José Ignacio Larreche y Ana Lía Guerrero
La etimología de la palabra turismo tiene relación con la palabra inglesa tour, recorrido, y con el verbo latino tornare, que significa retorno, a partir del cual establece su principal diferencia con la migración. En sus documentos, la ex Organización Mundial del Turismo, que desde 2024 se denomina ONU Turismo, concibe que el desplazamiento turístico se define a partir de tres factores: (1) la movilidad fuera del entorno habitual, (2) una temporalidad inferior a un año, y (3) las motivaciones que dan lugar a los distintos tipos de turismo (de sol y playa, cultural, urbano, entre otras).
Estos factores sientan las bases para la medición de los flujos y la delimitación de las prácticas turísticas. Sin embargo, estos componentes también implican una representación y una experiencia sobre la base del encuentro entre quien habita y quien visita un destino.
Los inicios del turismo moderno se pueden encontrar en el siglo XVI cuando surgieron los viajes culturales de los jóvenes aristócratas en destinos europeos, lo que se conoce como Grand Tour (Acerenza, 2006). Desde mediados del siglo XVIII, la clase trabajadora, que conquistó el ocio turístico como parte de las políticas del estado benefactor, empieza a compartir (y disputar) con las élites el interés por el sol y la playa, instalando cierta masificación de la actividad. Por último, la profesionalización de ésta aparece a mediados del siglo XIX con los aportes de Thomas Cook, específicamente con el itinerario descriptivo de los lugares, el voucher, la inclusión de guías y la implementación de la excursión organizada.
Estos rasgos pueden encontrarse en los productos turísticos actuales bajo un modelo turístico tradicional o un modelo turístico alternativo. Este último implica otra valorización de la naturaleza y la cultura en función del contexto (cambio climático, crítica al eurocentrismo). Inicialmente, la cultura era “el acervo de una sociedad”, esto es el conjunto de bienes materiales acumulados por herencia, mientras que hoy, la cultura también es parte de procesos de activación patrimonial sobre un amplio conjunto de objetos tangibles e intangibles. Esto implica reconocer otros patrimonios y construirlos desde otras culturas y, de esta manera, estimular otras experiencias turísticas en espacios como el latinoamericano.
En la actualidad, si bien el contacto con los paisajes naturales sigue siendo importante, en especial para los países de la región, los aprendizajes culturales y el cuidado ambiental empiezan a tener presencia en la búsqueda y selección de viajes de algunos grupos sociales. La aparición de destinos emergentes, el reemplazo de las agencias de viajes por los blogs de viajeros como canal de consulta, la popularización de los works and travels y el turismo mochilero o lo que se denomina el slow tourism reflejan parte de estos cambios.
Por otro lado, desde el punto de vista de los espacios receptivos, los movimientos de protestas contra la turistificación son cada vez más reiterados. Las protestas en Barcelona y Venecia, la imposición de límites en la capacidad de carga en ciertos atractivos como Machu Picchu y el turismo comunitario o de base local en la gestión del alojamiento, la restauración y las excursiones van hacia la misma dirección paradigmática, más allá de la innegable fuente de ingresos que representa el turismo como síntoma del capitalismo global.
Este capítulo se propone relacionar frontera y turismo desde un punto de vista territorial. Esto supone, necesariamente, abandonar la descripción de los flujos entre estados nacionales y/o subnacionales para profundizar, a través de otras escalas y enfoques, sobre las territorialidades del turismo. Se abordará la relación entre turismo y fronteras en tres secciones. En la primera se trata al turismo en su vinculación con las fronteras geopolíticas. La segunda sección se centra en las fronteras socioeconómicas. Por último, la tercera sección resalta nuevas vertientes en el turismo en relación con las fronteras socioculturales.
Fronteras geopolíticas
La relación entre frontera, turismo y geopolítica se apoya en un aspecto básico: el desplazamiento internacional desde un país de origen hacia otro de destino. Para ello, se deben superar puntos de control entre fronteras estatales que funcionan como un filtro de acceso.
En el caso particular de Europa, se observa el funcionamiento de una doble frontera en el mismo espacio. La primera facilita el acceso y circulación para la población residente en la Unión Europea. Esto es una derivación del Acuerdo de Schengen (1985) que transformó las fronteras, entre un conjunto de países, en fronteras internas. La otra actúa como un obstáculo para quienes visitan la región desde afuera. Para estas otredades se conserva el paso obligado por el control aduanero. Así, la frontera experimentada por cada visitante se establece de acuerdo a su nacionalidad, que puede flexibilizarse en casos de doble ciudadanía. Estos controles se han agudizado en contextos de tensión geopolítica e inseguridad internacional por el avance del terrorismo, la xenofobia y también por la propagación potencial de epidemias. Cabe precisar que en todos los casos los interrogantes en torno al tiempo y el motivo de estadía de los turistas son frecuentes.
Asimismo, la relación entre geopolítica y turismo queda cifrada en la creación de áreas naturales protegidas, reservas o parques nacionales en zonas fronterizas, donde la función del turismo es lograr la ocupación efectiva de territorios. Allí, se pueden analizar las prácticas turísticas en el contexto de procesos de integración regional y cooperación transfronteriza donde se persiguen objetivos vinculados a la preservación de ecosistemas y la promoción de relaciones de amistad entre países vecinos. Un ejemplo es el caso de las cataratas del Iguazú y la Triple Frontera entre la Argentina, Brasil y Paraguay, donde además del turismo de naturaleza, surge asociado el turismo de compras en las ciudades fronterizas, motivado por las diferencias cambiarias. Estas asimetrías promueven un espacio de oportunidades diferenciales que favorecen el desarrollo local.
El escenario opuesto a esta situación de cooperación internacional surge cuando existen barreras físicas, conflictos armados, disputas territoriales o restricciones migratorias que generan fronteras tanto simbólicas como materiales que limitan el desarrollo turístico. Estos factores actúan como disuasión de la visita de ciertos lugares. Este fenómeno es cuantificable, por ejemplo, mediante la reducción de llegadas de vuelos a las regiones afectadas por conflictos contemporáneos como la guerra Rusia-Ucrania o el conflicto israelí-palestino. Esta correlación se manifiesta claramente en la Figura 1, donde se observa una drástica disminución en el flujo aéreo sobre dichas zonas. Paralelamente, los contextos de inestabilidad política o económica, como el caso actual de Venezuela, producen efectos similares en la actividad turística.
Figura 1. Espacios vacíos de vuelos sobre áreas en conflicto

Fuente: AirNav.Radar (2025).
Asimismo, las diferencias en la trayectoria histórica de los territorios (por cuestiones económicas, políticas o culturales) generan diferente grado de desarrollo a ambos lados de la frontera y pueden significar otra barrera para el turismo. A pesar de tener condiciones físicas similares por ser parte de la misma isla, la inestabilidad política y la falta de inversiones generan que, en Haití, por ejemplo, el turismo sea casi inexistente. En cambio, en República Dominicana la población turística, muchas veces, supera en proporción a la población anfitriona, es decir, la que habita el país. Allí, el turismo contribuye con el 7,6% del PBI, representa el 38% de las exportaciones de bienes y servicios y el 25% del total de divisas generadas en el país (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2021).
Otra frontera geopolítica responde a la decisión del estado de modificar fronteras o barreras internas del país, a través de diferentes acciones, a fin de ocupar espacios con escasa valorización. Sirvan estos tres ejemplos:
- La creación del Parque Nacional Nahuel Huapi (1934) en la Argentina, en la frontera con Chile, permitió activar un destino turístico en la región patagónica.
- El traslado de la capital de Brasil (1960) a la ciudad Brasilia, alejada de las zonas costeras, tuvo como objetivo penetrar hacia el interior y generar un nuevo atractivo turístico urbano apoyado en construcciones muy atractivas.
- En México, la creación de Cancún (1970) en la región del Caribe para hacer frente a la influencia inglesa en la región, desde su fortaleza en Jamaica, dio origen a uno de los principales centros latinoamericanos de turismo de sol y playa.
Un caso emblemático para el turismo internacional es el de la Gran Muralla China. Esta construcción, que funcionó para delimitar las fronteras imperiales y controlar el flujo de personas y mercancías, se ha transformado en un destacado atractivo turístico mundial. En sí misma, la muralla antes frontera y separación, se ha transformado ahora en un elemento de atracción. De forma similar, las murallas defensivas que rodean el casco histórico de Cartagena de Indias en Colombia cumplieron una función defensiva contra invasores, hoy son parte del patrimonio de este destino turístico. Su casco histórico aún mantiene vitalidad con la presencia de una universidad en su interior que implica una relación cotidiana de la población local con ese espacio. Al mismo tiempo, se observa cómo las huellas de la globalización traspasan fronteras con la presencia del Hard Rock Café de Cartagena, aunque mantiene su estética colonial.
Fronteras socioeconómicas
Cuando el turismo internacional es la principal fuente de ingresos para un territorio, aparecen las fronteras socioeconómicas. El estado nacional deja de ser el único intermediario con los turistas y aparecen otros actores (muchos de ellos globales) que se territorializan en el destino. En este caso, el espacio de origen no es un obstáculo y tampoco importa, sino que el filtro lo impone el poder adquisitivo.
En la mayor parte de estos desarrollos turísticos, con fuerte dependencia del factor climático, se emplea la idea de enclave (Hernández, 2023). Se trata de un lugar destinado exclusivamente al turismo, que es gestionado por el poder corporativo de empresas hoteleras extranjeras. En éste, se busca su separación por una distancia significativa o por algún tipo de barrera respecto de aquellos lugares donde se reproduce la vida cotidiana. La comunidad local, a su vez, suele constituir la fuerza laboral en la que se apoya el empresario y el turista.
Lo anterior se evidencia en el turismo de sol y playa del Caribe latinoamericano. En la mayor parte de las pequeñas Antillas que dependen exclusivamente de esta actividad económica, los estados son facilitadores de la inversión de grandes empresas internacionales en forma de complejos hoteleros todo incluido (all inclusive) que acentúan el neocolonialismo y deforman la representación del lugar.
En estas zonas turísticas, las divisiones socioeconómicas derivan en fragmentaciones territoriales entre el complejo turístico y las áreas donde reside la comunidad. El acceso a servicios básicos, como el agua potable, es uno de los factores que producen estas fragmentaciones. Esto ocurre cuando se compara el uso desproporcionado del recurso en establecimientos turísticos, para mantener piscinas o campos de golf, con el consumo básico de los hogares locales, cuya disponibilidad se ve significativamente afectada. Estos contrastes se tornan dramáticos toda vez que, con escasas posibilidades laborales, los residentes e inmigrantes latinoamericanos construyen los hoteles y lavan las sábanas de quienes validan este modelo de extractivismo. Asimismo, en estos enclaves turísticos se altera la relación de los residentes con su entorno natural al cercar y privatizar las playas.
Por otro lado, el Caribe representa los dos extremos de las movilidades: expulsa gente y recibe visitantes. A quienes saca, los envía con la esperanza de un futuro mejor (emigraciones dominicanas y cubanas); a quienes recibe, lo hace con la certeza de ofrecerles el mejor de los mundos por los días que estén ya que, muy pocas veces, incursionan en las experiencias reales de la periferia no turística. Asimismo, un dato no menor es la condición de paraísos fiscales que revisten gran parte de las islas del mar Caribe, muchas de ellas de soberanía extranjera, como las holandesas, francesas, británicas y estadounidenses. Así, parece que el Caribe funciona como un doble paraíso, uno es el idílico, para quien busca sol, arena, mar y confort. El otro es el fiscal, para quienes buscan evitar declarar ganancias o reservar beneficios de dudosa procedencia (Arnaiz Burne y Dachary, 2009).
El turismo invernal en Argentina o en Chile también se apoya en estas fronteras socioeconómicas. Benseny (2021) analiza la historia de los centros invernales argentinos, que se inspiraron en modelos europeos, y señala que Las Leñas (Mendoza) representa el ejemplo más característico de las estaciones de tercera generación o enclavadas. Este modelo, donde el alojamiento montañoso ubicado junto a las pistas elimina los traslados diarios, se constituye como uno de los principales atractivos para su elección. Estas fragmentaciones entre el enclave turístico y los núcleos urbanos cercanos buscan saldarse en el centro de esquí del Cerro Catedral (Bariloche), que responde al modelo de cuarta generación, preocupado por los aspectos ecológicos, el equilibrio entre las diferentes modalidades turísticas y la complementariedad con otras actividades económicas del destino.
En relación con el turismo de nieve y el cuidado del ambiente, se da un caso particular en un destino con una actividad restringida a una élite, como es escalar el Monte Everest. Por los costos que implica (precio unitario de 11.000 dólares), haría pensar que es una frontera económica y física difícil de superar y con escaso impacto en el ambiente. Sin embargo, al ser muy corto el período de tiempo en el cual se puede realizar el ascenso, se produce una gran concentración de escaladores que provocan contaminación ambiental de un espacio natural de, en apariencia, difícil acceso. En 2019 Nepal emitió 381 permisos. En los últimos años se produjo un crecimiento de esta actividad que exhibe también situaciones de sobreturismo en espacios percibidos como casi vírgenes.
En Latinoamérica, una situación similar se da en el Aconcagua (Argentina), con una altitud de 6.962 metros sobre el nivel del mar. Es la montaña más alta de la cordillera de los Andes, el pico más alto fuera de Asia y la segunda más alta entre las populares Siete Cumbres para los escaladores. Tiene la tasa de mortalidad más alta de todas las montañas de Sudamérica (alrededor de tres al año), lo que le ha valido el apodo de “Montaña de la Muerte”, lo cual muestra también su característica de frontera económica y física difícil de superar. El costo general de ascender al Aconcagua con operadores turísticos oscila entre U$3.500 y U$6.000. No obstante, el Parque Provincial Aconcagua concluyó su temporada estival 2024-2025 con un balance positivo en términos de visitas y seguridad: entre diciembre y enero recibió a más de 83.000 personas y hubo 3.449 ascensos (Gobierno de Mendoza, 2025).
Bajo el paraguas del turismo cultural se pueden establecer fronteras similares. Los centros históricos coloniales de muchas ciudades latinoamericanas se encuentran muy próximos a las zonas financieras, como en Buenos Aires, Río de Janeiro o Ciudad de México, donde se aprecian las arquitecturas contemporáneas con funciones globales. La materialización de estas fronteras socioeconómicas no responde sólo al palimpsesto de tiempos en su morfología sino a la (auto)segregación de clases propia del régimen urbano neoliberal.
Esta situación se puede ejemplificar analizando la estructura urbana del destino en cuestión. Si un turista se detiene a pensar en las decisiones geográficas detrás de las opciones de alojamiento o los atractivos turísticos antes y durante su estancia, la localización suele coincidir con la de los barrios turísticos. Esto explica procesos de gentrificación que reflejan el problema de la turistificación de la ciudad con vocación turística.
El proceso de gentrificación está afectando a los principales destinos urbanos del mundo occidental y se vincula al interés inmobiliario de agentes que, en complicidad con el gobierno local, invierten el valor de uso de la vivienda por el valor de cambio. Esta turistificación de los espacios urbanos tiende a expulsar a la población local, a debilitar los lazos comunitarios típicos de los barrios y a acabar con entornos y edificaciones percibidas como patrimonios por sus habitantes.
Las plataformas de alquileres temporarios con fines turísticos son otros actores que participan de esta (re)producción turística, generando escasez e incremento en los costos de vivienda para los residentes, a partir de su uso mayoritario como alquiler temporario. Como consecuencia, en destinos populares europeos aparecen movimientos antiturismo y se establecen regulaciones y hasta prohibiciones para impedir este tipo de servicios turísticos. Este fenómeno también está presente en grandes y en pequeñas ciudades de toda Latinoamérica.
Fronteras socioculturales
A diferencia de las fronteras geopolíticas o socioeconómicas, las prácticas turísticas desde la perspectiva de las fronteras socioculturales implican, necesariamente, el encuentro con la otredad. En este punto, cobran sentido las acepciones del turismo como práctica cultural y simbólica. Si bien en el contexto global, el desplazamiento turístico es visto como actividad económica y de consumo, desde sus inicios ha sido una valiosa experiencia cultural. Esto no niega las condiciones de clase presentes, pero quiere subrayar el peso de la curiosidad que se retrotrae al germen mismo del viaje como fenómeno social.
Retomando los elementos iniciales en la definición del turismo, la ruptura con el entorno habitual brinda a la persona la oportunidad de soñar, explorar y descubrir(se). En este sentido, el carácter emancipatorio de la práctica turística merece atención, sobre todo en un tiempo-espacio donde se produce la “ausencia casi absoluta de alienación si se la compara con otros vínculos contemporáneos” (MacCannell, 2017, p. 74). Esto es lo que conduce a una discusión cada vez más interesante de las motivaciones, prácticas e imaginarios en el marco de viajes temporales en cualquier escala, inclusive la recreativa. Así, surgen una cantidad ilimitada de modalidades turísticas como el turismo deportivo, turismo gastronómico, el astroturismo, el turismo espiritual, el turismo de festivales de música, el turismo gay o, inclusive, el turismo asociado a la búsqueda de las propias raíces familiares.
Desde la irrupción del covid-19, que significó la crisis más importante del turismo en su historia desde que ONU Turismo elabora sus estadísticas, aparecieron dos elementos importantes en la discusión: el turismo como objeto de deseo se ha vuelto cada vez más intenso y, al mismo tiempo, el modelo turístico masivo está siendo puesto en discusión. Si bien este último sigue siendo importante como forma de viaje, algunos nuevos perfiles se parecen más al viajero que al turista. El primero persigue el placer, la aventura y el aprendizaje, mientras que el segundo prefiere los atractivos a los seres humanos en una relación más externa y narcisista que interior y profunda (Colombi, 2010), es decir, desterritorializada. En los parámetros actuales, la figura de este viajero o viajera puede ser repensada como globe-trotter, ya que to trot significa moverse a una velocidad intermedia entre caminar y correr. Asimismo, en este perfil se atestigua cómo la antigua crónica de viaje fue reemplazada por el actual blog viajero que constituye una fuente de consulta clave.
Esta forma de viajar contrasta con productos turísticos como cruceros, parques temáticos (Disney o los megaproyectos impulsados en la península arábiga) o eventos masivos ya que, en estos casos, la experiencia se limita a un universo cerrado y estandarizado, centrado en la repetición de patrones grupales más que en el descubrimiento genuino de la otredad. Por otro lado, los itinerarios convencionales ofrecidos a las y los turistas por parte de las agencias no siempre logran su compromiso, por lo que empiezan a buscarse otros productos, en sintonía con el ocio como forma de aprendizaje creativa.
En Europa, sirven de ejemplo los hechos vinculados a la Segunda Guerra Mundial, como los campos de exterminio (turismo oscuro) o de batalla (turismo bélico). En Latinoamérica, el turismo oscuro o tanatoturismo abarca un espectro que incluye la visita a las marcas de algunas dictaduras como los centros de detención, sitios de atentado, derroteros de personalidades políticas como Alta Gracia en Córdoba por el Che Guevara, la visita a cementerios o cárceles como la del Fin del Mundo en Tierra del Fuego e inclusive la actividad paranormal. Otra posibilidad de potenciar esta forma de viaje está relacionada con la forma de realizarlo, más que con el objeto a visitar.
El turismo joven, bajo las figuras de mochileros, hippies o trabajadores de temporada, también pone en circulación los imaginarios que propone Hiernaux (2002), en sintonía con lo reseñado: la conquista de la felicidad, el deseo de evasión, el descubrimiento de la otredad y el regreso a la naturaleza. Compartir habitaciones en hostels, el transporte con otros viajeros, convivir con locales que colaboran como anfitriones durante sus estadías son claros ejemplos de esta apuesta. En América Latina, esta iniciación turística suele concretarse mediante dos vías principales. Una vía es la experiencia clásica del mochilero o mochilera que recorre el Camino del Inca y visita las ruinas de Machu Picchu. Otra vía es el acercamiento a modalidades alternativas que promueven un intercambio cultural más profundo, como el turismo comunitario practicado en Ecuador, Bolivia y Argentina.
La ruptura con el entorno habitual le da un peso específico a estas fronteras socioculturales, lo cual también plantea motivaciones novedosas y hasta cuestionables. Esto es lo que ha ocurrido con prácticas de dudosa legalidad asociadas al anonimato y la libertad que estimula la condición extranjera en un destino. En el contexto latinoamericano, el turismo sexual y de consumo de drogas pueden ser parte de estas prácticas, sin negar que son cuestiones que se apoyan en diferencias de desarrollo entre el espacio de origen y el destino a nivel nacional o internacional.
En definitiva, estas experiencias viajeras pueden derivar en conexiones socioculturales más amplias entre el mundo occidental y el oriental, entre la concepción colonial y poscolonial, entre el ámbito urbano y el periférico, lo que permite promover una diversidad de experiencias que lleven a estimular un deseo y construir una identidad de las personas cada vez más nómade.
Bibliografía
Acerenza, M. A. (2006). Conceptualización, origen y evolución del turismo. México: Trillas.
AirNav.Radar Rutas de tráfico aéreo (2025). Rutas de tráfico aéreo. https://es.airnavradar.com
Arnaiz Burne, S. y Dachary (2009). Geopolítica, recursos naturales y turismo. Una historia del Caribe mexicano. Universidad de Guadalajara: México.
Benseny, G. (2021). Centros de ski en regiones de Nuevo Cuyo y Patagonia. Universidad Nacional de Mar del Plata: Argentina.
Colombi, B. (2010). Cosmópolis: del flaneur al globe-trotter. Buenos Aires: Eterna Cadencia.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2021). República Dominicana. Estudio Económico de América Latina y el Caribe. CEPAL.
Gobierno de Mendoza. (2025). Más de 83000 personas visitaron el Parque provincial Aconcagua en una temporada con balance positivo para Mendoza https://goo.su/RgUSe
Hernández, F. M. (2023). Espacios del capital hotelero: los enclaves de playa del Caribe. Revista Universitaria de Geografía, 32(1), 159–209.
Hiernaux, D. (2002). Turismo e imaginarios. Cuaderno de ciencias sociales, Imaginarios sociales y turismo sostenible (pp. 7-36). Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).
MacCannell, D. (2017). El turista. Una nueva teoría de la clase ociosa. Barcelona: Melusina.






