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Internet

Cecilia Melella

La World Wide Web (WWW) es una red creada por Tim Berners-Lee a mediados de 1980, compuesta por millones de páginas interrelacionadas que se expanden globalmente a través de la infraestructura de Internet. Según la Real Academia Española (RAE) la palabra internet, de origen inglés, se define como una red informática mundial, descentralizada, formada por la conexión directa entre computadoras mediante un protocolo especial de comunicación (https://dle.rae.es/internet).

La idea central que impulsó su desarrollo fue la producción de un espacio comunicacional accesible que permitiera a las personas compartir información. En este sentido, se trató de una innovación más social que tecnológica. La red está conformada por un conjunto de computadoras interconectadas, donde cada una mantiene su autonomía, pero se articula con las demás a través de normas comunes de interconexión.

Internet significó una transformación tecnológica de alcance histórico, al integrar en un mismo sistema las modalidades escrita, oral y audiovisual de la comunicación humana. Diversos especialistas identifican tres principios fundacionales de internet:

  • multimedialidad, que permite integrar en un mismo soporte todos los formatos: texto, audio, videos, gráficos, fotografías y animaciones;
  • hipertextualidad, que alude a una forma de estructurar y acceder a la información en entornos digitales de manera no lineal y multidireccional, mediante enlaces;
  • interactividad, que posibilita a los usuarios iniciar y desarrollar acciones comunicativas tanto con el medio como con otros usuarios.

El desarrollo impulsado por las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), en particular la internet, se inscribe en un paradigma más amplio: la sociedad de la información o sociedad red, concebida en el marco del capitalismo global (Castells, 1995). Este modelo se caracteriza por la globalización de las actividades económicas, la flexibilización del trabajo, la omnipresencia de medios interconectados y la transformación de las nociones de tiempo y espacio en flujos continuos y atemporales.

El concepto de aldea global, propuesto por McLuhan y Powers (1993), adquirió una nueva dimensión en la era digital, donde la distancia dejó de ser una limitación para la conectividad. En este escenario, el acceso a internet se ha expandido de manera acelerada, transformando prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana: desde el trabajo y la educación, hasta las finanzas, el comercio y los vínculos personales.

Las posibilidades que habilita la red han tensionado la centralidad de los estados nacionales y sus fronteras, tanto físicas como institucionales. Las TIC favorecen formas de vida transnacionales —o incluso posnacionales— que se desarrollan más allá del control territorial de los estados y de sus marcos jurídicos y administrativos. En este contexto, la experiencia moderna se encuentra atravesada por la movilidad. Un aspecto técnico clave de esa movilidad ha sido el transporte de información, entendido como una modalidad de comunicación que ya no requiere el desplazamiento físico de los cuerpos. Internet y la WWW han diluido la noción clásica de distancia, dando lugar a un ciberespacio donde las fronteras se vuelven porosas y los vínculos entre el “aquí” y el “allá” adquieren nuevas formas de presencia, conexión y pertenencia.

Este capítulo se organiza en cuatro secciones. La primera ofrece un panorama general sobre el desarrollo de Internet. La segunda sección aborda las transformaciones del capitalismo a la luz del avance de las tecnologías digitales. Por su parte, la tercera reflexiona, a partir de diversos datos, sobre las desigualdades en el acceso tecnológico. La última sección analiza los cambios en la construcción de la subjetividad vinculados al uso de las plataformas mediáticas.

Desarrollo de internet

El desarrollo de internet se puede pensar en términos de tres grandes etapas o imaginarios sociotécnicos (Gómez Cruz, 2022). Cada una de estas refleja transformaciones en los modos de concebir y utilizar la tecnología, así como en las relaciones entre los entornos digitales y la vida social.

La primera etapa, denominada cibercultura, estuvo marcada por la idea de que el mundo en línea (online) constituía un universo paralelo claramente diferenciado del mundo fuera de línea (offline). En este contexto, predominaba un imaginario utópico que asociaba internet con la posibilidad de democratizar la información y generar nuevas formas de participación y acceso al conocimiento.

En una segunda etapa, designada cultura digital, la vida cotidiana se vuelve progresivamente mediada por tecnologías digitales y se diluye la frontera online y offline. Este proceso está estrechamente ligado a la expansión de plataformas como Facebook (que luego pasó a llamarse Meta) o Google y al uso masivo de dispositivos como el teléfono inteligente (smartphone), que permiten una conexión constante y generalizada.

Finalmente, se puede mencionar la tercera, definida como cultura algorítmica. Esta etapa responde a una plataformización salvaje y su objetivo principal es la generación y monetización de datos. Esto se relaciona con el surgimiento y amplio desarrollo de plataformas de alojamiento turístico, transporte urbano o de distribución de comida.

En este escenario, las grandes plataformas corporativas ejercen un poder monopólico sobre la infraestructura digital y sobre los flujos de información. Esta transformación responde a las lógicas del neoliberalismo que priorizan la rentabilidad económica por sobre otras formas de valor social. Bajo ese régimen, las tecnologías digitales son apropiadas y orientadas hacia la acumulación de capital y el control algorítmico de las interacciones sociales.

Así, en un lapso de no más de diez años, se pasó de un modelo centrado en la comunicación y la participación comunitaria (característico de los sitios web de la primera etapa de internet), a otro basado en la conectividad orientada. En éste, se suscita la producción y manipulación de información sobre los usuarios, sus comportamientos y preferencias a través del algoritmo (Van Dijck, 2019).

Del capitalismo industrial al tecnofeudalismo

La expansión de las tecnologías digitales ha transformado profundamente la experiencia social del espacio y del tiempo. La incorporación de las TIC al ciclo productivo global ha generado redes de info-producción que son desterritorializadas, deslocalizadas y despersonalizadas. En este contexto, el capitalismo se caracteriza por una doble dinámica: por un lado, tiende a desterritorializar –romper límites, flexibilizar y desplazar–; por otro, vuelve a reterritorializar, es decir, reconstruye nuevas formas de control y anclaje (Deleuze y Guattari, 1995).

Este fenómeno se traduce en una multi-territorialidad, que implica la posibilidad de habitar simultáneamente varios territorios, físicos, digitales y simbólicos, y de reconstruir constantemente el propio. Aunque esta multiplicidad de territorios siempre existió, en la contemporaneidad, bajo el paradigma conectivo, ha alcanzado un nivel inédito. No obstante, el único actor que parece moverse sin restricciones en esta multiterritorialidad es el capital. Berardi (2020) propone el concepto de cultura post-alfabética en el marco del semiocapitalismo, una etapa caracterizada por el dominio de lo visual, lo afectivo/emocional y lo inmediato.

Ya lo anticipaba el teórico de la comunicación, Marshall McLuhan (1985): el paso de una cultura secuencial (propia de la escritura alfabética) a otra de la simultaneidad (propia de los medios electrónicos) ha alterado las formas de percepción y de conocimiento de la sociedad. Esta transformación favorece la pérdida de pensamiento crítico y la difusión de relatos mitológicos, dificultando la distinción entre lo verdadero y lo falso. En el régimen semiocapital, el trabajo intelectual se realiza a través de signos y conexiones digitales, moldeando tanto el contenido de lo que se piensa como la manera en que se procesa. Los medios ya no solo informan: también delimitan qué puede decirse y cómo, marcando los límites de lo visible, lo audible y lo narrable.

Con el avance del neoliberalismo, la vida social y la producción de conocimiento han sido absorbidas por la lógica de la conectividad. Esto ha llevado a una verdadera “desertificación de la vida y de la creatividad” (Berardi, 2020, p. 99). El tiempo frente a las pantallas se ha mercantilizado por completo, y con ello también las formas sociales de desear, consumir y relacionarse.

Este cambio marca el pasaje del capitalismo industrial al capitalismo de plataformas (Srnicek, 2018). Este cambio es también caracterizado como tecnofeudalismo (Varoufakis, 2024), donde el modelo de acumulación deviene intangible, global y basado en el control de los datos. Las grandes plataformas digitales, como Google o Meta, funcionan como dominios privados que concentran poder y operan por fuera del control de los estados, tensionando su soberanía. En estas estructuras digitales cerradas, la automatización, la vigilancia y la dependencia tecnológica reemplazan a los principios clásicos del mercado libre y la competencia.

El concepto de tecnofeudalismo, polémico y objeto de debate, se sostiene sobre tres ideas fundamentales.

  1. El capitalismo es reemplazado por una nueva forma de organización económica, en la cual las plataformas digitales ya no se centran en la producción, sino en modificar el comportamiento de los consumidores. Esto implica una relegación de los beneficios tradicionales del capitalismo para poner en el centro las rentas, similares a las cuotas que en la Edad Media los siervos pagaban a los señores por usar sus tierras.
  2. Los estados nacionales pierden injerencia frente a la creciente concentración de poder en estos “señores de la nube”, quienes ejercen un control económico, político y social predominante.
  3. Hay un cambio en el control sobre las preferencias: los algoritmos no solo recopilan datos, sino que también moldean y condicionan las decisiones y gustos de los usuarios, influyendo activamente en su comportamiento.

El aparato tecnoeconómico estimula la monetización constante de la vida de las personas. Es lo que Sadin (2022) denominó “liberalismo de uno mismo”, donde cada persona se convierte en su propia marca. Aquello que en un principio parecía representar descentralización y libertad, deriva en un sistema funcional, utilitario y mercantil, en el que los vínculos solo adquieren sentido si refuerzan la red personal y su valor simbólico o económico.

En este contexto, se consolidan estilos de vida centrados en la visibilidad y la competencia. Emerge así la figura del “individuo tirano”, que busca imponer su propia ley y afirmarse como único referente. Ya no resulta imprescindible la violencia física: las TIC permiten ejercer una forma de dominación placentera, sutil pero persistente, que desactiva la dimensión política entendida como el espacio de lo común y de lo plural. La subjetividad neoliberal se impone como norma, mientras el deseo de éxito personal –vinculado al lucro y la exposición– se convierte en la principal forma de legitimación social.

Brechas en el acceso y colonialismo de datos

Internet ha transformado profundamente el ecosistema de medios masivos tradicionales, promoviendo una mayor horizontalidad, velocidad y participación. Estas tecnologías no se limitan a modificar los modos de producción y circulación de contenidos. En cambio, reconfiguran las mediaciones comunicacionales bajo la lógica de las hipermediaciones: procesos simbólicos que se desarrollan en red, donde interactúan de manera interconectada sujetos, tecnologías y lenguajes (Scolari, 2008).

Las TIC tradicionales, como el correo postal, el telégrafo y el teléfono, facilitaron históricamente el contacto a distancia entre las personas. Sin embargo, las nuevas TIC, resultado de un proceso complejo y en constante evolución, se han diversificado en múltiples formas, como Internet, el correo electrónico, el chat, Skype y los teléfonos celulares. Estas tecnologías son consideradas como nuevos medios y artefactos culturales (Hine, 2004). Las mismas potencian y transforman los usos y las mediaciones que anteriormente se otorgaban a los artefactos tradicionales. En este contexto, internet se ha consolidado como el medio de comunicación más utilizado a nivel global, superando en alcance y frecuencia a la televisión, la radio y la prensa escrita.

Según datos de 2024 de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (2024), cerca del 67,6 % de la población mundial –es decir, unos 5.500 millones de personas– utiliza internet. Esto representa un crecimiento notable: nueve puntos porcentuales más que en 2020. Sin embargo, esta expansión no ha sido igual para toda la población. Persisten importantes desigualdades: en las zonas urbanas, el uso de internet duplica al de las rurales, y entre la juventud de 15 a 24 años el nivel de acceso (78,5 %) supera ampliamente al de otros grupos etarios (65,6 %).

Las brechas digitales no se limitan solo al acceso. También existen diferencias en los modos de uso y en las habilidades para aprovechar las tecnologías (Califano, 2020; Hargittai, 2021). En otras palabras, no se trata solo de tener o no conexión, sino de cómo se incorporan estas herramientas a la vida cotidiana, qué capacidades tienen las personas para interactuar con ellas y qué oportunidades se abren (o se cierran) en función de estas diferencias. Así, las brechas digitales se entrelazan con desigualdades sociales, económicas y educativas entre generaciones, grupos sociales y regiones, especialmente cuando se compara el mundo urbano con el rural.

Por ejemplo, en India, iniciativas educativas digitales impulsadas por el gobierno se vieron limitadas durante la pandemia por la falta de dispositivos en los hogares más pobres. Solo entre el 20 y el 40 % de la población puede y sabe cómo conectarse. Muchos estudiantes debían compartir un solo teléfono móvil o no contaban con acceso a electricidad confiable, lo que profundizó las desigualdades educativas quedando en evidencia la brecha en la alfabetización digital. En Estados Unidos, el uso de algoritmos en el sistema judicial ha reproducido sesgos raciales: los sistemas predictivos de crimen tienden a reforzar la vigilancia sobre barrios afroamericanos, generando un círculo vicioso de estigmatización y criminalización (Benbouzid, 2019).

En Argentina, según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales (2023), el uso de celular y de internet es casi universal, pero el acceso a computadoras y conexiones de calidad presenta fuertes diferencias. En zonas urbanas, el 90,4 % de los hogares está conectado a internet, pero en áreas rurales ese número desciende notablemente. Solo el 64,2 % de los hogares cuenta con computadoras frente al 88,1 % que dispone de teléfono celular. Estos datos muestran que, aunque muchas personas están conectadas, no todas pueden usar la tecnología con el mismo nivel de profundidad, velocidad o estabilidad.

Asimismo, siete de cada diez argentinos/as se informan principalmente a través de redes sociales, especialmente desde el dispositivo móvil. El uso de plataformas digitales creció del 57 % en 2013 al 95 % en 2022, siendo WhatsApp la más utilizada. No obstante, hay diferencias notables en el modo en que distintos grupos sociales usan internet: mientras algunos aprovechan estas herramientas para estudiar o trabajar, otros sólo acceden de manera ocasional o para el entretenimiento.

Este escenario obliga a prestar atención a un fenómeno cada vez más debatido: el colonialismo de datos. Esta noción hace referencia a prácticas de recolección y uso de información personal por parte de grandes corporaciones –como Google, Meta o Amazon– que reproducen dinámicas de dominación propias de épocas coloniales. Las brechas digitales no sólo perpetúan desigualdades entre países del norte y del sur global, sino que también generan nuevas formas de exclusión dentro de cada país.

Estas fronteras no son solamente geográficas: son simbólicas, culturales y sociales. Distinguen entre quienes pueden desenvolverse plenamente en entornos digitales y quienes quedan rezagados, reduciendo su participación en la vida social, política y económica. Achicar las brechas resulta indispensable para construir una sociedad digital más justa, democrática e inclusiva. Sin embargo, paradójicamente, las mismas plataformas que amplían el acceso también permiten una extracción más eficiente del valor generado por los trabajadores, profundizando su explotación.

Entre la extimidad y la intimidad

Uno de los trabajos pioneros en el estudio de la identidad en entornos digitales fue La vida en la pantalla de Sherry Turkle (1997). Desde una perspectiva psicoanalítica, el autor abordó cómo el uso de internet permitía la exploración de nuevas formas de ser y de relacionarse. Su principal tesis planteaba la heterogeneidad del yo: en el entorno virtual, una persona podía construir tantas identidades como ventanas tuviera abiertas en su computadora. De este modo, el espacio digital aparecía escindido de la vida cotidiana, una experiencia vivida fuera del mundo real.

Sin embargo, con el tiempo las tecnologías dejaron de ser ajenas para convertirse en infraestructuras vitales, profundamente imbricadas en lo cotidiano. Internet, que en sus inicios se pensó como un espacio libre, abierto y democrático, se ha transformado en otro atravesado por la vigilancia, el control y los intereses del capitalismo digital.

El concepto de mediatización profunda (Hepp, 2020) ayuda a entender este proceso. Desde esta perspectiva, los medios tecnológicos no solo inciden en los distintos ámbitos sociales (familia, trabajo o educación), sino que también se reconfiguran constantemente al integrarse en las prácticas cotidianas. Esta integración genera una fusión entre las esferas física y digital: ya no son mundos separados, sino dimensiones entrelazadas de una misma experiencia social y cultural.

En este proceso se vuelve relevante el concepto de extimidad. Retomado por Sibilia (2008) a partir del psicoanalista Jacques Lacan (1901-1981), alude a la transformación contemporánea de la intimidad en algo que busca ser expuesto públicamente, especialmente a través de las redes sociales. En contraste con el “decoro” y el “pudor a la exposición”, valores de los siglos XIX y XX, las personas tienden a compartirlo de manera activa, configurando nuevas formas de subjetividad.

Compartir aspectos de la vida privada en línea se ha vuelto una práctica habitual, por ejemplo, a través de selfies (versión digital de los autorretratos). Las emociones, ideas, vínculos y hasta los cuerpos forman parte del contenido mediático que las personas exhiben. Esta exposición redefine los límites entre lo público y lo privado, lo personal y lo colectivo, lo doméstico y lo social. Asimismo, reconfigura las fronteras de la subjetividad interiorizada. La intimidad ya no opera como una frontera fija, sino como un umbral dinámico que negocia los límites de la identidad, la pertenencia y la visibilidad, en el marco de las nuevas lógicas de las sociedades de control contemporáneas.

El uso de plataformas como Facebook e Instagram se ha consolidado como un espacio donde convergen múltiples contenidos y formatos. Esto ha permitido que personas con escasos conocimientos técnicos puedan participar activamente en la creación de contenidos. Este fenómeno es conocido como amateurización de la producción. Estas redes han reemplazado el lenguaje técnico de los sistemas informáticos por expresiones propias de la vida cotidiana. Así, términos como etiquetar, agregar amigos, me gusta, muro, comentario o historia han transformado la forma en que se interactúa socialmente a través de internet, acercando la tecnología a la experiencia humana y afectiva. En este sentido, se han convertido en espacios de refugio emocional y pertenencia, sostenidos por la interacción con las personas más cercanas en la propia red (López y Ciuffoli, 2012).

Desde la expansión de Instagram en 2010 y, más recientemente, con el auge de TikTok, no solo se ha intensificado la publicidad de productos, sino que ha emergido una verdadera economía de la imagen personal. Instagram, en particular, dio lugar a una escenografía de la existencia, donde cada usuario puede mostrar su vida cotidiana mediante fotos y videos breves; las conocidas stories. Allí, la identidad personal y los proyectos individuales se ponen en valor a través de los ‘me gusta’ y los seguidores, que pueden traducirse en ingresos monetarios.

En el contexto actual, los teléfonos inteligentes desempeñan un rol central. Están vinculados a la denominada cuarta pantalla (Igarza, 2007). Estos dispositivos cumplen funciones comunicativas, pero por sobre todo, acompañan de forma constante la vida cotidiana, moldeando rutinas y relaciones sociales. Esta presencia permanente genera una tensión entre movilidad y mediatización: por un lado, permiten el desplazamiento y la conexión en movimiento; por otro, median de manera persistente las interacciones sociales.

De esta forma, el teléfono celular transforma la vida de múltiples maneras (Miller, 2021). Aunque se suele criticar su capacidad para interrumpir la interacción cara a cara –por ejemplo, durante una comida con amistades–, también puede expandir el horizonte relacional: mientras una persona mira su teléfono, quizá esté manteniendo una conversación significativa con alguien que está lejos. Así, el teléfono crea nuevas formas de tiempo social y presencia afectiva.

Durante el confinamiento por la pandemia de COVID-19 quedó claro que el contacto físico y la interacción presencial siguen siendo insustituibles. No obstante, los smartphones jugaron un papel fundamental al sostener vínculos, incluso reconfigurando estructuras tradicionales como la familia. Plataformas como WhatsApp permiten mantener un contacto cotidiano y sincrónico, aun en contextos de distancia geográfica, cumpliendo una función identitaria y afectiva (Melella, 2024). Funcionan como puente con los vínculos cercanos —familiares o amistosos— y como espacio para construir relatos personales y colectivos. A través de estas interacciones se conforman memorias compartidas y emociones colectivas que muchas veces constituyen una conexión simbólica en contextos transnacionales.

Bibliografía

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