Yolanda Alfaro y Bruno Miranda
La palabra movilidad viene del latín mobilĭtas (que tiene la cualidad de moverse). Según su raíz latina, la palabra movita indica una cualidad de poder moverse o ser movido (Diccionario Etimológico Castellano en Línea [DECEL], s.f.). La primera definición de movilidad en el diccionario de la Real Academia Española (RAE) data de 1780, y se la define con dos significados: como potencia o facilidad de moverse, y como inconstancia e inestabilidad (RAE, 1780). A partir del siglo XX, el sentido de la palabra movilidad es más utilizado en la primera acepción, como una figura que engloba la naturaleza, condición, aspecto, cualidad, condición, carácter y esencia de todo tipo de desplazamiento en el espacio físico, cualquiera que sea la duración, la escala y la distancia.
En el ámbito académico pensar en clave de movilidad implica referenciar el desplazamiento de personas, mercancías, servicios, ideas, capitales y negocios a través del espacio. Para su estudio se puede diferenciar entre objeto y enfoque. El primero permite describir la experiencia y los múltiples significados que se les atribuyen a los diferentes tipos de movilidad. Con el segundo, se pueden atender las implicaciones que tiene en la vida social, económica y política (Zunino Singh et al., 2017; 2023). La movilidad es reconocida como un campo de estudios interdisciplinario, aunque desde las ciencias sociales ha tomado un cauce mucho más crítico. Se ha hecho énfasis en diferenciar el mero movimiento de la movilidad, señalando que la movilidad es el movimiento corporizado, por lo que conlleva una marca racial, de género, de condición de clase, de lugar social, etc.
La relación entre movilidad y frontera se puede construir desde la perspectiva de la territorialidad. Además de establecer la dimensión espacial y temporal de la movilidad, esta perspectiva permite problematizar las prácticas y dinámicas transfronterizas que construyen los sujetos que se mueven. También, es posible observar la configuración de los espacios fronterizos en términos de la infraestructura de control y seguridad instalada (agentes aduaneros, militares, aparatos de vigilancia), de los mercados laborales binacionales (industrias maquiladoras, agroindustria) y de la economía de importación y exportación en general. Son las movilidades las que construyen el espacio fronterizo y el territorio transfronterizo (Tapia, 2017).
Este capítulo se divide en tres secciones. En la primera se exponen los principales postulados de los estudios de la movilidad. En la segunda sección se presenta una revisión de aquellos estudios que se ubican en la intersección entre fronteras, movilidad humana y globalización. La tercera, por su parte, se enfoca en algunos tipos de movilidad transfronteriza. Se cierra el capítulo planteando la inmovilidad como un nuevo constructo de análisis de las movilidades.
Estudios de la movilidad
Como punto de partida es importante establecer la distinción entre la movilidad social, tradicionalmente trabajada en la sociología como ascensión social, y la movilidad por el espacio que supone observar los procesos detonados por el movimiento de manera ampliada, las interacciones que provocan, los encuentros y desencuentros que producen, así como las lógicas de poder y dominación existentes en cada uno de ellos. Lo que se busca analizar desde ese enfoque implica mucho más que el mero movimiento, conlleva concebir la movilidad desde los significados producidos en el territorio (Tarrius, 2000), como una práctica social cruzada por diferentes fenómenos (políticos, culturales, socioambientales), manifestada en múltiples escalas (local, regional, global) y experimentada de diversas maneras en función del lugar de origen, condición de género, condición étnico-racial, lugar social, ciclo de vida y otros marcadores individuales y colectivos. Por ello, conviene pensar en las movilidades en plural.
Además de precisar la definición de las movilidades, es necesario distinguirlas de las migraciones, debido a que en muchos casos se han utilizado de manera indiferenciada para referirse a problemáticas relacionadas con las fronteras. Las migraciones se han pensado como la partida desde una localidad de origen (emigración) y el establecimiento en una localidad de destino (inmigración), que puede ser nacional o internacional, pero no todas las movilidades son migratorias, aunque impliquen el cruce de las fronteras que definen los límites territoriales entre dos países. En este sentido, las fronteras son escenarios de una serie de movimientos expresados en diferentes tipos de cruces, que no siempre tienen por objetivo el establecimiento definitivo en el otro lado. Ejemplo de ello ocurre con la movilidad vinculada a la vida cotidiana estructurada por el constante cruce formal e informal de familias binacionales, comerciantes, transportistas, mochileros y mochileras, entre tantos otros sujetos con identidades transfronterizas. La noción de movilidad es más amplia y comprende aspectos de la migración.
Esta noción de movilidad (por el espacio) como campo de estudio se impulsó en la década de 1990 en la academia anglófona, y ha sido empleada como parte del acervo analítico del giro móvil. Quienes se inscriben en esta perspectiva ponen en tela de juicio las fijezas y los sedentarismos de las categorías de ciudadanía y nación. En cambio, buscan destacar los fenómenos y procesos sociales marcados por el movimiento (Freire-Medeiros et al., 2018)
En América Latina la crítica al nacionalismo metodológico (Glick-Schiller y Salazar, 2013) fue el telón de fondo indispensable para que el giro epistémico del movimiento asumiera una mirada crítica. Desde esa perspectiva, la apertura de las fronteras nacionales para el comercio durante los años noventa en el marco de los ajustes estructurales del neoliberalismo, facilitó la expansión de la aspiración a un estilo de vida moderno, globalizado. De ahí el desarrollo de una teoría social orientada por el movimiento (efectivo o en potencia) no solo de mercancías, sino también de información, ideas, valores y personas, concretado en el paradigma de la movilidad (Lara Flores, 2010).
El paradigma de la movilidad en América Latina se distingue de otros abordajes analíticos porque presta especial atención al espacio y a las espacialidades involucradas en los itinerarios y rutas. Los análisis en clave espacial, por lo tanto, rebasan las miradas tradicionales limitadas a los lugares de salida/partida y de llegada/destino, incorporando los lugares de tránsito, entre los cuales se destacan las fronteras y los espacios fronterizos. Estos, muchas veces, funcionan como lugares-bisagra o lugares de pausa y espera, a la vez que participan de manera decisiva en las trayectorias de movilidad.
Movilidad, migración y frontera
En América Latina los estudios sobre los desplazamientos de personas han seguido dos corrientes de pensamiento.
Por un lado, se encuentran aquellos estudios que abordan la particularidad de algunos tipos de movilidad, asociados a turistas, peregrinos, diplomáticos, empresarios, científicos, estudiantes, investigadores, deportistas y artistas, entre otros tantos perfiles específicos. Para estas personas en movilidad, las fronteras geográficas estarían abiertas, pueden cruzarse sin dificultades debido a que su movilidad no implica una intención de migración económica, ni de asentamiento permanente. Un ejemplo de esta pretendida movilidad sin fronteras se encuentra en los primeros estudios sobre la movilidad científica o académica.
Desde una mirada macro, la movilidad era comprendida como un medio para generar la circulación global de conocimientos, servicios y productos (Solimano, 2013). Posteriormente, desde una perspectiva micro, la movilidad cualificada puso en discusión sus configuraciones espaciales, geográficas, sociales y económicas y a quienes las protagonizan, poniendo foco en sus orígenes nacionales, su género, edad, etnicidad o situación migratoria (Pedone y Gómez, 2021).
Por otro lado, se configuró una corriente de pensamientos sobre los grupos sociales para los cuales la globalización generó mayores restricciones de movilidad (Domenech et al., 2022). Desde la década de 1990 las migraciones, hacia, desde y a través de los países de América Latina y el Caribe no solo se han intensificado en volumen, sino que se han diversificado en lo que respecta a los motivos, las rutas y los perfiles sociales. Lo anterior responde a la proliferación de los contextos de violencia, las crisis económicas y políticas, la precarización del empleo, la inseguridad y el empobrecimiento, pero también a las respuestas gubernamentales que, respaldadas por las agencias de cooperación internacional, han intensificado las medidas y dispositivos de control de las movilidades migratorias y la militarización de las fronteras.
Dos ejemplos recientes se refieren a las movilidades migratorias haitianas y venezolanas en los países de América Latina. Desde el temblor de 2010 en Haití, miles de personas se trasladaron hacia Sudamérica, principalmente a Brasil y a Chile, donde se acogieron con visas humanitarias especiales (Joseph y Audebert, 2022). A partir de 2018 Chile impuso la necesidad de tramitar una visa de turismo y pasó a dificultar los trámites de renovación de visa para quienes se encontraban en su territorio. Dado lo anterior y la crisis política y económica en Brasil a partir de 2015, muchos haitianos y haitianas tomaron la decisión de transitar varias de las fronteras sudamericanas y centroamericanas por tierra hacia Estados Unidos. Sin la posibilidad de acceder al derecho de asilo en Estados Unidos, instalaron polos de la diáspora haitiana en Tijuana y Tapachula, respectivamente, dos de las principales ciudades fronterizas al norte y al sur de México.
En el caso venezolano, se trata del mayor volumen en la historia de las migraciones en Sudamérica. Hasta el momento, alrededor de siete millones de personas dejaron Venezuela dada la crisis de suministro de alimentos y servicios básicos a partir de 2015. En los primeros años del éxodo, fueron acogidas bajo la condición de refugiadas en países como México y lograron la visa para instalarse en Chile. Sin embargo, la crisis venezolana se extendió. Desde 2018, Perú y Chile decidieron exigir un nuevo esquema de visado. En 2022, México y los países centroamericanos hicieron lo mismo (Gandini et al., 2019).
En ambos casos, pensar en clave de movilidad ayuda a entender las experiencias de personas haitianas y venezolanas, dadas las instalaciones temporales en ciudades de países distintos, muchas veces de manera concatenada y sin un destino fijo.
Movilidad humana
Se pueden identificar al menos tres tipos de movilidades humanas que se generan en los espacios fronterizos:
- Los cruces irregulares de frontera con los que en México se conocen como coyotes, es decir, con personas que ofician de guías o transportistas. De igual modo, se pueden identificar los trocheros (personas que facilitan el cruce en la frontera entre Venezuela y Colombia), y las bagayeras, nombre utilizado en las fronteras de Bolivia-Argentina para referirse a las mujeres que trasladan mercancías de contrabando a través de las fronteras de Bolivia y Argentina. También en este tipo de movilidad se puede citar a los llamados menores de circuito; niños que habitan zonas fronterizas y cruzan personas y mercancías.
- Los movimientos circulares y recurrentes de personas deportadas que insisten en cruzar la frontera. Esta situación es frecuente en la frontera de México con Estados Unidos, pero también desde Perú y Bolivia hacia Chile, o desde México hacia Guatemala.
- Las movilidades concatenadas a través de varias fronteras latinoamericanas en largos corredores migratorios que conectan los países de Sudamérica con Estados Unidos y Canadá, como en el caso de la diáspora haitiana y venezolana en los años recientes.
Desde el campo de los estudios de las migraciones en América Latina, la movilidad humana se configura como una suerte de disputa entre el estado y las personas sin documentos que llegan a sus fronteras. De ahí la construcción de la idea de “régimen de movilidad” (Glick-Schiller y Salazar, 2013) para hacer referencia a la desigualdad de condiciones y medios de acceso a determinadas fronteras y países (quién, cómo y para qué entra).
Así como hay un régimen de movilidad, hay un régimen fronterizo. Esta noción remite a la disputa del rumbo político de las fronteras (Domenech, 2018) por parte de varios actores, que incluye las agencias internacionales, los organismos estatales, las organizaciones no gubernamentales y las propias personas migrantes. Las negociaciones y conflictos existentes entre esos actores dan lugar a “luchas de frontera” (Mezzadra, 2015) que desestabilizan el orden fronterizo hegemónico.
La noción de régimen remite a la idea de gobierno. En efecto, tanto las movilidades migratorias como los espacios fronterizos participan en la gobernanza global, pensada como un modelo de cooperación y armonización de las políticas migratorias entre actores estatales y no estatales. Sin embargo, en lugar del trabajo en red y horizontal, lo que se ha observado en los espacios fronterizos latinoamericanos, especialmente en la extensa frontera entre México y Estados Unidos, es la imposición del poder soberano estatal.
Así como en otras latitudes, como por ejemplo entre los países europeos y africanos, Estados Unidos ha utilizado los países vecinos (México y otros de América Central) como sus primeras barreras. De esta forma, antes de alcanzar la frontera sur de Estados Unidos, los agentes migratorios mexicanos han aprehendido y deportado a las personas migrantes en volúmenes significativos. Al proceso de extraterritorialización de la gestión migratoria más allá de sus fronteras, se le conoce como externalización fronteriza.
Vale la pena rescatar el término movilidad humana que, desde una perspectiva integradora, es utilizado para reconocer las múltiples dinámicas que conlleva la migración como movilidad (emigración, inmigración, refugio, desplazamiento forzado, tránsito, retorno y re-emigración). Como hecho social alcanzó el reconocimiento de derecho en la Constitución Política de Ecuador del año 2008. La movilidad humana se traduce en principios y normas que configuran un marco de protección de derechos para las personas que se encuentran en condición de movilidad, entre ellas el derecho a migrar, la prohibición de criminalización por la condición migratoria, la prohibición de discriminación por lugar de nacimiento y condición migratoria, entre otras.
Inmovilidad y espera
Se puede hacer referencia a la inmovilidad como una dinámica consustancial a la movilidad. Desde los estudios migratorios o de frontera, la inmovilidad alude a un constructo analítico que permite establecer la relación entre control y territorio para enfatizar el carácter político y regulatorio de la movilidad (Miglierina y Pereira, 2017).
A pesar de ser un concepto nuevo, la inmovilidad asociada a la espera se ha estudiado como una manifestación del enfoque de control estatal sobre ciertos cuerpos, entre ellos, los cuerpos migrantes, refugiados, desempleados y empobrecidos (Auyero, 2013). La imposición de largos tiempos (para la emisión de permisos de tránsito o de documentos de regularización migratoria) ha convertido muchos espacios fronterizos de la región en espacios de espera. Esto a su vez ha permitido dar cuenta de los crecientes volúmenes de personas en tránsito, al tiempo que revela las grandes diversidades (de orígenes, culturales, lingüísticas) que habitan las fronteras.
El caso más revelador de la experiencia de inmovilidad proviene del cierre de fronteras establecido en el 2019 como una de las medidas de emergencia sanitaria mundial. Las medidas de confinamiento en la pandemia de coronavirus restringieron la libre movilidad humana, y llevaron a la imposibilidad de cruzar fronteras, seguir viaje o llegar a destino. En ese contexto, la espera se reveló como una condición que forma parte de las dinámicas contemporáneas de movilidad migratoria y de cambio (demográfico, económico) de los espacios fronterizos, donde las personas migrantes se han forzado a instalarse de manera indefinida.
Las experiencias de la inmovilidad y la espera en la pandemia se presentan como una oportunidad para repensar la movilidad en su interrelación con el tiempo y el espacio.
Bibliografía
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