prácticas (o tradiciones) están presentes en culturas de todo el mundo y que generan otras prestaciones a su vez, como un círculo.
Estas consideraciones se completan atendiendo al valor. Esta problemática tiene amplias aristas, no solo en relación a los precios, sino también la moral, la estética, entre otras. Graeber (2018) propone considerar a los objetos no como entes con cualidades fijas, sino como “patrones de cambio”, en constante transformación. Se distingue entre las esferas de circulación y las de realización, siendo la primera la propia del intercambio, pero supeditada a la segunda, ya que en la realización del valor es que el intercambio adquiere sentido o identidad.
Con esta propuesta busca mostrar que hay intercambios que tienen como objetivo mantener o generar relaciones cualitativas en contraposición a otras cuantitativas. En el caso de las primeras, los objetos intercambiados tienden a tomar cualidades de la persona. Las segundas son propias de las economías de mercado, donde los valores son objetivados, incluso el trabajo humano. A modo de conclusión, el autor indica que todo se resume a una “política del valor”, no relacionada con “la lucha por apropiarse del valor [sino con] la lucha por establecer qué es el valor” (2018, p. 156) y por qué medios se realiza, lo que conlleva la definición de por qué cosas (libertades, objetos, cualidades) la vida vale y merece ser vivida.
Intercambios en el mundo andino
En los Andes, el intercambio estuvo presente, según el registro arqueológico, ya desde el período arcaico. Luego, con el surgimiento de sociedades agropastoriles y sedentarias se organizaron redes articuladas por las que transitaban elementos y personas en el área andina central, vale decir, las actuales Perú, Bolivia, norte de Chile y norte de Argentina (Núñez Atencio y Nielsen, 2011).
Si bien no hay evidencias arqueológicas o etnohistóricas de emplazamientos de mercados prehispánicos en esta área, esta gran red de intercambio posibilitaba la circulación de productos a lo largo y a través de la cordillera andina. Un ejemplo lo constituyen los elementos de origen tiwanaku (1500 AC – 1000 DC, en la orilla sur del lago Titicaca, hoy Bolivia) hallados en San Pedro de Atacama (hoy norte de Chile) o aquellos caracoles de la costa pacífica peruana, hallados en las yungas jujeñas (norte de Argentina).
Estas redes se fueron modificando a lo largo de los siglos en que se asentó la Conquista española, pero sin desaparecer. Los grandes cambios acaecidos entre el fin del siglo XV (develación del cerro Rico a los españoles, la fundación de ciudades hacia el Río de la Plata) y mediados del XVI (la vigencia e instauración de las normativas impuestas por el virrey Toledo en 1870), confluyeron en la conformación del “espacio económico peruano” (Assadourian, 1983). Este constituía una unidad económica que articulaba actores y actividades dentro de una amplia zona. De manera esquemática se trataba de la integración económica entre el Virreinato del Perú (la mayor parte de su territorio) con la sede de la Corona española (la metrópoli) mediante la circulación de bienes entre la península ibérica y Lima, y el drenaje de plata desde América hacia Sevilla.
Se complementaba, además, con regiones productivamente especializadas en una activa red de comercialización que tenía como eje vertebrador los polos de atracción de insumos: Lima y Potosí. Esta estructura duraría los dos siglos siguientes. La plata potosina actuaba como elemento que aglomeraba al espacio, mientras que la ciudad de Potosí (y los otros centros mineros secundarios como Oruro, La Paz, Porco, Chichas, Lípez y Huancavelica) atraía insumos de todos los rincones, articulando eslabones en una cadena de tránsito entre los puertos del Atlántico y el área andina.
En esta red de intercambios comerciales y de recaudación fiscal, los indígenas realizaban los fletes por lo que lograron capitalizar su conocimiento del espacio andino, en cuanto a los circuitos (rutas, pasos, tiempos) y el manejo de los camélidos (tanto en las tropas como su crianza). Según los registros, generalmente eran los hombres quienes viajaban desde su hogar –la zona donde tenían sus rebaños– hacia otras localidades a encontrarse con compadres o caseros con quienes intercambiaban, año a año, sus producciones.
Este esquema de viajes anuales emprendidos por una familia ampliada en busca de productos de otras zonas, fue variando. La definición territorial de los estados latinoamericanos en el siglo XIX y principio del XX implicó cambios en los viajes de intercambio (Benedetti, 2003; Conti, 1989). Aunque, hacia 1980 todavía existían caravanas de burros o llamas que surcaban quebradas, abras y pampas entre localidades que distan varios centenares de kilómetros. Cabe aclarar que las abras son el paso entre una cuenca y otra, por eso se encuentran a gran altura. Las pampas son los extensos fondos de valle de la meseta altiplánica, a diferencia de las quebradas, que se trata de valles cerrados. El conocimiento detallado de la región se mantuvo entre estas personas.
Esta amplia red de intercambios y abastecimiento, en la actualidad se manifiesta en una serie de ferias periódicas donde se encuentran personas de distintas localidades y ambientes (Bergesio y González, 2020).
A lo largo del tiempo, el intercambio cumplió esa función básica de articulador de la sociedad. Aun con estas transformaciones, permitió mantener y adecuar prácticas concretas a contextos cambiantes. Los elementos religiosos del período precolombino dejaron de circular ante la Conquista española, que impuso otros elementos y valores de intercambio, ahora asociados a la acumulación de capital por parte de Europa (Machado Aráoz, 2018; Mignolo, 2003). Estos circuitos se desestructuraron con la definición de límites y normativas asociadas a los estados nacionales o subnacionales. Sin embargo, se mantuvieron las relaciones y necesidades de acceder a lo que otros grupos o regiones poseen, cultivan, crían y producen.
Distintos tipos de intercambios
Volviendo la atención a los intercambios de productos o elementos ̶ más típicamente económicos ̶ es preciso atender a la relación entre objetivos, necesidades y el sacrificio (es decir, el trabajo, el tiempo y la dificultad) que conlleva llegar a ese bien o producto. Los objetivos pueden estar asociados a obtener una ganancia, satisfacer alguna necesidad, específica o general, o poder realizar otros intercambios a posteriori, entre otros. El trabajo o tiempo que conlleva ese bien suele considerarse un rasgo de valorización, aunque hay elementos que se aprecian más en un momento puntual (como ingredientes para una comida especial) o pueden ser producto de un conocimiento o práctica no disponible para todas las personas (como curar alguna afección). En todos estos casos, el contexto sociocultural define el valor, pudiendo expresarse de distintas formas.
Estos aspectos se entrecruzan en distintos tipos de intercambio, ya sean monetarios o no. Una primera forma de clasificar el intercambio es considerar las partes que se relacionan. En este sentido, puede hablarse de intercambios intracomunitarios –es decir, entre personas del mismo grupo– o extracomunitarios. Ambos tipos, en el área andina, se complejizan con los ideales de reciprocidad, autarquía y complementariedad.
La reciprocidad alude a relaciones que buscan la equidad y su mantenimiento en el tiempo, aunque quizás no se da de manera simultánea. Asimismo, la reciprocidad puede darse a nivel de sistema, ya que puede suceder que lo “devuelto” no provenga de la misma persona, sino del grupo en general. Esto permite distinguir entre la reciprocidad simétrica ̶ A le da a B, B devuelve a A ̶ y asimétrica ̶ A, B y C le dan a D, quien reúne, administra y devuelve a A, B y C ̶ (Alberti y Mayer, 1974).
La autarquía y la complementariedad ecológica hacen referencia a ideales comunales a partir de los cuales los grupos o familias establecían localizaciones en distintos pisos altitudinales o ambientes, buscando satisfacer la mayor cantidad de necesidades de manera autónoma. La complementariedad se manifiesta, además, en la relación con otros grupos que tienen acceso a otro tipo de bienes/recursos.
Estos ideales se encuentran en la base del modelo de archipiélagos definido a partir del caso histórico aymara lupaqa (siglos XI a XV), en la margen oriental del lago Titicaca, que caracterizara Murra (1978). También el modelo denominado de economía étnica cuya descripción se realizó en 1980 a partir del ayllu Laymi, en el norte de Potosí ̶ Bolivia ̶ (Harris, 1987). Ambos describen distintos mecanismos –transacciones, asentamientos, traslados– por los cuales las familias y las comunidades dividen su territorio y su tiempo entre la altiplanicie y los valles, asegurándose el acceso a recursos variados.
Los intercambios pueden distinguirse entre monetario o no, tales como el trueque y distintas formas de intercambio de servicios y favores. Además, pueden darse formas mixtas.
El trueque es una de las formas de intercambio no monetario más conocidas. Se caracteriza por ser una modalidad de transacción simultánea de bienes, que están valorados como equiparables. Puede estar regido por tasas regionales y estables. Si bien el trueque tiene relevancia en ciertos contextos socioculturales –como las ferias de la región andina– es posible que se dé en cualquier momento y lugar. En esta forma de intercambio juega un rol crucial la consideración minuciosa del bien en cuestión, así como un acuerdo entre las partes, que tienen una posición de paridad en la transacción. Esto implica, en ocasiones, negociaciones, la generación de diálogos y acuerdos, que toman cierto tiempo, especialmente si las partes no se conocen.
Ejemplos de trueque existen en abundancia. En la órbita del comercio internacional, ha sucedido que el café colombiano era intercambiado por ladrillos de Polonia y estos por automóviles de Estados Unidos (Humphrey y Hugh-Jones, 1998). En la década de 1910-1920 Malinowski (1975) registró en las islas Trobriand (Oceanía) una extensa red de intercambio mediante trueque, denominada kula. A través de expediciones en cientos de canoas, los hombres intercambiaban brazaletes de concha y collares de caracoles que no llegaban a ser usados, sino que exclusivamente se empleaban para intercambiar con otra persona. A través de estos viajes, circulaban, además, otro tipo de productos y relaciones.
En la provincia de Jujuy (Argentina), en la actualidad, el trueque está presente en las ferias entre productores de distintas regiones. Por lo general lo que se intercambia son productos primarios, como carnes, frutas y verduras, semillas, entre otros, y suele tratarse de pequeñas o medianas cantidades. En este caso, se lo conoce como intercambio al menudeo. Este permanece ligado a las producciones especializadas regionalmente, ya que los bienes objeto de intercambio son propios de una región determinada y no se obtienen en otros ambientes (Bergesio et al., 2019).
A modo de clasificación se han propuesto tres tipos de transacciones por medio de trueque (Rabey et al., 1986):
- Intercambios de productos netamente campesinos que poseen equivalencias relativamente estables. Ejemplo: carne por maíz.
- Intercambios de objetos que no poseen referencias mutuas. Ejemplo: productos rurales por mercaderías, en los que la equivalencia se acuerda por la asignación de un valor en dinero a cada uno (que puede no coincidir con el precio formal).
- Intercambios donde aparece un producto intermediario que permite el acceso a otro producto. Ejemplo: carne por sal, sal por papas.
Entre los intercambios de servicios y favores también es posible describir una gran variedad, siempre circunscritos al contexto. En el área andina existen formas institucionalizadas de reciprocidad relacionada con servicios, formas de devolución y el tipo de actividades. Las formas empleadas en el norte argentino son dos: la minka y al partir.
La minka es un intercambio no simultáneo de servicios y bienes, de forma grupal (familiar o comunitaria) pautado a partir de necesidades específicas. Esta práctica se realiza ante una situación que requiere del trabajo de varias personas, se congrega a familiares y amistades a ayudar, con la contraprestación de brindar alimento durante el tiempo que dure el trabajo y con la promesa de devolver el servicio cuando las otras personas lo precisen. Este tipo de intercambio es muy común para la siembra o cosecha, por ejemplo, cuando se precisan muchas manos en corto tiempo. Esta relación puede comprender dos tipos de intercambios: uno que incluya dinero o productos y otro que compensa con alimentos y bebidas (Tapia Ponce, 2002).
Los acuerdos al partir se establecen para un fin específico por el cual el producto (y las posibles pérdidas) derivado de la actividad se repartirá entre las partes, según el acuerdo inicial. El aporte en la relación-actividad puede consistir en mano de obra, tierra, herramientas, animales u otro, y puede implicar a varias personas o solo a dos. Esta forma es muy habitual en la actualidad, cuando hay muchas personas que mantienen tierras o animales en el campo, pero viven en la ciudad, lo que implica que una tercera persona deba cuidarlos. En México se emplea la voz micha y micha, mientras que en Bolivia se denomina ayni.
Por otro lado, el intercambio monetario, que comúnmente se practica en las economías de mercado, tampoco excluye negociaciones, regateos o relaciones establecidas por los años y la costumbre.
Interesa tener en cuenta que en la compra-venta de bienes también pueden estar presentes algunas de las consideraciones realizadas más arriba para ampliar el concepto de intercambio en su faz comercial. Esto ocurre, especialmente, al considerar que esta modalidad es la que prevalece globalmente, pero, quizás por esta misma razón, se ha amoldado y flexibilizado de acuerdo a las pautas socioculturales de cada lugar y momento. Un rasgo que interesa destacar es que el dinero permite realizar intercambios “anónimos”, es decir, sin que sea necesario que la identidad social de los participantes esté implicada (Graeber, 2018, p. 163).
Considerar que los intercambios de mercado también se condicionan o están sujetos a pautas socioculturales permite entender preferencias de consumo, estímulos en la producción o patrones de desigualdad que de otra manera no podrían explicarse (es decir, que “la mano invisible del mercado” no explica). La importancia de estas pautas está en la base de toda campaña publicitaria.
Intercambio y frontera en el mundo andino
Esta forma de mirar los intercambios, ¿qué tiene que ver con la frontera? Una posibilidad es pensar en los intercambios entre países, más que nada comerciales, que implica contemplar el rol de las aduanas, institución antigua en el control del ingreso/egreso de bienes a/desde los territorios. Además, es posible considerar los pasos de frontera, los habilitados y los otros, que en muchos casos propician intercambios comerciales y, especialmente, de información.
Como ejemplo de esto, se menciona que entre Jujuy (Argentina) y Potosí (Bolivia) existen una serie de ferias de frontera que condensan los elementos expuestos: sistemas abiertos que se comunican mediante intercambios de elementos que relacionan espacios económicos y ambientes productivos diferenciados. Estas ferias concentran en un espacio/tiempo relaciones actuales que se mantienen a lo largo del tiempo y redes de abastecimiento y comercialización (González y Bergesio, 2020).
Entre ellas, la Manka Fiesta es la que más importancia tiene, ya que se realiza desde inicios del siglo XX. En la ciudad de La Quiaca, en los últimos fines de semana del mes de octubre, se congregan varios cientos de personas de un amplio espacio, provenientes desde el centro y sur de Bolivia y del norte de Argentina. Se llevan a la Manka Fiesta productos agrícolas, artesanales e industriales, con el objetivo de intercambiarlos por otros bienes, tales como mercaderías, muebles, materiales de construcción, entre muchos posibles. En esta feria el encuentro con otras personas, conocidas o para conocer, representa un factor fundamental.
En este sentido cabe considerar que las fronteras son instancias espaciales que producen alteridad, marcan un lugar propio –con recursos, características, etc.– con otro ajeno –que tiene otras posibilidades y necesidades–. Los intercambios, en contraposición, precisan de una alteridad, un otro, con quien negociar. Por ello, intercambio y frontera son aspectos intrínsecos de las relaciones que conforman la sociedad.
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