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Trabajo

Carla Cossi

La noción de trabajo ha sido objeto de múltiples interpretaciones, que varían según el marco desde el cual se lo aborde. Si se realiza un recorrido por las definiciones institucionales más formales, de la Real Academia o la Organización Internacional del Trabajo, hasta aquellas generadas por las distintas perspectivas filosóficas y críticas, se advierte que el concepto se ha ido transformando a lo largo de la historia, junto con los cambios en la organización social, económica y política, que a nivel global se dan cada vez con mayor velocidad.

En este sentido, la Real Academia Española (RAE) define el trabajo, en una de sus acepciones principales, como una “ocupación retribuida” (https://dle.rae.es/trabajo). Al mismo tiempo, lo describe como el esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza y como obra o resultado de la actividad humana, desde una visión funcional y productiva, cuyo sentido está asociado a la generación de valor económico y a su condición de medio de vida.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), en cambio, ofrece una definición más amplia y técnica. Según su marco conceptual (2013), el trabajo incluye toda actividad realizada por personas, independientemente de su forma contractual o estatus legal, que contribuye a la producción de bienes o la prestación de servicios en una economía. Asimismo, avanza en una distinción entre trabajo remunerado (empleo) y trabajo no remunerado, como el doméstico o voluntario. De este modo, reconoce aquellas formas invisibilizadas del trabajo que no encajan en las categorías tradicionales del empleo formal.

Ambas definiciones coinciden en considerar al trabajo como una actividad productiva esencial para la vida social. Sin embargo, presentan diferencias: mientras la RAE lo vincula mayormente al esfuerzo individual y retribuido, la OIT lo aborda con una perspectiva más inclusiva, atendiendo a las condiciones sociales y económicas que estructuran el trabajo en el mundo contemporáneo.

Pero el trabajo es una práctica social sumamente compleja e históricamente construida. Está atravesada por relaciones de poder, que no implican únicamente la producción de bienes y servicios, sino que en ella intervienen subjetividades, identidades y formas de vida. Lejos de ser una mera actividad económica, el trabajo constituye un eje central en la organización de la vida social, en la construcción del orden y en la reproducción de jerarquías de clase, género, etnias y culturas. Por ello, tal concepto ha sido utilizado tanto como elemento de dignificación y pertenencia, a la vez que como instrumento de explotación, control, dominación y alienación.

Este capítulo propone una reflexión sobre las prácticas de trabajo en contextos fronterizos. Se entiende a las fronteras como espacios sociales, económicos y políticos donde confluyen múltiples tensiones y desigualdades, analizando los modos en que allí se configuran mercados laborales específicos, atravesados por la precarización, la informalidad e, incluso, formas extremas de explotación. Este texto se divide en tres secciones. La primera explora las transformaciones históricas del concepto de trabajo y su vinculación con las subjetividades en el marco del capitalismo global. La segunda indaga las particularidades del trabajo en las fronteras. La tercera sección, finalmente, incorpora la perspectiva de la teoría de la colonialidad del poder.

Aproximaciones conceptuales al trabajo

A lo largo de la historia, desde el contrato social hasta las formas contemporáneas de precarización y automatización, el trabajo ha sido moldeado por discursos que lo legitiman, lo justifican y lo naturalizan. De igual modo, han surgido formas de resistencias que buscan transformarlo en una actividad liberadora, cooperativa y sostenible (Rosseau, 1990). Así, el trabajo no es un concepto unívoco, sino una construcción que varía según los contextos históricos, culturales y políticos, por lo que su definición está en constante disputa.

Las perspectivas críticas del trabajo buscan elaborar un concepto complejo, en oposición a sus definiciones formales. Estas aproximaciones tienen como referentes a Marx (1867), Arendt (1958), Foucault (1975) y De la Garza Toledo (2001). Estos autores han cuestionado sus implicancias sobre la libertad, la subjetividad y el poder.

Marx (1867) entiende al trabajo como una actividad central en la constitución del ser humano. El autor advierte que en el capitalismo el trabajo se convierte en fuente de alienación. En su crítica, el trabajador pierde el control sobre lo que produce, sobre el proceso productivo, sobre su propia naturaleza humana y sobre su vínculo con los otros. Asimismo, sostiene que el trabajo asalariado en el capitalismo no sólo genera valor económico, sino que moldea subjetividades obedientes, que terminan siendo ajustadas a las necesidades del capital. Por ello, el trabajador deviene en una mercancía más, y su subjetividad queda subordinada a la lógica de la acumulación.

Más adelante, Arendt (1958) propuso una distinción entre trabajo, labor y acción. Para ella, el trabajo está vinculado a la creación de objetos duraderos. La labor se asocia al ciclo biológico de mantenimiento de la vida, como la alimentación o el cuidado. En cambio, la acción remite a la vida política y la libertad, advirtiendo que en la modernidad el trabajo (entendido como labor repetitiva y necesaria) ha desplazado a la acción, empobreciendo la vida pública y reduciendo al ser humano a una condición casi animal. Siguiendo esta definición, se puede sostener que la centralidad que adquirió el trabajo en la vida moderna implicó una pérdida de autonomía reflexiva y política.

Foucault (1975), desde su análisis del poder, analiza el trabajo como una herramienta de disciplinamiento social. Este autor muestra cómo el cuerpo del sujeto trabajador fue objeto de técnicas de control que buscaban maximizar su utilidad y docilidad. Esto se practica a través de su socialización en espacios como las fábricas, escuelas y hospitales. Allí, las actividades se organizan bajo lógicas de vigilancia y normalización. El trabajo no sólo resulta ser una actividad económica, sino también un dispositivo de poder que produce sujetos útiles, obedientes y funcionales al orden social.

De la Garza Toledo (2001) es referente fundamental en los estudios del trabajo en Latinoamérica. El autor sostiene que éste no puede entenderse solamente desde sus funciones económicas o jurídicas, sino que conforma más bien un proceso de subjetivación complejo y multifacético. De esta forma, el trabajo organiza los sentidos que los sujetos otorgan a sus trayectorias de vida, al tiempo que está condicionado por estructuras sociales como el género, la clase y la etnia. Además, advierte que las formas de empleo a las que denomina “atípicas”, como el trabajo informal, autónomo o sin protección social, lejos de ser una excepción en América Latina configura una norma estructural que debe ser pensada desde un enfoque crítico y contextualizado. Así, su aporte permite comprender que las transformaciones del trabajo no sólo responden a lógicas globales, sino también a configuraciones locales históricas y culturales que redefinen permanentemente qué se entiende por trabajo, quién lo realiza, en qué condiciones y con qué consecuencias sociales.

Por lo visto hasta aquí, el trabajo no puede ser comprendido únicamente desde una mirada económica o institucional. En cambio, se trata de una construcción social y política profundamente atravesada por relaciones de poder, conflictos históricos y disputas simbólicas. Las definiciones de la RAE o la OIT brindan marcos normativos importantes para su reconocimiento y regulación. Sin embargo, es a través de las perspectivas críticas que resulta posible ver su dimensión más compleja en las fronteras: el trabajo como una experiencia subjetiva, como dispositivo de control o como posibilidad de emancipación.

Comprender el fenómeno del trabajo en toda su densidad implica reconocerlo, más que como una categoría cerrada, como un campo en constante tensión, donde se entrelazan prácticas materiales, discursos hegemónicos y luchas por el sentido. Sólo desde este enfoque amplio, histórico y plural es posible repensar el trabajo, tanto como un medio de subsistencia como una práctica potencialmente transformadora, capaz de articular nuevas formas de justicia, dignidad y autonomía.

Frontera y movilidad laboral

En las regiones fronterizas convergen múltiples factores económicos, políticos, sociales y culturales que configuran mercados laborales específicos y, en muchos casos, altamente vulnerables. Lejos de ser zonas periféricas sin especial relevancia para este concepto, las fronteras constituyen espacios estratégicos para la circulación y el intercambio, donde siempre hay tensiones. Los límites, sean nacionales, regionales o municipales, son constantemente atravesados y desbordados por las prácticas cotidianas de empleo, producción y consumo, por parte de quienes allí habitan.

En estos espacios, el trabajo adopta formas singulares, moldeadas por esa movilidad, constantemente atravesada por la informalidad y las asimetrías existentes en términos jurídicos, normativos, económicos, políticos y culturales, que se construyen desde los usos y costumbres de las poblaciones lugareñas. Esto se debe a las diferencias existentes en los niveles salariales, los costos de vida, las legislaciones laborales o las condiciones de acceso al empleo, que impulsan y traccionan desplazamientos de fuerza de trabajo. Las personas cruzan las fronteras para buscar mejores oportunidades, incluso a veces a costa de prescindir de derechos básicos generan múltiples estrategias de supervivencia.

Un ejemplo ilustrativo de estas dinámicas puede encontrarse en las distintas ciudades ubicadas en la triple frontera de Argentina, Brasil y Paraguay. Allí, miles de personas cruzan a diario para trabajar, comprar, vender o prestar servicios en la ciudad vecina a la que residen. Trabajadoras paraguayas cruzan a las ciudades de Argentina y Brasil para emplearse en actividades vinculadas al servicio doméstico y las tareas de cuidado, en numerosos casos, sin contratación formal, aportes previsionales o cobertura de salud.

A su vez, muchos comerciantes argentinos aprovechan los menores costos de Paraguay y Brasil, contratando o actuando como paseros para abastecerse de insumos. Esta práctica aprovecha las asimetrías económicas entre países y fuerza las regulaciones fiscales existentes (Cossi y Villamayor, 2014). En este vaivén cotidiano el trabajo adopta formas precarias, donde los derechos laborales son débiles o nulos. En este contexto, cruzar para trabajar se transforma en una rutina normalizada, aunque jurídicamente ambigua (Figuras 1 y 2).

Figura 1. Paseras preparándose para el cruce, desde Encarnación (Paraguay)
a Posadas (Argentina)

Fuente: Carla Cossi, febrero de 2025.

Figura 2. Fila de motos para cruzar desde Posadas (Argentina) a Encarnación (Paraguay)

Fuente: Carla Cossi, febrero de 2025.

Los trabajadores transfronterizos se caracterizan por realizar una movilidad con frecuencia diaria y pendular. Muy raramente pernoctan en la ciudad en la que se emplean, ni exceden el espacio fronterizo de las aglomeraciones vecinas a ambos lados del límite (Benedetti y Salizzi, 2011). En esos casos, las condiciones de trabajo suelen darse bajo formas irregulares o poco protegidas, dando lugar a una economía informal transfronteriza que se sostiene sobre la precariedad de estos empleos. Esto se da principalmente en sectores como el comercio ambulante, la construcción, el servicio doméstico o el transporte, donde las relaciones laborales son débiles o incluso inexistentes.

Sin embargo, estas modalidades de empleo no son exclusivas de los sectores más vulnerables de la sociedad. Numerosos profesionales, como médicos, ingenieros, dentistas o docentes, entre otros, se emplean en esquemas transfronterizos, enfrentando condiciones similares. Todos ellos comparten la falta de seguridad social y la contratación informal. Esas relaciones laborales carecen de un contrato escrito, que regule las condiciones de trabajo. Por lo general, el empleador no cumple con las obligaciones legales básicas, como el registro del trabajador, el pago de contribuciones a la seguridad social, la cobertura de salud, y el respeto de los derechos laborales establecidos por la ley. A ellos se suma la limitada o incluso nula posibilidad de acceso a mecanismos efectivos para denunciar situaciones de abuso o explotación (Cossi y Villamayor, 2014).

Este tipo de movilidades laborales está impulsado por la necesidad, entendida en los términos más amplios. Esto incluye la necesidad económica, de obtención de antecedentes, de oportunidades de experiencia e, incluso, de capacitación. Estas, finalmente, terminan reproduciendo desigualdades estructurales y creando una forma de empleo en la que los derechos están subordinados al estatus migratorio o a las condiciones de nacionalidad. Quienes no cuentan con la documentación adecuada, o que son percibidos como extranjeros pobres, suelen quedar atrapados bajo sistemas de explotación o en mercados de trabajo de baja remuneración y alto riesgo.

Esto se puede observar en distintas fronteras. En la frontera de México y Estados Unidos, miles de trabajadores latinos migran en busca de empleo, principalmente en sectores como la agricultura, la construcción, la limpieza o el cuidado. Muchos de ellos ingresan o permanecen en Estados Unidos, en condiciones migratorias irregulares, por lo que quedan expuestos a empleos informales, sin contratos ni acceso a la seguridad social, con jornadas extendidas y salarios por debajo del mínimo legal. Esto genera una fuerza laboral altamente vulnerable y fácilmente explotable, donde el miedo a la deportación o a la pérdida del empleo inhibe la denuncia de abusos laborales (Holmes, 2013).

Las fronteras son también terreno fértil para las formas más extremas de explotación laboral, incluyendo el trabajo forzoso, condiciones cuasi esclavistas o trata de personas con fines de explotación. Tales prácticas se ven facilitadas por la ambigüedad laboral, la debilidad del control estatal y la impunidad con que operan ciertas redes económicas en zonas limítrofes. Las mujeres jóvenes, personas migrantes o comunidades indígenas son especialmente vulnerables a estas condiciones laborales.

En este sentido, la OIT (2017) ha advertido en sus informes sobre el aumento de las formas modernas de esclavitud en regiones de frontera. Las personas son sometidas a jornadas extenuantes, condiciones de vida degradantes, retención de documentos y otras prácticas que violan sus derechos fundamentales del trabajo.

Además de sus implicancias materiales, el trabajo transfronterizo moldea las subjetividades de quienes lo ejercen. La experiencia cotidiana de cruzar la frontera para trabajar, muchas veces bajo sospecha o discriminación, genera una identidad atravesada por la incertidumbre, la subordinación y el desarraigo. Estas subjetividades, construidas en la tensión entre sobrevivir y resistir, muestran cómo el trabajo en la frontera no solo produce bienes y servicios, sino también formas específicas de habitar, percibir y entender el mundo.

En este sentido, las fronteras, más que simples líneas divisorias entre estados, constituyen espacios de disputa y producción social. Permiten que el trabajo se configure bajo condiciones de desigualdad, informalidad y explotación. Allí, además, se conjugan prácticas de subsistencia, redes comunitarias y estrategias de resistencia.

Por lo anterior, comprender las relaciones laborales en estos contextos exige una mirada crítica que integre los factores estructurales y subjetivos. Esto permite visibilizar tanto las vulneraciones de derechos como las capacidades de agencia de sus trabajadores.

Frontera, trabajo y colonialidad

La teoría de la colonialidad permite leer las prácticas laborales de frontera como ámbitos donde se disputan sentidos, no solo de supervivencia, sino también de dignidad, comunidad y emancipación. Esta teoría fue desarrollada por Quijano (2000) y profundizada por otros autores, como Mignolo (2000), Dussel (2001) y Castro-Gómez (2005). Sostiene que el colonialismo no terminó con las declaraciones de independencia de los países colonizados, sino que dejó estructuras de poder, saber y ser que continúan vigentes en la actualidad. Estas estructuras jerarquizan a las personas según su raza, género, cultura y ubicación geográfica, organizando la vida social, económica y política bajo una lógica eurocéntrica, capitalista y patriarcal.

Leer el concepto de trabajo fronterizo a la luz de esta teoría permite comprender cómo el sistema laboral global reproduce aquellas desigualdades históricas impuestas durante la colonización. El trabajo en los países del Sur global, particularmente el realizado por poblaciones racializadas, empobrecidas o feminizadas, sigue siendo devaluado, precarizado y subordinado al capital trasnacional. Las formas de trabajo impuestas desde los países centrales siguen siendo presentadas como universales y superiores, mientras que otras formas de organización local (comunitarias, cooperativas y no capitalistas) han sido deslegitimadas o invisibilizadas.

Desde esta perspectiva, la colonialidad del trabajo implica explotación material y una profunda afectación a las subjetividades. Es decir, las poblaciones de frontera, por lo general, tienen internalizado este sistema jerárquico en sus subjetividades, por lo que todo el tiempo sus habitantes refuerzan los imaginarios de inferioridad, docilidad y obediencia. Esto se vuelve notorio entre el Norte y el Sur Global, donde las asimetrías existentes en términos sociales, políticos y económicos perpetúan la jerarquía entre países, concentrando el trabajo del conocimiento, el valor agregado y la tecnología en los primeros, y relegando a los segundos a tareas extractivas, reproductivas o intensivas.

En la frontera entre Haití y República Dominicana miles de haitianos cruzan diariamente o de manera estacional para trabajar en condiciones precarias en sectores como la agricultura, la construcción y el trabajo doméstico. La población haitiana es tratada como fuerza de trabajo de baja categoría: aceptan salarios muy por debajo del mínimo legal, con jornadas extensas y casi sin acceso a protección social. Esta dinámica de subordinación refuerza una subjetividad marcada por la exclusión, la obediencia forzada y la renuncia a reclamar derechos. La distribución desigual del trabajo –con los dominicanos ocupando tareas de mayor visibilidad, control o tecnificación, y los haitianos relegados a las más duras y desprotegidas– reproduce a escala local la lógica colonial que concentra el valor, el conocimiento y el poder en unos pocos, mientras reserva para otros el esfuerzo físico, la marginalidad y el silenciamiento (Shoaff, 2017).

Frente a esto, la teoría decolonial en el trabajo propone visibilizar otras formas de organización laboral, recuperar saberes y prácticas ancestrales. Con ello se busca construir alternativas económicas centradas en la reciprocidad, el cuidado, la sostenibilidad y la justicia social. Esto permite repensar el trabajo como un campo atravesado por disputas históricas, culturales y políticas que todavía hoy configuran las desigualdades globales, y no sólo como una actividad económica.

Lejos de resignarse a la marginalidad, muchos de estos trabajadores vulnerados desarrollan estrategias propias de organización, cooperación y economía popular. Con ello, desafían las lógicas capitalistas hegemónicas del empleo formal y asalariado. Incluye la creación de circuitos económicos comunitarios, en ferias, redes de trueque o cooperativas informales, o la autoorganización frente a los estados y al mercado. De ese modo, surgen los sindicatos de frontera, las redes de migrantes o los movimientos populares que demandan derechos laborales más allá de la ciudadanía formal. Todo esto es cada vez más frecuente, gracias a la globalización, el avance tecnológico y el trabajo remoto.

Un ejemplo de ello son los circuitos de distribución y comercialización de ropa usada que llega de Estados Unidos hasta San Salvador de Jujuy (Argentina), pasando por la frontera de La Quiaca-Villazón con Bolivia (López, 2024). Allí, la autora muestra cómo esta mercadería, proveniente de donaciones estadounidenses, recorre un complejo trayecto internacional hasta los puertos chilenos, cruza por Bolivia y finalmente ingresa a Argentina. Todo esto es motorizado por el trabajo popular, que evita controles aduaneros y que activa prácticas fronterizas específicas, como el trabajo de los bagayeros. Con esta palabra se identifica a hombres y mujeres cuyo trabajo consiste en cruzar mercaderías por la frontera, a través de circuitos que evitan controles aduaneros y de seguridad.

Paradójicamente, la prohibición estatal de importar ropa usada genera una economía popular que sostiene familias enteras en un contexto caracterizado por la precariedad laboral, la informalidad y la feminización de la pobreza. Las mujeres encuentran en estos circuitos transfronterizos una estrategia de supervivencia económica ante la falta de oportunidades laborales formales, desafiando así las lógicas hegemónicas del trabajo y construyendo alternativas económicas basadas en la autoorganización y la resistencia territorial.

Pero en la práctica, la descolonización del trabajo en contextos fronterizos enfrenta desafíos importantes a nivel estructural. Esto se debe a la fragilidad de los marcos legales, la criminalización de las economías informales y la ausencia de políticas públicas transnacionales.

Para ello, se considera que el modelo de trabajo actual se debería repensar más allá del contrato asalariado. Esto implica reconocer la legitimidad de formas de trabajo que priorizan la comunidad, el cuidado, la sostenibilidad y la autonomía. También, en la construcción de las políticas laborales resulta fundamental la incorporación de las voces y experiencias de las trabajadoras y los trabajadores subalternos, impulsando modelos de economía social, solidaria y popular como alternativas viables y sustentables a largo plazo.

En definitiva, incorporar la perspectiva decolonial al concepto de trabajo permite trascender el diagnóstico meramente económico y situar el problema en un marco más amplio de disputas por el sentido, el poder y la vida. Lejos de plantear una solución inmediata, esta teoría invita a las luchas cotidianas de quienes trabajan en la frontera a generar formas activas de descolonización que desafíen la naturalización de la precariedad y la reafirmación por los derechos del trabajo decente y de una vida digna.

Bibliografía

Arendt, H. (1958). La condición humana. Ediciones Paidós.

Benedetti, A. y Salizzi, E. (2011). Llegar, pasar, regresar a la frontera. Aproximación al sistema de movilidad argentino-boliviano. Revista Transporte y Territorio, 4, 148-179.

Castro-Gómez, S. (2005). La hybris del punto cero: Ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada (1750-1816). Bogotá: Editorial Pontificia.

Cossi, C., y Villamayor, M. (2014). Profesionales transnacionales. La cotidianeidad del trabajo transfronterizo altamente capacitado. Primeras aproximaciones. In A. Oviedo (Ed.), Octavas Jornadas de Investigadores en Economías Regionales. Desigualdades sociales y regionales: políticas más allá de las fronteras (pp. 198–200). EdUNAM – Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones.

De la Garza Toledo, E. (2001). Sociología del trabajo y teoría social. Universidad Autónoma Metropolitana.

Dussel, E. (2001). Hacia una filosofía política crítica. Las cuarenta.

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.

Holmes, S. M. (2013). Fresh fruit, broken bodies: Migrant farmworkers in the United States (1st ed.). University of California Press.

López, A. (2024). Ropa usada, dinámicas fronterizas y experiencias de trabajo a partir de la frontera La Quiaca-Villazón. Si Somos Americanos. Revista de Estudios Transfronterizos, 24(1), 1-24.

Marx, K. (1867). El capital: Crítica de la economía política. Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1867).

Mignolo, W. (2000). Local histories/global designs: Coloniality, subaltern knowledges, and border thinking. Princeton University Press.

Organización Internacional del Trabajo. (2013). Medición del trabajo decente: Marco conceptual. Departamento de Estadística. https://tinyurl.com/5y6e7t87

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (pp. 201-246). CLACSO.

Shoaff, J. L. (2017). Borders of visibility: Haitian migrant women and the Dominican nation-state. The University of Alabama Press.



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