Xavier Oliveras González
El terreno es la única categoría espacial que evoca exclusivamente la materialidad, y a la vez, o precisamente por ello, es la menos examinada. Esto contrasta con espacio, lugar, territorio y paisaje, categorías/conceptos que combinan lo material y lo inmaterial, y que han sido objeto de reflexión y revisión de forma extensa (ver, por ejemplo, Ramírez y López, 2015; Merriman, 2022). Asimismo, la materialidad a la que hace referencia esta categoría desborda lo humano, de forma que el terreno no es necesariamente reducible al control y apropiación humana (como en territorio) ni a la experiencia y representación humana (como en lugar y paisaje). La historia conceptual de terreno refleja, por lo tanto, el lugar de la materia en las ciencias sociales, donde lo material se ha situado a menudo en una posición secundaria o subordinada respecto a lo humano, lo mental y lo social.
En el campo de las ciencias sociales, prácticamente solo la geografía (política, militar, física) y las relaciones internacionales han prestado atención a esta categoría espacial y, entre otros aspectos, han pensado el terreno con relación al territorio y las fronteras. A lo largo del último siglo y medio, el análisis de esta interrelación ha pasado por distintos momentos. Durante el siglo XIX y primeras décadas del XX el terreno ocupó un papel central en el estudio de las fronteras, vinculado al materialismo determinista. Posteriormente, el terreno se abandonó casi por completo como categoría explicativa, en concordancia con los postulados idealistas del construccionismo social. Solo recientemente se ha renovado el interés, asociado a las nuevas corrientes materialistas, como el post-humanismo y el materialismo cinético.
El objetivo de este capítulo es mostrar las afinidades entre terreno y frontera. Se divide en seis secciones. La primera se detiene en explorar la genealogía y polisemia del término terreno. En el lenguaje común y especializado, esta palabra ha adquirido varios significados, algunos asociados al territorio y las fronteras. Tras esta revisión, la segunda sección distingue dos ontologías sobre el terreno como categoría espacial, la terrestre y la post-terrestre. En la tercera, cuarta y quinta secciones, se recuperan ambas perspectivas. La sexta sección, por último, se centrará en el caso de la cordillera de los Andes y la frontera entre Argentina y Chile.
Aspectos semánticos y genealógicos
En el lenguaje común terreno (adjetivo y sustantivo) aglutina varios significados próximos, pertenecientes al mismo campo semántico, como así lo recogen los diccionarios descriptivos del español y portugués (terreno), y del francés e inglés (terrain). A su polisemia se suma que, semántica y etimológicamente, su uso y significado están estrechamente relacionados con otros términos espaciales, como tierra, campo y lugar. Esta interrelación ha llevado a la sinonimia, de forma que a menudo se usan de forma indistinta.
Como adjetivo, lo terreno es sinónimo de terrestre y de terrenal. El primero denota lo perteneciente o relativo a la tierra y, por extensión, a la superficie terrestre (la que no es ocupada por el mar) y, finalmente, al planeta Tierra. El segundo sentido tiene una connotación metafísica o religiosa y hace referencia a lo que pertenece o es relativo al mundo material o al de los seres mortales, en contraposición a lo celestial, este último como sinónimo de mundo inmaterial o espiritual.
Como sustantivo, el terreno remite a distintos objetos terrestres. En primer lugar, a un área geográfica o una porción o extensión de la superficie terrestre. De este significado se desprenden otros tres, que remiten a los atributos de la superficie terrestre, ya sean físicos o sociales. En un sentido físico, el terreno alude a su forma, composición, origen y cobertura. En cuanto a las características sociales, se refiere a una porción considerada como bien inmueble o recurso económico (una parcela, un campo cultivable, un solar urbano, etc.) y, por lo tanto, con relación a atributos como la propiedad y el valor. De forma similar, también remite a un área destinada a usos y actividades determinadas, como un terreno agrícola, un terreno de juego, un campo de entrenamiento o un campo de batalla.
De estas acepciones se pasa, en última instancia, a tres sentidos figurados. El terreno como:
- área o materia de conocimiento, interés y profesión, por ejemplo, el terreno de estudio de la física espacial es la heliosfera;
- campo o esfera de acción: en el terreno de los negocios, las tácticas y la estrategia son igualmente importantes; y
- el lugar donde se despliega un fenómeno objeto de estudio y, por lo tanto, donde las y los investigadores llevan a cabo su trabajo empírico/de observación directa: trabajo de campo, trabajo en el terreno.
El término terreno procede del adjetivo latino terrēnus y de su sustantivación terrēnum. Ambos derivan del sustantivo terra (tierra o, más propiamente, tierra seca, en oposición al mar) y el sufijo -enus (perteneciente a). El sustantivo terra incluye la raíz proto-indoeuropea *ters- (secar). Esta raíz es compartida con otras palabras en español, entre ellas territorio.
Aunque hoy el término terreno es polisémico, más de dos milenios atrás terrēnus y terrēnum tenían un significado más restringido, del cual todos los demás parecen haber derivado por extensión y por captura de otros. Originalmente, el adjetivo terrēnus servía para describir los campos (campus) de tierra seca. Es preciso señalar que el término campus designaba un campo o terreno llano, una explanada, en oposición a mons (terreno elevado, con pendiente) y pălūde (paúl, tierra encharcada o inundada). Por las características físicas del campus, este tipo de terreno se utilizó para dos actividades muy concretas: cultivar y guerrear, por lo que el término evolucionó semánticamente para significar campo agrícola y campo de batalla. Posteriormente, en el siglo I a. e. c. ya se había formado el sustantivo terrēnum, usado como sinónimo de campo agrícola y campo de batalla. Es decir, mediante la sustantivación de terrēnus se prescindió del sustantivo campus, del cual tomó su significado. De esta forma terrēnum adquirió el sentido de superficie terrestre plana destinada a determinados usos.
Para la misma época, también se había ampliado el significado de terrēnus, que ahora describía cualquier objeto compuesto de tierra (seca), ya fueran de origen geofísico (como lomas y elevaciones) o antrópico (como túmulos y caminos). Por extensión, también se empleaba para describir lo que pertenecía al mundo terrestre, como utensilios, animales y cuerpos, en oposición a lo que pertenecía a los mundos celestial y acuático/ marítimo. Más adelante, en los siglos I-II e. c., se extendió para describir lo que es mortal y perecedero; es decir, terrenal.
Como puede observarse, en la época romana terrēnum no designaba la superficie terrestre, con relación a su forma y cobertura, ni un área geográfica. En cambio, para referirse a ambas ideas se usaban en latín otros términos y locuciones, como loci natura (literalmente, naturaleza del lugar). Por ejemplo, Julio César (1798 [c.45 a. e. c.]) lo emplea para referirse, por una parte, a características como las elevaciones, pendientes, extensiones y cobertura; y, por otra, a áreas geográficas relativamente extensas y delimitadas por formas del relieve, como sierras y ríos (país, región, territorio). En algún momento posterior, quizá en el latín vulgar tardío o durante la formación de las lenguas romances, terrēnum capturó los significados de loci natura, como antes había sucedido con campus. De esta forma, su significado se amplió para referirse al relieve en general, no solo las elevaciones de tierra, y para extensiones de escala regional, no solo local.
Tras la formación de las lenguas romances, los significados de terrēnus y terrēnum se mantuvieron, si bien el sustantivo terreno siguió evolucionando y los amplió progresivamente. En esta dirección, a partir de los siglos XV-XVII el término empezó a usarse para referirse a porciones de tierra con relación a cualquier uso y actividad, no solamente agrícola y militar, y para nombrar la esfera o campo de acción y de conocimiento. Igualmente, en los siglos XVIII-XIX se crearon significados en áreas especializadas, como en la geología, donde se emplea para referirse a extensiones de predominio de una roca, y la geografía física, empleado como sinónimo de geoforma. Cabe destacar que su uso en geología y geografía física permitió reforzar el significado de terreno en el lenguaje común como sinónimo de relieve. Paralelamente a la aparición de nuevos significados, otros dejaron de usarse, como con el sentido de país, territorio y región, en desuso desde principios del siglo XX.
Ontologías del terreno
La revisión semántica y genealógica pone de relieve una ontología particular de terreno, que se puede denominar terrestre. En contraposición a ésa, más recientemente se ha formulado una ontología post-terrestre. Ambas se enmarcan en el pensamiento occidental, por lo que no deben tomarse por universales ni obviarse otras ontologías no-occidentales de terreno. En el cuadro 1 se comparan las características de las ontologías occidentales de terreno.
Cuadro 1. Ontologías occidentales de terreno: terrestre y post-terrestre
| Terrestre | Post-terrestre | |
Materialidad | Superficie | Volumen |
| Sólido | Sólido, líquido y gaseoso | |
| Terrestre: tierra, tierra seca o firme | Terrestre (planeta, universo): tierra, subsuelo, océanos, atmósfera, biosfera (incluido el cuerpo humano), antroposfera (infraestructuras, edificios, etc.); procesos geofísicos (viento, corrientes, mareas, radioactividad, subducción, etc.) | |
Origen | Geofísico (natural) | Geo-bio-físico (incluido antrópico) |
Existencia | Objeto | Proceso |
| Estable, estático, fijo | Dinámico, cambiante | |
| Pasivo (sin agencia) | Activo (con agencia) | |
| Atributos esenciales | Atributos relacionales | |
Conocimiento | Objetivación del hábitat del ser humano | Objetividad de la materialidad del planeta |
Fuente: Elaboración propia.
En la ontología terrestre el terreno se ha concebido como un objeto sólido, equivalente a la superficie terrestre. En otras palabras, remite a la tierra o, más propiamente, a la tierra seca o tierra firme. El terreno, en este sentido, se contrapone a lo líquido (hídrico, marítimo, fluvial) y gaseoso (atmosférico, celestial), así como también a lo humano. Asimismo, lo terrestre se ha entendido como algo estable e inmóvil y, por lo tanto, estático y pasivo. Desde esta perspectiva, resultan problemáticos espacios intersticiales como el litoral, donde interaccionan lo terrestre y lo marítimo. Algo similar ocurre con los cursos fluviales, que pueden desplazarse lateralmente de forma abrupta, de un día para el otro, como resultado de la dinámica fluvial y de fenómenos hidrometeorológicos, como los huracanes.
Por el contrario, en la ontología post-terrestre el terreno se entiende mejor como un proceso de la materia en moción, en cualquiera de sus estados (sólido, líquido, gaseoso) y extensión (volumetría). Esto resuelve los problemas que afronta la ontología anterior. El terreno deja de ser solo la superficie terrestre, para entenderlo como la materialidad compleja y dinámica del planeta Tierra y del Universo, con todas sus interacciones entre lo terrestre, lo hidrológico, lo atmosférico, lo tectónico y lo biológico, entre más. Sin embargo, esta ontología corre el riesgo de hacer perder al concepto capacidad analítica, dado que todo lo material, lo que incluye el ser humano, es terreno.
Desde lo post-terrestre, Elden (2021) y otros autores se han preguntado por qué en el pensamiento occidental el terreno se ha limitado a:
- una superficie, en detrimento de un volumen,
- la tierra seca, lo terrestre, en oposición al agua y al aire, y
- un objeto inerte, pasivo, en detrimento de un proceso.
La respuesta a estas cuestiones quizá se encuentre en la influencia ejercida por la filosofía griega clásica. Hasta la revolución científica (ss. XVII-XVIII), la materia era dividida en los cuatro elementos clásicos: tierra, agua, aire y fuego. Los cuatro se oponían entre ellos, y la tierra siempre se asumió como el más pasivo. Por ejemplo, para Proclo, filósofo neoplatónico del siglo V, la tierra era el único elemento inmóvil, a diferencia del agua, el aire y el fuego, que eran móviles. Asimismo, la distinción entre sustancia y accidente, nociones formuladas por Aristóteles en el siglo IV a. e. c., parece alimentar el concepto de accidente geográfico, referido a las formas de la superficie terrestre.
Dado que el terreno es clave en la experiencia humana del mundo, se puede argumentar en un sentido más fenomenológico que el concepto terrestre de terreno se ha construido sobre una base antropocéntrica, al menos en tres aspectos.
- En tanto que especie terrestre, la superficie terrestre es el hábitat sobre el que los humanos se mueven, habitan, luchan y obtienen alimento, o al menos lo ha sido hasta muy recientemente en la historia de la humanidad. Precisamente, la capacidad de habitar y transformar otros hábitats, como el subsuelo, el mar y el cielo, ha contribuido a repensar el terreno.
- Dado que el ser humano es un ser sensorial, su percepción de los objetos que le rodean, como el terreno, es la superficie; es decir, lo que ve (vista) y toca (tacto) del planeta es su superficie. En este sentido, percibe el terreno como una superficie con color, forma, rugosidad y dureza, y de la que explora sus patrones.
- En tanto que seres vivos (y, por lo tanto, mortales), el ritmo y velocidad de los cambios en la superficie terrestre, extremadamente más lento que los cambios en el cuerpo humano, lleva a concebir el terreno como un objeto preexistente, eterno e inmutable.
Terreno y geografía
Como categoría espacial, terreno se ha asociado tradicionalmente con la geografía física, la política y la militar. Siendo un término especializado, su significado se recoge en varios diccionarios geográficos (v.g. Soto Mora y Fuentes Aguilar, 1966; Stamp, 1961).
La trayectoria en geografía de este concepto no ha sido lineal, sino que ha transcurrido por momentos de mayor centralidad y otros de claro abandono. Por su relación con el estudio de las fronteras, cabe reseñarla con respecto a la geografía política y militar, de la cual pueden identificarse tres enfoques principales, distribuidos en tres periodos más o menos consecutivos. La ontología terrestre ha sido la dominante a lo largo de esta trayectoria, mientras que la post-terrestre emerge con el tercer enfoque.
En el pensamiento geográfico y geopolítico moderno (s. XIX-1950), informado por el determinismo ambiental y el realismo clásico, el terreno se entendió como el soporte o el fundamento material del estado (Benedetti, 2011). Incluso, se asimilaba al territorio mismo. Más que una vaguedad conceptual, debe tenerse en cuenta que hasta mediados de siglo XX ambos términos eran prácticamente sinónimos.
El terreno correspondía a la superficie terrestre, y para el estado era delimitable, controlable y explotable. Desde esta perspectiva, el terreno era más bien una precondición, estática y pasiva para la operación del estado y los seres humanos. Así, se entendía a la vez como un escenario para las acciones humanas, un objeto de disputa y un recurso. En este último sentido, atributos como la topografía, la localización, la distancia y el clima se consideraban determinantes, tanto para el desarrollo económico y social como para las relaciones internacionales.
Esa triple condición del terreno, como escenario, objeto de disputa y determinante, es más patente aún en la geografía militar. El terreno era a la vez el escenario de combate, el objeto por el que se luchaba y un determinante en su desarrollo. Al respecto de esta tercera condición, se identificaron claramente dos funciones básicas del terreno para las operaciones militares: como recurso y como obstáculo. Es decir, en ocasiones el terreno beneficiaba y en otras limitaba, ya que el terreno es “un aliado natural” o “un enemigo natural” (Tucker y Russell, 2004, p. 6).
Las críticas al determinismo y al realismo formuladas por el posibilismo, a inicios del siglo XX, y sobre todo por el construccionismo, a partir de los años 1970, supusieron una reconceptualización del terreno, pero sin cuestionar su comprensión terrestre. Para la geografía política crítica y posmoderna el espacio geográfico es socialmente construido y producido, y esto tiene consecuencias para el terreno. Desde esta perspectiva el terreno (la superficie terrestre) se sigue entendiendo como el soporte material del estado y de la sociedad, así como un recurso a su disposición. Sin embargo, el terreno fue relegado a un segundo plano, y en sentido doble.
Primero, se redujo a un objeto abstracto y amorfo o, como dice White (2023, p. 435), a una “superficie plana”. Segundo, se subordinó a las decisiones y acciones humanas. Fruto de una concepción ilimitada de la agencia humana, asentada en la capacidad tecnológica para superar cualquier fricción del terreno (como la producida por la distancia, las pendientes y la dureza de la roca, entre más), se negó al terreno influencia alguna en el devenir social y político. Este enfoque, por lo tanto, enmascara y minusvalora los efectos sociales y políticos causados por los procesos geofísicos, de un lado, y, a lo sumo, explica la transformación del terreno por el estado y las acciones humanas. Esto permite concluir que, desde esta perspectiva, el estado/la sociedad se autopercibe como separado de la naturaleza/terreno, y no solo a nivel conceptual, sino también en la práctica. Además, se autopercibe en control de la naturaleza/terreno.
Bajo este marco teórico, terreno y territorio pasan a distinguirse de forma clara, siendo territorio el concepto preferente y primordial. El territorio se concibe como una construcción social que integra dos realidades, una inmaterial (la cultura, las leyes, los valores, la técnica, etc.) y una material (el terreno) (Elden, 2021; Haesbaert, 2004). En esta dirección, Benedetti (2011) concluye que el territorio está compuesto por tres componentes básicos: a) un agente social (el estado), b) un conjunto de acciones sociales (la territorialidad, lo que incluye la apropiación, el control, la soberanía, el dominio y la conquista) y c) la superficie terrestre. El terreno deviene, por lo tanto, uno de los componentes o dimensiones del territorio o, dicho de otra forma, se convierte en la “materialidad del territorio” (Elden, 2017).
Bajo esta lógica, el establecimiento y mantenimiento del orden estatal requiere el control del terreno por el estado, logrado mediante la técnica (como la medición y la cartografía). En síntesis, la comprensión del territorio como una construcción social enfatiza su dimensión político-legal y técnica, arrinconando la materialidad (Elden, 2021).
Terreno y nuevo materialismo
En años más recientes, a partir del siglo XXI, ha resurgido el interés por el terreno. Este renacimiento constituye una respuesta tanto a la ontología terrestre como al desplazamiento del terreno en la conceptualización del territorio como construcción social.
Se emprende una revisión fundamentada en las corrientes materialistas contemporáneas, como el post-humanismo y el materialismo cinético, que hacen énfasis en el dinamismo, procesualismo y relacionidad de la materia y en la distribución de la agencia a través de la interacción entre materialidades heterogéneas, sean humanas o no-humanas. Estas corrientes cuestionan, por lo tanto, la primacía del ser humano (antropocentrismo), la separación ser humano–naturaleza y mente–cuerpo (dualismo), la pasividad de la materia (idealismo) y las esencias de las cosas (esencialismo), entre otros.
En este marco, en la geografía más-que-humana se han repensado el terreno, el territorio y el cuerpo humano, y con ello se ha problematizado la ontología terrestre. En primer lugar, se rechaza la reducción del terreno a la superficie terrestre para ampliarlo al conjunto de la materialidad dinámica del planeta y del universo. Esta ampliación es especialmente clara en la extensión de las disputas territoriales y guerras “por mar, tierra y aire”.
Desde esta perspectiva, el terreno es y está constituido por “las materialidades voluminosas, formas, texturas, flujos y atmósferas del planeta Tierra” (Gordillo, 2025, p. 814). Así entendido, el terreno también incluye la materialidad de los seres humanos (Gordillo, 2021). El cuerpo, al estar inevitablemente entrelazado con las demás cosas materiales, es más bien un “cuerpo geohumano” (Anderson, 2021): un ensamblaje geo-bio-físico, a la vez que social y tecnológico, en acción e interacción con el terreno.
En segundo lugar, se rechaza la agencia exclusivamente humana y, por el contrario, se reconoce la capacidad del terreno para afectar los cuerpos humanos, así como sus artefactos e infraestructuras y, por consiguiente, los campos político, social, cultural, económico y militar. En este sentido, el terreno no solo es un escenario, un objeto de disputa y un recurso / obstáculo, sino también un agente. Ahora bien, su agencia no es determinista, sino recíproca y relacional, de forma que el terreno afecta a los cuerpos a la vez que los cuerpos, con capacidades específicas, afectan al terreno (Gordillo, 2025). Los afectos producidos por el terreno se deben tanto a las características corporales (físicas, biológicas) como también a los factores socioculturales y políticos que dan forma a la experiencia humana del terreno (como el colonialismo, el clasismo y el sexismo).
Desde esta perspectiva, la geografía ha explorado la capacidad del terreno para afectar al estado, por ejemplo, en la incorporación de áreas remotas y en la movilidad y transporte (White, 2023). De modo similar, se ha interesado por la movilidad de las personas, de forma que el estado lo aprovecha en el control migratorio o fronterizo para impedir la migración no-autorizada (Asoni, 2023). Igualmente, se ha analizado la participación del terreno, simultáneamente recurso y agente, en las luchas y resistencias populares contra el estado y las élites (de la Cadena, 2015).
En definitiva, se ha identificado un “geopoder” (Yusoff et al., 2012), entendido como la agencia de la materialidad de la Tierra (los materiales y procesos geo-bio-físicos) en la geopolítica y los conflictos socio-territoriales. Lejos de ser determinado, el geopoder es indeterminado y relacional: en función de las circunstancias, el terreno contribuye u obstruye los proyectos políticos.
Terreno y frontera
Existe una estrecha relación entre terreno y territorio: el terreno constituye (compone y establece) la materialidad del territorio, ya sea como soporte para el estado, como recurso y/u obstáculo, o como agente. Teniendo en cuenta que el territorio se caracteriza por ser un espacio fronterizado, de ello se deduce que también existe necesariamente una relación entre terreno y frontera. La fronterización del territorio se materializa mediante varias y diversas acciones, desde la delimitación y demarcación hasta la regulación de la movilidad humana y del comercio. Así, se puede decir que el terreno contribuye y obstruye la fronterización del estado y de los grupos sociales que lo dominan.
La geografía política y los estudios fronterizos han formulado teorías específicas para explicar este fenómeno. Ejemplo de ello son la teoría de las fronteras naturales, la tesis turneriana y el enfoque más-que-humano. A estas teorías se tiene que añadir la construcción social de las fronteras, en la que el terreno está ausente. Estas teorías se asocian a las ontologías y los enfoques geográficos (Cuadro 2).
Cuadro 2. Terreno y teorías de frontera
Ontología de terreno | Pensamiento geográfico | Teoría de frontera |
Terrestre | Geografía y geopolítica modernas (determinismo ambiental, realismo clásico) XIX-1950 | Fronteras naturales |
| Tesis turneriana | ||
| Geografía política crítica y posmoderna (construccionismo social) 1970-… | Construcción social de las fronteras | |
Post-terrestre | Geografía más-que-humana (nuevo materialismo, post-humanismo) 2000-… | Fronteras más-que-humanas |
Fuente: Elaboración propia.
La dualidad recurso/obstáculo se reproduce en las explicaciones sobre la frontera vinculadas al pensamiento geográfico y geopolítico moderno (s. XIX-1950). La función como recurso prevalece en la teoría de las fronteras naturales, que enfatiza las ventajas del terreno para la constitución de la frontera y la protección del territorio del estado. Por su parte, la tesis turneriana de la frontera (frontier, en inglés) considera el terreno como un obstáculo al avance y consolidación del territorio y del estado.
La teoría de las fronteras naturales se entronca con el uso extendido en la historia de la humanidad de los accidentes geográficos para delimitar y demarcar, como refleja la cita anterior de Julio César. Sin embargo, como teoría geográfica, deriva de una doctrina política basada en el determinismo ambiental. Según esto, todo en la naturaleza tiene un propósito, cuya finalidad última es la satisfacción de las necesidades humanas, a la par que dicho propósito es incuestionable e inmutable.
En este sentido, la naturaleza provee al estado de la mejor frontera en la forma de una topografía visible y tangible, fácilmente delimitable (el mejor límite) y defendible o infranqueable (la mejor barrera) (Jones, 1959; Truyol Serra, 1957). Así, los ríos más anchos, profundos y bravos, las cordilleras más elevadas y extensas, los desiertos extremos y los mares amplios cumplirían esta función. Si bien este enfoque fue profundamente cuestionado a lo largo del siglo XX, recientemente se ha reformulado. Combinándose con el bioregionalismo, se postula que las fronteras, y con ello los territorios y los estados, deben ajustarse a las regiones naturales, como las cuencas hidrográficas (Ochoa Espejo, 2020).
Por otra parte, el enfoque turneriano se fundamenta en el evolucionismo y el darwinismo social. La frontera no es un límite ni una barrera, sino una zona (frontier) de avance y expansión del estado (Turner, 1920). La frontera es una zona situada fuera del control político, económico y social estatal. Por ello, es “salvaje”, pero que el estado aspira a ocupar, ordenar y civilizar. En esta lógica, el avance y conquista estatal está frenado y obstaculizado por las condiciones particulares de esa zona, variables según la región geográfica y tiempo histórico (Gerhard, 1959). Entre esas condiciones se encuentran el relieve, la vegetación, la fauna y el clima, pero también los pueblos y sociedades indígenas (“los salvajes”). Ahora bien, a diferencia del enfoque anterior, el terreno no es determinante. A pesar de considerarlo un obstáculo, éste no es indomable e inexpugnable. Al contrario, los seres humanos (blancos, civilizados) y el estado consiguen regularlo y ordenarlo mediante la explotación económica, el despliegue de infraestructuras, el ordenamiento jurídico y la medición, entre otras tecnologías políticas.
Ambas teorías han sido cuestionadas y rebatidas desde la perspectiva de la construcción social de las fronteras. Para este enfoque, la frontera es un constructo o un producto social y, por lo tanto, se entiende como una institución, un método, una herramienta o una narrativa de inclusión y exclusión. En este sentido, se argumenta que determinados grupos sociales, quienes controlan el estado, construyen las fronteras para el control y dominio de otros grupos sociales (de su movilidad, de sus cuerpos, de su tiempo, etc.), así como de los recursos. Esa construcción tiene una realidad inmaterial (normativas, símbolos, etc.), así como material (mojones, bardas, pasaportes, etc.). La construcción/producción material incluye, por supuesto, el uso y transformación del terreno con el fin de fronterizar. Es lo que ocurre con el diseño, la ordenación y la representación de paisajes fronterizos, que incluyen guardarrayas, garitas, funcionarios uniformados, estaciones de las agencias fronterizas y emblemas nacionales (Arreola y Curtis, 1993).
Desde la perspectiva construccionista, las explicaciones deterministas limitan la agencia humana a unas leyes inexorables de la naturaleza. Es más, se argumenta, aquellas explicaciones no son sino discursos construidos para legitimar las fronteras, el racismo, el colonialismo y el expansionismo. En este sentido, la teoría de las fronteras naturales produce un efecto de atemporalidad, enmascarando el origen humano de los límites y barreras. Dicho de otra forma, la concepción natural de las fronteras esconde que son establecidas por los seres humanos, aun cuando se aproveche la topografía para su delimitación y demarcación.
Por último, el enfoque más-que-humano sobre las fronteras emerge como una reacción tanto al determinismo, que esconde la agencia humana en la fronterización, como al construccionismo social, que enmascara la materialidad y la agencia material (Oliveras González, 2023; Ozguc y Burridge, 2023). La frontera se puede entender como un producto a la vez humano y no-humano, o como un efecto de las interacciones entre materialidades heterogéneas y diversas: los seres humanos (y sus instituciones) junto y con la tecnología, infraestructuras, animales, plantas, virus y procesos geo-bio-físicos, entre otros.
La frontera emerge, por lo tanto, como resultado de la capacidad humana para usar y transformar el terreno y, simultáneamente, la capacidad de la materialidad de la Tierra (el geopoder) para afectar los cuerpos humanos y sus infraestructuras y artefactos y, por lo tanto, contribuir a su experiencia y reflexión del y sobre el mundo. En síntesis, emerge de la agencia distribuida en ensamblajes más-que-humanos. Asimismo, la indeterminación y contingencia de las interacciones entre las distintas materialidades explica que el terreno pueda contribuir tanto a la fronterización como a perturbarla.
Terreno de la frontera Argentina-Chile
El límite fronterizo entre Chile y Argentina sigue en gran parte de su extensión la cordillera de los Andes. Desde la conformación de ambos países, tras la independencia a principios del siglo XIX, ambos entendieron sus límites como los heredados de la época colonial, siguiendo el principio de uti possidetis iuris. Sin embargo, el imperio español no dominó de forma efectiva la Patagonia, la Tierra del Fuego y el estrecho de Magallanes. Estas tierras, por lo tanto, fueron disputadas por ambos países. El meollo de la cuestión se cerró en 1881 cuando ambos aceptaron los Andes como frontera común hasta el paralelo 52°, si bien quedaron algunos flecos que no se resolvieron definitivamente hasta bien entrado el siglo XX.
En las negociaciones se acordó que el límite coincidiera con los Andes y que el territorio se extendiera desde sus cumbres hasta el océano (Lois, 2010; Ríos Llaneza, 2019). De esta forma, el sector occidental hasta el océano Pacífico se adscribió a Chile, y el oriental hasta el Atlántico, a Argentina. Para defender esta postura, Argentina recurrió a la doctrina de las fronteras naturales. Se argumentó que los Andes constituían un “límite natural” por cuanto que las cordilleras montañosas limitaban de forma natural los territorios nacionales y, por lo tanto, la expansión de los asentamientos humanos y los flujos comerciales, a la vez que formaban un límite defensivo y estratégico.
El tratado de 1881 también conciliaba, aunque de forma imperfecta, los criterios geográficos para la delimitación. Cada país abogaba por el criterio que en su opinión le permitía maximizar su territorio. Chile defendía un criterio hidrográfico, según el cual el límite debía coincidir con la divisoria de las aguas. Por el contrario, Argentina apostaba por el criterio orográfico, coincidente con la línea de cumbres más altas. Defendía, siguiendo con el argumento de las fronteras naturales, que las cumbres eran un hecho geográfico evidente, visible, tangible, permanente y difícil de cruzar, a diferencia de la divisoria de las aguas. En todo caso, el problema de conciliar aquellos dos criterios residió en el hecho de que no siempre son compatibles. En ocasiones la línea de cumbres no coincide con la divisoria de las aguas, como en el caso de los ríos que nacen del lado este de la línea de cumbres, pero que se dirigen al Pacífico, en el lado oeste.
Por más que Argentina defendió que la cordillera de los Andes constituía un límite natural y que las fronteras naturales eran un criterio demarcatorio común en el derecho internacional, posteriormente la geografía e historiografía ha mostrado que la frontera entre ambos países no es natural, sino socialmente construida. Más que una frontera dada, los Andes se fronterizaron a través de varias acciones humanas, como las negociaciones diplomáticas, la firma de tratados de delimitación, los trabajos de demarcación y, posteriormente, el estacionamiento de las fuerzas policiales, Carabineros y Gendarmería. En estas acciones se involucraron múltiples agentes humanos, entre los cuales destacan los diplomáticos y policiales, pero también peritos y cartógrafos, entre otros.
Asimismo, se puede argumentar que la fronterización de la cordillera no fue un proceso exclusivamente humano, sino más-que-humano, en el que también se involucraron múltiples agentes no-humanos. Por ejemplo, la demarcación del límite fue resultado de la interacción entre agentes humanos (comisionados, peones, arrieros) y no-humanos (el terreno, mulas, carros, instrumentos) (Haller y Tapia, 2023; Lois, 2020). El clima (frío intenso, humedad constante, lluvia, nevadas, vientos huracanados, etc.) y el relieve (pendientes, altitud, superficies rocosas, ríos desbordados, glaciares) y la cubierta del suelo (bosques, pantanos) afectaron los cuerpos humanos, sus víveres, ropa, calzado e instrumentos de medición.
En este sentido, los comisionados, peones y arrieros pasaron hambre y frío, se lesionaron y enfermaron. Los víveres y los diarios de campo se pudrían. Además, el transporte de los hitos fronterizos se retrasaba. Ahora bien, el terreno no impidió la fronterización, pero sí la dificultó. Esa obstaculización obligó a los agentes humanos a adaptarse y buscar soluciones, como cazar animales silvestres para alimentarse y vestirse, abrir caminos con hacha y machete, y confiar en el apoyo de los pueblos indígenas. En definitiva, la delimitación y demarcación son resultado de interacciones humanas y no-humanas.
En síntesis, los Andes constituyen de forma cuádruple el objeto de disputa entre Argentina y Chile; un recurso para ambos para fijar su frontera común; el escenario donde los agentes estatales materializan la frontera; y un agente no-humano que obstaculiza la fronterización al afectar los cuerpos e instrumentos de los agentes estatales.
Bibliografía
Anderson, J. (2021). Understanding Cultural Geography. Places and Traces (3a edición). Londres: Routledge.
Arreola, D. D. y Curtis, J. R. (1993). The Mexican Border Cities. Landscape Anatomy and Place Personality. Tucson: The University of Arizona Press.
Asoni, E. (2023). Territory, Terrain, and Human Rights: Jurisdiction and Border Control Under the European Convention on Human Rights. Geopolitics, 29(4), 1198-1219. https://doi.org/10.1080/14650045.2023.2213633
Benedetti, A. (2011). Territorio: concepto integrador de la geografía contemporánea. En P. Souto (coord.): Territorio, lugar, paisaje. Prácticas y conceptos básicos en geografía. Buenos Aires: Facultad de Filosofía y Letras, UBA, pp. 11-82.
de la Cadena, M. (2015). Earth beings: ecologies of practice across Andean worlds. Durham, NC: Duke University Press.
Elden, S. (2017). Legal terrain. The political materiality of territory. London Review of International Law, 5(2), 199-224. https://doi.org/10.1093/lril/lrx008
Elden, S. (2021). Terrain, politics, history. Dialogues in Human Geography, 11(2), 170-189. https://doi.org/10.1177/2043820620951353
Gerhard, D. (1959). The Frontier in Comparative View. Comparative Studies in Society and History, 1 (3), 205-229.
Gordillo, G. (2019). The metropolis: the infrastructure of empire. In K. Hetherington (ed.): Infrastructures: Environment and Life in the Anthropocene. Durham, NC: Duke University Press, pp. 66-94.
Gordillo, G. (2021). The power of terrain: The affective materiality of planet Earth in the age of revolution. Dialogues in Human Geography, 11(2), 190-194. https://doi.org/10.1177/20438206211001023
Gordillo, G. (2025). Hostile terrain: On the spatial and affective conditions for revolution. Territory, Politics, Governance, 13(6), 812-827. https://doi.org/10.1080/21622671.2023.2172450
Haller, S. y Tapia, A. (2023). Hitos patagónicos: historia social de la Comisión Argentina de Límites con Chile (1881-1903). Revista Electrónica de Fuentes y Archivos, 14(2), 7-34. https://doi.org/10.70629/1853.4503.v2.n14.43948
Haesbaert, R. (2004). El mito de la desterritorialización: del “fin de los territorios” a la multiterritorialidad. Cd. México: Siglo XXI Editores (edición de 2011).
Jones, S. (1959). Boundary Concepts in the Setting of Place and Time. Annals of the Association of American Geographers, 49(3), 241-255. https://doi.org/10.1111/j.1467-8306.1959.tb01611.x
Julio César (1798) [c.45 aec]. Comentarios de la guerra de las Galias, ed. bilingüe latín-español, trad. José Goya Muniain. Madrid: Imprenta Real de Madrid.
Lois, C. (2010). Las evidencias, lo evidente y lo visible: el uso de dispositivos visuales en la argumentación diplomática argentina sobre la Cordillera de los Andes (1900) como frontera natural. Treballs de la Societat Catalana de Geografia, 70, 7-29.
Lois, C. (2020). Teorías geográficas, técnicas cartográficas y diplomacia: Hans Steffen, un geógrafo prusiano en los Andes australes. Geograficando, 16(2), e084. https://doi.org/10.24215/2346898Xe084
Merriman, P. (2022). Space. Londres: Routledge.
Ochoa Espejo, P. (2020). On Borders. Territories, Legitimacy, and the Rights of Place. Nueva York: Oxford University Press.
Oliveras González, X. (2023). Beyond natural borders and social bordering: the political agency of the lower Rio Bravo/Grande. Geopolitics, 28(2), 533-549. https://doi.org/10.1080/14650045.2021.2016706
Ozguc, U. y Burridge, A. (2023). More-Than-Human Borders: A New Research Agenda for Posthuman Conversations in Border Studies. Geopolitics, 28(2), 471-489. https://doi.org/10.1080/14650045.2023.2169879
Ramírez, B. y López, L. (2015). Espacio, paisaje, región, territorio y lugar: la diversidad en el pensamiento contemporáneo. Cd. México: Instituto de Geografía-UNAM y UAM-Xochimilco.
Ríos Llaneza, M. (2019). De frontera natural a límite político. La demarcación de la Puna de Atacama (1881-1905). Santiago, Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile.
Soto Mora, C., y Fuentes Aguilar, L. (1966). Glosario de términos geográficos. Cd. México: Universidad Nacional Autónoma de México.
Stamp, D. (ed.) (1961). A glossary of geographical terms. London: Longmans.
Truyol Serra, A. (1957). Las fronteras y las marcas: Factores geográfico-políticos de las relaciones internacionales. Revista Española de Derecho Internacional, 10(1-2), 105-123. https://www.jstor.org/stable/44294858
Tucker, R. P. y Russell, E. (eds.) (2004). Natural Enemy, Natural Ally. Toward an Environmental History of War. Oregon State University Press: Corvallis.
Turner, F. J. (1920). The Frontier in American History. Tempe: University of Arizona Press. (edición de 1986).
White, T. (2023). Sparks from the friction of terrain: Transport animals, borderlands, and the territorial imagination in China. Environment and Planning D: Society and Space, 41(3), 433-450. https://doi.org/10.1177/02637758231184881
Yusoff, K., Grosz, E. , Clark, N. y Saldanha, A. (2012). Geopower: A Panel on Elizabeth Grosz’s Chaos, Territory, Art: Deleuze and the Framing of the Earth. Environment and Planning D: Society and Space, 30(6), 971-988. https://doi.org/10.1068/d3006pan






