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Meridiano/Paralelo

Malena Mazzitelli Mastricchio, Esteban Salizzi y Carolina Sosa

Desde una perspectiva astronómica y geográfica, un meridiano es el círculo máximo de la esfera celeste que pasa por los polos de la Tierra y por el cenit y el nadir de un punto determinado de su superficie. Su etimología proviene del latín meridiānus, que alude al mediodía (https://dle.rae.es/meridiano). Esto ocurre cuando el Sol se ubica sobre el meridiano del lugar, posicionándose en su punto más alto del cielo, el cenit; el nadir es el punto opuesto del globo terráqueo. Los paralelos, por su parte, son cada uno de los círculos menores semejantes al Ecuador que, descritos en el globo terráqueo, sirven para establecer la latitud de cualquiera de sus puntos (https://dle.rae.es/paralelo).

Los meridianos son perpendiculares a los paralelos. A través de su intersección permiten determinar la posición de cualquier sitio del mundo en un sistema de coordenadas. Dicho sistema se denomina geográfico, cuando el modelo adoptado para representar la Tierra es una esfera, o geodésico, si se emplea un elipsoide. El primero se utiliza asiduamente en mapas y elementos básicos de navegación, mientras que el segundo permite mediciones de posición y altura, por lo que su uso resulta más apropiado para tareas topográficas y en sistemas avanzados de cartografía y navegación.

La longitud es la distancia angular existente entre un punto y el meridiano de Greenwich, aunque puede medirse tomando como referencia cualquier otro meridiano de origen (Figura 1). Sus valores varían entre 0° y 180°, y pueden ser de longitud este u oeste, en función de su posición respecto del meridiano de referencia. La latitud es la distancia angular que define la ubicación de un punto sobre su meridiano, tomando como referencia el Ecuador. Sus valores oscilan entre 0° y 90° y pueden ser de latitud norte o sur, según el hemisferio en que se encuentre el punto (López Trigal, 2015).

Figura 1. Longitud y latitud

Fuente: elaboración propia.

En la Figura de la izquierda, la longitud es el ángulo (β) diedro que tiene como arista al eje de rotación de la Tierra y como caras al meridiano de origen y el meridiano del lugar que pasa por el punto. A la derecha, la latitud es el ángulo (β) entre el segmento que une el centro de la Tierra con el plano del Ecuador. Fuente: elaboración propia.

En definitiva, los meridianos y los paralelos son líneas imaginarias que se dibujan en los mapas y permiten ubicar cualquier punto de la superficie de la Tierra a través de medidas angulares. Estas líneas han despertado curiosidad y fascinación, que motivaron diversas publicaciones tanto académicas como literarias (Bel, 2017). Desde tiempos remotos han cumplido funciones operativas fundamentales para la navegación, la cartografía y la geodesia, al ofrecer un sistema de referencia esencial para la exploración, representación y delimitación del mundo. A pesar de ser una invención, su presencia está tan naturalizada en la mirada geográfica del mundo que, por lo general, cuesta reconocer que solo existen en el papel o en objetos que los referencian en el terreno –como mojones, carteles, monolitos o monumentos–.

En lo que respecta a sus vínculos con las fronteras, hay dos formas principales en las que meridianos y paralelos han contribuido con su definición, fijación y representación. La primera, y quizás la más evidente, es cuando un tramo o la totalidad del límite interjurisdiccional es trazado apoyándose en ellos. La segunda consiste en el uso de líneas o arcos que conectan dos o más puntos con coordenadas específicas, pero que definen trayectorias con orientaciones no equivalentes a las de los meridianos y paralelos. Según las clasificaciones impulsadas desde la geografía política clásica, toda vez que una delimitación territorial se sostiene en líneas rectas, arcos de circunferencia y líneas medianas se suele hacer referencia a su carácter matemático o geométrico (Prescott y Triggs, 2008). Cuando las líneas fronterizas se basan en la consideración de la longitud y latitud, se suelen denominar como geodésicas.

El presente capítulo se organiza en cuatro secciones. En la primera de ellas se presentan algunos de los hitos históricos más relevantes en torno a la medición de la longitud y la latitud. En la segunda se describen los vínculos que ha mantenido el trazado de meridianos y paralelos con la demarcación de espacios. En tercer lugar, se profundiza el análisis de su empleo como soporte de las fronteras. Finalmente, se introducen, a modo de ejemplo, los alcances de su implementación en Argentina.

Medición de la longitud y la latitud

El meridiano más célebre es el de Greenwich, que constituye actualmente el de referencia internacional (0° de longitud). El paralelo más conocido es el Ecuador, que representa el más extenso del planeta (0° de latitud). Ambas líneas estructuran los sistemas de coordenadas geográficas y posibilitan la partición de la superficie terrestre en hemisferios: Greenwich, los de este y oeste; Ecuador, los hemisferios norte y sur. La importancia del meridiano de 0° de longitud se extiende a la definición de los husos horarios, ya que establece la referencia para el trazado de las 24 fajas meridianas (de 15º aproximadamente cada una) que permiten coordinar el sistema horario mundial.

Adicionalmente, el Ecuador es la línea donde la incidencia del Sol es prácticamente perpendicular a lo largo de todo el año. Esto influye directamente sobre la extensión de los días y las noches (siendo casi iguales) y sobre las condiciones climáticas de la zona ecuatorial (cálida y húmeda), que se atenúan hacia las áreas polares. Dentro de este marco, adquieren importancia otros paralelos que delimitan la incidencia solar según la inclinación del eje terrestre:

  • Trópicos de Cáncer y Capricornio. Marcan los límites de la zona cálida y la latitud máxima donde el Sol puede estar en el cenit durante los solsticios.
  • Círculos polares Ártico y Antártico. Delimitan las zonas polares donde es posible experimentar días o noches ininterrumpidos de más de 24 horas.

No existe una fecha exacta en la que se haya establecido el paralelo del Ecuador, los trópicos y los círculos polares. Estos elementos forman parte de la representación de la Tierra como cuerpo celeste que construyó la cultura griega en la antigüedad.

Por la consideración de estos paralelos y debido a su naturaleza esférica, la Tierra fue dividida en tres tipos de zonas determinadas por el desplazamiento solar a lo largo del año (Ortega Valcárcel, 2000):

  • Tórridas: se extiende de la línea equinoccial (Ecuador) hasta ambos trópicos.
  • Templadas: desde los trópicos a los círculos polares.
  • Glaciares: más allá de estos últimos.

A pesar de la temprana definición conceptual de estos grandes círculos celestes, los primeros mapas en los que se encuentran integrados y representados con claridad datan del siglo XVI, en la transición y consolidación de la edad moderna (Figura 2).

Figura 2. Planisferio de Cantino (1502)

Fuente: Anónimo (1502).

La medición de la longitud y la latitud también se remonta a las observaciones astronómicas en la antigua Grecia. El primer mapamundi que contenía un sistema irregular de meridianos y paralelos fue elaborado por Eratóstenes de Cirene (en el siglo III a. C.). Sin embargo, fue Hiparco de Nicea (en el siglo II a. C.) quien inventó el astrolabio y creó el primer sistema regular de coordenadas geográficas basado en paralelos y meridianos, que perfeccionó a partir de sus estudios astronómicos y matemáticos (Ibáñez, 2011).

Para medir la latitud en el campo, se debía establecer la altura del Sol por sobre el horizonte. Durante la noche, en el caso del hemisferio norte se tomaba como referencia a la Estrella Polar, mientras que se adoptó la Cruz del Sur para el meridional o sur. Esto se realizaba con el empleo de instrumentos como el astrolabio, el cuadrante o, más tarde, el sextante, que permitían determinar el ángulo entre el horizonte y el astro tomado como referencia. La medición se podía realizar tanto en altamar como en tierra, de día o de noche. Este cálculo hizo que desde la antigüedad se conociera con cierta exactitud el tamaño de la circunferencia de la Tierra y pudiera establecerse con precisión la posición y el rumbo norte o sur.

El cálculo de la longitud era bastante diferente ya que el movimiento diario de la Tierra hacía que los cuerpos celestes que podrían servir de referencia fueran desapareciendo y reapareciendo de forma constante. El problema se solucionó recién en el siglo XVIII con la creación del cronómetro. En altamar esta dificultad era aún más pronunciada dado que para calcular la longitud se debía conocer la hora del puerto del que se había partido y la hora en que se encontraba la embarcación al momento de la estimación (Ibañez, 2011). Hasta la invención del cronómetro existieron experimentos de todo tipo para realizar la medición de la longitud en los navíos, que fueron compilados por Sobel (1997).

Que la longitud se pudiese calcular en tierra pero no en el altamar permite afirmar que no se trataba de un obstáculo metodológico sino técnico (Seemann, 2013), que fue superado con el perfeccionamiento de los instrumentos. En efecto, existían varios métodos para calcular la longitud. Uno de ellos era conocido como alturas correspondientes (Lafuente y Delgado, 1984). Implicaba establecer el mediodía solar de dos sitios distantes que se encontraran a la misma altura sobre el horizonte. El mediodía solar se calculaba sabiendo que la Tierra gira sobre sí misma de oeste a este en 24 horas. De este modo, en el instante en que un meridiano pasa delante del Sol es mediodía en todos los puntos de su extensión (Nelson, s/d). Así, una vez que el astro solar atravesaba el primer punto elegido se medía el tiempo que transcurría hasta alcanzar el segundo.

El cronómetro permitió saber con exactitud el horario en el que se producía el paso de las estrellas o del sol por un determinado punto, que podía ser comparado con la hora de cualquier meridiano que era tomado como origen. La longitud resultaba de la diferencia entre la hora local y la del meridiano de origen, donde 1 hora equivalía a 15° de longitud (Raisz, 2005). De este modo, existían diversos meridianos de origen que no solo permitían fijar la longitud de los lugares sino también ayudaban a situar los confines del mundo conocido. Un ejemplo de ello era el meridiano que pasaba por las Islas Afortunadas (Canarias) y marcaba el fin de la ecúmene en el mapa de Ptolomeo del siglo II. Los astrónomos árabes también realizaron mediciones de longitud y latitud desde el siglo IX. Para ello emplearon como meridiano de referencia tanto el previamente señalado como el situado en Ujjain, que era utilizado por la astronomía india (Ortega Valcárcel, 2000).

Delimitación de espacios

El uso de líneas astronómicas para delimitar espacios tiene algunos precedentes en las antiguas Roma y Grecia, aunque no se trataba de meridianos ni paralelos en su sentido moderno. Un ejemplo de ello es el trazado de los Decamunus Maximus y Cardo Maximus en los dominios romanos para establecer límites en el ordenamiento de su territorio. Los mismos seguían idealmente una orientación astronómica, aunque en la práctica se imponían los criterios topográficos: el decamunus de oriente (oriente) a occidente (occassum) y el cardo de sur (meridiano) a norte (septentrionem) (Castillo Pascual, 2011).

La principal referencia histórica del empleo de una línea geodésica como límite territorial forma parte de los hechos que marcan el paso a la modernidad. Se trata del Tratado de Tordesillas firmado en 1494 entre los reyes de Castilla y Portugal para el reparto de zonas de navegación y conquista del océano Atlántico y del continente americano, considerado entonces como Nuevo Mundo.

Las negociaciones y los acuerdos involucrados en el tratado consolidaron una línea imaginaria de orientación meridiana que pasaba 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Las tierras ubicadas al poniente de su traza (oeste) quedaban bajo dominio español, mientras que las situadas al naciente (este) pertenecían a la corona portuguesa. El tratado fue crucial para repartir los dominios coloniales entre ambas coronas en América y en otras tierras exploradas, y para promover la colonización y delimitación de sus posesiones en el continente. El Planisferio de Cantino (1502) representa el trazado del límite entre los reinos de Castilla y Portugal en América, así como también de la línea equinoccial (Ecuador), los trópicos y los círculos polares (Figura 2).

Con el nacimiento de los estados nacionales modernos en el siglo XVIII los gobiernos comenzaron a definir sus propios meridianos de referencia para brindar sustento al sistema de coordenadas geográficas. Por lo general, se ubicaron en las capitales de los territorios o en alguna ciudad con un observatorio que permitiera realizar mediciones. En este contexto, Inglaterra utilizó el de Greenwich, España el de Madrid y Cádiz, Francia el de París y Portugal los de Lisboa y Río de Janeiro.

El uso de un meridiano como referencia universal o local requirió decisiones y posicionamientos políticos (Ferreira Furtado, 2009; Seemann, 2013). Cuando Estados Unidos logró su independencia en 1776, dejó de utilizar el meridiano de Greenwich y adoptó como referencia el de la isla de El Hierro, en Canarias, como símbolo de ruptura con la corona británica. Más tarde, pasó a utilizar en sus mapas oficiales el meridiano de Washington (Ferreira Furtado, 2009).

En México, en cambio, no se definió un meridiano propio tras la independencia en 1821. Allí, durante el siglo XIX hubo una pluralidad de meridianos en uso. Progresivamente se adoptó el de Greenwich. Esta decisión se vio influida tanto por el factor comercial como por la pretensión homogeneizadora y profesionalizante que perseguía la comunidad científica local (Moreno Nieto, 2016). Como muestra, el meridiano de Washington tuvo injerencia en la formulación de informes políticos y militares, y fue empleado como referencia en el proceso de delimitación con los Estados Unidos.

En definitiva, la coexistencia de diferentes meridianos generó diversos problemas en la cartografía mundial, ya que debían realizarse cálculos de conversión de un sistema a otro para poder establecer una ubicación, tanto en tierra como en altamar. A comienzos del siglo XIX, diversos científicos guiados por los principios del positivismo impulsaron la adopción de un meridiano universal. Su concepción se basaba en la idea de un espacio objetivo, susceptible de ser ordenado y organizado como si respondiera a leyes naturales (Seemann, 2013). Un paso clave en este proceso se había dado con la publicación en 1767 por parte del gobierno británico del almanaque náutico más completo hasta ese momento, donde se usaba Greenwich como meridiano central, cuyo uso estaba extendido entre los marinos.

El ideal racionalista de establecer un sistema único de longitudes no fue aceptado inmediatamente y enfrentó cuestionamientos nacionalistas que defendían la adopción de meridianos locales. Sin embargo, la estandarización aseguraba grandes beneficios para la navegación y el comercio, hecho que influyó directamente en su gradual implementación.

Finalmente, recién en el ocaso del siglo XIX cuando, después de muchos debates, 26 países establecieron a Greenwich como su nuevo meridiano origen (Tous Meliá, 2001). Esto ocurrió en el marco del Séptimo Congreso Internacional de Geodesia celebrado en Roma en 1883. Allí se aceptó la unificación de longitudes, que se consolidó al año siguiente, en la Conferencia Internacional realizada en Washington. A partir de este suceso, las potencias europeas –no sin discusión– sentaron las bases para la consolidación de un sistema universal de coordenadas que aseguró la comparación e integración de los mapas producidos en diferentes países.

Meridianos y paralelos como demarcadores

Además del interés por la navegación, los avances realizados para la consolidación de un sistema global de referencia buscaron brindar respuesta a la pretensión racionalista de estandarizar la medición y demarcación de los territorios a través de criterios científicos y universales. La adopción del meridiano de Greenwich como punto de origen del sistema global de coordenadas hacia fines del siglo XIX no solo posibilitó establecer con precisión, a través de la longitud y la latitud, la ubicación de distintos puntos sobre la superficie terrestre, sino también convalidó diversas líneas cartográficas trazadas a partir de ellos. En este contexto, la medición y delimitación suponen una apropiación y un dominio del espacio que está estrechamente ligado a su creación (Ortega Valcárcel, 2002), pues amojonar el espacio es parte de su producción. En el caso de los estados modernos, se trata de la invención de sus territorios.

Si bien las medidas de longitud y latitud habían brindado tempranamente sustento a las tareas de demarcación territorial, fueron los estados decimonónicos quienes promovieron su adopción para el establecimiento de límites político-administrativos que requerían de un soporte universal y generalizado. En un contexto definido por la necesidad de centralizar el poder y conocer el territorio soberano, los gobiernos promovieron la creación de observatorios y comisiones, así como la profesionalización de los equipos técnicos e ingenieriles. Además de la medición del terreno y la producción de cartografía, sus tareas incluían la definición de límites internacionales (a través de acuerdos y tratados), de divisiones subnacionales y brindar soporte a la instalación de las infraestructuras esenciales para el transporte y la comunicación (cfr. Moreno Nieto, 2016).

En muchas ocasiones se usaron líneas rectas o geométricas que conectan puntos conocidos (como cascadas o pueblos) o coordenadas específicas. Esta fue una estrategia común para la asignación de límites en terrenos poco conocidos o que ofrecían una baja densidad demográfica (Prescott, 1967). Era lo que ocurría en regiones como la Amazonía, donde había una competencia por el control territorial entre los estados en formación. Bajo estas circunstancias, era frecuente utilizar paralelos y meridianos como límites, aunque solo los primeros resultaban confiables debido a las dificultades antes mencionadas para el cálculo exacto de la longitud, incluso a finales del siglo XX.

Otra limitación que enfrentaban los funcionarios residía en la dificultad para trazar una línea recta entre puntos conocidos cuando se hallaban a distancia o se trataba de áreas poco exploradas. Esta tarea se volvía aún más compleja cuando el terreno estaba cubierto de bosques o montañas. En los dominios coloniales, como en el este de África –donde la Convención Anglo-Portuguesa de 1891 definió el meridiano 33° este como el límite entre Rodesia y Mozambique–, tales dificultades generaban problemas administrativos que incluían intrusiones indebidas y cobros ilegales de impuestos (Prescott, 2015). En definitiva, eran fronteras trazadas en gabinetes de difícil aplicación tanto para la población como para los propios burócratas.

Entre 1884 y 1885 se llevó a cabo la Conferencia de Berlín, donde las potencias europeas se repartieron África. Ese episodio sentó las reglas para el sometimiento y la apropiación del continente. Sin embargo, su impacto en la definición de límites fue restringido. Las disputas territoriales que se sucedieron en los años subsiguientes forzaron la firma de tratados y arbitrajes que moldearon sus fronteras, muchas de las cuales fueron definidas a través del uso de líneas geométricas. Como en otras regiones de expansión colonial, con las fronteras africanas se ignoró la complejidad histórica y geográfica de las etnias y pueblos existentes. Este hecho se refleja en los diversos conflictos que han ocurrido en la segunda mitad del siglo XX durante el proceso de descolonización, como en el Sahara Occidental (latente desde 1975), la disputa territorial entre Chad y Libia (1978-1987) o la guerra entre Etiopía y Eritrea (1998-2000).

En un contexto definido por las disputas entre potencias por la asignación de dominios imperiales en África y Asia, este tipo de frontera fue particularmente útil para evitar y resolver conflictos territoriales. En términos generales, según las perspectivas clásicas, estas fronteras constituían un estadio primigenio en su evolución, de naturaleza arbitraria (ya que ignoraban las características de los paisajes físico y cultural), escasa consolidación y carácter negociado. Bajo esta perspectiva, la mantención y consolidación en el tiempo de los límites geométricos y geodésicos estaba asociada a tres factores (Prescott, 2015):

  • Una limitada valoración de la importancia económica o estratégica de la frontera en cuestión.
  • La cuantía de los posibles gastos requeridos para el levantamiento topográfico de la línea fronteriza.
  • La imposibilidad de alcanzar acuerdos entre los países concernidos o el origen común del dominio de ambos territorios.

Algunos de los ejemplos que suelen ser utilizados para sustentar estas afirmaciones refieren a la Antártida y a los desiertos tropicales, como el Sahara.

Otro caso que reúne estas características es la frontera de Guatemala con México y Belice (Figura 3). El límite con México fue definido a través de un tratado en 1882 y se vale, en muchos de sus segmentos, de puntos y líneas obtenidas por métodos astronómicos y topográficos (Tamayo Pérez, 2015). La frontera longitudinal (dirección norte-sur) entre Belice y Guatemala tiene una extensión cercana a 200 km y se encuentra definida casi en su totalidad sobre líneas geométricas. Las mismas se organizan en torno al meridiano 89° oeste, aunque para su definición no se mencionó de manera explícita dicha longitud. Se trata de un límite disputado, que surge del Tratado Wyke-Aycinena Cuya de 1859, firmado entre el gobierno de Guatemala y la corona británica, que dominaba el actual territorio de Belice. En el tratado, se señala que la frontera en cuestión está comprendida por las líneas rectas que unen los puntos definidos por los raudales de Gracias a Dios, los raudales de Garbutt en el Río Belice y su intersección con el límite mexicano (Álvarez Lejarza, s/f).

Figura 3. Fronteras geométricas de Guatemala

Fuente: ONU (2004).

En la actualidad, existen otros ejemplos de fronteras definidas por líneas geodésicas, incluso en espacios que parecen un tanto más distantes a las máximas desarrolladas por Prescott. Uno de ellos es el límite entre Estados Unidos y Canadá a lo largo del paralelo 49° norte. La Convención de 1818 entre Estados Unidos y Gran Bretaña (que entonces administraba Canadá) estableció dicha latitud como línea limítrofe desde los Grandes Lagos hasta las Montañas Rocosas, marcando un hito en la resolución de los conflictos posteriores a la Guerra de 1812. Posteriormente, el Tratado de Oregón (1846) extendió su trazado hasta el océano Pacífico.

Este recurso de delimitación no resultaba extraño para la legislación estadounidense dado que Thomas Jefferson lo había impulsado en la Ordenanza de 1784 para el diseño de los límites de los nuevos estados que se creasen a partir de la expansión hacia el oeste (Zusman, 2010). Si bien aquella norma fue revisada y reemplazada, la Ordenanza de Tierras de 1785 plasmó de manera efectiva la definición de fronteras interjurisdiccionales a partir de líneas rectas (paralelos y meridianos) y la Ordenanza del Noroeste de 1787 formalizó el marco institucional para la administración y futura incorporación de nuevas tierras. La apuesta de Jefferson por las fronteras basadas en líneas meridianas se fundaba en su sentido abstracto del equilibrio y en la posibilidad de prevenir conflictos políticos entre estados grandes y pequeños (Berkhofer, 1972).

Argentina: longitud nacional y límites provinciales

Meridianos y paralelos también fueron empleados para la delimitación de unidades político-administrativas de carácter subnacional. Se trata de prácticas y conocimientos técnicos análogos a los demandados por la definición de las fronteras de los estados nacionales, desarrolladas en el caso latinoamericano entre finales del siglo XIX y principios del XX (Zusman, 2017). De este modo, los elementos previamente presentados se encuentran estrechamente relacionados con las tareas de medición y delimitación que llevaron adelante los jóvenes estados para su organización territorial.

En la Argentina, la adopción de Greenwich como meridiano de origen no fue inmediata. Antes de 1853 las referencias estaban sujetas a decisiones aisladas de las instituciones y estados provinciales. Por ejemplo, en 1824 se utilizaba el meridiano de Buenos Aires, que pasaba por la actual Plaza de Mayo en la actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Con la primera constitución nacional (1853), que le asignó al Congreso la misión de delimitar definitivamente los territorios provinciales, se evidenció también la importancia de contar con un meridiano de referencia local. En 1884 la sanción de la ley 1.532 resolvió en parte esta empresa. A través de esa norma se organizaron y delimitaron los Territorios Nacionales, en espacios de reciente conquista que no estaban bajo jurisdicción de las provincias, sino que dependían directamente del Poder Ejecutivo nacional. No obstante, la demarcación continuó siendo objeto de debate entre los representantes de las provincias históricas, signatarias de la mencionada constitución.

En efecto, la preocupación por la delimitación interna estaba asociada al poblamiento del territorio y al reparto de tierras. Así lo expresó el político santafesino Nicasio Oroño (1871), quien estaba preocupado por la expansión del país. Esta preocupación lo llevaría a ocupar el cargo de director de la Oficina de Tierras y Colonias de la Nación en 1891.

El autor hace referencia a la existencia de mapas inexactos, elaborados a partir de informes de viajeros, que si bien habían recorrido el terreno, carecían de conocimientos técnicos. Sostenía que para terminar con las dificultades del trazado de límites interprovinciales era necesario realizar la medición con métodos astronómicos y aconsejaba adoptar como meridiano 0° el que pasaba por Buenos Aires, en detrimento de otras opciones, como el de París o Greenwich. Empero, reconoció que, debido a la falta de conocimiento del terreno, no se alcanzaría una correlación exacta entre la topografía y las divisiones propuestas y se sugirió la realización de verificaciones por parte de topógrafos e ingenieros y las consiguientes rectificaciones, en caso de ser necesarias.

Como se observa, el trazado de límites implicaba tener un meridiano de origen: local o internacional, pero esa decisión tardó algunas décadas más. La primera institución nacional que utilizó al meridiano de Greenwich para sus trabajos fue el Instituto Geográfico Argentino, que era una sociedad geográfica muy activa e involucrada en la formación y el dominio del territorio argentino en formación (Zusman, 2024). Esta entidad comenzó a usar dicho meridiano para sus trabajos cartográficos desde 1882 (v. g. Instituto Geográfico Argentino, 1984). No obstante, hasta los inicios del siglo XX muchos mapas de la Argentina empleaban el meridiano local (Córdoba o Buenos Aires), añadiendo el dato de Greenwich para facilitar la transformación. Incluso la cartografía topográfica del Instituto Geográfico Militar hasta la década de 1920 estuvo referenciada en meridianos locales.

Actualmente, en el mapa político de la Argentina se puede observar que son varias las provincias que tienen sus límites establecidos a partir de la utilización de meridianos y paralelos. Todas las gobernaciones creadas tenían alguno de sus límites definidos por líneas geodésicas, que en general fueron establecidas por la mencionada ley de 1884. Esta legislación guarda relación con la norma que organizó en 1787 el Territorio del Noroeste de Estados Unidos, para la estructuración jurídico-administrativa de los ámbitos geográficos recientemente apropiados (Zusman, 2010). En la Argentina, un ejemplo claro es el meridiano 63° 23′ oeste (5° en el sistema de referencia nacional), que establece el límite rectilíneo entre las provincias de Buenos Aires y La Pampa.

La determinación del meridiano 5° de la provincia de Buenos Aires generó bastante controversia. Esa provincia se unió a la federación en 1862. Este evento planteó la necesidad de encarar seriamente el problema de las fronteras interprovinciales (Cacopardo, 1967). Además, la incorporación de tierras a partir del desplazamiento de la frontera sur requirió la determinación en el terreno de la longitud y latitud, para la mensura y el fraccionamiento de las tierras que serían vendidas con el fin de su poblamiento y valorización.

Para la delimitación de la zona occidental de la provincia, se contrató al agrimensor Juan Pirovano, cuyo trabajo consistió en fijar el límite con el territorio de La Pampa y del sur de la provincia de Córdoba utilizando el meridiano 5° al oeste de Buenos Aires. Finalmente, luego de una ardua tarea, el 17 de febrero de 1882, la demarcación del meridiano fue aprobada por decreto del Poder Ejecutivo Nacional.

El trazado del meridiano 5° fue una operación técnica que implicó importantes avances en las tareas de mensura, ya que durante medio siglo sirvió de base para todos los trabajos geodésicos y topográficos de la zona. No obstante, también generó controversias. Así, por ejemplo, el ingeniero Norberto Cobos, contratado en 1904 por el gobierno nacional para verificar la traza del meridiano 10°, que separa las actuales provincias de Mendoza y La Pampa y de Neuquén y Río Negro, llegó a la conclusión de que la línea trazada por Pirovano pasa a 418,35 metros al oeste del “verdadero” meridiano 5°. Entre las diversas causas esgrimidas por Cobos se encuentra la falta de precisión del material técnico utilizado y la fragilidad de los mojones sobre el terreno donde se realizaban las observaciones astronómicas. A los argumentos expuestos, hay que agregar las dificultades técnicas existentes para establecer con precisión el meridiano 0° de Buenos Aires, el punto de arranque necesario para determinar los demás meridianos. Con ello, puso en duda el trabajo de medición realizado y concluyó que con su implementación se estaban quitando tierras al resto de las provincias.

A pesar de que la frontera oeste de la provincia de Buenos Aires pretendía basarse en la supuesta racionalidad que otorgaba la medición astronómica, la polémica que acarreó la denuncia de Cobos y el desconocimiento del punto de arranque llevó a que en 1907 el problema fuera solucionado políticamente. Se sancionó así la ley 5.217, que declaró inamovibles los trazados realizados entre los años 1881 y 1882 de los meridianos 5° y 10° de la provincia de Buenos Aires sin ninguna medición en terreno. De esta forma el trazado del meridiano 5° se consolidó legalmente como frontera interprovincial entre Buenos Aires, Córdoba y La Pampa y se estableció políticamente como el punto de arranque para el establecimiento de otros límites, como el meridiano 10° (Figura 4).

Figura 4. Argentina. Meridianos 5° (límite entre Buenos Aires y La Pampa) y 10° (límite entre La Pampa y Neuquén/Mendoza)

Fuente: Elaboración propia.

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