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Río

Luis Paulo Batista da Silva

Un río es una formación natural caracterizada por la concentración del flujo de agua que, al recorrer el terreno, forma un valle. Las aguas que drenan por ese valle, impulsadas por la gravedad, desembocan en otro río, en un lago o en el mar. De esta manera, los ríos constituyen importantes reservorios de agua, tanto para los seres humanos como para el medio ambiente. Son fuentes fundamentales que garantizan el acceso más directo a este recurso natural indispensable para la existencia de la vida.

No obstante, la disponibilidad y la accesibilidad a las aguas concentradas en los ríos no se distribuyen de forma equitativa. La localización de determinados grupos humanos a orillas de los ríos les permite controlar el acceso a este recurso esencial. Así, la posibilidad de acceder el agua —y una de sus principales fuentes, los ríos— se convierte en una motivación clave para la acción política humana y para la producción de territorios.

Un ejemplo de esta relación entre los ríos y la acción política se encuentra en su propia etimología. En latín, la palabra que designa río, arroyo o riachuelo es rivus. Su plural, rivalis, dio origen a términos como rival y rivalidad. Según una definición jurídica clásica, rival es “aquel que comparte con otro la posesión de las aguas de un río” (Houaiss, 2009).

Más allá de saciar la sed de personas y animales, el desarrollo tecnológico permitió múltiples usos del agua contenida en los ríos. Cuando su caudal es suficiente, estas aguas pueden transportar embarcaciones con cargas que, de otro modo, requerirían gran esfuerzo de tracción humana o animal. En ríos con fuerte pendiente, la energía cinética generada por el flujo descendente puede mover molinos y turbinas y producir energía hidroeléctrica. Cuando son desviadas por canales, tuberías o ductos, las aguas fluviales permiten irrigar tierras, aumentando la productividad de alimentos y de commodities agrícolas.

Asimismo, cuando los ríos son concebidos como morada de seres espirituales y fuente de vida, se convierten en lugares de culto, veneración y expresión de lo sagrado. De este modo, los ríos y sus aguas, además de ser objeto de reverencia y fuente de rivalidades entre comunidades ribereñas, originan infraestructuras hídricas que refuerzan el carácter político e inequitativo del acceso a este bien natural (Birkenholtz, 2023).

El carácter político y el potencial de rivalidad entre comunidades que comparten las aguas de un río se hacen evidentes cuando este divide unidades políticas soberanas, es decir, cuando conforman los límites internacionales entre estados. El uso de cursos de agua, como ríos, arroyos y lagunas, para delimitar la extensión de un territorio nacional es bastante común a lo largo de la historia.

Este capítulo examina la relación entre los ríos y las fronteras internacionales, destacando su papel en la delimitación territorial y en la gobernanza del agua. Se estructura en cinco secciones. La primera presenta un panorama general sobre el uso de ríos como límites entre estados. La segunda analiza la doctrina de las fronteras naturales y la apropiación política de los ríos. La tercera discute las técnicas de delimitación fluvial, como la línea media y el talweg. La cuarta introduce el concepto de hidropolítica y sus implicaciones para el uso de aguas fronterizas. Finalmente, la quinta sección aborda el caso de la cuenca del Plata, ilustrando las tensiones y formas de cooperación que emergen en contextos de uso compartido del agua.

Límites internacionales y ríos

Diferentes bases de datos indican distintas extensiones de límites internacionales demarcados por cursos de agua. Alrededor del 30% de estos límites —equivalente a aproximadamente 75.000 kilómetros— siguen el trazado de ríos u otros cuerpos fluviales (Donaldson, 2009). Popelka y Smith (2020), por su parte, estiman que el 23% de los límites internacionales mundiales están formados por ríos, siendo América Latina la región del mundo donde esta proporción es mayor (43%) (Figura 1).

Figura 1. Límites internacionales demarcados por ríos

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Fuente: Mapa en Dauphin (2020), datos en Popelka y Smith (2020).

Diversas razones explican el uso de los cursos de agua como referencia para la demarcación de límites internacionales. Aunque puedan parecer contradictorias, las justificaciones militares sostenían que los ríos funcionaban como elementos estratégicos para la defensa territorial. En cambio, desde una perspectiva política, se argumentaba que los ríos ofrecían condiciones propicias para la unión y la cooperación entre países.

En términos prácticos, el uso de los ríos resulta conveniente por su fácil identificación, tanto en los mapas como directamente en el terreno. De todos modos, el carácter dinámico de los sistemas fluviales muchas veces dificulta establecer límites internacionales fijos y permanentes (Pounds, 1951; Jones, 1959; Sahlins, 1990). De cualquier manera, en el proceso de división tanto de los territorios coloniales como de los estados independientes en las Américas, los cursos de agua desempeñaron un papel central, tanto en la delimitación oficial reconocida por tratados como en la ocupación efectiva de los espacios recién explorados en el interior del continente (Herzog, 2015).

La relación entre los ríos, sus aguas y las fronteras se manifiesta tanto en su uso como los presuntos divisores de territorios y poblaciones, como en la necesidad de compartir este recurso natural vital para la vida humana y no humana. Las interacciones políticas generadas, ya sea para emplear los ríos como límites, ya sea para regular el uso compartido de las aguas que los atraviesan o que constituyen fronteras internacionales, involucran a la geografía y al derecho, pero también al medio ambiente y a la hidrología.

Ríos como delimitadores territoriales

La definición de los límites internacionales fue un desafío constante para la diplomacia durante el proceso de formación de los estados nacionales modernos. Delimitar con precisión los territorios nacionales era fundamental para permitir una administración racional y centralizada del espacio estatal.

A finales del siglo XVIII surgió en Europa una doctrina política que promovía la utilización de elementos naturales, como ríos y montañas, para separar unidades políticas (Kristof, 1959; Minghi, 1963). Esa doctrina luego se difundió por el resto del mundo. Esta práctica de usar referencias naturales, especialmente cuerpos de agua, tiene raíces profundas en el pensamiento político europeo. Un ejemplo de ello es la noción arcifinio (arcifinious en latín) del Imperio Romano, según la cual el territorio se concebía como una masa de tierra emergida delimitada por agua, lo que proporcionaba defensa natural (Ochoa Espejo, 2020).

En este contexto, los ríos adquirieron una relevancia particular, al ser considerados elementos naturales fácilmente identificables en el paisaje, hitos visibles, límites racionales para los estados y arterias de comunicación entre pueblos. También, se los veía como posibles barreras para frenar la invasión de tropas enemigas.

Una de las evaluaciones más influyentes sobre los límites naturales frente a los artificiales fue elaborada por Lord Curzon de Kedleston, virrey de la India (1898–1905) y secretario de Relaciones Exteriores del Reino Unido (1919–1924). Curzon (1907) advertía que los elementos naturales no garantizaban, por sí solos, la seguridad del territorio nacional, aunque sí ofrecían fronteras más fácilmente identificables y duraderas sobre el terreno. Sostenía que los mares eran las fronteras naturales más evidentes: el Canal de la Mancha podía ser visto como una muralla protectora para Inglaterra, mientras que el Mediterráneo funcionaba más como un corredor de comunicación entre culturas.

Los ríos, sin embargo, eran considerados una de las formas más inestables entre las fronteras naturales, especialmente en regiones tropicales donde su curso varía frecuentemente. Aun así, se los consideraba “las fronteras más naturales” (Curzon, 1907), ya que podían ser descritos con precisión en los tratados de límites y representados en los mapas. Este atributo ganó relevancia en contextos de delimitación territorial en áreas poco exploradas o escasamente pobladas, como América del Sur, donde se buscaban elementos del paisaje fácilmente reconocibles. Como afirma Jones (1959, p. 252), el uso frecuente de ríos como frontera no se debió a un apego a las “leyes de la naturaleza”, sino a razones prácticas de exploración, navegación y cartografía: mientras los ríos aparecían claramente en los mapas, las montañas solían representarse de manera vaga.

Aunque la doctrina de las fronteras naturales fue formulada para justificar los límites de los estados modernos, también echó raíces en los nacionalismos al suponer una homogeneidad interna dentro del territorio nacional (Sahlins, 1990). Esta narrativa fomentó una visión ahistórica y despolitizada de la formación territorial, oscureciendo los procesos de disputa y las prácticas técnicas y políticas —como las cartográficas— que moldearon los estados. Estas prácticas tendieron a sobredimensionar la importancia de las líneas naturales como fronteras (García-Álvarez y Puente-Lozano, 2017).

Esta doctrina fue aplicada en América del Sur, por ejemplo, en la resolución de la llamada Cuestión de Palmas o de Misiones, entre Brasil y Argentina (Ferrari, 2023). Con mediación estadounidense, se utilizaron ríos como el Pepirí-Guazú y el Santo Antônio para marcar la frontera entre ambos países. Aunque son ríos poco caudalosos, en algunos puntos incluso se pueden cruzar a pie, ofrecieron una referencia concreta tanto para el tratado como para los observadores sobre el terreno.

Río y demarcación de límites internacionales

La apropiación política de los ríos como líneas naturales visibles, reforzada por el afán de exactitud territorial, motivó el uso de distintas formas geomorfológicas para trazar límites internacionales. Así, el derecho internacional incorporó conceptos de la geografía física. En el siglo XIX, tanto en Europa como en las Américas poscoloniales, definir y codificar los límites en tratados fue fundamental, no sólo para consolidar los aparatos estatales, sino también por la creciente importancia del comercio fluvial (Biger, 1988; García-Álvarez y Puente-Lozano, 2017).

En casos excepcionales, la frontera abarca todo el cauce fluvial, de modo que ambas riberas marcan el límite internacional y las aguas quedan bajo soberanía compartida (condominium). Esta situación sólo persiste en algunos tramos europeos, siendo el más extenso el del río Mosela entre Alemania y Luxemburgo (Jacobs, 2012).

Otra posibilidad utilizada en antiguas colonias del continente africano es el uso de una sola orilla como límite internacional. Este tipo de línea se adopta en dos situaciones: cuando un estado es significativamente más poderoso que el otro y la línea resulta de un pragmatismo político, o cuando un estado no demuestra interés en el uso de los recursos hídricos. Cabe destacar que esta forma de demarcación puede dejar a uno de los países sin acceso alguno a los recursos del río, como la pesca o la captación de agua (Schofield, 2022).

El método más común en América Latina y en otras regiones del mundo es la adopción de una línea sobre el lecho del río para la separación de los territorios nacionales. Desde el Tratado de Versalles, en 1919, se acordó que la línea media se utiliza en ríos no navegables, mientras que el canal principal se emplea en ríos navegables. Sin embargo, dado que la mayoría de los límites internacionales fueron establecidos antes del Tratado de Versalles, existe una diversidad de métodos para la creación de líneas divisorias sobre el lecho fluvial.

Esta diferenciación entre ríos no navegables y navegables ha servido como base para la resolución de conflictos relacionados con la demarcación de fronteras, juzgados por la Corte Internacional de Justicia. Disputas como la de Botsuana y Namibia en 1999, y la de Benín y Níger en 2005, en África, fueron resueltas sobre la base de estos principios (Donaldson, 2009).

Una de las técnicas empleadas para trazar la línea media es la identificación de puntos equidistantes entre ambas orillas. En su aplicación, surgen dos problemas principales:

  • la variación del nivel del agua en el canal del río, que puede provocar alteraciones significativas en la ubicación de la línea media; y
  • la dificultad de definir un nivel medio del agua, ya que este puede variar considerablemente a lo largo del tiempo.

A pesar de estas dificultades, esta técnica de delimitación tiene un gran atractivo en la diplomacia, ya que, en teoría, garantiza derechos iguales de acceso a los recursos fluviales.

En el caso de ríos navegables se aplicó la noción de talweg. Esta palabra, de origen alemán, significa ‘curso abajo’, es decir, indica el canal más utilizado para la navegación en el sentido de aguas arriba a aguas abajo. Esto no significa que el talweg coincida con el canal más profundo ni con la línea media, pues este se relaciona más con la navegación que con la morfología fluvial.

En la práctica de demarcación de límites internacionales en ríos navegables desde el siglo XIX, se volvió común la definición del término talweg como “el centro del canal principal del río” (Hyde, 1912, p. 903). Esto se conoció como la doctrina del talweg (Biger, 1988), empleado en importantes ríos de América del Sur, como Paraná, Uruguay y Paraguay.

En el contexto del cambio climático actual, estas formas de delimitación fluvial adquieren nueva relevancia. Las alteraciones climáticas afectan la dinámica de los ríos y, potencialmente, los límites internacionales (Grainger y Conway, 2014).

Hidropolítica y uso de las aguas fronterizas

A partir de la delimitación de fronteras internacionales mediante ríos, arroyos y lagunas, y con el avance tecnológico que posibilita el uso múltiple de las aguas por parte de los estados limítrofes, se volvió imperativo el desarrollo de instrumentos políticos para compartir y gestionar estos recursos hídricos. El estudio de estas interacciones políticas es conocido como hidropolítica (Silva y Hussein, 2019).

La hidropolítica está condicionada por una amplia gama de factores (Conca, 2006; Zeitoun et al., 2020; Silva et al., 2023):

  • el número de estados que comparten un mismo curso de agua;
  • el grado de dependencia de un país respecto del agua que fluye desde otro;
  • las asimetrías en la capacidad de aprovechamiento de los recursos hídricos;
  • el nivel de integración económica, política y social;
  • la disponibilidad y variabilidad del agua en un contexto de cambio climático; y
  • la existencia (o ausencia) de instituciones —formales e informales— para regular su acceso y distribución.

Los estudios sobre hidropolítica abarcan múltiples disciplinas y temáticas clave para los estudios fronterizos, como soberanía, justicia, conflicto y cooperación.

Desde un punto de vista geográfico, es posible distinguir entre ríos sucesivos o transfronterizos —aquellos que cruzan de un país a otro— y ríos contiguos o fronterizos, que marcan el límite entre dos estados. En la práctica, un mismo río puede desempeñar ambos roles en distintos tramos de su recorrido. En el derecho internacional, esta distinción implica diferentes principios. En los ríos fronterizos, prevalecen las ideas de vecindad y condominio de recursos comunes. En cambio, en los ríos transfronterizos, los estados ubicados aguas arriba tienden a invocar el principio de soberanía territorial absoluta, mientras que los que están localizados aguas abajo apelan al derecho a la integridad del curso de agua (Dellapenna, 2001).

El ejercicio de la soberanía —ya sea absoluta o relativa— sobre los ríos internacionales ha evolucionado conforme a las normativas internacionales. Uno de los ejemplos más conocidos de soberanía absoluta es la doctrina Harmon, formulada a fines del siglo XIX por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Ante las protestas de México por las obras estadounidenses en el río Bravo o Grande, que afectaban su agricultura, el entonces secretario Judson Harmon afirmó que Estados Unidos tenía derecho a usar toda el agua que fluía dentro de su territorio, sin considerar los impactos en el país vecino. Esta postura extrema fue luego matizada mediante tratados bilaterales que estipularon obligaciones para garantizar un caudal mínimo hacia México.

Más adelante, se consolidó el principio de uso equitativo y razonable de los recursos hídricos compartidos. Esto fue recogido en la Convención de las Naciones Unidas sobre los Cursos de Agua Internacionales para Fines Distintos de la Navegación (1997), promoviendo una noción de soberanía relativa (Mumme, 2023).

A lo largo del siglo XX, las tentativas por establecer una regulación global sobre el uso compartido de los ríos internacionales han sido parciales y fragmentadas. La mayoría de las organizaciones creadas para este fin se concentraron en usos específicos del agua —como la navegación, la pesca o la generación hidroeléctrica— y en tramos concretos de los ríos, sin considerar el sistema fluvial y superficial en su conjunto. Esta perspectiva sectorial contrasta con las propuestas contemporáneas de gobernanza integrada del agua, que buscan articular el manejo de los ríos con el ordenamiento del suelo y las políticas de desarrollo.

Hidropolítica fronteriza en la cuenca del Plata

La cuenca del Plata es compartida por Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay. La evolución hidropolítica de este espacio social ha sido ampliamente documentada. Desde el siglo XIX hasta el presente se ha registrado una tensión constante entre principios jurídicos generales y los intereses particulares de los estados. Durante el siglo XIX, en el proceso de formación de los territorios nacionales, los ríos jugaron un papel clave tanto en la delimitación de fronteras como en el acceso al interior del continente. Por eso, la libre navegación de ríos como el Paraná, el Paraguay y el Uruguay fue objeto de disputas recurrentes. Hasta hoy, este sigue siendo un tema estratégico, especialmente para países sin litoral marítimo soberano, como Bolivia y Paraguay.

Con el avance de la ocupación del interior sudamericano en el siglo XX, el uso del agua para la agricultura se intensificó, y la expansión de redes eléctricas permitió transportar energía a grandes distancias. En ese contexto, los ríos fronterizos y transfronterizos de la cuenca del Plata pasaron a ser objeto de megaobras de infraestructura, lo que exigió nuevas formas de cooperación hidropolítica. La Figura 2 ilustra el crecimiento de proyectos hidroeléctricos en estos ríos a lo largo del siglo XX, en especial en Brasil, así como el aumento del volumen de los embalses (Silva y Hussein, 2019).

Figura 2. Grandes embalses hidroeléctricos en la cuenca del Plata

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Fuente: Silva y Hussein (2019).

Entre los hitos fundamentales de la hidropolítica en la cuenca del Plata se encuentra la firma del Tratado de la Cuenca del Plata, en 1969. Este documento estableció una serie de objetivos comunes entre los países de la región, como el desarrollo económico, la expansión de la agricultura irrigada, la viabilización de la navegación interior y el impulso a la generación hidroeléctrica. Su elaboración y puesta en marcha contaron con el apoyo directo de agencias internacionales, como el Banco Mundial.

Sin embargo, el momento más tenso en términos de disputas hidropolíticas se produjo durante la construcción de las hidroeléctricas binacionales en el río Paraná: Itaipú y Yacyretá. El río Paraná, que actúa como fronterizo primero entre Brasil y Paraguay, y más adelante entre Paraguay y Argentina, presenta importantes desniveles y cascadas, un recurso privilegiado para la producción hidroeléctrica. Aunque su potencial era conocido desde principios del siglo XX, fue en la década de 1970 cuando se concretaron esfuerzos para su aprovechamiento. En 1973 se firmaron los tratados de Yacyretá (Argentina–Paraguay) e Itaipú (Brasil–Paraguay), que establecieron las bases legales y financieras de ambos emprendimientos.

Dada la interdependencia hidrológica entre las dos centrales —Itaipú aguas arriba de Yacyretá–, surgieron dudas sobre la posibilidad de que Brasil influenciara el funcionamiento de la hidroeléctrica argentino-paraguaya. Para enfrentar esta preocupación, se firmó en 1979 el Acuerdo Tripartito Itaipú-Corpus, que definió pautas de operación coordinada para estos emprendimientos en el río Paraná (Silva, 2023). En los últimos años, estas centrales binacionales han reavivado discusiones fronterizas, especialmente en torno a la revisión de los acuerdos financieros y de gobernanza energética.

A partir de la década de 1990, la emergencia de la agenda ambiental en las políticas nacionales e internacionales impulsó nuevas iniciativas de conservación de aguas y ecosistemas compartidos en la cuenca del Plata. Estas acciones han priorizado ciertas subcuencas y zonas estratégicas, como el Alto Paraguay (donde se encuentra el Pantanal), la cuenca del río Apa entre Brasil y Paraguay, y los ríos Bermejo y Pilcomayo, que abarcan regiones de Argentina, Bolivia y Paraguay (Silva, 2021). No obstante, dichas iniciativas enfrentan obstáculos en su implementación, especialmente cuando entran en conflicto con intereses económicos orientados al aprovechamiento intensivo del agua.

El caso de la cuenca del Plata demuestra que los ríos compartidos no son meras líneas en los mapas o elementos de tratados internacionales, sino fuentes vitales de recursos naturales, cuyo acceso y uso están mediados por procesos políticos diferenciados. La hidropolítica se encarga de analizar estas dinámicas, que no se limitan a acuerdos interestatales ni a organismos internacionales. Si bien existe una hidropolítica formal, regida por instituciones y tratados, también hay una hidropolítica cotidiana, que emerge de las relaciones transfronterizas informales entre actores locales.

Según datos actualizados en 2025 del Transboundary Freshwater Disputes Database (TFDD), existen 741 acuerdos, tratados o memorandos de entendimiento firmados por países que comparten 113 cuencas hidrográficas o cursos de agua internacionales. Sin embargo, la cooperación informal también es clave e incluye una variedad de actores como organizaciones no gubernamentales, centros académicos y de investigación, normas sociales y prácticas culturales (Zawahri, 2025).

Dos experiencias emblemáticas de cooperación no institucionalizada son las cuencas del río Apa, entre Brasil y Paraguay, y la del río Quaraí, entre Brasil y Uruguay (Silva, 2021). En el primer caso, la articulación se originó en torno a la valorización del agua como recurso para promover el desarrollo sostenible del Pantanal. La convergencia entre el agua, el paisaje y la dimensión transfronteriza de la cuenca motivó la participación activa de organizaciones no gubernamentales, gobiernos locales y organizaciones de la sociedad civil, que impulsaron proyectos de conservación ambiental y turismo ecológico. Esta colaboración culminó con la firma del Acuerdo de Cooperación para el Desarrollo Sostenible y la Gestión Integrada de la Cuenca del Río Apa en 2006, que institucionalizó formalmente la cooperación.

En el caso del río Quaraí, además de las autoridades gubernamentales nacionales y subnacionales, los productores rurales de ambos países tuvieron un papel destacado en las iniciativas para la gobernanza transfronteriza del agua, especialmente en contextos de escasez. La cuenca es clave para la producción de arroz irrigado. La ocurrencia de sequías intensas ha requerido mecanismos de coordinación entre arroceros brasileños y uruguayos, así como entre ellos y otros usuarios del recurso.

En ambos casos, la informalidad institucional y la interacción cotidiana de los actores sociales en el espacio fronterizo permiten una mayor flexibilidad en la coordinación de acciones transfronterizas. Por otro lado, la formalización mediante tratados y acuerdos puede, en muchos casos, hacer más lentas, burocráticas y desconectadas las acciones respecto a las necesidades reales del uso del agua en la región fronteriza.

Bibliografía

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