América Alejandra Navarro López
Etimológicamente, es común leer que septentrión deriva del latín septentrio, término que alude al norte y que fue utilizado en la antigua Roma para nombrar las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa Menor. Es allí donde mora, según esa tradición, la estrella que desde tiempos remotos dictaba el rumbo de los hombres para la navegación: la estrella polar (Anders et al., s.f.-a). En este mismo tenor, en el mundo antiguo griego se utilizaba la palabra έπτάστέρoς para hacer referencia a la constelación de Ursa, aquella de siete estrellas, mencionada por primera vez por Eratóstenes (Bailly, 1935). Aun cuando no hay consenso respecto a qué civilización fue la primera en atribuir tal connotación, se puede inferir que en el mundo antiguo las cuestiones terrestres eran estudiadas y nombradas para ser de utilidad en la geografía, la astronomía, y en general en las actividades de la vida cotidiana del mundo mediterráneo. Es decir, las cuestiones físicas y humanas eran estudiadas de manera integral.
En la actualidad, desde los estudios de corte histórico, y más marcadamente en América que en Europa, septentrión es una palabra que permanece, prácticamente, en el olvido, con un uso más inclinado hacia investigaciones relacionadas con el campo de la astronomía. Desde una perspectiva histórica, el Septentrión como objeto de estudio ha tenido una estrecha relación con la concepción tradicional de la frontera pensada desde la mirada occidental, es decir, como un límite dicotómico que separa lo bárbaro de lo civilizado. Esto se vincula, en ese pensamiento, a un pasado prehispánico, de brutos y de mal, frente a un presente colonizador y cristiano, de razón y de bien (Navarro, 2023; Restall, 2019).
Es común que esa peculiar relación dicotómica se vea reflejada en las representaciones cartográficas de la frontera, marcando una diferencia entre el ser-sedentario (agricultor) y el ser-nómada (cazador-recolector) (Sheridan, 2015). Constituye una situación que ha oscurecido las conexiones y espacialidades de grupos nativos y ha derivado en una especie de anacronismo espacial. Otro problema ha sido la utilización excesiva de la palabra norte para hablar de ese espacio. Esto ocurre, inclusive, cuando se utilizan fuentes históricas que mencionan la palabra septentrión, razón por la cual se ha tendido a incurrir, con frecuencia, en un anacronismo lingüístico.
Por otra parte, el desdoblamiento de la noción septentrión puede conducir a la categoría septentrional que, de acuerdo con el Diccionario etimológico castellano (Anders et al., s.f.-b), se refiere a las regiones del norte: septentrionali, septentrionalis, septentrionalisimas. En estos casos, son pensadas como las tierras incógnitas, desconocidas, imaginadas, habitadas por seres monstruosos, sin alma y sin dios.
Este capítulo se divide en tres secciones. En la primera de ellas se parte de la génesis de la palabra septentrión y de su relación con la manera de pensar la frontera como un límite. En la segunda, desde una perspectiva más espacial, se localizan y establecen diferencias entre el Septentrión y Meridión. En la última sección, finalmente, se ofrece una propuesta conceptual, en perspectiva histórica, asociada con las nociones de espacios vacíos y de región geográfica histórica fronteriza.
Septentrión a través del tiempo
La producción cartográfica se impulsó desde el mundo clásico con Eratóstenes, pasando por Ptolomeo, y un posterior periodo medieval cargado de neogoticismo, época en la que se buscaba imponer y fortalecer el cristianismo. En ese devenir, fue a partir del siglo XVI con la difusión de las ideas de la modernidad, que el Septentrión comenzó a aludir a un Nuevo y al Viejo Mundo, el cual fue representado por geógrafos y cartógrafos como Mercator, Ortelius, Hondius y Blaue, por astrónomos y matemáticos como Kepler, y por exploradores como Barents. Asimismo, la noción septentrión llegó a la modernidad, quedando plasmada en obras literarias, como Los trabajos de Persiles y Sigismunda: historia setentrional (de Cervantes, 1618) y en una cantidad considerable de fuentes cartográficas y documentales coloniales de todo el orbe. En conjunto, las fuentes dejan entrever la importancia de este espacio geográfico asociado a lo desconocido, a las dificultades, al mal, a lo imaginado, a lo oscuro, al frío, al viento indomable, a seres monstruosos y, sobre todo, a lo anticristiano.
La impronta que la conquista europea dejó en lo que hoy se conoce como América es más fuerte de lo que, en ocasiones, se quiere aceptar. Desde una visión eurocentrista, en orden de importancia, el Ártico era considerado como la primera parte de la tierra, seguido por Europa, África, Asia y América (Blaeu, 2010). Conforme avanzó la conquista, este concepto se otorgó a los lugares vacíos en las regiones septentrionales americanas bajo la connotación de un [nuevo] mundo de posibilidades, aquel que podía ser llenado con personas, imágenes, topónimos, ideas y creencias del debiera-ser occidental. Palabras como septentrional, septentrionali, septentrionalisimas quedaron plasmadas como glosas en la cartografía antigua de los siglos XVI al XVIII y como palabras de particular importancia para nombrar los espacios desconocidos y lejanos, de los que dan cuenta las fuentes históricas (Figuras 1 y 2).
Figura 1. Frontispicio Arctica. Grabado realizado en el siglo XVII por Cornelis van Dalen II

Fuente: Blaeu (2010, p. 64).
Los confines septentrionales, más imaginados que conocidos, adquirieron particular importancia en la cosmogonía de los primeros conquistadores, que eran mayoritariamente varones jóvenes. Es de llamar la atención la ausencia de nombres de mujeres en los documentos que refieren a estas primeras avanzadas. Fueron esos conquistadores quienes idearon la frontera como aquel límite geográfico dicotómico civilizatorio desde las referencias hispánicas que les fueron heredadas de sus padres y abuelos, descendientes de dos generaciones de la Edad Media tardía europea, con una fuerte influencia ideológica basada en un cristianismo plurisecular (Navarro et al., 2022; Caivallet, 2010). Esta visión quedó fija por un largo periodo en la manera de entender las fronteras coloniales. Adicional a ello, la posterior utilización de representaciones cartográficas de los siglos XIX y XX, que interpretaban las fronteras como líneas divisorias, conllevó la elaboración de mapas que no se aproximan a las realidades espaciales de las geografías del septentrión y meridión coloniales. Esta situación, a su vez, derivó en una especie de anacronismo espacial desde la historiografía (Navarro, 2023).
En una diversidad de documentos cartográficos coloniales suele leerse septentrión o septentrional como categoría geográfica que alude a los confines, por tanto, a la frontera. Ejemplo de ello son Amérique septentrionale, de Bonn (1788), America septentrionalis de Jean Jansson (1654) o el Mapa de la America Septentrional de Juan López (1780), localizados en la colección de mapas de la Librería del Congreso de Washington (https://www.loc.gov/).
Asimismo, en los primeros diccionarios que llegaron al Nuevo Mundo, como el Diccionario del tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias (1611), la palabra es mencionada en cuatro ocasiones para referirse al hábitat de la fauna en los territorios más septentrionales. Más de un siglo después, en el Diccionario de la lengua castellana (Real Academia Española, 1739), la palabra septentrión cuenta con tres acepciones: a) como la constelación de siete estrellas llamada Ursa mayor, b) como el viento cardinal, tramontana o norte, y c) como la parte de la esfera que va del ecuador al Ártico.
Una concepción similar a la de 1739, incluso con menos profundidad, es la que actualmente le otorga la Real Academia Española (2022), que lo considera como: a) norte, en cuanto a punto cardinal, b) polo norte, y c) viento del norte. Esto deja entrever una falta de interés durante casi 300 años en el desarrollo del concepto y a la vez sugiere que se trata de un tema poco abordado que requiere de mayor atención, sobre todo desde los estudios históricos y geográficos de frontera latinoamericanos.
Localizando el Septentrión y el Meridión
En América, desde el temprano siglo XVI y hasta el XVIII, algunas regiones identificadas como septentrionales fueron los obispados novohispanos de Durango y de Sonora, la parte más norteña del obispado de Michoacán, o bien jurisdicciones provinciales como la Nueva Vizcaya, el Nuevo Reino de León y la Nueva Santander. Una parte importante de estas jurisdicciones eran consideradas como espacios vacíos, es decir, aquellos que no se utilizaban para la habitación, la agricultura, la ganadería o la minería. Asimismo, eran los que, adicionalmente, servían a los conquistadores como frontera para resistir las incursiones indígenas y tener la posibilidad de seguir avanzando hacia los territorios septentrionales (Navarro y Urquijo, 2019; Ortelli, 2010).
Haciendo un ejercicio comparativo y considerando la toponimia presente en la cartografía antigua y la actual, es posible identificar grandes áreas septentrionales americanas. Estas se encuentran localizadas en el norte de lo que fue la Nueva España, el cual abarcaba una parte de los hoy estados mexicanos de Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Asimismo, el Septentrión incluía el territorio de los Estados Unidos (exceptuando sus costas) y Canadá (Figura 2).
En contraposición al Septentrión se encuentra el Meridión, el otro confín. Este término proviene del latín meridies, que quiere decir mediodía. Más allá de la geografía clásica, el uso de esta palabra es poco común porque es sustituida en muchas ocasiones por austral. Por su parte, lo meridional se refiere a regiones del sur. La Capitanía de Venezuela y la de Chile, así como los virreinatos de Nueva Granada, Perú y del Río de la Plata, conformaron lo que en el siglo XVI y XVII se conocía como América Meridional. Abarca los actuales países de Venezuela, Chile, Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina (Figura 2). El análisis de la cartografía antigua permite entrever un meridión que, a diferencia del septentrión, contiene territorios identificados, conocidos, ocupados y nombrados.
Tanto en los territorios septentrionales como en los meridionales, conforme fue avanzando la conquista y se fue estableciendo un nuevo orden con diversas instituciones, confluían territorialidades civiles y eclesiásticas. Estas eran encabezadas por autoridades con jurisdicciones que se superponían, situación que los mantuvo en constantes conflictos. Audiencias, virreinatos, capitanías, provincias, alcaldías mayores, corregimientos, intendencias y subdelegaciones, fueron las del orden civil. En cambio, provincias, comarcas, doctrinas, beneficios, parroquias, guadarnías/prioratos, vicarías y visitas, fueron las del orden eclesiástico (Navarro, 2020).
Tanto la literatura como la cartografía de los siglos coloniales hacen referencia a un septentrión que, al ser un lugar desconocido, se asemeja a la oscuridad, así como a un meridión (o tierra austral) asociado en su parte más sureña a lo incógnito. No obstante, es evidente la necesidad de realizar más estudios sobre los dos extremos cardinales asociados a las fronteras, haciendo énfasis en su correcta utilización en consonancia con el periodo de estudio.
Figura 2. América (Septentrional y Meridional)

Fuente: Blaeu (2010, p. 64).
Septentrión y la noción de espacios vacíos
Si se está de acuerdo con lo insuficiente que resulta la manera en que ha sido conceptualizado el Septentrión colonial, habría que pensar en él más bien como un espacio en sí mismo, cambiante en el tiempo y el espacio, que no puede ser acotado por una línea. En su concepción se combinan lo conocido, lo ideal y lo imaginado, todo ello cargado de un simbolismo que muchas veces es ajeno a las formas culturales y a las referencias territoriales de los pobladores originarios de esos espacios. El Septentrión es, por añadidura, ambiguo, dado que, al ser desconocido, grandes extensiones del mismo quedan jurisdiccionalmente indeterminadas. Este espacio es, por tanto, la frontera colonial septentrional (Navarro, 2020).
Anteceden al Septentrión los espacios vacíos, aquellos sobre los que se fueron extendiendo sus fronteras, o dicho de otra manera, los que servían como frontera para avanzar hacia los territorios septentrionales. Eran espacios en los que la omisión del otro, el legítimo morador, justificaba una nueva ocupación desde la óptica del debiera-ser occidental. Entiéndase por espacio vacío, en los términos de la época, como aquellos lugares que no eran utilizados para la habitación, la agricultura, o las actividades económicas nuevas como la ganadería o la minería, y que adicionalmente servían a los pueblos conquistados como frontera para resistir las incursiones indígenas y tener la posibilidad de seguir avanzando hacia el septentrión. Una vez que se sometían estos espacios, se establecían misiones religiosas y presidios, o se solicitaban y otorgaban mercedes para estancias ganaderas.
A continuación, un ejemplo del temprano siglo XVI inserto en un documento sobre la solicitud de seis caballerías para estancia de ganado menor, en un espacio considerado baldío, colindante con una frontera colonial:
[…] aman yzquierda pasado el rio entre dos cerrros//y tienen los estancieros algunas milpas en la vega//del rio y los vecinos deste pueblo y en las haldas de la sierra no//ay cosa sembrada sino que todo esta baldio y por las dichas//vega los yndios traen los puercos de la comunidad y es//te testigo vido dos o tres milpas e a oydo dezir que en la vega//ay algunos arboles de Cacao e que por esto este testigo en//tiende es en perjuizio de los vecinos poner estancia por allí//demás que sabe que tienen probision los alcaldes por que […]//ningún español ponga estancia en quatro//leguas sino en cinco y esto es lo que sabe e bido […]. (Alonso Díaz, 1588, como se citó en Navarro, 2023, p. 14)
Las caballerías solicitadas se encontraban dentro de una región geográfica histórica fronteriza llamada Valle de Xiquipilas, localizada en el septentrión de la Capitanía General de Guatemala (hoy parte del estado de Chiapas, México), en colindancia con la frontera sur de la Nueva España. Región que se caracterizó por un proceso expansivo de ganaderización, que afectaba de manera directa las tierras de los escasos pueblos indígenas establecidos, considerados por los conquistadores como espacios baldíos/vacíos (Navarro, 2023).
En ese mismo orden de ideas, lo septentrional alude a las regiones desconocidas por los occidentales, e imaginadas por ellos mismos como aquellas habitadas por seres monstruosos, sin alma y sin dios (Figura 1). Por ello, definir y entender la región es de particular importancia en los estudios sobre el Septentrión. La noción de región geográfica histórica alude a las dimensiones espacial y temporal de manera inseparable (García, 2008). Por tanto, es importante otorgarle una connotación histórica, debido a que su consolidación, así como sus transformaciones o rupturas están sujetas a procesos sociales contextuales o, dicho de otra manera, una región existe mientras existan las condiciones que le dan vida. Por tanto, se trata de un espacio cambiante y funcional, construido social e históricamente, que alberga y reproduce identidades culturales, procesos políticos, relaciones e intercambios (Navarro, 2020).
En las regiones septentrionales, al encontrarse en una situación de confín o límite, la interacción desempeñaba un papel central que se manifiesta a partir de la intensificación en el dinamismo de relaciones históricas, políticas, sociales, demográficas y económicas, los intercambios y los conflictos. Lo anterior da forma a distintas territorialidades, objetivadas en diferentes estrategias que las sociedades han empleado históricamente para controlar sus áreas y los recursos que contienen, así como a las personas que se mueven en ellas. Por tanto, se puede reconocer al Septentrión americano como una región geográfica histórica fronteriza, construida social, histórica y culturalmente, en la que existían territorialidades anteriores a la llegada de los conquistadores, que fungen las veces de espacios vacíos/baldíos desde la óptica occidental.
Hablar del septentrión o de lo septentrional implica remitir a espacios sumamente complejos que difícilmente pueden entenderse desde el trazo de líneas que separan y que obvian la diversidad de relaciones sociales contextuales que imperaban. Por ejemplo, en el “Texto mayor” del tratado de la Guerra de los chichimecas de 1575, fray Guillermo de Santa María, un religioso agustino del obispado de Michoacán, inicia su manuscrito advirtiendo que:
para escrevir. desta guerra de los chichicmecas. me parescio. primero tratar. algunas cosas. para q. sauido mejor. se vea. y entienda la justiciatificacion de la guerra. que se les a hecho. y haze y lo primero tratare. de su nombre. (Santa María, 1575, como se citó en Carrillo, 1999, p. 97)
Las cosas a las que se refiere son básicamente información detallada de algunas naciones septentrionales novohispanas de otomíes, guamares, tecuexes, cocas, cascanes, pames, guachichiles y zacatecos, con sus respectivas parcialidades, las espacialidades que ocupaban y las relaciones mediante las que se establecía el intercambio, la interacción o el conflicto. Constituye algo que buena parte de la historiografía ha obviado, generalizando a estos grupos y sus áreas de influencia geográfica con la etiqueta de lo chichimeca. Es decir, aquello que alude al ser nómada, indómito, bárbaro, salvaje, hostil, bruto, y en el mejor de los casos gentil, desvaneciéndose características culturales tan importantes de estos grupos como la del ser-fronterizo.
Adicionalmente a ello, el espacio septentrional suele formar parte de las investigaciones sin necesariamente ser objeto de estudio, lo que ha ocasionado representaciones cartográficas anacrónicas, en términos espaciales. A ese anacronismo se suma el del lenguaje, debido a que septentrión suele pensarse como sinónimo de la palabra “norte”.
Bibliografía
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